REFLEXIÓN PARA EL LUNES DE LA TRIGÉSIMA SEGUNDA SEMANA DEL T.O. (1) 08-11-21

Los apóstoles le pidieron al Señor: «Auméntanos la fe.»

La liturgia de hoy nos propone como lectura evangélica un pasaje (Lc 17,1-6) que podríamos dividir en tres partes.

La primera se recoge en esta advertencia de Jesús a sus discípulos: “Es inevitable que sucedan escándalos; pero ¡ay del que los provoca! Al que escandaliza a uno de estos pequeños, más le valdría que le encajaran en el cuello una piedra de molino y lo arrojasen al mar”. Esta advertencia, dirigida a los discípulos (y a nosotros) nos impone la grave obligación de “vivir” el Evangelio de Jesús, vivir de acuerdo a sus enseñanzas. Jesús se muestra siempre bien estricto en lo que respecta a sus “pequeños”, a los humildes, los pobres, los menos afortunados, los que nos miran como “ejemplo”, los que están en nuestro entorno, en nuestras comunidades de fe. Él no quiere que los escandalicemos con nuestra conducta. Por el contrario, nos exige una conducta que sirva de ejemplo. En otras palabras, que si somos cristianos, ¡que se nos note! No vaya a ser que el que nos vea diga como Ghandi: “Me gusta tu Cristo, no me gustan tus cristianos. Tus cristianos son tan diferentes a tu Cristo”…

Pero Jesús sabe que somos imperfectos, una Iglesia santa compuesta por pecadores. Sabe que podemos ofender y nos pueden ofender. Por eso nos dice: “Si tu hermano te ofende, repréndelo; si se arrepiente, perdónalo; si te ofende siete veces en un día, y siete veces vuelve a decirte: ‘Lo siento’, lo perdonarás”… ¡Ahí es donde eso de ser cristiano se pone difícil! Es el amor sin límites que nos impone el seguimiento de Jesús; el mismo Amor que nos profesa el Padre del cielo, que no se cansa de perdonarnos cada vez que le fallamos y regresamos arrepentidos. Eso solo se logra mediante una adhesión incondicional a Jesús. Y esa adhesión incondicional solo es posible mediante un acto de fe. Creer en Jesús y creerle a Jesús.

Los discípulos, al enfrentarse a las exigencias de Jesús, están conscientes de que solos no pueden, y por eso le imploran: “Auméntanos la fe”. Jesús, al contestarles, les establece la medida de fe que espera de ellos (nosotros): “Si tuvierais fe como un granito de mostaza, diríais a esa morera: ‘Arráncate de raíz y plántate en el mar’. Y os obedecería”. Con más razón necesitamos implorar al Señor que aumente nuestra fe.

Hoy, pidamos al Padre, por intercesión de su Hijo, que nos conceda, por su gracia, amentar nuestra fe para poder cumplir sus exigencias para con nuestros hermanos: “Señor de misericordia y compasión: Tu Hijo Jesucristo nos ha convocado a todos juntos como comunidad de pecadores que saben que tú nos has perdonado. Cuando nuestras debilidades amenacen nuestra unidad, recuérdanos que somos responsables los unos de los otros. Que tu Santo Espíritu unificador nos dé la fuerza para cuidarnos los unos a los otros y para hacer todo lo que podamos para permanecer como una comunidad viva, que acoge y perdona. Que nos encontremos siempre unidos en el nombre de Jesucristo, tu Hijo, nuestro Señor” (Oración Colecta).

REFLEXIÓN PARA EL MIÉRCOLES DE LA VIGÉSIMA SÉPTIMA SEMANA DEL T.O. (1) 06-10-21

La liturgia de hoy nos presenta la versión de Lucas sobre el origen de la oración del Padrenuestro (Lc 11,1-4). Al igual que con las Bienaventuranzas, Lucas nos presenta una versión “abreviada” del Padre Nuestro de Mateo (6,9-13), que es la que se incorpora eventualmente en la liturgia cristiana. Las diferencias tal vez se deban a la “versión” que utilizaban sus respectivas comunidades. Pero eso es materia de especulación.

Comienza el pasaje mostrándonos a Jesús en oración, en ese diálogo íntimo con el Padre que caracterizó toda su vida. Los discípulos esperan que termine de orar, y se acercan a Él con una petición: que les enseñe una “fórmula”, una oración que todos puedan utilizar que los distinga como discípulos suyos, al igual que lo hacían los discípulos de Juan, los fariseos, y otros grupos. “Señor, enséñanos a orar, como Juan Bautista lo enseñó también a sus discípulos”. Es decir, no le están pidiendo que les de una catequesis sobre la oración (en eso de la oración nuestros primos los judíos nos llevan mucha ventaja), sino que les enseñe una oración que contenga los elementos básicos de su relación con Dios y, más aún, de su actitud para con Dios. Es ahí que Jesús formula esa oración que nos distingue como cristianos, la primera que aprendemos de niños, que aunque no menciona a Jesús, nos muestra la actitud de Jesús hacia Dios, y por tanto de nosotros como sus seguidores.

Y lo primero que Jesús hace es algo que para nosotros es natural, pero que era inconcebible para la mentalidad judía de su época. Comienza por instruir a sus discípulos que se dirijan a Dios como “Padre” (Abba), tal como Él mismo lo hacía. “Cuando oréis decid: ‘Padre’,…” Jesús instruye a sus discípulos a dirigirse a ese Dios distante y terrible cuyo nombre no se podía ni tan siquiera pronunciar, llamándole “Abba”. Este sería definitivamente el “sello” que identificaría a los seguidores de Jesús, a los “seguidores del Camino”, que más adelante, en Antioquía, después de la Pascua de Jesús, serían llamados cristianos (Hc 11,26). Así, el Padre Nuestro sería, en lo adelante, la manifestación verbal de ese sello. Y para que no quedara duda de que los discípulos habían sido autorizados por el mismo Jesús a referirse a Dios con esa familiaridad que rayaba en la blasfemia, desde muy temprano en la Iglesia primitiva se introdujo en la liturgia una fórmula, a manera de preámbulo, que utilizamos todavía: “Fieles a la recomendación del Salvador, y siguiendo su divina enseñanza, nos ‘atrevemos’ a decir”.

Así los cristianos podemos dirigirnos al Padre con la misma intimidad, la misma familiaridad con que lo hacía Jesús. Pablo diría más adelante que es el Espíritu de su propio Hijo que nos permite clamar: “Abba, o sea: ¡Papá!” (Rm 8,15; Ga 4,6), tal como Él lo hacía.

Hoy, pidamos al Padre que nos conceda la gracia de poder dirigirnos a Él con la misma confianza que lo hizo su Hijo; con la confianza de un niño que le presenta a su papá un juguete roto, con la certeza de que él es quien único que puede repararlo.

REFLEXIÓN PARA EL VIERNES DE LA QUINTA SEMANA DE PASCUA 07-05-21

“Esto les mando: que se amen unos a otros”. Con este mandato de parte de Jesús comienza y cierra el evangelio para hoy (Jn 15,12-17). Es con este mandamiento que Jesús “lleva a plenitud la ley”, y nos libera de aquella “pesada carga” en que los fariseos y sacerdotes de su tiempo habían convertido la Ley de Moisés. Ya no se trata de un mero cumplimiento ritualista, se trata de entender y cumplir los mandamientos desde una nueva óptica; la óptica del amor, conscientes de que hemos sido elegidos por Dios, por mera gratuidad, por amor, con todos nuestros defectos. Y Él mismo nos ha destinado para que vayamos y prodiguemos ese amor y demos fruto, y nuestro fruto dure.

Este celo de dar a conocer la Buena Nueva del Reino de Dios, que está cimentado en el amor, es lo que impulsa a los apóstoles en la primera lectura de hoy (Hc 15,22-31) a enviarles una palabra de aliento a aquellos primeros cristianos de Antioquía que estaban angustiados ante las pretensiones de los judaizantes y los fariseos convertidos al cristianismo, quienes predicaban que los paganos que se convertían tenían que observar las leyes y preceptos judíos, incluyendo la circuncisión. Ellos se sintieron amados por Dios, y ese amor es tan intenso que hay que compartirlo con todos, sin importar que sean “diferentes”.

Y el que dispensa ese amor es el Espíritu Santo que, como hemos dicho anteriormente, es el Amor que se profesan el Padre y el Hijo que se derrama sobre nosotros. Ese Espíritu fue el que llevó a los participantes de aquél primer concilio de Jerusalén a decidir que no era necesario “judaizarse” para hacerse cristiano; que bastaba con creer en Jesús y en la Buena Noticia del Reino para pertenecer a la Iglesia, el nuevo Pueblo de Dios. Por eso preceden su mensaje con las palabras: “Hemos decidido, el Espíritu Santo y nosotros,…”

El mensaje de Jesús es sencillo: “Esto les mando: que se amen unos otros”. En ese corto mensaje está encerrada toda su doctrina. Porque su Palabra es la fuente inagotable de alegría; de la verdadera “alegría del cristiano”. Por eso la primera lectura nos dice que: “Al leer aquellas palabras alentadoras, se alegraron mucho”.

“Hemos decidido, el Espíritu Santo y nosotros”… ¿Invocas al Espíritu Santo cada vez que tienes que tomar una decisión importante? ¿Te acercas con humildad a María, la madre de Jesús, la “sobreabundante”, para que comparta contigo esa Gracia divina que ha hecho maravillas en ella (Cfr. Lc 2,49)?

Hoy Jesús continúa diciéndonos lo mismo: “Esto les mando: que se amen unos a otros”. ¿De verdad crees en Jesús y le crees a Jesús? ¡Que se te note!

Te invito a que abras tu corazón al amor incondicional de Dios, que es el Espíritu Santo, y sentirás ese torrente de amor que invadirá todo tu ser. Entonces sabrás lo que es la alegría del cristiano, y la podrás repartir a raudales con todos. De eso se trata el mandato de Jesús. Créeme, el amor es contagioso.

REFLEXIÓN PARA EL MARTES DE LA CUARTA SEMANA DE PASCUA 27-04-21

“Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco, y ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna; no perecerán para siempre, y nadie las arrebatará de mi mano”.

En la liturgia pascual continuamos leyendo el libro de los Hechos de los Apóstoles. El pasaje que leemos hoy (Hc 11,19-26) nos presenta a Bernabé predicando exitosamente el Evangelio en Antioquía. Entusiasmado por la acogida de la Palabra en Antioquía, fue a buscar a Pablo y lo trajo a esa ciudad, en donde ambos permanecieron un año. Antioquía se convirtió en el gran centro de evangelización de mundo pagano. Tan visible fue el éxito de Pablo y Bernabé en esta misión, y tan floreciente la comunidad de Antioquía, que fue allí donde por primera vez llamaron “cristianos” a los seguidores de Jesús (11,26). Hasta entonces se les conocía como los seguidores de “el Camino”.

La lectura evangélica (Jn 10,22-30) es continuación de la que leyéramos el pasado domingo, y sigue presentándonos la figura de Jesús-Buen Pastor. El pasaje de hoy nos narra el último encuentro entre Jesús y los dirigentes judíos en el relato de Juan. Es el último intento de estos de lograr que Jesús acepte públicamente ante ellos su mesianismo: “¿Hasta cuándo nos vas a tener en suspenso? Si tú eres el Mesías, dínoslo francamente”. La pregunta iba dirigida a hacerles más fácil su trabajo, pues ya para entonces la decisión estaba tomada: había que “eliminar” a Jesús.

Jesús evade contestar directamente la pregunta y les remite a sus obras, que Él hace “en nombre de [su] Padre”. Pero los dirigentes judíos se niegan a creer porque están cegados. Aceptar que Jesús es el Mesías les quitaría su base de poder. Eso no les permite “ver” las obras de Jesús, y mucho menos escuchar su voz. “Pero vosotros no creéis, porque no sois ovejas mías. Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco, y ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna; no perecerán para siempre, y nadie las arrebatará de mi mano”.

De nuevo la referencia a la relación entre el pastor y sus ovejas: “Yo las conozco y ellas me siguen”. Cuando hablamos de “conocer” en términos bíblicos, nos referimos a algo más que saber el nombre o reconocer a alguien. Ese verbo implica una intimidad que va más allá de lo cotidiano. Y esa intimidad lleva a los verdaderos discípulos de Jesús a seguirle sin reservas, a confiar plenamente el Él, a aceptar su camino, como las ovejas que siguen la voz del pastor sabiendo que este les conducirá a las verdes praderas, hacia fuentes tranquilas (Cfr. Sal 22). En el caso de los discípulos de Jesús ese seguimiento es el que nos conduce a la “Vida eterna”.

Vemos que Jesús siempre habla en plural al referirse a nosotros como sus ovejas. Nos está diciendo que formamos parte de un pueblo, de un “rebaño”, de una Iglesia; que nuestra salvación no es individual, que no podemos desentendernos de nuestros hermanos ni de nuestra Iglesia, aunque en ocasiones nos sintamos incómodos con alguien o algo. No podemos caminar separados del “rebaño”, pues si nos separamos del rebaño, nos separamos del Pastor y nos apartaremos del camino.

REFLEXIÓN PARA LA MEMORIA OBLIGATORIA DE SAN BERNABÉ, APÓSTOL 11-06-20

Hoy celebramos la memoria obligatoria de san Bernabé, apóstol. Bernabé no fue uno de los “doce” elegidos por Jesús. No obstante, desde los comienzos de la Iglesia fue considerado apóstol, primordialmente por su amplia labor apostólica y la misión que el Espíritu Santo le encomendó, según nos relata Lucas en la primera lectura de hoy (Hc 11,21b-26;13,1-39).

Bernabé era levita (de la tribu de Leví) oriundo de Chipre. Su nombre era José, pero este le fue cambiado por los apóstoles a Bernabé, que quiere decir “hijo de la exhortación”, se menciona en el libro de los Hechos de los Apóstoles por su generosidad, habiendo vendido una propiedad que tenía y puesto su importe a disposición de los apóstoles (4,36).

La lectura nos presenta a Bernabé predicando exitosamente el Evangelio en Antioquía: “como era hombre de bien, lleno de Espíritu Santo y de fe, una multitud considerable se adhirió al Señor”. Entusiasmado por la acogida de la Palabra en Antioquía, fue a buscar a Pablo y lo trajo a esa ciudad, en donde ambos permanecieron un año. Antioquía se convirtió en el gran centro de evangelización de mundo pagano. Nos dice la lectura que en aquél lugar “había profetas y maestros”. Tan visible fue el éxito de Pablo y Bernabé en esta misión, y tan floreciente la comunidad de Antioquía, que fue allí donde por primera vez llamaron “cristianos” a los seguidores de Jesús (11,26c). Hasta entonces se les conocía como los seguidores del “Camino”.

Hemos dicho en ocasiones anteriores que el libro de los Hechos de los Apóstoles se conoce como el “Evangelio del Espíritu Santo”, porque recoge la actividad divina del Espíritu Santo en el desarrollo de la Iglesia. Así, la lectura nos dice que mientras la comunidad ayunaba y daba culto al Señor, “dijo el Espíritu Santo: ‘Apartadme a Bernabé y a Saulo para la misión a que los he llamado’. Volvieron a ayunar y a orar, les impusieron las manos y los despidieron”. De allí partirían a evangelizar Seleucia, Chipre, Pafos, Perge de Panfilia, Iconio, Laconia y Listra, para luego regresar a Antioquía. Una lectura de los capítulos 13-15 de los Hechos de los Apóstoles nos revela la extensión de la labor apostólica de Pablo y Bernabé, y cómo el Espíritu Santo actuaba poderosamente efectuando conversiones y haciendo toda clase de milagros, y protegiéndolos, salvándolos de ser lapidados.

¡Ojalá nuestras comunidades de fe estuvieran tan atentas y dóciles al Espíritu Santo como aquella comunidad de Antioquía!

La Tradición nos presenta a Bernabé llegando a ser obispo de Milán, y martirizado alrededor del año 60 en Salamina.

“Señor Dios nuestro, la Iglesia de Antioquía, movida por el Espíritu Santo, envió a Pablo y Bernabé en misión apostólica entre paganos. Que la Iglesia de hoy, en cualquier parte del mundo, envíe buenos y celosos hombres y mujeres a anunciar el Evangelio. Llena a todos los misioneros con el Espíritu Santo y con gran fe, para que puedan tocar los corazones de los hombres y los ganen como discípulos y amigos de Jesucristo nuestro Señor” (Oración Colecta).

REFLEXIÓN PARA EL VIERNES DE LA QUINTA SEMANA DE PASCUA 15-05-20

“Esto les mando: que se amen unos a otros”.

“Esto les mando: que se amen unos a otros”. Con este mandato de parte de Jesús comienza y cierra el evangelio para hoy (Jn 15,12-17). Es con este mandamiento que Jesús “lleva a plenitud la ley”, y nos libera de aquella “pesada carga” en que los fariseos y sacerdotes de su tiempo habían convertido la Ley de Moisés. Ya no se trata de un mero cumplimiento ritualista, se trata de entender y cumplir los mandamientos desde una nueva óptica; la óptica del amor, conscientes de que hemos sido elegidos por Dios, por mera gratuidad, por amor, con todos nuestros defectos. Y Él mismo nos ha destinado para que vayamos y prodiguemos ese amor y demos fruto, y nuestro fruto dure.

Este celo de dar a conocer la Buena Nueva del Reino de Dios, que está cimentado en el amor, es lo que impulsa a los apóstoles en la primera lectura de hoy (Hc 15,22-31) a enviarles una palabra de aliento a aquellos primeros cristianos de Antioquía que estaban angustiados ante las pretensiones de los judaizantes y los fariseos convertidos al cristianismo, quienes predicaban que los paganos que se convertían tenían que observar las leyes y preceptos judíos, incluyendo la circuncisión. Ellos se sintieron amados por Dios, y ese amor es tan intenso que hay que compartirlo con todos, sin importar que sean “diferentes”.

Y el que dispensa ese amor es el Espíritu Santo que, como hemos dicho anteriormente, es el Amor que se profesan el Padre y el Hijo que se derrama sobre nosotros. Ese Espíritu fue el que llevó a los participantes de aquél primer concilio de Jerusalén a decidir que no era necesario “judaizarse” para hacerse cristiano; que bastaba con creer en Jesús y en la Buena Noticia del Reino para pertenecer a la Iglesia, el nuevo Pueblo de Dios. Por eso preceden su mensaje con las palabras: “Hemos decidido, el Espíritu Santo y nosotros,…”

El mensaje de Jesús es sencillo: “Esto les mando: que se amen unos otros”. En ese corto mensaje está encerrada toda su doctrina. Porque su Palabra es la fuente inagotable de alegría; de la verdadera “alegría del cristiano”. Por eso la primera lectura nos dice que: “Al leer aquellas palabras alentadoras, se alegraron mucho”.

“Hemos decidido, el Espíritu Santo y nosotros”… ¿Invocas al Espíritu Santo cada vez que tienes que tomar una decisión importante? ¿Te acercas con humildad a María, la madre de Jesús, la “sobreabundante”, para que comparta contigo esa Gracia divina que ha hecho maravillas en ella (Cfr. Lc 2,49)?

Hoy Jesús continúa diciéndonos lo mismo: “Esto les mando: que se amen unos a otros”. ¿De verdad crees en Jesús y le crees a Jesús? ¡Que se te note!

En estos tiempos del coronavirus que nos ha tocado vivir, te invito a que abras tu corazón al amor incondicional de Dios, que es el Espíritu Santo, y sentirás ese torrente de amor que invadirá todo tu ser. Entonces sabrás lo que es la alegría del cristiano, y la podrás repartir a raudales con todos, aún desde el distanciamiento social. De eso se trata el mandato de Jesús. Créeme, el amor es contagioso.

REFLEXIÓN PARA EL MARTES DE LA CUARTA SEMANA DE PASCUA 05-05-20


“Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco, y ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna; no perecerán para siempre, y nadie las arrebatará de mi mano”.

En la liturgia pascual continuamos leyendo el libro de los Hechos de los Apóstoles. El pasaje que leemos hoy (Hc 11,19-26) nos presenta a Bernabé predicando exitosamente el Evangelio en Antioquía. Entusiasmado por la acogida de la Palabra en Antioquía, fue a buscar a Pablo y lo trajo a esa ciudad, en donde ambos permanecieron un año.

Antioquía se convirtió en el gran centro de evangelización de mundo pagano. Tan visible fue el éxito de Pablo y Bernabé en esta misión, y tan floreciente la comunidad de Antioquía, que fue allí donde por primera vez llamaron “cristianos” a los seguidores de Jesús (11,26). Hasta entonces se les conocía como los seguidores de “el Camino”. Cabe señalar que la palabra “cristiano” fue utilizada inicialmente por los no creyentes como un término peyorativo, pero los seguidores de Jesús lo adoptaron con orgullo, al punto que se convirtió en el “sello” que hasta hoy denomina a los que seguimos a Cristo.

La lectura evangélica (Jn 10,22-30) continúa presentándonos la figura de Jesús-Buen Pastor. El pasaje de hoy nos narra el último encuentro entre Jesús y los dirigentes judíos en el relato de Juan. Es el último intento de estos de lograr que Jesús acepte públicamente ante ellos su mesianismo: “¿Hasta cuándo nos vas a tener en suspenso? Si tú eres el Mesías, dínoslo francamente”. La pregunta iba dirigida a hacerles más fácil su trabajo, pues ya para entonces la decisión estaba tomada: había que “eliminar” a Jesús.

Jesús evade contestar directamente la pregunta y les remite a sus obras, que Él hace “en nombre de [su] Padre”. Pero los dirigentes judíos se niegan a creer porque están cegados. Aceptar que Jesús es el Mesías les quitaría su base de poder. Eso no les permite “ver” las obras de Jesús, y mucho menos escuchar su voz. “Pero vosotros no creéis, porque no sois ovejas mías. Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco, y ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna; no perecerán para siempre, y nadie las arrebatará de mi mano”.

De nuevo la referencia a la relación entre el pastor y sus ovejas: “Yo las conozco y ellas me siguen”. Cuando hablamos de “conocer” en términos bíblicos, nos referimos a algo más que saber el nombre o reconocer a alguien. Ese verbo implica una intimidad que va más allá de lo cotidiano. Y esa intimidad lleva a los verdaderos discípulos de Jesús a seguirle sin reservas, a confiar plenamente el Él, a aceptar su camino, como las ovejas que siguen la voz del pastor sabiendo que este les conducirá a las verdes praderas, hacia fuentes tranquilas (Cfr. Sal 22). En el caso de los que seguimos a Jesús, ese seguimiento es el que nos conduce a la “Vida eterna”.

Vemos que Jesús siempre habla en plural al referirse a nosotros como sus ovejas. Nos está diciendo que formamos parte de un pueblo, de un “rebaño”, de una Iglesia; que nuestra salvación no es individual, que no podemos desentendernos de nuestros hermanos ni de nuestra Iglesia, aunque en ocasiones nos sintamos incómodos con alguien o algo. No podemos caminar separados del “rebaño”, pues si nos separamos del rebaño, nos separamos del Pastor.

REFLEXIÓN PARA EL LUNES DE LA TRIGÉSIMA SEGUNDA SEMANA DEL T.O. (1) 11-11-19

“Si tuvierais fe como un granito de mostaza, diríais a esa morera: ‘Arráncate de raíz y plántate en el mar’. Y os obedecería”.

La liturgia de hoy nos propone como lectura evangélica un pasaje (Lc 17,1-6) que podríamos dividir en tres partes.

Comienza con una advertencia de Jesús a sus discípulos: “Es inevitable que sucedan escándalos; pero ¡ay del que los provoca! Al que escandaliza a uno de estos pequeños, más le valdría que le encajaran en el cuello una piedra de molino y lo arrojasen al mar”. Esta advertencia, dirigida a los discípulos (y a nosotros) nos impone la grave obligación de “vivir” el Evangelio de Jesús, vivir de acuerdo a sus enseñanzas. Jesús se muestra siempre bien estricto en lo que respecta a sus “pequeños”, a los humildes, los pobres, los menos afortunados, los que nos miran como “ejemplo”, los que están en nuestro entorno, en nuestras comunidades de fe. Él no quiere que los escandalicemos con nuestra conducta. Por el contrario, nos exige una conducta que sirva de ejemplo. En otras palabras, que si somos cristianos, ¡que se nos note! No vaya a ser que el que nos vea diga como Ghandi: “Me gusta tu Cristo, no me gustan tus cristianos. Tus cristianos son tan diferentes a tu Cristo”…

Pero Jesús sabe que somos imperfectos, una Iglesia santa compuesta por pecadores. Sabe que podemos ofender y nos pueden ofender. Por eso nos dice: “Si tu hermano te ofende, repréndelo; si se arrepiente, perdónalo; si te ofende siete veces en un día, y siete veces vuelve a decirte: ‘Lo siento’, lo perdonarás”… ¡Ahí es donde eso de ser cristiano se pone difícil! Es el amor sin límites que nos impone el seguimiento de Jesús; el mismo Amor que nos profesa el Padre del cielo, que no se cansa de perdonarnos cada vez que le fallamos y regresamos arrepentidos. Eso solo se logra mediante una adhesión incondicional a Jesús. Y esa adhesión incondicional solo es posible mediante un acto de fe. Creer en Jesús y creerle a Jesús.

Los discípulos, al enfrentarse a las exigencias de Jesús, están conscientes de que solos no pueden, y por eso le imploran: “Auméntanos la fe”. Jesús, al contestarles, les establece la medida de fe que espera de ellos (nosotros): “Si tuvierais fe como un granito de mostaza, diríais a esa morera: ‘Arráncate de raíz y plántate en el mar’. Y os obedecería”. Con más razón necesitamos implorar al Señor que aumente nuestra fe.

Hoy, pidamos al Padre, por intercesión de su Hijo, que nos conceda, por su gracia, amentar nuestra fe para poder cumplir sus exigencias para con nuestros hermanos: “Señor de misericordia y compasión: Tu Hijo Jesucristo nos ha convocado a todos juntos como comunidad de pecadores que saben que tú nos has perdonado. Cuando nuestras debilidades amenacen nuestra unidad, recuérdanos que somos responsables los unos de los otros. Que tu Santo Espíritu unificador nos dé la fuerza para cuidarnos los unos de los otros y para hacer todo lo que podamos para permanecer como una comunidad viva, que acoge y perdona. Que nos encontremos siempre unidos en el nombre de Jesucristo, tu Hijo, nuestro Señor” (Oración Colecta).

REFLEXIÓN PARA EL VIGÉSIMO SEGUNDO DOMINGO DEL T.O. (A) 03-09-17


La lectura evangélica que nos ofrece la liturgia para este vigesimosegundo domingo del tiempo ordinario (Mt 16,21-27) es la secuela de la profesión de fe Pedro.

Y como no hay profesión de fe sin prueba (1 Pe 1,7), Jesús no pierde tiempo en anunciar el camino que le espera: “Empezó Jesús a explicar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén y padecer allí mucho por parte de los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, y que tenía que ser ejecutado y resucitar al tercer día”. En esta expresión de Jesús no hay insinuaciones, ni simbolismos; es la verdad cruda y tajante de lo que le espera. Los verbos que utiliza son inequívocos: “padecer”, “ser ejecutado”, y “resucitar”. Es el primer anuncio de la pasión por parte de Jesús. Pero los discípulos todavía no captan el verdadero significado de Sus palabras.

Pedro, contento de haber recibido el don de la fe que le permitió confesar el mesianismo de Jesús, se escandalizó y comenzó a increparlo. Su naturaleza humana le impedía aquilatar el valor salvífico del camino de la pasión que Jesús tenía que caminar. Continuaba pensando en un Mesías libertador, un líder político que los librara del Imperio Romano. Por eso Jesús le reprende, utilizando las mismas palabras que usó para reprender a Satanás cuando le tentó en el desierto (Mt 4,10): “¡Quítate de mi vista, Satanás!”.

Pedro se había quedado en el “gozo” de la fe, pero no había podido concretizarla; no había alcanzado a leer la “letra chica” que Jesús no tarda en señalarle en los versículos que siguen “El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Si uno quiere salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí la encontrará. ¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida? ¿O qué podrá dar para recobrarla? Porque el Hijo del hombre vendrá entre sus ángeles, con la gloria de su Padre, y entonces pagará a cada uno según su conducta.” De nuevo los adjetivos inequívocos: “negarse” a sí mismo, “cargar” con la Cruz, “seguirlo”…

Jesús nos invita a seguirle, pero ese seguimiento no puede ser a medias, tiene que ser radical; Jesús no admite términos medios ni tibiezas. “Nadie que pone su mano en el arado y mira hacia atrás, es apto para el Reino de Dios” (Lc 9,62). “Ojalá fueras frío o caliente. Pero como eres tibio, y no frío ni caliente voy a vomitarte de mi boca” (Ap 15b-16). Palabras fuertes, pero que expresan la seriedad del compromiso que contraemos los que decidimos seguir a Jesús. En otras palabras, no existe tal cosa como un cristiano light.

Ese es el gran problema de nuestros tiempos, el Cristo de la prosperidad, el Cristo hecho a la medida de cada cual. Nada parecido a la “locura de la Cruz” que predicó san Pablo.

Nadie ha dicho que esto de seguir a Jesús es fácil; pero el premio que nos espera vale la pena (1 Co 9,24-25; 1 Pe 5,4). Esa es la promesa que nos permite estar alegres en la enfermedad y en la tribulación. ¡Atrévete!

REFLEXIÓN PARA EL VIGÉSIMO PRIMER DOMINGO DEL T.O. (A) 27-08-17

La lectura evangélica de hoy (Mt 16,13-20) nos presenta a Jesús en la región de Cesarea de Filipo preguntando a sus discípulos: “¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?”. La respuesta de los discípulos es: “Unos que Juan Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas”. Entonces les pregunta: “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?” Esa pregunta suscita la “profesión de fe” de Pedro: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”; a lo que Jesús le contesta: “¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás! porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo. Ahora te digo yo: tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará. Te daré las llaves del reino de los cielos; lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo, y lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo”.

Pedro era un simple pescador que se ganaba la vida practicando su noble oficio en el lago a cuya orilla Jesús le instituye “piedra” y cabeza de su Iglesia, no por sus propios méritos, sino porque Jesús reconoce que el Padre le ha escogido: “… porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo”.

Dios llama a cada uno de nosotros a desempeñar una misión. Esa es nuestra vocación. La palabra “vocación” viene del verbo latín vocatio, que quiere decir “llamado”. Cómo Dios nos escoge, y cómo decide cuál es nuestra vocación es un misterio. Y una vez aceptada la misión, el Señor se encarga de darnos los medios, como lo hizo con Eliacín en la primera lectura para hoy (Is 22,19-23), que prefigura el primado de Pedro: “Colgaré de su hombro la llave del palacio de David: lo que él abra nadie lo cerrará, lo que él cierre nadie lo abrirá. Lo hincaré como un clavo en sitio firme, dará un trono glorioso a la casa paterna”.

Dios no siempre escoge a los más capacitados; Él capacita a los que escoge, dándoles los carismas necesarios para llevar a cabo su misión (Cfr. 1 Cor 12,1-11).

La segunda lectura (Rm 11,33-36), por su parte, nos reitera el carácter misterioso de los designios de Dios: “¡Qué abismo de generosidad, de sabiduría y de conocimiento, el de Dios! ¡Qué insondables sus decisiones y qué irrastreables sus caminos! ¿Quién conoció la mente del Señor? ¿Quién fue su consejero?”

Si Cristo se presentara hoy ante ti y te preguntara: “¿Y tú, ¿quién dices que soy yo?”, ¿qué le contestarías? Pedro y Pablo ofrecieron su vida por predicar y defender esa verdad. Hoy hay cristianos en el mediano oriente haciéndolo a diario. Y tú, ¿estás dispuesto a hacerlo?

Cuando estés listo para partir al encuentro definitivo con el Señor, ¿podrás decir como Pablo: “He combatido bien mi combate, he corrido hasta la meta, he mantenido la fe”?