REFLEXIÓN PARA EL JUEVES DE LA VIGÉSIMO CUARTA SEMANA DEL T.O. (2) 20-09-18

Hoy la liturgia nos brinda como primera lectura la continuación de la primera carta del apóstol san Pablo a los corintios (1 Cor 15,1-11). Pablo aparenta abordar un problema suscitado entre los integrantes de la comunidad cristiana Corinto respecto la fe en la resurrección de Jesús, que constituye la médula del mensaje del Evangelio. El Evangelio que Pablo y los demás apóstoles predican, más que una doctrina, es el anuncio de un hecho salvífico: el misterio pascual de Jesús, su pasión, muerte, resurrección y glorificación. En eso se concentró la predicación de los apóstoles a las primeras comunidades, y es el mensaje central de las cartas de Pablo. Cabe señalar, que esta confesión de Pablo sobre la resurrección de Jesús es importante, pues constituye el escrito más antiguo que atestigua ese hecho central de nuestra fe, ya que para cuando se escribe esta carta todavía no se había escrito ninguno de los relatos evangélicos.

Vemos cómo Pablo se nutre de la tradición apostólica, mencionando a los testigos principales, incluyendo a Pedro (Cefas, en arameo), para luego incluirse a sí mismo mencionando su testimonio, su propia experiencia con el Resucitado. Pablo quiere dejar meridianamente claro la veracidad de la resurrección de Jesús.

La lectura que contemplamos hoy sirve de preludio a la que leeríamos mañana de no coincidir este año con la Fiesta de san Mateo, apóstol y evangelista, en la que Pablo aborda lo que aparenta se su verdadera preocupación, la falta de creencia de algunos en que un día todos hemos de resucitar también. Por el momento nos limitaremos a señalar que en la lectura de mañana Pablo enfatiza más aún la importancia de la resurrección como elemento central de nuestra fe, al decir: “si Cristo no ha resucitado, nuestra predicación carece de sentido y vuestra fe lo mismo”, pues la Iglesia, nuevo pueblo de Dios, queda constituida definitivamente por el misterio pascual. Si la muerte de Jesús constituyó la mayor prueba del amor de Dios por nosotros, su resurrección es la confirmación de ese amor, pues nos demuestra que ya la muerte no tendrá poder sobre nosotros.

Otro aspecto que quisiéramos señalar de esta lectura es la humildad de Pablo quien, a pesar de haber sido privilegiado con ese encuentro personal con Jesús resucitado, y ser constituido apóstol de los gentiles, se reconoce indigno, y proclama que “por la gracia de Dios soy lo que soy”. En esa humildad encontramos la verdadera señal del cristiano. “Porque todo el que se ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado” (Lc 12,11).

Hoy, pidamos al Señor que nos conceda la gracia de ser humildes para reconocer que todo lo que tenemos, al igual que todos los talentos que poseemos, son pura gratuidad de Él, y que eso nos anime para ponerlos al servicio de nuestros hermanos y de nuestra Iglesia.