REFLEXIÓN PARA EL JUEVES DE LA SÉPTIMA SEMANA DE PASCUA 01-06-17

La liturgia de hoy nos presenta como lectura evangélica (Jn 17,20-26) la tercera y última parte del “discurso de despedida” de Jesús a sus discípulos que transcurre en el trasfondo de la sobremesa de la última cena. A partir de este momento vemos que la oración de Jesús al Padre por sus discípulos inmediatos se convierte también en oración por todos los que en el futuro habríamos de convertirnos en sus discípulos por la palabra de aquellos: “Padre santo, no sólo por ellos ruego, sino también por los que crean en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno, como tú, Padre, en mí, y yo en ti, que ellos también lo sean en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado”. En otras palabras ora por la Iglesia que habría de fundarse sobre la fe de los apóstoles. Ora por nosotros… Imagínate; ¡Cristo ha orado por ti!

La súplica de Jesús al Padre es que haya unidad entre todos sus discípulos, los contemporáneos y los futuros; y el modelo, el marco de referencia que utiliza es la unidad entre el Padre y Él, para que esa unidad se convierta en predicación, en testimonio de la Verdad, que es testimonio del Amor entre el Padre y el Hijo. De esta manera Jesús puede continuar la revelación del Padre a través de su Palabra y de la comunión de los creyentes.

Y nuestra misión, la misión de todos los bautizados que hemos recibido el Espíritu Santo, es difundir esa Palabra para que a través de ella otros crean también. Y el contenido de esa Palabra es solamente uno: que el Padre ha enviado al Hijo por pura gratuidad en el acto de amor más sublime en la historia. Y la manera de reciprocar ese amor es a través de nuestros hermanos. Así se crea la comunión, la unidad: “que todos sean uno, como tú, Padre, en mí, y yo en ti, que ellos también lo sean en nosotros”. Y esa comunión, ese amor, será el distintivo de los verdaderos discípulos de Jesús (Cfr. Jn 13,15).

Esta es la última plegaria de Jesús antes de entrar en su Pasión. Nos está diciendo qué le mueve a aceptar voluntariamente su Pasión, a entregar su vida. Ese es, podríamos decir, su testamento, su última voluntad; que todos seamos uno, que vivamos en la unidad. Eso es lo que Él quiere para la Iglesia que Él vislumbra en el horizonte.

Las últimas palabras de Jesús en esta plegaria “sellan” la misma y nos muestran el propósito de sus palabras: “para que el amor que me tenías esté con ellos, como también yo estoy con ellos”. Ese Amor que sirve de hilo conductor y a su vez de agente catalítico al mensaje de Jesús, que Juan nos expone de manera contundente en su relato evangélico; Amor que tiene nombre y apellido: el Espíritu Santo, que los discípulos recibirían en Pentecostés y que tú y yo recibimos el día de nuestro Bautismo.

“Que tu Espíritu, Señor, nos penetre con su fuerza, para que nuestro pensar te sea grato y nuestro obrar concuerde con tu voluntad” (de la Oración Colecta).

¿Por qué es importante ir a Misa los domingos? El Papa Francisco te explica

Muchos de nosotros asistimos a la Santa Misa, sin realmente tener un conocimiento pleno de las gracias que allí estamos recibiendo. A continuación la catequesis completa del Papa Francisco, que nos puede ayudar y orientar sobre este tema:

Queridos hermanos y hermanas buenos días… Buen día, pero no buena jornada, ¿eh? Está un poco fea.

Les hablaré de la Eucaristía.

La Eucaristía se coloca en el corazón de la “iniciación cristiana”, junto al Bautismo y a la Confirmación, y constituye la fuente de la vida misma de la Iglesia. De este Sacramento del amor, de hecho, nace todo auténtico camino de fe, de comunión y de testimonio.

Lo que vemos cuando nos reunimos para celebrar la Eucaristía, la Misa, nos hace ya intuir qué cosa estamos por vivir. En el centro del espacio destinado a la celebración se encuentra el altar, que es una mesa cubierta por un mantel y esto nos hace pensar en un banquete.

Sobre la mesa hay una cruz, que indica que sobre aquel altar se ofrece el sacrificio de Cristo: es Él el alimento espiritual que allí se recibe, bajo el signo del pan y del vino. Junto a la mesa está el ambón, es decir, el lugar desde el cual se proclama la Palabra de Dios: y esto indica que allí nos reunimos para escuchar al Señor que habla mediante las Sagradas Escrituras y, por lo tanto, el alimento que se recibe es también su Palabra.

Palabra y Pan en la Misa se hacen una misma cosa, como en la última Cena, cuando todas las palabras de Jesús, todos los signos que había hecho, se condensaron en el gesto de partir el pan y ofrecer el cáliz, anticipación del sacrificio de la cruz, y en aquellas palabras: “Tomen, coman, este es mi cuerpo…tomen, beban, esta es mi sangre”.

El gesto de Jesús cumplido en la Última Cena es el extremo agradecimiento al Padre por su amor, por su misericordia. “Agradecimiento” en griego se dice “eucaristía”. Y por esto el sacramento se llama Eucaristía: es el supremo agradecimiento al Padre que nos ha amado tanto hasta darnos a su Hijo por amor. He aquí por qué el término Eucaristía resume todo aquel gesto, que es gesto de Dios y del hombre juntos, gesto de Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre.

La celebración eucarística es mucho más de un simple banquete

Es propiamente el memorial de la Pascua de Jesús, el misterio central de la salvación. “Memorial” no significa sólo un recuerdo, un simple recuerdo, sino que quiere decir que cada vez que celebramos este Sacramento participamos en el misterio de la pasión, muerte y resurrección de Cristo.

La Eucaristía constituye el vértice de la acción de salvación de Dios: el Señor Jesús, haciéndose pan partido para nosotros, vierte, en efecto, sobre nosotros toda su misericordia y su amor, tanto que renueva nuestro corazón, nuestra existencia y nuestro modo de relacionarnos con Él y con los hermanos.

Es por esto que normalmente, cuando nos acercamos a este Sacramento, se dice que se “recibe la Comunión”, que se “hace la Comunión”: esto significa que en la potencia del Espíritu Santo, la participación en la mesa eucarística nos conforma en modo único y profundo a Cristo, haciéndonos pregustar ahora ya la plena comunión con el Padre que caracterizará el banquete celeste, donde, con todos los Santos, tendremos la gloria de contemplar a Dios cara a cara.

¿Por qué vamos a Misa los domingos?

Queridos amigos, ¡no agradeceremos nunca suficientemente al Señor por el don que nos ha hecho con la Eucaristía! Es un don muy grande. Y por esto es tan importante ir a misa el domingo, ir a misa no sólo para rezar, sino para recibir la comunión, este Pan que es el Cuerpo de Jesucristo y que nos salva, nos perdona, nos une al Padre. ¡Es hermoso hacer esto! Y todos los domingos vamos a misa porque es el día de la resurrección del Señor, por eso el domingo es tan importante para nosotros.

Y con la Eucaristía sentimos esta pertenencia a la Iglesia, al Pueblo de Dios, al Cuerpo de Dios, a Jesucristo. Y no terminaremos nunca de captar todo el valor y la riqueza. Pidámosle, entonces, que este Sacramento pueda continuar a mantener viva en la Iglesia su presencia y a plasmar nuestras comunidades en la caridad y en la comunión, según el corazón del Padre.

Y esto se hace durante toda la vida. Y se empieza a hacer el día de la primera comunión. Es importante, que los niños se preparen bien a la primera comunión y que ningún niño deje de hacerla porque es el primer paso de esta pertenencia a Jesucristo, fuerte, fuerte después del Bautismo y de la Confirmación. Gracias.


Redacción: PildorasdeFe.net | Catequesis del Papa Francisco del 05 de Febrero de 2014

Tomado de: https://www.pildorasdefe.net/aprender/fe/Por-que-es-importante-ir-a-Misa-los-domingos-El-Papa-Francisco-nos-explica

REFLEXIÓN PARA EL SÁBADO DE LA DOUDÉCIMA SEMANA DEL T.O. (2) 25-06-16

la fe del centurion

La lectura evangélica que nos ofrece la liturgia de hoy (Mt 8,5-17) nos narra el episodio del centurión que le pide a Jesús que cure a su criado que está muy enfermo.

Tres cosas queremos resaltar de este pasaje:

En primer lugar, el hecho de que este es el segundo milagro de Jesús que nos narra Mateo. El primero había sido para un miembro del pueblo de Dios; la curación de un leproso (8,2-4). Ahora, el segundo, inmediatamente después, es para un pagano. Y no solo un pagano, sino un representante del ejército de ocupación. Esto nos apunta hacia la universalidad del Reino, al hecho de que la salvación no está reservada al “pueblo elegido” sino que la ley del amor que Jesús vino a predicar aplica toda la humanidad, judíos y gentiles, “buenos” y “malos”.

En segundo lugar, vemos la humildad del centurión ante la persona de Jesús (“Señor, no soy quién para que entres bajo mi techo”). El centurión está genuinamente preocupado por la salud de su criado. Seguramente ha oído hablar de Jesús y, a pesar de su rango y posición, no tiene reparos en humillarse ante Él para interceder por su criado. No pide por él, sino por su amigo. Tampoco le dice lo que tiene que hacer; se limita a plantearle la situación: “Señor, tengo en casa un criado que está en cama paralítico y sufre mucho”. Esta lectura nos hace preguntarnos: Mi oración, ¿se centra solo en mi persona y mis necesidades, o pido también por otros? ¿Confío en la providencia divina, o pretendo darle “instrucciones” a Dios sobre cómo atender mi súplica?

Finalmente, ese pagano nos ofrece una lección de fe: “Basta que lo digas de palabra, y mi criado quedará sano”. Jesús se admiró ante esa demostración de fe y la premia: “Os aseguro que en Israel no he encontrado en nadie tanta fe. Vuelve a casa, que se cumpla lo que has creído”.

Cada vez que participamos de la celebración eucarística, en el rito de comunión, decimos: “Señor, no soy digno de que ente en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme”. Hoy debemos decir “¡Señor, dame la fe del centurión!”

REFLEXIÓN PARA EL VIERNES DE LA SEXTA SEMANA DE PASCUA 06-05-16

Bema de Corinto; lugar donde Pablo predicó el Evangelio en esa ciudad.

Bema de Corinto; lugar donde Pablo predicó el Evangelio en esa ciudad.

La primera lectura de hoy (Hc 18,9-18) es continuación de la de ayer, y nos presenta a Pablo en plena evangelización de la ciudad de Corinto. Mientras estuvo allí vivió en casa de Priscila y Aquila, lugar donde con toda seguridad se reunían los cristianos para la oración, la enseñanza de la doctrina de los apóstoles, y la fracción del pan (Cfr. Hc 2,42).

El relato que contemplamos hoy comienza con Jesús presentándose en una visión a Pablo y diciéndole: “No temas. Sigue predicando y no te calles. Yo estoy contigo. Nadie pondrá la mano sobre ti para dañarte, porque en esta ciudad hay un pueblo numeroso que me está reservado”. Eso fue suficiente para que Pablo se quedara en Corinto durante año y medio, como habíamos adelantado en nuestra reflexión de ayer, y fundara una comunidad de creyentes en medio del ambiente pagano y libertino de aquella ciudad.

Hay algo que llama la atención sobre Pablo y su misión. Desde aquél primer encuentro de Pablo con la persona de Jesús en el camino a Damasco, Jesús está siempre presente en su vida; en todo momento y en todo lugar. Al leer las cartas de Pablo podemos ver cómo lo menciona continuamente (al menos tres o cuatro veces en cada página), cuenta con Él, no permite que se rompa el hilo conductor entre ambos. Y ese hilo conductor es la oración. De la misma manera que Jesús vivió toda su vida en un ambiente de oración con el Padre, Pablo vivió la suya en un ambiente de oración con Jesús. Más tarde dirá a los tesalonicenses: “Oren sin cesar” (1 Tes 5,17). Esa oración hacía que Jesús formara parte integrante y esencial de su vida; vivía en comunión con Él. Por eso Pablo podía escucharle.

Nosotros también podemos vivir esa comunión constante con Jesús si perseveramos en la oración. “No temas… porque yo estoy contigo”. Esa fue la promesa de Jesús a sus discípulos antes de partir (Cfr. Mt 28,20). Aquellos primeros cristianos estaban convencidos de esa presencia en sus vidas. Creían en Jesús y le creían a Jesús. Por eso “se llevaban el mundo de frente” y no cesaban en su empeño de evangelizar.

Hoy debo preguntarme: ¿Estoy convencido de la presencia de Jesús en mi vida? Más aún, cuando oro, ¿escucho su voz llamando a mi puerta (Cfr. Ap 3,20) que me dice: “No temas… porque yo estoy contigo”? Yo he tenido la experiencia de sentir Su presencia y escuchar Su voz en medio de un ambiente hostil y peligroso, y sentirme seguro porque me dijo claramente: “Nadie pondrá la mano sobre ti para dañarte”.

“No temas…” Esas palabras que el Señor le dice a Pablo están también, por así decirlo, a flor de labios de Dios. Son las mismas que el Padre le dice a Jeremías (1,8), a Zacarías (Lc 1,13) y a la Virgen María (Lc 1,30). Del mismo modo dijo a Moisés “Yo estoy contigo” (Ex 3,12). Ellos le creyeron y el Dios obró maravillas en ellos.

A nosotros, al igual que a Pablo y a los primeros cristianos, Jesús nos está diciendo: “¡No temas… estoy contigo!”. Señor, danos esa misma certeza, esa seguridad.

¿Quieres aprovechar mejor la comunión? Recíbela con María

María comunión

Una de las formas más íntimas en las que podemos llegar a Jesús por medio de María es invitándola a recibir con nosotros la Santa Comunión.

Algunos de nosotros escucharemos excelentes homilías acerca de la teología de la Inmaculada Concepción de María, pero, ¿Qué importancia le damos a este misterio en nuestra vida espiritual?

San Luis María Grignion de Montfort, nos dice que Nuestra Señora es el “molde de Dios”, el molde en el que Cristo fue formado; por lo tanto, quien se entrega a María también será moldeado en Cristo. Ella es el medio por el que Jesús vino a nosotros y por tanto, ella también es el medio por el cual nosotros podemos ir a Él.

Una de las formas más íntimas en las que podemos llegar a Jesús por medio de María, nuestra “Puerta del Cielo”, es invitándola a recibir con nosotros la Santa Comunión. Esto es, si nos entregamos completamente a María justo antes de la Comunión, y le pedimos que nos preste su corazón, entonces ella nos adornará con sus virtudes para que podamos recibir a su Hijo con la misma pureza y fe con la que ella lo recibió en la Anunciación.

Esa fue la razón por la cual María fue concebida Inmaculada en el vientre de su madre, Santa Ana: para que María, pura y sin mancha, pudiera ser un vaso digno para recibir el Cuerpo y Sangre de Jesús. Por lo tanto, ella es quien nos puede preparar para recibirlo dignamente en la Comunión.

Santa Teresa de Lisieux, nos presenta una hermosa imagen de María preparándonos para recibir la Santa Comunión, la cual aquí relatamos un poco diferente. Imagínate que tu alma es un niño de tres años que acaba de jugar en el lodo, y que le avergüenza presentarse en ese estado en el altar para recibir a Jesús. Pero en cuanto le pedimos a María, Madre Nuestra, que se encargue de hacernos dignos y presentables, ella nos limpia del lodo que nos cubre el rostro y el cuerpo, cepilla nuestro cabello y nos viste con nuestro mejor atuendo. Ahora, gracias a Nuestra Madre María, tenemos un aspecto pulcro, que nos permite presentarnos sin vergüenza ante el “Banquete de Ángeles” en el momento de la Comunión.

Aunque intelectualmente podamos comprender la importancia de recibir este gran Sacramento, nuestros sentidos y nuestra naturaleza nos impiden entender completamente este misterio. Por lo que, al igual que un infante necesita que su madre le corte su comida y le ayude a comer, nosotros necesitamos del apoyo de Nuestra Madre para recibir la Eucaristía y que por sus méritos y pureza podamos recibirlo dignamente como ella lo recibió y no perdernos de recibir ninguna de sus gracias, debido a nuestra naturaleza inmadura y pecadora.

Necesitamos a María antes y durante la Comunión. Y la necesitamos también después para dar gracias y meditar el gran regalo que recibimos en Cristo. Pero igual, como pequeños niños, no tenemos la paciencia ni la tranquilidad para entender la Presencia de Dios en nosotros, porque somos distraídos por nuestros pensamientos mundanos. Queremos salir pronto de misa para ir a desayunar o a hacer lo que vamos a hacer el resto del día. Una vez más, necesitamos a Nuestra Madre. Si le entregamos nuestra Comunión y le pedimos que Ella se encargue de dar gracias por nosotros, podremos estar seguros que Ella le dirá lo necesario al Señor, de adulto a adulto, para que Él sea propiamente alabado y agradecido por su más grande regalo, en la magnitud que solo Ella puede ver y entender.

Cuando adoramos a Jesús con y a través del corazón de María, nuestra oración se vuelve pura e infinitamente más agradable a Dios por haber pasado a través de María, la Inmaculada. Piensa en María como una custodia en la cual puedes colocar la Hostia que acabas de recibir; a través de la pureza de María podemos adorar con más pureza a quien hemos recibido: Jesús.

Por lo tanto demos gracias a Dios por la Inmaculada Concepción de María. Demos gracias porque ella fue creada sin pecado desde el vientre de su madre para que nosotros pudiéramos ser dignos de recibir al Verbo Encarnado desde su propio vientre. A través de su Inmaculada Concepción, ella puede ser nuestra mediadora de gracias en la Comunión. No ignoremos cualquier oportunidad de abrir nuestro corazón a estas gracias.

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Adaptación y traducción al español por Patricia Rocha, para PildorasdeFe.net, de artículo publicado originalmente en: Catholic Exchange autor: Fr. Reginald Hoefer, OP

Tomado de: http://www.pildorasdefe.net/post/conocetufe/IHS.php?id2=aprovechar-mejor-comunion-hostia-eucaristia-recibir-con-virgen-maria

Cortesía de nuestro hermano Laico Dominico Willy Rafael Rivero, O.P.

REFLEXIÓN PARA EL SÁBADO DE LA DUODÉCIMA SEMANA EL T.O. (1) 27-06-15

la fe del centurion

La lectura evangélica que nos ofrece la liturgia de hoy (Mt 8,5-17) nos narra el episodio del centurión que le pide a Jesús que cure a su criado que está muy enfermo.

Tres cosas queremos resaltar de este pasaje:

En primer lugar, el hecho de que este es el segundo milagro de Jesús que nos narra Mateo. El primero había sido para un miembro del pueblo de Dios; la curación de un leproso (8,2-4). Ahora, el segundo, inmediatamente después, es para un pagano. Y no solo un pagano, sino un representante del ejército de ocupación. Esto nos apunta hacia la universalidad del Reino, al hecho de que la salvación no está reservada al “pueblo elegido” sino que la ley del amor que Jesús vino a predicar aplica toda la humanidad, judíos y gentiles, “buenos” y “malos”.

En segundo lugar, vemos la humildad del centurión ante la persona de Jesús (“Señor, no soy quién para que entres bajo mi techo”). El centurión está genuinamente preocupado por la salud de su criado. Seguramente ha oído hablar de Jesús y, a pesar de su rango y posición, no tiene reparos en humillarse ante Él para interceder por su criado. No pide por él, sino por su amigo. Tampoco le dice lo que tiene que hacer; se limita a plantearle la situación: “Señor, tengo en casa un criado que está en cama paralítico y sufre mucho”. Esta lectura nos hace preguntarnos: Mi oración, ¿se centra solo en mi persona y mis necesidades, o pido también por otros? ¿Confío en la providencia divina, o pretendo darle “instrucciones” a Dios sobre cómo atender mi súplica?

Finalmente, ese pagano nos ofrece una lección de fe: “Basta que lo digas de palabra, y mi criado quedará sano”. Jesús se admiró ante esa demostración de fe y la premia: “Os aseguro que en Israel no he encontrado en nadie tanta fe. Vuelve a casa, que se cumpla lo que has creído”.

Cada vez que participamos de la celebración eucarística, en el rito de comunión, decimos: “Señor, no soy digno de que ente en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme”. Hoy debemos decir “¡Señor, dame la fe del centurión!”

Que pasen un hermoso fin de semana lleno de la PAZ que solo el Señor puede brindarnos. Y, por supuesto, no olviden visitar la Casa del Padre. Él les espera con los brazos abiertos.

REFLEXIÓN PARA EL LUNES DE LA DUODÉCIMA SEMANA DEL T.O. (1) 22-06-15

Mt 7,1-5

En el Evangelio de hoy (Mt 7,1-5). Jesús continúa impartiendo su enseñanza a los discípulos, como una especie de secuela al sermón de la montaña que hemos venido leyendo.

En dicho sermón Jesús impuso unas exigencias de conducta que sus discípulos tenían que seguir; exigencias que están basadas en el amor. Por eso Jesús muy sabiamente nos advierte de la tentación de creernos superiores a los demás por el mero hecho de dar “cumplimiento” (“cumplo” y “miento”) a esas exigencias, incurriendo de ese modo en la misma conducta que Él tanto criticó a los fariseos.

Como siempre, Jesús no se anda con rodeos, va directo al grano: “No juzguéis y no os juzgarán; porque os van a juzgar como juzguéis vosotros, y la medida que uséis, la usarán con vosotros”.

Siempre estamos prestos a juzgar, a criticar y condenar la conducta de los demás, pero cuando se trata de nosotros mismos, consciente o inconscientemente ignoramos, minimizamos, o justificamos nuestras faltas, no importa cuán graves sean; utilizamos una vara distinta para medir nuestra conducta. ¡Nada más reñido con la Ley del Amor que está subyacente en todo el sermón de la montaña!

Una vez más encontramos a Jesús utilizando la palabra “hipócrita”, que como dijéramos en nuestra reflexión para el pasado miércoles, significa “actor”, alguien que representa algo que no es. Muchas veces nos miramos en un espejo y el reflejo que vemos es el de quien creemos ser, no de quien somos en realidad.

Jesús nos está invitando a hacer un examen de consciencia para discernir cuáles son las “vigas” que nublan el “ojo” que Dios puso en nuestros corazones (Cfr. Eclo 17,8-10) y nos impiden ver la realidad. Una vez logremos identificar y retirar ese pecado que nubla nuestro ojo, podremos ver la grandeza de su creación en nuestro prójimo, y valorar a nuestros hermanos como criaturas de Dios, con la misericordia que Él espera de nosotros. Entonces seremos acreedores a la Misericordia de Dios: “porque os van a juzgar como juzguéis vosotros, y la medida que uséis, la usarán con vosotros”.

En el Padrenuestro Jesús nos enseñó a orar al Padre diciendo: “Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden”. Es decir, que seremos juzgados con la misma medida que nosotros juzguemos a nuestros hermanos.

En la medida en que juzguemos a nuestros hermanos con una vara distinta a la que utilizamos para juzgarnos a nosotros mismos, estamos excluyéndonos de la “comunión”, y de la promesa de Vida eterna que acompaña al mandamiento del Amor.

En esta semana que comienza, pidamos al Señor que nos llene de su Misericordia, de manera que podamos convertirnos en otros “cristos” (Cfr. Gál 2,20), y así poder mirar a nuestros hermanos desde la óptica del Amor.

REFLEXIÓN PARA EL LUNES DE LA SEMANA XXXI DEL T.O (2) 03-11-14

Madre Teresa

La liturgia de hoy (Lc 14,12-14) nos presenta a Jesús todavía en la cena a la que había sido invitado en casa de un fariseo. En el pasaje inmediatamente anterior vimos cómo Jesús se expresaba en contra de aquellos que quieren ocupar los primeros puestos cuando son convidados a una boda (Lc 14,1.7-11).

En el Evangelio de hoy Jesús lleva su consejo un paso más allá. Se dirige, no ya al que es invitado, sino al que invita a la cena: “Cuando des una comida o una cena, no invites a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a los vecinos ricos; porque corresponderán invitándote, y quedarás pagado. Cuando des un banquete, invita a pobres, lisiados, cojos y ciegos; dichoso tú, porque no pueden pagarte; te pagarán cuando resuciten los justos”.

Resuenan las palabras que Jesús había pronunciado anteriormente en el Evangelio de Lucas: “Si hacen el bien a aquellos que se lo hacen a ustedes, ¿qué mérito tienen? Eso lo hacen también los pecadores” (6,32).

Y de nuevo la “opción preferencial” de Jesús por los pobres, los marginados, los enfermos, los lisiados, los anawim. Contario al sistema de jerarquías existente en la cultura judía, Jesús quiere enfatizar una vez más que el banquete del Señor, el Reino, ha de estar abierto a todos por igual, sin distinción de clase social (St 2,1-6), ni de raza (Rm 10,12; 1Cor 12,13); sin excluir, ni siquiera a los pecadores (Lc 7,36-50). Tampoco es asunto de tratar a todos por igual celebrando la misma liturgia, pero por separado para cada “grupo”, como se ve en algunos movimientos. Se trata de derribar muros que separan y dividen (Cfr. Ef 2,14), no de abrir huecos; se trata de vivir en comunión.

Jesús nos pide que en lugar de invitar a nuestros familiares, a nuestros amigos, invitemos a “pobres, lisiados, cojos y ciegos”. El hecho de que Jesús haga uso de la hipérbole, exagere, para “jamaquear” a sus interlocutores, demuestra la radicalidad de su enseñanza. Se trata de dar sin esperar nada a cambio, por pura gratuidad, por amor. “Dichoso tú, porque no pueden pagarte; te pagarán cuando resuciten los justos”. Se trata de sobreponer los prejuicios, las repugnancias, para acoger como hermanos a los que hasta ahora hemos considerado “inferiores”. Dios nos está pidiendo que amemos como Él nos ama. Y la única forma de lograrlo es viendo el rostro de Jesús en cada uno de ellos. Pero, ¡cuán difícil nos resulta a veces escuchar y poner en práctica esa Palabra! (Cfr. Mt 12,49-50).

Y como lo hace tantas veces, nos promete una recompensa “cuando resuciten los justos”, es decir, en el último día, cuando podamos vivir en toda su plenitud el amor incondicional de Dios por toda la eternidad.

En esta semana que comienza, pidamos al Señor un corazón puro y generoso que nos permita acoger a todos con los brazos abiertos, sin distinción de raza, lengua, nacionalidad, ni condición económica o social.

REFLEXIÓN PARA EL LUNES DE LA DUODÉCIMA SEMANA DEL T.O. 23-06-14

 

Mt 7,1-5

En el Evangelio de hoy (Mt 7,1-5). Jesús continúa impartiendo su enseñanza a los discípulos, como una especie de secuela al sermón de la montaña que hemos venido leyendo.

En dicho sermón Jesús impuso unas exigencias de conducta que sus discípulos tenían que seguir; exigencias que están basadas en el amor. Por eso Jesús muy sabiamente nos advierte de la tentación de creernos superiores a los demás por el mero hecho de dar “cumplimiento” (“cumplo” y “miento”) a esas exigencias, incurriendo de ese modo en la misma conducta que Él tanto criticó a los fariseos.

Como siempre, Jesús no se anda con rodeos, va directo al grano: “No juzguéis y no os juzgarán; porque os van a juzgar como juzguéis vosotros, y la medida que uséis, la usarán con vosotros”.

Siempre estamos prestos a juzgar, a criticar y condenar la conducta de los demás, pero cuando se trata de nosotros mismos, consciente o inconscientemente ignoramos, minimizamos, o justificamos nuestras faltas, no importa cuán graves sean; utilizamos una vara distinta para medir nuestra conducta. ¡Nada más reñido con la Ley del Amor que está subyacente en todo el sermón de la montaña!

Por eso en esta lectura Jesús nos invita a hacer un examen de consciencia para discernir cuáles son las “vigas” que nublan el “ojo” que Dios puso en nuestros corazones (Cfr. Eclo 17,8-10) y nos impiden admirar la grandeza de su creación, y bendecirle y alabarle. Una vez logremos identificar y retirar ese pecado que nubla nuestro ojo, podremos ver la grandeza de su creación en nuestro prójimo, y valorar a nuestros hermanos como criaturas de Dios, con la misericordia que Él espera de nosotros. Entonces seremos acreedores a la Misericordia de Dios: “porque os van a juzgar como juzguéis vosotros, y la medida que uséis, la usarán con vosotros”.

En el Padrenuestro Jesús nos enseñó a orar al Padre diciendo: “Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden”. Es decir, seremos juzgados con la misma medida que nosotros juzguemos a nuestros hermanos.

Ayer celebrábamos en Puerto Rico la solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo. La segunda lectura para esa solemnidad enfatizaba la “comunión” que existe entre los que compartimos las especies eucarísticas, al punto que “formamos un solo cuerpo, porque comemos todos del mismo pan”. Y ese cuerpo es la Iglesia, que es el cuerpo místico de Cristo. Por tanto, cuando comulgamos, no solo recibimos el cuerpo, la sangre, el alma y la divinidad de Cristo, sino que también nos recibimos unos a otros. Esa es la verdadera comunión. Solo así podemos formar “un solo cuerpo”.

En la medida en que juzguemos a nuestros hermanos con una vara distinta a la que utilizamos para juzgarnos a nosotros mismos, estamos excluyéndonos de la “comunión”, y de la promesa de Vida eterna que acompaña al mandamiento del Amor.

En esta semana que comienza, pidamos al Señor que nos llene de su Misericordia, de manera que podamos convertirnos en otros “cristos” (Cfr. Gál 2,20), y así poder mirar a nuestros hermanos desde la óptica del Amor.