REFLEXIÓN PARA EL LUNES DE LA VIGÉSIMO PRIMERA SEMANA DEL T.O. (1) 26-08-19

La lectura evangélica que nos presenta la liturgia de hoy (Mt 23,13-22) se coloca en el discurso de Jesús contra la hipocresía y vacuidad de los escribas y fariseos que ocupa el capítulo 23 de Mateo. Por el tono de su discurso podemos inferir que Jesús estaba bien molesto, enojado, al proferir su ataque frontal hacia ese grupo, sobre todo porque, como dice al principio de su diatriba, “dicen y no hacen” imponiendo a la gente cargas pesadas que ellos “ni con el dedo quieren moverlas” (3-4). Por eso les habla en un tono tan fuerte, llamándoles hipócritas, necios y ciegos. Jesús critica duramente la falta de autenticidad de estos. Asimismo, a Jesús le resulta hipócrita y hasta ofensiva la forma en que les gusta que se les reconozca y rinda pleitesía.

El pasaje de hoy es el comienzo de las “siete maldiciones” o “ayes” (llamadas así porque cada una está precedida de un “ay”) de Jesús contra los escribas y fariseos, que examinaremos durante los próximos tres días (mañana ampliaremos sobre el origen y significado de los “ayes”). Resulta notable la diferencia entre esta lectura y la primera (1 Tes 1-10), en la que Pablo elogia y da gracias por la fe de los cristianos de Tesalónica, quienes han sabido mantenerse firmes en la “esperanza en Jesucristo”.

Este contraste debe llevarnos a la reflexión y a un autoexamen de conciencia. ¿Cuántas altas y bajas experimentamos en nuestro camino de conversión continua mientras intentamos alcanzar la gloria eterna? ¿Cuántas veces damos gracias a Dios por nuestra fe, por todas las bendiciones que derrama sobre nosotros a diario, y cuántas veces tenemos que bajar nuestra mirada al enfrentarnos a nuestro pecado, a nuestra falta de autenticidad, a nuestro orgullo? Jesús nos está llamando a ser genuinos, transparentes, pero sobre todo humildes: “el Señor ama a su pueblo y adorna con la victoria a los humildes” (Salmo).

“¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que cerráis a los hombres el reino de los cielos! Ni entráis vosotros, ni dejáis entrar a los que quieren”. Este primer “ay” nos proporciona la clave de por qué Jesús, el manso y humilde corazón, puede tornarse en una “fiera” cuando se enfrenta a los que tergiversan el mensaje al punto de impedir a otros la entrada al Reino de los cielos. Los fariseos escondían su hipocresía en el “cumplimiento” estricto de la Ley, por encima de la justicia y el amor, angustiando a los fieles con “pecados” que son meras interpretaciones legalistas; interpretaciones que llegan a convertirse en “camisas de fuerza” que nos impiden movernos en nuestro camino a la santidad y a la salvación.

Hemos dicho en otras ocasiones que la voluntad de Dios es que todos obtengamos la salvación. Jesús es claro en su mensaje; o estamos con Él, o en contra de Él (Lc 11,23). No hay términos medios. Y mientras de Él dependa, ninguna de sus ovejas se ha de perder (Mt 18,14). Por eso ataca como una leona parida a los que puedan ser piedra de obstáculo para nuestra salvación.

Que pasen una hermosa semana llena de bendiciones.

REFLEXIÓN PARA EL VIERNES DE LA PRIMERA SEMANA DE ADVIENTO 07-12-18

Isaías, el profeta del Adviento, sigue dominando la liturgia para este tiempo tan especial. En la primera lectura de hoy (Is 29,17-24), el profeta anuncia que “pronto, muy pronto… oirán los sordos las palabras del libro; sin tinieblas ni oscuridad verán los ojos de los ciegos”. Ese prodigio, entre otros, se convertirá en el signo de que el Mesías ha llegado.

En el relato evangélico seguimos con Mateo, que nos presenta a Jesús abriendo los ojos de dos ciegos (Mt 9,27-31). Así se da el cumplimiento de la profecía de Isaías, lo que prueba que los tiempos mesiánicos ya han llegado con la persona de Jesús de Nazaret. Y como en tantos otros casos, la fe es un factor esencial para que se efectúe el milagro: “Jesús les dijo: ‘¿Creéis que puedo hacerlo?’ A lo que ellos replicaron: ‘Sí, Señor.’ Entonces les tocó los ojos, diciendo: ‘Que os suceda conforme a vuestra fe.’ Y se les abrieron los ojos”. A pesar de que Jesús les “ordenó severamente” que no contaran su curación milagrosa a nadie, ellos, “al salir, hablaron de él por toda la comarca”.

Los ciegos del relato creyeron en Jesús y creyeron que Él podía curar su ceguera. Y su fe fue recompensada. Tuvieron un encuentro personal con Jesús y sintieron su poder. La actitud de ellos de salir a contar a todos lo sucedido es la reacción natural de todo el que ha tenido un encuentro personal con Jesús. El que ha tenido esa experiencia siente un gozo, una alegría, que tiene que compartir con todo el que encuentra en su camino. Es la verdadera “alegría del cristiano”.

Nuestro problema es que muchas veces nos conformamos con una imagen estática de Jesús, nuestra relación con Él se limita a ritos, estampitas, imágenes y crucifijos, y no abrimos nuestros corazones para dejarle entrar, para tener un encuentro personal, íntimo con Él, para sentir el calor de su abrazo; ese abrazo misericordioso en el que hayamos descanso para nuestras almas (Mt 11,29).

En ocasiones miramos a nuestro alrededor y vemos el caos, la violencia, el desamor que aparenta reinar en nuestro entorno, y pensamos que las promesas de Isaías no se han cumplido. Eso es señal de que no hemos tenido ese encuentro personal con Jesús, porque si lo hubiésemos tenido, estaríamos gritándolo a los siete vientos; y contagiaríamos a otros con ese gozo indescriptible hasta convertirlo en una epidemia de amor.

Apenas estamos comenzando el Adviento, y como nos dijera el papa emérito Benedicto XVI hace unos años, el Adviento “nos invita una vez más, en medio de muchas dificultades, a renovar la certeza de que Dios está presente: Él ha venido al mundo, convirtiéndose en un hombre como nosotros, para traer la plenitud de su designio de amor. Y Dios exige que también nosotros nos convirtamos en una señal de su acción en el mundo. A través de nuestra fe, nuestra esperanza, nuestro amor, Él quiere entrar en el mundo siempre de nuevo, y quiere siempre de nuevo hacer resplandecer su Luz en la noche”.

REFLEXIÓN PARA EL VIERNES DE LA PRIMERA SEMANA DE ADVIENTO 02-12-16

abrazo-jesus

Isaías, el profeta del Adviento, continúa dominando la liturgia para este tiempo tan especial. En la primera lectura de hoy (Is 29,17-24), el profeta anuncia que “pronto, muy pronto… oirán los sordos las palabras del libro; sin tinieblas ni oscuridad verán los ojos de los ciegos”. Ese prodigio, entre otros, se convertirá en el signo de que el Mesías ha llegado.

En el relato evangélico seguimos con Mateo, que nos presenta a Jesús abriendo los ojos de dos ciegos (Mt 9,27-31). Así se da el cumplimiento de la profecía de Isaías, lo que prueba que los tiempos mesiánicos ya han llegado con la persona de Jesús de Nazaret. Y como en tantos otros casos, la fe es un factor esencial para que se efectúe el milagro: “Jesús les dijo: ‘¿Creéis que puedo hacerlo?’ A lo que ellos replicaron: ‘Sí, Señor.’ Entonces les tocó los ojos, diciendo: ‘Que os suceda conforme a vuestra fe.’ Y se les abrieron los ojos”. A pesar de que Jesús les “ordenó severamente” que no contaran su curación milagrosa a nadie, ellos, “al salir, hablaron de él por toda la comarca”.

Los ciegos del relato creyeron en Jesús y creyeron que Él podía curar su ceguera. Y su fe fue recompensada. Tuvieron un encuentro personal con Jesús y sintieron su poder. La actitud de ellos de salir a contar a todos lo sucedido es la reacción natural de todo el que ha tenido un encuentro personal con Jesús. El que ha tenido esa experiencia siente un gozo, una alegría, que tiene que compartir con todo el que encuentra en su camino. Es la verdadera “alegría del cristiano”.

Nuestro problema es que muchas veces nos conformamos con una imagen estática de Jesús, nuestra relación con Él se limita a ritos, estampitas, imágenes y crucifijos, y no abrimos nuestros corazones para dejarle entrar, para tener un encuentro personal, íntimo con Él, para sentir el calor de su abrazo; ese abrazo misericordioso en el que hayamos descanso para nuestras almas (Mt 11,29).

En ocasiones miramos a nuestro alrededor y vemos el caos, la violencia, el desamor que aparenta reinar en nuestro entorno, y pensamos que las promesas de Isaías no se han cumplido. Eso es señal de que no hemos tenido ese encuentro personal con Jesús, porque si lo hubiésemos tenido, estaríamos gritándolo a los siete vientos; y contagiaríamos a otros con ese gozo indescriptible hasta convertirlo en una epidemia de amor.

Pero para poder tener esa experiencia de Jesús no podemos cruzarnos de brazos. Como nos dijo el papa Francisco en la misa del primer domingo de Adviento, este “es un tiempo para caminar e ir al encuentro del Señor, es decir, un tiempo para no estar parado”. Pero lo mejor de todo es que Jesús nunca deja de sorprendernos. Por eso el Papa añadió: “Estoy en camino para encontrarlo a Él, en camino para encontrarme, y cuando nos encontremos veamos que la gran sorpresa es que Él me está buscando, antes de que yo comenzara a buscarlo”.

Se trata de ese Dios-con-nosotros que viene constantemente a nuestro encuentro y solo espera que le abramos nuestro corazón para fundirse con nosotros. Si estás preparado reconocerás su voz y le abrirás (Cfr. Ap 3,20).

Y el Adviento es tiempo de preparación, tiempo de espera, tiempo de anticipación. ¡Aprovéchalo, y verás cómo Él te sorprenderá!

REFLEXIÓN PARA EL LUNES DE LA TRIGÉSIMA PRIMERA SEMANA DEL T.O. (2) 31-10-16

Madre Teresa

La liturgia de hoy (Lc 14,12-14) nos presenta a Jesús todavía en la cena a la que había sido invitado en casa de un fariseo. En la liturgia correspondiente al sábado pasado leíamos cómo Jesús se expresaba en contra de aquellos que quieren ocupar los primeros puestos cuando son convidados a una boda (Lc 14,1.7-11).

En el Evangelio de hoy Jesús lleva su consejo un paso más allá. Se dirige, no ya al que es invitado, sino al que invita a la cena: “Cuando des una comida o una cena, no invites a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a los vecinos ricos; porque corresponderán invitándote, y quedarás pagado. Cuando des un banquete, invita a pobres, lisiados, cojos y ciegos; dichoso tú, porque no pueden pagarte; te pagarán cuando resuciten los justos”.

Resuenan las palabras que Jesús había pronunciado anteriormente en el Evangelio de Lucas: “Si hacen el bien a aquellos que se lo hacen a ustedes, ¿qué mérito tienen? Eso lo hacen también los pecadores” (6,32).

Y de nuevo la “opción preferencial” de Jesús por los pobres, los marginados, los enfermos, los lisiados, los anawim. Contario al sistema de jerarquías existente en la cultura judía, Jesús quiere enfatizar una vez más que el banquete del Señor, el Reino, ha de estar abierto a todos por igual, sin distinción de clase social (St 2,1-6), ni de raza (Rm 10,12; 1Cor 12,13); sin excluir, ni siquiera a los pecadores (Lc 7,36-50). Tampoco es asunto de tratar a todos por igual celebrando la misma liturgia, pero por separado para un “grupo”, como se ve en algunos movimientos. Se trata de derribar muros que separan y dividen (Cfr. Ef 2,14), no de abrir huecos; se trata de vivir en comunión.

Jesús nos pide que en lugar de invitar a nuestros familiares, a nuestros amigos, invitemos a “pobres, lisiados, cojos y ciegos”. El hecho de que Jesús haga uso de la hipérbole, exagere, para “jamaquear” a sus interlocutores, demuestra la radicalidad de su enseñanza. Se trata de dar sin esperar nada a cambio, por pura gratuidad, por amor. “Dichoso tú, porque no pueden pagarte; te pagarán cuando resuciten los justos”. Se trata de sobreponer los prejuicios, las repugnancias, para acoger como hermanos a los que hasta ahora hemos considerado “inferiores”. San Pablo nos lo expresa así en la primera lectura de hoy (Fil 2,1-4): “dejaos guiar por la humildad y considerad siempre superiores a los demás”.

Dios nos está pidiendo que amemos como Él nos ama. Y la única forma de lograrlo es viendo el rostro de Jesús en cada uno de ellos. Pero, ¡cuán difícil nos resulta a veces escuchar y poner en práctica esa Palabra! (Cfr. Mt 12,49-50).

Y como lo hace tantas veces, nos promete una recompensa “cuando resuciten los justos”, es decir, en el último día, cuando podamos vivir en toda su plenitud el amor incondicional de Dios por toda la eternidad.

En esta semana que comienza, pidamos al Señor un corazón puro y generoso que nos permita acoger a todos con los brazos abiertos, sin distinción de raza, lengua, nacionalidad, religión, orientación sexual, ni condición económica o social.