REFLEXIÓN PARA EL MARTES DE LA VIGÉSIMO SEGUNDA SEMANA DEL T.O. (2) 04-09-18

“¿Quién conoce lo íntimo del hombre, sino el espíritu del hombre, que está dentro de él? Pues, lo mismo, lo íntimo de Dios lo conoce sólo el Espíritu de Dios”. La primera lectura de hoy (1 Cor 2,10b-16), continúa el pensamiento de la primera lectura de ayer, y nos recuerda que para poder explicar a otros las verdades espirituales, “no las exponemos en el lenguaje que enseña el saber humano, sino en el que enseña el Espíritu, expresando realidades espirituales en términos espirituales”.

El relato evangélico, por su parte (Lc 4,31-37), nos narra el primer milagro de la “vida pública” de Jesús recogida en los evangelios sinópticos. Jesús acababa de pronunciar su “discurso programático” en la sinagoga de Nazaret (Lc 4,18-21). De ahí bajó a Cafarnaún, ciudad que se convirtió en el “centro de operaciones” de su actividad misionera. Nos dice el Evangelio que allí Jesús enseñaba en la sinagoga los sábados. Estando en la sinagoga, se suscitó el episodio del hombre endemoniado que nos narra la lectura de hoy, y la expulsión del demonio que le poseía.

Se trata de uno de los llamados “exorcismos” realizados por Jesús. Aunque los exégetas están de acuerdo que muchas de esas “posesiones” son en realidad enfermedades como epilepsia o desórdenes mentales, lo cierto es que, no importa cómo las cataloguemos, Jesús demuestra su poder sobre ellas. Poder que se manifiesta a través de su Palabra.

Actualizando ese pasaje a nuestra realidad, si nos examinamos a conciencia, podemos identificar aquellos “demonios” que nos impiden llegar a Jesús y nos mantienen alejados de Él y de su mensaje liberador. Esos demonios que cuando Jesús se nos acerca le gritan: “¿Qué quieres de nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has venido a acabar con nosotros?”

Si abrimos nuestro corazón al Amor de Jesús, y nuestros oídos a su Palabra, esta dirá a nuestros demonios: “¡Cierra la boca y sal!”. Entonces quedaremos liberados de esos demonios que nos mantenían encadenados, y que no pueden resistirse ante el poder esa Palabra que hacía decir a los que veían a Jesús: “¿Qué tiene su palabra? Da órdenes con autoridad y poder a los espíritus inmundos, y salen.” De ese modo podremos predicar la Palabra de Dios, “no en el lenguaje que enseña el saber humano, sino en el que enseña el Espíritu, expresando realidades espirituales en términos espirituales”, tal como nos dice san Pablo en la primera lectura de hoy.

Es la victoria del Amor infinito de Jesús que vence nuestras debilidades, nuestras impurezas, nuestros egoísmos, nuestros “demonios”. Hoy es un buen día para hacer examen de conciencia y preguntarnos: ¿cuáles son mis “demonios”, esos que me impiden abrir mi corazón para recibir el torrente de Amor que Dios derrama sobre mí en el Espíritu Santo?

En este día pidamos a Jesús que con el poder infinito de su Palabra nos libere de todos aquellos demonios que nos mantienen encadenados y apartados de Él, para que podamos disfrutar de la verdadera libertad que representa el participar junto a Él de la filiación divina.

REFLEXIÓN PARA EL LUNES DE LA SÉPTIMA SEMANA DEL T.O. (2) 21-05-18

Hoy retomamos el tiempo ordinario de la Liturgia, luego del gozo en el Espíritu de la Solemnidad de Pentecostés que celebráramos ayer y que culminó la cincuentena Pascual.

Y la lectura evangélica que contemplamos este día (Mc 9,14-29) nos narra el pasaje de la “curación del endemoniado epiléptico”, llamado así porque a pesar de que en el pasaje se habla de que el joven estaba poseído por un espíritu inmundo, la descripción de los efectos de la “posesión” apunta a un episodio de epilepsia. Recordemos que en aquél tiempo, toda condición similar que no tuviera explicación se la atribuían a los espíritus inmundos o demonios. De todos modos, epilepsia o posesión, el hecho es que Jesús curó al joven.

Jesús llega y se encuentra con el padre del joven, quien le explica que sus discípulos no han sido capaces de echar el espíritu. Jesús se molesta e increpa una vez más a sus discípulos: “¡Gente sin fe! ¿Hasta cuándo estaré con vosotros? ¿Hasta cuándo os tendré que soportar? Traédmelo”. Le llevaron al joven, y tan pronto el espíritu “vio a Jesús, retorció al niño; cayó por tierra y se revolcaba, echando espumarajos”. En ese momento el padre se desesperó (trato de imaginar la angustia del padre) y le suplicó a Jesús que lo ayudase: “Si algo puedes, ten lástima de nosotros y ayúdanos”. A lo que Jesús replicó: “¿Si puedo? Todo es posible al que tiene fe”.

Luego de un intercambio entre Jesús y el padre, en el que el último le confiesa su fe débil (“Tengo fe, pero dudo; ayúdame”), Jesús increpó al espíritu inmundo y éste salió del joven. Imagino la vergüenza de los discípulos ante su fracaso estrepitoso enfrente de los presentes. A la primera oportunidad que tuvieron a solas con Jesús le preguntaron: “¿Por qué no pudimos echarlo nosotros?”. La contestación de Jesús fue tajante: “Esta especie sólo puede salir con oración”.

Jesús confió su “secreto” a los discípulos. Jesús era una persona de oración constante, vivió toda su vida terrena en un ambiente de oración. Los relatos evangélicos lo muestran constantemente retirándose a orar (a veces pasaba la noche entera en oración), u orando en público. Invocaba la ayuda de lo alto, y el Espíritu de Dios (Espíritu Santo) le arropaba y le daba fuerzas para seguir adelante en su misión y realizar todos los milagros y portentos que vemos en los evangelios. Por eso la oración se considera el arma o instrumento que toma el primer plano en el combate espiritual contra las fuerzas del mal.

Antes de partir Jesús nos dijo que los que creyéramos en Él tendríamos poder para echar demonios, curar enfermos, etc. (Cfr. Mc 16,17). Y si creemos en Él y le creemos, seguiremos sus pasos, y ese seguimiento incluye ser personas de oración.

Para eso nos dejó el Espíritu Santo. El Espíritu que nos ayuda a llamar “Padre” a Dios, nos dará también la fuerza para echar demonios. Pero para eso tenemos que invocarlo con fe, el tipo de fe que nos lleva a actuar como si ya se nos hubiese concedido lo que pedimos al Padre, como lo hizo Jesús al resucitar a Lázaro (Cfr. Jn 11,41).

Hoy te invito a desarrollar una relación íntima con el Espíritu Santo, y verás los portentos que puedes realizar. Y, ¿cómo lograr esa relación? Jesús te confió su secreto: la oración.

REFLEXIÓN PARA EL TERCER DOMINGO DE CUARESMA (B) 04-03-18

Continuamos adentrándonos en el tiempo de Cuaresma. El Evangelio de hoy (Jn 2,13-25) resalta la sacralidad del Templo. Ya desde el Antiguo Testamento Dios había enseñado a su pueblo la importancia de separar una estructura sagrada para congregarnos con el propósito de rendirle el culto de adoración que solo Él merece (la palabra “sagrado” quiere decir “separado”). El mismo Jesús fue presentado en el Templo (Lc 2,22-40), y acudía al Templo para observar las fiestas religiosas (Lc 2,41-42; Jn 2,13). Recordemos que para los judíos (a veces olvidamos que Jesús nació y murió siendo judío) el Templo era sinónimo de la presencia de Dios; era el lugar donde Dios habitaba, Su “casa”, a diferencia de la sinagoga, que era tan solo un lugar donde se congregaban para orar, y escuchar la Palabra y las enseñanzas de los maestros (“rabinos”).

La lectura evangélica de hoy hace patente la importancia que el mismo Jesús le reconoce al Templo, y el respeto que le merece, cuando cita el Salmo 69,10: “El celo de tu casa me devora”. Este es el pasaje en que Jesús expulsa por la fuerza a los mercaderes del templo, increpándolos por haber convertido “en un mercado la casa de [su] Padre”. Pero al mismo tiempo reconoce que su cuerpo (del cual todos formamos parte – Cfr. 1 Cor 10,17; 12,12-27; Ef 1,13; 2,16; 3,6; 4, 4.12-16; Col 1,18.24; 2,19; 3,15) es también un templo: “Destruid este templo, y en tres días lo levantaré”. Esa afirmación de Jesús, que la lectura nos aclara se refería al “templo de su cuerpo”, nos va preparando para el drama de la Pasión y subsiguiente Resurrección de Jesús que culmina este tiempo especial de la Cuaresma,

Años más tarde san Pablo nos recordará que nosotros, al convertirnos en otros “cristos”, somos el verdadero templo de Dios: “¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros? Si alguno destruye el templo de Dios, Dios lo destruirá a él; porque el templo de Dios es santo: ese templo sois vosotros” (1 Cor 3,16-17). “Vendremos a él, y haremos morada en él” (Jn 14,23).

“El celo de tu casa me devora”… Esa frase retumba en mi mente cada vez que entro en un templo y encuentro a la mayoría de los feligreses “socializando” y hablando nimiedades, en voz alta, en presencia de Jesús sacramentado, cuya presencia es reconocida por apenas dos o tres personas. En esos momentos entiendo lo que Jesús sintió cuando volcó las mesas de los cambistas y expulsó a los mercaderes. Entonces voy y me postro ante Él y pido por ellos, y ruego al Señor que al verme, descubran Su presencia en el sagrario y cesen de convertir su Casa en un mercado, que es precisamente lo que el nivel de ruido que se percibe nos evoca.

Hoy, pidamos al Señor que nos permita reconocer nuestros cuerpos como templos suyos, respetándolos como tal, y los templos de nuestra Iglesia como lugares sagrados en los que Él habita también (en las hostias consagradas que resguardan nuestros sagrarios), comportándonos con el respeto y decoro que merecen.

REFLEXIÓN PARA EL JUEVES DE LA SEGUNDA SEMANA DE CUARESMA 16-03-17

La primera lectura que nos propone la liturgia para hoy (Jr 17,5-10) nos recuerda que solo obtendremos la bendición del Señor si ponemos nuestra confianza en Él, y no en nuestras propias fuerzas o habilidades (nuestra “carne”): “Maldito quien confía en el hombre, y en la carne busca su fuerza, apartando su corazón del Señor. Será como un cardo en la estepa, no verá llegar el bien; habitará la aridez del desierto, tierra salobre e inhóspita. Bendito quien confía en el Señor y pone en el Señor su confianza. Será un árbol plantado junto al agua, que junto a la corriente echa raíces; cuando llegue el estío no lo sentirá, su hoja estará verde; en año de sequía no se inquieta, no deja de dar fruto”.

Esta opción, esta decisión ocurre en lo más profundo de nuestro corazón, el que Jeremías tilda de “falso y enfermo”. Y el resultado de nuestros actos dependerá de si optamos por uno u otro camino, si confiamos en nuestras propias fuerzas, o en Dios.

En este tiempo de Cuaresma se nos llama a la conversión y, del mismo modo, no podemos lograr esa conversión por nuestras propias fuerzas; esa conversión solo es posible con la ayuda del Santo Espíritu de Dios.

El relato evangélico (Lc 16,19-31) nos presenta la parábola del rico epulón y el mendigo Lázaro. Aunque el nombre del rico no se menciona en el relato, se le llama el rico “epulón” y muchas personas creen que ese es su nombre (y hasta lo escriben con mayúscula), lo cierto es que epulón es un adjetivo que significa: “hombre que come y se regala mucho”.

La parábola, con cierto aire escatológico (del final de los tiempos), nos muestra el contraste entre un hombre rico que gozaba de banquetear y darse buena vida, y un pobre mendigo que se acercaba a la puerta de la casa del rico con la esperanza de comer algo “de lo que tiraban de la mesa del rico”. De la lectura no surge que el hombre rico fuera malo. Tan solo que era rico y que disfrutaba de su riqueza (que de por sí no es malo), lo que nos da a entender que ponía su confianza en esa riqueza y de nada le sirvió, a juzgar por el final que tuvo. El pobre, por el contrario, dentro de su pobreza, puso su confianza en el Señor y eso le llevó a la felicidad eterna, al “seno de Abraham”, al sheol que iban las almas de los justos en espera de la llegada del Redentor, pues las puertas del paraíso estaban cerradas. Esas son las almas que Jesús fue a liberar cuando decimos en el Credo que “descendió a los infiernos” (pero eso será objeto de otra enseñanza).

En esta parábola hallan eco las palabras de Jeremías, que parecen tomadas del Salmo 1. La Cuaresma nos prepara para la gloriosa Resurrección de Jesús, pero la Palabra, como el pasaje de hoy, nos interpela, nos llama a hacer una opción, recordándonos que también habrá un juicio. ¿En qué o en quién vamos a poner nuestra confianza? ¿En nuestra fuerzas, nuestras capacidades, nuestras habilidades, nuestras posesiones materiales? ¿O, por el contrario, vamos a poner nuestra confianza en nuestro Señor y Salvador y seguir sus enseñanzas?

La opción es nuestra…

REFLEXIÓN PARA EL MARTES DE LA PRIMERA SEMANA DE ADVIENTO 29-11-16

tronco de jese

El profeta Isaías continúa dominando la liturgia durante este tiempo que nos prepara para la Navidad. La primera lectura de hoy (Is 11,1-10) nos anuncia que “una rama saldrá del tronco de Jesé (es decir, del linaje de David). Para el pueblo de Israel esta imagen del tronco seco (a diferencia del árbol floreciente), representa la desgracia. Pero Isaías nos brinda un mensaje de esperanza: “de su raíz florecerá un vástago”. Un retoño que sale de un árbol seco, esperanza de nueva vida; un vástago floreciente, símbolo de felicidad.

Isaías describe al Mesías como una persona fascinante, alguien que despierta interés, expectativa (Adviento). Lo primero que dice es que “Sobre él se posará el espíritu del Señor”. Jesús echará mano de esa profecía y se la aplicará a sí mismo al pronunciar su “discurso programático” en la sinagoga de Cafarnaúm: “El Espíritu del Señor está sobre mí” (Lc 4,18).

Ese Mesías esperado será más grande que David, y mostrará preferencia por los pobres, los sencillos los humildes: “juzgará a los pobres con justicia, con rectitud a los desamparados” (Cfr. Bienaventuranzas). Será el faro hacia el cual alzarán la vista todos los pueblos, según leíamos en la lectura de ayer, y que hoy Isaías nos plantea de otro modo: “Aquel día, la raíz de Jesé se erguirá como enseña de los pueblos: la buscarán los gentiles, y será gloriosa su morada”. Así se dará cumplimiento también a la promesa de Yahvé a Abraham: “por ti se bendecirán todos los pueblos de la tierra” (Gn 12,3).

El profeta nos describe esos tiempos mesiánicos como tiempos de paz, justicia, armonía: “Habitará el lobo con el cordero, la pantera se tumbará con el cabrito, el novillo y el león pacerán juntos: un muchacho pequeño los pastorea. La vaca pastará con el oso, sus crías se tumbarán juntas; el león comerá paja con el buey. El niño jugará en la hura del áspid, la criatura meterá la mano en el escondrijo de la serpiente”. Tiempos de alegría desbordante.

Esa alegría la vemos reflejada en la lectura evangélica de hoy (Lc 10,21-24), que nos describe a Jesús como “lleno de la alegría del Espíritu Santo”, cuando exclamó: “Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y a los entendidos, y las has revelado a la gente sencilla”. De nuevo la opción preferencial de Jesús por la gente sencilla, como los pastores a quienes se les reveló antes que a nadie el nacimiento del Mesías. Jesús nos está enseñando que para llegar a Él, para entrar en el Reino, tenemos que hacernos sencillos, como niños (Mt 18,3-4), reconocer nuestras debilidades, nuestra incapacidad de llegar a Él por nuestros propios méritos. Como decía santa Teresa de Ávila: “Teresa sola es una pobre mujer; Teresa con Dios, una potencia”.

Señor, durante este tiempo de Adviento, concédeme la sencillez de un niño, para poder recibirte en mi corazón con la misma humildad y alegría que te recibieron los pastores.