REFLEXIÓN PARA EL LUNES DE LA VIGÉSIMO PRIMERA SEMANA DEL T.O. (2) 27-08-18

Foro romano de Tesalónica, donde con toda probabilidad Pablo predicó a sus habitantes.

Después de muchas semanas leyendo la historia del pueblo de Israel en el Antiguo Testamento, la primera lectura de hoy (2 Tes 1,1-5.11b), nos lanza de lleno en el Nuevo Testamento. Durante los próximos tres días estaremos leyendo la Segunda Carta del apóstol san Pablo a los Tesalonicenses.

Desde el saludo introductorio encontramos que Pablo está complacido con el comportamiento de los cristianos de Tesalónica: “…pues vuestra fe crece vigorosamente, y vuestro amor, de cada uno por todos y de todos por cada uno, sigue aumentando”. Por eso les manifiesta su orgullo, especialmente en vista de las persecuciones que están sufriendo: “Esto hace que nos mostremos orgullosos de vosotros ante las Iglesias de Dios, viendo que vuestra fe permanece constante en medio de todas las persecuciones y luchas que sostenéis”.

Pablo está contento; la semilla que sembró ha dado fruto, ¡y fruto en abundancia! Y les recuerda que por su perseverancia en la fe Dios les revestirá de su fuerza para que puedan “cumplir buenos deseos y la tarea de la fe; para que así Jesús, nuestro Señor, sea glorificado en vosotros, y vosotros en él, según la gracia de Dios y del Señor Jesucristo”.

Aquellos primeros cristianos de Tesalónica estaban creciendo en santidad en medio de persecuciones y luchas. Como el mismo Pablo dirá de sí mismo en la carta a Timoteo (4,7): “He combatido bien mi combate, he corrido hasta la meta, he mantenido la fe”.

La lectura de hoy, como toda Palabra de Dios, nos interpela y nos invita a examinarnos. Si Pablo tuviera que juzgar nuestra conducta hoy, ¿se desbordaría en elogios hacia nosotros como lo hizo con los tesalonicenses?; ¿se sentiría orgulloso de nuestra constancia en la fe al punto de mostrar su orgullo ante todo el mundo cristiano? Y nosotros, ¿actuamos de modo tal que “Jesús, nuestro Señor, sea glorificado en nosotros, y nosotros en él”?

En esta semana que comienza, pidamos a nuestro Señor que nos de la fortaleza para perseverar en nuestra búsqueda de la santidad a la que somos llamados, de manera que Él sea glorificado en nosotros.

Que pasen todos una hermosa semana. ¡Bendiciones!

REFLEXIÓN PARA EL MIÉRCOLES DE LA SÉPTIMA SEMANA DE PASCUA 16-05-18

Calle principal de la ciudad de Éfeso, por donde san Pablo seguramente caminó muchas veces durante el año y medio que permaneció allí.

La lectura del evangelio que nos propone la liturgia de hoy (Jn 17,11-29), es la continuación de la llamada “oración” sacerdotal de Jesús, que ocupa todo el capítulo 17 del evangelio según san Juan. En el evangelio de ayer Jesús le encomendaba sus apóstoles al Padre: “Te ruego por ellos; no ruego por el mundo, sino por éstos que tú me diste, y son tuyos. Sí, todo lo mío es tuyo, y lo tuyo mío; y en ellos he sido glorificado. Ya no voy a estar en el mundo, pero ellos están en el mundo, mientras yo voy a ti”.

Los apóstoles se encuentran en una situación difícil; Jesús los llamó y ahora se regresa al Padre. Se sienten como huérfanos, asustados. Jesús los ha instruido acerca de su misión, les ha revelado todo lo que el Padre le encomendó, les ha advertido de las luchas y persecuciones que han de enfrentar en el mundo. Pero Jesús les asegura que Él se va, mas no los deja abandonados a su suerte, les ha prometido enviar el Paráclito que va a continuar su obra por lo siglos de los siglos.

Por otro lado, antes de irse les recuerda que al haber sido escogidos por Él, al igual que Él “no son del mundo”, pero van a estar “en el mundo”, en el que tienen que permanecer unidos, como Él y el Padre son uno. Por eso le pide al Padre por ellos, no para que los retire del mundo, sino para que los mantenga unidos y los guarde del mal, de las fuerzas del maligno que va a estar al acecho constantemente en su misión.

Lo mismo vemos en la primera lectura (Hc 20,28-38) cuando Pablo termina su despedida de los presbíteros de la Iglesia de Éfeso. Él tiene que marcharse y ya no lo volverán a ver. Ellos lloran su partida, se sienten tristes, como los apóstoles cuando Jesús se despidió de ellos. Al igual que Jesús, Pablo les encomienda continuar su misión cuidando del “rebaño”, les advierte de los peligros, de los “lobos” feroces que se van a meter entre ellos, y se los encomienda al Padre.

El Concilio Vaticano II ha dejado meridianamente claro que la misión evangelizadora que Jesús encomendó a los apóstoles es la que todos, sacerdotes, religiosos y religiosas, y laicos estamos llamados a continuar. Y como lo hizo por los apóstoles, Jesús nos envía y nos presenta ante el Padre, intercede por nosotros; nos “escoge”, nos instruye, pertenecemos a Él, y aunque al igual que Él no “pertenecemos al mundo” estamos llamados a llevar a cabo nuestra misión “en el mundo”. Somos sus misioneros para lograr la transformación este mundo tan convulsionado que nos ha tocado vivir. Si nos consagramos en la verdad, es decir si hacemos la voluntad del Padre, como lo hizo Jesús, tendremos una morada asegurada en la Casa del Padre, tal y como Él nos prometió (Jn 14,2).

Hermanos, estamos a unos días de Pentecostés. Oremos al Espíritu Paráclito, para que nos guíe en la misión que Jesús nos encomendó.