REFLEXIÓN PARA LA SOLEMNIDAD DE TODOS LOS SANTOS

“Entonces oí el número de los marcados con el sello: ciento cuarenta y cuatro mil sellados, de todas las tribus de los hijos de Israel. Después miré y había una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de toda nación, razas, pueblos y lenguas, de pie delante del trono y el Cordero, vestidos con vestiduras blancas y con palmas en sus manos. Y gritan con fuerte voz: «La salvación es de nuestro Dios, que está sentado en el trono, y del Cordero»” (Ap 7,4.9-10). Este pasaje, que forma parte de la primera lectura de hoy, es uno de mis favoritos de toda la Sagrada Escritura. Cada vez que lo leo no puedo evitar hacerme una imagen mental de la escena, con efectos audiovisuales y todo. Y como todo cristiano, mi aspiración, como debe ser la de todos, es llegar a formar parte de esa muchedumbre inmensa. Se me eriza la piel de tan solo imaginarlo.

Y esa lectura es muy apropiada para la Solemnidad de todos los Santos que celebramos hoy. Porque si bien la Iglesia nos propone como modelos y canoniza a unos que llamamos “Santos” y “Santas”, son cientos de miles los que componen esa multitud, “imposible de contar” que conforma el grupo de los elegidos, de los que han forjado su santidad a base de oración y amor al prójimo, a base del seguimiento de los pasos de Jesús.

Y de la misma manera en que la patria honra a los héroes anónimos de las grandes guerras con un monumento al “soldado desconocido”, así la Iglesia honra, mediante esta Solemnidad, la memoria de aquellos que vivieron y murieron en olor de santidad, y cuya obra pasó a veces desapercibida para la humanidad, mas no ante los ojos de Dios, quien recibió con agrado la oblación de sus vidas santas.

“Una sola cosa es necesaria” (Lc 10,42): la santidad personal. La santidad no es algo que está reservado a unas cuantas almas “privilegiadas”. Todos estamos llamados a ser “santos”. Dios no nos quiere buenos, nos quiere santos. Santa Teresita del Niño Jesús decía que “la santidad consiste en una disposición del corazón que nos hace humildes y pequeños en los brazos de Dios, y confiados -aun con nuestro cuerpo- en su bondad paternal”. Ya desde el Antiguo Testamento, Yahvé Dios dijo a su pueblo: “Ustedes serán santos, porque yo, el Señor su Dios, soy santo” (Lv 19,2). Pablo llama “santos” a todos los cristianos de esas primeras comunidades; así, por ejemplo, le dice a los Corintios “que han sido santificados en Cristo Jesús y llamados a ser santos, junto con todos aquellos que en cualquier parte invocan el nombre de Jesucristo, nuestro Señor, Señor de ellos y nuestro” (1 Cor 1,2).

Hoy mi alma reboza de alegría, porque la Iglesia universal honra la memoria de mi santa madre y mi padre ejemplar, que estoy seguro se encuentran de pie, ante el trono del Cordero, con sus vestiduras blancas y palmas en las manos, alabando y bendiciendo al Señor, intercediendo por mí y mi familia, mientras gritan con fuerte voz: “La salvación es de nuestro Dios, que está sentado en el trono, y del Cordero”. ¡Santa Milagros y San Ernesto, rueguen por nosotros!

REFLEXIÓN PARA EL LUNES DE LA TRIGÉSIMA SEMANA DEL T.O. (2) 29-10-18

La primera lectura de la liturgia para hoy (Ef 4,32-5,8) es lo que podríamos llamar un “manual de instrucciones para la santidad”. San Pablo logra resumir, en un párrafo, lo que es un verdadero cristiano. Y es tan explícito que no requiere explicación ni interpretación alguna. Les invito a leerla.

Como segunda lectura se nos presenta el pasaje evangélico en el que Jesús cura a una mujer que llevaba dieciocho años encorvada sin poderse enderezar (Lc 13,10-17). Este milagro resalta por dos cosas: Lucas es el único que lo narra, y Jesús obra el milagro sin que la mujer, ni nadie más se lo pida. Nos dice la lectura que Jesús estaba enseñando en una sinagoga y al ver la mujer la llamó y le dijo: “Mujer, quedas libre de tu enfermedad”. Luego hizo el gesto visible de imponerle las manos, “y enseguida se puso derecha. Y glorificaba a Dios.”

Muchos ven en esta narración un simbolismo relacionado con la opresión a que estaban sometidas las mujeres en tiempos de Jesús (simbolizada por el estar encorvada, que la mantenía en un estado servil y no le permitía mirar a los hombres a los ojos) y que Jesús, al enderezarla, le devuelve su dignidad. No obstante, lo cierto es que esa mujer encorvada nos representa a todos los que estamos “encorvados”, oprimidos bajo el peso de nuestros vicios, nuestros pecados, nuestras angustias, nuestros pesares.

La mujer estaba encorvada, no podía interactuar con los que le rodeaban, no podía levantar los ojos al cielo. Jesús se toma la iniciativa, la llama, la cura, la “endereza”. Está claro que Jesús nos quiere erguidos, de pie, en victoria. Por eso nos libera de nuestras “cargas” pesadas (“Vengan a mi…” Mt 11,28), levanta a los que están postrados, como la suegra de Pedro (Mc 1,3-31). Ese “levántate” que encontramos también en el Antiguo Testamento, en el que vemos actuar a un Dios que “levanta del polvo al desvalido” (1 Sam 2,7-8; Sal 113,7), y “levanta al pobre de la miseria” (Sal 107,41).

Estar de pie es sinónimo de libertad, de la dignidad propia de los hijos de Dios. Dios nos creó para ser felices y libres, no para ser esclavizados, ni oprimidos, ni caídos, ni deprimidos. Por eso cuando vio a su pueblo esclavizado en Egipto decidió intervenir en la historia para llevar a cabo el gesto liberador del Éxodo.

Ahora vivimos esclavizados, oprimidos, “encorvados” bajo el peso de nuestros pecados, nuestros vicios. Y ese peso nos impide avanzar, nos impide ver nuestro entorno con claridad, nos impide fijar la mirada en el cielo, nos impide “glorificar a Dios”, como hizo aquella mujer encorvada tan pronto Jesús la enderezó.

Hoy Jesús quiere enderezarnos a nosotros también. Nos invita a poner a sus pies todas nuestras cargas pesadas, materiales o espirituales, que nos mantienen encorvados. Si lo hacemos y nos postramos ante Él, nos impondrá su mano poderosa, nos “pondrá derechos”, y como la mujer encorvada, glorificaremos a Dios.

Que pasen todos una hermosa semana llena de PAZ.

REFLEXIÓN PARA EL LUNES DE LA VIGÉSIMO PRIMERA SEMANA DEL T.O. (2) 27-08-18

Foro romano de Tesalónica, donde con toda probabilidad Pablo predicó a sus habitantes.

Después de muchas semanas leyendo la historia del pueblo de Israel en el Antiguo Testamento, la primera lectura de hoy (2 Tes 1,1-5.11b), nos lanza de lleno en el Nuevo Testamento. Durante los próximos tres días estaremos leyendo la Segunda Carta del apóstol san Pablo a los Tesalonicenses.

Desde el saludo introductorio encontramos que Pablo está complacido con el comportamiento de los cristianos de Tesalónica: “…pues vuestra fe crece vigorosamente, y vuestro amor, de cada uno por todos y de todos por cada uno, sigue aumentando”. Por eso les manifiesta su orgullo, especialmente en vista de las persecuciones que están sufriendo: “Esto hace que nos mostremos orgullosos de vosotros ante las Iglesias de Dios, viendo que vuestra fe permanece constante en medio de todas las persecuciones y luchas que sostenéis”.

Pablo está contento; la semilla que sembró ha dado fruto, ¡y fruto en abundancia! Y les recuerda que por su perseverancia en la fe Dios les revestirá de su fuerza para que puedan “cumplir buenos deseos y la tarea de la fe; para que así Jesús, nuestro Señor, sea glorificado en vosotros, y vosotros en él, según la gracia de Dios y del Señor Jesucristo”.

Aquellos primeros cristianos de Tesalónica estaban creciendo en santidad en medio de persecuciones y luchas. Como el mismo Pablo dirá de sí mismo en la carta a Timoteo (4,7): “He combatido bien mi combate, he corrido hasta la meta, he mantenido la fe”.

La lectura de hoy, como toda Palabra de Dios, nos interpela y nos invita a examinarnos. Si Pablo tuviera que juzgar nuestra conducta hoy, ¿se desbordaría en elogios hacia nosotros como lo hizo con los tesalonicenses?; ¿se sentiría orgulloso de nuestra constancia en la fe al punto de mostrar su orgullo ante todo el mundo cristiano? Y nosotros, ¿actuamos de modo tal que “Jesús, nuestro Señor, sea glorificado en nosotros, y nosotros en él”?

En esta semana que comienza, pidamos a nuestro Señor que nos de la fortaleza para perseverar en nuestra búsqueda de la santidad a la que somos llamados, de manera que Él sea glorificado en nosotros.

Que pasen todos una hermosa semana. ¡Bendiciones!

REFLEXIÓN PARA EL MARTES DE LA OCTAVA SEMANA DEL T.O. (2) 29-05-18

En la primera lectura de hoy (1 Pe 1,10-16), san Pedro recalca la “continuidad” de la revelación divina. El mensaje de salvación que anunciaron los profetas en el Antiguo Testamento es el mismo que nos traen ahora los predicadores del Evangelio. Pedro nos recuerda que lo que los antiguos profetas anunciaban está sucediendo “ahora”. De paso nos recuerda que lo que le da continuidad al mensaje de salvación es el “Espíritu de Cristo”. Que el Espíritu que inspiró a los profetas es el mismo que inspira a los que ahora predican el Evangelio.

A la misma vez, nos está haciendo un llamado a la santidad: “El que os llamó es santo; como él, sed también vosotros santos en toda vuestra conducta, porque dice la Escritura: «Seréis santos, porque yo soy santo»”. Para adquirir la santidad, para ser verdaderos cristianos, es preciso aceptar sin reparos el mensaje de salvación contenido en las Sagradas Escrituras. Para ello tenemos que creer que el Espíritu está presente en esos textos sagrados, y en nuestros corazones para poder captar en toda su plenitud ese mensaje de salvación. Tengo que aspirar a la santidad, tengo que convertirme en otro “Cristo”.

La lectura evangélica (Mc 10,28-31) nos recalca que no basta tampoco con creer y “cumplir” lo que dice la Escritura. Ayer leíamos el pasaje del hombre rico que cumplía todos los mandamientos, pero no pudo seguir a Jesús abandonado su riqueza. Hoy Jesús nos lleva más allá, recalcándonos que no hay nada más importante que Él, ni “casa, o hermanos o hermanas, o madre o padre, o hijos o tierras”. El seguimiento de Jesús tiene que ser radical, no hay términos medios, una vez decidimos seguirlo no hay marcha atrás (Lc 9,60.62; Ap 3,16). Cuando nos habla de relegar a un segundo plano todo lo que nos impida seguirle libremente, no se trata tan solo de las “cosas” materiales o el dinero. Se trata también de los lazos afectivos que a veces nos atan con tanta o más fuerza que las cosas materiales. De nuevo, no se trata de “abandonar” a nuestros seres queridos; se trata de no permitir que se conviertan en un impedimento para seguir a Jesús (Cfr. Lc 12,53).

Él no se cansa de repetirlo. Él es santo, y si queremos seguirlo, tenemos que ser “santos”. La santidad va atada a la filiación divina, lo que implica formar parte de la nueva familia de Dios fundamentada en la Nueva Alianza sellada con la sangre de Cristo derramada en la cruz. En el Antiguo Testamento se pasaba a formar parte del “pueblo elegido” por la sangre, por herencia. Ahora Jesús nos dice que pasamos a formar parte de la nueva familia de Dios cumpliendo la voluntad del Padre (Mc 3,35; Mt 12,49-50; Lc 8,21).

Lo que Jesús nos pide para alcanzar la salvación no es tarea fácil. Nos exige romper con todas las estructuras que generan apegos, para entregarnos de lleno a una nueva vida donde lo verdaderamente importante son los valores del Reino.

La promesa que Jesús nos hace al final de pasaje no se trata de cálculos aritméticos. No podemos esperar “cien casas”, o “cien” hermanos, o padres, o madres, o hijos biológicos, o tierras a cambio de dejar los que tenemos ahora. Lo que se nos promete es que vamos a recibir algo mucho más valioso a cambio. Y no hablamos de valor monetario. ¿Quién puede ponerle precio al amor de Dios; a la vida eterna; a la “corona de gloria que no se marchita” (1 Pe 5,4)?

REFLEXIÓN PARA EL LUNES DE LA OCTAVA SEMANA DEL T.O. (2) 28-05-18

Después de la Cuaresma, la cincuentena de Pascua y las solemnidades de Pentecostés y la Santísima Trinidad, el pasaje evangélico que nos propone la liturgia de hoy (Mc 10,17-27) es el del “joven rico”, llamado así por el evangelio de Mateo (19,16), que nos presenta este personaje como un hombre joven y rico. Cabe señalar que ni Marcos ni Lucas (18,18) aluden a la edad de este hombre. Pero lo verdaderamente importante del pasaje no es la edad del hombre, sino su riqueza y que era un cumplidor del decálogo. Además, el hecho de que se arrodilló ante Jesús y le llamó “Maestro bueno”, demuestra que también le consideraba digno de veneración.

La pregunta que le formula el hombre rico a Jesús es tal vez la pregunta más trascendental que podemos hacerle a Dios: “Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna?”, es decir, ¿qué tengo que hacer para salvarme? Luego de repasar los preceptos del decálogo con el hombre, ante la aseveración de este de que cumplía con todo ellos, Jesús lanza su remate: “Una cosa te falta: anda, vende lo que tienes, dale el dinero a los pobres, así tendrás un tesoro en el cielo, y luego sígueme”.

Una vez más Jesús enfatiza la radicalidad del seguimiento. Si queremos ser santos, como Jesús es Santo, no puede haber nada más importante que las cosas Dios, que el seguimiento. Ni la familia, ni las posesiones, ni los títulos, ni los privilegios, ni los honores, ni el dinero, ni los placeres, ni los vicios… En el caso del hombre rico del pasaje de hoy, Jesús nos explica que no es la riqueza lo que obstaculiza su salvación, es su apego, su confianza en las cosas de este mundo: “¡qué difícil les es entrar en el reino de Dios a los que ponen su confianza en el dinero!”

No se trata de que el dinero, de por sí, sea obstáculo para alcanzar la salvación. Se trata de que ese dinero nos impida “poner la mano en el arado” sin mirar hacia atrás (Cfr. Lc 9,62). Hay personas relativamente pobres que ponen su confianza en lo poco que tienen. Esas personas se convierten en unos pobres ricos, porque a esos les será más difícil entrar al reino de los cielos, que “a un camello pasar por el ojo de una aguja”.

Y aunque el seguimiento de Jesús, que nos conduce por el camino de la salvación, no está motivado por interés o deseo de recompensa, sino por amor, Jesús siempre se muestra generoso con los suyos. Y el premio que nos promete es el más preciado de todos: “en la edad futura, vida eterna”, la “corona de gloria que no se marchita” (Cfr. 1 Co 9,25; 1 Pe 5,4).

Si nos arrepentimos y nos tornamos hacia Dios, dejando a un lado toda “riqueza” temporal, Dios nos recibe y reanima, permitiéndonos conocer Su amor, que nos conducirá a la Verdad y a la vida eterna, porque “Dios lo puede todo”.

Que pasen una hermosa semana en la PAZ del Señor.

REFLEXIÓN PARA LA FIESTA DE SANTA ROSA DE LIMA 30-08-17

“El día en que su madre le reprendió por atender en la casa a pobres y enfermos, santa Rosa de Lima le contestó: ‘Cuando servimos a los pobres y a los enfermos, servimos a Jesús. No debemos cansarnos de ayudar a nuestro prójimo, porque en ellos servimos a Jesús’”. (CIC 2449).

Aunque la Fiesta universal de santa Rosa de Lima es el 23 de agosto, en muchos países, como el nuestro (Puerto Rico), se celebra hoy. Santa Rosa de Lima fue la primera santa americana canonizada, patrona de las Américas y, al igual que Santa Catalina de Siena, a quien siempre trató de imitar, terciaria dominica. La cita del Catecismo de la Iglesia Católica que hemos transcrito resume la vida y misión de esta insigne santa de nuestra Orden. Santa Rosa de Lima también es la patrona del Laicado Dominico de Puerto Rico.

Santa Rosa supo ver el rostro de Jesús en los enfermos, en los pobres, y en los más necesitados, comprendiendo que sirviéndoles servía a Jesús, y que haciéndolo estaba haciéndose acreedora de ese gran tesoro que es la vida eterna (Cfr. Mt 25,40.46). Comprendió valía la pena dejarlo todo con tal de servir a Jesús.

Durante su corta vida (vivió apenas treinta y un años) supo enfrentar la burla y la incomprensión y combatir las tentaciones que la asechaban constantemente. Su belleza física le ganaba el halago de todos. Con tal de no sentir vanidad y evitar ser motivo de tentación para otros, llegó al extremo de desfigurarse el rostro y las manos. Cuentan que en una ocasión su madre le colocó una hermosa guirnalda de flores en la cabeza y ella, para hacer penitencia por aquella vanidad, se clavó en la cabeza las horquillas que sostenían la corona con tanta fuerza que luego resultó difícil removerla.

La lectura evangélica que nos ofrece la liturgia propia de la Fiesta (Mt 13,44-46) nos presenta las parábolas del tesoro y de la perla (dos de las llamadas “parábolas del Reino” que Mateo nos narra en el capítulo 13 de su relato):

“El Reino de los Cielos se parece a un tesoro escondido en un campo; un hombre lo encuentra, lo vuelve a esconder, y lleno de alegría, vende todo lo que posee y compra el campo. El Reino de los Cielos se parece también a un negociante que se dedicaba a buscar perlas finas; y al encontrar una de gran valor, fue a vender todo lo que tenía y la compró”.

Rosa de Lima había encontrado ese gran tesoro que es el amor de Dios, y ya todo palidecía, todo lo consideraba basura con tal de ganar Su amor (Cfr. Flp 3,8). Por eso, aún durante la larga y dolorosa enfermedad que precedió su muerte, su oración era: “Señor, auméntame los sufrimientos, pero auméntame en la misma medida tu amor”.

Cuando leemos las vidas de los grandes santos, nos examinamos y comprendemos lo mucho que nos falta para alcanzar esa santidad a la que todos estamos llamados (1 Pe 1,15). Si ellos, humanos igual que nosotros, con nuestras mismas debilidades, lo lograron, nosotros también podemos hacerlo.

Hoy, pidamos la intercesión de Santa Rosa de Lima para que el Señor nos conceda la perseverancia para continuar en el camino hacia la santidad.

REFLEXIÓN PARA EL LUNES DE LA UNDÉCIMA SEMANA DEL T.O. (1) 19-06-17

Las lecturas que nos ofrece la liturgia hoy constituyen una guía, un mapa, para los que aceptamos el llamado a la santidad que nos hace Jesús. Cuando escuchamos y aceptamos el “Sígueme” que Jesús nos propone, reconocemos que estamos llamados a la santidad, porque Él es santo. La santidad es la plenitud de nuestra felicidad, y la única forma de alcanzar esa plenitud es obrar bien.

La primera lectura, tomada de la segunda carta del apóstol san Pablo a los Corintios (6,1-10) nos proporciona un “código de conducta” para alcanzar esa plenitud que va más allá del mero cumplimiento de unos preceptos. Se trata de una nueva actitud hacia Dios, nuestro prójimo, y nosotros mismos; una nueva forma de ver la vida misma a través de la óptica del amor. Es entregarnos a la voluntad de Dios y vivir de conformidad. Por eso Pablo comienza exhortándonos a “no echar en saco roto la gracia de Dios” y a “no poner en ridículo nuestro ministerio”, ni a dar “a nadie motivo de escándalo”.

Siempre que leo este pasaje me recuerda esa pegatina que lee: “¿Crees en Cristo?; ¡Que se te note!” Nuestro mejor método de evangelización, nuestra mejor predicación, es nuestra conducta, que hace que todos los que se relacionan con nosotros noten que hay “algo” diferente en nosotros, algo que les atrae, algo que les lleva a decir “yo quiero de eso”. Eso incluye a nuestra familia, nuestros vecinos, nuestros trabajos, nuestras escuelas, nuestras organizaciones cívicas, nuestra comunidad de fe.

Esta primera lectura es tan rica en contenido que a no ser por las limitaciones de espacio, la transcribiríamos íntegramente. Les exhorto a leerla; es una verdadera joya.

En la lectura evangélica (Mt 5,38-42), Jesús continúa su catequesis sobre la nueva interpretación de la Ley basada en el Amor. “Habéis oído que se dijo: ‘Ojo por ojo, diente por diente’. Yo, en cambio, os digo: No hagáis frente al que os agravia. Al contrario, si uno te abofetea en la mejilla derecha, preséntale la otra; al que quiera ponerte pleito para quitarte la túnica, dale también la capa; a quien te requiera para caminar una milla, acompáñale dos; a quien te pide, dale, y al que te pide prestado, no lo rehúyas”.

¡Uf, qué difícil nos lo plantea Jesús! Difícil cuando lo vemos desde la perspectiva del mundo secular que nos llama a “dar a cada cual según se merece”, al éxito, al confort, a acumular posesiones, al egoísmo; la cultura del “yo”. Pero para el que ha tenido un encuentro personal con Jesús y ha conocido su Amor, esa exhortación de parte de Jesús resulta fácil, y hasta lógica.

Cuando Dios se convierte en el centro de nuestras vidas, todo adquiere un nuevo significado al punto que todo lo demás lo estimamos “basura” (Cfr. Fil 8,8).

Y tú, ¿has tenido un encuentro personal con Jesús? Él te ha llamado por tu nombre y tan solo está esperando tu respuesta. Anda, ábrele la puerta. Y cuando te diga: “Sígueme”, no lo pienses; ¡síguelo! Créeme, no te arrepentirás.

REFLEXIÓN PARA EL SÁBADO DE LA SÉPTIMA SEMANA DE PASCUA 03-06-17

¡Mañana es Pentecostés! La solemnidad que celebra la venida del Espíritu Santo sobre el colegio apostólico reunido en torno a María, la madre de Jesús. Si bien la Iglesia gira en torno al Misterio Pascual de Cristo, es el Espíritu quien guía a los pecadores que la componemos para tomar las decisiones más humanas de Su Iglesia. Por eso ha perdurado dos mil años, a pesar de las debilidades de sus miembros.

Las lecturas que nos propone la liturgia para hoy nos presentan el pasaje final del libro de los Hechos de los Apóstoles (28,16-20.30-31) y la conclusión del Evangelio según san Juan (21,20-25).

La lectura de Hechos nos narra la actividad de Pablo durante su primer cautiverio en Roma, y cómo su cautiverio (aunque estaba en lo que hoy llamaríamos “arresto domiciliario”) no fue impedimento para que él continuara su misión evangelizadora; estando preso, recibía a todos los que acudían a visitarle, “predicándoles el reino de Dios y enseñando lo que se refiere al Señor Jesucristo con toda libertad, sin estorbos”.

Aun estando en prisión, supo experimentar la verdadera libertad producto de saberse amado por Dios y estar haciendo su voluntad. Mediante su testimonio en Roma, Pablo da cumplimiento la promesa y el mandato de Jesús a sus discípulos antes de su Ascensión: “recibirán la fuerza del Espíritu Santo que descenderá sobre ustedes, y serán mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra”.

Desde el principio hasta el final, vemos en el libro de los hechos de los Apóstoles la acción del Espíritu Santo en el desarrollo y expansión de la Iglesia por todo el mundo conocido.

El relato evangélico, por su parte, nos presenta la continuación del pasaje de ayer, con el diálogo entre Jesús y Pedro, que concluyó con el mandato de Jesús: “Sígueme”. Jesús le había dicho a Pedro que él iba a seguir su misma suerte, que iba a experimentar el martirio. Pedro probablemente se siente orgulloso de seguir los pasos del Señor. Entonces ve que Juan les está siguiendo mientras caminan, y ese deseo humano de compararse con los demás, de saber si otro va a tener el mismo privilegio que yo, le lleva a preguntarle a Jesús: “Señor, y éste ¿qué?”.

El mero hecho de referirse a Juan como “este”, implica cierto grado de orgullo, de aire de superioridad. Después de todo, ya había sido “escogido” para tomar las riendas de la Iglesia naciente. Jesús no pierde tiempo e inmediatamente lo baja de su pedestal: “Si quiero que se quede hasta que yo venga, ¿a ti qué? Tú sígueme”. En otras palabras, cumple tu misión, y deja lo demás en las manos del Padre.

Nuestra Iglesia es Santa, pero está compuesta por pecadores que aspiramos a la santidad; y solo guiados y asistidos por el Espíritu puede seguir adelante y llevar a cabo su misión evangelizadora para que se cumpla la voluntad del Padre: que no se pierda ninguna de las ovejas de su rebaño.

¡Ven Espíritu Santo!

REFLEXIÓN PARA EL SÉPTIMO DOMINGO DEL T.O. (A) 19-02-17

“Habéis oído que se dijo: ‘Amarás a tu prójimo’ y aborrecerás a tu enemigo. Yo, en cambio, os digo: Amad a vuestros enemigos, y rezad por los que os persiguen. Así seréis hijos de vuestro Padre que está en el cielo, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos. Porque, si amáis a los que os aman, ¿qué premio tendréis? ¿No hacen lo mismo también los publicanos? Y, si saludáis sólo a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de extraordinario? ¿No hacen lo mismo también los gentiles? Por tanto, sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto”. Este párrafo, tomado de la lectura evangélica de nos brinda la liturgia para este séptimo domingo del tiempo ordinario (Mt 5,38-48), resume la enseñanza de Jesús.

Es la llamada a la santidad, a ser “santos e irreprochables ante Él” (Ef 1,4). Llamada que desde tiempos de Moisés Yahvé hace a su pueblo en la primera lectura (Lv 19,1-2.17-18): “Seréis santos, porque yo, el Señor, vuestro Dios, soy santo”. Esa es la primera vocación del cristiano, por encima de cualquier otro llamado. Y Jesús le da contenido a esa santidad en el Amor.

La Ley del Amor. Jesús la repite sin cansancio. No podemos acercarnos a Él sin toparnos de frente con ese mensaje. Jesús nos ofrece la filiación divina (¡qué regalo!). Hay un solo requisito: amar; amar sin distinción y sin excepciones, especialmente a aquellos que nos hacen la vida imposible, aquellos que nos traicionan, nos odian, aquellos que son “diferentes”… Y más aún, orar por los que nos persiguen, los que nos hacen daño, los que nos “hacen la vida cuadritos”. Tú nos has mostrado el camino: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lc 23,34). ¡Señor, qué difícil se nos hace seguirte!…

Pero Tú siempre nos hablas claro, sin dobleces: “Les doy un mandamiento nuevo: ámense los unos a los otros. Así como yo los he amado, ámense también ustedes los unos a los otros” (Jn 13,34). ¿No será eso una utopía, un sueño, un ideal, una ilusión, una ingenuidad de Tu parte, Señor?

Pero Tú nunca nos pides nada que no podamos lograr; y mientras más difícil la encomienda, más cerca de nosotros estás para ayudarnos. En este caso nos dejaste el Espíritu de Verdad que iba a venir y hacer morada en nosotros: “Y yo rogaré al Padre, y él les dará otro Paráclito para que esté siempre con ustedes: el Espíritu de la Verdad, a quien el mundo no puede recibir, porque no lo ve ni lo conoce. Ustedes, en cambio, lo conocen, porque él permanece con ustedes y estará en ustedes” (Jn 14,16-17). En reflexiones anteriores hemos expresado que la “Verdad”, en términos bíblicos, es el amor incondicional de Dios.

Esa es la clave para alcanzar la santidad a la que somos llamados. Si logramos despojarnos de todo lo que nos ata y abrimos nuestro corazón a ese Amor incondicional, y nos dejamos arropar por Él, no tenemos más remedio que amar como Él nos ama, hasta el extremo (Jn 13,1).

REFLEXIÓN PARA LA SOLEMNIDAD DE JESUCRISTO, REY DEL UNIVERSO (C), Y CIERRE DEL JUBILEO EXTRAORDINARIO DE LA MISERICORDIA 20-11-16

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Hoy celebramos la solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo, último domingo el Año Litúrgico, ya que el próximo domingo comenzaremos el tiempo de Adviento que nos preparará para el nacimiento del Niño Dios; ese Dios que en el más sublime acto de misericordia quiso humanarse, hacerse uno con nosotros para enseñarnos que el camino al Padre está pavimentado con las obras de misericordia, y luego entregarse a sí mismo como víctima propiciatoria para hacernos acreedores a la Vida eterna.

Les invitamos a leer nuestra reflexión anterior para el Ciclo C en esta misma solemnidad.

Hoy también celebramos la clausura del Jubileo extraordinario de la Misericordia, que culminó con la clausura de la Puerta Santa en la Basílica de San Pedro, en el Vaticano.

Cuando el Santo Padre convocó al Año Jubilar de la Misericordia el año pasado, escogió dos fechas significativas para el comienzo y la conclusión del mismo. Dijo en aquél entonces el Papa: Este Año santo iniciará con la próxima solemnidad de la Inmaculada Concepción y se concluirá el 20 de noviembre de 2016, domingo de Nuestro Señor Jesucristo Rey del universo y rostro vivo de la misericordia del Padre.

En la primera, 8 de diciembre de 2015, conmemorábamos los 50 años de la conclusión del Concilio Vaticano II. Pero más importante aún, en esa fecha celebramos la solemnidad de la Inmaculada Concepción de María, que marca el comienzo, la puesta en marcha del plan que el Padre, en su infinita Misericordia, tenía dispuesto desde la eternidad para devolvernos la Gracia, la dignidad de hijos de Dios que habíamos perdido en el momento de la caída (Cfr. Gn 3,15). Porque solo el seno virginal de la “llena de Gracia”, preservada de antemano de toda mancha de pecado por los méritos de Aquél que iba a concebir por obra del Espíritu Santo, podía ser el vehículo para traer al mundo al Hijo del Padre, al “rostro vivo de la Misericordia del Padre”.

La segunda fecha, hoy, Solemnidad de Nuestro Señor Jesucristo Rey del Universo, nos recuerda que el reinado y señorío de Jesús no están cimentados en la riqueza y el poder, sino en la pobreza y en la Misericordia. De ahí que el lema escogido por el papa Francisco para este Jubileo extraordinario de la Misericordia haya sido: Misericordiosos como el Padre, una versión abreviada del versículo 36 del capítulo 6 del Evangelio según san Lucas en el que Jesús nos dice: “Sean misericordiosos como el Padre es misericordioso”.

Jesús nos invita a ser misericordiosos como el Padre, y en los pasados tres días el Papa nos lo ha recordado con unos mensajes tan cortos como profundos:

  • El jueves nos decía: No basta con experimentar la misericordia de Dios en la propia vida; también es necesario ser instrumento de misericordia para los demás.
  • El viernes nos añadió: ¡Si quieren un corazón lleno de amor, sean misericordiosos!
  • Y ayer, a horas de la clausura, recalcó: La misericordia de Dios para con nosotros está ligada a nuestra misericordia hacia el prójimo.

Durante el año jubilar de la Misericordia descolló la figura del padre misericordioso en la parábola del mismo nombre, mejor conocida como la parábola del hijo pródigo. Pero en esa parábola hay otros personajes de los que casi nadie habla: los siervos del padre. No hay duda que el padre fue misericordioso perdonando al hijo que regresaba arrepentido, pero encargó a sus siervos llevar a cabo los gestos, las obras de misericordia que le devolverían la dignidad a ese hijo: “Traigan aprisa el mejor vestido y vístanle, pónganle un anillo en su mano y unas sandalias en los pies” (Lc 15,22). Es lo que Jesús nos pide continuamente a través de su Palabra; que nos convirtamos en instrumentos de Su misericordia.

Al finalizar cada año o evento importante en nuestras vidas acostumbramos “pasar balance”, hacer introspección, para identificar los frutos así como las fallas en que podamos haber incurrido.

No hay duda que hoy cerramos un año importante, tanto en la Iglesia como en nuestras vidas.

Les invito a hacer introspección preguntándonos: ¿Cómo he vivido el Año de la Misericordia? ¿Me he abierto a la Misericordia de Dios en el sacramento de la reconciliación? ¿He practicado las obras de misericordia, corporales y espirituales? ¿En qué fallé?

Sin duda muchos hemos fallado, pero lo mejor de todo es que la misericordia de Dios es eterna (Sal 136), que Él nunca se cansa de esperarnos (Cfr. Ap 3,20). Como nos dice el libro de las Lamentaciones: “La misericordia del Señor no termina y no se acaba su compasión; antes bien se renuevan cada mañana” (Lm 3,22-23).

Por lo que, más que el “cierre” del Año de la Misericordia, hoy celebramos un envío a seguir trabajando en nuestra vocación a la santidad, esforzándonos cada día más en llegar a ser misericordiosos como el Padre, con la esperanza de que el día final, si no hemos alcanzado plenamente la santidad, al menos nuestro tiempo en el purgatorio sea un poco más corto.

Que pasen un hermoso día y una feliz semana.