REFLEXIÓN PARA EL SÁBADO DE LA VIGÉSIMO NOVENA SEMANA DEL T.O. (2) 27-10-18

En el Evangelio de hoy (Lc 13,1-9) se nos continúa narrando la última subida de Jesús a Jerusalén. Acaba de contar a los que le siguen una parábola sobre la reconciliación. Ahora les plantea la necesidad de conversión, unida a la paciencia divina.

Los que le siguen le plantean dos eventos separados, uno producto de la conducta humana (los revoltosos ejecutados por Pilato en Galilea), y otro producto de un hecho fortuito (los que murieron aplastados por el derrumbe de la torre de Siloé en Jerusalén). En tiempos de Jesús existía la creencia que esas desgracias eran producto del pecado. Por eso Jesús se apresta a decirles que si creen que los que murieron eran más pecadores que el resto de la población, está equivocados: “Os digo que no; y, si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera”. Jesús les dice que no solo son culpables los que sufren algún “castigo”, sino todos: tanto los habitantes de Galilea como los de Jerusalén, por lo que es necesario entrar en un camino de conversión.

En el Evangelio de ayer Jesús hablaba de los “signos de los tiempos”, de cómo en los eventos que ocurren a nuestro alrededor, incluyendo las desgracias, podemos encontrar la Palabra de Dios, que nos invita constantemente a la conversión. Para enfatizar la necesidad de conversión y la inminencia de la misma, Jesús les plantea la parábola del viñador. En esta se nos narra la historia de “uno” que tenía una higuera que llevaba tres años (el tiempo que Jesús llevaba predicando) sin dar fruto, y dijo al viñador, “córtala”. Pero el viñador le pidió más tiempo para cavar a su alrededor y abonarla a ver si daba fruto.

Todos estamos llamados a la conversión, pero si leemos los signos de los tiempos, como la desgracia de los que murieron repentinamente, a la luz del Evangelio, comprendemos Dios nos está diciendo que tenemos un tiempo limitado en nuestra vida y tenemos que aprovecharlo. Y Dios es paciente con nosotros, no nos castiga, y nos da un año más, y otro, y otro… Pero el tiempo se nos acaba, y no sabemos ni el día ni la hora en que va a llegar novio y encontrarnos con las lámparas sin aceite (Cfr. Mt 25,1-13).

Jesús nos sigue llamando (Cfr. Ap 3,20), pero seguimos dejándolo “para mañana”. Entonces tenemos que preguntarnos, ¿hasta cuando voy a tener para contestarle? No tenemos más que abrir un periódico para leer sobre todas las personas que a diario mueren producto de accidentes o crímenes. La pregunta obligada es: Estas personas, ¿habían contestado la llamada de Jesús, o lo habían dejado para “mañana”?

Si no lo has hecho, este este fin de semana que comienza es un buen momento para reconciliarte con el Señor. No desaproveches la oportunidad.

Todavía estamos a tiempo… ¡Anda!, Él te espera.

REFLEXIÓN PARA EL LUNES DE LA NOVENA SEMANA DEL T.O. (1) 05-06-17

Hoy retomamos el tiempo ordinario de la Liturgia, luego de los tiempos intensos de Cuaresma, Semana Santa, Pascua y Pentecostés.

Y para este día la liturgia nos ofrece la “parábola de los labradores asesinos” (Mc 12,1-12). En esta parte del Evangelio según san Marcos estamos leyendo los últimos días de Jesús en Jerusalén. Él sabe que su muerte está cerca; sabe que el complot para asesinarle está culminando; y dedica esta parábola a sus enemigos para dejarles saber que conoce sus planes. Y ellos, que no tienen la conciencia limpia, se dan por aludidos: “veían que la parábola iba por ellos”…

Jesús se encuentra rodeado de esa multitud anónima que lo seguía a todas partes, compuesta por gente del pueblo y, entremezclada entre ellos, miembros o enviados del Sanedrín, que estaban esperando el momento oportuno para arrestarlo. Por eso la lectura comienza identificando a los destinatarios de la parábola: los sumos sacerdotes, los escribas y los ancianos.

Jesús aprovecha el conocimiento de las Escrituras por parte de ese grupo y utiliza figuras y alegorías del Antiguo Testamento para desarrollar su parábola. “Un hombre plantó una viña”. En el lenguaje bíblico la “viña” representa el pueblo de Israel. Luego describe los cuidados que el hombre tiene con esa viña: la cerca, el lagar, la casa del guarda… Los cuidados de Dios para con su pueblo. Es el buen viñador que se esmera y cuida de su viña para que de buenos frutos. La alegoría de la viña está tomada de Is 5,1-7. También la encontramos en Jr 2,21 y Ez 17,6; 10,10.

El hombre (Dios) encomienda su viña (pueblo) a unos labradores, que representan a las autoridades. La parábola nos narra cómo el viñador envió uno tras otro criado para percibir su participación del fruto de la viña, y uno tras otro fueron rechazados con un patrón de violencia que seguía escalando, incluyendo insultos, palizas y asesinatos. No tenemos más que examinar la suerte de los profetas y otros enviados de Dios a lo largo de la historia del pueblo de Israel para ver “retratada” la suerte de los enviados del Dueño de la viña a pedir cuentas a los “labradores”.

Pero Dios, que es todo amor, no responde a la violencia con violencia. En un acto de amor infinito, decide enviar a su “hijo amado”. Aquí Jesús alude a las palabras del Padre durante su Bautismo (Mt 3,17), y en la Transfiguración (Mt 17,5b). No hay duda, se refiere a Él mismo. Jesús está anunciando su final: “Pero los labradores se dijeron: ‘Éste es el heredero. Venga, lo matamos, y será nuestra la herencia’. Y, agarrándolo, lo mataron y lo arrojaron fuera de la viña”. Las autoridades judías, al igual que los labradores, aprovecharon el acto de generosidad de Dios al enviarle su único Hijo para asesinarlo y “adueñarse” del pueblo elegido de Dios.

“¿Qué hará el dueño de la viña?” Jesús les advierte lo que ocurrirá con el pueblo de Israel. “Acabará con los labradores y arrendará la viña a otros”. Alude entonces al Salmo 117: “La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular”. Los dirigentes judíos rechazaron y asesinaron al Hijo, rechazaron la “piedra angular”, y llevaron al pueblo a su destrucción como nación. Así, Jesús, el Hijo, se convirtió en “piedra angular” de los pueblos paganos, y nosotros somos sus herederos: “…arrendará la viña a otros”.

Que pasen una hermosa semana llena de bendiciones bajo el manto protector de Nuestra Señora María, la sobreabundante de las gracias del Espíritu.

REFLEXIÓN PARA EL SÁBADO DE LA VIGÉSIMA NOVENA SEMANA DEL T.O. (2) 22-10-16

viñador med

En el Evangelio de hoy (Lc 13,1-9) se nos continúa narrando la última subida de Jesús a Jerusalén. Acaba de contar a los que le siguen una parábola sobre la reconciliación. Ahora les plantea la necesidad de conversión, unida a la paciencia divina.

Los que le siguen le plantean dos eventos separados, uno producto de la conducta humana (los revoltosos ejecutados por Pilato en Galilea), y otro producto de un hecho fortuito (los que murieron aplastados por el derrumbe de la torre de Siloé en Jerusalén). En tiempos de Jesús existía la creencia que esas desgracias eran producto del pecado. Por eso Jesús se apresta a decirles que si creen que los que murieron eran más pecadores que el resto de la población, está equivocados: “Os digo que no; y, si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera”. Jesús les dice que no solo son culpables los que sufren algún “castigo”, sino todos: tanto los habitantes de Galilea como los de Jerusalén, por lo que es necesario entrar en un camino de conversión.

En el Evangelio de ayer Jesús hablaba de los “signos de los tiempos”, de cómo en los eventos que ocurren a nuestro alrededor, incluyendo las desgracias, podemos encontrar la Palabra de Dios, que nos invita constantemente a la conversión. Para enfatizar la necesidad de conversión y la inminencia de la misma, Jesús les plantea la parábola del viñador. En esta se nos narra la historia de “uno” que tenía una higuera que llevaba tres años (el tiempo que Jesús llevaba predicando) sin dar fruto, y dijo al viñador, “córtala”. Pero el viñador le pidió más tiempo para cavar a su alrededor y abonarla a ver si daba fruto.

Todos estamos llamados a la conversión, pero si leemos los signos de los tiempos, como la desgracia de los que murieron repentinamente, a la luz del Evangelio, comprendemos Dios nos está diciendo que tenemos un tiempo limitado en nuestra vida y tenemos que aprovecharlo. Y Dios es paciente con nosotros, no nos castiga, y nos da un año más, y otro, y otro… Pero el tiempo se nos acaba, y no sabemos ni el día ni la hora en que va a llegar novio y encontrarnos con las lámparas sin aceite (Cfr. Mt 25,1-13).

Jesús nos sigue llamando (Cfr. Ap 3,20), pero seguimos dejándolo “para mañana”. Entonces tenemos que preguntarnos, ¿hasta cuando voy a tener para contestarle? No tenemos más que abrir un periódico para leer sobre todas las personas que a diario mueren producto de accidentes o crímenes. La pregunta obligada es: Estas personas, ¿habían contestado la llamada de Jesús, o lo habían dejado para “mañana”?

Si no lo has hecho, este este fin de semana que comienza es un buen momento para reconciliarte con el Señor. No desaproveches la oportunidad.

Todavía estamos a tiempo… ¡Anda!, Él te espera.

REFLEXIÓN PARA EL LUNES DE LA NOVENA SEMANA DEL T.O. (2) 30-05-16

labradores asesinos

La liturgia nos ofrece para hoy la “parábola de los labradores asesinos” (Mc 12,1-12). En esta parte del Evangelio según san Marcos estamos leyendo los últimos días de Jesús en Jerusalén. Él sabe que su muerte está cerca; sabe que el complot para asesinarle está culminando; y dedica esta parábola a sus enemigos para dejarles saber que conoce sus planes. Y ellos, que no tienen la conciencia limpia, se dan por aludidos: “veían que la parábola iba por ellos”…

Jesús se encuentra rodeado de esa multitud anónima que lo seguía a todas partes, compuesta por gente del pueblo y, entremezclada entre ellos, miembros o enviados del Sanedrín, que estaban esperando el momento oportuno para arrestarle. Por eso la lectura comienza identificando a los destinatarios de la parábola: los sumos sacerdotes, los escribas y los ancianos.

Jesús aprovecha el conocimiento de las Escrituras por parte de ese grupo y utiliza figuras y alegorías del Antiguo Testamento para desarrollar su parábola. “Un hombre plantó una viña”. En el lenguaje bíblico la “viña” representa el pueblo de Israel. Luego describe los cuidados que el hombre tiene con esa viña: la cerca, el lagar, la casa del guarda… Los cuidados de Dios para con su pueblo. Es el buen viñador que se esmera y cuida de su viña para que de buenos frutos. La alegoría de la viña está tomada de Is 5,1-7. También la encontramos en Jr 2,21 y Ez 17,6; 10,10.

El hombre (Dios) encomienda su viña (pueblo) a unos labradores, que representan a las autoridades. La parábola nos narra cómo el viñador envió uno tras otro criado para percibir su participación del fruto de la viña, y uno tras otro fueron rechazados con un patrón de violencia que seguía escalando, incluyendo insultos, palizas y asesinatos. No tenemos más que examinar la suerte de los profetas y otros enviados de Dios a lo largo de la historia del pueblo de Israel para ver “retratada” la suerte de los enviados del Dueño de la viña a pedir cuentas a los “labradores”.

Pero Dios, que es todo amor, no responde a la violencia con violencia. En un acto de amor infinito, decide enviar a su “hijo amado”. Aquí Jesús alude a las palabras del Padre durante su Bautismo (Mt 3,17), y en la Transfiguración (Mt 17,5b). No hay duda, se refiere a Él mismo. Jesús está anunciando su final: “Pero los labradores se dijeron: ‘Éste es el heredero. Venga, lo matamos, y será nuestra la herencia’. Y, agarrándolo, lo mataron y lo arrojaron fuera de la viña”. Las autoridades judías, al igual que los labradores, aprovecharon el acto de generosidad de Dios al enviarle su único Hijo para asesinarlo y “adueñarse” del pueblo elegido de Dios.

“¿Qué hará el dueño de la viña?” Jesús les advierte lo que ocurrirá con el pueblo de Israel. “Acabará con los labradores y arrendará la viña a otros”. Alude entonces al Salmo 117: “La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular”. Los dirigentes judíos rechazaron y asesinaron al Hijo, rechazaron la “piedra angular”, y llevaron al pueblo a su destrucción como nación. Así, Jesús, el Hijo, se convirtió en “piedra angular” de los pueblos paganos, y nosotros somos sus herederos: “…arrendará la viña a otros”.

Que pasen una hermosa semana llena de bendiciones.

REFLEXIÓN PARA EL TERCER DOMINGO DE CUARESMA (C) 28-02-16

viñador med

“El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia; como se levanta el cielo sobre la tierra, se levanta su bondad sobre sus fieles”. Así finaliza el salmo responsorial de la liturgia para hoy (Sal 102).

En el relato evangélico de ayer (Lc 15,1-3.11-32) se nos presentaba la parábola del padre misericordioso. El mayor ejemplo del perdón y la misericordia divina. Una de las características principales de la misericordia divina es la paciencia; paciencia que es fruto del amor (Cfr. 1 Co 13,4). Y de la misma manera que el amor de Dios hacia nosotros es infinito, igualmente lo es su paciencia. Nunca se cansa de esperarnos.

La lectura evangélica de hoy nos presenta un pasaje compuesto de dos partes. La primera contiene una catequesis de Jesús sobre las desgracias que ocurren a diario en las que perecen varias personas y su relación con la retribución, y la segunda parte nos brinda la parábola de la higuera (Lc 13,1-9): “Uno tenía una higuera plantada en su viña, y fue a buscar fruto en ella, y no lo encontró. Dijo entonces al viñador: ‘Ya ves: tres años llevo viniendo a buscar fruto en esta higuera, y no lo encuentro. Córtala. ¿Para qué va a ocupar terreno en balde?’ Pero el viñador contestó: ‘Señor, déjala todavía este año; yo cavaré alrededor y le echaré estiércol, a ver si da fruto. Si no, la cortas’”.

En la primera parte Jesús hace ver que, contrario a la creencia de su época que toda desgracia era producto del pecado, todos estamos sujetos a morir repentinamente. Dios no puede desearnos mal, por eso Jesús deja claro que las muertes que se reseñan no son “castigo de Dios”. Pero termina con un llamado a la conversión y una advertencia: “Si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera”.

La parábola nos presenta la misericordia divina (representada en la persona del viñador), y la urgencia de escuchar el llamado a la conversión. La parábola nos recuerda que esas muertes repentinas que vemos a nuestro alrededor deben provocar un proceso de introspección en nosotros. No sabemos el día ni la hora. Nuestro tiempo es finito y debemos aprovecharlo.

El día de nuestro bautismo el Espíritu Santo plantó en nosotros tres semillas: la fe, la esperanza y la caridad. Y desde ese momento el Señor está esperando que den fruto. Dios se nos presenta como el Dios de la paciencia. Él no castiga; Él espera, como el viñador (“déjala todavía este año; yo cavaré alrededor y le echaré estiércol, a ver si da fruto”). Nos allana el camino a la conversión y nos invita a seguirle. Pero no sabemos cuándo llegará nuestra hora. Y si para entonces no hemos dado fruto…

Dios es un Dios de amor y misericordia; es infinitamente paciente, nos da una y otra, y otra oportunidad (conoce nuestra débil naturaleza y nuestra inclinación al pecado). Pero también es un Dios justo.

Esta Cuaresma nos ofrece “otra oportunidad” de conversión (Él no se cansa). No sabemos si el Viñador ya le dijo al Dueño: “Señor, déjala todavía este año; yo cavaré alrededor y le echaré estiércol, a ver si da fruto. Si no, la cortas”.

REFLEXIÓN PARA EL SÁBADO DE LA VIGÉSIMO NOVENA SEMANA DEL T.O. (1) 24-10-15

 

viñador med

El Evangelio de hoy (Lc 13,1-9) continúa narrándonos la última subida de Jesús a Jerusalén. Acaba de contar a los que le siguen una parábola sobre la reconciliación. Ahora les plantea la necesidad de conversión, unida a la paciencia divina.

Los que le siguen le plantean dos eventos separados, uno producto de la conducta humana (los revoltosos ejecutados por Pilato en Galilea), y otro producto de un hecho fortuito (los que murieron aplastados por el derrumbe de la torre de Siloé en Jerusalén). En tiempos de Jesús existía la creencia que esas desgracias eran producto del pecado. Por eso Jesús se apresta a decirles que si creen que los que murieron eran más pecadores que el resto de la población, está equivocados: “Os digo que no; y, si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera”. Jesús les dice que no solo son culpables los que sufren algún “castigo”, sino todos: tanto los habitantes de Galilea como los de Jerusalén, por lo que es necesario entrar en un camino de conversión.

En el Evangelio de ayer Jesús hablaba de los “signos de los tiempos”, de cómo en los eventos que ocurren a nuestro alrededor, incluyendo las desgracias, podemos encontrar la Palabra de Dios, que nos invita constantemente a la conversión. Para enfatizar la necesidad de conversión y la inminencia de la misma, Jesús les plantea la parábola del viñador. En esta se nos narra la historia de “uno” que tenía una higuera que llevaba tres años (el tiempo que Jesús llevaba predicando) sin dar fruto, y dijo al viñador, “córtala”. Pero el viñador le pidió más tiempo: “Señor, déjala todavía este año; yo cavaré alrededor y le echaré estiércol, a ver si da fruto. Si no, la cortas”.

Todos estamos llamados a la conversión, pero si interpretamos los signos de los tiempos, como la desgracia de los que murieron repentinamente, a la luz del Evangelio, comprendemos Dios nos está diciendo que tenemos un tiempo limitado en nuestra vida y tenemos que aprovecharlo. Y Dios es paciente con nosotros, no nos castiga, y nos da un año más, y otro, y otro… Pero el tiempo se nos acaba, y no sabemos ni el día ni la hora en que va a llegar el novio, y encontrarnos con las lámparas sin aceite (Cfr. Mt 25,1-13). “En cuanto a ese día y esa hora, nadie los conoce, ni los ángeles del cielo, ni el Hijo, sino sólo el Padre” (Mt 24,36).

Jesús nos sigue llamando (Cfr. Ap 3,20), pero seguimos dejándolo “para mañana”. Entonces tenemos que preguntarnos, ¿hasta cuando voy a tener para contestarle? No tenemos más que abrir un periódico para leer sobre todas las personas que a diario mueren producto de accidentes o crímenes. La pregunta obligada es: Estas personas, ¿habían contestado la llamada de Jesús, o lo habían dejado para “mañana”?

Si no lo has hecho, este este fin de semana que comienza es un buen momento para reconciliarte con el Señor. No desaproveches la oportunidad.

Todavía estamos a tiempo… ¡Anda!, Él te espera.

REFLEXIÓN PARA EL SÁBADO DE LA SEMANA XXIX DEL T.O (2) 25-10-14

viñador

El Evangelio de hoy (Lc 13,1-9) continúa narrándonos la última subida de Jesús a Jerusalén. Acaba de contar a los que le siguen una parábola sobre la reconciliación. Ahora les plantea la necesidad de conversión, unida a la paciencia divina.

Los que le siguen le plantean dos eventos separados, uno producto de la conducta humana (los revoltosos ejecutados por Pilato en Galilea), y otro producto de un hecho fortuito (los que murieron aplastados por el derrumbe de la torre de Siloé en Jerusalén). En tiempos de Jesús existía la creencia que esas desgracias eran producto del pecado. Por eso Jesús se apresta a decirles que si creen que los que murieron eran más pecadores que el resto de la población, está equivocados: “Os digo que no; y, si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera”. Jesús les dice que no solo son culpables los que sufren algún “castigo”, sino todos: tanto los habitantes de Galilea como los de Jerusalén, por lo que es necesario entrar en un camino de conversión.

En el Evangelio de ayer Jesús hablaba de los “signos de los tiempos”, de cómo en los eventos que ocurren a nuestro alrededor, incluyendo las desgracias, podemos encontrar la Palabra de Dios, que nos invita constantemente a la conversión. Para enfatizar la necesidad de conversión y la inminencia de la misma, Jesús les plantea la parábola del viñador. En esta se nos narra la historia de “uno” que tenía una higuera que llevaba tres años (el tiempo que Jesús llevaba predicando) sin dar fruto, y dijo al viñador, “córtala”. Pero el viñador le pidió más tiempo: “Señor, déjala todavía este año; yo cavaré alrededor y le echaré estiércol, a ver si da fruto. Si no, la cortas”.

Todos estamos llamados a la conversión, pero si interpretamos los signos de los tiempos, como la desgracia de los que murieron repentinamente, a la luz del Evangelio, comprendemos Dios nos está diciendo que tenemos un tiempo limitado en nuestra vida y tenemos que aprovecharlo. Y Dios es paciente con nosotros, no nos castiga, y nos da un año más, y otro, y otro… Pero el tiempo se nos acaba, y no sabemos ni el día ni la hora en que va a llegar el novio, y encontrarnos con las lámparas sin aceite (Cfr. Mt 25,1-13). “En cuanto a ese día y esa hora, nadie los conoce, ni los ángeles del cielo, ni el Hijo, sino sólo el Padre” (Mt 24,36).

Jesús nos sigue llamando (Cfr. Ap 3,20), pero seguimos dejándolo “para mañana”. Entonces tenemos que preguntarnos, ¿hasta cuando voy a tener para contestarle? No tenemos más que abrir un periódico para leer sobre todas las personas que a diario mueren producto de accidentes o crímenes. La pregunta obligada es: Estas personas, ¿habían contestado la llamada de Jesús, o lo habían dejado para “mañana”?

Si no lo has hecho, este este fin de semana que comienza es un buen momento para reconciliarte con el Señor. No desaproveches la oportunidad.

Todavía estamos a tiempo… ¡Anda!, Él te espera.