REFLEXIÓN PARA EL MARTES DE LA PRIMERA SEMANA DE ADVIENTO 01-12-15

tronco de jese

El profeta Isaías continúa dominando la liturgia durante este tiempo que nos prepara para la Navidad. La primera lectura de hoy (Is 11,1-10) nos anuncia que “una rama saldrá del tronco de Jesé (es decir, del linaje de David). Para el pueblo de Israel esta imagen del tronco seco (a diferencia del árbol floreciente), representa la desgracia. Pero Isaías nos brinda un mensaje de esperanza: “de su raíz florecerá un vástago”. Un retoño que sale de un árbol seco, esperanza de nueva vida; un vástago floreciente, símbolo de felicidad.

Isaías describe al Mesías como una persona fascinante, alguien que despierta interés, expectativa (Adviento). Lo primero que dice es que “Sobre él se posará el espíritu del Señor”. Jesús echará mano de esa profecía y se la aplicará a sí mismo al pronunciar su “discurso programático” en la sinagoga de Cafarnaúm: “El Espíritu del Señor está sobre mí” (Lc 4,18).

Ese Mesías esperado será más grande que David, y mostrará preferencia por los pobres, los sencillos los humildes: “juzgará a los pobres con justicia, con rectitud a los desamparados” (Cfr. Bienaventuranzas). Será el faro hacia el cual alzarán la vista todos los pueblos, según leíamos en la lectura de ayer, y que hoy Isaías nos plantea de otro modo: “Aquel día, la raíz de Jesé se erguirá como enseña de los pueblos: la buscarán los gentiles, y será gloriosa su morada”. Así se dará cumplimiento también a la promesa de Yahvé a Abraham: “por ti se bendecirán todos los pueblos de la tierra” (Gn 12,3).

El profeta nos describe esos tiempos mesiánicos como tiempos de paz, justicia, armonía: “Habitará el lobo con el cordero, la pantera se tumbará con el cabrito, el novillo y el león pacerán juntos: un muchacho pequeño los pastorea. La vaca pastará con el oso, sus crías se tumbarán juntas; el león comerá paja con el buey. El niño jugará en la hura del áspid, la criatura meterá la mano en el escondrijo de la serpiente”. Tiempos de alegría desbordante.

Esa alegría la vemos reflejada en la lectura evangélica de hoy (Lc 10,21-24), que nos describe a Jesús como “lleno de la alegría del Espíritu Santo”, cuando exclamó: “Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y a los entendidos, y las has revelado a la gente sencilla”. De nuevo la opción preferencial de Jesús por la gente sencilla, como los pastores a quienes se les reveló antes que a nadie el nacimiento del Mesías. Jesús nos está enseñando que para llegar a Él, para entrar en el Reino, tenemos que hacernos sencillos, como niños (Mt 18,3-4), reconocer nuestras debilidades, nuestra incapacidad de llegar a Él por nuestros propios méritos. Como decía santa Teresa de Ávila: “Teresa sola es una pobre mujer; Teresa con Dios, una potencia”.

Señor, durante este tiempo de Adviento, concédeme la sencillez de un niño, para poder recibirte en mi corazón con la misma humildad y alegría que te recibieron los pastores.

REFLEXIÓN PARA LA FIESTA DE SAN ANDRÉS APÓSTOL (30-11-15)

San Andrés apóstol

Hoy la Iglesia celebra la Fiesta de san Andrés, apóstol. Andrés, oriundo de Betsaida (Jn 1,44), discípulo de Juan y hermano de Simón-Pedro, fue uno de los cuatro apóstoles originales (junto a Pedro, Santiago y Juan). El relato evangélico que la liturgia dispone para esta Fiesta (Mt 4,18-22), nos narra la vocación de estos primeros discípulos, que eran pescadores en el mar de Galilea. En ocasiones anteriores hemos dicho que la palabra vocación viene del verbo latino vocare, que quiere decir llamar. Así, la vocación es un llamado, en este caso de parte de Jesús.

Y los llamados de Jesús siempre son directos, sin rodeos, al grano. “Venid y seguidme, y os haré pescadores de hombres”. Una mirada penetrante y una palabra o una frase; imposible de resistir. Siempre que leo la vocación de cada uno de los apóstoles trato de imaginar los ojos, la mirada de Jesús, y la firmeza de su voz. Y se me eriza la piel. Por eso la respuesta de los discípulos es inmediata y se traduce en acción, no en palabras. Nos dice la lectura que Andrés y Simón, “inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron”. En cuanto a los hijos de Zebedeo nos dice la lectura que “inmediatamente dejaron la barca y a su padre y lo siguieron”. Cabe señalar que en el relato evangélico de Juan, Andrés vio y siguió a Jesús primero, y es él quien va su hermano Simón Pedro y le dice: “Hemos encontrado al Mesías” (Jn 1,41). Tan impactante fue la experiencia de aquél primer encuentro con Jesús, que Juan recuerda la hora en que eso sucedió: “Eran como las cuatro de la tarde” (Jn 1,39). En cuanto a estos últimos, vemos no solo la inmediatez del seguimiento, sino también la radicalidad del mismo. Dejaron, no solo la barca, sino a su padre también. “Cualquiera que venga a mí y no me ame más que a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y hermanas, y hasta a su propia vida, no puede ser mi discípulo” (Lc 14,26; Mt 10,37). Dejarlo todo con tal de seguir a Jesús.

Mateo utiliza el lenguaje de la pesca en el escenario del mar de Galilea, y la frase “pescadores de hombres” con miras al objetivo de su relato evangélico, dirigido a los judíos que se habían convertido al cristianismo, con el propósito de demostrar que Jesús es el mesías prometido en quien se cumplen todas las profecías del Antiguo Testamento. Así, alude a la profecía de Ezequiel, en la que se utiliza la metáfora del mar, la pesca abundante y la variedad de peces (Ez 47,8-10) para significar la misión profética a la que Jesús llama a sus discípulos, dirigida a convertir a todos, judíos y paganos.

Hoy Jesús nos llama a ser “pescadores de hombres”. Y la respuesta que Él espera de nosotros no es una palabra, ni una explicación o excusa (Cfr. Lc 9,59-61); es una acción, como la del mismo Mateo, quien cuando Jesús le dijo: “sígueme”, “dejándolo todo, se levantó y lo siguió” (Lc 5,27; Mt 9,9; Mc 2,14).

REFLEXIÓN PARA EL PRIMER DOMINGO DE ADVIENTO (C) 29-11-15

adviento 1

Hoy comienza un nuevo año litúrgico. Anoche publicamos en este blog un corto mensaje sobre la Liturgia del Adviento. Allí señalábamos que las lecturas para el primer domingo de Adviento nos remiten a la espera de segunda venida del Señor, la parusía. Por eso las lecturas nos exhortan a estar vigilantes.

De ahí que la palabra clave para este primer domingo de Adviento es VIGILANCIA. Por eso, tanto las lecturas como la predicación son una invitación que se resume en las palabras con las que concluye el Evangelio para hoy (Lc 21,25-28.34-36) en las cuales Jesús, utilizando lenguaje tomado de la profecía de Daniel (7,13-14), advierte a sus discípulos: “Entonces, verán al Hijo del Hombre venir en una nube, con gran poder y majestad. Cuando empiece a suceder esto, levantaos, alzad la cabeza; se acerca vuestra liberación”. Esta semana encenderemos la primera vela de la corona de Adviento, color morada, como signo de vigilancia.

En este pasaje Jesús utiliza imágenes de los cataclismos que el pueblo judío asociaba con el final de los tiempos, conmociones cósmicas que se relacionan con la manifestación del poder de Dios (Cfr. Is 13,10; 34,4 etc.): “Habrá signos en el sol y la luna y las estrellas, y en la tierra angustia de las gentes, enloquecidas por el estruendo del mar y del oleaje. Los hombres quedarán sin aliento por el miedo y la ansiedad, ante lo que se le viene encima al mundo, pues los astros temblarán”.

En la segunda lectura, tomada de la primera carta del apóstol san Pablo a los Tesalonicenses (3,12–4,2), el apóstol nos recuerda que tenemos que mantenernos vigilantes y firmes hasta esa segunda venida, y nos instruye a mantenernos “santos e irreprensibles” para enfrentar el juicio que ha de venir: “[p]ara que, cuando Jesús nuestro Señor vuelva acompañado de todos sus santos, os presentéis santos e irreprensibles ante Dios nuestro padre. Para terminar, hermanos, por Cristo Jesús os rogamos y exhortamos: habéis aprendido de nosotros como proceder para agradar a Dios: pues proceded así y seguid adelante. Ya conocéis las instrucciones que os dimos en nombre del Señor Jesús”.

Siempre que pensamos en esa “segunda venida” de Jesús, vienen a nuestras mentes esas imágenes apocalípticas del fin de mundo, del “final de los tiempos”. Pero lo cierto es que ese encuentro definitivo con Jesús y el Padre puede ser en cualquier momento para cada uno de nosotros; al final de nuestra vida terrena, cuando enfrentemos nuestro juicio particular.

El Señor ha dado a cada uno de nosotros unos dones, unos carismas, y nos ha encomendado una tarea. Si el Señor llegara “inesperadamente” esta noche en mi sueño (¡cuántos no despertarán mañana!), ¿qué cuentas le voy a dar sobre la “tarea” que me encomendó? De ahí la exhortación a estar vigilantes y con nuestra “tarea” al día teniendo presente que, si la encontramos difícil, tan solo tenemos que recordar las palabras de Isaías: “Señor, tú eres nuestro Padre, nosotros la arcilla y tú el alfarero: somos todos obra de tu mano”.

Estamos comenzando el Adviento. Tiempo de anticipación, de conversión, de vigilante espera para el nacimiento del Niño Dios en nuestros corazones. Anda, reconcíliate con Él y con tus hermanos, ¡no vaya a ser que llegue y te encuentre dormido! (Cfr. Mc 13,36).

REFLEXIÓN PARA EL SÁBADO DE LA TRIGÉSIMO CUARTA SEMANA DEL T.O. (1) 28-11-15

Lc 21, 34-36med

Hoy concluimos el tiempo ordinario de la liturgia y el año litúrgico. Con las primeras vísperas de esta noche comienza ese “tiempo fuerte” tan especial del Adviento; tiempo de preparación. Y para este día la liturgia nos presenta el final del último discurso de Jesús antes de su pasión (Lc 21, 34-36), el llamado “discurso escatológico” que hemos venido contemplando en días recientes.

Luego de la frase de esperanza que pronunciara en el versículo inmediatamente anterior (“El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán” – v. 33), Jesús nos exhorta a estar vigilantes, a no dejarnos sorprender por esas “venidas” de Jesús, en especial por la última, la del final de los tiempos, la parusía. A veces nos concentramos tanto en el final de los tiempos, en el juicio final, que olvidamos que el final de cada cual puede llegar en cualquier momento también, y en ese momento tendremos que enfrentar nuestro juicio particular. Por eso tenemos que estar siempre vigilantes, sin permitir que las “cosas” del mundo desvíen nuestra atención de las palabras de vida eterna que Jesús nos brinda: “Tengan cuidado de no dejarse aturdir por los excesos, la embriaguez y las preocupaciones de la vida, para que ese día no caiga de improviso sobre ustedes como una trampa, porque sobrevendrá a todos los hombres en toda la tierra”.

Jesús, que es verdadero Dios y verdadero hombre, conoce nuestras debilidades, por eso se hizo uno con nosotros. De ahí su constante exhortación a valorar las cosas del Reino por encima de las de este mundo, a mantener nuestro equipaje listo en todo momento, pues no sabemos el momento de nuestra “partida”; hasta que se nos venga encima como la trampa de un cazador. Por eso no debemos permitir que los placeres ni las preocupaciones emboten nuestra mente y nuestros corazones.

Jesús nunca nos pide algo sin darnos las “herramientas” para lograrlo: “Estén prevenidos y oren incesantemente, para quedar a salvo de todo lo que ha de ocurrir. Así podrán comparecer seguros ante el Hijo del hombre”. Orar sin cesar, como lo hacía Jesús, y como Pablo exhortaba a los suyos a hacer (Cfr. 2 Ts 1,11; Flp 1, 4; Rm 1,10; Col 1,3; Filem, 4). Leí en algún lugar que “la oración es fuente de poder”. De hecho, la oración es el arma más poderosa que Jesús nos legó en nuestro arsenal para el combate espiritual; un arma tan poderosa que es capaz de expulsar demonios (Mc 9,29).

Si examinamos las vidas de los grandes santos y santas de la historia encontramos un denominador común: todos eran hombres y mujeres de oración; personas que forjaron su santidad a base de oración. Ellos escucharon la Palabra y la pusieron en práctica.

Hoy, pidamos al Señor que nos conceda la gracia de perseverar en la oración, para que cuando llegue el momento, podamos “comparecer seguros ante el Hijo del hombre”. Por eso, especialmente durante este tiempo de Adviento que comienza mañana, hagamos el firme propósito de orar con mayor frecuencia e intensidad, al punto que convirtamos nuestras vidas en oración.

REFLEXIÓN PARA EL VIERNES DE LA TRIGÉSIMO CUARTA SEMANA DEL T.O. (1) 27-11-15

MIS PALABRAS NO PASARAN

Estamos ya en las postrimerías del tiempo ordinario. Mañana en la noche, con las vísperas del primer domingo de Adviento, comenzamos el nuevo año litúrgico.

La primera lectura  de hoy (Dn 7,2-14), continúa presentándonos visiones apocalípticas, pero esta vez es Daniel quien tiene la visión. Antes de ayer leíamos la visión del rey Nabucodonosor sobre una estatua compuesta de cuatro metales, representando cuatro imperios. Hoy Daniel tiene una visión, típica del género apocalíptico en la que aparecen cuatro “fieras”, que simbolizan también los cuatro imperios sucesivos, el babilonio, el persa, el medo y el griego.

Pero lo verdaderamente importante de la visión es el final. En medio de una visión del trono de Dios con todos los seres aclamándole, Daniel dice que: “Mientras miraba, en la visión nocturna vi venir en las nubes del cielo como un hijo de hombre, que se acercó al anciano y se presentó ante él. Le dieron poder real y dominio; todos los pueblos, naciones y lenguas lo respetarán. Su dominio es eterno y no pasa, su reino no tendrá fin”. Estos dos versículos, que conformaron la lectura que leímos el pasado domingo en la fiesta de Cristo Rey, nos presentan el Reinado eterno de Dios que ha de concretizarse al final de los tiempos, reino que “no pasa”.

En el pasaje que leemos hoy es donde se utiliza por primera vez la frase “Hijo de hombre” que Jesús se aplicará a sí mismo, frase que encontramos unas ochenta veces en los evangelios para referirse a Jesús. Ese Hijo de hombre a quien toda la creación alaba y bendice, como nos dicen los versos del “cántico de los tres jóvenes”, tomado del mismo libro de Daniel (3,75.76.77.78.79.80.81) que nos presenta la liturgia de hoy como Salmo.

La lectura evangélica (Lc 21,29-33) nos refiere nuevamente a la segunda venida de Jesús en toda su gloria a instaurar su Reino que “no pasará”. Pero primero nos invita a estar atentos a los “signos de los tiempos” para que sepamos cuándo ha de ser. Como suele hacerlo, Jesús echa mano de las experiencias cotidianas de sus contemporáneos, que conocen de la agricultura: “Fijaos en la higuera o en cualquier árbol: cuando echan brotes, os basta verlos para saber que el verano está cerca”.

Esa figura de los árboles que “echan brotes”, nos apunta a la primavera, que anuncia un “nuevo comienzo”, el “nuevo tiempo” que ha de representar el Reinado definitivo de Dios, la “nueva Jerusalén” del final de los tiempos. Ese Reino que Jesús inauguró hace casi dos mil años y que la Iglesia, pueblo de Dios, continúa madurando, como los brotes de los árboles en primavera, hasta que florezca y alcance su plenitud.

Muchos imperios, reinados, gobiernos, ideologías, ha surgido y desaparecido. Pero la Palabra se mantiene incólume a lo largo de la historia. Y la Iglesia (nosotros) está encargada de asegurarse que esa Palabra siga floreciendo para que la salvación alcance a todos. “El cielo y la tierra pasarán, mis palabras no pasarán”.

Estamos a escasas horas del Adviento, y la liturgia de ese tiempo especial nos invita a estar atentos a esa segunda venida de Jesús y al nacimiento del Niño Dios, no solo en Belén, sino en nuestros corazones. Solo así podremos convertirnos en la savia que hace brotar las flores de la salvación en el árbol de la Iglesia.

REFLEXIÓN PARA LAS TÉMPORAS DE ACCIÓN DE GRACIAS Y PETICIÓN POR LA ACTIVIDAD HUMANA 26-11-15

Acción de Gracias med

La Provincia Eclesiástica de Puerto Rico celebra hoy las Témporas de Acción de Gracias y Petición por la Actividad Humana, y las lecturas que nos propone la liturgia (Dt 8,7-18 y Mt 7,7-11) tienen que ver con la providencia divina y el agradecimiento que debemos a Dios por su generosidad.

En el Evangelio, Jesús nos asegura que el Señor nos dará todas las cosas buenas que le pidamos: “Si ustedes, que son malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¡cuánto más el Padre de ustedes que está en el cielo dará cosas buenas a aquellos que se las pidan!” El problema estriba en que muchas veces no sabemos pedir; pedimos cosas que no nos convienen o que están en contra de la voluntad del padre. “Piden y no reciben, porque piden mal, con el único fin de satisfacer sus pasiones” (St 4,3).

Lo cierto es que si analizamos nuestras vidas, y los dones que recibimos de Dios diariamente, todos frutos de su generosidad, comenzando con la vida misma, no podemos más que mostrar agradecimiento. Lo que ocurre es que se nos olvida o, peor aún, somos tan soberbios de creer que todo lo que tenemos se debe únicamente a nuestro propio esfuerzo. Solo el que lo ha perdido todo puede apreciar lo que es en realidad la Providencia Divina.

Por eso la primera lectura advierte: “Pero ten cuidado: no olvides al Señor, tu Dios, ni dejes de observar sus mandamientos, sus leyes y sus preceptos, que yo te prescribo hoy. Y cuando comas hasta saciarte, cuando construyas casas confortables y vivas en ellas, cuando se multipliquen tus vacas y tus ovejas, cuando tengas plata y oro en abundancia y se acrecienten todas tus riquezas, no te vuelvas arrogante, ni olvides al Señor, tu Dios. No pienses entonces: “Mi propia fuerza y el poder de mi brazo me han alcanzado esta prosperidad”. Acuérdate del Señor, tu Dios, porque él te da la fuerza necesaria para que alcances esa prosperidad, a fin de confirmar la alianza que juró a tus padres, como de hecho hoy sucede.”

Hoy celebramos en Puerto Rico el día de Acción de Gracias, y aunque nuestra primera y última oraciones de cada día deben comenzar con una acción de gracias, es justo que dediquemos al menos un día del año especialmente para dar gracias a Dios por toda las gracias y dones recibidos: las cosas buenas y las alegrías; y las cosas no tan buenas y los sufrimientos que nos hacen acercarnos y asemejarnos más a Él y nos ayudan a crecer espiritualmente y purificarnos. Por eso, cuando nos sentemos a la mesa a compartir el alimento que hemos recibido de su generosidad, digamos: “Señor Dios, Padre lleno de amor, al darte gracias por estos alimentos y por todas tus maravillas, te pedimos que tu luz nos haga descubrir siempre que has sido tú, y no nuestro poder, quien nos ha dado fuerza para obtener lo que tenemos” (adaptada de la Oración Colecta para hoy).

REFLEXIÓN PARA EL MIÉRCOLES DE LA VIGÉSIMO CUARTA SEMANA DEL T.O. (1) 25-11-15

con vuestra perseverancia salvareis

“Os echarán mano, os perseguirán, entregándoos a las sinagogas y a la cárcel, y os harán comparecer ante reyes y gobernadores, por causa mía. Así tendréis ocasión de dar testimonio. Haced propósito de no preparar vuestra defensa, porque yo os daré palabras y sabiduría a las que no podrá hacer frente ni contradecir ningún adversario vuestro. Y hasta vuestros padres, y parientes, y hermanos, y amigos os traicionarán, y matarán a algunos de vosotros, y todos os odiarán por causa mía. Pero ni un cabello de vuestra cabeza perecerá; con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas”. Esas palabras, pronunciadas por Jesús a sus discípulos, conforman el Evangelio de hoy (Lc 21,12-19).

Jesús continúa su “discurso escatológico” que comenzara ayer; habla de lo que habría de suceder a sus discípulos antes de la destrucción la ciudad de Jerusalén y del Templo (año 70 d.C.). Curiosamente, cuando Lucas escribe su relato evangélico, ya esto había sucedido (Lucas escribe su evangelio entre los años 80 y 90). El mismo Lucas, en Hechos de los Apóstoles, nos narra las peripecias de los apóstoles Pedro, Pablo, Juan, Silas, y otros, y cómo los apresan, los desnudan, los apalean, y los meten en la cárcel por predicar el Evangelio, y cómo tienen que comparecer ante reyes y magistrados. Tal y como Jesús anuncia que habría de ocurrir.

El mismo libro nos narra que ellos salían de la cárcel contentos, “dichosos de haber sido considerados dignos de padecer por el nombre de Jesús” (Hc 5,41). Contentos además porque habían tenido la oportunidad de predicar el Evangelio, no solo en la cárcel, sino ante reyes y magistrados. Más aún, confiados en las palabras del mismo Jesús cuando les dijo: “Pero ni un cabello de vuestra cabeza perecerá; con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas”. El llamado es a la confianza y la perseverancia; características del discípulo-apóstol; ese que escucha el llamado, lo acoge, y se lanza a la misión que Dios le ha encomendado. Discípulos de la verdad; verdad que hemos dicho es la fidelidad del Amor de Dios que nos lleva a confiar plenamente en Él y en sus promesas; Amor que hace que Jesús diga a sus discípulos: “En el mundo tendrán que sufrir; pero tengan valor: yo he vencido al mundo” (Jn 16,33). La promesa va más allá de salvar la vida: “Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas”.

Lo hermoso de la Biblia es su consistencia. Ya Isaías nos transmitía la Palabra de Dios: “Ahora, así dice Yahvé tu creador, Jacob, tu plasmador, Israel. ‘No temas, que yo te he rescatado, te he llamado por tu nombre. Tú eres mío. Si pasas por las aguas, yo estoy contigo, si por los ríos, no te anegarán. Si andas por el fuego, no te quemarás, ni la llama prenderá en ti. Porque yo soy Yahvé tu Dios, el Santo de Israel, tu salvador’” (Is 43,1-3). Promesa poderosa… ¿Cómo no poner nuestra confianza en ese Dios?

Jesús es consistente en sus exigencias, pero igual lo es en sus promesas. Y nosotros podremos fallarle, pero Él nunca se retracta de sus promesas.

REFLEXIÓN PARA EL MARTES DE LA TRIGÉSIMO CUARTA SEMANA DEL T.O. (1) 24-11-15

Sueño Nabucodonosor - Daniel

En la lectura evangélica que nos ofrece la liturgia de hoy (Lc 21,5-11), Jesús utiliza un lenguaje simbólico muy familiar para los judíos de su época, el llamado género apocalíptico, una especie de “código” que todos comprendían. Esta lectura nos sitúa en el comienzo del último discurso de Jesús, en el cual se mezclan dos eventos: el fin de Jerusalén y el fin del mundo, siendo el primero un símbolo del segundo. De hecho, todas las lecturas que estamos contemplando durante esta última semana del tiempo ordinario tienen sabor escatológico; tratan de la destrucción de Jerusalén, el final de los tiempos, y la instauración del Reinado de Dios al final de la historia.

La primera lectura para hoy, al igual que las de los días recientes, está tomada del libro de Daniel (2,31-45). En el pasaje que contempláramos ayer (Dn 1,1-6.8-20) veíamos cómo Daniel, Ananías, Misael y Azarías, manteniéndose firmes en su fe, habían descollado sobre todos los demás jóvenes, porque “Dios les [había concedido] a los cuatro un conocimiento profundo de todos los libros del saber”, lo que hizo que el rey los tomara a su servicio, por su sabiduría. Nos decía la lectura, además, que “Daniel sabía además interpretar visiones y sueños”.

El pasaje que leemos hoy nos presenta el sueño del rey Nabucodonosor, en el que este había visto una enorme estatua, y Daniel, haciendo uso de su don de interpretación de sueños, le explica al rey el significado del mismo.

En su sueño, Nabucodonosor tuvo una visión de “una estatua majestuosa, una estatua gigantesca y de un brillo extraordinario; su aspecto era impresionante. Tenía la cabeza de oro fino, el pecho y los brazos de plata, el vientre y los muslos de bronce, las piernas de hierro y los pies de hierro mezclado con barro”. En la visión “una piedra se desprendió sin intervención humana, chocó con los pies de hierro y barro de la estatua y la hizo pedazos. Del golpe, se hicieron pedazos el hierro y el barro, el bronce, la plata y el oro, triturados como tamo de una era en verano, que el viento arrebata y desaparece sin dejar rastro. Y la piedra que deshizo la estatua creció hasta convertirse en una montaña enorme que ocupaba toda la tierra.

Es una visión preñada de tantos simbolismos que resulta imposible, en tan breve espacio, intentar descifrarlos todos, más allá de la interpretación inmediata que Daniel le brinda a Nabucodonosor. Nos limitaremos a señalar que algunos exégetas ven en la “piedra se desprendió sin intervención humana”, la figura de Cristo, que nació “sin intervención humana” del vientre virginal de María (Cristo es “la roca que nos salva”). Asimismo, “montaña enorme que ocupaba toda la tierra” en que se convirtió la piedra, simboliza la instauración del Reinado definitivo de Dios al final de los tiempos (para los judíos el poder de Dios se manifiesta en la montaña), cuyo reino que “nunca será destruido ni su dominio pasará a otro”.

No hay duda que al final de los tiempos el Hijo vendrá con gloria para concretizar el Reino para toda la eternidad. La pregunta obligada es: ¿Seremos contados en el número de los elegidos? (Cfr. Ap, 7,9-11) De nosotros depende…

REFLEXIÓN PARA EL LUNES XXXIV DEL T.O. (1) 23-11-15

Viuda ofrenda

Estamos en la última semana del año litúrgico, y durante la misma san Lucas nos narrará episodios de los últimos días de la vida terrena de Jesús, justo antes de su Pasión. El pasaje de hoy (Lc 21,1-4) se desarrolla justo a la entrada del Templo, ante el vestíbulo, donde estaban colocadas trece grandes arcas que conformaban la “tesorería” del Templo. Allí depositaban las ofrendas los fieles, y comunicaban sus “intenciones” al encargado de contabilizar el valor de cada ofrenda.

La lectura nos dice que Jesús alzó los ojos; está observando, estudiando los gestos, “viendo” con los ojos de Dios dentro de los corazones de todos los que desfilan frente al arca de las ofendas. Allí “vio unos ricos que echaban donativos en el arca de las ofrendas; vio también una viuda pobre que echaba dos reales, y dijo: ‘Sabed que esa pobre viuda ha echado más que nadie, porque todos los demás han echado de lo que les sobra, pero ella, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir’”. El original nos dice que lo que la viuda ofrendó fue dos lepta, la moneda de menor valor que existía entonces. Y Jesús, que es Dios, sabe que era todo lo que esa pobre mujer tenía. Confianza en la Providencia Divina.

Vemos una marcada diferencia en el significado de cada ofrenda. La viuda le entrega a Dios su pobreza, le ha dado lo único que posee. Los ricos, por el contrario, le entregan su poder y privilegios, le han dado lo que les sobra.

Siempre que leemos este pasaje hablamos de la importancia de ser generosos al momento de ofrendar, o de practicar la caridad; de dar de lo que tenemos, no de lo que nos sobra. Pensemos por un momento a la inversa. ¿Podríamos aplicar le enseñanza de este pasaje a Dios? Si Dios nos hubiese dado solo de lo que le sobra, ¿nos habría dado a su único Hijo para salvarnos? Jesús sabe que le quedan apenas unos días de vida. Sabe que su Padre, que es Dios, lo va a ofrendar a Él, que también es Dios; es decir, que Dios se va a ofrendar a sí mismo, dando no solo lo que tiene, sino lo que es.

Tal vez por eso Jesús presta tanta importancia al gesto de aquella viuda que entregó su posibilidad de sobrevivir, confiando, como lo hizo la viuda de Sarepta, en la palabra del Señor cuando dijo que “el tarro de harina no se agotará ni el frasco de aceite se vaciará” (1 Re 17,7-16).

Ese Jesús que nació pobre, teniendo por cuna un pesebre (Lc 2,7), vivió como pobre, no teniendo donde recostar la cabeza (Mt 18,20), e iba morir, también pobre, teniendo como fortuna su ropa (Jn 19,24), estaba a punto de ofrendar, al igual que la viuda, todo lo que tenía: su vida misma, su persona.

Ayer celebrábamos la Solemnidad de Cristo Rey, y decíamos que el poder del Reino de Dios está en el Amor, no en la riqueza ni el poder terrenal. Dios no es un Rey que vino de paseo a la tierra para mostrar su poder. Por el contrario, vino para hacerse pobre y esclavo de todos, y así mostrar su grandeza; para con su gesto comprar para nosotros la libertad que no puede restringirse con cadenas: la libertad de sabernos amados por un Dios que se ofrece a sí mismo por nosotros y por nuestra salvación.

Que pasen todos una hermosa semana.

REFLEXIÓN PARA LA SOLEMNIDAD DE JESUCRISTO REY DEL UNIVERSO (B) 22-11-15

Cristo Rey 3

Hoy es el trigésimo cuarto del Tiempo Ordinario, Solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo; fiesta que marca el fin de Tiempo Ordinario y nos dispone a comenzar ese tiempo litúrgico tan especial del Adviento.

Todas las lecturas que nos propone la liturgia para hoy (Dn 7,13-14; Sal 92, 1ab.1c-2-5); Ap 1,5-8; y Jn 18,33b-37) nos apuntan al señorío y reinado de Jesús, con un sabor escatológico, es decir, a esa segunda venida de Jesús que marcará el fin de los tiempos y la culminación de su Reino por toda la eternidad.

La primera lectura, tomada de la profecía de Daniel, de género apocalíptico, nos presenta la figura de un “hijo de hombre”, refiriéndose a ese misterio del Dios humanado, el Dios-con-nosotros, que es la persona de Jesús con su doble naturaleza, divina y humana: “Le dieron poder real y dominio; todos los pueblos, naciones y lenguas lo respetarán. Su dominio es eterno y no pasa, su reino no tendrá fin”.

La lectura del libro del Apocalipsis nos reitera el señorío de Jesucristo, “el príncipe de los reyes de la tierra”. Pero a la misma vez lo presenta como “el testigo fiel” que, como decíamos ayer, es sinónimo de “mártir”, lo que nos apunta hacia la verdadera fuente se su poder: el Amor. “Aquel que nos ama, nos ha librado de nuestros pecados por su sangre, nos ha convertido en un reino y hecho sacerdotes de Dios, su Padre. A él la gloria y el poder por los siglos de los siglos”. Juan utiliza el mismo lenguaje de Daniel al describir la visión de Jesús que “viene en las nubes”, añadiendo que cuando Él venga reinará sobre todos, incluyendo a “los que lo atravesaron” (Cfr. Jn 19,37), que tendrán que verlo llegar en toda su gloria. La lectura cierra con una proclamación solemne por parte del Dios Trino: “Yo soy el Alfa y la Omega, el que es, el que era y el que viene, el Todopoderoso”, el principio y el fin de la historia.

De ambas lecturas surge claramente que el Reinado de Jesús no se rige por las normas de los reinos terrenales. Un reino que “no tiene fin”, es eterno, y en vez de convertirnos en súbditos, nos libera. Jesús lo reitera al comparecer ante Pilato en el pasaje evangélico que contemplamos hoy: “Mi reino no es de este mundo. Si mi reino fuera de este mundo, mi guardia habría luchado para que no cayera en manos de los judíos. Pero mi reino no es de aquí”. Más adelante Jesús añade: “Soy rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo; para ser testigo de la verdad”. En ocasiones anteriores hemos dicho que el término “verdad”, según utilizado en las Sagradas Escrituras, se refiere a la fidelidad del Amor de Dios.

El Reino de Jesucristo no es de este mundo, pero se inicia y se va germinando en este mundo, y alcanzará su plenitud definitiva al final de los tiempos, cuando el demonio, el pecado, el dolor y la muerte hayan sido erradicados para siempre. Entonces contemplaremos su rostro y llevaremos su nombre en la frente, y reinaremos junto al Él por los siglos de los siglos (Cfr. Ap 22,4-5). ¡Qué promesa!

Recuerda visitar la Casa de nuestro Rey; Él mismo vendrá a tu encuentro.