REFLEXIÓN PARA EL MIÉRCOLES DE LA DÉCIMO CUARTA SEMANA DEL T.O. (1) 12-07-17

La lectura evangélica que nos brinda la liturgia de hoy (Mt 10,1-7) es el comienzo del llamado discurso misionero, o de envío, de Jesús a sus apóstoles que ocupa todo capítulo 10 del Evangelio según san Mateo. El pasaje que Mateo nos presenta hoy es el envío de los “doce”; de aquellos que van a compartir con Él la responsabilidad de llevar a cabo y continuar la misión que el Padre le había encomendado (Cfr. Mt 9,35; Lc 4,43).

Por eso nos dice la Escritura que en primer lugar, “llamando a sus doce discípulos, les dio autoridad para expulsar espíritus inmundos y curar toda enfermedad y dolencia”. Les delegó su autoridad. Los primeros obispos. El primer signo de la Iglesia apostólica.

Luego Mateo se toma el trabajo de mencionarlos a todos por su nombre. Ya no se trata de un grupo anónimo de setenta y dos discípulos (Lc 10,1-9). Se trata de los “doce”, a quienes Mateo llama “apóstoles” al identificarlos por sus nombres. Estos son aquellos a quienes Jesús, luego de pasar una noche entera en oración, escogió de entre sus discípulos para que continuaran Su misión, llamándoles apóstoles (Lc 6,12-13).

Luego de delegarles su autoridad, comenzó a darles las instrucciones, la primera de las cuales la recoge la lectura de hoy: “No vayáis a tierra de gentiles, ni entréis en las ciudades de Samaria, sino id a las ovejas descarriadas de Israel. Id y proclamad que el reino de los cielos está cerca”.

Recordemos que Mateo escribió su relato evangélico para los judíos de Palestina convertidos al cristianismo, para demostrar que Jesús era el Mesías anunciado por los profetas; que en el Él se cumplían todas las profecías y promesas del Antiguo Testamento. Por eso Mateo enfatiza que Jesús envió a los apóstoles en primera instancia a proclamar el anuncio del Reino al pueblo judío, que ellos entendían era el recipiente de todas esas promesas.

Es decir, que a pesar de que luego de su Resurrección nos diría que su mensaje liberador iba dirigido a toda la humanidad (Mt 28,19), instando a los apóstoles a ir a hacer discípulos a todas las naciones, decidió “comenzar por la casa”.

Si examinamos nuestra Iglesia, vemos que, al igual que aquellos primeros apóstoles, debemos comenzar evangelizando, formando a los “nuestros”, antes que a los “de afuera”. Fortalecer nuestra Iglesia para entonces poder llevar nuestra misión evangelizadora a todas las gentes. De ahí nuestra insistencia en la formación de nuestra feligresía; personas cuya fe se “enfría” y terminan alejándose, por desconocimiento de la riqueza de nuestra tradición, nuestra liturgia y, sobre todo, de los fundamentos bíblicos de nuestra Iglesia, la única fundada por Jesucristo. Personas que se “aburren” en nuestras celebraciones litúrgicas, sencillamente porque desconocen lo que está ocurriendo. No se puede amar lo que no se conoce.

Todos estamos llamados a evangelizar. Pero vayamos primeramente “a las ovejas descarriadas” de nuestra Iglesia. Comencemos pues, al igual que “los doce”, por nuestra familia, nuestra comunidad parroquial, especialmente los que se han alejado…

REFLEXIÓN PARA EL SÁBADO DE LA DÉCIMA SEMANA DEL T.O. (1) 17-06-17

“Habéis oído que se dijo a los antiguos”… “Pues yo os digo”… Jesús ha venido repitiendo ambas frases en las lecturas de los últimos días. Entre ambas se establece el contraste entre la justicia antigua, y la nueva que Jesús acaba de proclamar en el discurso de las Bienaventuranzas, así como la  superioridad de la última sobre la primera. En la lectura evangélica de hoy (Mt 5,33-37) Jesús repite las mismas frases.

La segunda, “pues yo os digo”, establece la autoridad de Jesús. Al utilizar ese lenguaje Jesús se presenta, no como un profeta más, sino como la última autoridad. Los profetas siempre acompañaban sus sentencias con “oráculo de Yahvé”, o “dice el Señor”. Jesús habla con su propia autoridad como Hijo de Dios, y nos comunica cuál fue la intención del Padre al comunicar la Ley a “los antiguos”. De ese modo nos ilumina sobre cuál es la verdadera interpretación de la Ley; se nos presenta como su máximo intérprete.

Recordemos que hace unos días leíamos el versículo 17 de este mismo capítulo de Mateo, en que Jesús recalca: “No creáis que he venido a abolir la Ley y los profetas: no he venido a abolir, sino a dar plenitud”.

En el pasaje que examinamos hoy Jesús examina otro precepto de la ley tradicional: “No juraréis en falso por mi nombre: profanarías el nombre de tu Dios” (Lv 19,12). La Ley prescribía que todos dijeran la verdad; por eso prohibía los juramentos falsos, es decir, poner a Dios “como testigo” para sostener una falsedad. “Pues yo os digo que no juréis en absoluto”, nos dice Jesús. De este modo Jesús retiene el espíritu de la Ley y al mismo tiempo la lleva a su perfección: Siempre hay que decir la verdad. Si todos decimos la verdad no hay necesidad de juramento, pues la palabra es la propia garantía de su veracidad. Más allá de la letra de la Ley, Jesús nos revela cuál es el objetivo último de este mandamiento: que todas las relaciones entre las personas estén fundamentadas en la verdad.

A esto, Jesús añade que no debemos jurar por Dios, “ni por el cielo, que es el trono de Dios; ni por la tierra, que es estrado de sus pies; ni por Jerusalén, que es la ciudad del Gran Rey. Ni jures por tu cabeza, pues no puedes volver blanco o negro un solo pelo”. Jesús alude a todos los circunloquios que los judíos utilizaban para no aludir directamente a Dios al hacer sus juramentos falsos, en un intento de “cumplir” con la Ley al no jurar en falso en Su nombre. ¿Cuántas veces tratamos de justificar nuestras actuaciones, haciendo una interpretación acomodaticia de los mandamientos para acallar nuestra conciencia y “sentirnos bien”?

“A vosotros os basta decir “sí” o “no”. Lo que pasa de ahí viene del Maligno”. Jesús quiere que el cristiano sea veraz, transparente, que su palabra sea su propia garante, que la verdad brille por sí misma, porque la verdad viene de Dios. La mentira, y la tentación de poner a Dios por testigo de la misma, por el contrario, vienen del Maligno.

Señor, no nos dejes caer en la tentación de la mentira, y líbranos de la acechanzas del Maligno.

REFLEXIÓN PARA EL MARTES DE LA NOVENA SEMANA DEL T.O. (1) 06-06-17

“Lo que es del César pagádselo al César, y lo que es de Dios a Dios”. Con esta frase lapidaria culmina la lectura evangélica que nos propone la liturgia para hoy (Mc 12,13-17). Esta es una de esas frases bíblicas que compiten por el premio a la más citada.

Jesús acababa de desenmascarar a sus opositores con la parábola de “los labradores asesinos” que leímos ayer (Mc 12,1-12). Los sumos sacerdotes, los escribas y los ancianos, “viendo que la parábola iba por ellos”, se habían escabullido avergonzados. Pero, como sucede siempre con las fuerzas del mal, estos no cejan en su empeño. Le enviaron unos fariseos y herodianos para tratar de “entramparlo” y ver si fallaba para poder acusarlo.

Luego de adularlo (“Maestro, sabemos que eres sincero y que no te importa de nadie; porque no te fijas en lo que la gente sea, sino que enseñas el camino de Dios sinceramente”), como preparando el camino para luego propinarle la zancadilla, le formulan la pregunta: “¿Es lícito pagar impuesto al César o no? ¿Pagamos o no pagamos?” Una pregunta cargada, como todas las que siempre le formulan. Si contesta que sí, se echa en contra al pueblo que resiente la opresión política de parte del Impero Romano. Si contesta que no, se echa en contra a las autoridades romanas o, al menos a las autoridades de Herodes, quien actuaba como “monigote” del Imperio, y podían acusarlo de revolucionario, sedicioso, que fue lo que eventualmente lograron (por ese cargo le fabricaron un caso y lo condenaron a muerte).

Jesús, maestro en el arte del debate, luego de desenmascararlos (“¿Por qué intentáis cogerme?”), utilizando su estilo habitual, pide que le traigan una moneda y les contesta con otra pregunta: “¿De quién es esta cara y esta inscripción?” Le contestaron: “Del César”. Es ahí cuando Jesús replica con su frase lapidaria.

Jesús nos está dando una lección de civismo; Él reconoce la necesidad de una autoridad civil, necesaria para que haya orden social, y nos pide que cumplamos con nuestros deberes ciudadanos (en Mt 17,27 Jesús manda a Pedro ir a pescar un pez, y le dice que pague el impuesto con la moneda que encontrase en la boca del primer pez). Pero aprovecha para recordarnos que no debemos mezclar ambos dominios. “Lo que es de Dios a Dios”.

La moneda que le muestran tiene una imagen humana, la del César. Por eso el César recibe lo que le es lo propio. Pero aun el emperador es imagen y semejanza de Dios, y su autoridad temporal proviene de Dios, o es permitida por Dios (Cfr. Jn 19,11). Dios tiene su propia esfera también, y esa esfera es prioritaria.

Si bien no debemos mezclar ambos dominios, tampoco debemos contraponerlos. No debemos identificar la religión con los intereses políticos (eso no quiere decir que los cristianos no debamos incursionar en la política), como tampoco inmiscuir los intereses políticos en la religión. El resultado es siempre desastroso. Crea una polarización en el pueblo en la que quien único pierde es la religión, pues a los políticos poco les importa, siempre que logren sus objetivos.

“Lo que es del César pagádselo al César, y lo que es de Dios a Dios”.

REFLEXIÓN PARA EL LUNES DE LA VIGÉSIMA CUARTA SEMANA DEL T.O. (2) 12-09-16

la fe del centurion

Las lecturas bíblicas que nos propone la liturgia para el día de hoy (1 Cor 11,17-26.33), aparentemente desarraigadas entre sí, tienen un vínculo que las une. La primera es uno de los “regaños” de Pablo a la comunidad de Corinto, que tantos dolores de cabeza le causó, por la conducta desordenada que estaban observando en las celebraciones eucarísticas, y la desunión que se manifestaba entre ellos. Pablo aprovecha la oportunidad para enfatizar la importancia y seriedad que reviste esa celebración, narrando el episodio de la institución de la Eucaristía que todos conocemos, pues lo repetimos cada vez que la celebramos.

La lectura evangélica, por su parte, nos narra la curación del criado del centurión. En ese episodio un centurión (pagano), envía unos judíos a hablar con Jesús para que este curara a su siervo, que estaba muy enfermo. Jesús partió hacia la casa del centurión para curarlo, pero cuando iba de camino, llegaron unos emisarios de este que le dijeron a Jesús que les mandaba decir a Jesús: “Señor, no te molestes; no soy yo quién para que entres bajo mi techo; por eso tampoco me creí digno de venir personalmente. Dilo de palabra, y mi criado quedará sano”. A renglón seguido añade que él está bajo el mando de superiores y a su vez tiene subordinados.

Tenemos ante nosotros a todo un militar de alto rango que reconoce la autoridad de Jesús por encima de la de él, y que la presencia física no es necesaria para que la palabra con autoridad sea efectiva. Pero el centurión no solo le reconoce autoridad a Jesús, se reconoce indigno de Él, se reconoce pecador. Es la misma reacción que observamos en Pedro en el pasaje de la pesca milagrosa: “Apártate de mí, que soy un pecador” (Lc 5,8).  He aquí el vínculo entre la primera y segunda lecturas. ¿Qué decimos inmediatamente antes de la comunión? “Señor, yo no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para salvarme”.

Esta actuación de centurión de dar crédito a la Palabra de Jesús y hacer de ella un acto de fe, lleva a Jesús a exclamar: “Os digo que ni en Israel he encontrado tanta fe”. Se trata de una confianza plena en la Palabra de Jesús. Como henos dicho en ocasiones anteriores, no se trata de meramente “creer en Jesús”, se trata de “creerle a Jesús”. Es la actitud de Pedro en el episodio de la pesca milagrosa: “Si tú lo dices, echaré las redes” (Lc 5,5). A diferencia de los judíos que exigían signos y requerían presencia para los milagros, este pagano supo confiar en el poder salvífico y sanador de la Palabra de Jesús.

La versión de Mateo sobre este episodio contiene un versículo que Lucas omite, que le da mayor alcance al mismo: “Por eso les digo que muchos vendrán de Oriente y de Occidente, y se sentarán a la mesa con Abraham, Isaac y Jacob, en el Reino de los Cielos; en cambio, los herederos del Reino serán arrojados afuera, a las tinieblas, donde habrá llantos y rechinar de dientes” (Mt 8,11-12). Vino a los suyos y no lo recibieron (Jn 1,11). No lo recibieron porque les faltaba fe. La Nueva Alianza que Jesús viene a traernos se transmite, no por la carne como la Antigua, sino por la infusión del Espíritu. El Espíritu que nos infunde la virtud teologal de la fe, por la cual creemos en Dios y en todo lo que Él nos ha dicho y revelado. Y esa está abierta a todos, judíos y gentiles.

Hoy, pidamos al Señor que acreciente en nosotros la virtud de la fe, para que creyendo en su Palabra y poniéndola en práctica, seamos acreedores de las promesas del Reino.

REFLEXIÓN PARA EL SÁBADO DE LA OCTAVA SEMANA DEL T.O. (2) 28-05-16

Con que autoridad haces esto

Ir por lana y salir trasquilado. Ese refrán popular podría describir lo que le ocurrió en la lectura evangélica de hoy (Mc 11,27-33) a los sumos sacerdotes, los escribas y los ancianos que pretendieron una vez más poner a prueba o, mejor aún, restarle credibilidad a Jesús cuestionando sus acciones en el Templo (acababa de echar a los mercaderes). Ya no encontraban cómo detener su mensaje. La única salida era desprestigiarlo, minar su autoridad: “¿Quién te ha dado semejante autoridad?”

Jesús, que como hemos dicho en ocasiones anteriores es un maestro del debate, los desarma con su respuesta, tan aguda como inesperada. Los pone en “evidencia”, los desarma. “Os voy a hacer una pregunta y, si me contestáis, os diré con qué autoridad hago esto: El bautismo de Juan ¿era cosa de Dios o de los hombres? Contestadme”.

Los sumos sacerdotes, los escribas y los presbíteros son personas inteligentes. Quieren desmerecer a Jesús, pero quieren retener el favor de pueblo. Jesús les ha hecho un planteamiento respecto a una figura importantísima para los judíos: Juan el Bautista. “Si decimos que es de Dios, dirá: ‘¿Y por qué no le habéis creído?” Pero como digamos que es de los hombres…’ (Temían a la gente, porque todo el mundo estaba convencido de que Juan era un profeta). Y respondieron a Jesús: ‘No sabemos’”. Jesús les replicó: “Pues tampoco yo os digo con qué autoridad hago esto”.

Fueron víctimas de su propio relativismo. Querían desprestigiar Jesús, pero querían mantener el favor del pueblo. En otras palabras, querían estar con Dios y con los hombres. ¿Cuántas veces nos ocurre eso a nosotros? Queremos seguir a Jesús y sus enseñanzas, pero queremos mantener el favor de los que nos rodean. Queremos “disfrazar” la verdad, que las cosas sean como nos gustaría que fueran, no necesariamente como Jesús nos enseñó. Intentamos “acomodar” la doctrina de Jesús a nuestra conducta y a nuestro discurso para no perder el favor de los que nos rodean. Preferimos decir “no sabemos” antes que enfrentarnos a nuestra propia cobardía, a nuestra conciencia moral.

Es lo que el papa emérito Benedicto XVI ha llamado la dictadura del relativismo: “A quien tiene una fe clara, según el Credo de la Iglesia, a menudo se le aplica la etiqueta de fundamentalismo. Mientras que el relativismo, es decir, dejarse ‘llevar a la deriva por cualquier viento de doctrina’, parece ser la única actitud adecuada en los tiempos actuales. Se va constituyendo una dictadura del relativismo que no reconoce nada como definitivo y que deja como última medida sólo el propio yo y sus antojos”.

Los fariseos hablan en términos de “autoridad”, pero conciben la autoridad en términos de dominio, de poder, de fuerza, “¿Quién te ha dado semejante autoridad?”. No comprenden que la única autoridad de Jesús es el amor, la capacidad de hacerse igual, hacerse uno con el otro, hacerse cercano. Pierden de vista que en hebreo la palabra procede de una raíz que significa “hacerse igual a”. La “autoridad” de Jesús brota de su amor infinito. Es la autoridad de la Cruz, del que ama hasta el extremo de dar la vida por nosotros. “Porque mi yugo es suave y mi carga liviana” (Mt 11,30).

Que pasen un hermoso fin de semana, y no olviden visitar la Casa del Padre. Él les espera…

REFLEXIÓN PARA EL MIÉRCOLES DE LA VIGÉSIMO NOVENA SEMANA DEL T.O. (1) 21-10-15

estad preparados

El Evangelio que contemplamos en la liturgia de hoy (Lc 12,39-48) es continuación del que leíamos ayer y, de hecho, continúa el tema de la exhortación a la vigilancia y al servicio como preparación para el “regreso” inesperado de Jesús: “Comprended que si supiera el dueño de casa a qué hora viene el ladrón, no le dejaría abrir un boquete. Lo mismo vosotros, estad preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre”. Pero la tónica de hoy se sienta con la pregunta de Pedro: “Señor, ¿has dicho esa parábola por nosotros o por todos?”.

Después de haber invitado a la vigilancia a todo cristiano Jesús centra su mensaje en aquellos “administradores” que el “amo” ha puesto al frente de su “servidumbre”, es decir a los pastores de la Iglesia, que tendrán que rendirle cuentas cuando llegue el amo. “Al que mucho se le dio, mucho se le exigirá; al que mucho se le confió, más se le exigirá”.

Esta parábola nos evoca el capítulo 34 de Ezequiel cuando Yahvé, por voz del profeta increpa a los pastores de Israel por haber descuidado el rebaño que se les confió: “¡Ay de los pastores de Israel que se apacientan a sí mismos! ¿Acaso los pastores no deben apacentar el rebaño? Pero ustedes se alimentan con la leche, se visten con la lana, sacrifican a las ovejas más gordas, y no apacientan el rebaño” (vv. 2-4). “Porque mis ovejas han sido expuestas a la depredación y se han convertido en presa de todas las fieras salvajes por falta de pastor; porque mis pastores no cuidan a mis ovejas; porque ellos se apacientan a sí mismos, y no a mis ovejas” (v. 8).

Tal vez Pedro entendió que como él había sido nombrado “persona a cargo”, “responsable” (Cfr. Mt 16,18), estaba seguro en su “puesto”. De nuevo la naturaleza humana interponiéndose, creando esos “fantasmas” del orgullo que se interponen entre nosotros y el verdadero seguimiento de Jesús. Pero Jesús no vacila en derrumbar su falso orgullo. Le dice todo lo contrario; mientras más responsabilidades se nos encomienden, más estricto será el Señor al momento de exigirnos cuentas.

La tentación de utilizar, oprimir, e ignorar las necesidades de aquellos que están bajo los que ocupan posiciones de autoridad es grande. El mismo Jesús nos lo advirtió: “Ustedes saben que aquellos a quienes se considera gobernantes, dominan a las naciones como si fueran sus dueños, y los poderosos les hacen sentir su autoridad. Entre ustedes no debe suceder así. Al contrario, el que quiera ser grande, que se haga servidor de ustedes; y el que quiera ser el primero, que se haga servidor de todos.” (Mc 10,42-44).

Hoy, pidamos al Señor por nuestros obispos, sacerdotes, diáconos y laicos comprometidos a cargo de los diversos ministerios  o movimientos, para que adquieran conciencia de la grave responsabilidad que conlleva su elección por parte del Señor, y que como mucho se les ha encomendado, mucho se les exigirá; y que mientras más sirvan, mayor será su recompensa.