REFLEXIÓN PARA EL DÉCIMO CUARTO DOMINGO DEL T.O. (B) 08-07-18

La primera lectura que nos ofrece la liturgia para el este decimocuarto domingo del tiempo ordinario, tomada del libro de Ezequiel (2,2-5), nos presenta lo difícil y frustrante que resulta la tarea del profeta. Recordemos que su misión es anunciar la Palabra de Dios y denunciar los pecados del pueblo. Esta situación se agudiza cuando el mensaje profético viene de uno de del mismo pueblo a quien va dirigido. Dios se lo advierte a Ezequiel: “a ellos te envío para que les digas: ‘Esto dice el Señor’. Ellos, te hagan caso o no te hagan caso, pues son un pueblo rebelde, sabrán que hubo un profeta en medio de ellos”.

Si examinamos la historia de todos los profetas del Antiguo Testamento encontramos que esa es la constante: la incomprensión, el rechazo, la burla. El mismo Jesús sabía que su mensaje no iba a ser bien recibido por todos. Por eso advirtió a sus discípulos, y los preparó para el rechazo: “Y si [en algún lugar] no se os recibe ni se escuchan vuestras palabras, salid de la casa o de la ciudad aquella sacudiendo el polvo de vuestros pies” (Mt 10,14).

La lectura evangélica de hoy (Mc 6,1-6) es un vivo ejemplo de ello. Encontramos a Jesús que ha regresado a su pueblo, Nazaret, probablemente a visitar a su madre y sus parientes. Al llegar el sábado, como todo buen judío acudió a la sinagoga. Allí, se puso de pie y empezó a enseñar. Aunque la narración no nos dice cuáles fueron sus palabras, sabemos por los relatos anteriores a esta escena, cuál es el contenido de su mensaje, y la radicalidad del mismo.

Allí enfrentó el rechazo de los suyos, de sus amigos de infancia, sus vecinos, los que lo habían visto crecer. Ante la radicalidad de su mensaje, y tal vez como un mecanismo de defensa para no enfrentar las consecuencias del mismo, optaron por no escucharlo, fijando su atención en el “mensajero” e ignorando el mensaje. Para ellos Jesús era un simple artesano con las manos toscas y llenas de cicatrices, que había heredado el taller de su padre, y ha reparado las puertas, ventanas, mesas, sillas de los que allí se hallaban… El “hijo de María”. Nadie importante. Lo único que se les ocurre decir es: “¿De dónde saca todo eso?” El prejuicio, el discrimen, los estereotipos, la soberbia.

Confrontados con la sabiduría (y dureza) de las palabras de Jesús, los habitantes de Nazaret prefieren cuestionar su capacidad y, más aún, su origen. ¿Cómo es posible que las palabras de un carpintero vengan de Dios? ¿Cómo es posible que ese carpintero que se ha criado entre nosotros venga de Dios, sea Dios?

Nosotros hemos sido llamados a llevar la Buena Noticia del Reino a todo el que se cruce en nuestro camino (Mc 16,15). Para ello fuimos ungidos profetas el día de nuestro Bautismo. Por eso el Papa Francisco nos invita a salir de la comodidad y seguridad de nuestros templos e ir a la calle, a la “periferia”, a nuestros lugares de trabajo, a nuestros vecindarios. Tenemos que estar preparados para el rechazo y no permitir que eso nos detenga. Recordemos que Él prometió acompañarnos (Mt 28,20). ¡Atrévete!

Si no lo has hecho aún, hazle una visita al Señor en su Casa; Él te está esperando.

REFLEXIÓN PARA EL MIÉRCOLES DE LA SEGUNDA SEMANA DE CUARESMA 28-02-18

Las lecturas que nos presenta la liturgia para hoy tienen un tema común. La Palabra de Dios es cortante, pone al descubierto los pecados de los hombres. Por eso incomoda a muchos, especialmente a aquellos que no son sinceros. La reacción es siempre la misma: Hay que eliminar el mensajero.

En la primera lectura (Jr 18,18-20) vemos cómo sus detractores conspiran para difamar a Jeremías, desprestigiarlo para restarle credibilidad a su mensaje, que es Palabra de Dios. Él es tan solo un profeta, un portavoz de Dios.

Los malvados dijeron: “Venid, maquinemos contra Jeremías”. De este modo Jeremías se convierte en prefigura de Cristo, quien será perseguido y difamado a causa de esa Palabra (Él mismo es la Palabra encarnada). “Venid, lo heriremos con su propia lengua”. Lo que hacen los difamadores, tergiversan las palabras del que quieren difamar, tratan de herirlo con sus propias palabras. Me recuerda la Pasión. Jesús habla del Reino y lo acusan de proclamarse rey (Jn 18, 18-20); dice que destruirá el templo y lo reconstruirá en tres días (refiriéndose a su muerte y resurrección), y lo acusan de blasfemo y terrorista (Mt 26,60b-61). El poder de la lengua… Capaz de herir a una persona en lo más profundo de su ser, de “matar” su reputación. No solo peca contra el quinto mandamiento el que mata físicamente a su prójimo; también el que mata su reputación (Cfr. Mt 5,21-22).

La lectura evangélica de hoy (Mt 20,17-28) nos presenta el tercer anuncio de la pasión por parte de Jesucristo a sus discípulos en el Evangelio según san Mateo. Ya anteriormente lo había hecho en Mt 16, 21-23; y 17, 22-23; 20.

Este tercer anuncio, a diferencia de los anteriores, tiene un aire de inminencia. Jesús sabe que su hora está cerca, el pasaje comienza diciendo que Jesús iba “subiendo a Jerusalén”. Su última subida a Jerusalén, en donde culminaría su misión, enfrentaría su muerte: “Mirad, estamos subiendo a Jerusalén, y el Hijo del hombre va a ser entregado a los sumos sacerdotes y a los escribas, y lo condenarán a muerte y lo entregarán a los gentiles, para que se burlen de él, lo azoten y lo crucifiquen; y al tercer día resucitará”. Anuncia su misterio pascual.

Pero a pesar de que era el tercer anuncio, los discípulos no parecieron comprender la seriedad ni el alcance del mismo. Siguen pensando en “pequeño”, en su “mundillo”, en “puestos”, en reconocimiento. Ya se acerca la hora definitiva y todavía no han captado el mensaje de Jesús, del que vino a servir y no a ser servido. Por eso Jesús les dice: “el que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor, y el que quiera ser primero entre vosotros, que sea vuestro esclavo. Igual que el Hijo del hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por muchos”.

Tal vez por eso, en la hora final, recurre al gesto dramático de quitarse el manto, ceñirse una toalla, echar agua en un recipiente, y lavar los pies de sus discípulos (Jn 13,4-5).

Hoy hemos de preguntarnos: ¿He captado el mensaje de Jesús, o estoy todavía como los discípulos, pendiente de puestos y reconocimientos?

Señor, danos el don de la humildad.