REFLEXIÓN PARA EL VIGÉSIMO SEXTO DOMINGO DEL T.O (A) 27-09-20

“Os aseguro que los publicanos y las prostitutas os llevan la delantera en el camino del Reino de Dios”.

La lectura evangélica que nos propone la liturgia para este vigesimosexto domingo del Tiempo Ordinario, (Mt 21,28-32) termina con una se esas sentencias “fuertes” de Jesús que nos estremecen: “Os aseguro que los publicanos y las prostitutas os llevan la delantera en el camino del Reino de Dios. Porque vino Juan a vosotros enseñándoos el camino de la justicia, y no le creísteis; en cambio, los publicanos y prostitutas le creyeron. Y, aun después de ver esto, vosotros no recapacitasteis ni le creísteis”. Y en el meollo de todo está la frase “le creyeron”. La fe implica, no solo “creer” en Jesús, sino e “creerle” a Jesús, creer en su Palabra salvífica. Y ese creer en Jesús se manifiesta al poner en práctica, actuar acorde a esa Palabra.

Recién este pasado martes leíamos el pasaje en que Jesús, cuando le dijeron que su madre y sus hermanos le buscaban (Lc 8,19-21) dijo: “Mi madre y mis hermanos son éstos: los que escuchan la palabra de Dios y la ponen por obra”.

En el evangelio de hoy vemos a dos hijos que escuchan las mismas palabras del padre. Uno le dice que no, pero luego recapacita y va a hacer lo que el padre le pidió. El otro se muestra “obediente” y le dice que sí, pero luego no lo hace. Con esta parábola Jesús está “retratando” a los sumos sacerdotes y ancianos, quienes daban “cumplimiento” (“cumplo” y “miento”) exterior a la Ley, ofreciendo toda clase de sacrificios y holocaustos, mientras en sus corazones se creían superiores a los demás y no practicaban la misericordia (“Porque yo quiero misericordia, no sacrificio…” – Os 6,6). ¿A cuántos de nosotros estará “retratando” Jesús?

Jesús nos está repitiendo lo que ya los profetas habían anunciado (Cfr. Mt 5,17). En la primera lectura (Ez 18,25-28) el profeta Ezequiel, quien profetiza en el ambiente del exilio en Babilonia, le hace ver al pueblo que la destrucción de Jerusalén y del Templo, y el exilio, no era un “castigo” de Dios, sino que era la consecuencia de sus propios actos al darle la espalda a Dios, apartándose de la Alianza.

No obstante, el mismo profeta suscita la esperanza de una restauración del pueblo de Israel y de la ciudad santa de Jerusalén (“Desde entonces la ciudad se llamará ‘El Señor está allí” – 48,35), todo por pura gratuidad del Señor, por su infinita misericordia.

Por eso en este pasaje Yahvé dice a su pueblo (y a nosotros): “cuando el malvado se convierte de la maldad que hizo y practica el derecho y la justicia, él mismo salva su vida. Si recapacita y se convierte de los delitos cometidos, ciertamente vivirá y no morirá”. Así es la Misericordia Divina.

De todos los atributos de Dios el que más sobresale es la Misericordia, producto de su Amor incondicional de Dios-Madre, que hace que nunca nos rechace cuando nos acercamos a Él con el corazón contrito y humillado (Sal 50,19), no importa cuán grande sea nuestro pecado. Y ese día habrá fiesta en la Casa del Padre (Lc 15,22-24).

Todavía estás a tiempo. Recuerda, no importa tu pecado, Él te recibirá con el abrazo más tierno que hayas experimentado.

REFLEXIÓN PARA EL MIÉRCOLES DE LA NOVENA SEMANA DEL T.O. (2) 03-06-20

“Estáis equivocados, porque no entendéis la Escritura ni el poder de Dios”.

“No es Dios de muertos, sino de vivos”. Con esta aseveración Jesús remata su contestación a otra pregunta capciosa que los saduceos le habían planteado en la lectura evangélica que contemplamos hoy (Mc 12,18-27).  En días recientes hemos estado leyendo esta especie de recopilación que Marcos hace de las polémicas de Jesús con sus opositores, los “intelectuales” de la época (escribas, ancianos, fariseos, herodianos, saduceos), todos conocedores de la Ley y las Escrituras. Las preguntas que le plantean son hipócritas, formuladas no con el deseo de saber la respuesta, sino para ver si Jesús “resbala” o contradice la Escritura, y así hacerle lucir mal.

Pero en este, como en los otros episodios similares encontramos a un Jesús conocedor de las Escrituras y maestro del arte de debate, que sabe utilizar las mismas escrituras para rebatir los argumentos de sus detractores.

El mismo pasaje nos dice que los saduceos no creían en la resurrección. Aun así, le formulan la pregunta: “Maestro, Moisés nos dejó escrito: ‘Si a uno se le muere su hermano, dejando mujer, pero no hijos, cásese con la viuda y dé descendencia a su hermano’. Pues bien, había siete hermanos: el primero se casó y murió sin hijos; el segundo se casó con la viuda y murió también sin hijos; lo mismo el tercero; y ninguno de los siete dejó hijos. Por último murió la mujer. Cuando llegue la resurrección y vuelvan a la vida, ¿de cuál de ellos será mujer? Porque los siete han estado casados con ella”.

Jesús, conocedor de la Escritura y de las doctrinas de las diversas sectas religiosas de la época, sabía que los saduceos no reconocían la totalidad de la Biblia Judía, sino solo el Pentateuco (los primeros cinco libros del Antiguo Testamento). Por eso, luego de decirles que están equivocados, que la resurrección no conlleva una reanimación de nuestro cuerpo mortal con todas sus apetencias, sino que seremos “como ángeles del cielo”, les cita el pasaje del Pentateuco (Ex 3,6).

Jesús nos dice que una vez resucitados a la vida eterna, nuestra única preocupación al igual que los ángeles, será servir, alabar, y “contemplar continuamente el rostro del Padre” (Cfr. Mt 18,10); la “visión beatífica”, que según la doctrina católica es privilegio de los ángeles y de los justos (los fallecidos en gracia de Dios).

Jesús aclara este concepto también para beneficio de los fariseos quienes, a pesar de que creían en la resurrección, tenían un concepto más físico del fenómeno. Él deja claro que en la “otra vida” ya las personas no se casarán ni tendrán hijos, pues no habrá necesidad de descendencia, porque “ya no habrá muerte” (Cfr. Ap 21,4), y estaremos disfrutando de la vida que no acaba.

Por eso, el mensaje central de este pasaje evangélico es este: que Dios “no es Dios de muertos, sino de vivos”.

“Señor, tú eres el Dios vivo y el Dios de la alianza de la vida y del amor leal. Guárdanos en tu amor y guarda la promesa de vida que nos has dado por medio de tu Hijo Jesucristo” (Oración colecta).

REFLEXIÓN PARA EL MARTES DE LA NOVENA SEMANA DEL T.O. (2) 02-06-20

“Lo que es del César pagádselo al César, y lo que es de Dios a Dios”. Con esta frase lapidaria culmina la lectura evangélica que nos propone la liturgia para hoy (Mc 12,13-17). Esta es una de esas frases bíblicas que compiten por el premio a la más citada.

Jesús acababa de desenmascarar a sus opositores con la parábola de “los labradores asesinos” que leímos ayer (Mc 12,1-12). Los sumos sacerdotes, los escribas y los ancianos, “viendo que la parábola iba por ellos”, se habían escabullido avergonzados. Pero, como sucede siempre con las fuerzas del mal, estos no cejan en su empeño. Le enviaron unos fariseos y herodianos para tratar de “entramparlo” y ver si fallaba para poder acusarlo.

Luego de adularlo (“Maestro, sabemos que eres sincero y que no te importa de nadie; porque no te fijas en lo que la gente sea, sino que enseñas el camino de Dios sinceramente”), como preparando el camino para luego propinarle la zancadilla, le formulan la pregunta: “¿Es lícito pagar impuesto al César o no? ¿Pagamos o no pagamos?” Una pregunta cargada, como todas las que siempre le formulan. Si contesta que sí, se echa en contra al pueblo que resiente la opresión política de parte del Impero Romano. Si contesta que no, se echa en contra a las autoridades romanas o, al menos a las autoridades de Herodes, quien actuaba como “monigote” del Imperio, y podían acusarlo de revolucionario, sedicioso, que fue lo que eventualmente lograron (por ese cargo le fabricaron un caso y lo condenaron a muerte).

Jesús, maestro en el arte del debate, luego de desenmascararlos (“¿Por qué intentáis cogerme?”), utilizando su estilo habitual, pide que le traigan una moneda y les contesta con otra pregunta: “¿De quién es esta cara y esta inscripción?” Le contestaron: “Del César”. Es ahí cuando Jesús replica con su frase lapidaria.

Jesús nos está dando una lección de civismo; Él reconoce la necesidad de una autoridad civil, necesaria para que haya orden social, y nos pide que cumplamos con nuestros deberes ciudadanos (en Mt 17,27 Jesús manda a Pedro ir a pescar un pez, y le dice que pague el impuesto con la moneda que encontrase en la boca del primer pez). Pero aprovecha para recordarnos que no debemos mezclar ambos dominios. “Lo que es de Dios a Dios”.

La moneda que le muestran tiene una imagen humana, la del César. Por eso el César recibe lo que le es lo propio. Pero aun el emperador es imagen y semejanza de Dios, y su autoridad temporal proviene de Dios, o es permitida por Dios (Cfr. Jn 19,11). Dios tiene su propia esfera también, y esa esfera es prioritaria.

Si bien no debemos mezclar ambos dominios, tampoco debemos contraponerlos. No debemos identificar la religión con los intereses políticos (eso no quiere decir que los cristianos no debamos incursionar en la política), como tampoco inmiscuir los intereses políticos en la religión. El resultado es siempre desastroso. Crea una polarización en el pueblo en la que quien único pierde es la religión, pues a los políticos poco les importa, siempre que logren sus objetivos.

“Lo que es del César pagádselo al César, y lo que es de Dios a Dios”.

REFLEXIÓN PARA EL LUNES DE LA NOVENA SEMANA DEL T.O (2) 01-06-20

“Un hombre plantó una viña”…

Hoy retomamos el tiempo durante el año, o tiempo ordinario, y la liturgia nos presenta la “parábola de los labradores asesinos” (Mc 12,1-12). En esta parte del Evangelio según san Marcos estamos leyendo los últimos días de Jesús en Jerusalén. Él sabe que su muerte está cerca; sabe que el complot para asesinarle está culminando; y dedica esta parábola a sus enemigos para dejarles saber que conoce sus planes. Y ellos, que no tienen la conciencia limpia, se dan por aludidos: “veían que la parábola iba por ellos”…

Jesús se encuentra rodeado de esa multitud anónima que lo seguía a todas partes, compuesta por gente del pueblo y, entremezclada entre ellos, miembros o enviados del Sanedrín, que estaban esperando el momento oportuno para arrestarle. Por eso la lectura comienza identificando a los destinatarios de la parábola: los sumos sacerdotes, los escribas y los ancianos.

Jesús aprovecha el conocimiento de las Escrituras por parte de ese grupo y utiliza figuras y alegorías del Antiguo Testamento para desarrollar su parábola. “Un hombre plantó una viña”. En el lenguaje bíblico la “viña” representa el pueblo de Israel. Luego describe los cuidados que el hombre tiene con esa viña: la cerca, el lagar, la casa del guarda… Los cuidados de Dios para con su pueblo. Es el buen viñador que se esmera y cuida de su viña para que de buenos frutos. La alegoría de la viña está tomada de Is 5,1-7. También la encontramos en Jr 2,21 y Ez 17,6; 10,10.

El hombre (Dios) encomienda su viña (pueblo) a unos labradores, que representan a las autoridades. La parábola nos narra cómo el viñador envió uno tras otro criado para percibir su participación del fruto de la viña, y uno tras otro fueron rechazados con un patrón de violencia que seguía escalando, incluyendo insultos, palizas y asesinatos. No tenemos más que examinar la suerte de los profetas y otros enviados de Dios a lo largo de la historia del pueblo de Israel para ver “retratada” la suerte de los enviados del Dueño de la viña a pedir cuentas a los “labradores”.

Pero Dios, que es todo amor, no responde a la violencia con violencia. En un acto de amor infinito, decide enviar a su “hijo amado”. Aquí Jesús alude a las palabras del Padre durante su Bautismo (Mt 3,17), y en la Transfiguración (Mt 17,5b). No hay duda, se refiere a Él mismo. Jesús está anunciando su final: “Pero los labradores se dijeron: ‘Éste es el heredero. Venga, lo matamos, y será nuestra la herencia’. Y, agarrándolo, lo mataron y lo arrojaron fuera de la viña”. Las autoridades judías, al igual que los labradores, aprovecharon el acto de generosidad de Dios al enviarle su único Hijo para asesinarlo y “adueñarse” del pueblo elegido de Dios.

“¿Qué hará el dueño de la viña?” Jesús les advierte lo que ocurrirá con el pueblo de Israel. “Acabará con los labradores y arrendará la viña a otros”. Alude entonces al Salmo 117: “La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular”. Los dirigentes judíos rechazaron y asesinaron al Hijo, rechazaron la “piedra angular”, y llevaron al pueblo a su destrucción como nación. Así, Jesús, el Hijo, se convirtió en “piedra angular” de los pueblos paganos, y nosotros somos sus herederos: “…arrendará la viña a otros”.

Que pasen una hermosa semana llena de bendiciones.

REFLEXIÓN PARA EL MIÉRCOLES DE LA SÉPTIMA SEMANA DE PASCUA 27-05-20

Calle principal de la ciudad de Éfeso, por donde san Pablo seguramente caminó muchas veces durante los tres años que permaneció allí.

La liturgia pascual continúa preparándonos para la gran Solemnidad de Pentecostés con la lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles que, como hemos dicho, se conoce como el “Evangelio del Espíritu Santo”, porque nos muestra la actividad divina del Espíritu Santo en el desarrollo de la Iglesia.

Hoy leemos la segunda parte del emotivo discurso de despedida de Pablo a la comunidad de Éfeso, en donde había permanecido durante tres años (Hc 20,28-38). Es continuación de la lectura que escucháramos ayer.

En esta parte Pablo se refiere principalmente a los deberes pastorales de los presbíteros que instituyó como sus sucesores en aquella Iglesia (algunas traducciones utilizan la palabra “anciano”, que es otra traducción de griego presbytres).

Pablo comienza recordándoles el carácter sagrado de sus cargos, advirtiéndoles que tengan cuidado de sí mismos, es decir, que lleven una conducta cónsona con el cargo que ocupan y el Evangelio que predican para que sirvan de ejemplo a la comunidad. Luego les encomienda el “rebaño” que “el Espíritu Santo les ha encargado guardar, como pastores de la Iglesia de Dios”. Con eso Pablo enfatiza que no fue él quien los eligió y consagró en su cargo, sino el Espíritu Santo.

De paso les recuerda los peligros que van a enfrentar, para que estén avisados y preparados para enfrentarlos. Si los leemos encontramos que no distan mucho de los peligros que enfrenta nuestra Iglesia veinte siglos más tarde: Los externos, los “lobos feroces” que vienen de afuera a tratar de acabar con el rebaño (bástanos ver el proselitismo feroz de las sectas y otras religiones, el avance inmisericorde del secularismo y las prácticas “exóticas” de religiones y filosofías orientales, los “nuevos movimientos religiosos, etc.), así como los peligros internos: aquellos que deforman la sana doctrina de la Iglesia y crean grupos o movimientos con características de sectas dentro de la propia Iglesia, que llegan a promover creencias o conductas reñidas con las enseñanzas de la Iglesia.

Pablo los encomienda al Dios Uno y Trino: “Ahora os dejo en manos de Dios y de su palabra de gracia, que tiene poder para construiros y daros parte en la herencia de los santos”.

Hay un detalle en esta lectura que no quiero pasar por alto. Casi al final, Pablo cita a Jesús: “acordándonos de las palabras del Señor Jesús: ‘Hay más dicha en dar que en recibir’.” ¿De dónde sacó Pablo esa cita? Ciertamente no fue de los Evangelios, porque en ninguno de ellos Jesús pronuncia semejantes palabras. La recibió de la Santa Tradición. Este es uno de los pasajes que refuerzan la doctrina católica que expresa que el “depósito de la fe” está contenido en las Sagradas Escrituras y la Santa Tradición, contrario a la mayoría de otras confesiones cristianas que no aceptan nada que no esté contenido en la Biblia.

Hoy, pidamos al Señor que derrame su Santo Espíritu en abundancia sobre nuestros presbíteros, para que tengan la sabiduría y la constancia de cuidar de sí mismos, y proteger al rebaño que el mismo Espíritu les ha encomendado.

REFLEXIÓN PARA EL LUNES DE LA TERCERA SEMANA DEL T.O. (2) 27-01-20

La primera lectura de hoy (2 Sam 5,1-7.10) continúa narrándonos la historia de David, y nos presenta el pacto que hicieron con él los ancianos de Israel, ungiéndolo como su rey: “Todos los ancianos de Israel fueron a Hebrón a ver al rey, y el rey David hizo con ellos un pacto en Hebrón, en presencia del Señor, y ellos ungieron a David como rey de Israel”.

El pasaje nos narra, además, cómo David logró unificar todas las tribus de Israel, convirtiéndose en el primero en gobernar efectivamente sobre ambos reinos, el del Norte (Israel) y el del Sur (Judá), que hasta entonces habían estado divididos: “en Jerusalén reinó treinta y tres años sobre Israel y Judá”. David fue quien conquistó la ciudad de Jerusalén y el monte Sión, en donde aún permanecen sus restos. “Mi fidelidad y misericordia lo acompañarán, por mi nombre crecerá su poder: extenderé su izquierda hasta el mar, y su derecha hasta el Gran Río” (Sal 88).

“Un reino en guerra civil no puede subsistir; una familia dividida no puede subsistir”. Esas palabras las pronuncia Jesús en la perícopa que nos narra el Evangelio de hoy (Mc 3,22-30), cuando los escribas le acusan de expulsar demonios “con el poder del jefe de los demonios”.

Jesús contrapone la figura del reino dividido de Satanás (“Si Satanás se rebela contra sí mismo, para hacerse la guerra, no puede subsistir, está perdido”) con la figura del Reino que Él ha venido a instaurar en donde la constante es el perdón, la dulzura (“Creedme, todo se les podrá perdonar a los hombres: los pecados y cualquier blasfemia que digan”). Es entonces que Jesús pronuncia esa frase que resulta controversial para muchos: “pero el que blasfeme contra el Espíritu Santo no tendrá perdón jamás, cargará con su pecado para siempre”. Esta frase, tan fuerte, se recoge en los tres evangelios sinópticos (Mt 12,32; Mc 3,29; Lc 12,10)

¿No acaba de decir que “todo se les podrá perdonar a los hombres: los pecados y cualquier blasfemia que digan”? ¿A qué se refiere con “blasfemia contra el Espíritu Santo”? El Catecismo de la Iglesia Católica (1864) nos dice que: “quien se niega deliberadamente a acoger la misericordia de Dios mediante el arrepentimiento rechaza el perdón de sus pecados y la salvación ofrecida por el Espíritu Santo. Semejante endurecimiento puede conducir a la condenación final y a la perdición eterna”. Es obvio, Dios no puede perdonar a quien no acepta su perdón. El Espíritu Santo es quien nos permite reconocer nuestros pecados, hacer acto de contrición y pedir el perdón de estos, y es por Su poder que esos pecados son perdonados (Cfr. Jn 20,22-23).

Los fariseos del pasaje que contemplamos hoy blasfemaban contra el Espíritu Santo al atribuir al poder de Satanás los milagros y portentos que Jesús suscitaba en virtud de su propia divinidad y por la operación del Espíritu Santo, cuyo poder se negaban a reconocer. Esa actitud obstinada e impenitente les impedía recibir el perdón de sus pecados, con lo que compraban su condenación.

Señor, ayúdanos a ser dóciles a la voz de tu Santo Espíritu para que podamos reconocer nuestros pecados, conscientes de que, mediante Su poder, acudiendo al sacramento de la reconciliación, podemos recibir el perdón de los mismos.

REFLEXIÓN PARA EL SÁBADO DE LA TRIGÉSIMO TERCERA SEMANA DEL T.O. (1) 23-11-19


“Ya no pueden morir, son como ángeles; son hijos de Dios, porque participan en la resurrección”.

“No es Dios de muertos, sino de vivos; porque para él todos están vivos”. Con esta aseveración Jesús remata su contestación a otra pregunta capciosa que los saduceos que le habían planteado en la lectura evangélica que contemplamos hoy (Lc 20,27-40). Este es uno de esos pasajes del Evangelio que nos narran los tres sinópticos (Ver: Mt 22,23-33; Mc 12,18-27) con un paralelismo asombroso. Lo podemos enmarcar en el contexto de las polémicas de Jesús con sus opositores, los “intelectuales” de la época (escribas, ancianos, fariseos, herodianos, saduceos), todos conocedores de la Ley y las Escrituras. Las preguntas que estos le plantean son hipócritas, formuladas no con el deseo de saber la respuesta, sino para ver si Jesús “resbala” o contradice la Escritura, y así acusarlo o, al menos hacerle lucir mal.

Pero en este, como en los otros episodios similares encontramos a un Jesús conocedor de las Escrituras y maestro del arte de debate, que sabe utilizar las mismas escrituras para rebatir los argumentos de sus detractores.

El mismo pasaje nos dice que los saduceos no creían en la resurrección. Aun así, le formulan la pregunta: “Si a uno se le muere su hermano, dejando mujer, pero sin hijos, cásese con la viuda y dé descendencia a su hermano. Pues bien, había siete hermanos: el primero se casó y murió sin hijos. Y el segundo y el tercero se casaron con ella, y así los siete murieron sin dejar hijos. Por último murió la mujer. Cuando llegue la resurrección, ¿de cuál de ellos será la mujer? Porque los siete han estado casados con ella”.

Jesús, conocedor de la Escritura y de las doctrinas de las diversas sectas religiosas de la época, sabía que los saduceos no reconocían la totalidad de la Biblia Judía, sino solo el Pentateuco (los primeros cinco libros del Antiguo Testamento). Por eso, además de decirles que están equivocados, que la resurrección no conlleva una reanimación de nuestro cuerpo mortal con todas sus apetencias, sino que seremos “como ángeles del cielo”, hace referencia al pasaje del Pentateuco (Ex 3,6) que citamos al principio.

Jesús aclara este concepto también para beneficio de los fariseos quienes, a pesar de que creían en la resurrección, tenían un concepto más físico del fenómeno. Él deja claro que en la “la vida futura” ya las personas no se casarán ni tendrán hijos, pues no habrá necesidad de descendencia, porque “ya no pueden morir” (Cfr. Ap 21,4), y estaremos disfrutando de la vida que no acaba.

El mensaje central de este pasaje evangélico es este: que Dios “no es Dios de muertos, sino de vivos”. Por eso los cristianos no le tememos a la muerte, pues sabemos que esta no es más que el paso a la vida eterna, donde disfrutaremos de la presencia de Dios por toda la eternidad.

Estamos a escasos días del comienzo del Adviento; tiempo que nos prepara para ese gran misterio de amor de un Dios que se hace niño, un Dios que se humana, para con su muerte y resurrección mostrársenos como un Dios que está vivo, que es vida, y que nos da la vida, porque Él “no es Dios de muertos, sino de vivos; porque para él todos están vivos”.

Que pasen un hermoso fin de semana y no olviden visitar Su casa. Él está vivo y nos espera…

REFLEXIÓN PARA EL MIÉRCOLES DE LA SÉPTIMA SEMANA DE PASCUA 05-06-19

Así luce en la actualidad la calle principal de la antigua ciudad de Éfeso, por donde san Pablo seguramente caminó muchas veces durante el tiempo que permaneció allí.

La liturgia pascual continúa preparándonos para la gran Solemnidad de Pentecostés con la lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles que, como hemos dicho, se conoce como el “Evangelio del Espíritu Santo”, porque nos muestra la actividad divina del Espíritu Santo en el desarrollo de la Iglesia.

Hoy leemos la segunda parte del emotivo discurso de despedida de Pablo a la comunidad de Éfeso, en donde había permanecido durante tres años (Hc 20,28-38). Es continuación de la lectura que escucháramos ayer.

En esta parte Pablo se refiere principalmente a los deberes pastorales de los presbíteros que instituyó como sus sucesores en aquella Iglesia (algunas traducciones utilizan la palabra “anciano”, que es otra traducción de griego presbytres).

Pablo comienza recordándoles el carácter sagrado de sus cargos, advirtiéndoles que tengan cuidado de sí mismos, es decir, que lleven una conducta cónsona con el cargo que ocupan y el Evangelio que predican para que sirvan de ejemplo a la comunidad. Luego les encomienda el “rebaño” que “el Espíritu Santo les ha encargado guardar, como pastores de la Iglesia de Dios”. Con eso Pablo enfatiza que no fue él quien los eligió y consagró en su cargo, sino el Espíritu Santo.

De paso les recuerda los peligros que van a enfrentar, para que estén avisados y preparados para enfrentarlos. Si los leemos encontramos que no distan mucho de los peligros que enfrenta nuestra Iglesia veinte siglos más tarde: Los externos, los “lobos feroces” que vienen de afuera a tratar de acabar con el rebaño (bástanos ver el proselitismo feroz de las sectas y otras religiones, el avance inmisericorde del secularismo y las prácticas “exóticas” de religiones y filosofías orientales, los “nuevos movimientos religiosos, etc.), así como los peligros internos: aquellos que deforman la sana doctrina de la Iglesia y crean grupos o movimientos con características de sectas dentro de la propia Iglesia, que llegan a promover creencias o conductas reñidas con las enseñanzas de la Iglesia.

Pablo los encomienda al Dios Uno y Trino: “Ahora os dejo en manos de Dios y de su palabra de gracia, que tiene poder para construiros y daros parte en la herencia de los santos”.

Hay un detalle en esta lectura que no quiero pasar por alto. Casi al final, Pablo cita a Jesús: “acordándonos de las palabras del Señor Jesús: ‘Hay más dicha en dar que en recibir’.” ¿De dónde sacó Pablo esa cita? Ciertamente no fue de los Evangelios, porque en ninguno de ellos Jesús pronuncia semejantes palabras. La recibió de la Santa Tradición. Este es uno de los pasajes que refuerzan la doctrina católica que expresa que el “depósito de la fe” está contenido en las Sagradas Escrituras y la Santa Tradición, contrario a la mayoría de otras confesiones cristianas que no aceptan nada que no esté contenido en la Biblia.

Hoy, pidamos al Señor que derrame su Santo Espíritu en abundancia sobre nuestros presbíteros, para que tengan la sabiduría y la constancia de cuidar de sí mismos, y proteger al rebaño que el mismo Espíritu les ha encomendado.

REFLEXIÓN PARA EL MARTES DE LA TRIGÉSIMO SEGUNDA SEMANA DEL T.O. (2) 13-11-18

En el Evangelio de ayer (Lc 17,1-6) Jesús nos exhortaba a no “escandalizar” con nuestra conducta, a vivir una vida acorde a sus enseñanzas. Ayer también en la primera lectura (Ti 1,1-9), Pablo instruía a Tito, a quien había dejado a cargo de terminar de organizar la comunidad de Creta, sobre las características que debían adornar a los presbíteros y obispos, insistiendo que debían ser personas “intachables”, que sirvieran de ejemplo a la comunidad.

En la primera lectura de hoy (Ti 2,1-7a.11-14), secuela de la de ayer, Pablo aconseja a Tito sobre lo que debe, a su vez, aconsejar a todos los feligreses de su comunidad; tanto a los ancianos y ancianas, como a los jóvenes.

“Di a los ancianos que sean sobrios, serios y prudentes; que estén robustos en la fe, en el amor y en la paciencia. A las ancianas, lo mismo: que sean decentes en el porte, que no sean chismosas ni se envicien con el vino, sino maestras en lo bueno, de modo que inspiren buenas ideas a las jóvenes, enseñándoles a amar a los maridos y a sus hijos, a ser moderadas y púdicas, a cuidar de la casa, a ser bondadosas y sumisas a los maridos, para que no se desacredite la palabra de Dios. A los jóvenes, exhórtalos también a ser prudentes, presentándote en todo como un modelo de buena conducta”. Pablo exhorta a Tito a practicar lo que predica, pidiéndole que se presente él mismo como modelo, “para que la parte contraria se abochorne, no pudiendo criticarnos en nada”.

Estos consejos de Pablo podrían, a primera vista, parecer una lección de urbanismo, de prácticas para la buena convivencia social. Pero si continuamos leyendo vemos que Pablo va más allá; sus consejos van dirigidos a prepararnos para algo más importante: “Porque ha aparecido la gracia de Dios, que trae la salvación para todos los hombres, enseñándonos a renunciar a la impiedad y a los deseos mundanos, y a llevar ya desde ahora una vida sobria, honrada y religiosa, aguardando la dicha que esperamos: la aparición gloriosa del gran Dios y Salvador nuestro, Jesucristo”.

La conducta sobria y prudente a que nos exhorta Pablo no es otra cosa que el seguimiento de Cristo, quien supo renunciar a los deseos mundanos, incluyendo la fama, el poder y la gloria, en aras del verdadero valor: el Reino. Ese Reino que “ya” está aquí, pero que “todavía” aguarda “la dicha que esperamos”, la segunda venida de Cristo que ha de marcar el final de los tiempos, para su culminación.

Está claro también que Pablo está consciente que solos no podemos llevar esa conducta intachable que nos exige el seguimiento de Cristo, que necesitamos de “la gracia de Dios” para “enseñarnos” a hacerlo. Por eso tenemos que invocar el Espíritu Santo para que esa “gracia de Dios” se derrame sobre nosotros y nos permita, por nuestra conducta, ser contados entre los enumerados en el “libro de la vida” (Cfr. Fil 4,3; Ap 3,5; 13,8; 20,12; 21,27).

REFLEXIÓN PARA EL LUNES DE LA NOVENA SEMANA DEL T.O. (1) 05-06-17

Hoy retomamos el tiempo ordinario de la Liturgia, luego de los tiempos intensos de Cuaresma, Semana Santa, Pascua y Pentecostés.

Y para este día la liturgia nos ofrece la “parábola de los labradores asesinos” (Mc 12,1-12). En esta parte del Evangelio según san Marcos estamos leyendo los últimos días de Jesús en Jerusalén. Él sabe que su muerte está cerca; sabe que el complot para asesinarle está culminando; y dedica esta parábola a sus enemigos para dejarles saber que conoce sus planes. Y ellos, que no tienen la conciencia limpia, se dan por aludidos: “veían que la parábola iba por ellos”…

Jesús se encuentra rodeado de esa multitud anónima que lo seguía a todas partes, compuesta por gente del pueblo y, entremezclada entre ellos, miembros o enviados del Sanedrín, que estaban esperando el momento oportuno para arrestarlo. Por eso la lectura comienza identificando a los destinatarios de la parábola: los sumos sacerdotes, los escribas y los ancianos.

Jesús aprovecha el conocimiento de las Escrituras por parte de ese grupo y utiliza figuras y alegorías del Antiguo Testamento para desarrollar su parábola. “Un hombre plantó una viña”. En el lenguaje bíblico la “viña” representa el pueblo de Israel. Luego describe los cuidados que el hombre tiene con esa viña: la cerca, el lagar, la casa del guarda… Los cuidados de Dios para con su pueblo. Es el buen viñador que se esmera y cuida de su viña para que de buenos frutos. La alegoría de la viña está tomada de Is 5,1-7. También la encontramos en Jr 2,21 y Ez 17,6; 10,10.

El hombre (Dios) encomienda su viña (pueblo) a unos labradores, que representan a las autoridades. La parábola nos narra cómo el viñador envió uno tras otro criado para percibir su participación del fruto de la viña, y uno tras otro fueron rechazados con un patrón de violencia que seguía escalando, incluyendo insultos, palizas y asesinatos. No tenemos más que examinar la suerte de los profetas y otros enviados de Dios a lo largo de la historia del pueblo de Israel para ver “retratada” la suerte de los enviados del Dueño de la viña a pedir cuentas a los “labradores”.

Pero Dios, que es todo amor, no responde a la violencia con violencia. En un acto de amor infinito, decide enviar a su “hijo amado”. Aquí Jesús alude a las palabras del Padre durante su Bautismo (Mt 3,17), y en la Transfiguración (Mt 17,5b). No hay duda, se refiere a Él mismo. Jesús está anunciando su final: “Pero los labradores se dijeron: ‘Éste es el heredero. Venga, lo matamos, y será nuestra la herencia’. Y, agarrándolo, lo mataron y lo arrojaron fuera de la viña”. Las autoridades judías, al igual que los labradores, aprovecharon el acto de generosidad de Dios al enviarle su único Hijo para asesinarlo y “adueñarse” del pueblo elegido de Dios.

“¿Qué hará el dueño de la viña?” Jesús les advierte lo que ocurrirá con el pueblo de Israel. “Acabará con los labradores y arrendará la viña a otros”. Alude entonces al Salmo 117: “La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular”. Los dirigentes judíos rechazaron y asesinaron al Hijo, rechazaron la “piedra angular”, y llevaron al pueblo a su destrucción como nación. Así, Jesús, el Hijo, se convirtió en “piedra angular” de los pueblos paganos, y nosotros somos sus herederos: “…arrendará la viña a otros”.

Que pasen una hermosa semana llena de bendiciones bajo el manto protector de Nuestra Señora María, la sobreabundante de las gracias del Espíritu.