REFLEXIÓN PARA EL JUEVES DE LA DÉCIMO SEXTA SEMANA DEL T.O. (2) 23-07-20

La lectura evangélica que nos ofrece la liturgia para hoy (Mt 13,10-17) continúa desmenuzando el pasaje más largo que leímos el decimoquinto domingo del tiempo ordinario, hace poco más de una semana, en el cual Jesús propone a los que le escuchan la parábola del sembrador. El pasaje de hoy sirve como paréntesis entre la parábola y la explicación de la misma que Jesús hace a sus discípulos más adelante (13,18-23).

“¿Por qué les hablas en parábolas?”, le preguntan sus discípulos. Jesús les contesta: “A vosotros se os ha concedido conocer los secretos del reino de los cielos y a ellos no. Porque al que tiene se le dará y tendrá de sobra, y al que no tiene se le quitará hasta lo que tiene. Por eso les hablo en parábolas, porque miran sin ver y escuchan sin oír ni entender”.

Anteriormente hemos dicho que el significado de las parábolas solo puede ser entendido por los que tienen una disposición favorable para con Dios, pues es algo que es concedido por pura gratuidad de parte de Dios a las personas de fe, y negado a los “autosuficientes”. Así, el que tiene fe entenderá cada día más y más de los misterios del Reino, y al que no tiene fe, “se le quitará hasta lo que tiene”.

Dios es un misterio, y la palabra “misterio” viene del griego antiguo μυστήριον (mystērion), que significa algo que no se puede comprender o explicar. Por eso ese misterio es comprendido solo por aquellos a quienes Dios se lo ha revelado y tienen la disposición de recibirlo. No es algo que dependa de la capacidad intelectual de la persona. Por el contrario, se trata de reconocer nuestra pequeñez y abrirnos a Dios con corazón humilde, sensible y dispuesto, pues Él siempre ha mostrado preferencia por los humildes y los débiles al momento de mostrarles las maravillas y los misterios del Reino (Cfr. Mt 11,25).

Jesús nos está diciendo que la verdad contenida en el Evangelio no es de orden intelectual. Es una verdad que solo se percibe cuando abrimos nuestro corazón al Amor incondicional de Dios, que es el Espíritu Santo que se derrama sobre nosotros y nos lo enseña todo (Jn 14,26).

Continúa diciendo el Señor a sus discípulos: “¡Dichosos vuestros ojos, porque ven, y vuestros oídos, porque oyen! Os aseguro que muchos profetas y justos desearon ver lo que veis vosotros y no lo vieron, y oír lo que oís y no lo oyeron”.

De ahí la importancia de invocar el Espíritu Santo para que venga en nuestro auxilio cuando leemos las Sagradas Escrituras, y nos ayude a entender las verdades de fe que Dios nos ha revelado en ellas para nuestra salvación, siempre bajo la guía del Magisterio de la Iglesia.

Cuando lees la Biblia, ¿lo haces como si fuera una novela u otra obra literaria, o como la Palabra de Dios viva?

REFLEXIÓN PARA EL MIÉRCOLES DE LA SÉPTIMA SEMANA DE PASCUA 05-06-19

Así luce en la actualidad la calle principal de la antigua ciudad de Éfeso, por donde san Pablo seguramente caminó muchas veces durante el tiempo que permaneció allí.

La liturgia pascual continúa preparándonos para la gran Solemnidad de Pentecostés con la lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles que, como hemos dicho, se conoce como el “Evangelio del Espíritu Santo”, porque nos muestra la actividad divina del Espíritu Santo en el desarrollo de la Iglesia.

Hoy leemos la segunda parte del emotivo discurso de despedida de Pablo a la comunidad de Éfeso, en donde había permanecido durante tres años (Hc 20,28-38). Es continuación de la lectura que escucháramos ayer.

En esta parte Pablo se refiere principalmente a los deberes pastorales de los presbíteros que instituyó como sus sucesores en aquella Iglesia (algunas traducciones utilizan la palabra “anciano”, que es otra traducción de griego presbytres).

Pablo comienza recordándoles el carácter sagrado de sus cargos, advirtiéndoles que tengan cuidado de sí mismos, es decir, que lleven una conducta cónsona con el cargo que ocupan y el Evangelio que predican para que sirvan de ejemplo a la comunidad. Luego les encomienda el “rebaño” que “el Espíritu Santo les ha encargado guardar, como pastores de la Iglesia de Dios”. Con eso Pablo enfatiza que no fue él quien los eligió y consagró en su cargo, sino el Espíritu Santo.

De paso les recuerda los peligros que van a enfrentar, para que estén avisados y preparados para enfrentarlos. Si los leemos encontramos que no distan mucho de los peligros que enfrenta nuestra Iglesia veinte siglos más tarde: Los externos, los “lobos feroces” que vienen de afuera a tratar de acabar con el rebaño (bástanos ver el proselitismo feroz de las sectas y otras religiones, el avance inmisericorde del secularismo y las prácticas “exóticas” de religiones y filosofías orientales, los “nuevos movimientos religiosos, etc.), así como los peligros internos: aquellos que deforman la sana doctrina de la Iglesia y crean grupos o movimientos con características de sectas dentro de la propia Iglesia, que llegan a promover creencias o conductas reñidas con las enseñanzas de la Iglesia.

Pablo los encomienda al Dios Uno y Trino: “Ahora os dejo en manos de Dios y de su palabra de gracia, que tiene poder para construiros y daros parte en la herencia de los santos”.

Hay un detalle en esta lectura que no quiero pasar por alto. Casi al final, Pablo cita a Jesús: “acordándonos de las palabras del Señor Jesús: ‘Hay más dicha en dar que en recibir’.” ¿De dónde sacó Pablo esa cita? Ciertamente no fue de los Evangelios, porque en ninguno de ellos Jesús pronuncia semejantes palabras. La recibió de la Santa Tradición. Este es uno de los pasajes que refuerzan la doctrina católica que expresa que el “depósito de la fe” está contenido en las Sagradas Escrituras y la Santa Tradición, contrario a la mayoría de otras confesiones cristianas que no aceptan nada que no esté contenido en la Biblia.

Hoy, pidamos al Señor que derrame su Santo Espíritu en abundancia sobre nuestros presbíteros, para que tengan la sabiduría y la constancia de cuidar de sí mismos, y proteger al rebaño que el mismo Espíritu les ha encomendado.