REFLEXIÓN PARA EL SÁBADO DE LA VIGÉSIMA SEXTA SEMANA DEL T.O. (2) 01-10-16

Job 2

La liturgia de hoy nos presenta la conclusión del libro de Job (42,1-3.5-6.12-16). En la primera lectura de ayer (38,1.12-21; 40,3-5) veíamos cómo Dios le planteaba a Job, y este reconocía, la grandeza y soberanía de Dios y lo insondable de sus misterios, y terminaba reconociendo su pequeñez. La semilla de la fe.

Hoy vemos la respuesta de Job: “Reconozco que lo puedes todo, y ningún plan es irrealizable para ti, yo, el que te empaño tus designios con palabras sin sentido; hablé de grandezas que no entendía, de maravillas que superan mi comprensión. Te conocía sólo de oídas, ahora te han visto mis ojos; por eso, me retracto y me arrepiento, echándome polvo y ceniza”. Job reconoce que tenía una idea errónea de Dios. Así, desde el sufrimiento, aprende a conocerle; se consolida su fe.

En este pasaje encontramos también el diálogo entre Dios y el hombre que constituye la verdadera oración; ese diálogo entre Dios y el hombre motivado por la fe, y que a la vez sirve para fortalecer, acrecentar esa fe. Dios nos habla; nosotros le escuchamos y le respondemos. Como nos dice Nöel Quesson, “una de las mejores definiciones de la ‘oración’: dialogar con Dios. Escuchar a Dios, hablar a Dios”. Es mediante la oración que conocemos mejor a Dios; y mientras más le conocemos, más le amamos; y mientras más le amamos, más queremos conocerle.

Y a pesar de que este libro de Job, junto a los otros libros sapienciales, ya comienzan a apuntarnos al concepto de la retribución, el “premio” en la vida eterna (contrario al concepto judío de que el hombre “justo” recibía su “recompensa” en este mundo – algo similar a esas sectas de hoy en día que predican la “prosperidad”), en Job encontramos que al final, por haber perseverado en su fe a pesar de todas las calamidades que tuvo que soportar, Dios le premia con una prosperidad superior a la anterior. Y el autor, en un final más apetecible para el lector de la época, nos dice que Job vivió una larga vida rodeado de sus hijos e hijas, nietos y biznietos. “Y Job murió anciano y satisfecho”.

Con la llegada del Cristo y su misterio pascual (su pasión, muerte, resurrección y glorificación), que nos abrió el camino a la vida eterna, vemos en este “final feliz” de Job un tímido anticipo de la verdadera felicidad que nos espera en la “Nueva Jerusalén”, cuando estemos contemplando el rostro de Dios por toda la eternidad (Cfr. Ap 21,3-5).

Hoy, pidamos al Señor que, aunque a veces por nuestra debilidad humana le reclamemos, y hasta le recriminemos en nuestros momentos de prueba, nos brinde la fortaleza y la perseverancia en la fe que mostró Job. Así nuestras tribulaciones se convertirán en experiencias de purificación que, lejos de alejarnos, nos acercarán más a Él, asemejándonos a su Hijo.

Que pasen todos un hermoso fin de semana lleno de la PAZ que sólo Dios puede brindarnos. No olviden visitar su Casa; Él les espera.

REFLEXIÓN PARA EL LUNES DE LA VIGÉSIMA SEXTA SEMANA DEL T.O.(2) 26-09-16

job

Desde hace una semana la liturgia nos ha estado presentando como primera lectura los libros sapienciales contenidos en el Antiguo Testamento de nuestra Biblia Católica. Hasta ahora hemos contemplado pasajes de Proverbios, Sabiduría y Eclesiastés (los libros sapienciales son siete, pero a la Biblia protestante le faltan dos: Sabiduría y Eclesiástico). Hoy tomados el inicio del libro de Job (1,6-22), que nos presenta la historia de un hombre recto y temeroso de Dios, a quien este había favorecido con toda clase de bendiciones.

La lectura, haciendo uso de esos antropomorfismos que encontramos en la Biblia, nos relata una conversación casual entre Dios y Satanás en la cual Dios se ufana ante este último de lo bueno que era su siervo Job. Satanás le responde que con todas las bendiciones que ha recibido, cualquiera puede ser bueno y temeroso de Dios. En una especie de “reto”, con el consentimiento de Dios, Satanás en un solo día le priva de sus hijos, sus rebaños, sus pastores y su salud. Es aquí cuando Job pronuncia su célebre exclamación: “Desnudo salí del vientre de mi madre, y desnudo volveré a él. El Señor me lo dio, el Señor me lo quitó, bendito sea el nombre del Señor”. Es la respuesta que se espera de un verdadero creyente. En lugar de maldecir y renegar de Dios, Job acepta su sufrimiento y continúa alabando y bendiciendo el nombre del Señor. Pero este pasaje no es más que el primer episodio de un drama que se irá desenvolviendo a lo largo del libro. Job ganó el primer “round”, pero Satanás no se dará por vencido; volverá al ataque.

El libro de Job nos plantea la milenaria pregunta de por qué los justos, los inocentes, sufren. La respuesta de Job, aunque imperfecta, es un atisbo de la respuesta definitiva que Jesús habrá de brindarnos cinco siglos más tarde. Jesús, el “justo” por excelencia, despojado de todo, torturado, crucificado y muerto en la cruz. La pregunta lleva implícita otra sobre la retribución en el más allá, en la vida eterna, donde hemos de recibir esa corona de gloria que no se marchita (Cfr. 1Pe 5,4; 1Co 9,25). Y la contestación definitiva la encontraremos en Su gloriosa resurrección.

Este pasaje pretende enseñarnos que todo lo que tenemos es por pura gratuidad de Dios y que, por tanto, nada nos pertenece. “El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga” (Mt 16,24; Cfr. Mc 10,17; Lc 18,18-23). La pregunta que debemos meditar hoy es: ¿Cuando sirvo a Dios y a mis hermanos, lo hago pensando en el “premio” que espero recibir en este mundo, o lo hago verdaderamente por amor a Dios y al prójimo? Piensa en lo más preciado que tienes y pregúntate: Si Dios me lo quitara hoy, ¿podría decir como Job “el Señor me lo dio, el Señor me lo quitó, bendito sea el nombre del Señor”? De la contestación a esa pregunta puede depender tu salvación…

Que pasen una hermosa semana llena de bendiciones, y de la PAZ que solo Dios puede brindarnos.

REFLEXIÓN PARA EL JUEVES DE LA VIGÉSIMO PRIMERA SEMANA DEL T.O. (2) 25-08-16

Siervo fiel

Ambas lecturas que contemplamos en la liturgia de hoy tienen un hilo conductor: el Juicio que nos espera al final de nuestra existencia terrenal.

En la primera, el comienzo de la Carta del apóstol san Pablo a los Corintios (1,1-9), Pablo anima a los de Corinto a mantenerse “firmes hasta el final”, confiando en los dones y gracias que han recibido de nuestro Señor Jesucristo, “para que no tengan de qué acusaros en el día de Jesucristo, Señor nuestro”.

El Evangelio, por su parte, nos ofrece la parábola del siervo vigilante (Mt 24,42-51), una de las llamadas “parábolas del juicio”, que nos presentan la inminencia e impredictibilidad de la segunda venida de Jesús y el Juicio que la acompañará: “Estad en vela, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor. Comprended que si supiera el dueño de casa a qué hora de la noche viene el ladrón, estaría en vela y no dejaría abrir un boquete en su casa. Por eso, estad también vosotros preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre”.

Mateo coloca esta parábola inmediatamente después de la de “los tiempos de Noé”, en la que Jesús nos presenta a los de ese tiempo comiendo y bebiendo, y casándose como si nada fuera a ocurrir, hasta que de súbito fueron arrastrados por el diluvio. No se trata de que estuvieran haciendo nada malo; no hay nada malo en disfrutar de los placeres de la vida. El problema surge cuando nos entregamos a los placeres al punto que estos nos alejan de Dios, nos hacen perder nuestra espiritualidad, conformándonos con “no hacer el mal”.

La parábola de hoy nos coloca en medio de nuestra realidad de día a día. La “vida” nos presenta muchas oportunidades para “pasarla bien”, y cada vez nos vamos dejando arrastrar por los placeres (siempre tendremos tiempo para arrepentirnos; ¡y hasta para confesarnos!). Y como nuestra “hora” no ha llegado aún, continuamos hundiéndonos cada vez más en la autocomplacencia porque el “amo” no está (¿en serio?) y no llega todavía. Pasamos por alto que en cualquier momento este puede llegar y encontrarnos como el criado canalla que maltrató a sus compañeros y se dedicó a comer y beber con los borrachos, hasta que el día y la hora en que menos se lo esperaba, llegó el amo, lo sorprendió y lo hizo pedazos, “mandándolo a donde se manda a los hipócritas (otra vez esa palabra)”, a ese lugar donde “será el llanto y el rechinar de dientes”.

Esta parábola, al igual que las otras “parábolas del juicio”, nos invita a hacer introspección, examen de conciencia, y preguntarnos. ¿Soy como el criado vigilante, o me identifico con el criado canalla? ¿Cómo sé si voy a ver el amanecer de mañana? Si el amo llega sin avisar, ¿cómo me encontrará?

Lo he dicho y no me canso de repetirlo: Dios es misericordioso, pero también es justo, y cuando llegue la hora dará a cada cual según su merecido.

Hoy el Señor nos habla a través de estas lecturas, y nos está diciendo que todavía estamos a tiempo, aunque no sabemos si nuestro día y hora van a ser hoy… Jesús nos advierte, no nos acusa, y siempre nos espera en el sacramento de la reconciliación. ¿Cuándo fue la última vez que te reconciliaste? Mañana puede ser tarde…