REFLEXIÓN PARA EL QUINTO DOMINGO DE CUARESMA (B) 18-03-18

Hoy es el quinto domingo de Cuaresma. A la distancia nos parece divisar el Gólgota y todo el drama de la Pasión de Jesús, su muerte redentora que sellará con su sangre la Nueva y definitiva Alianza en su persona, y su gloriosa Resurrección.

La primera lectura, tomada de la profecía de Jeremías (31,31-34), nos apunta hacia la naturaleza permanente de esa Alianza, superior a la Antigua, y el valor redentor de la misma: “así será la alianza que haré con ellos, después de aquellos días –oráculo del Señor–: Meteré mi ley en su pecho, la escribiré en sus corazones; yo seré su Dios, y ellos serán mi pueblo”.

El relato evangélico (Jn 12,20-33), que Juan sitúa en el contexto de la Pascua, cuando todos “subían” a Jerusalén a celebrarla, añade el elemento de unos “griegos” que querían ver a Jesús, y utiliza como uno de los mensajeros a Andrés, hermano de Simón Pedro, a quien Juan el Bautista le había señalado a Jesús al comienzo de su Evangelio: “He ahí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo” (Jn 1,29). Todo el pasaje gira en torno a la “hora” de su glorificación que ya está cercana.

La presencia de los griegos, por su parte, apunta hacia la universalidad de la redención mediante una Alianza que no quedará circunscrita al pueblo de Israel, sino a toda la humanidad.

El domingo pasado leíamos en el Evangelio (Jn 3,14-21): “Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna”. Hoy ratifica esa redención, y la universalidad de la misma al decir: “cuando yo sea elevado sobre la tierra atraeré a todos hacia mí”. De este modo, Juan nos presenta la Cruz como triunfo y glorificación, la “locura de la Cruz” de la que nos habla san Pablo (1Cor 1,18).

Otro aspecto importante es la radicalidad del seguimiento, significado en la figura de la semilla de trigo que tiene que morir para que rinda fruto: “Os aseguro que si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto. El que se ama a sí mismo se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo se guardará para la vida eterna”. Se refería, no tan solo a su Pasión y muerte inminentes, sino también a los que decidamos seguirlo. “El que quiera servirme, que me siga, y donde esté yo, allí también estará mi servidor; a quien me sirva, el Padre lo premiará”.

Como tantas otras veces, Jesús echa mano de los símbolos agrícolas, conocidos por todos los de su tiempo, para transmitir su mensaje. Y el mensaje es claro; el verdadero seguidor de Jesús tiene que “morir” para poder convertirse en generador de fraternidad y agente de salvación para otros. Aunque Jesús lo llevó al extremo de la privación violenta de la vida, ese “morir” para nosotros implica morir a todo lo que nos impida seguir sus pasos y entregarnos a servir a otros por amor, que es a lo que Él nos invita, con la certeza de que, al igual que Él, el Padre nos premiará.

Jesús nos invita a seguirle. El camino es difícil, pero la recompensa es eterna…

MEDITACIÓN SOBRE LA PASIÓN A TRAVÉS DE LOS OJOS DE MARÍA

Hermanos: Comparto con ustedes una meditación, salida del alma, que compartí con los feligreses de mi parroquia El Buen Pastor esta tarde después de la lectura de la Pasión. He cambiado el formato y, por supuesto, omite aquellos destellos que el Espíritu intercala en nuestro quehacer cuando nos entregamos a Él, pero la esencia está ahí.

Jesús ha muerto… Ha completado la misión que el Padre le encomendó. Por eso le hemos escuchado decir: “Está cumplido…”

Eso lo dijo cuando ya sabía que su hora había llegado; justo antes de exhalar su último aliento, con el que pronunciaría la última de las siete palabras.

No sé exactamente qué pasaría por su mente en esos momentos. Prefiero creer que su último pensamiento humano fue para su Madre bendita. Eso le hizo recordar aquellas palabras que había aprendido de niño en el regazo de su Madre, las palabras con que todos los niños judíos encomendaban su alma a Dios al acostarse, y que se convertirían en su última Palabra: “Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu

Estoy seguro que al escuchar esas palabras su Madre compartió el mismo recuerdo, y recordó las muchas veces que vio a su Niño cerrar sus ojitos al concluir el día. Excepto que ahora le tocará a ella cerrarlos cuando reciba su cuerpo…

La actividad a su alrededor la hace volver a la realidad.

Hay que darse prisa en sepultarlo. Se acerca el sábado. No sé cuánto tiempo ha transcurrido. Imagino que deben ser alrededor de las 9:30. Recordemos que para los judíos el día concluye a las seis de la tarde nuestra, por eso la Escritura dice que Jesús murió a la hora nona, es decir, a las 9:00 de la tarde judía.

Comienzan a bajar el cuerpo de la cruz…

Y allí, para recibirlo, erguida, con la frente en alto, está su madre María. Estoy seguro que en esos momentos resuenan en su mente las palabras del anciano Simeón: “… ¡y a ti misma, una espada te atravesará el alma!”

Observa con intensidad mientras los soldados romanos lo bajan. Lo hacen con prisa; y a María se le escapa un grito: “¡Cuidado!… no vayan a hacerle daño”. ¡Pero está muerto! Ya no pueden hacerle más daño del que le han hecho. Pero para ella sigue siendo su niño; aquél niño que ella arrulló en sus brazos mientras lo cubría con besos y caricias…

Finalmente aquellas manos, las manos más bellas jamás creadas, aquellas destinadas a cuidar del Hijo del Padre, aquellas que lo envolvieron en pañales y lo colocaron en el pesebre que fue su primer trono, ahora reciben su cuerpo inerte al bajar del madero que le sirvió como último trono en la tierra.

María, sentada sobre la tierra, coloca la cabeza ensangrentada de su Hijo en su regazo y estoy seguro que, al igual que Él, levanta los ojos al cielo y murmura: “Está cumplido.

Torna nuevamente la mirada hacia el rostro de su Hijo, y en aquél rostro desfigurado, que nos dice la Escritura no tenía aspecto humano, ella ve el rostro de su niño, aquél cuya sonrisa al despertar opacaba el sol de cada mañana.

Y mientras con sus lágrimas intenta limpiar el rostro de su Hijo, en su mente recapitula todos los momentos de la vida de este… cuando aun siendo bebé alzaba sus bracitos para que ella lo tomara en los de ella; sus primeros pasos asido de su mano; sus primeras palabras; sus primeras oraciones que ella misma le enseñó; su rostro atento trepado en un banquito mientras aprendía el oficio de José; sus largas horas en el taller de su padre luego de la muerte de este; y finalmente el día que se sentó con ella y le dijo: Mamá, ha llegado la hora; tengo que llevar a cabo la misión que el Padre me encomendó.

Esta es la culminación de aquél momento, que para ella comenzó el día de la Anunciación con el hágase que lo hizo posible.

Regresa a la realidad cuando siente una voz que le dice: “Tenemos que darnos prisa, la hora avanza, y un buen hombre nos ha cedido un sepulcro. Vayamos a sepultarlo”. Dentro de su tristeza ella sonríe mientras recuerda cómo su Hijo siempre confiaba en la Providencia Divina. ¿Por qué habría de ser diferente ahora?

Mira a su alrededor… ¿Dónde están sus discípulos?; ¿dónde están los que estaban dispuestos a dar la vida por él? Salvo por el “discípulo amado” que Juan coloca a su lado en el Gólgota, todos se ha ido. Solo las mujeres, siempre valientes, la acompañan.

María está llena de dolor ante la pérdida de su hijo, un dolor indescriptible aún para aquellos que lo han experimentado. ¡¡¡PERO TAMBIÉN ESTÁ LLENA DE FE!!!

Por eso, dentro de toda la tristeza indescriptible de la pasión y muerte de su Hijo, y la sensación de soledad ante el abandono de todos, María mantiene la cabeza en alto con la certeza de que va a verlo nuevamente; ¡que su Hijo va a resucitar!

Los discípulos creyeron cuando lo vieron, y hoy nosotros lo creemos por nuestra fe en las Escrituras. Ella creyó sin haber visto, y de ese modo nos mostró el camino a seguir. ¡Dichosa tú, que creíste!

Gracias Mamá, por entregarnos a tu Hijo, porque gracias a Él, y a su sangre derramada por nosotros, que es también la tuya, hemos sido redimidos.

Pero sobre todo gracias a Ti, Jesús, por entregarnos a tu Madre al pie de la Cruz, para que tomados de la mano, nos conduzca siempre de vuelta hacia Ti cuando nos alejamos, y nos acompañe en los momentos de angustia y dolor como lo hizo contigo.

Al finalizar el oficio del Viernes Santo abandonaremos el templo como lo hicieron todos aquella tarde al dejar a Jesús en el sepulcro.

Pero dentro de la tristeza que nos embarga por su muerte, al igual que María, y siguiendo su ejemplo, en nuestros corazones brillará la esperanza de la resurrección, y esa fe nos congregará nuevamente en el Templo mañana en la noche, en la Madre de las Vigilias, para ser testigos una vez más del poder del Amor sobre la muerte.

¡Vivimos para esa noche!

REFLEXIÓN PARA LA SOLEMNIDAD DE LA ANUNCIACIÓN 25-03-17

Gruta de la Anunciación, debajo del altar mayor de la Basílica de la Anunciación en Nazaret.

Hoy celebramos la Solemnidad de la Anunciación del Señor, ese hecho salvífico que puso en marcha la cadena de eventos que culminó en el Misterio Pascual de Jesús, selló la Nueva y definitiva Alianza, y abrió el camino para nuestra salvación. La Iglesia celebra esta Solemnidad el 25 de marzo, nueve meses antes del nacimiento de Jesús. Es una lástima que, por caer dentro de la Cuaresma, esta solemnidad suele pasar desapercibida, especialmente este año que coincide con el sábado, cuando en pocas parroquias se celebra la Misa propia del día.

La primera lectura que nos presenta la liturgia para esta celebración está tomada del profeta Isaías (7,10-14; 8,10), que termina diciendo: “Pues el Señor, por su cuenta, os dará una señal: Mirad: la virgen está encinta y da a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel, que significa ‘Dios-con-nosotros’”.

El Evangelio, tomado del relato de Lucas, nos brinda la narración tan hermosa del evangelista sobre el anuncio de la Encarnación de Jesús (1,26-38), uno de los pasajes más citados y comentados de las Sagradas Escrituras. No creo que haya un cristiano que no conozca ese pasaje.

Centraremos nuestra atención en el último versículo del mismo: “María contestó: ‘Aquí está la esclava del Señor: hágase en mí según tu palabra’. Y la dejó el ángel”.

“Hágase”… No podemos encontrar otra palabra que exprese con mayor profundidad la fe de María. Es un abandonarse a la voluntad de Dios con la certeza que Él tiene para nosotros un plan que tal vez no comprendemos, pero que sabemos que tiene como finalidad nuestra salvación, pues esa es la voluntad de Dios. En la Anunciación, María, con su “hágase”, hizo posible el misterio de la Encarnación y dio paso a la plenitud de los tiempos y a nuestra redención. Así nos proporcionó el modelo a seguir para nuestra salvación.

Por eso podemos decir que “hágase” no es una palabra pasiva; por el contrario, es una palabra activa; es inclusive una palabra con fuerza creadora, la máxima expresión de la voluntad de Dios reflejada a lo largo de toda la historia de la salvación. Desde el Génesis, cuando dentro del caos inicial Yahvé dijo: “Hágase la luz” (Gn 1,2), hasta Getsemaní, cuando Jesús utilizó también la fuerza del “hágase” para culminar su sacrificio salvador: “Padre, si es posible aparta de mí esta copa; pero hágase tu voluntad y no la mía” (Lc 22,42).

El consentimiento de María a la propuesta del ángel, significado en su “hágase”, hizo posible que en ese momento se realizara sobre la tierra todo ese misterio de amor y misericordia predicho desde la caída del hombre (Gn 3,15), anunciado por los profetas, deseado por el pueblo de Israel, y anticipado por muchos (Mt 2,1-11).

Proyectando nuestra mirada hacia el Misterio Pascual, estoy seguro que la fuerza del “hágase” hizo posible que María se mantuviera erguida, con la cabeza en alto, al pie de la cruz en los momentos más difíciles. Asimismo, ese hágase de María al pie de la cruz, unido al de su Hijo, transformó las tinieblas del Gólgota en el glorioso amanecer de la Resurrección. Esa era la voluntad de Dios, y María lo comprendió, actuó de conformidad, y ocurrió.

¡Gracias, Mamá María!