REFLEXIÓN PARA EL LUNES DE LA VIGÉSIMO SEGUNDA SEMANA DEL T.O. (2) 03-09-18

“Yo, hermanos, cuando vine a vosotros a anunciaros el misterio de Dios, no lo hice con sublime elocuencia o sabiduría, pues nunca entre vosotros me precié de saber cosa alguna, sino a Jesucristo, y éste crucificado. Me presenté a vosotros débil y temblando de miedo; mi palabra y mi predicación no fue con persuasiva sabiduría humana, sino en la manifestación y el poder del Espíritu, para que vuestra fe no se apoye en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios” (1 Cor 2,1-5).

Esa breve primera lectura que nos propone la liturgia para hoy, encierra el secreto de lo que es la verdadera predicación. Al leerla vino a mi memoria un libro escrito por el P. Emiliano Tardiff: Jesús está vivo. En ese libro el Padre Tardiff recordaba cómo cuando él comenzó a predicar preparaba unas homilías bien profundas, citando los grandes autores clásicos y teólogos modernos; las escribía y luego las leía para que no se quedara nada. Hasta que un día, poco antes de comenzar una predicación sintió la voz del Señor que le dijo: “Si tú que tienes tantos estudios y has leído tanto no eres capaz de grabártelo en la memoria solo para repetirlo, ¿cómo quieres que esta gente sencilla que no tiene la misma preparación que tú, lo grabe en su corazón para vivirlo?”

Ese día comprendió que aquello que él predicaba no era lo que la gente quería, lo que necesitaba escuchar, y cambió su predicación para testimoniar el poder de Dios, y lo que Él está haciendo ahora, hoy. En otras palabras, compartir con los demás las historias del amor de Dios, las maravillas que Dios había hecho en él, su experiencia de Dios. No de un Jesús distante que vivió hace dos mil años, sino de ese Jesús que está vivo y presente entre nosotros.

No se trata ya de decir a la gente quién es Dios, sino qué significa Dios en mi vida, cómo esta ha cambiado desde que comencé mi relación amorosa con Él, y compartir esa experiencia con los demás. Yo pasé por el mismo proceso que el P. Tardiff, y la lectura de ese libro cambió mi predicación. Es la diferencia entre mostrar a alguien una foto de las cataratas del Niágara, y llevarle allí a contemplarlas en toda su majestuosidad, sintiendo el ruido, la vibración, cómo la piel se humedece con el rocío que invade todo el litoral.

Precisamente, ese fue el secreto de la predicación de Pablo, quien se valió, no de su sabiduría (de hecho, era un hombre con muchos estudios) ni de su elocuencia, sino de su conocimiento del Crucificado, producto de aquél encuentro en el camino a Damasco (Hc 9,1-22), y cómo ese encuentro había cambiado su vida para siempre.

Ese es el evangelio que todos estamos llamados a predicar con nuestro ejemplo de vida. Compartir con todos nuestra experiencia de Jesús, y cómo ese encuentro con el Jesús resucitado ha cambiado nuestras vidas, como lo hizo con Pablo, “para que su fe no se apoye en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios”.

He aquí el proyecto que les propongo para la semana que comienza. Y no teman, recuerden que “para Dios, todo es posible” (Mt 19,26).