REFLEXIÓN PARA EL SÁBADO DE LA NOVENA SEMANA DEL T.O. (1) 10-06-17

El pasaje del Evangelio de Marcos que contemplamos hoy (12,38-44) se desarrolla justo a la entrada del Templo, ante el vestíbulo, donde estaban colocadas trece grandes arcas que conformaban la “tesorería” del Templo. Allí depositaban las ofrendas los fieles, y comunicaban sus intenciones al encargado de contabilizar el valor de cada ofrenda.

La lectura nos dice que Jesús estaba observando a la gente que echaba dinero; estudiando los gestos, “viendo” con los ojos de Dios dentro de los corazones de todos los que desfilaban frente al arca de las ofendas. Allí vio unos ricos que echaban donativos “en cantidad” en el arca de las ofrendas; vio también una viuda pobre que echaba dos reales, y dijo: “Os aseguro que esa pobre viuda ha echado en el arca de las ofrendas más que nadie. Porque los demás han echado de lo que les sobra, pero ésta, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir”. Jesús, que es Dios, sabe que era todo lo que aquella pobre mujer tenía.

Vemos una marcada diferencia en el significado de cada ofrenda. La viuda le entrega a Dios su pobreza, le ha dado lo único que posee. Los ricos, por el contrario, le entregan su poder y privilegios, le han dado lo que les sobra.

Siempre que leemos este pasaje hablamos de la importancia de ser generosos al momento de ofrendar, o de practicar la caridad; de dar de lo que tenemos, no de lo que nos sobra. Pensemos por un momento a la inversa. ¿Podríamos aplicar le enseñanza de este pasaje a Dios? Si Dios nos hubiese dado solo de lo que le sobra, ¿nos habría dado a su único Hijo para salvarnos? En el momento que esto ocurre Jesús sabe que le quedan apenas unos días de vida. Sabe que su Padre, que es Dios, lo va a ofrendar a Él, que también es Dios; es decir, que Dios se va a ofrendar a sí mismo, dando no solo lo que tiene, sino lo que es.

Tal vez por eso Jesús presta tanta importancia al gesto de aquella viuda que entregó su posibilidad de sobrevivir, confiando, como lo hizo la viuda de Sarepta, en la palabra del Señor cuando dijo que “el tarro de harina no se agotará ni el frasco de aceite se vaciará” (1 Re 17,7-16).

Ese Jesús que nació pobre, teniendo por cuna un pesebre (Lc 2,7), vivió como pobre, no teniendo donde recostar la cabeza (Mt 18,20), e iba morir, también pobre, teniendo como fortuna su ropa (Jn 19,24), estaba a punto de ofrendar, al igual que la viuda, todo lo que tenía: su vida misma, su persona.

Ayer comentábamos que el Reinado que Jesús vino a instaurar está cimentado en el Amor, no en la riqueza ni el poder terrenal. Dios no es un Rey que vino de paseo a la tierra para mostrar su poder ni para devolverle el poder político a su Pueblo. Por el contrario, vino para hacerse pobre y esclavo de todos, y así mostrar su grandeza; para con su gesto comprar para nosotros la libertad que no puede restringirse con cadenas: la libertad de sabernos amados por un Dios que se ofrece a sí mismo por nosotros y por nuestra salvación.

Que pasen todos un hermoso fin de semana; y no olviden visitar el Templo, como lo hizo aquella viuda…

REFLEXIÓN PARA EL VIERNES DE LA SÉPTIMA SEMANA DE PASCUA 02-06-17

¡Sígueme!

Ya en el umbral de Pentecostés, la liturgia nos propone como lectura evangélica (Jn 21,15-19) la conclusión del Evangelio según san Juan, que nos ha acompañado durante prácticamente toda la Pascua. Este pasaje constituye, junto a Mt 16,18 lo que tal vez sea el argumento bíblico más decisivo sobre el primado de Pedro en la Iglesia universal.

Jesús, en su infinita pero misteriosa sabiduría, ha escogido a uno de sus amigos íntimos para que “apaciente sus corderos”, “pastoree sus ovejas”. Sí, al mismo Pedro que, luego de haber asegurado que estaba dispuesto a dar su vida por Él (Jn 13,37), había terminado negándolo tres veces (Mt 26,69-75). Mientras las multitudes seguían y aclamaban a Jesús, era fácil decir que estaba dispuesto a dar la vida por Él. Cuando se vieron rodeados de soldados y amenazados, ese entusiasmo se esfumó. Trato de imaginarme la angustia, la frustración, la vergüenza que sintió Pedro al recordar las palabras de Jesús cuando le dijo que antes de que cantara el gallo le habría negado tres veces.

Ahora se encuentran por última vez, luego del suceso traumático de la muerte de Jesús y su posterior resurrección. Ya todos comprendían lo que Jesús les había adelantado sobre su resurrección. Una vez más el ambiente es de sobremesa; acababan de consumir parte del producto de la pesca milagrosa, y Jesús y su amigo Pedro tienen un “aparte”, probablemente tomando un corto paseo a orillas del lago de Tiberíades. Jesús quiere confiarle a Pedro el rebaño que con tanto amor Él había juntado. Por eso el diálogo gira en torno al principal requisito que tiene que cumplir el que vaya a asumir semejante tarea: el amor.

Jesús conoce lo que hay en nuestros corazones, al punto que las palabras a veces pueden hasta tornarse en obstáculos. Pero aun así le pregunta tres veces (el mismo número de las negaciones): “¿me amas más que éstos?”; “¿me amas?”; “¿me quieres?”. Nos dice la escritura que a la tercera pregunta Pedro “se entristeció”. Probablemente recordó las negaciones, y también cuando su mirada se cruzó con la de Jesús en casa de Caifás. Jesús sabe que Pedro lo ama, pero quiere que Pedro esté seguro que le ama. Porque la labor que le va a encomendar es una de amor, pues solo el que ama “hasta que le duela”, al punto de dar la vida, puede predicar el amor. Todo eso está implícito en la última palabra: “Sígueme”.

Jesús le está confiando su más preciado tesoro, y le está pidiendo que ese mismo amor que le tiene a Él, lo demuestre en su entrega incondicional a ese “rebaño”. Después de todo, la misión de Pedro, junto a los demás discípulos va a ser solo una: predicar el Amor a todo el mundo. Esa es también nuestra misión, y sobre esa gestión hemos de rendir cuentas. Como nos dijo san Juan de la Cruz: “Al atardecer de la vida, seremos examinados en el amor”.

Consciente del alcance y significado de la pregunta, cierra los ojos, examina tu corazón y contesta la pregunta que Jesús te está haciendo: “¿me amas?”

REFLEXIÓN PARA LA FIESTA DE LA VISITACIÓN DE LA BIENAVENTURADA VIRGEN MARÍA 31-05-17

Hoy celebramos la Fiesta de la Visitación de la Santísima Virgen María a su prima Isabel. La liturgia nos regala ese hermoso pasaje del Evangelio según san Lucas (1,39-56) que nos relata el encuentro entre María e Isabel. Comentando sobre este pasaje san Ambrosio dice que fue María la que se adelantó a saludar a Isabel puesto que es la Virgen María la que siempre se adelanta a dar demostraciones de cariño a quienes ama.

Continúa narrándonos la lectura que al escuchar el saludo de María, Isabel se llenó de Espíritu Santo y dijo a voz en grito: “¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? En cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre”.

¿Qué fuerza tan poderosa acompañó aquél saludo de María? Nada más ni nada menos que la presencia viva de Jesús en su vientre, unida a la fuerza del Espíritu Santo que la había cubierto con su sombra produciendo el milagro de la Encarnación. En ocasiones anteriores hemos dicho que el Espíritu Santo es el Amor infinito que se profesan el Padre y el Hijo que se derrama sobre nosotros. Ese mismo Espíritu contagió a Isabel y a la criatura que llevaba en su vientre, haciéndoles comprender el misterio que tenían ante sí, llenándolos de la alegría que solo podemos experimentar cuando nos sentimos inundados del Amor de Dios.

Una anécdota cuenta de un prisionero en un campo de concentración que, en sus momentos de más aflicción, imploraba este don con una sencilla jaculatoria: “¡Salúdame, María!”

En el momento de la Anunciación, el mismo Espíritu que fue responsable del lanzamiento de la Iglesia misionera (Hc 2,1-40), impulsó a María a partir en su primera misión para asistir a su pariente Isabel, quien por ser de edad avanzada necesitaba ayuda. ¡Y qué ayuda le llevó! La fuerza del Espíritu Santo que le permitió reconocer la presencia del Hijo, bajo la mirada amorosa del Padre. ¡La Santísima Trinidad!

Así, la primera misión de María comenzó allí mismo, en la Anunciación. Ante la insinuación de Ángel de que su prima Isabel estaba encinta, inmediatamente se puso en camino, presurosa, hacia el hogar de su prima. Pudo haberse quedado en la comodidad y tranquilidad de su hogar adorando a Jesús recién concebido en su seno.

Tampoco se detuvo a pensar en los peligros del camino. Más bien, se armó de valor y, a pesar de su corta edad (unos dieciséis años), partió con el Niño en su seno virginal. María misionera salió de Nazaret, simplemente para servir… Algunos autores, al describir esta primera misión de María, la llaman “custodia viva”, describiendo ese viaje como la primera “procesión de Corpus”. El alma de María había sido tocada por el que vino a servir y no a ser servido, y optó por seguir sus pasos no obstante los obstáculos, mostrándonos el ejemplo a seguir.

Del mismo modo, cada vez que visitamos a un enfermo, o a un envejeciente, o a cualquier persona que necesita ayuda o consuelo, y le llevamos el amor del Padre y el Hijo que se derrama sobre nosotros en la forma del Espíritu Santo, estamos siguiendo los pasos de María misionera.

En esta Fiesta de la Visitación, imploremos a María con la misma jaculatoria del prisionero de la anécdota, diciendo con fe: “¡Salúdame María!”

REFLEXIÓN PARA EL JUEVES DE LA QUINTA SEMANA DE PASCUA 18-05-17

En la primera lectura de hoy (Hc 15,7-21) podemos apreciar cómo el Espíritu Santo continúa guiando a los apóstoles en el desarrollo de la Iglesia. Ayer leíamos cómo un grupo dentro de la Iglesia (los llamados judaizantes), pretendía imponer a los gentiles que se convertían a la nueva Iglesia todas las “cargas pesadas” de la Ley judía les imponía a ellos (“una carga que ni nosotros ni nuestros padres hemos podido soportar”). Olvidaban que Jesús había venido a liberarnos de ese “yugo” mediante la ley del amor, que su gracia se había derramado sobre gentiles y judíos sin distinción, de manera que todo el que crea en Él pueda salvarse. Olvidaban también la promesa de Dios a Abraham de que “todas las naciones” serían bendecidas en su nombre (Gn 22,18).

Gracias a la inspiración del Espíritu Santo, aquél primer Concilio de Jerusalén decidió que no se podía hacer distinción entre los cristianos por razón de su origen, su raza, su cultura; que Jesús había venido para redimirnos a todos, y que todos recibimos el mismo Espíritu.

La pregunta es obligada. En nuestras comunidades, ¿existen “diferencias” entre unos y otros? ¿Discriminamos, rechazamos, o sutilmente evitamos compartir con algunos feligreses porque viven en cierto lugar, visten diferente, hablan diferente, adoran de un modo distinto, tienen un oficio humilde, tienen algún vicio, o se comportan diferentes?

Jesús, ¿los invitaría a su mesa? Él nos invita a imitarle, así que si nos llamamos cristianos, vamos a derribar todos esos muros que nos separan, muros que nosotros mismos creamos con nuestra pequeñez de espíritu, “para que todos sean uno. Como tú, oh Padre, estás en mí y yo en ti, que también ellos estén en nosotros, para que el mundo crea que tú me enviaste” (Jn 17,21). Si creemos en Jesús, y le creemos a Jesús, ¡que se nos note!

Y la única forma de lograr ese ideal es el Amor. Por eso en la lectura evangélica (Jn 15,9-11) Jesús continúa reiterando el mandamiento del Amor como máxima para el pueblo cristiano: “Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; lo mismo que yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor (de nuevo la insistencia de Jesús en el verbo “permanecer”). Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud”.

Se trata de la verdadera “alegría del cristiano”, que no es otra cosa que el saberse amado por Dios no importa las circunstancias que la vida nos lance. “Como el Padre me ha amado, así os he amado yo”… Si no viniera de labios de Jesús, diríamos que es mentira, parece increíble. ¡Jesús nos está diciendo que nuestra unión amorosa con Él es comparable a la de Él con el Padre! Tratemos por un momento de imaginar la magnitud de ese amor entre el Padre y el Hijo. Sí, se trata de ese mismo amor que se derrama sobre nosotros y tiene nombre y apellido: Espíritu Santo.

Ya se divisa en el horizonte la solemnidad de Pentecostés, y la presencia del Espíritu Santo se hace cada día más patente en la liturgia. Abramos nuestros corazones a ese Espíritu y digamos con fe: ¡Espíritu Santo, ven a mí!

REFLEXIÓN PARA EL MIÉRCOLES DE LA SEGUNDA SEMANA DE PASCUA 26-04-17

La lectura evangélica que nos presenta la liturgia para hoy (Jn 3,16-21) es la culminación del diálogo de Jesús con Nicodemo que hemos venido comentando. Algunos exégetas sostienen que esta parte del diálogo no fue pronunciada por Jesús, sino que es una conclusión teológica que el autor añade a lo que pudo ser el diálogo original. Lo cierto es que en esta parte del diálogo Jesús llega a una mayor profundidad en la revelación de su propio misterio.

“Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único”… Todo es iniciativa de Dios, iniciativa de amor y su máxima expresión: la Misericordia. Todo el relato evangélico de Juan, toda su teología gira en torno a este principio del amor gratuito, incondicional, e infinito de Dios, que es el Amor mismo. Analicemos esta frase. El uso del superlativo “tanto”, implica que ese amor no tiene límites, es hasta el fin, hasta el extremo (Jn 13,2). Juan no cesa de repetirlo. Dios nos ama con locura, con pasión; y ese amor lo llevó a regalarnos a su propio Hijo, para que todos podamos salvarnos, “para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna”. Tanto nos ama Jesús, tanto te ama, tanto me ama…

Y todo el que conoce ese amor incondicional de Dios cree en Él. “Hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en Él” (1 Jn 4,16).

Pero Dios nos ama tanto que respeta nuestra libertad, nuestro libre albedrío; nos da la opción del aceptar el regalo, o rechazarlo: “El que cree en él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios”. Para mostrar su punto, Juan echa mano de la contraposición entre la luz y las tinieblas: “El juicio consiste en esto: que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron la tiniebla a la luz, porque sus obras eran malas. Pues todo el que obra perversamente detesta la luz y no se acerca a la luz, para no verse acusado por sus obras. En cambio, el que realiza la verdad se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios”.

En el mismo Evangelio Jesús dirá más adelante: “Yo soy la luz del mundo. El que me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la Vida” (Jn 8,12)

En el pasaje que nos ocupa hoy vemos que la contraposición entre la luz y las tinieblas no depende del conocimiento de Jesús y su doctrina, sino de nuestras obras. “El que obra perversamente detesta a Luz… el que realiza la verdad se acerca a la Luz, para que vea que sus obras están hechas según Dios”. Es claro: todo el que ha conocido el amor de Dios no tiene más remedio que reciprocarlo, y esa reciprocidad se traduce en obras. Es “la fe que se ve”… “La fe, si no va acompañada de las obras, está completamente muerta”…. “el hombre no es justificado sólo por la fe, sino también por las obras” (St 2, 17.24). En eso consiste el plan de salvación que Jesús nos presenta.

Dios es amor. Él no condena a nadie como lo haría un juez humano. Cada uno de nosotros, según nuestro modo de actuar, estamos forjando nuestra salvación o condenación. El cielo, la salvación, comienza aquí. ¡Manos a la obra!

REFLEXIÓN PARA LA FIESTA DE SAN MARCOS, EVANGELISTA 25-04-17

Hoy hacemos un paréntesis en la liturgia Pascual para celebrar la Fiesta de san Marcos, evangelista. Marcos no fue uno de “los doce”. Según Papías de Hierápolis fue hermeneguo, es decir amanuense o intérprete de Pedro. Escribió su relato evangélico entre los años 65-70, siendo el primero en escribirse, cronológicamente. Marcos escribe para los paganos de la región itálica, con el objetivo de demostrarles que Jesús es Dios.

Para esta Fiesta la liturgia nos presenta parte de la conclusión de su relato evangélico (Mc 16,15-20), que algunos estudiosos sostienen fue añadida posteriormente, ya que parece ser un conjunto de episodios extraídos de los relatos pascuales de otros evangelios escritos posteriormente (la parte que se piensa fue añadida comprende los vv. 9-20).

El pasaje incluye dos “tiempos” distintos, separados por el fenómeno de la Ascensión, que aunque no se describe, se afirma: “Después de hablarles, el Señor Jesús subió al cielo y se sentó a la derecha de Dios”. En la primera parte del pasaje, cuando encomienda a “los Once” la misión de ir al mundo entero y proclamar el Evangelio a toda la creación, el evangelista se refiere a Él como “Jesús”. En el momento justo antes de “subir al cielo” y sentarse a la derecha del Padre (signo de igualdad), se refiere a Él como “Señor Jesús”. Con esa fórmula se confiesa la fe apostólica recogida en el Credo: que Jesús (el nacido de Santa María Virgen, que padeció bajo el poder de Poncio Pilato) es el Señor resucitado que ha sido glorificado. Y que ese Jesús es Dios, igual al Padre.

Otra cosa surge claramente de este pasaje: que los discípulos de Jesús hemos de continuar la misión de Jesús, es decir, proclamar a todos la Buena Noticia (“Evangelio”) del Reino y seguir sus pasos.

Hay una parte de este relato que siempre me ha llamado la atención, sobre todo porque algunas sectas fundamentalistas la interpretan literalmente (lo que, por cierto, ha causado un número considerable de muertes). Me refiero a la parte en que Jesús dice a los apóstoles: “A los que crean, les acompañarán estos signos: echarán demonios en mi nombre, hablarán lenguas nuevas, cogerán serpientes en sus manos y, si beben un veneno mortal, no les hará daño. Impondrán las manos a los enfermos, y quedarán sanos”.

No hay duda, a los creyentes nos acompañarán esos signos. Expulsaremos demonios, es decir, la fe en Jesús nos ayudará erradicar el mal del mundo en Su nombre. Hablaremos nuevas lenguas, o sea, un nuevo lenguaje de amor, fraternidad, paz y comunicación entre los hombres. Cogeremos serpientes con las manos, es decir, cogeremos y expulsaremos toda clase de males como el discrimen, la corrupción, las cosas repugnantes y malignas que dañan al hombre. Tampoco habrá “venenos” que puedan dañarnos, pues aún aquellos que logren calumniarnos con el veneno de sus mentiras no podrán dañarnos, porque todo ello se convierte en bien para los que aman al Señor. Finalmente, la Buena Noticia del Reino se convierte en fuente de alivio para los pobres y enfermos.

Jesús “subió al cielo y se sentó a la derecha del Padre”, pero a sus discípulos (sí, a ti y a mí) nos encargó continuar su misión en el mundo y en la historia, hasta que vuelva. Así que: ¡manos a la obra!

REFLEXIÓN PARA EL VIERNES SANTO EN LA MUERTE DEL SEÑOR 14-04-17

Hoy no se celebra la Santa Misa. En su lugar, a la “hora nona” (las tres de la tarde), se celebra la Pasión del Señor con la Liturgia de la Palabra y la Adoración de la Cruz. Luego de la Adoración de la Santa Cruz, se distribuye la comunión con el pan consagrado el día anterior durante la Misa de la Cena del Señor. Es día de ayuno y abstinencia. También en este día se meditan las “siete palabras” de Jesús en la cruz. El propósito es recordar la crucifixión de Jesús y acompañarlo en su sufrimiento.

La Liturgia de la Palabra para este día consta de la lectura del cuarto “Cántico del Siervo de Yahvé” (Is 52,13-53,12) – profecía del Mesías en su Misterio Pascual, el Salmo 30 (2.6.12-13.15-16.17.25) – con la invocación de Jesús en la cruz: “Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu”, el pasaje de la Carta a los Hebreos donde se proclama el sentido sacerdotal de la vida de Jesús y especialmente en la Pasión (Hb 4,14-16;5,7-9) y, finalmente, el relato de esta según san Juan (18,1–19,42).

La primera lectura, que a mí siempre me conmueve, no solo profetiza, sino que explica el verdadero sentido de la Pasión redentora de Jesús: “Él soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores; nosotros lo estimamos leproso, herido de Dios y humillado, pero él fue traspasado por nuestras rebeliones, triturado por nuestros crímenes. Nuestro castigo saludable cayó sobre él, sus cicatrices nos curaron. Todos errábamos como ovejas, cada uno siguiendo su camino; y el Señor cargó sobre él todos nuestros crímenes. Maltratado, voluntariamente se humillaba y no abría la boca; como cordero llevado al matadero, como oveja ante el esquilador, enmudecía y no abría la boca. Sin defensa, sin justicia, se lo llevaron, ¿quién meditó en su destino?… El Señor quiso triturarlo con el sufrimiento, y entregar su vida como expiación… Mi siervo justificará a muchos, porque cargó con los crímenes de ellos. Le daré una multitud como parte, y tendrá como despojo una muchedumbre. Porque expuso su vida a la muerte y fue contado entre los pecadores, él tomó el pecado de muchos e intercedió por los pecadores”.

Y todo fue por amor…

El salmo nos presenta la última de las siete palabras de Jesús en la cruz: “Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu”. En la sexta palabra Jesús anuncia al Padre que la misión que Él le había encomendado estaba cumplida (Jn 19,30). Ahora reclina la cabeza sobre su pecho y, estando ya próximo el sábado, llegó la hora de descansar, como lo hizo el Padre al concluir la creación (Cfr. Gn 1,31.2,2).

No sé exactamente qué pasaría por su mente en esos momentos, pero prefiero creer que su último pensamiento humano fue para su Madre bendita. Eso le hizo recordar aquellas palabras que había aprendido de niño en el regazo de su Madre, las palabras con que todos los niños judíos encomendaban su alma a Dios al acostarse: “Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu”.

Señor, ayúdame a comprender y apreciar el sacrificio supremo de la Cruz, ofrecido por Ti inmerecidamente para nuestra salvación. Amén.

REFLEXIÓN PARA EL SÁBADO DE LA CUARTA SEMANA DE CUARESMA 01-04-17

En las lecturas que contemplamos hoy se percibe un ambiente de tensión. Ya se ve en el horizonte el drama de la Pasión…

La primera lectura (Jr 11,18-20) continúa prefigurando la Pasión, con la imagen del “cordero manso, llevado al matadero”. Seis siglos antes que Jesús, Jeremías también había sido perseguido por anunciar la palabra de Dios e invitar a su pueblo a la conversión.

Esa imagen del cordero, tan asociada al “cordero pascual” que representa la figura de Cristo, enfatiza la inocencia de la víctima y la injusticia del sacrificio; sacrificio que fue justificado por la Ley.

En la lectura evangélica (Jn 7,40-53) encontramos a los judíos divididos en cuanto a su opinión sobre Jesús. Jesús siempre se presentó como una figura controversial. Ya Simeón había profetizado que Jesús iba a ser “signo de contradicción” (Lc 2,34). Por otro lado, vemos que los sumos sacerdotes y fariseos ya estaban poniendo en marcha su conspiración para acabar con Jesús. Pero sus esfuerzos por arrestarlo resultaban en vano. Los guardias del templo que tenían esa encomienda regresaron ante ellos con las manos vacías. Furiosos ante el fracaso de su gestión, increparon a los guardias: “¿Por qué no lo habéis traído?”, a lo que éstos respondieron: “Jamás ha hablado nadie como ese hombre”. El poder del Verbo, la Palabra de Dios que creó el universo (Cfr. Gn 1), que separó las tinieblas de la luz; que es capaz de apartar las tinieblas de los corazones que se abren a ella. Los guardias no habían podido resistir ese Poder.

Los fariseos estaban tan concentrados en estudiar la Ley y los profetas, en aprenderlos de memoria, en debatir sobre su interpretación, en el estricto “cumplimiento” de la Ley, que no reconocieron a Aquél de quien hablaban los profetas. Por eso insultan a los guardias: “¿También vosotros os habéis dejado embaucar? ¿Hay algún jefe o fariseo que haya creído en él? Esa gente que no entiende de la Ley son unos malditos”.

Los compararon con los llamados “pecadores” de su época. Este grupo lo conformaban aquellos que por falta de instrucción, y desconocimiento de la Ley, estaban constantemente expuestos a incumplir sus normas o preceptos, especialmente aquellos relativos a la pureza ritual, y eso los convertía en “pecadores”. Los judíos los denominaban el “pueblo de la tierra” o ham ha’ares. Solo esta gente “ignorante” podía dejarse “embaucar” por Jesús.

Los fariseos estaban convencidos que solo mediante el estudio de la Ley y las escrituras se podía alcanzar el favor de Dios. Todavía, en pleno siglo XXI, existen sectas fundamentalistas que sostienen que el que no sabe leer no puede salvarse, pues no puede leer la Biblia. Los fariseos confundían el conocimiento de la Ley con el conocimiento de Dios. Esa actitud resalta el contraste entre ellos y Jesús. Ellos se sienten “superiores”, por encima de la plebe, mientras Jesús se identifica con los pobres y marginados.

Al final de pasaje vemos que los fariseos también apoyan sus prejuicios en las Escrituras cuando insultan a Nicodemo: “verás que de Galilea no salen profetas”.

Hagamos examen de conciencia. Nosotros, ¿utilizamos las Escrituras para juzgar, y fundamentar nuestros prejuicios contra ciertas personas o grupos? ¿Ponemos los preceptos por encima del amor?

“Misericordia quiero, y no sacrificio”…

REFLEXIÓN PARA EL VIERNES DE LA CUARTA SEMANA DE CUARESMA 31-03-17

El pasaje que nos presenta la liturgia de hoy como primera lectura (Sab 2,1a.12-22) parece un adelanto (como esos que nos dan en el cine) del drama de la Pasión que vamos a contemplar al final de la Cuaresma. El libro de la Sabiduría es uno de los llamados “deuterocanónicos” que no forman parte de la Biblia protestante. Fue escrito durante la era de la restauración, luego del destierro en Babilonia. Sin este libro la Biblia se quedaría “coja”, pues el mismo sirve como una especie de “puente” entre el Antiguo Testamento y el Nuevo Testamento.

Cuando leemos este pasaje nos parece estar escuchando a los perseguidores de Jesús. Luego de reprochar su conducta, enfatizando su osadía al llamarse “Hijo del Señor”, deciden acabar con Él: “Veamos si sus palabras son verdaderas, comprobando el desenlace de su vida. Si es el justo hijo de Dios, lo auxiliará y lo librará del poder de sus enemigos; lo someteremos a la prueba de la afrenta y la tortura, para comprobar su moderación y apreciar su paciencia; lo condenaremos a muerte ignominiosa, pues dice que hay quien se ocupa de él”.

Esta lectura nos sirve de preámbulo al pasaje del Evangelio según san Juan que contemplamos hoy (Jn 7,1-2.10.25-30). Este es uno de esos pasajes que la liturgia nos presenta fragmentados, por lo que es recomendable leerlo en su totalidad (los versículos 1-30), para poder entenderlo.

Juan nos reafirma la persona de Jesús como enviado del Padre, el único que le conoce y, por tanto, el único vehículo para conocer al Padre. “A mí me conocéis, y conocéis de dónde vengo. Sin embargo, yo no vengo por mi cuenta, sino enviado por el que es veraz; a ése vosotros no lo conocéis; yo lo conozco, porque procedo de él, y él me ha enviado”.

Pero la trama sigue complicándose. Vemos cómo el cerco va cerrándose cada vez más alrededor de la persona de Jesús, cómo va desarrollándose la conspiración que dentro de unos días se concretizará. Él está viviendo la experiencia de sentirse acorralado, rodeado de odio. Ve acercarse el fin… Tiene que ser cuidadoso, mide sus actuaciones, porque “todavía no ha llegado su hora”.

Dentro de todo este drama, Jesús se mantiene cauteloso pero sereno. Sabe quién le ha enviado y para qué ha sido enviado. Tiene que cumplir su misión salvadora. Se siente amado por el Padre y conoce sus secretos. Todo está en manos del Padre.

Jesús nos revela que Dios es nuestro Padre (Mt 6,9, Lc 11,2), por eso, al igual que Él, somos hijos de Dios (Jn 1,12; Rm 8,15-30) y coherederos de la gloria.

Contemplamos la serenidad, la paz de Jesús en medio de la persecución y el odio que le rodeaba, y sabemos que esa paz es producto de saberse amado por el Padre. Ese amor que le permite sentirse acompañando en medio del desierto. Vivía esa intimidad con el Padre, que se nutría de la oración constante.

Hoy, pidamos al Señor que nos conceda la gracia de vivir como Él esa intimidad con el Padre, para que seamos reconfortados por Su presencia en medio de la tribulación. Abandonarnos a Su misericordia, como un niño en brazos de su padre o, mejor aún, su madre. Ese es el secreto.

REFLEXIÓN PARA EL VIERNES DE LA SEGUNDA SEMANA DE CUARESMA 17-03-17

La liturgia de hoy nos brinda como primera lectura (Gn 37,3-4.12-13a.17b-28) la historia de José, uno de los doce hijos de Jacob (Israel). Esta narración tiene el propósito de explicar la procedencia de la tribu de José y el porqué de su preeminencia sobre las demás tribus. La historia nos presenta cómo la providencia divina hace que un acto, producto de la envidia y la maldad de los hermanos de José, desencadene una serie de eventos que culminan con la salvación del pueblo.

Así, al final de la narración, José dirá a sus hermanos: “El designio de Dios ha transformado en bien el mal que ustedes pensaron hacerme, a fin de cumplir lo que hoy se realiza: salvar la vida a un pueblo numeroso” (Gn 50,20).

Esta historia nos demuestra a nosotros cómo Dios muchas veces permite que nos sucedan cosas que nos hieren, nos causan daño, pero con el tiempo descubrimos que todo tenía un propósito. Alguien ha dicho que “Dios escribe derecho en renglones torcidos”.  Es en la prueba, en la mortificación, que nos purificamos, como el oro en el crisol: “Por eso, ustedes se regocijan a pesar de las diversas pruebas que deben sufrir momentáneamente: así, la fe de ustedes, una vez puesta a prueba, será mucho más valiosa que el oro perecedero purificado por el fuego, y se convertirá en motivo de alabanza, de gloria y de honor el día de la Revelación de Jesucristo” (1 Pe 1,6-7).

Los hermanos de José lo vendieron por veinte monedas, y al llevar a cabo ese acto detestable e inmoral, sin saberlo, estaban contribuyendo a realizar un episodio importante en la historia del pueblo de Israel y, de paso, al desarrollo de la historia de la salvación; esa que Yahvé tenía dispuesta desde el principio (Cfr. Gn 3,15).

Asimismo, cuando meditemos sobre la Pasión de Nuestro Señor durante la Semana Santa, veremos cómo Jesús también es vendido por treinta monedas de plata y posteriormente torturado y asesinado. Lo que aparenta ser una derrota, un fracaso estrepitoso, se convierte en el acto de amor más sublime en la historia de la humanidad, en la victoria definitiva sobre el pecado y la muerte, dando paso a nuestra salvación. La “locura de la cruz”, que cuando la miramos desde la óptica de la fe se convierte en “fuerza de Dios” (1 Cor 1,18).

José, a quien sus hermanos desecharon, e incluso conspiraron para matar, se convirtió en la salvación de sus hermanos y de todo su pueblo. Asimismo Jesús, mediante su Misterio Pascual, se convirtió en la salvación para toda la humanidad, incluyendo los que no le aman.

“La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular. Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente” (Sal 118,22; Mt 21,42).

Durante este tiempo de Cuaresma, meditemos sobre el Misterio Pascual de Jesús y cómo Jesús, por amor, ofrendó su vida para el perdón de los pecados de toda la humanidad, los cometidos y por cometer. Los tuyos y los míos.