REFLEXIÓN PARA EL JUEVES DE LA CUARTA SEMANA DEL T.O. 06-02-14

los envio de dos en dos

“Jesús instituyó a Doce para que estuvieran con él, y para enviarlos a predicar” (Mc 3,14). Así nos dice el Evangelio según san Marcos al narrarnos la “vocación” de los doce. De ahí en adelante vemos cómo Marcos constantemente nos presenta a “Jesús con sus discípulos” enfrentándose a las multitudes que se agolpaban frente a Él, frente a los adversarios que querían eliminarlo, frente a los incrédulos, haciéndole frente al maligno, expulsando demonios. Los discípulos, especialmente los “doce”, han seguido sus pasos, se han sentado a sus pies a escuchar sus enseñanzas, has sido testigos del anuncio de la Buena Noticia por parte de Jesús, han aceptado compartir su destino. En otras palabras, se han comportado como verdaderos discípulos.

El relato evangélico de hoy (Mc 6,7-13) nos presenta el momento de la “prueba”. Ha terminado el período de adiestramiento. Llegó la hora de la verdad. Jesús llama a los doce y por primera vez los “envía”. Solos, sin el maestro, en su primer “vuelo de práctica”. Pero los envía de dos en dos. Ese gesto de Jesús, como todos sus actos, tiene un fin pedagógico. La misión evangelizadora es una labor de equipo, no hay (o no debe haber) lugar para protagonismos.

Y al enviarlos, les dio “autoridad sobre los espíritus inmundos”. Esta frase tenemos que leerla en el contexto religioso-cultural de la época de Jesús en la cual sus contemporáneos veían a Satanás en todas partes. Lo cierto es que la Palabra que ellos iban a proclamar no era una campaña publicitaria para vender algo que va a “hacernos sentir bien”, a la manera de algunas sectas. No, la Palabra de Dios, “cortante como espada de dos filos” (Hb 4,12), nos hace enfrentarnos a nuestros pecados, a nuestros propios demonios.

En palabras de Bruno Maggioni, “la misión es, como dice Marcos, una lucha contra el maligno; donde llega la palabra del discípulo, Satanás no tiene más remedio que manifestarse, tienen que salir a la luz el pecado, la injusticia, la ambición; hay que contar con la oposición y con la resistencia. Por eso el discípulo no es únicamente un maestro que enseña, sino un testigo que se compromete en la lucha contra Satanás de parte de la verdad, de la libertad y del amor”.

Como parte esencial de las “instrucciones” (me imagino a Jesús como el “coach” de un equipo de fútbol, dando las últimas instrucciones a sus jugadores antes del primer partido de la temporada), les encargó que viajaran livianos, que llevaran “un bastón y nada más, pero ni pan, ni alforja, ni dinero suelto en la faja; que llevasen sandalias, pero no una túnica de repuesto”. Dos lecciones. Nada que pueda preocuparles perder; nada que desvíe su atención de la misión que se les ha encomendado. Segundo: confiar en la providencia divina. El que los envió, se encargará de proveer.

Finalmente, les prepara para el rechazo, compañero inseparable del misionero. Y la instrucción es sencilla y al grano: “si un lugar no os recibe ni os escucha, al marcharos sacudíos el polvo de los pies”. El mensaje de Jesús interpela, no nos puede dejar neutrales e indiferentes; lo aceptamos o lo rechazamos. Y muchos optan por el rechazo, la vía más fácil. En ese caso, vayamos a “sembrar” en otros campos.

REFLEXIÓN PARA EL MIÉRCOLES DE LA CUARTA SEMANA DEL T.O. 05-02-14

Mc 6,1-6

“Vino a los suyos, y los suyos no le recibieron” (Jn 1,11). Este versículo, tomado del prólogo del Evangelio según san Juan, resume lo ocurrido en el pasaje evangélico que nos brinda la liturgia para hoy (Mc 6,1-6).

Jesús regresa a su pueblo de Nazaret y, cuando llegó el sábado, empezó a enseñar en la sinagoga. Era costumbre que se asignara la responsabilidad de pronunciar la homilía a un varón de la comunidad. Jesús, que se había marchado de Nazaret regresa de visita, y las noticias de su fama y sus milagros han llegado a oídos de sus antiguos vecinos. El pasaje no nos dice qué les dijo Jesús en su enseñanza, pero lo que fuera les dejó asombrados: “¿De dónde saca todo eso? ¿Qué sabiduría es ésa que le han enseñado? ¿Y esos milagros de sus manos? ¿No es éste el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago y José y Judas y Simón? Y sus hermanas ¿no viven con nosotros aquí?”

Ignoraron el mensaje y fijaron su atención en el mensajero. Para los judíos Dios era un ser distante, terrible, inalcanzable. Y el Mesías esperado había de ser una persona rodeada de esplendor, de majestad. No podían concebir que aquél que había sido su vecino, que había compartido su vida cotidiana con ellos durante treinta años, fuera el Mesías esperado, y mucho menos que fuera el Hijo de Dios, Dios encarnado. “Y esto les resultaba escandaloso”.

Una vez más vemos a Marcos enfatizando la importancia de la fe: “No pudo hacer allí ningún milagro, sólo curó algunos enfermos imponiéndoles las manos. Y se extrañó de su falta de fe”. No es que Jesús “necesite” de nuestra fe para obrar milagros, no se trata de una “condición”; Él es omnipotente, no necesita de nadie. Pero la fe es necesaria para recibir el milagro en nuestras vidas.

Jesús “se extrañó de su falta de fe”. Muchas veces, en nuestra labor apostólica nos frustramos, nos extrañamos, y hasta nos escandalizamos ante la falta de fe que encontramos en aquellos a quienes llevamos la Buena Noticia del Reino. Este pasaje nos debe servir de consuelo y, a la vez, de estímulo para seguir adelante. Vemos a Jesús, la segunda persona de la Santísima Trinidad, Dios encarnado, predicando Su Palabra, ¡y no le hicieron caso!, ignoraron su mensaje. Cuando nos enfrentemos a una situación similar, hagamos como Jesús, que continuó “recorriendo los pueblos de alrededor enseñando”. Como Él dirá a sus discípulos en el Evangelio de mañana: “Si no los reciben en un lugar y la gente no los escucha, al salir de allí, sacudan hasta el polvo de sus pies, en testimonio contra ellos” (Mc 6,11).

Estamos llamados a sembrar la semilla del Reino, pero tenemos que estar conscientes que esta no siempre caerá en terreno fértil (Mc 4,3-9; Lc 8,4-8; Mt 13,1-9). Jesús nos invita a no desanimarnos, porque muchos de los que escuchan nuestro mensaje “miran y no ven, oyen y no escuchan ni entienden” (Mt 13,13; cfr. Is 6,9).

Jesús nos está invitando a seguirle. Muchas veces preferimos la recepción cálida de nuestra predicación por parte de un grupo de “los nuestros” antes que enfrentar el rechazo o la burla de los no creyentes. El papa Francisco nos invita a salir a la calle, a la periferia, a misionar en nuestra propia tierra. Nadie dijo que era fácil. ¡Atrévete!

REFLEXIÓN PARA EL VIERNES DE LA TERCERA SEMANA DEL T.O. 31-01-14

«¿Con qué podemos comparar el reino de Dios? ¿Qué parábola usaremos? Con un grano de mostaza: al sembrarlo en la tierra es la semilla más pequeña, pero después brota, se hace más alta que las demás hortalizas y echa ramas tan grandes que los pájaros pueden cobijarse y anidar en ellas.»

Marcos continúa presentándonos las parábolas de Jesús relacionadas con el Reino. Al igual que ayer, en la lectura evangélica de hoy (Mc 4,26-34) nos presenta dos de ellas, ambas relacionadas con la agricultura. Jesús desarrolló su ministerio en una cultura acostumbrada a la siembra, que podía relacionarse con el lenguaje de la agricultura. De nuevo encontramos a Jesús enseñando con parábolas, utilizando vivencias que les resultaban familiares a los que escuchaban.

En la primera de las parábolas Jesús compara el Reino de Dios con una semilla que se siembra en la tierra y, sin que el campesino sepa cómo, desde el mismo momento en que la siembra, comienzan a ocurrir una serie de maravillas, allí, en lo oculto, bajo la tierra. Y cuando él se levanta, encuentra que la semilla ha germinado. Un verdadero misterio. Una vez siembra la semilla ya no depende de él; las fuerzas ocultas de la naturaleza toman su curso, y “la tierra va produciendo la cosecha ella sola: primero los tallos, luego la espiga, después el grano”. Finalmente llega el momento de la cosecha, “Se mete la hoz, porque ha llegado la siega”. Pero si no siembra, nunca va a cosechar.

Así es el Reino de Dios, como una semilla viva que hay que sembrar. No nos podemos cruzar de brazos. Hay que sembrar, hay que arriesgarse. Y el campo en que hemos de sembrarla son las almas de los que nos escuchan anunciar ese Reino. ¡Tenemos que sembrar! Tenemos que confiar en que esa semilla va a ir geminando lentamente, oculta en lo más profunde de las almas. Al igual que la semilla de la parábola, una vez la sembramos ya no depende de nosotros. La Palabra de Dios y el anuncio del Reino tienen una fuerza y poder misteriosos que harán germinar esa semilla de una u otra manera. Pero ¡tenemos que atrevernos a sembrar! Si no sembramos no podemos cosechar. Del mismo modo que el campesino confía en las fuerzas de la naturaleza al sembrar su semilla, así tenemos que confiar nosotros en la Fuerza de la Palabra de Dios para hacer germinar los frutos del anuncio del Reino.

La segunda parábola que nos presenta la lectura de hoy, la del grano de mostaza, nos apunta a que no importa cuán pequeña sea la semilla que sembremos, tiene el potencial de crecer como la más grande de las hortalizas, “y echar ramas tan grandes que los pájaros pueden cobijarse y anidar en ellas”.

A veces nos cohibimos de sembrar pensando que nuestra “semilla” es pequeña, no nos atrevemos a anunciar el Reino de Dios, porque “tenemos poco que decir”. Ninguna semilla es demasiado pequeña. Si hemos recibido la Palabra de Dios anunciando el Reino, tan solo tenemos que arriesgarnos, atrevernos a regar la semilla. No olvidemos que esa Palabra tiene poder creador, capaz de hacerla germinar aún en las condiciones más desfavorables. Entonces nos sorprenderemos cuando ese anuncio, al parecer insignificante, “echa ramas tan grandes que los pájaros pueden cobijarse y anidar en ellas”. El mensaje de Jesús es consistente: “Vayan por todo el mundo, anuncien la Buena Noticia a toda la creación”.

¡Atrévete!

REFLEXIÓN PARA EL MIÉRCOLES DE LA TERCERA SEMANA DEL T.O. 29-01-14

parabola del sembrador

Como lectura evangélica la liturgia nos invita hoy a continuar leyendo el evangelio según san Marcos (4,1-20). A partir de este punto en el relato, Marcos nos va a presentar cinco sermones de Jesús y cuatro milagros, todos en presencia de sus discípulos a quienes había instituido apóstoles (Mc 3,13-10), como para afianzar su relación con ellos, que ya constituían su círculo íntimo.

La lectura de hoy nos presenta a Jesús “enseñando” otra vez junto al lago. Esa palabra coloca a Jesús ejerciendo la función propia de un rabino, enseñar. Hemos visto a lo largo del relato de Marcos cómo la fama de Jesús ha seguido creciendo, y a donde quiera que vaya le siguen multitudes. Una vez más, había tanta gente que tuvo que subirse a una barca y retirarse de la orilla mientras la gente permanecía en ella, y “les enseñó mucho rato con parábolas, como él solía enseñar”.

La parábola es el recurso literario preferido por Jesús para comunicar sus enseñanzas, especialmente con relación al Reino. Estas consisten en una breve narración de un suceso, imaginario o real, del que podemos deducir, por comparación, una enseñanza moral, o una verdad que trasciende nuestra experiencia. Por ejemplo, el Reino es un misterio, algo que está más allá de nuestra comprensión, pero relacionándolo con situaciones concretas que forman parte de nuestra experiencia cotidiana, podemos tener al menos un atisbo de esa “otra” realidad trascendente. El pueblo de Galilea entendía de árboles y pájaros, conocía el color y la historia del trigo y la amenaza de la cizaña, sabía de semillas, de la tierra, de la pesca, de las costumbres de las aves de rapiña, conocía la vida de las zorras y cómo cobija una gallina a sus polluelos, etc. Y Jesús echa mano de esas experiencias para comunicarles la Buena Nueva del Reino (Cfr. Lc 4,43).

Nos dice la lectura que en esta ocasión Jesús les narró la parábola del sembrador, en la que un hombre regó semillas que cayeron en cuatro tipos de terreno: la orilla del camino, terreno pedregoso, entre zarzas, y en tierra buena, y cómo solamente las últimas nacieron, crecieron y dieron fruto. Lo curioso de esta parábola es que al retirarse el gentío, los discípulos pidieron a Jesús que les explicara la parábola, y Jesús procedió a explicárselas, no sin antes advertirles que “a vosotros se os han comunicado los secretos del reino de Dios; en cambio, a los de fuera todo se les presenta en parábolas”. Más adelante veremos a Jesús repitiendo ese gesto de hablar a la gente en parábolas y explicarle su significado a los discípulos en privado: “Y con muchas parábolas como estas les anunciaba la Palabra, en la medida en que ellos podían comprender. No les hablaba sino en parábolas, pero a sus propios discípulos, en privado, les explicaba todo” (Mc 4,33-34).

¿Por qué esa doble vara? Algunos ven en ese gesto de Jesús, que hoy catalogaríamos de discriminatorio, la importancia que los “doce” (y sus sucesores, los obispos) iban a tener en la Iglesia que Él tenía vislumbrada. El fundamento para lo que hoy llamamos el “magisterio” de la Iglesia.

Que pasen un hermoso día en la PAZ del Señor.

REFLEXIÓN PARA EL TERCER DOMINGO DEL T.O. (A) 26-01-14

Pescadores de hombres 3 sm

El relato evangélico que la liturgia dispone para este tercer domingo del tiempo ordinario  (Mt 4,18-23), nos narra la vocación de los primeros discípulos, “Simón, al que llaman Pedro, y Andrés, su hermano”, y “a otros dos hermanos, a Santiago, hijo de Zebedeo, y a Juan” todos pescadores en el mar de Galilea. En ocasiones anteriores hemos dicho que la palabra vocación viene del verbo latino “vocare”, que quiere decir llamar. Así, la vocación es un llamado, en este caso de parte de Jesús.

Esto ocurría en Galilea, en donde Jesús se había establecido luego del arresto de Juan Bautista, dando cumplimiento a la profecía de Isaac que contemplamos hoy como primera lectura (Is 8,23b–9,3). Se estableció en territorio pagano para comenzar su misión de llevar la Buena Noticia del Reino todas las naciones: “Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos”. Él es consciente que la tarea es difícil y su tiempo es corto. Por eso necesita formar un equipo de trabajo, escoger unos colaboradores que le ayuden en su tarea, y la continúen una vez Él haya regresado al Padre.

Los llamados de Jesús siempre son directos, sin rodeos, al grano. “Venid y seguidme, y os haré pescadores de hombres”. Una mirada penetrante y una palabra o una frase; imposible de resistir. Siempre que leo la vocación de cada uno de los apóstoles trato de imaginar los ojos, la mirada de Jesús, y la firmeza de su voz. Y se me eriza la piel. Por eso la respuesta de los discípulos es inmediata y se traduce en acción, no en palabras. Nos dice la lectura que Andrés y Simón, “inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron”. En cuanto a los hijos de Zebedeo nos dice la lectura que “inmediatamente dejaron la barca y a su padre y lo siguieron”. En estos últimos vemos, no solo la inmediatez del seguimiento, sino también la radicalidad del mismo. Dejaron, no solo la barca, sino a su padre también. “Cualquiera que venga a mí y no me ame más que a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y hermanas, y hasta a su propia vida, no puede ser mi discípulo” (Lc 14,26; Mt 10,37). Dejarlo todo con tal de seguir a Jesús.

Mateo utiliza el lenguaje de la pesca en el escenario del mar de Galilea, y la frase “pescadores de hombres” con miras al objetivo de su relato evangélico, dirigido a los judíos que se habían convertido al cristianismo, con el propósito de demostrar que Jesús es el mesías prometido en quien se cumplen todas las profecías del Antiguo Testamento. Así, alude también a la profecía de Ezequiel, que utiliza la metáfora del mar, la pesca abundante y la variedad de peces (Ez 47,8-10) para significar la misión profética a la que Jesús llama a sus discípulos, dirigida a convertir a todos, judíos y paganos.

Hoy Jesús, a través del papa Francsico, nos llama a ser “pescadores de hombres” en un ambiente no muy distinto al de la Galilea de tiempos de Jesús. Y la respesta que Él espera de nosotros no es una palabra, ni una explicación o excusa (Cfr. Lc 9,59-61); es una acción, como la del mismo Mateo, quien cuando Jesús le dijo: “sígueme”, “dejándolo todo, se levantó y lo siguió” (Lc 5,27; Mt 9,9; Mc 2,14). ¿Cuál va ser tu respuesta?

REFLEXIÓN PARA EL SEGUNDO DOMINGO DEL T.O. (A) 19-01-14

id a todo el mundo

Como primera lectura para este Segundo domingo del Tiempo Ordinario la liturgia nos presenta un fragmento del segundo “cántico del Siervo de Yahvé” (Is 49,3-6). Este cántico, que forma parte del “Segundo Isaías”, o libro de la consolación, que comprende los capítulos 40 al 55 del libro de Isaías, pretende consolar al pueblo de Israel durante el destierro en Babilonia, dándole esperanza de una restauración que vendrá de manos del Siervo que describe: “‘Tú eres mi siervo, de quien estoy orgulloso’. Y ahora habla el Señor, que desde el vientre me formó siervo suyo, para que le trajese a Jacob, para que le reuniese a Israel –tanto me honró el Señor, y mi Dios fue mi fuerza–: ‘Es poco que seas mi siervo y restablezcas las tribus de Jacob y conviertas a los supervivientes de Israel; te hago luz de las naciones, para que mi salvación alcance hasta el confín de la tierra’”.

El versículo inmediatamente anterior (v.2) nos propone dos comparaciones que nos describen a ese Siervo: “Hizo mi boca como espada afilada, en la sombra de su mano me escondió; hízome como saeta aguda, en su carcaj me guardó”. Se refiere a la Palabra que saldrá de su boca, que será viva y eficaz, “más cortante que espada alguna de dos filos. Penetra hasta las fronteras entre el alma y el espíritu, hasta las junturas y médulas; y escruta los sentimientos y pensamientos del corazón” (Hb 4, 12-13).

Y la lectura que contemplamos hoy nos describe la misión que Dios le encomienda al Siervo: reunir a Israel y, más aún, hacerle “luz de las naciones” para que Su salvación “alcance hasta el confín de la tierra”. Ese Siervo es Jesús, a quien el anciano Simeón reconoce cuando sus padres le llevan a presentar al Templo como la “luz para iluminar a los gentiles y gloria de tu pueblo Israel” (Lc 2,32).

Jesús es el Siervo de Yahvé que había sido prefigurado por el profeta Isaías. La luz para alumbrar a todas las naciones, el que con su muerte habría de reunir a los dispersos y traer la salvación a todos, “a los consagrados por Cristo Jesús, a los santos que él llamó y a todos los demás que en cualquier lugar invocan el nombre de Jesucristo, Señor de ellos y nuestro”, como nos dice san Pablo en la segunda lectura de hoy (1 Cor 1-3).

Es aquel de quien Juan da testimonio en la lectura evangélica de hoy (Jn 1,29-34) diciendo: “He contemplado al Espíritu que bajaba del cielo como una paloma, y se posó sobre él” (Cfr. Is 11,2). Jesús nunca salió de Palestina, pero nos dejó su Palabra, el anuncio de la Buena Noticia del Reino, encomendándonos una misión: “Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación” (Mc 16,15).

Al igual que al Siervo, Dios nos ha llamado a cada uno de nosotros desde el vientre materno, encomendándonos una misión: Ser testigos de Jesucristo. Y para cumplir esa misión nos dejó su Santo Espíritu, a quien no debemos vacilar en invocar. Hoy, pidamos al Señor que su Espíritu descienda sobre nosotros para que demos testimonio de su Hijo, sobre todo con nuestro modo de vida, que es el mejor y más creíble testimonio que podemos brindar.

REFLEXIÓN PERSONAL EN TORNO A LA DESPEDIDA DE AÑO

fireworks

Nos encontramos una vez más a punto de pasar la página del almanaque de la historia de la humanidad. Un cambio de fecha, un cambio de año cronológico que marca el punto del tiempo lineal que nos ha tocado vivir en eso que llamamos eternidad. Y para poder encontrarle sentido a esa eternidad hemos decidido ordenar el tiempo en momentos medibles a los que podamos referirnos para construir eso que llamamos historia. Para ello, nos inventamos los segundos, los minutos, las horas, las semanas, los meses, los años, las décadas, los milenios…

Y en ese ejercicio tomamos como punto de referencia el acontecimiento más importante en toda la historia: El nacimiento del hijo de un artesano y una doncella de Nazaret. Así, el tiempo se mide en antes y después del nacimiento Jesús el Cristo. Algunos, influenciados por el secularismo que promulgan unos seudo-intelectuales, prefieren utilizar los términos “antes de la era común” y “era común”, como si con cambiarle el nombre pudieran borrar el punto de referencia: Jesús de Nazaret, el Verbo encarnado.

Cuando se acerca el cambio de año calendario, rememoramos las buenas y malas experiencias del año que termina, hacemos resoluciones para enmendar o mejorar aquellas cosas que entendemos debemos mejorar, proyectos que debemos comenzar o terminar, etc. Festejamos, celebramos, lloramos, pedimos, y pedimos… Y ese ejercicio de convierte en un ritual de fin de año que se repite año tras año, con el mismo festejo, las mismas resoluciones, las mismas peticiones. La única diferencia es el número del “año nuevo”.

Alguien ha dicho que “todo el año es Navidad”. Igual podríamos decir que “todo el año es Año Nuevo”. Porque Jesús viene a nosotros todos los días con la Buena Noticia del Reino. Así, todos los días se nos plantea la posibilidad de comenzar una nueva etapa de nuestra historia personal que nos encamine a la salvación, para poder un día gozar de ese estado en el que el tiempo será irrelevante. Cuando todo será un eterno presente en el que veremos Su rostro y llevaremos Su nombre en la frente. Noche ya no habrá; no tendremos necesidad de luz de lámpara ni de luz del sol, porque el Señor Dios nos alumbrará, y reinaremos por los siglos de los siglos (Cfr. Ap 22,3-5).

A parte de la celebración folklórica de despedida de año, esta fecha nos brinda una magnífica oportunidad para reconocer la presencia de Dios en nuestras vidas y darle gracias por todos los dones que nos ha prodigado, fruto de su Amor infinito, comenzando con la vida misma. Y si abrimos nuestros corazones a ese Amor infinito, no existe experiencia negativa alguna que pueda privarnos de la alegría que este nos provoca. Por eso tenemos que compartirlo con todo el que nos rodea, y podemos decir con san Juan que “hemos conocido el amor que Dios nos tiene, y hemos creído en Él. Dios es Amor y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él” (1 Jn 4,16).

Y si permanecemos en el Amor, ¿qué mejor manera de corresponderle al Amado que comenzar el nuevo año acudiendo a su Casa a honrar a su Madre, participando de la solemnidad de Santa María, Madre de Dios?  Averigua los horarios de las misas del 1ro de enero en la parroquia más cercana y participa de la verdadera celebración. Entonces estarás comenzando un “feliz año nuevo”, no importa las circunstancias.

Aprovecho para desearles a todos un Año 2014 lleno de la PAZ que solo el saberse amado por Dios puede brindarnos. ¡Feliz Año Nuevo!

REFLEXIÓN PARA EL SEXTO DÍA DE LA OCTAVA DE NAVIDAD 30-12-13

profetisa ana

Continuamos celebrando la “octava” de Navidad. Cuando la Iglesia celebra una festividad solemne, como la Navidad, un día no basta; por eso la celebración se prolonga durante ocho días, como si constituyeran un solo día de fiesta. Aunque a lo largo de la historia de la Iglesia se han reconocido varias octavas, hoy la liturgia solo conserva las octavas de las dos principales solemnidades litúrgicas: Pascua y Navidad. Hecho este pequeño paréntesis de formación litúrgica, reflexionemos sobre las lecturas que nos presenta la liturgia para hoy, sexto día de la infraoctava de Navidad.

Como primera lectura continuamos con la 1ra Carta del apóstol san Juan (2,12-17) que comenzáramos el sábado. En este pasaje Juan nos plantea la contraposición Dios-mundo: “No améis al mundo ni lo que hay en el mundo. Si alguno ama al mundo, no está en él el amor del Padre. Porque lo que hay en el mundo –las pasiones de la carne, y la codicia de los ojos, y la arrogancia del dinero–, eso no procede del Padre, sino que procede del mundo. Y el mundo pasa, con sus pasiones. Pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre”.

¿Y cuál es la voluntad del Padre? Que todos nos salvemos. ¿Y cómo podemos salvarnos? Amando al Cristo que vive en cada uno de nuestros hermanos (Cfr. Mt 25,31-46). De nuevo la Ley del Amor, ese amor que Dios nos enseñó enviándonos a su único Hijo, ese niño que nació en Belén hace apenas cinco días, para ofrecerlo en sacrificio de manera que tuviéramos Vida por medio de Él (Cfr. Jn 4-7-9; 15,12-14). Así, el que ha conocido y asimilado el misterio del Amor de Dios en esta Navidad, no tiene otro remedio que imitar su gran mandamiento, que es el Amor.

El Evangelio que contemplamos hoy (Lc 2,36-40) nos presenta la conclusión del pasaje de la Purificación de María y la Presentación del Niño en el Templo, que abarca los versículos 22 al 40. Podríamos preguntarnos: ¿Cómo es posible que sus padres hayan llevado al Niño al Templo para presentárselo a Dios, si ese Niño ES Dios? Precisamente, esta escena sirve para enfatizar el carácter totalizante del misterio de la Encarnación. Mediante la Encarnación Jesús se hizo uno de nosotros, igual en todo menos en el pecado (Hb 4,15). Por eso sus padres cumplieron con la Ley, significando de ese modo la solidaridad del Mesías con su pueblo, con nosotros.

El fragmento que contemplamos hoy nos presenta el personaje de la profetisa Ana, “hija de Fanuel, de la tribu de Aser”, quien al concluir el cántico de Simeón, se acercó al Niño dando gracias a Dios mientras “hablaba del niño a todos los que aguardaban la liberación de Jerusalén”. Ana tuvo un encuentro personal con Jesús y le reconoció. Y al igual que todos los que hemos tenido esa experiencia, no tenemos más remedio que dar gracias a Dios y alabar y proclamar su Nombre a todo el que se cruce en nuestro camino.

Si hemos vivido la verdadera Navidad, no podremos contener los deseos de compartir con todos la Buena Nueva de que Dios está con nosotros.

REFLEXIÓN PARA EL SÁBADO DE LA TERCERA SEMANA DE ADVIENTO 21-12-13

Visitación med

Ya está cerca el gran día. Y la anticipación hace que nuestro corazón salte de alegría, igual que Juan el Bautista en el vientre de su madre Isabel ante la visita de María que se nos narra en el evangelio de hoy (Lc 1,39-45).

Esa alegría ya se destila en la primera lectura, tomada del Cantar de los Cantares (2,8-14), en la cual se nos presenta la alegría inigualable e indescriptible de dos jóvenes amantes. “¡Oíd que llega mi amado saltando sobre los montes, brincando por los collados!”, dice la joven, mientras el joven la llama: “¡Levántate, amada mía, hermosa mía, ven a mí! Paloma mía, que anidas en los huecos de la peña, en las grietas del barranco, déjame ver tu figura, déjame escuchar tu voz, porque es muy dulce tu voz, y es hermosa tu figura”. Este pasaje nos evoca esa anticipación del encuentro entre los amantes, que hace que mientras más cercana esté la hora del encuentro se acelere el pulso y la respiración, al punto de sentir que el corazón se va salir por la boca. Esa es la alegría y anticipación que debe provocar en nosotros la cercanía del encuentro con el Amor de los amores que hemos de tener al final del camino del Adviento.

Es la alegría que experimentó María al saber que llevaba dentro de sí al Dios-con-nosotros camino a asistir a su prima Isabel, convirtiéndose así en la primera custodia, y su viaje hacia la casa de su prima en la primera procesión del “corpus”. María acababa de recibir el Espíritu Santo (¡y de qué manera!), y estaba tan llena de la alegría desbordante que produce el encuentro con el Espíritu Santo, que “contagió” a Isabel y a la criatura que llevaba en su vientre, al punto que “la criatura saltó de alegría”, e hizo exclamar a Isabel: “¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?”, para luego “retratar” a María diciendo: “Dichosa tú, que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá”, lo que hizo que María entonara el hermoso canto del Magníficat. María acababa de convertirse en la primera portadora de la Buena Nueva de Dios al mundo, ¡la primera evangelizadora!

Siguiendo el ejemplo de María, nosotros deberíamos convertirnos en portadores de la Buena Noticia durante este tiempo de Adviento, para contagiar a otros con la alegría que produce la anticipación de la llegada de nuestro Salvador. Lo único que tenemos que hacer es abrir nuestros corazones al gozo que nos trae esa Buena Noticia. Y cuando sintamos ese “chorro” de amor que invade todo nuestro ser, las palabras sobrarán, pues con nuestra mirada, nuestra sonrisa, nuestros gestos, contagiaremos a todo el que se nos acerque.

Es tanto lo que podría decirse sobre este pasaje, que el tiempo y espacio limitado que tenemos permite tan solo un breve comentario. El pasaje nos narra el encuentro entre dos mujeres, una de avanzada edad y otra adolescente, ambas con una maternidad inesperada, producto de la largueza de Dios, que les produce una alegría indescriptible, como la de los amantes que describía la primera lectura. Ambas esperan gozosas la llegada del Salvador. Eso, queridos hermanos y hermanas, ¡es Adviento!

REFLEXIÓN PARA EL SÁBADO DE LA PRIMERA SEMANA DE ADVIENTO 07-12-13

La mies es abundante y los obreros pocos

El profeta Isaías continúa prefigurando al Mesías. En la primera lectura para hoy (Is 30,19-21.23-26), el profeta nos dice: “Pueblo de Sión, que habitas en Jerusalén, no tendrás que llorar, porque se apiadará a la voz de tu gemido: apenas te oiga, te responderá. Aunque el Señor te dé el pan medido y el agua tasada, ya no se esconderá tu Maestro, tus ojos verán a tu Maestro. Si te desvías a la derecha o a la izquierda, tus oídos oirán una palabra a la espalda: ‘Éste es el camino, camina por él’”. Esta última frase nos evoca la palabra griega utilizada en las Escrituras para “conversión” (metanoia), que literalmente se refiere a una situación en que un trayecto ha tenido que volverse del camino en que andaba y tomar otra dirección.

Así, vemos cómo en esta lectura también se adelanta el llamado a la conversión que caracteriza la segunda semana de Adviento, que comenzará mañana con la predicación de Juan Bautista: “Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos”.

El relato evangélico de hoy (Mt 9,35–10,1.6-8) nos presenta a un Jesús que se apiada a la voz del gemido de su pueblo y le responde. Así, la lectura nos dice que “recorría todas las ciudades y aldeas, enseñando en sus sinagogas, anunciando el Evangelio del reino y curando todas las enfermedades y todas las dolencias”. Continúa diciendo la lectura que Jesús, “al ver a las gentes, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas, como ovejas que no tienen pastor”.

Este pasaje destaca otra característica de Jesús: que no se comporta como los rabinos y fariseos de su tiempo, no espera que la gente vaya a Él, sino que Él va  a la gente a anunciar la Buena Nueva (Evangelio) del Reino.

Luego de darnos un ejemplo de lo que implica la labor misionera (“enseñar”, “curar”), nos recuerda que solos no podemos, que necesitamos ayuda de lo alto: “rogad, pues al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies”. Podemos ver que la misión que Jesús encomienda a sus apóstoles no se limita a ellos; está dirigida a todos nosotros. En nuestro bautismo fuimos ungidos sacerdotes, profetas y reyes. Eso nos llama a enseñar, anunciar el reino, y sanar a nuestros hermanos. Esa es nuestra misión, la de todos: sacerdotes, religiosos, y laicos.

“Id a las ovejas descarriadas de Israel. Id y proclamad que el reino de los cielos está cerca”. Sí, el Señor quiere que todos se salven, esa es su misión, nuestra misión. Pero para poder llevar a cabo esa misión, primero tenemos que experimentar nosotros mismos la conversión, que se asocia al arrepentimiento; mas no un arrepentimiento que denota culpa o remordimiento, sino que es producto de una transformación entendida como un movimiento interior, en lo más profundo de nuestro ser, nuestra relación con Dios, con nuestro prójimo y nosotros mismos, iluminados y ayudados por la Gracia Divina. Solo así podremos “contagiar” a nuestros hermanos y lograr su conversión.

En este tiempo de Adviento, roguemos al dueño de la mies que derrame su Gracia sobre nosotros para poder convertirnos en sus obreros.