REFLEXIÓN PARA EL VIERNES DE LA SEMANA XXXIV DEL T.O (2) 28-11-14

ultimos tiempos

Estamos en las postrimerías del tiempo ordinario. Mañana en la noche, con las vísperas del primer domingo de Adviento, comenzamos un nuevo año litúrgico.

La lectura evangélica (Lc 21,29-33) nos refiere a la segunda venida de Jesús en toda su gloria a instaurar su Reino que “no pasará”. Pero primero nos invita a estar atentos a los “signos de los tiempos” para que sepamos cuándo ha de ser. Como suele hacerlo, Jesús echa mano de las experiencias cotidianas de sus contemporáneos, que conocen de la agricultura: “Fijaos en la higuera o en cualquier árbol: cuando echan brotes, os basta verlos para saber que el verano está cerca”.

Esa figura de los árboles que “echan brotes”, nos apunta a la primavera, que anuncia un “nuevo comienzo”, el “nuevo tiempo” que ha de representar el Reinado definitivo de Dios, la “nueva Jerusalén” del final de los tiempos. Ese Reino que Jesús inauguró hace casi dos mil años y que la Iglesia, pueblo de Dios, continúa madurando, como los brotes de los árboles en primavera, hasta que florezca y alcance su plenitud.

Muchos imperios, reinados, gobiernos, ideologías, ha surgido y desaparecido. Pero la Palabra de Dios se mantiene incólume a lo largo de la historia. Y la Iglesia (nosotros) está encargada de asegurarse que esa Palabra siga floreciendo para que la salvación alcance a todos. “El cielo y la tierra pasarán, mis palabras no pasarán”.

La primera lectura (Ap 20,1-4.11-21), por su parte, también nos remite la segunda venida de Jesús y al juicio que la acompañará, y cómo en ese momento seremos juzgados según nuestras obras: “Y vi a los muertos, grandes y pequeños, de pie delante del trono; fueron abiertos unos libros, y luego se abrió otro libro, que es el de la vida; y los muertos fueron juzgados según lo escrito en los libros, conforme a sus obras”… “La Muerte y el Hades fueron arrojados al lago de fuego –este lago de fuego es la muerte segunda– y el que no se halló inscrito en el libro de la vida fue arrojado al lago de fuego”.

De nada nos vale ir a misa diaria, ni participar en incontables ceremonias litúrgicas, si no amamos, si no practicamos las obras de misericordia (Cfr. Mt 12,7; 25,31; St 2,17-18). Bien lo dijo San Juan de la Cruz: “En el ocaso de nuestra vida seremos juzgados en el amor”.

El pasado año, en una homilía con relación a la parábola de las diez vírgenes (Mt 25,1-13), el papa Francisco también nos exhortaba a ver los signos de los tiempos y estar preparados para ese encuentro con Jesús en su segunda venida, para que no nos sorprenda dormidos.

Estamos a escasas horas del Adviento, y la liturgia de ese tiempo especial nos invita a estar atentos a esa segunda venida de Jesús y al nacimiento del Niño Dios, no solo en Belén, sino en nuestros corazones. Es momento propicio para hacer introspección y preguntarnos: Cuando me llegue el momento de ponerme de pie ante el “gran trono blanco”, ¿estará escrito mi nombre en el “libro de la vida”?

Todavía estamos a tiempo…

REFLEXIÓN PARA LAS TÉMPORAS DE ACCIÓN DE GRACIAS Y PETICIÓN POR LA ACTIVIDAD HUMANA 27-11-14

accion de gracias

La Provincia Eclesiástica de Puerto Rico celebra hoy las Témporas de Acción de Gracias y Petición por la Actividad Humana, y las lecturas que nos propone la liturgia (Dt 8,7-18 y Mt 7,7-11) tienen que ver con la providencia divina y el agradecimiento que debemos a Dios por su generosidad.

En el Evangelio, Jesús nos asegura que el Señor nos dará todas las cosas buenas que le pidamos: “Si ustedes, que son malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¡cuánto más el Padre de ustedes que está en el cielo dará cosas buenas a aquellos que se las pidan!” El problema estriba en que muchas veces no sabemos pedir; pedimos cosas que no nos convienen o que están en contra de la voluntad del padre. “Piden y no reciben, porque piden mal, con el único fin de satisfacer sus pasiones” (St 4,3).

Lo cierto es que si analizamos nuestras vidas, y los dones que recibimos de Dios diariamente, todos frutos de su generosidad, comenzando con la vida misma, no podemos más que mostrar agradecimiento. Lo que ocurre es que se nos olvida o, peor aún, somos tan soberbios de creer que todo lo que tenemos se debe únicamente a nuestro propio esfuerzo. Solo el que lo ha perdido todo puede apreciar lo que es en realidad la providencia divina.

Por eso la primera lectura advierte: “Pero ten cuidado: no olvides al Señor, tu Dios, ni dejes de observar sus mandamientos, sus leyes y sus preceptos, que yo te prescribo hoy. Y cuando comas hasta saciarte, cuando construyas casas confortables y vivas en ellas, cuando se multipliquen tus vacas y tus ovejas, cuando tengas plata y oro en abundancia y se acrecienten todas tus riquezas, no te vuelvas arrogante, ni olvides al Señor, tu Dios. No pienses entonces: “Mi propia fuerza y el poder de mi brazo me han alcanzado esta prosperidad”. Acuérdate del Señor, tu Dios, porque él te da la fuerza necesaria para que alcances esa prosperidad, a fin de confirmar la alianza que juró a tus padres, como de hecho hoy sucede.”

Hoy celebramos en Puerto Rico el día de Acción de Gracias, y aunque nuestra primera y última oraciones de cada día deben comenzar con una acción de gracias, es justo que dediquemos al menos un día del año especialmente para dar gracias a Dios por toda las gracias y dones recibidos: las cosas buenas y las alegrías; y las cosas no tan buenas y los sufrimientos que nos hacen acercarnos y asemejarnos más a Él y nos ayudan a crecer espiritualmente y purificarnos. Por eso, cuando nos sentemos a la mesa a compartir el alimento que hemos recibido de su generosidad, digamos: “Señor Dios, Padre lleno de amor, al darte gracias por estos alimentos y por todas tus maravillas, te pedimos que tu luz nos haga descubrir siempre que has sido tú, y no nuestro poder, quien nos ha dado fuerza para obtener lo que tenemos” (adaptada de la Oración Colecta para hoy).

REFLEXIÓN PARA EL MIÉRCOLES DE LA SEMANA XXXIV DEL T.O. (2) 26-11-14

con vuestra perseverancia salvareis

“Os echarán mano, os perseguirán, entregándoos a las sinagogas y a la cárcel, y os harán comparecer ante reyes y gobernadores, por causa mía. Así tendréis ocasión de dar testimonio. Haced propósito de no preparar vuestra defensa, porque yo os daré palabras y sabiduría a las que no podrá hacer frente ni contradecir ningún adversario vuestro. Y hasta vuestros padres, y parientes, y hermanos, y amigos os traicionarán, y matarán a algunos de vosotros, y todos os odiarán por causa mía. Pero ni un cabello de vuestra cabeza perecerá; con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas”. Esas palabras, pronunciadas por Jesús a sus discípulos, conforman el Evangelio de hoy (Lc 21,12-19).

Jesús continúa su “discurso escatológico” que comenzara ayer; habla de lo que habría de suceder a sus discípulos antes de la destrucción la ciudad de Jerusalén y del Templo (año 70 d.C.). Curiosamente, cuando Lucas escribe su relato evangélico, ya esto había sucedido (Lucas escribe su evangelio entre los años 80 y 90). El mismo Lucas, en Hechos de los Apóstoles, nos narra las peripecias de los apóstoles Pedro, Pablo, Juan, Silas, y otros, y cómo los apresan, los desnudan, los apalean, y los meten en la cárcel por predicar el Evangelio, y cómo tienen que comparecer ante reyes y magistrados. Tal y como Jesús anuncia que habría de ocurrir.

El mismo libro nos narra que ellos salían de la cárcel contentos, “dichosos de haber sido considerados dignos de padecer por el nombre de Jesús” (Hc 5,41). Contentos además porque habían tenido la oportunidad de predicar el Evangelio, no solo en la cárcel, sino ante reyes y magistrados. Más aún, confiados en las palabras del mismo Jesús cuando les dijo: “Pero ni un cabello de vuestra cabeza perecerá; con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas”. El llamado es a la confianza y la perseverancia; características del discípulo-apóstol; ese que escucha el llamado, lo acoge, y se lanza a la misión que Dios le ha encomendado. Discípulos de la verdad; verdad que hemos dicho es la fidelidad del Amor de Dios que nos lleva a confiar plenamente en Él; Amor que hace que Jesús diga a sus discípulos: “En el mundo tendrán que sufrir; pero tengan valor: yo he vencido al mundo” (Jn 16,33). La promesa va más allá de salvar la vida: “Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas”.

Lo hermoso de la Biblia es su consistencia. Ya Isaías nos transmitía la Palabra de Dios: “Ahora, así dice Yahvé tu creador, Jacob, tu plasmador, Israel. ‘No temas, que yo te he rescatado, te he llamado por tu nombre. Tú eres mío. Si pasas por las aguas, yo estoy contigo, si por los ríos, no te anegarán. Si andas por el fuego, no te quemarás, ni la llama prenderá en ti. Porque yo soy Yahvé tu Dios, el Santo de Israel, tu salvador’” (Is 43,1-3). Promesa poderosa… ¿Cómo no poner nuestra confianza en ese Dios?

Jesús es consistente en sus exigencias, pero igual lo es en sus promesas. Y nosotros podremos fallarle, pero Él nunca se retracta de sus promesas.

REFLEXIÓN PARA EL MARTES DE LA SEMANA XXXIV DEL T.O. (2) 25-11-14

destruccion del templo

En la lectura evangélica para la liturgia de hoy (Lc 21,5-11), Jesús utiliza un lenguaje simbólico muy familiar para los judíos de su época, el llamado género apocalíptico, una especie de “código” que todos comprendían.  Al igual que con la primera lectura (Ap 14,14-19), que participa del mismo género, no podemos hacer una lectura literal de los textos, so pena de caer en interpretaciones erróneas y pasar por alto su sentido profundo.

El Evangelio nos sitúa en el comienzo del último discurso de Jesús, el llamado “discurso escatológico”, en el cual se mezclan dos eventos: el fin de Jerusalén y el fin del mundo, siendo el primero un símbolo del segundo. Ello hace que el mensaje que encierra el pasaje sea válido para todos los tiempos.

Los que seguían a Jesús comentaban sobre la belleza del Templo, considerado una de las siete maravillas del mundo antiguo, “por la calidad de la piedra y los exvotos” (los exvotos son los dones u ofrendas como una muleta, una figura de cera, o de plata u otro metal, cabellos, tablillas, cuadros, etc., que los fieles dedican a Dios en señal y recuerdo de un beneficio recibido, y que se cuelgan en los muros o en la techumbre de los templos). Jesús enfatiza la fragilidad y transitoriedad de las obras humanas, por más portentosas que sean: “Esto que contempláis, llegará un día en que no quedará piedra sobre piedra: todo será destruido”.

La pregunta de los discípulos no se hizo esperar: “Maestro, ¿cuándo va a ser eso?, ¿y cuál será la señal de que todo eso está para suceder?” Nuestra naturaleza humana nos lleva a querer saber cuándo y cómo, y qué señales debemos esperar; esa obsesión con el tiempo lineal, cuando nuestra verdadera preocupación debe ser por las cosas eternas. A lo largo de la historia encontramos personas que se nutren y aprovechan del miedo y la incertidumbre que produce ese “final de los tiempos”. Fue así en tiempos de Jesús y continúa siéndolo hoy. Por eso Jesús advierte a sus discípulos: “Cuidado con que nadie os engañe. Porque muchos vendrán usurpando mi nombre, diciendo: ‘Yo soy’, o bien ‘El momento está cerca’; no vayáis tras ellos. Cuando oigáis noticias de guerras y de revoluciones, no tengáis pánico. Porque eso tiene que ocurrir primero, pero el final no vendrá en seguida”.

Son muchas las sectas que han florecido vendiendo un mensaje del fin inminente, para luego tener que cambiar la “fecha” una y otra vez. Me causa una mezcla de lástima y tristeza ver a tantas personas que se llaman católicos, genuinamente preocupados por la supuesta llegada del fin de los tiempos en diversas fechas. Jesús nos advierte contra aquellos que nos digan que “el momento está cerca”. Él mismo nos dice también que: “En cuanto a ese día y esa hora, nadie los conoce, ni los ángeles del cielo, ni el Hijo, sino sólo el Padre” (Mt 24,36).

Para nosotros los cristianos el día y la hora no deben tener importancia alguna. Lo importante es estar preparados, para que cuando llegue el novio, nos encuentre con las lámparas encendidas y con aceite para alimentarlas. Así entraremos con Él a la sala nupcial (Mt 25,1-13).

REFLEXIÓN PARA EL LUNES DE LA SEMANA XXXIV DEL T.O. (2)

Viuda ofrendaEstamos en la última semana del año litúrgico, y durante la misma san Lucas nos narrará episodios de los últimos días de la vida terrena de Jesús, justo antes de su Pasión. El pasaje de hoy (Lc 21,1-4) se desarrolla justo a la entrada del Templo, ante el vestíbulo, donde estaban colocadas trece grandes arcas que conformaban la “tesorería” del Templo. Allí depositaban las ofrendas los fieles, y comunicaban sus “intenciones” al encargado de contabilizar el valor de cada ofrenda.

La lectura nos dice que Jesús alzó los ojos; está observando, estudiando los gestos, “viendo” con los ojos de Dios dentro de los corazones de todos los que desfilan frente al arca de las ofendas. Allí “vio unos ricos que echaban donativos en el arca de las ofrendas; vio también una viuda pobre que echaba dos reales, y dijo: ‘Sabed que esa pobre viuda ha echado más que nadie, porque todos los demás han echado de lo que les sobra, pero ella, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir’”. El original nos dice que lo que la viuda ofrendó fue dos “lepta”, la moneda de menor valor que existía entonces. Y Jesús, que es Dios, sabe que era todo lo que esa pobre mujer tenía. Confianza en la Providencia Divina.

Vemos una marcada diferencia en el significado de cada ofrenda. La viuda le entrega a Dios su pobreza, le ha dado lo único que posee. Los ricos, por el contrario, le entregan su poder y privilegios, le han dado lo que les sobra.

Siempre que leemos este pasaje hablamos de la importancia de ser generosos al momento de ofrendar, o de practicar la caridad; de dar de lo que tenemos, no de lo que nos sobra. Pensemos por un momento a la inversa. ¿Podríamos aplicar le enseñanza de este pasaje a Dios? Si Dios nos hubiese dado solo de lo que le sobra, ¿nos habría dado a su único Hijo para salvarnos? Jesús sabe que le quedan apenas unos días de vida. Sabe que su Padre, que es Dios, lo va a ofrendar a Él, que también es Dios; es decir, que Dios se va a ofrendar a sí mismo, dando no solo lo que tiene, sino lo que es.

Tal vez por eso Jesús presta tanta importancia al gesto de aquella viuda que entregó su posibilidad de sobrevivir, confiando, como lo hizo la viuda de Sarepta, en la palabra del Señor cuando dijo que “el tarro de harina no se agotará ni el frasco de aceite se vaciará” (1 Re 17,7-16).

Ese Jesús que nació pobre, teniendo por cuna un pesebre (Lc 2,7), vivió como pobre, no teniendo donde recostar la cabeza (Mt 18,20), e iba morir, también pobre, teniendo como fortuna su ropa (Jn 19,24), estaba a punto de ofrendar, al igual que la viuda, todo lo que tenía: su vida misma, su persona.

Ayer celebrábamos la Solemnidad de Cristo Rey, y decíamos que el poder del Reino de Dios está en el Amor, no en la riqueza ni el poder terrenal. Dios no es un Rey que vino de paseo a la tierra para mostrar su poder. Por el contrario, vino para hacerse pobre y esclavo de todos, y así mostrar su grandeza; para con su gesto comprar para nosotros la libertad que no puede restringirse con cadenas: la libertad de sabernos amados por un Dios que se ofrece a sí mismo por nosotros y por nuestra salvación.

Que pasen todos una hermosa semana.

REFLEXIÓN PARA LA SOLEMNIDAD DE JESUCRISTO, REY DEL UNIVERSO (A) 23-11-14

Juicio final Mt 25,31-46

Hoy es el trigésimo cuarto domingo del Tiempo Ordinario, Solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo; solemnidad que marca el fin de Tiempo Ordinario y nos dispone a comenzar ese tiempo litúrgico tan especial del Adviento.

La solemnidad de Cristo Rey fue instaurada por el Papa Pío XI el 11 de diciembre de 1925. Quería el Papa motivar a los católicos a reconocer públicamente que la cabeza de la Iglesia es Cristo Rey. Posteriormente se movió al último domingo del tiempo ordinario para resaltar la importancia de Cristo como centro de toda la historia universal, colocándola entre un ciclo litúrgico y otro.

Todas las lecturas que nos propone la liturgia para hoy nos apuntan al señorío y reinado de Jesús, con un sabor escatológico, es decir, a esa segunda venida de Jesús que marcará el fin de los tiempos y la culminación de su Reino por toda la eternidad.

La primera lectura, tomada del profeta Ezequiel (34,11-12.15-17), además de presentarnos la figura de Jesús como pastor, nos lo presenta como Rey y Señor de la historia, que habrá de juzgarnos al final de los tiempos: “Y a vosotras, mis ovejas, así dice el Señor: Voy a juzgar entre oveja y oveja, entre carnero y macho cabrío”.

En la lectura evangélica (Mt 25,31-46) Mateo nos estremece con la parábola del “juicio final”. Este pasaje nos recuerda que un día vamos a enfrentarnos a nuestra historia, a nuestras obras, y vamos a ser juzgados. A ese juicio no podremos llevar nuestras palabras ni nuestra conducta exterior. Solo se nos permitirá presentar nuestras obras de misericordia.

Los que escuchaban a Jesús, le preguntan: “Señor, ¿cuándo te vimos con hambre y te alimentamos, o con sed y te dimos de beber?; ¿cuándo te vimos forastero y te hospedamos, o desnudo y te vestimos?; ¿cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y fuimos a verte?” La contestación no se hace esperar: “Os aseguro que cada vez que lo hicisteis con uno de éstos, mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis”. Lo mismo ocurre en la negativa: “Señor, ¿cuándo te vimos con hambre o con sed, o forastero o desnudo, o enfermo o en la cárcel, y no te asistimos?”. Y la respuesta es igual: “Os aseguro que cada vez que no lo hicisteis con uno de éstos, los humildes, tampoco lo hicisteis conmigo”. Para explicar el juicio echa mano de la figura del pastor que vimos en la primera lectura: “Él separará a unos de otros, como un pastor separa las ovejas, de las cabras. Y pondrá las ovejas a su derecha y las cabras a su izquierda”.

Durante el tiempo de Adviento que se avecina se nos propone el compromiso de amar al prójimo como preparación para el nacimiento del Niño Dios en nuestros corazones. El Evangelio de hoy va más allá de no hacer daño, de no odiar; nos plantea lo que yo llamo el gran pecado de nuestros tiempos: el pecado de omisión. Jesús nos está diciendo que es Él mismo quien está en ese hambriento, sediento, forastero, enfermo, desnudo, preso, a quien ignoramos, a quien abandonamos (pienso en nuestros viejos).

Un día vamos a tomar el examen de nuestras vidas, y Jesús nos está dando las contestaciones por adelantado. ¿Aprobaremos, o reprobaremos? De nosotros depende…

REFLEXIÓN PARA EL SÁBADO DE LA SEMANA XXXIII DEL T.O. (2) 22-11-14

No-es-un-Dios-de-muertos-sino-de-vivos

“No es Dios de muertos, sino de vivos; porque para él todos están vivos”. Con esta aseveración Jesús remata su contestación a otra pregunta capciosa que los saduceos que le habían planteado en la lectura evangélica que contemplamos hoy (Lc 20,27-40).  Este es uno de esos pasajes del Evangelio que nos narran los tres sinópticos (Ver: Mt 22,23-33; Mc 12,18-27) con un paralelismo asombroso. Lo podemos enmarcar en el contexto de las polémicas de Jesús con sus opositores, los “intelectuales” de la época (escribas, ancianos, fariseos, herodianos, saduceos), todos conocedores de la Ley y las Escrituras. Las preguntas que estos le plantean son hipócritas, formuladas no con el deseo de saber la respuesta, sino para ver si Jesús “resbala” o contradice la Escritura, y así acusarlo o, al menos hacerle lucir mal.

Pero en este, como en los otros episodios similares encontramos a un Jesús conocedor de las Escrituras y maestro del arte de debate, que sabe utilizar las mismas escrituras para rebatir los argumentos de sus detractores.

El mismo pasaje nos dice que los saduceos no creían en la resurrección. Aun así, le formulan la pregunta: “Si a uno se le muere su hermano, dejando mujer, pero sin hijos, cásese con la viuda y dé descendencia a su hermano. Pues bien, había siete hermanos: el primero se casó y murió sin hijos. Y el segundo y el tercero se casaron con ella, y así los siete murieron sin dejar hijos. Por último murió la mujer. Cuando llegue la resurrección, ¿de cuál de ellos será la mujer? Porque los siete han estado casados con ella”.

Jesús, conocedor de la Escritura y de las doctrinas de las diversas sectas religiosas de la época, sabía que los saduceos no reconocían la totalidad de la Biblia Judía, sino solo el Pentateuco (los primeros cinco libros del Antiguo Testamento). Por eso, además de decirles que están equivocados, que la resurrección no conlleva una reanimación de nuestro cuerpo mortal con todas sus apetencias, sino que seremos “como ángeles del cielo”, hace referencia al pasaje del Pentateuco (Ex 3,6) que citamos al principio.

Jesús aclara este concepto también para beneficio de los fariseos quienes, a pesar de que creían en la resurrección, tenían un concepto más físico del fenómeno. Él deja claro que en la “la vida futura” ya las personas no se casarán ni tendrán hijos, pues no habrá necesidad de descendencia, porque “ya no pueden morir” (Cfr. Ap 21,4), y estaremos disfrutando de la vida que no acaba.

El mensaje central de este pasaje evangélico es este: que Dios “no es Dios de muertos, sino de vivos”. Por eso los cristianos no le tememos a la muerte, pues sabemos que esta no es más que el paso a la vida eterna, donde disfrutaremos de la presencia de Dios por toda la eternidad.

“Oh Dios, danos la esperanza inquebrantable de que has preparado para nosotros una vida y una felicidad más allá de los poderes de la muerte. Que esta firme esperanza nos sostenga para encontrar alegría en la vida y para afrontar resueltamente y sin temor sus dificultados y desafíos, por Jesucristo nuestro Señor” (de la Oración colecta).

LA PRESENTACIÓN DE LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA EN EL TEMPLO 21-11-14

Presentacion en el Templo2med

Hoy celebramos la memoria obligatoria de la Presentación de la Santísima Virgen María, celebración que fue instituida para toda la Iglesia por el papa Sixto V en el siglo XIV. Esta antigua tradición, como muchas relacionadas con Nuestra Señora la Virgen María, no surge de las Sagradas Escrituras, sino de la Tradición, recogida en los llamados Evangelios Apócrifos. Esta en particular, surge del “Protoevangelio de Santiago”, y del “Libro sobre la Natividad de María”, este último atribuido a San Jerónimo.

Según la tradición, cuando la Virgen María cumplió los tres años, San Joaquín y Santa Ana la llevaron al Templo en cumplimiento de una promesa que Ana había hecho de consagrar al Templo el fruto de su vientre si el Señor le concedía la gracia de concebir en su vientre estéril: “lo llevaré como ofrenda al Señor y estará a su servicio todos los días de su vida” (Protoevangelio de Santiago IV,1). Los nombres de los padres de la Virgen, a quienes la Iglesia venera como santos, tampoco aparecen en el Nuevo Testamento, sino que surgen de los apócrifos.

Al llegar a los tres años, Joaquín hizo llamar a “las doncellas hebreas que estén sin mancilla” para que acompañaran la niña al Templo en procesión, con “candelas encendidas”. Una imagen hermosísima. Sigue contando la Tradición que al llegar al Templo, el Sacerdote la recibió y, “después de haberla besado, la bendijo y exclamó: ‘el Señor ha engrandecido tu nombre por todas las generaciones, pues al fin de los tiempos manifestará en ti su redención a los hijos de Israel’ (Cfr. Lc 1,48). Entonces la hizo sentar sobre la tercera grada del altar. El Señor derramó gracia sobre la niña, quien danzó con sus piececitos, haciéndose querer de toda la casa de Israel”. (Prot. Sant. VII,2-3).

Otras tradiciones relacionadas con la Virgen María que no aparecen en las Sagradas Escrituras, pero surgen de, o se recogen en, los evangelios apócrifos son: la Inmaculada Concepción, la fiesta de la Natividad de María, las circunstancias en que José advino su esposo, la vara de san José que floreció ante los otros pretendientes de María, el parto virginal de María, el nacimiento de Jesús en una cueva, la mula y el buey, y la Asunción de María.

Creemos prudente aclarar que los evangelios apócrifos no forman parte del canon o “índice” de los libros considerados como inspirados por Dios. Por ello no están incluidos en la Biblia. De ahí que no son considerados Palabra de Dios. No obstante, no están proscritos ni son considerados heréticos, por lo que los cristianos podemos leerlos, tomándolos por lo que son: historias piadosas que recogen la Tradición, unida a algunos relatos un tanto fantásticos. En otras palabras, no tenemos que creer todo lo que en ellos se relata. Para eso está el Magisterio de la Iglesia que nos guía y nos ayuda a discernir entre lo que es la Santa Tradición y lo que es fantasía.

En esta celebración de la Presentación de la Santísima Virgen en el Templo, pidamos su intercesión para que nos haga dignos de ser presentados ante el Templo de la nueva Jerusalén, que son el Señor Dios y el Cordero (Ap 21,22).

REFLEXIÓN PARA EL VIERNES DE LA SEMANA XXXIII DEL T.O (2) 21-11-14

mercaderes temploLas lecturas que nos propone la liturgia para hoy (Ap 10,8-12; Lc 19 45-48), aunque a primera vista parecerían no estar relacionadas, tratan el mismo tema.

La primera, tomada del libro del Apocalipsis, nos muestra a Juan recibiendo una orden de comerse un libro: “Cógelo y cómetelo; al paladar será dulce como la miel, pero en el estómago sentirás ardor”. Juan hizo lo que le ordenaba el ángel y en efecto así sucedió. Entonces le dijeron: “Tienes que profetizar todavía contra muchos pueblos, naciones, lenguas y reyes”.

Los exégetas interpretan ese símbolo de comerse el libro, como “alimentarse de la palabra y del pensamiento que contiene”. Esa palabra que cuando la recibimos se nos muestra dulce al paladar, con una dosis sobreabundante de amor y misericordia. Pero cuando la digerimos, es decir, cuando vemos las realidades de nuestro alrededor y vemos cómo esa Palabra es ignorada, pisoteada, y hasta manipulada y utilizada para fines contrarios a ella, sentimos amargura.

Entonces esa Palabra, “cortante como espada de doble filo” (Hb 4,12), nos dice que no podemos permanecer indiferentes, que tenemos que salir a profetizar y protestar, “a tiempo y a destiempo” (2 Tim 4,2) contra todo aquello que cause desigualdad, discrimen, odio y violencia; todo aquello que esté en contra del mensaje liberador de Jesús, y que debe provocar tristeza y amargura en el corazón de Dios. Esa triste realidad fue la hizo que Jesús llorara ante la vista de la ciudad de Jerusalén en la lectura evangélica que contemplamos ayer.

Eso nos lleva al Evangelio. “Todos los días Jesús enseñaba en el Templo”, y el pueblo escuchaba su Palabra: “el pueblo entero estaba pendiente de sus labios”. Jesús nos trajo una nueva forma de culto, sustituyendo el culto meramente ritual que practicaban los judíos por un culto “en espíritu y verdad”, en el que su Palabra y nuestra oración cobran un papel importantísimo, y nos conducen al centro de la liturgia que es Él mismo que se hace presente en la Eucaristía. Por eso toda la primera parte de la misa es la “enseñanza” de Jesús, precisamente en el mismo lugar que Él lo hacía, en el Templo.

La denuncia de Jesús que escuchamos en el Evangelio, cuando nos dice: “‘Mi casa es casa de oración’; pero vosotros la habéis convertido en una ‘cueva de bandidos’”, nos hace preguntarnos: Nuestros templos, ¿son “casa de oración”? Basta con entrar en algunos templos y ver que, por el nivel de ruido y falta de reconocimiento a Jesús Eucaristía que está presente, parecen más una plaza pública que una casa de oración. Y en nuestros templos, ¿hay mercaderes como los que Jesús expulsó? ¿Se muestra un interés desmedido por los aspectos económicos, aún por encima de la oración y la caridad?

Ahora que estamos prácticamente en el umbral del Adviento, hagamos un poco de introspección comunitaria. Esa Palabra “dulce al paladar” que recibimos, ¿nos causa “ardor” al digerirla? Entonces es tiempo de asumir la misión profética para la que se nos ungió en el bautismo.

REFLEXIÓN PARA EL JUEVES DE LA SEMANA XXXIII DEL T.O. (2)

Vista actual de la ciudad de Jerusalén que sirve de retablo al altar de la Capilla de Dominus Flevit, lugar en el cual la tradición dice que que Jesús lloró al ver la ciudad.

Vista actual de la ciudad de Jerusalén que sirve de retablo al altar de la Capilla de Dominus Flevit, erigida en el lugar en donde la tradición dice que que Jesús lloró al ver la ciudad.

Para comprender la lectura evangélica que nos ofrece la liturgia para hoy (Lc 19,41-44), es necesario situarla en su contexto. Jesús está en el tramo final de su subida a Jerusalén, donde ha de culminar su misión y enfrentar su misterio pascual. Luego del episodio de Zaqueo y la parábola de los talentos, hace su entrada en la ciudad santa montando en un pollino, en medio de vítores y cantos de alabanza a Dios (Lc 19,29-40). Esa misma multitud que ahora le aclama, dentro de pocos días va a pedir con mayor algarabía su crucifixión; ¡va a asesinarlo!

De ahí que el pasaje que leemos hoy nos diga que: “al acercarse Jesús a Jerusalén y ver la ciudad, le dijo llorando: ‘¡Si al menos tú comprendieras en este día lo que conduce a la paz! Pero no: está escondido a tus ojos. Llegará un día en que tus enemigos te rodearán de trincheras, te sitiarán, apretarán el cerco, te arrasarán con tus hijos dentro, y no dejarán piedra sobre piedra. Porque no reconociste el momento de mi venida’.”

Jesús lloró… una manifestación de su humanidad. Su llanto refleja su sentido de impotencia. Trató de convertir Jerusalén, pero esta se mostró sorda ante su mensaje salvador. “[La Palabra] vino a su casa, y los suyos no la recibieron” (Jn 1,11). Su mensaje de paz fue rechazado, y ese rechazo les acarreará desgracia. Por eso llora, pensando que le tuvieron entre ellos y dejaron pasar la oportunidad de sus vidas. Jesús, que es Dios, respeta el libre albedrío, pero al mismo tiempo ve lo que va a suceder y no puede contener su tristeza.

Trato de imaginar la escena. Jesús ve a Jerusalén desde la distancia. Contempla la magnificencia de esa gran ciudad amurallada con la estructura imponente del Templo sobresaliendo. Y la ve en ruinas… “¡Si al menos [sus habitantes] comprendiera[n] en este día lo que conduce a la paz!”

Esa “sordera” y “ceguera” espiritual que caracterizó a los de Jerusalén en tiempos de Jesús la estamos viviendo en nuestro tiempo. Tan solo tenemos que leer un periódico, o ver un telediario. Jesús está en medio de nosotros y no lo reconocemos (Cfr. Mt 25,31-46) o, peor aún, preferimos ignorarlo para no comprometernos. Hagamos un examen de conciencia colectivo. Si Jesús se detuviera hoy a contemplar nuestra comunidad parroquial, nuestro barrio, nuestra ciudad, nuestro país, desde la distancia, ¿lloraría también?

“Llegará un día en que tus enemigos te rodearán de trincheras, te sitiarán, apretarán el cerco, te arrasarán con tus hijos dentro, y no dejarán piedra sobre piedra”. Esas palabras de Jesús se convertirían en realidad cuando el ejército romano destruyó la ciudad de Jerusalén en el año 70 d.C. para aplacar la revuelta judía, reduciendo el Templo a escombros.

Dentro de pocos días iniciaremos un nuevo año litúrgico con ese tiempo fuerte del Adviento. Tiempo que nos invita la conversión, a estar vigilantes, a prepararnos para la llegada de Dios, de ese Dios que viene constantemente a nuestras vidas y por no estar vigilantes no lo reconocemos. En nuestras manos está correr o no la misma suerte que Jerusalén.