REFLEXIÓN PARA EL JUEVES DE LA QUINTA SEMANA DE PASCUA 19-05-22

“Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor”.

La lectura evangélica que nos brinda la liturgia para hoy (Jn 15,9-11) es continuación de la de ayer, que situábamos en la sobremesa de la última cena, que Juan nos presenta, no como la cena pascual de los sinópticos, sino como una cena de despedida que se celebra el día de la preparación de la pascua. El pasaje que contemplamos hoy forma parte del “discurso de despedida” de Jesús. Jesús aprovecha este discurso para afianzar la fe de sus discípulos como preparación para la misión que les espera. Ayer veíamos la insistencia de Jesús a sus discípulos para que permanecieran en Él.

Hoy les profesa su amor infinito e incondicional; amor que se compara con el que el Padre le profesa a Él, subrayando que permanecer en Él significa permanecer en Su amor: “Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; lo mismo que yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud”.

“Como el Padre me ha amado, así os he amado yo”… Si no viniera de labios de Jesús, diríamos que es mentira, parece increíble. ¡Jesús nos está diciendo que nuestra unión amorosa con Él es comparable a la de Él con el Padre! Tratemos por un momento de imaginar la magnitud de ese amor entre el Padre y el Hijo. Sí, ese mismo amor que se derrama sobre nosotros y tiene nombre y apellido: Espíritu Santo.

Ese anuncio del amor de Dios es el núcleo central del mensaje evangélico. Piet Van Breemen nos dice que “si yo me sé amado por Dios, su amor llenará mi corazón y se desbordará, porque un corazón humano es demasiado pequeño para contenerlo todo entero. Así amaré a mi prójimo con ese mismo amor”.

Jesús nos está pidiendo que “permanezcamos” (otra vez ese verbo), no solo en Él, sino en Su amor. Pero como siempre, no nos obliga, reconoce y respeta nuestro libre albedrío. Nos dice que “si” guardamos sus mandamientos, permanecemos en Su amor. Para recalcar la identidad entre el amor que el Padre le tiene y el que Él nos tiene, no nos pide nada que Él mismo no esté dispuesto a hacer: “lo mismo que yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor”. Como siempre, Jesús nos muestra el camino a seguir (“Yo soy el Camino”), nos proporciona el modelo.

Ese “si…”, esa condición sujeta a nuestra libertad es la que va a determinar nuestra relación, nuestra unión con Dios. Jesús nos promete Su alegría, llevada a plenitud: “para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud.” Se trata del gozo eterno que podemos comenzar a disfrutar desde ahora. ¿Te animas?

Señor Jesús, ayúdanos a permanecer en Tu amor, de la misma manera que Tú has guardado fielmente los mandamientos del Padre y permaneces en Su amor. Así encontraremos Tu alegría y la podremos llevar a su plenitud.

REFLEXIÓN PARA EL QUINTO DOMINGO DE PASCUA (C) 15-05-22

Hoy es el domingo del Amor. Celebramos el Quinto domingo de Pascua, y las lecturas que nos brinda la liturgia, culminan con el mandamiento del amor que Jesús da a sus discípulos al principio del llamado “discurso de despedida de Jesús”, que comienza con el fragmento que contemplamos hoy (Jn 13,31-33a.34-35) y culmina con la “oración sacerdotal” de glorificación, en el capítulo 17.

“Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también entre vosotros. La señal por la que conocerán todos que sois discípulos míos será que os amáis unos a otros”. Este comentario, que recoge la última voluntad o “testamento” de Jesús, se da a raíz de la salida de Judas del tabernáculo para consumar su  traición. Es de notar que en el pasaje de hoy, justo antes del mandamiento del amor, en apenas dos versículos, Jesús utiliza cinco veces el verbo “glorificar”, tres relativas al presente y dos al futuro (vv.31-32).

¿Qué significa glorificar? El diccionario de la Real Academia Española define ese verbo como “reconocer y ensalzar a quien es glorioso”, es decir, reconocer lo que una persona tiene de encomiable. Con la traición de Judas comienza a ponerse de manifiesto lo que Jesús tiene de encomiable: el amor. Ese amor verdadero que tiene su máxima expresión en estar dispuesto a dar la vida por sus amigos (Jn 15,13); amar “hasta el extremo” (Jn 13,2), algo que Jesús evidenciará dando su vida incluso por sus enemigos. Ahí se revelará el verdadero señorío de Jesús, manifestado en el Amor.

Jesús glorifica al Padre al hacer su voluntad entregándose a su pasión y muerte de cruz en la más formidable demostración de amor en la historia de la humanidad. Por eso el Padre lo glorificará resucitándole de entre los muertos y sentándolo a su derecha como “Señor de los señores y vencedor del pecado y de la muerte” (Lumen Gentium 59).

Su última voluntad fue: “que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también entre vosotros”. Jesús no nos pidió que cumpliéramos la Ley de Dios; nos pidió que nos amáramos los unos a los otros. No se trata pues, de hacer el bien porque se nos manda, sino porque se ama. Cuando se ama se lleva a plenitud la Ley; eso es lo que nos distingue como cristianos. Cuando, por el contrario, nos limitamos a dar cumplimiento a la Ley, estamos meramente evitando ser castigados. Eso es distintivo humano. Por eso en ocasiones anteriores hemos señalado que la palabra cumplimiento está compuesta por otras dos: “cumplo” y “miento”.

De la misma manera que Jesús glorificó al Padre con su demostración de amor, Él nos pide que hagamos lo mismo, amar hasta que nos duela (¡qué difícil!). Por eso la primera lectura (Hc 14,21b-27) nos recuerda que “hay que pasar mucho para entrar en el reino de Dios”. Y según el Padre lo glorificó, nosotros seremos también glorificados.

La segunda lectura, tomada del libro del Apocalipsis (21,1-5a), nos muestra esa hermosa visión de la nueva Jerusalén bajando del cielo “arreglada como una novia que se adorna para su esposo”, en la que todos los que le seguimos vamos a morar junto a Él por toda la eternidad. Y la promesa es real: “Ya no habrá muerte, ni luto, ni llanto, ni dolor. Porque el primer mundo ha pasado”. El reto es duro, pero la recompensa es eterna… ¿Te animas?

REFLEXIÓN PARA EL CUARTO DOMINGO DE PASCUA – DOMINGO DEL BUEN PASTOR (C) 08-05-22

Hoy celebramos el cuarto domingo de Pascua, domingo del Buen Pastor. En este día también celebramos la Jornada Mundial de Oración por las vocaciones sacerdotales; aquellos que continúan en el tiempo la misión del único Buen Pastor que le encomendó su rebaño a la Iglesia en la persona de Pedro (Jn 21,15-17).

La alegoría del Buen Pastor aparece originalmente en la Biblia en referencia al cuidado y protección de Yahvé hacia su pueblo (ej. Salmo 23, Ez 34, e Is 40,11). En el Nuevo Testamento Jesús se “apropia” de esa alegoría y se la aplica a sí mismo como el Hijo de Dios que cuida y salva a su rebaño. Ejemplo de ello es el capítulo 10 de Juan, de donde está tomada la lectura evangélica de hoy (Jn 10,27-30).

La figura del pastor para simbolizar la protección al pueblo es antiquísima. Así, por ejemplo, en el antiguo Egipto se presentaba a los faraones con dos símbolos: un matamoscas y un cayado, y en la mitología griega se representaba al dios Hermes con un carnero sobre los hombros.

Con esta figura se quiere representar lo incapaces que somos de alcanzar la salvación sin la ayuda de Dios-Buen Pastor. Las ovejas son unos animales que tienen un cerebro bien pequeño, no aprenden. También tienen una visión pobre. Por eso se vuelven a caer por el mismo barranco un y otra vez y, peor aún, pelean cuando el pastor trata de ayudarlas. Es la viva imagen de nosotros en este difícil camino a la santidad al que somos llamados.

Pero Jesús está empeñado en que ninguna de sus ovejas se pierda: “Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco, y ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna; no perecerán para siempre, y nadie las arrebatará de mi mano. Mi Padre, que me las ha dado, supera a todos, y nadie puede arrebatarlas de la mano del Padre. Yo y el Padre somos uno”.

Esa imagen del Buen Pastor con la oveja sobre los hombros que los cristianos adoptamos se deriva de un hecho real. Cuando la oveja nace, el pastor a lleva sobre sus hombros un rato para que esta escuche su voz y se acostumbre a ella. Así le seguirá y no se perderá. De ahí la alegoría: “Mis ovejas escuchan mi voz… y ellas me siguen”. Por eso cuando nos alejamos de Jesús, nos encontramos desamparados y dispersos, “como ovejas si pastor” (Mt 9,36).

La segunda lectura de hoy (Ap 7,9.14b-17) nos presenta nuevamente la figura del Pastor, representada en el Cordero que está delante del trono, que será nuestro pastor y nos “conducirá hacia fuentes de aguas vivas”.

La promesa de Jesús es clara: Si escuchamos su voz y le seguimos, nadie nos arrebatará de su mano, y Él nos dará la vida eterna.

Señor, quiero escuchar tu voz; no permitas que los ruidos de las cosas del mundo me distraigan y pierda mi camino, pues sin Ti estaré desorientado y volveré a caer en los mismos barrancos que la vida me presenta. Jesús, Buen Pastor, no me apartes de Tu vista, y si me pierdo, deja las otras noventa y nueve para ir tras de mí hasta que me encuentres (Lc 15,4), de manera que pueda seguirte hacia la vida eterna que me has prometido.

REFLEXIÓN PARA EL TERCER DOMINGO DE PASCUA (C) 01-05-22

La primera lectura y el relato evangélico que nos ofrece la liturgia para este tercer domingo Pascua, son repetición agrandada de otras que habíamos contemplado en la liturgia diaria del Tiempo Pascual.

La primera (Hc 5,27b-32.40b-41), es un compendio de las lecturas del jueves y el viernes de la segunda semana de Pascua que acaba de finalizar. En ellas vemos cómo la fe Pascual de los Apóstoles, encendida y guiada por el Espíritu Santo, les impulsa a predicar la Resurrección de Jesús y la Buena Nueva del Reino, y a enfrentar con valentía las consecuencias de esa predicación. Como en todo el libro de los Hechos de los apóstoles, vemos la acción del Espíritu Santo que inclusive pone palabras de la boca de los apóstoles al ser cuestionados por las autoridades que les perseguían.

Como segunda lectura se nos ofrece un pasaje del libro del Apocalipsis (5,11-14) que nos presenta la figura del “cordero degollado”, y a “todas las criaturas que hay en el cielo, en la tierra, bajo la tierra, en el mar”, alabándole, bendiciéndole, y rindiéndole culto junto “al que se sienta en el trono”. Es Jesús resucitado ya en la gloria sentado a la derecha del Padre.

El Evangelio (Jn 21,1-19), por su parte, es una versión agrandada del que leyéramos el viernes de la Octava de Pascua (la pesca milagrosa). Les invitamos a repasar nuestra reflexión para ese día en este blog. En esta ocasión centraremos nuestra atención en una parte del pasaje que, por limitaciones de espacio, no abordamos en aquella ocasión. Cuando Juan, que estaba en la barca con Pedro reconoce que es el Señor quien está en la orilla, le dice a Pedro: “Es el Señor”. Y sin pensarlo dos veces, “al oír que era el Señor, Simón Pedro, que estaba desnudo, se ató la túnica y se echó al agua”.

El primero en reconocerlo fue el discípulo que Jesús tanto amaba. Tal vez ese mismo amor fue el que le hizo reconocerle. Pero fue Pedro el primero en lanzarse al agua. Pedro había estado bregando toda la noche sin éxito. Tal vez pensó que no perdía nada con echar las redes una vez más como les sugería aquél extraño en la orilla. Probablemente “algo” en su corazón le decía que la pesca abundante que resultó no era simplemente que aquél supiera más que él sobre la pesca. Pedro era un pescador experimentado que conocía todos los secretos de la pesca. Y esa sospecha se confirmó cuando escuchó al discípulo amado decir: “Es el Señor”.

Pedro ansiaba estar con el Señor una vez más; por eso su reacción impetuosa. A pesar de que el Señor se les había aparecido dos veces, Pedro no había tenido oportunidad de pedirle perdón por su debilidad al negarlo tres veces. El Señor lo sabe y por eso provoca un diálogo amoroso con Pedro que le da la oportunidad de confesarle su amor en tres ocasiones; el mismo número de veces que le había negado. En el proceso, luego escuchar la profesión de amor de Pedro, Jesús le pide igual número de veces que “apaciente” su rebaño. Le reitera su elección como cabeza de la Iglesia.

Jesús termina el diálogo con las mismas palabras que no cesa de repetirnos a nosotros también día tras día: “Sígueme”. Y tú, ¿amas al Señor? ¿Cuántas veces tendrá que preguntártelo? Estoy seguro que si abres los oídos del alma escucharás su voz que te dice: “Sígueme”.

REFLEXIÓN PARA EL SÁBADO SANTO 16-04-22

“María mantuvo la cabeza en alto con la certeza de que iba a verlo nuevamente; que su hijo iba a resucitar”.

Hoy, Sábado Santo, no hay liturgia; por eso no hay lecturas. Durante el día de hoy tampoco se celebra la Eucaristía. La Iglesia nos brinda la oportunidad de continuar en silencio contemplando a Jesús muerto. Con la Vigilia Pascual que celebramos en la noche se inaugura el Tiempo Pascual.

Las Normas Litúrgico-Pastorales para el Sábado Santo, haciendo referencia a la Carta Circular sobre la preparación y celebración de las fiestas pascuales, establecen que durante el Sábado Santo la Iglesia permanece junto al sepulcro del Señor, meditando su Pasión y Muerte y su descenso a los infiernos, y esperando, en la oración y el ayuno, su Resurrección. Por eso se aconseja prolongar durante ese día el “sagrado ayuno pascual” que se practicó ayer.

Hoy es un día lleno de emociones encontradas, en el cual lloramos la muerte de Jesús, pero a la vez estamos en la espera ansiosa de su gloriosa Resurrección y la alegría que experimentaremos al escuchar el Pregón Pascual.

Durante aquél primer Sábado Santo, mientras todos se dispersaron confundidos, como ovejas sin pastor, ante la muerte de Jesús, solo una persona mantuvo su fe incólume con la certeza de que si Jesús había dicho que resucitaría al tercer día, iba de hecho a resucitar: su Madre María. Ese día, dentro del profundo dolor que le causó la pérdida de su Hijo, en el mismo momento que corrieron la piedra que serviría de lápida al sepulcro, comenzó para la María lo que yo llamo su “segundo Adviento”. Aquí se pone de manifiesto la fe inquebrantable de María en su Hijo, de quien ella tiene la certeza de que es Dios.

Tuvimos un párroco que decía que tal era la certeza de María de que su Hijo iba a resucitar, que cuando finalmente abandonó el sepulcro, mientras todos seguían preguntándose qué iba a pasar ahora que Jesús había muerto, ella se fue a su casa a limpiarla y disponer todo para cuando su Hijo regresara. De hecho, si examinamos los relatos sobre la resurrección, encontraremos que su madre no estaba entre las mujeres piadosas que fueron al sepulcro para terminar de embalsamar a Jesús. Algunos se preguntan por qué. La contestación es obvia: ¿Cómo iba a ir su Madre a embalsamarlo, cuando estaba esperando su Resurrección? Y aunque las Escrituras tampoco lo dicen, yo también tengo la certeza de que Jesús fue a visitar a su Madre antes que a sus discípulos.

Como sabemos, la liturgia dedica los sábados a María. Santo Tomás nos dice que esto se debe a que en ese primer Sábado Santo solo ella tenía fe absoluta en el Redentor, y en ella descansó la fe de toda la Iglesia entre la muerte y resurrección de Jesús. Por eso la Iglesia también nos la propone como modelo de fe para todos los creyentes.

Te invitamos a ver y escuchar el Sermón de la soledad en nuestro canal de You Tube, Dela mano de María TV, pulsando el enlace sobre el título.

Hoy es un buen día para continuar meditando sobre el santo sacrificio de la Cruz ofrecido de una vez y por todas por nuestra salvación y la del mundo entero, mientras nos preparamos para la “Gran Noche”, cuando cantaremos el Aleluya anunciado la gloriosa Resurrección de Nuestro Salvador, que culminó su Misterio Pascual.

¡Vivimos para esa noche!

REFLEXIÓN PARA EL CUARTO DOMINGO DE PASCUA (B) – DOMINGO DEL BUEN PASTOR 25-04-21

Cuando la oveja nace, el pastor a lleva sobre sus hombros un rato para que esta escuche su voz y se acostumbre a ella.

Hoy celebramos el cuarto domingo de Pascua, domingo del Buen Pastor. En este día también celebramos la Jornada Mundial de Oración por las vocaciones sacerdotales; aquellos que continúan en el tiempo la misión del único Buen Pastor que le encomendó su rebaño a la Iglesia en la persona de Pedro (Jn 21,15-17).

La alegoría del Buen Pastor aparece originalmente en la Biblia en referencia al cuidado y protección de Yahvé hacia su pueblo (ej. Salmo 23, Ez 34, e Is 40,11). En el Nuevo Testamento Jesús se “apropia” de esa alegoría y se la aplica a sí mismo como el Hijo de Dios que cuida y salva a su rebaño. Ejemplo de ello es el capítulo 10 de Juan, de donde está tomada la lectura evangélica de hoy (Jn 10,27-30).

La figura del pastor para simbolizar la protección al pueblo es antiquísima. Así, por ejemplo, en el antiguo Egipto se presentaba a los faraones con dos símbolos: un matamoscas y un cayado, y en la mitología griega se representaba al dios Hermes con un carnero sobre los hombros.

Con esta figura se quiere representar lo incapaces que somos de alcanzar la salvación sin la ayuda de Dios-Buen Pastor. Las ovejas son unos animales que tienen un cerebro bien pequeño, no aprenden. También tienen una visión pobre. Por eso se vuelven a caer por el mismo barranco un y otra vez y, peor aún, pelean cuando el pastor trata de ayudarlas. Es la viva imagen de nosotros en este difícil camino a la santidad al que somos llamados.

Pero Jesús está empeñado en que ninguna de sus ovejas se pierda: “Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco, y ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna; no perecerán para siempre, y nadie las arrebatará de mi mano. Mi Padre, que me las ha dado, supera a todos, y nadie puede arrebatarlas de la mano del Padre. Yo y el Padre somos uno”.

Esa imagen del Buen Pastor con la oveja sobre los hombros que los cristianos adoptamos se deriva de un hecho real. Cuando la oveja nace, el pastor a lleva sobre sus hombros un rato para que esta escuche su voz y se acostumbre a ella. Así le seguirá y no se perderá. De ahí la alegoría: “Mis ovejas escuchan mi voz… y ellas me siguen”. Por eso cuando nos alejamos de Jesús, nos encontramos desamparados y dispersos, “como ovejas si pastor” (Mt 9,36).

La segunda lectura de hoy (Ap 7,9.14b-17) nos presenta nuevamente la figura del Pastor, representada en el Cordero que está delante del trono, que será nuestro pastor y nos “conducirá hacia fuentes de aguas vivas”.

La promesa de Jesús es clara: Si escuchamos su voz y le seguimos, nadie nos arrebatará de su mano, y Él nos dará la vida eterna.

Señor, quiero escuchar tu voz; no permitas que los ruidos de las cosas del mundo me distraigan y pierda mi camino, pues sin Ti estaré desorientado y volveré a caer en los mismos barrancos que la vida me presenta. Jesús, Buen Pastor, no me apartes de Tu vista, y si me pierdo, deja las otras noventa y nueve para ir tras de mí hasta que me encuentres (Lc 15,4), de manera que pueda seguirte hacia la vida eterna que me has prometido.

REFLEXIÓN PARA EL LUNES DE LA OCTAVA DE PASCUA 05-04-21

“No temáis: id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán”.

Nos encontramos de lleno en la octava de Pascua. Con el Domingo de Resurrección comenzamos la cincuentena del tiempo pascual que culmina con la solemnidad de Pentecostés. Llamamos Octava de Pascua a la primera semana de la cincuentena. Es como si se tratara de un solo día, o sea, que la alegría del domingo de Pascua se prolonga por ocho días seguidos. Durante la octava, las lecturas evangélicas que nos brinda la liturgia se concentran en el signo “positivo” de la resurrección, las apariciones de Jesús, que junto al signo “negativo” (el sepulcro vacío), conforman los hechos que demuestran sin lugar a dudas que ¡Jesús ha resucitado! Estas lecturas nos transmitirán fielmente las experiencias de los apóstoles y otros con el Resucitado.

La lectura de hoy (Mt 28,8-15) nos presenta a María Magdalena y “la otra María” (María la de Santiago) marchándose a toda prisa del sepulcro después de haber presenciado al “Ángel del Señor” bajar del cielo en medio de un terremoto y rodar la piedra que servía de lápida. El Ángel les anunció que no temieran, que el Señor había resucitado tal como lo había anunciado, pidiéndoles que fueran a informar lo ocurrido a los discípulos (vv. 1-7).

Estando de camino a comunicarles la buena noticia de la resurrección a los demás discípulos, Jesús se aparece a las mujeres y les dice: “Alegraos. No tengáis miedo: id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán”.

Cuando examinamos los relatos de la Resurrección de Jesús, lo primero que salta a la vista es el papel tan importante que ocupan las mujeres en los mismos. En ocasiones anteriores hemos dicho que el Resucitado, con su cuerpo glorificado escoge a quién le permite verle. Muchos se preguntan por qué Jesús se apareció primero a las mujeres. La pregunta es válida.

El papa San Gregorio Magno nos brinda una posible explicación: “Lo que hay que considerar en estos hechos es la intensidad del amor que ardía en el corazón de aquellas mujeres, que no se apartaban del sepulcro. Buscaban al que no habían hallado, lo buscaban llorando y encendidas en el fuego del amor. Por ello, las mujeres fueron las únicas en verlo entonces, por que se habían quedado buscándolo, pues lo que da fuerza a las buenas obras es la perseverancia en ellas”.

En otras palabras, lo encontraron porque fueron las únicas que se atrevieron, las únicas que lo buscaron (Cfr. Mt 7,7-8). No hay duda, ese amor que ardía en los corazones de aquellas mujeres piadosas les proporcionó algo que le faltó a los hombres, quienes se habían escondido por temor a las autoridades: VALOR. Un valor capaz de enfrentar los peligros de la noche y la presencia de los guardias que custodiaban el sepulcro.

San Juan Pablo II al tratar el tema nos dice: “Es a las mujeres a quienes por primera vez confía el misterio de su resurrección, haciéndolas las primeras testigos de esta verdad. Quizá quiera premiar su delicadeza, su sensibilidad a su mensaje, su fortaleza, que las había impulsado hasta el Calvario”.

Pidámosle al Resucitado nos conceda el amor y la perseverancia de aquellas mujeres, para tener un verdadero encuentro con Él y poder anunciar a todos la noticia: ¡Ha resucitado!

REFLEXIÓN PARA EL SÁBADO SANTO 03-04-21

“María mantuvo la cabeza en alto con la certeza de que iba a verlo nuevamente; que su hijo iba a resucitar”.

Hoy, Sábado Santo, no hay liturgia; por eso no hay lecturas. Con la Vigilia Pascual que celebraremos en la noche se inaugura el Tiempo Pascual.

Hoy es un día lleno de emociones encontradas, en el cual lloramos la muerte de Jesús, pero a la vez estamos en la espera ansiosa de su gloriosa Resurrección y la alegría que experimentaremos esta noche al escuchar el Pregón Pascual. Dentro de este marco, les invito a centrar nuestra atención en la que podríamos llamar la protagonista de este día.

Durante aquél primer Sábado Santo, mientras todos se dispersaron confundidos como ovejas sin pastor ante la muerte de Jesús, solo una persona mantuvo su fe incólume con la certeza de que, si Jesús había dicho que resucitaría al tercer día, iba a resucitar: su Madre María.

Vio a su hijo siendo clavado en una Cruz; vio cuando lo bajaron de la Cruz y lo recibió en su regazo. Sabía que lo que tenía en sus brazos era un cadáver, pero lo adoraba como al Dios que era, al Dios que ella tenía la certeza que iba a resucitar. Toda esta demostración de fe se confirmó luego a María con la gloriosa resurrección de Cristo que culminó su Misterio Pascual.

La tradición coloca a María, primero dentro del sepulcro, y luego después de cerrada la piedra que lo cubría. Por eso, dentro de toda la tristeza indescriptible de la Pasión, muerte y entierro de su hijo, María mantuvo la cabeza en alto con la certeza de que iba a verlo nuevamente; que su hijo iba a resucitar.

Ese día, dentro del profundo dolor que le causó la pérdida de su Hijo, en el mismo momento que corrieron la piedra que serviría de lápida al sepulcro, comenzó para la María lo que yo llamo su “segundo Adviento”. Aquí se pone de manifiesto la fe inquebrantable de María en su Hijo, de quien ella tiene la certeza de que es Dios.

Si examinamos los relatos sobre la resurrección, encontraremos que su madre no estaba entre las mujeres piadosas que fueron al sepulcro para terminar de embalsamar a Jesús. Algunos se preguntan por qué. La contestación es obvia: ¿Cómo iba a ir su Madre a embalsamarlo, cuando estaba esperando su Resurrección?

Como sabemos, la liturgia dedica los sábados a María. Santo Tomás nos dice que esto se debe a que en ese primer Sábado Santo solo ella tenía fe absoluta en el Redentor, y en ella descansó la fe de toda la Iglesia entre la muerte y resurrección de Jesús. Por eso la Iglesia también nos la propone como modelo de fe para todos los creyentes.

Esa fe inquebrantable, esa certeza absoluta de que su hijo iba a resucitar, es tal vez la lección más grande que podemos obtener de María.

Hoy es un buen día para continuar meditando sobre el santo sacrificio de la Cruz ofrecido de una vez y por todas por nuestra salvación y la del mundo entero, mientras nos preparamos para la “Gran Noche”, cuando cantaremos el Aleluya anunciado la gloriosa Resurrección de Nuestro Salvador, que culminó su Misterio Pascual.

REFLEXIÓN PARA EL SÁBADO DE LA SÉPTIMA SEMANA DE PASCUA 09-06-19

“Si quiero que se quede hasta que yo venga, ¿a ti qué? Tú sígueme”.

¡Mañana es Pentecostés! La solemnidad que celebra la venida del Espíritu Santo sobre el colegio apostólico reunido en torno a María, la madre de Jesús. Si bien la Iglesia gira en torno al Misterio Pascual de Cristo, es el Espíritu quien guía a los pecadores que la componemos para tomar las decisiones más humanas de Su Iglesia. Por eso ha perdurado dos mil años, a pesar de las debilidades de sus miembros.

Las lecturas que nos propone la liturgia para hoy nos presentan el pasaje final del libro de los Hechos de los Apóstoles (28,16-20.30-31) y la conclusión del Evangelio según san Juan (21,20-25).

La lectura de Hechos nos narra la actividad de Pablo durante su primer cautiverio en Roma, y cómo su cautiverio (aunque estaba en lo que hoy llamaríamos “arresto domiciliario”) no fue impedimento para que él continuara su misión evangelizadora; estando preso, recibía a todos los que acudían a visitarle, “predicándoles el reino de Dios y enseñando lo que se refiere al Señor Jesucristo con toda libertad, sin estorbos”.

Aun estando en prisión, supo experimentar la verdadera libertad producto de saberse amado por Dios y estar haciendo su voluntad. Mediante su testimonio en Roma, Pablo da cumplimiento la promesa y el mandato de Jesús a sus discípulos antes de su Ascensión: “recibirán la fuerza del Espíritu Santo que descenderá sobre ustedes, y serán mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra”.

Desde el principio hasta el final, vemos en el libro de los hechos de los Apóstoles la acción del Espíritu Santo en el desarrollo y expansión de la Iglesia por todo el mundo conocido.

El relato evangélico, por su parte, nos presenta la continuación del pasaje de ayer, con el diálogo entre Jesús y Pedro, que concluyó con el mandato de Jesús: “Sígueme”. Jesús le había dicho a Pedro que él iba a seguir su misma suerte, que iba a experimentar el martirio. Pedro probablemente se siente orgulloso de seguir los pasos del Señor. Entonces ve que Juan les está siguiendo mientras caminan, y ese deseo humano de compararse con los demás, de saber si otro va a tener el mismo privilegio que yo, le lleva a preguntarle a Jesús: “Señor, y éste ¿qué?”.

El mero hecho de referirse a Juan como “este”, implica cierto grado de orgullo, de aire de superioridad. Después de todo, ya había sido “escogido” para tomar las riendas de la Iglesia naciente. Jesús no pierde tiempo e inmediatamente lo baja de su pedestal: “Si quiero que se quede hasta que yo venga, ¿a ti qué? Tú sígueme”. En otras palabras, cumple tu misión, y deja lo demás en las manos del Padre.

Nuestra Iglesia es Santa, pero está compuesta por pecadores que aspiramos a la santidad; y solo guiados y asistidos por el Espíritu puede seguir adelante y llevar a cabo su misión evangelizadora para que se cumpla la voluntad del Padre: que no se pierda ninguna de las ovejas de su rebaño.

¡Ven Espíritu Santo!

REFLEXIÓN PARA EL VIERNES DE LA SÉPTIMA SEMANA DE PASCUA 07-06-19

“Apacienta mis corderos…”

Ya en el umbral de Pentecostés, la liturgia nos propone como lectura evangélica (Jn 21,15-19) la conclusión del Evangelio según san Juan, que nos ha acompañado durante prácticamente toda la Pascua. Este pasaje constituye, junto a Mt 16,18 lo que tal vez sea el argumento bíblico más decisivo sobre el primado de Pedro en la Iglesia universal.

Jesús, en su infinita pero misteriosa sabiduría, ha escogido a uno de sus amigos íntimos para que “apaciente sus corderos”, “pastoree sus ovejas”. Sí, al mismo Pedro que, luego de haber asegurado que estaba dispuesto a dar su vida por Él (Jn 13,37), había terminado negándolo tres veces (Mt 26,69-75). Mientras las multitudes seguían y aclamaban a Jesús, era fácil decir que estaba dispuesto a dar la vida por Él. Cuando se vieron rodeados de soldados y amenazados, ese entusiasmo se esfumó. Trato de imaginarme la angustia, la frustración, la vergüenza que sintió Pedro al recordar las palabras de Jesús cuando le dijo que antes de que cantara el gallo le habría negado tres veces.

Ahora se encuentran por última vez, luego del suceso traumático de la muerte de Jesús y su posterior resurrección. Ya todos comprendían lo que Jesús les había adelantado sobre su resurrección. Una vez más el ambiente es de sobremesa; acababan de consumir parte del producto de la pesca milagrosa, y Jesús y su amigo Pedro tienen un “aparte”, probablemente tomando un corto paseo a orillas del lago de Tiberíades. Jesús quiere confiarle a Pedro el rebaño que con tanto amor Él había juntado. Por eso el diálogo gira en torno al principal requisito que tiene que cumplir el que vaya a asumir semejante tarea: el amor.

Jesús conoce lo que hay en nuestros corazones, al punto que las palabras a veces pueden hasta tornarse en obstáculos. Pero aun así le pregunta tres veces (el mismo número de las negaciones): “¿me amas más que éstos?”; “¿me amas?”; “¿me quieres?”. Nos dice la escritura que a la tercera pregunta Pedro “se entristeció”. Probablemente recordó las negaciones, y también cuando su mirada se cruzó con la de Jesús en casa de Caifás. Jesús sabe que Pedro lo ama, pero quiere que Pedro esté seguro que le ama. Porque la labor que le va a encomendar es una de amor, pues solo el que ama “hasta que le duela”, al punto de dar la vida, puede predicar el amor. Todo eso está implícito en la última palabra: “Sígueme”.

Jesús le está confiando su más preciado tesoro, y le está pidiendo que ese mismo amor que le tiene a Él, lo demuestre en su entrega incondicional a ese “rebaño”. Después de todo, la misión de Pedro, junto a los demás discípulos va a ser solo una: predicar el Amor a todo el mundo. Esa es también nuestra misión, y sobre esa gestión hemos de rendir cuentas. Como nos dijo san Juan de la Cruz: “Al atardecer de la vida, seremos examinados en el amor”.

Consciente del alcance y significado de la pregunta, cierra los ojos, examina tu corazón y contesta la pregunta que Jesús te está haciendo: “¿me amas?”