REFLEXIÓN PARA EL MIÉRCOLES XXIII DEL T.O. (2) 10-09-14

Bienaventurados los pobres

El evangelio de hoy nos presenta la versión de Lucas de las Bienaventuranzas (6,20-26). Lucas nos presenta solo cuatro Bienaventuranzas, a diferencia de la versión de Mateo (5,1-11), que tiene ocho, y es la más conocida. Lucas le añade a su relato cuatro “ayes”, o “malaventuranzas”, en contrapunto con las cuatro Bienaventuranzas, enfatizando de ese modo el contraste entre la “vieja Ley” y la “nueva Ley” que Jesús nos propone, entre la Antigua Alianza y la Nueva Alianza, entre el Antiguo Testamento y el Nuevo Testamento; signo inequívoco de que los tiempos mesiánicos han llegado.

La Antigua Ley, basada en el decálogo, contenía unas prescripciones de conducta específicas, cuyo cumplimiento en cierto modo aseguraba la felicidad y prosperidad en este mundo. La pobreza, la enfermedad, la esterilidad, eran consideradas producto del pecado. Si bien Jesús aseguró que no había venido a abolir la ley y los profetas (Mt 5,17), no es menos cierto que con las Bienaventuranzas los viró “patas arriba”. A eso se refería cuando dijo en ese mismo pasaje que había venido a darle plenitud (Cfr. Rom 13,8.10).

La fórmula que Jesús nos propone es bien sencilla: interpretar la ley desde la óptica del Amor. “Pues la ley entera se resume en una sola frase: Amarás al prójimo como a ti mismo” (Gal 5,14). Esto nos permite ver el mundo a través de los ojos de Jesús. Antes cumplíamos con la Ley por temor al castigo. Ahora lo hacemos por amor, o más aún, cuando amamos como Jesús nos ama (Cfr. Jn 13,34), cumplimos con la Ley. Como nos dice san Juan de la Cruz: “Al atardecer de la vida, seremos examinados en el amor”.

Con las Bienaventuranzas Jesús le da contenido, le da vida a los diez mandamientos. Ya no se trata de una serie de normas escritas en piedra, ahora se trata de una ley escrita en nuestros corazones. Esto nos evoca la profecía de Ezequiel: “quitaré de su carne el corazón de piedra y les daré un corazón de carne” (Ez 11,19b). O como dice el profeta Jeremías: “pondré mi Ley dentro de ellos, y la escribiré en sus corazones” (31,33).

Si leemos las Bienaventuranzas conjuntamente con los ayes que le siguen, Jesús nos está diciendo que a los que ahora “les va bien” y por eso creen merecerlo todo, les será más difícil alcanzar la felicidad eterna, mientras a los débiles, los pobres, los marginados, los perseguidos por causa de Él, serán saciados, reirán, serán recompensados. Y como hemos dicho en ocasiones anteriores, la verdadera “pobreza” evangélica no implica necesariamente estar desposeído; lo que implica es el desapego a los bienes materiales. Se trata de poner a Dios y el amor al prójimo por encima de todos los bienes materiales. “Cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis” (Mt 25, 40).

Hoy pidamos al Señor que nos permita vivir a plenitud el espíritu de las Bienaventuranzas, para que seamos acreedores a su promesa de vida eterna.

REFLEXIÓN PARA EL MARTES DE LA VIGÉSIMA SEMANA DEL T.O. (2) 19-08-14

camello aguja

La lectura evangélica que contemplamos en la liturgia para hoy (Mt 19,23-30), es la continuación de la del joven rico que se nos propusiera ayer. En esta lectura, Jesús dice a sus discípulos: “Os aseguro que difícilmente entrará un rico en el reino de los cielos. Lo repito: Más fácil le es a un camello pasar por el ojo de una aguja que a un rico entrar en el reino de Dios”. El “ojo de una aguja” a que se refiere Jesús era un pequeño portón que tenían las puertas principales de las ciudades como Jerusalén, por donde entraban los mercaderes después de la hora que se cerraban las mismas. Si el mercader traía camellos, le resultaba bien difícil entrarlos por “el ojo de la aguja”. Para poder lograrlo (no siempre podían), tenían que quitarle la carga y entrarlos arrodillados. ¿Ven el simbolismo?

De nuevo vemos a Jesús poniendo el apego a la riqueza como impedimento para alcanzar el reino de Dios, pero esta vez es, como ocurre a menudo, en un diálogo aparte con sus discípulos, luego del episodio. Los discípulos acaban de escuchar a Jesús pronunciarse en esos términos y están confundidos, pues en la mentalidad judía la riqueza y la prosperidad son sinónimos de bendición de Dios. ¿Cómo es posible que la riqueza, que es bendición de Dios, sea un impedimento para alcanzar el Reino? Pero Jesús se refiere a la conducta descrita en el Deuteronomio (8,11-18) que nos manda estar alertas, no sea que: “cuando comas y quedes harto, cuando construyas hermosas casas y vivas en ellas, cuando se multipliquen tus vacadas y tus ovejas, cuando tengas plata y oro en abundancia y se acrecienten todos tus bienes, tu corazón se engría y olvides a Yahvé tu Dios que te sacó de Egipto, de la casa de la servidumbre”.

Jesús lo que nos propone es comprender que para seguirle tenemos que “desposeernos” de todo lo que pueda desviar nuestra atención de Dios como valor absoluto. Tenemos que aprender a depender, no de nuestra propia riqueza ni de aquello que pueda darnos “seguridad” humana, sino de los demás, y ante todo, de Dios, recordando que solo siguiéndole a Él podemos alcanzar la salvación. Por eso cuando los discípulos le preguntan: “Entonces, ¿quién puede salvarse?”, Él les mira y les contesta: “Para los hombres es imposible; pero Dios lo puede todo”…. “El que por mí deja casa, hermanos o hermanas, padre o madre, mujer, hijos o tierras, recibirá cien veces más, y heredará la vida eterna”.

Tarea harto difícil, la verdadera “pobreza evangélica”, imposible para nosotros si dependemos de nuestros propios recursos. Solo si nos abandonamos a Dios incondicionalmente podemos lograrlo, porque “Dios lo puede todo” (Cfr. Lc 1,37).

En este pasaje se nos describe, además, la renuncia a las cosas del mundo llevada al extremo, que encontramos en aquellos que abrazan la vida religiosa abandonando “casa, hermanos o hermanas, padre o madre, mujer, hijos o tierras” con tal de seguir a Jesús.

Hoy, pidamos al Señor que nos conceda la gracia de aprender a desprendernos de todo lo que nos impide seguirle plenamente; que podamos hacer de Él, y de su seguimiento, el valor absoluto en nuestras vidas, para así ser acreedores a la vida eterna que Él nos tiene prometida.

REFLEXIÓN PARA EL JUEVES DE LA DECIMOCUARTA SEMANA DEL T.O. 10-07-14

seguimiento de Jesus

Hay un tema que a mí siempre me ha fascinado: El “rostro femenino” de Dios. Y la primera lectura de hoy (Os 11,1-4.8c-9) es un ejemplo vivo de ello. Cuando la leemos con detenimiento, podemos ver la ternura de una madre que “enseña a andar” a su hijo, que lo “alza en brazos”, lo cura, lo atrae “con cuerdas de amor” y, finalmente, con el gesto más maternal del mundo, “se inclina” para “darle de comer”, evocando la madre que se inclina para darle el pecho a su hijo. Todos símbolos del amor que solo una madre es capaz de sentir por el hijo de sus entrañas.

Ese es el amor que Dios siente por su pueblo, por cada uno de nosotros, los que conformamos el “pueblo de Dios”, que es su Iglesia. Por eso, a pesar de que el pueblo ha ignorado su llamado, termina diciendo: “Se me revuelve el corazón, se me conmueven las entrañas. No cederé al ardor de mi cólera, no volveré a destruir a Efraín; que soy Dios, y no hombre; santo en medio de ti, y no enemigo a la puerta”.

En la segunda lectura (Mt 10,7-45) retomamos el “discurso misionero”, y Jesús continúa dando las “instrucciones” a sus apóstoles; instrucciones que servirán de ejemplo a las órdenes religiosas, sobre todo las llamadas “órdenes mendicantes”, y los misioneros; la verdadera “pobreza evangélica”, que no es otra cosa que lanzarse a la aventura de Cristo confiando plenamente en la providencia divina. “No llevéis en la faja oro, plata ni calderilla; ni tampoco alforja para el camino, ni túnica de repuesto, ni sandalias, ni bastón; bien merece el obrero su sustento”. En el paralelo de Marcos vemos que le permite llevar un bastón y sandalias (lógico para el clima y la topografía), pero la intención es la misma, llevar lo mínimo. El Señor que los envía proveerá.

Jesús es bien enfático en otro asunto. Les envía a proclamar su mensaje y continuar su obra, pero les advierte que si alguien no los recibe o no los escucha, salgan de esa casa o ese pueblo y se “sacudan el polvo de los pies”. Ese gesto de “sacudirse el polvo de los pies” tiene un significado en la cultura judía de la época de Jesús (recordemos que Jesús los envió inicialmente a evangelizar a los judíos). Al regresar de un país pagano y entrar en Palestina, los judíos tenían por costumbre sacudirse las sandalias y la ropa antes de entrar, para no contaminar su tierra con el polvo de los países extranjeros. Los apóstoles, si no eran recibidos ni escuchados, debían hacer lo mismo para indicar que no querían contaminarse ni siquiera con el polvo de estos judíos que en el fondo eran paganos.

Está claro que Jesús no quiere “obligar” a nadie a aceptar su mensaje. Él respeta nuestro libre albedrío. Nos lleva hasta el agua, pero no nos obliga a beber. Hemos vivido en carne propia la incomodidad de aquellos que con su insistencia desmedida que a veces raya en el hostigamiento, pretenden imponernos sus ideas religiosas hasta el punto de quitarnos la paz.

El mensaje de Jesús es uno, y es claro. Lo tomas, o lo dejas. Como dice el padre Ignacio Larrañaga: “Jesús es un perfecto caballero”. Y tú, ¿estás dispuesto a aceptar su mensaje con todo lo que implica?

REFLEXIÓN PARA EL DECIMOCUARTO DOMINGO DEL T.O. 06-07-14

Jesus con nino

La lectura evangélica que nos propone la liturgia para este decimocuarto domingo del tiempo ordinario, es la misma que leímos recientemente para la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús (Mt 1,25-30). En nuestra reflexión para ese día centramos nuestra atención en el versículo 28: “Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré”.

Las lecturas de hoy, sin embargo, nos hacen resaltar los versículos 25 y 29: “Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla. Sí, Padre, así te ha parecido mejor”; y “Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso”.

Ambos versículos son un eco de las primeras dos bienaventuranzas (Mt 5,3-4): “Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán en herencia la tierra”. La pobreza de espíritu, que es del desapego de las cosas materiales, nos lleva a la mansedumbre, a la humildad, a no creernos superiores a los demás, a depender de la Providencia Divina. Solo entonces podremos abrir nuestros corazones al Espíritu Santo, que es el Amor que se profesan el Padre y el Hijo que se derrama sobre nosotros.

En la segunda lectura (Rm 8,9.11-13) san Pablo nos dice: “Vosotros no estáis sujetos a la carne, sino al espíritu, ya que el Espíritu de Dios habita en vosotros. El que no tiene el Espíritu de Cristo no es de Cristo. Si el Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, el que resucitó de entre los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales, por el mismo Espíritu que habita en vosotros”. Por eso puede proclamar: “Ya no vivo yo, es Cristo que vive en mí” (Gál 2, 20).

La primera lectura (Zc 9,9-10) nos presenta la figura del futuro Mesías entrando a Jerusalén, no como los reyes terrenales, que llegaban llenos de gloria y poder político y militar, al son de trompetas y acompañados de ejércitos, sino “modesto y cabalgando en un asno, en un pollino de borrica”. A pesar de esta, y tantas otras profecías, cuando llegó, los suyos no lo reconocieron (Cfr. Jn 1,11).

El pueblo judío, cansado y agobiado de ser presa de cuatro imperios (babilónico, persa, griego y romano) durante cuatro siglos, esperaba un libertador político, un rey guerrero que les devolviera su independencia. Pero Jesús vino a traerles una libertad mayor; la libertad del pecado y la muerte. Y para enfatizar su mensaje, optó por hacerlo desde la pobreza. Nació pobre, teniendo por cuna un pesebre, vivió su vida en la pobreza, en ocasiones sin tener dónde recostar la cabeza (Cfr. Mt 8,20), y murió teniendo como su única posesión su ropa y una túnica que se echaron a la suerte entre los soldados (Mt 25,35).

Cristo nos muestra el camino al Padre: “Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso”. Cfr. Sal 22,2.

“Señor, haznos humildes y receptivos, para que sepamos abrirnos a la Buena Nueva de salvación, porque Tú te revelas a los que son conscientes de su pobreza. Colma esa pobreza con tu ternura y con la confianza de que tú te preocupas por nosotros” (oración colecta).

REFLEXIÓN PARA EL SÁBADO DE LA UNDÉCIMA SEMANA DEL T.O. 21-06-14

Mt 6,24-34

En la lectura evangélica de ayer Jesús enfatizaba en el desapego a los bienes terrenales. En esa misma línea, en el evangelio que nos propone la liturgia para hoy (Mt 6,24-34) nos reitera la radicalidad que Él exige a los que decidimos seguirlo, cuando dice a sus discípulos: “Nadie puede estar al servicio de dos amos. Porque despreciará a uno y querrá al otro; o, al contrario, se dedicará al primero y no hará caso del segundo. No podéis servir a Dios y al dinero”. Es claro; si nos decidimos seguir a Jesús no puede haber nada que se interponga a ese seguimiento, ni bienes, ni riquezas (Cfr. Mt 19,21; 1 Tim 6,10). Al no tener nada que pueda agobiarnos o preocuparnos, podemos dedicar toda nuestra atención al Maestro y a la misión que Él nos encomiende. Eso implica una confianza absoluta en que Él no nos abandonará.

Para enfatizar esto último, Jesús pronuncia unas de sus palabras más hermosas y provocadoras de todo el Evangelio: “Mirad a los pájaros: ni siembran, ni siegan, ni almacenan y, sin embargo, vuestro Padre celestial los alimenta. ¿No valéis vosotros más que ellos? ¿Quién de vosotros, a fuerza de agobiarse, podrá añadir una hora al tiempo de su vida? ¿Por qué os agobiáis por el vestido? Fijaos cómo crecen los lirios del campo: ni trabajan ni hilan. Y os digo que ni Salomón, en todo su fasto, estaba vestido como uno de ellos. Pues, si a la hierba, que hoy está en el campo y mañana se quema en el horno, Dios la viste así, ¿no hará mucho más por vosotros, gente de poca fe?” Esto se puede resumir en un pensamiento: tenemos que confiar en la Divina Providencia.

Jesús no nos está diciendo que podemos sentarnos a esperar que Él nos provea todas nuestras necesidades. No, lo que nos está diciendo que, al igual que lo hace con los pájaros, Dios va colmar con creces nuestra actividad, por más humilde que sea, especialmente cuando esa actividad está ligada al “Reino de Dios y su Justicia” (v.33). Lo demás, “se nos dará por añadidura”. Por eso cuando envió a los discípulos a predicar la Buena Nueva del Reino, “les ordenó que nada tomasen para el camino, fuera de un bastón: ni pan, ni alforja, ni calderilla en la faja; sino: ‘Calzados con sandalias y no vistáis dos túnicas’” (Mc 6,8-9).

Se trata de no atarnos a las cosas, para poder ser libres para servir a Dios y a nuestros hermanos. Cuando nos “vaciamos” de las cosas de este mundo, podemos “llenarnos” plenamente del amor de Dios. Se trata de vivir la verdadera “pobreza evangélica”. Solo entonces podremos experimentar la verdadera libertad, aunque estemos físicamente encadenados, como lo hizo el Cardenal François-Xavier Nguyen van Thuan, durante sus 13 años en prisión.

No tenemos que llegar a ese extremo; basta con que todo lo tengamos “por basura para ganar a Cristo” (Fil 3,8).

Pidámosle hoy al Padre que nos ayude a confiar en su Divina Providencia, para no caer bajo el agobio de las preocupaciones de la vida, ya que perderíamos de vista lo que es verdaderamente esencial: la opción por el Reino.

REFLEXIÓN PARA EL OCTAVO DOMINGO DEL T.O. (A) 02-03-14

Mt 6,24-34

El evangelio que nos propone la liturgia para este octavo domingo del T.O. (Mt 6,24-34) nos reitera la radicalidad que Jesús exige a los que decidimos seguirlo, cuando dice a sus discípulos: “Nadie puede estar al servicio de dos amos. Porque despreciará a uno y querrá al otro; o, al contrario, se dedicará al primero y no hará caso del segundo. No podéis servir a Dios y al dinero”. Es claro; si nos decidimos seguir a Jesús no puede haber nada que se interponga a ese seguimiento, ni bienes, ni riquezas (Cfr. Mt 19,21; 1 Tim 6,10). Al no tener nada que pueda agobiarnos o preocuparnos, podemos dedicar toda nuestra atención al Maestro y a la misión que Él nos encomiende. Eso implica una confianza absoluta en que Él no nos abandonará.

Para enfatizar esto último, Jesús pronuncia unas de sus palabras más hermosas y provocadoras de todo el Evangelio: “Mirad a los pájaros: ni siembran, ni siegan, ni almacenan y, sin embargo, vuestro Padre celestial los alimenta. ¿No valéis vosotros más que ellos? ¿Quién de vosotros, a fuerza de agobiarse, podrá añadir una hora al tiempo de su vida? ¿Por qué os agobiáis por el vestido? Fijaos cómo crecen los lirios del campo: ni trabajan ni hilan. Y os digo que ni Salomón, en todo su fasto, estaba vestido como uno de ellos. Pues, si a la hierba, que hoy está en el campo y mañana se quema en el horno, Dios la viste así, ¿no hará mucho más por vosotros, gente de poca fe?” Esto se puede resumir en un pensamiento: tenemos que confiar en la Divina Providencia.

Jesús no nos está diciendo que podemos sentarnos a esperar que Él nos provea todas nuestras necesidades. No, lo que nos está diciendo que, al igual que lo hace con los pájaros, Dios va colmar con creces nuestra actividad, por más humilde que sea, especialmente cuando esa actividad está ligada al “Reino de Dios y su Justicia” (v.33). Lo demás, “se nos dará por añadidura”. Por eso cuando envió a los discípulos a predicar la Buena Nueva del Reino, “les ordenó que nada tomasen para el camino, fuera de un bastón: ni pan, ni alforja, ni calderilla en la faja; sino: ‘Calzados con sandalias y no vistáis dos túnicas’” (Mc 6,8-9).

Se trata de no atarnos a las cosas, para poder ser libres para servir a Dios y a nuestros hermanos. Cuando nos “vaciamos” de las cosas de este mundo, podemos “llenarnos” plenamente del amor de Dios. Se trata, pues, de vivir la verdadera “pobreza evangélica”. Solo entonces podremos experimentar la verdadera libertad, aunque estemos físicamente encadenados, como lo hizo el Cardenal François-Xavier Nguyen van Thuan durante sus 13 años en prisión.

No tenemos que llegar a ese extremo; basta con que todo lo tengamos “por basura para ganar a Cristo” (Fil 3,8).

Pidámosle hoy al Padre que nos ayude a confiar en su Divina Providencia, para no caer bajo el agobio de las preocupaciones de la vida, ya que perderíamos de vista lo que es verdaderamente esencial: la opción por el Reino.

 

REFLEXIÓN PARA EL TRIGÉSIMO DOMINGO DEL T.O. 27-10-13

FARISEO Y PUBLICANO ORANDO

La primera lectura para este trigésimo domingo del tiempo ordinario (ciclo C), tomada del libro del Eclesiástico (35,12-14.16-18), nos habla de la Justicia Divina y cómo Dios escucha las súplicas del oprimido: “su grito alcanza las nubes; los gritos del pobre atraviesan las nubes y hasta alcanzar a Dios no descansan; no ceja hasta que Dios le atiende, y el juez justo le hace justicia”.

El Salmo (33) nos reitera que “el Señor está cerca de los atribulados, salva a los abatidos. El Señor redime a sus siervos, no será castigado quien se acoge a él”.

La segunda lectura, tomada de la segunda carta del apóstol san Pablo a Timoteo (4,6-8.16-18) contiene una de las frases lapidarias del apóstol: “He combatido bien mi combate, he corrido hasta la meta, he mantenido la fe. Ahora me aguarda la corona merecida, con la que el Señor, juez justo, me premiará en aquel día; y no sólo a mí, sino a todos los que tienen amor a su venida”.

El pasaje del Evangelio, tomado de san Lucas (18,9-14), nos presenta la parábola del fariseo y el publicano que subieron al templo a orar. El fariseo, “erguido” (los fariseos solían orar de pie), se limitaba a dar gracias a Dios por lo bueno que era: “no soy como los demás: ladrones, injustos, adúlteros; ni como ese publicano”. También decía a Dios cómo cumplía con sus obligaciones: “Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo”.

En cambio, el publicano se mantenía en la parte de atrás y no se atrevía ni levantar los ojos al cielo, mientras se daba golpes de pecho diciendo: “¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador”. Jesús sentenció: “Os digo que éste bajó a su casa justificado, y aquél no. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido”.

La diferencia estaba en la actitud interior, en el corazón. “Si el afligido invoca al Señor, él lo escucha” (Salmo). El Señor nos está diciendo que si reconocemos nuestros pecados y nuestra pobreza espiritual, y nos acercamos a Él con humildad, Él nos hará justicia.

Estamos acercándonos al final de tiempo ordinario para dar paso al Adviento y  al llamado a la conversión que se tiempo nos hace. No tenemos que esperar. El llamado a la conversión, aunque se enfatiza en los tiempos “fuertes” como Adviento y Cuaresma, es continuo. Abramos hoy nuestros corazones al Amor infinito de Dios, y ese Amor nos permitirá reconocer las veces que le hemos fallado. Eso nos permitirá postrarnos ante Él con un corazón quebrantado y humillado (Cfr. Sal 50). Entonces Él nos tomará de la mano, nos levantará, y nos dará el abrazo más amoroso que hayamos recibido.

“Oh Padre amable y misericordioso, con las manos vacías nos presentamos ante ti. Perdónanos por las veces que presumimos por el bien que sólo con tu gracia pudimos hacer. Llena nuestra pobreza con tus dones, líbranos de despreciar a ninguno de nuestros hermanos y danos un corazón agradecido por todo lo que hemos recibido de ti. Te lo pedimos por Jesucristo nuestro Señor” (Oración colecta).

Recuerda, si aún no has visitado la Casa del Padre, todavía estás a tiempo.

REFLEXIÓN PARA EL MARTES 20-08-13

Joven rico

La lectura evangélica que contemplamos en la liturgia para hoy (Mt 19,23-30), es la continuación de la del joven rico que se nos propusiera ayer. En esta lectura, Jesús dice a sus discípulos: “Os aseguro que difícilmente entrará un rico en el reino de los cielos. Lo repito: Más fácil le es a un camello pasar por el ojo de una aguja que a un rico entrar en el reino de Dios”. El “ojo de una aguja” a que se refiere Jesús era un pequeño portón que tenían las puertas principales de las ciudades como Jerusalén, por donde entraban los mercaderes después de la hora que se cerraban las mismas. Si el mercader traía camellos, le resultaba bien difícil entrarlos por “el ojo de la aguja”. Para poder lograrlo (no siempre podían), tenían que quitarle la carga y entrarlo arrodillado. ¿Ven el simbolismo?

De nuevo vemos a Jesús poniendo el apego a la riqueza como impedimento para alcanzar el reino de Dios, pero esta vez es, como ocurre a menudo, en un diálogo aparte con sus discípulos, luego del episodio. Los discípulos acaban de escuchar a Jesús pronunciarse en esos términos y están confundidos, pues en la mentalidad judía la riqueza y la prosperidad son sinónimos de bendición de Dios. ¿Cómo es posible que la riqueza, que es bendición de Dios, sea un impedimento para alcanzar el Reino? Pero Jesús se refiere a la conducta descrita en el Deuteronomio (8,11-18) que nos manda estar alertas, no sea que: “cuando comas y quedes harto, cuando construyas hermosas casas y vivas en ellas, cuando se multipliquen tus vacadas y tus ovejas, cuando tengas plata y oro en abundancia y se acrecienten todos tus bienes, tu corazón se engría y olvides a Yahvé tu Dios que te sacó de Egipto, de la casa de la servidumbre”.

Jesús lo que nos propone es comprender que para seguirle tenemos que “desposeernos” de todo lo que pueda desviar nuestra atención de Dios como valor absoluto. Tenemos que aprender a depender, no de nuestra propia riqueza ni de aquello que pueda darnos “seguridad” humana, sino de los demás, y ante todo, de Dios, recordando que solo siguiéndole a Él podemos alcanzar la salvación. Por eso cuando los discípulos le preguntan: “Entonces, ¿quién puede salvarse?”, Él les mira y les contesta: “Para los hombres es imposible; pero Dios lo puede todo”…. “El que por mí deja casa, hermanos o hermanas, padre o madre, mujer, hijos o tierras, recibirá cien veces más, y heredará la vida eterna”.

Tarea harto difícil, la verdadera “pobreza evangélica”, imposible para nosotros si dependemos de nuestros propios recursos. Solo si nos abandonamos a Dios incondicionalmente podemos lograrlo, porque “Dios lo puede todo” (Cfr. Lc 1,37).

En este pasaje se nos describe, además, la renuncia a las cosas del mundo llevada al extremo, que encontramos en aquellos que abrazan la vida religiosa abandonando “casa, hermanos o hermanas, padre o madre, mujer, hijos o tierras” con tal de seguir a Jesús.

Hoy, pidamos al Señor que nos conceda la gracia de aprender a desprendernos de todo lo que nos impide seguirle plenamente; que podamos hacer de Él, y de su seguimiento, el valor absoluto en nuestras vidas, para así ser acreedores a la vida eterna, que Él nos tiene prometida.

REFLEXIÓN PARA EL LUNES 19-08-13

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La liturgia de hoy nos presenta el pasaje del joven rico (Mt 19,16-22). En la misma pregunta del joven encontramos el problema que presenta la situación: “Maestro, ¿qué tengo que hacer de bueno para obtener la vida eterna?” En primer lugar, acepta que el fin del hombre es la “vida eterna”. En segundo lugar, está consciente que para llegar a esa vida eterna hay un solo camino, el camino del bien (“¿qué tengo que hacer de bueno…?”).

En su forma de pensar, típica de la persona adinerada, el joven piensa en términos de “comprar”, “adquirir”, “obtener”. Por eso utiliza este último verbo con relación a la vida eterna al formular su pregunta. Jesús, que ve en lo más profundo de nuestros corazones, le riposta: “¿Por qué me preguntas qué es bueno? Uno solo es Bueno. Mira, si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos”. Le dice que “uno solo es Bueno”, refiriéndose a Dios. Por eso le dice que tiene que cumplir los mandamientos, que vienen de Él.

El joven insiste diciéndole que él ya cumple con los mandamientos (resulta curioso que Jesús solo menciona los mandamientos que se refieren al prójimo, añadiendo el mandamiento del amor, que no forma parte del decálogo). Para el joven rico, por su posición cómoda, resulta fácil dar limosna a los pobres, pagar el diezmo al templo, “portarse bien”. Pero él quiere asegurarse que pueda “obtener” la vida eterna. Es alguien acostumbrado a adquirir las cosas sin importar el precio. Por eso no estaba preparado para la contestación de Jesús: “vende lo que tienes, da el dinero a los pobres –así tendrás un tesoro en el cielo– y luego vente conmigo”. La Escritura nos dice que “al oír esto, el joven se fue triste, porque era rico”.

Si analizamos el pasaje, lo que Jesús hace es ponerlo a prueba. La realidad es que la riqueza no es impedimento para la salvación y la vida eterna; lo que sí es impedimento para seguir a Jesús es el apego a esa riqueza, al punto de nublar nuestro entendimiento cuando hay que decidir entre el seguimiento de Jesús y la protección de los bienes materiales. Esos bienes, esas posesiones, nos impiden entregar nuestro corazón totalmente a Dios. Por eso el joven se puso triste, porque su corazón, aunque bueno, estaba atrapado entre dos lealtades: Dios y el “ídolo” del dinero.

Durante las pasadas semanas Jesús nos ha estado hablando de la sencillez, la mansedumbre, la humildad como meta de los que queremos alcanzar la vida eterna. “Bienaventurados los pobres, porque de ellos es el Reino de Dios” (Mt 5,3). El “pobre” para Jesús no es el que no tiene bienes, sino más bien aquél que no tiene su corazón puesto en las cosas. Se puede ser relativamente pobre y estar demasiado apegado a las pocas cosas materiales que se tiene; entonces se es como el “joven rico”. Del mismo modo, se puede tener una gran fortuna y vivir para agradar a Dios y ayudar a otros. Esa es la verdadera “pobreza evangélica” que caracteriza al discípulo de Jesús.

En este día, pidámosle al Padre que nos conceda el don de la pobreza evangélica que le es agradable, para que podamos ser dignos ciudadanos del Reino.