REFLEXIÓN PARA EL LUNES DEL TIEMPO DE NAVIDAD 02-01-17

Continuamos el tiempo de Navidad, que nos llevará hasta la Fiesta de la Epifanía. La liturgia de esta semana está dominada por san Juan apóstol y evangelista (primera y segunda lecturas).

Durante todo el Adviento estuvimos preparándonos, anticipando la llegada del Salvador, a quien hemos encontrado en la Navidad; Emmanuel, “Dios-con-nosotros”. En la primera lectura (1 Jn 2,22-28), Juan nos hace un llamado a no alejarnos de ese Dios que ha “acampado” entre nosotros. Nos exhorta a acampar en Él como Él lo ha hecho entre nosotros. Y la palabra que resuena a lo largo del toda la lectura es “permanecer”. La invitación de Juan es a que permanezcamos en Él (que es uno con el Padre), en Su palabra, en Su “unción”. De ese modo no nos dejaremos engañar por los “anticristos”, y seremos acreedores de Su promesa de vida eterna. Juan llama anticristos a todos los que no creen que Jesús es el Mesías enviado por Dios que ha asumido nuestra carne mediante el misterio de la Encarnación.

El llamado de Juan es apropiado para esta época en que todavía estamos celebrando la Navidad y el comienzo de un nuevo año. Si esa alegría desparece junto a los árboles de Navidad, las guirnaldas, las bombillas de colores, y los Belenes, lo que tuvimos fue una “ilusión” de Navidad, quiere decir que Jesús no nació en nuestros corazones. Si, por el contrario, la Navidad continúa dentro de nosotros durante todo el año, Dios obrará maravillas en nuestras vidas. Y esas maravillas no necesariamente se reflejarán en milagros espectaculares. El verdadero milagro será nuestra forma de enfrentar la vida cotidiana y los retos que esta nos lanza, con la certeza de que Dios habita en nosotros y nosotros en Él.

En la segunda lectura retomamos el Evangelio según san Juan (1,19-28) con el testimonio de Juan el Bautista. Todos estaban deseosos de la llegada del Mesías y se preguntaban si Juan lo sería. Veían en Juan una actitud diferente; hablaba con la autoridad que proporciona el “creer” lo que se dice. Así, Juan se convierte en la “voz” de la Palabra. Entre la multitud anónima había un grupo de fariseos, quienes ante la negativa de Juan sobre su identidad con el Mesías, le preguntan que por qué bautiza. Juan no entra en discusiones sobre su bautismo, y se limita a señalar: “Yo bautizo con agua; en medio de vosotros hay uno que no conocéis, el que viene detrás de mí, y al que no soy digno de desatar la correa de la sandalia”.

“En medio de ustedes hay uno que no conocen”. Dios está entre nosotros todos los días de nuestra vida, pero no lo reconocemos (Cfr. Mt 25,40). Si la Navidad no fue para nosotros una celebración fugaz, sino una experiencia que ha de permanecer en nuestros corazones a lo largo del año que comienza, nos convertiremos, al igual que Juan Bautista, en testigos de Jesús, en la “voz” de la Palabra hecha carne. Y al igual que Juan, allanaremos el camino para que otros lo conozcan y reciba en sus corazones. Así, todo el año será Navidad…

EL AÑO NUEVO EN PERSPECTIVA CRISTIANA

A punto de concluir este año que ha estado lleno de pruebas para el mundo, nuestro país y nuestra vida personal, comparto con ustedes esta joya que he leído hoy, de la pluma de san Juan Pablo II; un mensaje que sigue siendo tan válido y relevante como lo fue hace treinta y cuatro años cuando fue escrito. Espero que lo disfruten y mediten como lo hice yo.

Audiencia general del Papa san Juan Pablo II el 29 de diciembre de 1982 

Queridos hermanos y hermanas:

1. Esta última audiencia general del año está toda ella impregnada de la luz de la Santa Navidad que acabamos de celebrar, y nos lleva además a reflexionar sobre la inminente celebración, tan rica de significado humano, del paso del año viejo al nuevo.

En efecto, la historia del hombre, iluminada por el misterio del Dios hecho hombre, Nuestro Señor Jesucristo, adquiere una clara orientación hacia el mundo de lo divino.  La fiesta de Navidad da un sentido cristiano a la sucesión de los acontecimientos y a los sentimientos humanos, proyectos y esperanzas, y permite descubrir en este rítmico y aparentemente mecánico correr del tiempo, no sólo las líneas de tendencia del peregrinaje humano, sino también los signos, las pruebas y las llamadas de la Providencia y Bondad Divina.

2. ¿Vamos hacia lo mejor? ¿Vamos hacia lo peor? Para el cristiano no hay duda: la Redención de Cristo, que comienza en la Santa Noche de Navidad, lleva progresivamente a la humanidad redimida y que acoge esta Redención, al triunfo sobre el mal y sobre la muerte.

Ciertamente a medida que se va hacia Dios aumentan pruebas y dificultades. Esto vale tanto para el camino de la Iglesia como para cada uno de los cristianos. Las fuerzas hostiles a la verdad y a la justicia -como nos explica todo el libro del Apocalipsis- aumentan, en el curso de la historia, sus tramas y su violencia contra quien quiere seguir el camino del Redentor. Por tanto, en definitiva, a pesar de los riesgos y las derrotas parciales, la historia marcha hacia el triunfo del bien, hacia la victoria final de Cristo. 

3. Así, pues, para el cristiano el progreso histórico es una realidad y una esperanza cierta; no es sin embargo el simple resultado de una especie de proceso dialéctico que nos exima de nuestro compromiso personal por la justicia y la santidad; y el hecho de estar colocados, mediante la Redención, en una corriente de gracia divina que nos lleva hacia el Reino, no quita la lamentable posibilidad, por parte de cualquiera de nosotros, de substraerse voluntariamente a la fuerza benéfica de ese influjo divino.

En su significado profundo el verdadero progreso histórico que, como dice el Concilio Vaticano II (Gaudium et spes, 39), es preparación al Reino de Dios, no puede más que ser el efecto de los esfuerzos humanos sostenidos por la fuerza redentora de la Sangre de Cristo. El Verbo Divino, al encarnarse, redimió el tiempo y la historia, llevándoles hacia la salvación del hombre y su bienaventuranza en la visión beatífica y dándoles un impulso progresivo incontenible, si bien contrastado.

4. La Sagrada Familia de Nazaret es el modelo de todas las familias cristianas.

Vale especialmente para la familia el problema que nos hemos planteado en términos generales: ¿Los valores de la familia están decayendo? ¿Los valores de la familia se están reforzando? También aquí nuestra respuesta de fe no puede ser más que una respuesta de esperanza y de sano optimismo cristiano, que no cierra los ojos a la gravedad de los fenómenos involutivos reales, sino que sabe reconocer también los fenómenos de crecimiento y saca de las dificultades que ofrecen ciertos procesos de decadencia la ocasión para una búsqueda más fervorosa de la santidad y de un valiente testimonio también en este sector fundamental de la vida, como es el de la familia.

El año litúrgico, con sus festividades periódicas que tienden a recordarnos y hacernos vivir los principales fundamentos del pensar y el actuar cristiano, es un inestimable don de Dios, presente en nuestra historia: un don, se puede decir, de la Santa Navidad. Las festividades litúrgicas sostienen de este modo nuestra fidelidad al mensaje evangélico, permitiéndonos al mismo tiempo hacer fructificar continuamente su infinita virtualidad.

La fiesta de la Sagrada Familia es uno de los principales puntos luminosos que nos ofrece la liturgia en nuestro camino terreno; con ellos podemos comprender el significado escatológico del tiempo y cómo verdaderamente Cristo, elevado en la Cruz, atrae a Sí todas las cosas (cf. Jn 12, 32)

5. La liturgia, de la que estamos viviendo en estos días algunos momentos particularmente intensos, nos ilumina así acerca del sentido del tiempo y de la historia, por lo cual, si surge en nosotros la impresión de que el mal está aumentando y triunfando, ella nos responde con el misterio de la Navidad, que nos introduce en el  misterio de la Cruz.

NO AUMENTA EL MAL, AUMENTAN LAS PRUEBAS. Y puesto que Dios, junto con la prueba da también la fuerza para superarla (cf. I Cor 10, 13), la abundancia del mal, que nos quiere herir y seducir, termina por transformarse en una sobreabundancia de bien y de gloria. Por eso San Pablo pudo decir que “donde abundó el pecado sobreabundó la gracia” (Rom, 5, 20).

En el curso del tiempo aumentan los ataques contra el Reino de Dios y contra los que quieren seguir piadosamente a Cristo; pero aumenta también el don de fortaleza que les concede el Espíritu Santo, de modo que al final todo se resuelve en la victoria para cuantos han permanecido fieles.

Esta es, queridos hermanos y hermanas, la perspectiva con la que debemos encaminarnos a afrontar y vivir el año nuevo que tenemos delante.

La vida de aquí abajo no es por sí misma, un cómodo y garantizado viaje hacia lo mejor. Desde los primeros años de nuestra vida nos damos cuenta de ello si tenemos los ojos abiertos. Lo mejor es ciertamente una perspectiva real; la humanidad, guiada por el Pueblo de Dios, está marchando en esta dirección; pero para cada uno de nosotros esta marcha hacia lo “mejor” no está privada de riesgos y de dificultades; y sobre todo está sometida cada día a la prueba de nuestra responsabilidad, debe ser el objeto de una elección libre.

La luz de Belén y la luz del Pesebre nos indican la dirección hacia lo mejor, nos hablan de la victoria final del bien, nos animan a caminar con esperanza y sin miedo, “sin apartarnos ni a la derecha ni a la izquierda”(Jos 23, 6)

Joannes Paulus II

REFLEXIÓN PARA LA SOLEMNIDAD DE LA NATIVIDAD DEL SEÑOR 25-12-16

La liturgia para hoy, 25 de diciembre, Solemnidad de la Natividad del Señor, nos presenta tres formularios, según la hora de la celebración: medianoche, aurora y día. Para nuestra reflexión de hoy hemos escogido las lecturas correspondientes a la celebración de día.

La primera lectura, tomada del libro de Isaías (52,7-10), profetiza el tiempo en que el pueblo puede finalmente ver cara a cara a Dios: “Escucha: tus vigías gritan, cantan a coro, porque ven cara a cara al Señor, que vuelve a Sión. Romped a cantar a coro, ruinas de Jerusalén, que el Señor consuela a su pueblo, rescata a Jerusalén; el Señor desnuda su santo brazo a la vista de todas las naciones, y verán los confines de la tierra la victoria de nuestro Dios”. Los vigías de la ciudad no se limitan a dar un anuncio como lo harían rutinariamente, sino que lo transmiten con júbilo, con alegría contagiosa, tanto que lo hacen “a coro”. Algo importante ha sucedido: Finalmente “ven cara a cara al Señor”, algo que hasta entonces solamente Moisés había experimentado (Ex 33,11).

Como lectura evangélica, la liturgia nos ofrece el prólogo del Evangelio según san Juan (1,1-18), una lectura densa y llena de simbolismo que nos presenta el misterio de la encarnación: “Y la Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria propia del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad. Juan da testimonio de él y grita diciendo: «Éste es de quien dije: ‘El que viene detrás de mí pasa delante de mí, porque existía antes que yo’»”.

Lo importante para nosotros, y la Solemnidad que estamos celebrando, es que ya no se trata de un Dios distante, extraño, misterioso, inalcanzable. Ahora encontramos a un Dios que se hace uno de nosotros, que “acampa” entre nosotros. Me encanta esta traducción, pues nos transmite esa sensación de compartir un campamento, en el cual los que están comparten una fogata que les proporciona luz y calor, comparten los alimentos, y dependen unos de otros para ayuda y protección mutuas. Se trata pues, de un Dios humanado, con las mismas necesidades que nosotros.

Un Dios que nació pequeño y frágil, como todos nosotros, que necesitó de los cuidados y el cariño de una madre, y las enseñanzas y disciplina de un padre. “Dios-con-nosotros”, Emmanuel. Hoy celebramos el nacimiento del Emmanuel, cuyo nacimiento fue anunciado a coro por los heraldos celestiales (Lc 2,13-14), tal como lo había profetizado Isaías en la primera lectura de hoy.

Ya el tiempo de espera gozosa del Adviento ha culminado, y si nuestra preparación para este gran día fue adecuada, podemos adorar y besar al Niño Dios. Pero, ¿sabes qué? ¡Todavía estás a tiempo! Si te postras ante el Niño y le adoras de todo corazón, notarás una sonrisa en su rostro, esa sonrisa que solo los niños pueden regalarnos, y con ella derramará su Gracia sobre ti, y podrás recibirlo en tu corazón. Entonces sabrás lo que es una Feliz Navidad.

¡Feliz Navidad a todos!

REFLEXIÓN PARA EL 24 DE DICIEMBRE DE 2016

La liturgia propia de hoy, 24 de diciembre, casi siempre pasa inadvertida, diluyéndose en el barullo de la celebración de la Vigilia la Natividad del Señor. No obstante, resulta conveniente que contemplemos las lecturas, pues completan una historia que culmina el tiempo de Adviento y nos coloca en el umbral de la Navidad propiamente.

La primera lectura (2 Sam 7,1-5.8b-12.14a.16) nos presenta al rey David, que ha logrado unificar las tribus, trayendo paz y estabilidad al pueblo, convirtiéndose en el primer rey que efectivamente reina sobre los reinos del Norte y del Sur. Habiendo terminado la etapa de las peregrinaciones, quiere construirle un templo a Dios: “Mira, yo estoy viviendo en casa de cedro, mientras el arca del Señor vive en una tienda”. Pero Dios le deja saber por medio del profeta Natán que no será él quien le construya el templo (eso le tocará a su hijo Salomón). En cambio, le promete una descendencia, que siempre ha sido interpretada como un anuncio del rey mesiánico: “el Señor te comunica que te dará una dinastía. Y cuando tus días se hayan cumplido y te acuestes con tus padres, afirmaré después de ti la descendencia que saldrá de tus entrañas, y consolidaré su realeza. Yo seré para él padre, y él será para mí hijo. Tu casa y tu reino durarán por siempre en mi presencia; tu trono permanecerá por siempre” (Cfr. Lc 1,32).

El Salmo (88) exalta la misericordia de Dios que se refleja en su fidelidad, y afianza la promesa hecha a David de un linaje perpetuo: “Sellé una alianza con mi elegido, jurando a David, mi siervo: ‘Te fundaré un linaje perpetuo, edificaré tu trono para todas las edades’”.

La lectura evangélica (Lc 1,67-69) nos presenta el cántico de Zacarías. Zacarías había quedado mudo por dudar de la palabra del ángel que le anunció que su esposa Isabel iba a concebir y tener un hijo. El pasaje de hoy se da dentro del contexto de la presentación de su hijo en el Templo según mandaba la Ley. Cuando fueron a ponerle nombre al niño, Zacarías confirmó la petición de Isabel, escribiendo en una tabilla: “Juan es su nombre” (Lc 1,63). Ante el asombro de todos los presentes, a Zacarías “se le soltó la lengua” y comenzó a alabar a Dios.

Ayer escuchábamos de boca de María el canto del Magníficat. Hoy escuchamos el Benedictus, que es un canto de alabanza a Dios que nos anuncia el cumplimiento de todas las profecías del Antiguo Testamento en la persona de Jesús que va a nacer en “la Casa de David, su siervo”. Esto porque Dios ha sido fiel a su Alianza, visitando y redimiendo a su pueblo.

Lleno del Espíritu Santo, Zacarías anuncia que su hijo irá “delante del Señor a preparar sus caminos, anunciando a su pueblo la salvación, el perdón de sus pecados”.

Hoy es víspera de Navidad, y este cántico nos llena de alegría, y sirve de culminación al tiempo de Adviento, en el cual hemos estado esperando, anticipando, preparándonos para el nacimiento, ya inminente, del Niño Dios.

Ya en unas horas habrá nacido la salvación del mundo. Entonces podremos exclamar: ¡Feliz Navidad!

REFLEXIÓN PARA EL JUEVES 22 DE DICIEMBRE 2016, FERIA PRIVILEGIADA DE ADVIENTO

 

Ya estamos en el umbral de la Navidad, y la liturgia continúa orientándonos hacia ella y preparándonos para la Gran Noche. Se nos ha presentado el poder de Dios que hace posible que mujeres estériles, incluso de edad avanzada, conciban y den a luz hijos que intervendrán en la historia humana para hacer posible la historia de la salvación. María será la culminación: Una criatura nacida de una virgen, un regalo absoluto de Dios, el inicio de una nueva humanidad.

La primera lectura de hoy (1 Sam 1,24-28) nos narra la presentación de Samuel a Elí por parte de su madre Ana, una mujer estéril que había orado para que Dios le concediera el don de la maternidad: “Este niño es lo que yo pedía; el Señor me ha concedido mi petición. Por eso se lo cedo al Señor de por vida, para que sea suyo”. Ana está consciente de que ese hijo, producto de la gracia de Dios, no le pertenece. María llevará ese gesto a su máxima expresión al entregar a su Hijo a toda la humanidad. Cuando María dio a luz al Niño Dios lo colocó en un pesebre, en vez de estrecharlo contra su pecho, como sería el instinto de toda madre. Así lo puso a disposición de todos nosotros.

La lectura que se nos presenta como salmo es el llamado Cántico de Ana, tomado también del libro de Samuel (1 Sam 2,1.4-5.6-7). Este es el cántico de alabanza  que Ana entona después que entrega y consagra a su hijo al templo. Todos los exégetas reconocen en este cántico de alabanza la inspiración para el hermoso canto del Magníficat, que contemplamos hoy como lectura evangélica (Lc 1,46-56). Este cántico nos demuestra además que no importa cuán “estéril” de buenas obras haya sido nuestra vida, el Señor es capaz de “levantarnos del polvo”, “hacernos sentar entre príncipes” y “heredar el trono de gloria”, pues es Dios quien “da la muerte y la vida, hunde en el abismo y levanta; da la pobreza y la riqueza, humilla y enaltece”. Tan solo tenemos que confiar en Dios y dejarnos llevar por el Espíritu.

Ambas mujeres, María y Ana, reconocen su pequeñez ante Dios. Nos demuestran que si confiamos en el Señor Él obrará maravillas en nosotros; que Dios es el Dios de los pobres, los anawim. En este sentido María representa la culminación de la espera de siglos del pueblo de Israel, especialmente los pobres y los oprimidos; ella es la realización de las promesas que le han mantenido vigilante. Al humillarse ante Dios se ha enaltecido ante Él (Cfr. Lc 14,11).

Cuando María nos dice que “Desde ahora me felicitarán todas las generaciones”, no lo dice por ella misma ni por sus méritos, pues acaba de declararse “esclava” del Señor, sino por las maravillas que el Señor ha obrado en ella. Así mismo lo hará con todo el que escuche Su Palabra y la ponga en práctica. “Nuestro auxilio es el nombre del Señor, que hizo el cielo y la tierra” (Sal 123).

Dios no desampara un corazón contrito y humillado (Sal 50). En estos dos días que restan del Adviento, pidamos al Señor la humildad necesaria para que Él fije su mirada en nosotros y haga morada en nuestros corazones, como lo hizo en el de María.

REFLEXIÓN PARA EL CUARTO DOMINGO DE ADVIENTO (A) 18-12-16

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Hace dos días celebramos la memoria de la Expectación del parto de la Santísima Virgen María. Según sigue llegando a su fin el Adviento, las lecturas continúan repitiéndose, como cuando uno sabe que algo grande está a punto de suceder, y se sorprende repitiendo una frase o un nombre, producto de anticipar ese momento esperado. Así la primera y segunda lecturas (Is 7,10-14; Rm 1,-1-7) y el Evangelio (Mt 1,18-24) para este cuarto domingo de Adviento nos recuerdan las profecías que hemos estado escuchando, especialmente del “profeta del Adviento”.

Con la primera lectura la liturgia nos recuerda lo que dentro de apenas seis días estaremos celebrando: “Mirad: la virgen está encinta y da a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel, que significa “‘Dios-con-nosotros’”.

En el Evangelio, Mateo nos recuerda que el nacimiento de Jesús es el cumplimiento de la profecía que leemos en la primera lectura. La segunda lectura nos reitera que Jesús es el Hijo de Dios que había sido prometido por los profetas: “Este Evangelio, prometido ya por sus profetas en las Escrituras santas, se refiere a su Hijo, nacido, según la carne, de la estirpe de David; constituido, según el Espíritu Santo, Hijo de Dios, con pleno poder por su resurrección de la muerte: Jesucristo, nuestro Señor”. Nos dice además que esa Buena Noticia (Evangelio) no está limitada al pueblo judío, sino a todos los pueblos (nosotros): “Por él hemos recibido este don y esta misión: hacer que todos los gentiles respondan a la fe, para gloria de su nombre. Entre ellos estáis también vosotros, llamados por Cristo Jesús”.

Estas lecturas son un ejemplo de lo que anteriormente hemos llamado la perspectiva histórica, o del pasado, que nos presenta el “adviento” que vivió el pueblo de Israel durante prácticamente todo el Antiguo Testamento, esperando, anticipando, preparando la llegada del mesías que iba a liberar a su pueblo de la opresión, y cómo en María se hacen realidad todas esas expectativas mesiánicas del pueblo judío. Su “sí”, su “hágase” hizo posible la “plenitud de los tiempos” que marcó el momento para el nacimiento del Hijo de Dios (Cfr. Gál 4,4). Como dijera san Juan Pablo II: “Desde la perspectiva de la historia humana, la plenitud de los tiempos es una fecha concreta. Es la noche en que el Hijo de Dios vino al mundo en Belén, según lo anunciado por los profetas”.

Estamos a escasos seis días de esa noche. La liturgia nos ha llevado in crescendo hasta este momento en que nos encontramos en el umbral de la Navidad. Es el momento de hacer inventario… ¿Hemos vivido un verdadero Adviento? ¿Estamos preparados para recibir al Niño Dios? ¿Nos hemos reconciliado con nuestros hermanos, con nosotros mismos y con Dios? ¿Hemos dispuesto nuestro pesebre interior para que la Virgen coloque en Él a nuestro Señor y Salvador, como lo hizo aquella noche en Belén? Es la perspectiva presente, el “hoy” del Adviento.

Todavía estamos a tiempo (Él nunca se cansa de esperarnos). En este cuarto domingo de Adviento, acércate la casa del Padre y reconcíliate con Él. Entonces sabrás lo que es la verdadera Navidad.

REFLEXIÓN PARA EL JUEVES DE LA TERCERA SEMANA DE ADVIENTO 15-12-16

Nietzsche dijo que sólo iba a creer en un Dios que pudiese bailar. Bailar es un signo de alegría, de gozo, de júbilo. El rey David “danzaba y giraba con todas sus fuerzas ante Yahvé, ceñido de un efod de lino (El efod o ephod es un vestido sacerdotal usado por los judíos; una de las vestiduras sacerdotales del Antiguo Testamento).” (2 Sam 6,14). El pasado domingo celebramos el “Domingo laetare (alégrate)”, una invitación a alegrarnos, porque el Señor viene.

Y en la primera lectura de hoy (Is 54,1-10), tomada del “segundo Isaías, o libro de la consolación, el profeta invita a su pueblo a hacer lo propio ante la promesa de Yahvé de que regresarían a su tierra y Jerusalén sería restaurada: “Exulta, estéril, que no dabas a luz; rompe a cantar, alégrate”… Hay que gritar de júbilo, porque el Señor “cambió el luto en danzas” (Sal 29).

Estamos a escasos nueve (9) días de la Nochebuena, esa noche mágica en que nace nuestro Señor y Salvador; el Señor que era, que es, y que será; ese Señor que está vivo, que es la Vida, que nos da la Vida; que viene constantemente a nosotros, pero cuya venida celebramos especialmente en la Navidad. Y por eso nos regocijamos, y cantamos, y bailamos, y sentimos ese “cosquilleo”, ese “no-sé-qué” en todo nuestro ser.

Como hemos dicho en ocasiones anteriores, el Adviento tiene también una dimensión escatológica, del final de los tiempos, que nos invita a esperar con alegría esa segunda venida de Jesús, cuando regrese a cerrar la historia para que podamos disfrutar de su presencia por toda la eternidad (Ap 22,4-5).

Los evangelios, por su parte, nos muestran a un Jesús alegre, que disfruta la compañía de sus amigos en las fiestas (Jn 2,1-12; 12,2). Por eso nuestra Iglesia es alegre; alegría que solo puede venir del Amor; de sabernos amados incondicionalmente por un Padre siempre dispuesto a perdonarnos (cfr. Lc 15,11-32) que celebra una fiesta cuando nos tornamos a Él.

En la lectura evangélica de hoy (Lc 7,24-30), continuación de la de ayer, Jesús nos pregunta tres veces: “¿Qué salisteis a contemplar en el desierto?”; “¿qué salisteis a ver?”; “¿qué salisteis a ver?”. Tal parece que estuviera preguntándonos cómo estamos viviendo nuestro Adviento. ¿Qué salimos a ver? ¿Las luces de colores? ¿Los arbolitos de navidad? ¿Los pesebres? ¿Las decoraciones navideñas de casas y comercios? ¿En serio creemos que vamos a encontrar allí a Jesús?…

Si salimos a ver esas cosas no vamos a encontrar a Jesús, al igual que aquellos que salieron a ver un hombre “vestido con ropas finas”, y lo único que vieron fue un hombre vestido con piel de camello (Juan el Bautista) y por eso no lo reconocieron.

Para encontrar a Jesús tenemos que liberarnos de las luces de colores, del consumismo que caracteriza la Navidad, y salir al encuentro de los pobres y humildes. Solo allí encontraremos ese Amor que llena nuestro corazón de regocijo, que nos hace exultar y alegrarnos. Entonces podremos decir (dar testimonio) a todo el que se cruce en nuestro camino lo que Andrés le dijo a su hermano Simón: “Hemos encontrado al Mesías” (Jn 1,41).

¡De eso se trata el Adviento; de eso de trata la Navidad!

REFLEXIÓN PARA EL VIERNES DE LA SEGUNDA SEMANA DE ADVIENTO 09-12-16

“¿A quién se parece esta generación? Se parece a los niños sentados en la plaza, que gritan a otros: ‘Hemos tocado la flauta, y no habéis bailado; hemos cantado lamentaciones, y no habéis llorado’. Porque vino Juan, que ni comía ni bebía, y dicen: ‘Tiene un demonio’. Vino el Hijo del hombre, que come y bebe, y dicen: ‘Ahí tenéis a un comilón y borracho, amigo de publicanos y pecadores’. Pero los hechos dan razón a la sabiduría de Dios” (Mt 11,16-19).

Esta corta lectura evangélica es la que nos propone la liturgia para hoy viernes de la segunda semana de Adviento. Con esta parábola Jesús pone de manifiesto la actitud del pueblo que prefería mantenerse como estaba, y no tenía intención alguna de cambiar, de escuchar la palabra de Dios y ponerla en práctica. No querían “comprometerse”. Jesús los compara con unos niños jugando en la plaza. Mientras unos quieren estar alegres, otros prefieren estar tristes; no se ponen de acuerdo. El problema es que cuando se refiere a los adultos del tiempo de Jesús, “esta generación” (y los de la nuestra), no se trata de un juego, se trata de la vida eterna. Lo que ocurre es que cuando se trata de las cosas de Dios, del mensaje de Jesús, de su Evangelio, siempre hay una excusa. Es más fácil decir “no creo”, que aceptarlo y enfrentar las consecuencias que esa fe implica.

Por eso cuando vino Juan el Bautista, que predicaba su mensaje de penitencia y austeridad, no le aceptaron. “Tiene un demonio” decían; “es demasiado exigente”, decían otros. Esas mismas personas, cuando vino Jesús a predicar su mensaje de amor y fraternidad, y se juntaba con pecadores, y compartía con ellos la mesa y el vino, también lo rechazaron. “Es un comilón y borracho”. Hoy día no es diferente. Preferimos estar dentro de nuestra “zona de confort”. Que no venga nadie a decirme cómo tengo que actuar; no quiero comprometerme, no me interesa cambiar.

Estamos prácticamente a mitad del tiempo de Adviento; ese tiempo que nos llama a la conversión y penitencia, y a la preparación para la espera gozosa de Jesús. ¿Cuál es nuestra excusa para negarnos a entrar en el Adviento y vivir el gozo de la Navidad? ¿Asumimos la actitud de que si “nos tocan la flauta” nos negamos a bailar y si nos “cantan lamentaciones” nos negamos a llorar?

No hay duda. Resulta más cómodo vivir desde ahora una “Navidad por adelantado” con la fiesta, la comida, la bebida, la música “típicas” de la época, sin compromiso espiritual alguno, sin necesidad de cambio (me siento bien como estoy), porque si tomo en serio a Cristo y a su mensaje, me voy a “poner en evidencia” y me voy a ver obligado a decidir entre lo que me ofrece Cristo y lo que me ofrece el mundo.

Durante esta época de Adviento la Iglesia nos invita a dejar que Jesús entre en nuestras vidas, en nuestros corazones, con todas las consecuencias que ello implica; lo que yo llamo la “letra chica” que está implícita en el seguimiento del Evangelio. Pidamos al Señor que nos ayude a comprender que el momento de cambiar y comprometernos es “ahora”. Solo así seremos acreedores del Reino.

¡Piénsalo!

REFLEXIÓN PARA EL MIÉRCOLES DE LA SEGUNDA SEMANA DE ADVIENTO (A) 07-12-16

echan-alas-como-las-aguilas

Isaías, profeta del Adviento, continúa prefigurando al Mesías que tanto ansiaba el pueblo de Israel. La lectura que nos ofrece la liturgia para hoy (40,25-31) forma parte de la introducción al “Segundo Isaías”, también conocido como el “Libro de la Consolación”, que comprende los capítulos 40 a 55 del Libro de Isaías. En esos momentos el pueblo se encuentra desterrado en tierra extraña (Babilonia), y siente que Dios le ha abandonado: “Mi suerte está oculta al Señor, mi Dios ignora mi causa”.

El profeta dice a su pueblo: “El Señor … da fuerza al cansado, acrecienta el vigor del inválido; se cansan los muchachos, se fatigan, los jóvenes tropiezan y vacilan; pero los que esperan en el Señor renuevan sus fuerzas, echan alas como las águilas, corren sin cansarse, marchan sin fatigarse”. La clave del mensaje lo encontramos en el último versículo (31): “…los que esperan en el Señor renuevan sus fuerzas, echan alas como las águilas”.

El profeta ofrece al pueblo un mensaje de aliento y consuelo durante el destierro, ofreciendo una visión de las relaciones de Dios con su pueblo, y cómo Dios, aunque a veces parece distante, no los abandona. Más adelante en la persona de Jesucristo se hacen realidad esas visiones, especialmente en el Evangelio según san Mateo, dirigido a los judíos convertidos al cristianismo, cuya tesis principal es probar que en Jesús se cumplen todas las promesas y profecías del Antiguo Testamento.

Así, en la lectura evangélica de hoy (Mt 11,28-30) Jesús nos invita a acudir a Él, en quien encontraremos el alivio a nuestro cansancio y el consuelo para las tribulaciones que nos agobian: “Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera”.

“Venid a mí”… Jesús nos está invitando (Él siempre está llamando a nuestra puerta). Y especialmente en este tiempo de Adviento esa invitación se hace más intensa. Él quiere que vivamos el Adviento, que aceptemos su invitación y estemos dispuestos a recibirlo en nuestros corazones. ¿Cómo respondo yo a esa invitación, a ese llamado? ¿Me dirijo a Él (a la Navidad) con el corazón preparado para recibirlo? ¿Respondo a su invitación con la misma alegría, disposición y humildad que lo hicieron los pastores (Lc 2,15-16)? En el pasaje precedente a este, Jesús había orado diciendo al Padre: “Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, por haber ocultado estas cosas a los sabios y a los prudentes y haberlas revelado a los pequeños” (Mt 11,25).

¿Quiénes son los que están “agobiados” con “cargas”? Generalmente los pobres, los humildes, los “pequeños”, los que no temen acudir al llamado y tomar el yugo que Jesús les está ofreciendo, para luego descubrir que el peso se hace más llevadero porque Él lo está compartiendo. Ambos caminando en la misma dirección. ¿Saben cómo se llama ese yugo? Amor.

En este Adviento, pidamos al Señor nos revista de sentimientos de humildad para aceptar Su invitación a acercarnos y descargar en Él todas nuestras preocupaciones, con la certeza de que Él nos aliviará (1 Pe 5,5-7).

REFLEXIÓN PARA EL SEGUNDO DOMINGO DE ADVIENTO (A) 04-12-16

2do Adviento

La liturgia continúa su recorrido por el Adviento y nos hallamos en el segundo domingo. La liturgia para el primer domingo nos traía como tema principal la espera de la segunda venida del Señor, el “mañana”, el sentido escatológico del Adviento. Por eso la liturgia nos invitaba a estar “vigilantes”, en espera.

En esta segunda semana el tema de las lecturas es la venida del Señor en el tiempo presente, el “hoy”. La liturgia de este domingo nos invita a la conversión, que es la nota predominante de la predicación de Juan el Bautista en el Evangelio que leemos hoy (Mt 3,1-12) y se proyectará hasta la tercera semana de Adviento. Durante esta semana la liturgia nos exhorta a reflexionar sobre las palabras de Juan: “Una voz grita en el desierto: ‘Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos’”, porque Jesús llega. Mateo nos quiere dejar saber que la actividad de Juan es el cumplimiento de la profecía de Isaías, y para eso echa mano de un texto del profeta (40,3-5): “¡Preparen en el desierto el camino del Señor, tracen en la estepa un sendero para nuestro Dios! ¡Que se rellenen todos los valles y se aplanen todas las montañas y colinas; que las quebradas se conviertan en llanuras y los terrenos escarpados, en planicies! Entonces se revelará la gloria del Señor y todos los hombres la verán juntamente, porque ha hablado la boca del Señor”.

Y, ¿qué mejor manera de “preparar el camino” que buscando reconciliarnos con el Señor? En aquél entonces Juan predicaba un “bautismo de conversión para perdón de los pecados” como preparación para la llegada del Salvador. Hoy, durante esta segunda semana de Adviento, la Iglesia nos invita a acudir al sacramento de la reconciliación, que nos reconcilia con Dios y nos devuelve la amistad que habíamos perdido por el pecado. De este modo, cuando llegue la Navidad, estaremos en posición de unirnos sacramentalmente con Jesús y nuestros hermanos en la Eucaristía, del mismo modo que los discípulos de Juan Bautista estuvieron en disposición de recibir y aceptar a Jesús cuando se hizo entre ellos.

Durante esta semana podemos buscar en los diferentes templos que tenemos cerca, los horarios de confesiones disponibles, para que cuando llegue la Navidad, estemos bien preparados interiormente, uniéndonos a Jesús y a nuestros hermanos en la Eucaristía. No dejemos pasar esta oportunidad que se nos brinda. El momento es AHORA. ¡Anda, anímate!

“Oh Dios y Padre nuestro: Tu Espíritu de sabiduría y poder estaba vivo y operante en Jesús, tu Hijo. Derrama sobre nosotros ese mismo Espíritu, para que demos hoy testimonio de tu fidelidad y tu amor. Y danos siempre hermanos inspirados por ti -profetas como Juan el Bautista – que nos despierten cuando nos sentimos auto-satisfechos, y nos inspiren a preparar el camino para la plena venida de Jesucristo, nuestro Señor y Salvador, por los siglos de los siglos.” (Oración después de la comunión).

Que el Espíritu ilumine nuestro camino a la conversión de corazón, para que podamos un día fundirnos en uno con nuestro Señor y Salvador. ¡Ven Señor Jesús!