REFLEXIÓN PARA EL VIERNES DE LA TERCERA SEMANA DE ADVIENTO Y MEMORIA DE LA Expectación del parto de la Bienaventurada Virgen María 16-12-16

Faltan solamente ocho días para esa gran noche en que nuestro Señor y Salvador irrumpirá en la historia de la humanidad trayendo consigo la salvación, la Vida eterna, para compartirla con todos los que escuchen su Palabra y la pongan en práctica (Cfr. Lc 8,21).

La primera lectura, tomada del profeta Isaías (56,1-3a.6-8), nos anuncia que en los tiempos mesiánicos, contrario a la concepción judía, la salvación no alcanzaría solamente al “pueblo elegido”, sino a todos los que acepten Su mensaje: “A los extranjeros que se han unido al Señor, para servirlo, para amar el nombre del Señor y ser sus servidores, … los traeré a mi monte santo, los llenaré de júbilo en mi casa de oración, … porque mi casa es casa de oración, y así la llamarán todos los pueblos”. Otras versiones de este pasaje dicen: “los alegraré en mi casa de oración”.

Como vemos, la liturgia continúa el tono alegre, de celebración gozosa, de expectación, que caracterizó el domingo laetare, el tercer domingo de Adviento que marcó el comienzo de esta semana. Y dentro de este ambiente de expectación gozosa, la Provincia Eclesiástica de Puerto Rico celebra hoy la memoria obligatoria de la Expectación del parto de la Bienaventurada Virgen María.

Esta fiesta fue instituida en el siglo VII (año 656), fijándose para ocho días antes de la Navidad, o sea, el 18 de diciembre (en Puerto Rico se celebra el 16 de diciembre). La razón que se dio para fijar esta festividad litúrgica fue que, como la Fiesta de la Anunciación cae dentro del tiempo penitencial de Cuaresma, lo que impide celebrarla con toda la solemnidad y el regocijo que merece, se imponía esta segunda fiesta para dar realce al misterio de la Encarnación del Verbo.

¿Y qué mejor tiempo para esta celebración que el Adviento, que está lleno del regocijo de la espera gozosa del nacimiento del Salvador? El tiempo de Adviento es definitivamente, auténtico mes de María, pues gracias a Ella, y a su Sí, que dio paso a la plenitud de los tiempos, podemos recibir a Cristo.

Esta festividad se conoce también como la de Nuestra Señora de la O, y Nuestra Señora de la Esperanza. Así, hoy es el santo de aquellas mujeres que se llaman María de la O, y Esperanza.

El primer nombre se deriva del hecho de que la fiesta comenzaba con las primeras vísperas, el día anterior, en las que se canta la primera de las antífonas mayores llamadas “O”, por comenzar todas ellas con esta exclamación. Con el tiempo, la religiosidad popular relacionó la “O” con el avanzado estado de embarazo de la Virgen para esta fecha, cuyo vientre se mostraba redondo como esa vocal.

La advocación de Nuestra Señora de la Esperanza es obvia, esta celebración es una de esperanza, porque la Virgen lleva en su vientre el Mesías que había sido esperado por los Patriarcas, los profetas y todo el Pueblo de Israel desde el momento de la caída (Gn 3,15).

Esta festividad debe estimularnos a ejercitar la virtud teologal de la esperanza, poniendo toda nuestra confianza en Jesús y María, para que no flaquee nuestra aspiración al Reino de los cielos y a la vida eterna como felicidad nuestra.

Hoy es un buen día también para ofrecer nuestras oraciones y actos de piedad por todas las mujeres embarazadas, para que la Virgen las asista y proteja, así como por aquellas que experimentan dificultad para concebir, y para que no haya más abortos que cobren la vida de santos inocentes.

REFLEXIÓN PARA EL TERCER DOMINGO DE ADVIENTO (A) 11-12-16

“‘¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?’ Jesús les respondió: ‘Id a anunciar a Juan lo que estáis viendo y oyendo: los ciegos ven, y los inválidos andan; los leprosos quedan limpios, y los sordos oyen; los muertos resucitan, y a los pobres se les anuncia el Evangelio. ¡Y dichoso el que no se escandalice de mí!’’. Este fragmento de la lectura evangélica para este tercer domingo de Adviento (Mt 11,2-11) sienta la tónica para este día que se nos presenta como el domingo del TESTIMONIO. Testimonio gozoso que le da el nombre de “domingo gaudete”. Gaudete quiere decir “regocijaos” en latín.

Desde la primera lectura (Is 35,1-6a.10) se advierte la alegría y el gozo que acompañaría la venida del redentor que el pueblo esperaba desde el mismo momento de la caída (Gn 3,15). Venida que estaría acompañada de señales que darían testimonio de su llegada: “El desierto y el yermo se regocijarán, se alegrarán el páramo y la estepa, florecerá como flor de narciso, se alegrará con gozo y alegría. Tiene la gloria del Líbano, la belleza del Carmelo y del Sarión”.

Era esa espera gozosa, la expectación de la llegada del Mesías liberador que mantenía vivas las esperanzas del pueblo. Por eso el profeta les exhorta a no ser cobardes: “‘Sed fuertes, no temáis. Mirad a vuestro Dios, que trae el desquite; viene en persona, resarcirá y os salvará’. Se despegarán los ojos del ciego, los oídos del sordo se abrirán, saltará como un ciervo el cojo, la lengua del mudo cantará. Volverán los rescatados del Señor, vendrán a Sión con cánticos: en cabeza, alegría perpetua; siguiéndolos, gozo y alegría. Pena y aflicción se alejarán”. Es el “Adviento” que vivía el pueblo de Israel durante el Antiguo Testamento, y que profetas como Isaías mantenían vivo.

Esas expectativas, esas profecías, se hacen realidad en la persona de Jesucristo. Esos son los signos de que la plenitud de los tiempos ha llegado y Él es Dios “que viene en persona”, el Mesías esperado; “los ciegos ven, y los inválidos andan; los leprosos quedan limpios, y los sordos oyen; los muertos resucitan, y a los pobres se les anuncia el Evangelio”. Por eso, ante la pregunta que Juan le formula desde la cárcel a través de sus discípulos (“¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?), Jesús se limita a pedirles que den TESTIMONIO de lo que han visto y oído; testimonio que ha de estar obligadamente enmarcado, no solo en el gozo natural que semejantes portentos provocan, sino en el convencimiento de que ellos apuntan que los tiempos mesiánicos ha llegado.

Hoy la Iglesia nos dice: “regocíjate” y “da testimonio” de ese gozo. Si hacemos inventario de las maravillas que Dios ha obrado en cada una de nuestras vidas, desde el mismo momento de nuestra concepción, tenemos que regocijarnos. Y ese regocijo es tal que, nos sentimos compelidos a salir y dar TESTIMONIO.

Isaías nos pide que seamos valientes. En la segunda lectura Santiago (5,7-10) nos exhorta a ser pacientes, especialmente en el sufrimiento. Es decir, a mantener la expectación gozosa en medio de la prueba y la tribulación, porque el Señor nos ama tanto que nos hará justicia. Si hemos vivido el Adviento sabemos que el Señor está cerca. ¡Regocíjate!

Si aún no te has reconciliado con el Padre, todavía estás a tiempo. Él no se cansa de esperarte…

REFLEXIÓN PARA EL VIERNES DE LA PRIMERA SEMANA DE ADVIENTO 02-12-16

abrazo-jesus

Isaías, el profeta del Adviento, continúa dominando la liturgia para este tiempo tan especial. En la primera lectura de hoy (Is 29,17-24), el profeta anuncia que “pronto, muy pronto… oirán los sordos las palabras del libro; sin tinieblas ni oscuridad verán los ojos de los ciegos”. Ese prodigio, entre otros, se convertirá en el signo de que el Mesías ha llegado.

En el relato evangélico seguimos con Mateo, que nos presenta a Jesús abriendo los ojos de dos ciegos (Mt 9,27-31). Así se da el cumplimiento de la profecía de Isaías, lo que prueba que los tiempos mesiánicos ya han llegado con la persona de Jesús de Nazaret. Y como en tantos otros casos, la fe es un factor esencial para que se efectúe el milagro: “Jesús les dijo: ‘¿Creéis que puedo hacerlo?’ A lo que ellos replicaron: ‘Sí, Señor.’ Entonces les tocó los ojos, diciendo: ‘Que os suceda conforme a vuestra fe.’ Y se les abrieron los ojos”. A pesar de que Jesús les “ordenó severamente” que no contaran su curación milagrosa a nadie, ellos, “al salir, hablaron de él por toda la comarca”.

Los ciegos del relato creyeron en Jesús y creyeron que Él podía curar su ceguera. Y su fe fue recompensada. Tuvieron un encuentro personal con Jesús y sintieron su poder. La actitud de ellos de salir a contar a todos lo sucedido es la reacción natural de todo el que ha tenido un encuentro personal con Jesús. El que ha tenido esa experiencia siente un gozo, una alegría, que tiene que compartir con todo el que encuentra en su camino. Es la verdadera “alegría del cristiano”.

Nuestro problema es que muchas veces nos conformamos con una imagen estática de Jesús, nuestra relación con Él se limita a ritos, estampitas, imágenes y crucifijos, y no abrimos nuestros corazones para dejarle entrar, para tener un encuentro personal, íntimo con Él, para sentir el calor de su abrazo; ese abrazo misericordioso en el que hayamos descanso para nuestras almas (Mt 11,29).

En ocasiones miramos a nuestro alrededor y vemos el caos, la violencia, el desamor que aparenta reinar en nuestro entorno, y pensamos que las promesas de Isaías no se han cumplido. Eso es señal de que no hemos tenido ese encuentro personal con Jesús, porque si lo hubiésemos tenido, estaríamos gritándolo a los siete vientos; y contagiaríamos a otros con ese gozo indescriptible hasta convertirlo en una epidemia de amor.

Pero para poder tener esa experiencia de Jesús no podemos cruzarnos de brazos. Como nos dijo el papa Francisco en la misa del primer domingo de Adviento, este “es un tiempo para caminar e ir al encuentro del Señor, es decir, un tiempo para no estar parado”. Pero lo mejor de todo es que Jesús nunca deja de sorprendernos. Por eso el Papa añadió: “Estoy en camino para encontrarlo a Él, en camino para encontrarme, y cuando nos encontremos veamos que la gran sorpresa es que Él me está buscando, antes de que yo comenzara a buscarlo”.

Se trata de ese Dios-con-nosotros que viene constantemente a nuestro encuentro y solo espera que le abramos nuestro corazón para fundirse con nosotros. Si estás preparado reconocerás su voz y le abrirás (Cfr. Ap 3,20).

Y el Adviento es tiempo de preparación, tiempo de espera, tiempo de anticipación. ¡Aprovéchalo, y verás cómo Él te sorprenderá!

ORACIÓN EN EL PÓRTICO DEL ADVIENTO

adviento-espera

El sábado pasado asistimos a un retiro de Adviento, y juntos recitamos esta bella oración muy apropiada para este tiempo de comienzo del Adviento, que es tiempo de espera y anticipación gozosas. La comparto con ustedes para que la oren y la mediten durante este tiempo litúrgico tan especial.

ORACIÓN EN EL PÓRTICO DEL ADVIENTO

Señor, en tu nombre, al comenzar el Adviento, levantamos nuestra mirada para contemplar la salvación que nos traes.

Que tu Palabra nos haga vigilantes a tu venida, responsables a la hora de vivir la fe, y generosos para actuar desde la caridad.

Nos gozamos en tu presencia, Señor. Haz que los días de nuestra vida estén llenos de tu paz.

Que este encuentro contigo celebrado desde la fe y la esperanza nos haga vigilantes a tu venida.

Te alabamos porque eres un Dios de salvación. La humildad descubre que tus promesas de paz y felicidad eternas se cumplen en tu Hijo Jesucristo.

Su venida a nosotros al final de los tiempos nos anima a despertarnos de nuestros sueños de pasividad y nuestras indiferencias ante la suerte y el destino de los que sufren.

Conviértenos a ti para que seamos instrumentos y mensajeros de tu paz que viene de ti.

Que en este Adviento nos pongamos en camino, a la luz de tu Evangelio, junto a toda la Iglesia para apresurar, vivir y comunicar un nuevo nacer de Dios en el seno de este mundo.

Señor Jesús, Tú eres la respuesta a nuestras inquietudes; el sentido de nuestra existencia. Concédenos en este tiempo y siempre vivir centrados en ti, Mesías y Salvador nuestro.

REFLEXIÓN PARA EL LUNES DE LA PRIMERA SEMANA DE ADVIENTO (A) 28-11-16

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Comenzamos la primera semana de Adviento con una lectura de esperanza tomada del libro del profeta Isaías (2,1-5); la misma que leyéramos ayer en el primer domingo de Adviento. Aunque para este “Año A” se nos sugiere una lectura alternativa opcional, nuestra Provincia eclesiástica propone la misma lectura de ayer. Esta lectura nos refiere a ese momento en que todos los pueblos, judíos y gentiles, pondrán su mirada en Jerusalén, en el monte Sión, que brillará como un faro en medio de la oscuridad y los atraerá hacia ella, “porque de Sión saldrá la ley, de Jerusalén, la palabra del Señor”. Y entonces reinará la paz: “De las espadas forjarán arados, de las lanzas, podaderas. No alzará la espada pueblo contra pueblo, no se adiestrarán para la guerra”.

Y como todas las lecturas escatológicas, nos remite al final de los tiempos y nos brinda un mensaje de esperanza. ¿Qué final de los tiempos? ¿El “fin del mundo”, o el fin de la “antigua alianza”? Como siempre, hay una “zona gris” en la cual ambos “finales” se confunden. Lo importante es que, como quiera que lo consideremos, el mensaje es uno de esperanza, de salvación, para aquellos que fijen su mirada en el Señor.

El Evangelio (Mt 8,5-11), por su parte, forma parte de ese grupo de Evangelios, sacados de varios evangelistas, que han sido escogidos para este tiempo porque nos pintan un cuadro de esa “espera” en la que todos estamos inmersos, y que se percibe más marcada en este tiempo del Adviento.

El pasaje que recoge el relato evangélico de hoy es el de la curación del criado del centurión. Cabe resaltar que no fue Jesús quien le llamó; fue él quien se le acercó tan pronto Jesús entró en Cafarnaún, en donde Jesús vivió durante su vida pública. Resulta obvio que este hombre, un pagano, oficial del ejército opresor, odiado por todos, se encontraba en espera de Jesús. Tenía la certeza de que Jesús habría de venir y podía curar a su criado. Más aún, tenía la certeza de que Jesús poseía el poder de curarlo sin tener que estar a su lado, sin tener que verlo. Por eso le esperaba, y lo hacía con esa “anticipación” del que espera algo maravilloso, lo que lleva a Jesús a decirle: “Os aseguro que en Israel no he encontrado en nadie tanta fe”.

El Adviento es un tiempo especial de gracia para todos. Ya se respira en el ambiente ese “algo” que no podemos describir y que llamamos con varios nombres, y que no es otra cosa que un anuncio de esperanza, confianza y fe en Dios; ese Dios que viene para todos, los de “cerca” y los de “lejos”, los pobres y los ricos, los tristes y los alegres, para traernos su regalo de salvación. Y la espera, la anticipación de ese evento nos causa excitación, nos llena de gozo.

En estos tiempos tan difíciles que estamos viviendo hay mucha gente desorientada, deprimida, ansiosa, desesperanzada. Personas que no han tenido la oportunidad de encontrarse con Jesús, pero que tienen buenos sentimientos, como el centurión. Tan solo hay que esperar; esperar con fe.

En este tiempo de Adviento, roguemos al Señor que nos conceda el espíritu de espera y la fe del centurión, para reconocerle y recibirle en nuestros corazones. Pidamos también ese don de manera especial para aquellos que se encuentran alejados, de manera que cuando se cante nuevamente el Aleluya en la Misa de Gallo, todos podamos decir al unísono: “¡Es Navidad!”

REFLEXIÓN PARA EL PRIMER DOMINGO DE ADVIENTO (C) 29-11-15

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Hoy comienza un nuevo año litúrgico. Anoche publicamos en este blog un corto mensaje sobre la Liturgia del Adviento. Allí señalábamos que las lecturas para el primer domingo de Adviento nos remiten a la espera de segunda venida del Señor, la parusía. Por eso las lecturas nos exhortan a estar vigilantes.

De ahí que la palabra clave para este primer domingo de Adviento es VIGILANCIA. Por eso, tanto las lecturas como la predicación son una invitación que se resume en las palabras con las que concluye el Evangelio para hoy (Lc 21,25-28.34-36) en las cuales Jesús, utilizando lenguaje tomado de la profecía de Daniel (7,13-14), advierte a sus discípulos: “Entonces, verán al Hijo del Hombre venir en una nube, con gran poder y majestad. Cuando empiece a suceder esto, levantaos, alzad la cabeza; se acerca vuestra liberación”. Esta semana encenderemos la primera vela de la corona de Adviento, color morada, como signo de vigilancia.

En este pasaje Jesús utiliza imágenes de los cataclismos que el pueblo judío asociaba con el final de los tiempos, conmociones cósmicas que se relacionan con la manifestación del poder de Dios (Cfr. Is 13,10; 34,4 etc.): “Habrá signos en el sol y la luna y las estrellas, y en la tierra angustia de las gentes, enloquecidas por el estruendo del mar y del oleaje. Los hombres quedarán sin aliento por el miedo y la ansiedad, ante lo que se le viene encima al mundo, pues los astros temblarán”.

En la segunda lectura, tomada de la primera carta del apóstol san Pablo a los Tesalonicenses (3,12–4,2), el apóstol nos recuerda que tenemos que mantenernos vigilantes y firmes hasta esa segunda venida, y nos instruye a mantenernos “santos e irreprensibles” para enfrentar el juicio que ha de venir: “[p]ara que, cuando Jesús nuestro Señor vuelva acompañado de todos sus santos, os presentéis santos e irreprensibles ante Dios nuestro padre. Para terminar, hermanos, por Cristo Jesús os rogamos y exhortamos: habéis aprendido de nosotros como proceder para agradar a Dios: pues proceded así y seguid adelante. Ya conocéis las instrucciones que os dimos en nombre del Señor Jesús”.

Siempre que pensamos en esa “segunda venida” de Jesús, vienen a nuestras mentes esas imágenes apocalípticas del fin de mundo, del “final de los tiempos”. Pero lo cierto es que ese encuentro definitivo con Jesús y el Padre puede ser en cualquier momento para cada uno de nosotros; al final de nuestra vida terrena, cuando enfrentemos nuestro juicio particular.

El Señor ha dado a cada uno de nosotros unos dones, unos carismas, y nos ha encomendado una tarea. Si el Señor llegara “inesperadamente” esta noche en mi sueño (¡cuántos no despertarán mañana!), ¿qué cuentas le voy a dar sobre la “tarea” que me encomendó? De ahí la exhortación a estar vigilantes y con nuestra “tarea” al día teniendo presente que, si la encontramos difícil, tan solo tenemos que recordar las palabras de Isaías: “Señor, tú eres nuestro Padre, nosotros la arcilla y tú el alfarero: somos todos obra de tu mano”.

Estamos comenzando el Adviento. Tiempo de anticipación, de conversión, de vigilante espera para el nacimiento del Niño Dios en nuestros corazones. Anda, reconcíliate con Él y con tus hermanos, ¡no vaya a ser que llegue y te encuentre dormido! (Cfr. Mc 13,36).