REFLEXIÓN PARA EL LUNES DE LA QUINTA SEMANA DEL T.O. (2) 05-02-18

El relato evangélico que nos presenta la liturgia de hoy (Mc 6,53-56), nos muestra a Jesús y sus discípulos llegando a Genesaret, inmediatamente después del episodio en que Jesús caminó sobre las aguas. Una vez más encontramos a Jesús curando enfermos: “cuando se enteraba la gente dónde estaba Jesús, le llevaban los enfermos en camillas. En la aldea o pueblo o caserío donde llegaba, colocaban a los enfermos en la plaza y le rogaban que les dejase tocar al menos el borde de su manto; y los que lo tocaban se ponían sanos”. La fama de Jesús seguía creciendo, sobre todo después de la “primera multiplicación de los panes” (Mc 6,30-44), que había suscitado un entusiasmo desbordante.

El poder de la fe. Como hemos dicho en ocasiones anteriores, la fe es el “gatillo” que dispara el poder de Dios. Aquella gente creía, y actuaba conforme a su fe. Creían que con tan solo tocar el borde de su manto sanarían, pero no se conformaban con creer, hacían el esfuerzo hasta tocar el manto, y se obraba el milagro; como la hemorroísa (Mc 5,25-34), quien se arrastró hasta tocar el manto de Jesús. Aquella mujer, por padecer flujos de sangre era considerada “impura” y no podía tocar a ningún hombre, so pena de ser lapidada. Pero tuvo fe, actuó conforme a esa fe, y fue curada.

Encontramos un patrón que se repite: Jesús y sus discípulos tratando de encontrar un lugar donde descansar. En esta ocasión acababan de llegar de misionar, y para llegar a Genesaret habían tenido que remar largo rato contra un viento contrario. Necesitaban el descanso. Pero la gente se los impedía. Por más que trataran de pasar desapercibidos, siempre los encontraban. Y como siempre, Jesús se compadece. No puede permanecer ajeno al dolor y enfermedad ajenos. El descanso tendrá que esperar…

Nos llamamos discípulos de Jesús. Una de las características del discípulo es que sigue al Maestro, lo imita. Este pasaje nos llama a hacer introspección. ¿Cómo reaccionamos ante el dolor las necesidades, la soledad de nuestros hermanos? (¡Cuántos de nuestros viejos mueren de soledad!) ¿Los atendemos, los acompañamos, los ayudamos, los escuchamos cuando lo necesitan, o lo hacemos cuando “podamos” o “tengamos tiempo”? ¿Anteponemos nuestra comodidad, nuestros placeres, nuestras “necesidades” por encima de la misericordia? ¡Cuántas veces, al encontrarnos ante la necesidad de un hermano nos hacemos de la vista larga o “damos un rodeo” para no enfrentarnos a la situación, como el sacerdote y el levita de la parábola del buen samaritano (Lc 10,25-37)!

No nos podemos quedar en el hecho del milagro; tenemos que ver más allá para encontrar su verdadero significado. No podemos perder de vista que los milagros de Jesús son producto de su gratuidad, de su Amor infinito, de su Misericordia…

Todas las obras de Dios son buenas, por eso debemos alabarle con el salmista: “Bendice, alma mía, al Señor, ¡Dios mío, qué grande eres!” (Sal 103).

Que pasen una hermosa semana alabando y bendiciendo al Señor, comenzando por el regalo de la vida.