REFLEXIÓN PARA EL PRIMER DOMINGO DE ADVIENTO (A) 01-12-19

A Isaías se le llama el “profeta del Adviento”, porque su profecía domina la liturgia durante este tiempo que nos prepara para la Navidad. En Isaías encontramos la promesa y la esperanza de que se cumplan todos los sueños mesiánicos del pueblo de Israel; esos sueños que hallarán cumplimiento en la persona de Jesús en quien, según nos resalta Mateo en su relato evangélico, se cumplen todas las profecías mesiánicas del Antiguo Testamento. Pero no debemos pasar por alto que este tiempo también nos remite, como a los primeros cristianos, a la segunda venida de Jesús al final de los tiempos.

Las normas universales sobre el año litúrgico nos presentan así este tiempo: “El tiempo de Adviento tiene una doble índole: es el tiempo de preparación para las solemnidades de Navidad, en las que se conmemora la primera venida del Hijo de Dios a los hombres, y es a la vez el tiempo en el que por este recuerdo se dirigen las mentes hacia la expectación de la segunda venida de Cristo al fin de los tiempos. Por estas dos razones el Adviento se nos manifiesta como tiempo de una expectación piadosa y alegre” (N.U., 39).

Las lecturas que nos ofrece la liturgia para este primer domingo de Adviento tienen sabor escatológico, es decir, nos remiten a esa “espera” de la parusía, la segunda venida de Jesús. La primera lectura, tomada del libro de Isaías (2,1-5), nos habla del “final de los días” en que todos los pueblos convergerán en la ciudad santa de Jerusalén (Cfr. Ap 21,9-27), y ya la guerra y la violencia serán cosa del pasado. “De las espadas forjarán arados, de las lanzas, podaderas”.

La segunda lectura, tomada de la carta del Apóstol san Pablo a los Romanos (13,11-14), nos exhorta a estar vigilantes a esa segunda venida de Jesús: “La noche está avanzada, el día se echa encima: dejemos las actividades de las tinieblas y pertrechémonos con las armas de la luz”. Lo cierto es que con el nacimiento de Jesús se inauguró el Reino que el pueblo esperaba, ese Reino que ya ha comenzado pero que no está concretizado. El “final de los tiempos” es aquí y ahora, hasta tanto llegue el Hijo del hombre cubierto de gloria para dejar instaurado su Reinado por toda la eternidad. De ahí el llamado a estar vigilantes, pues no sabemos el día ni la hora. En ocasiones anteriores hemos recalcado que para cada uno de nosotros ese “día” puede ser en cualquier momento, incluso hoy mismo. Entonces pasaremos a ese estado en que el tiempo lineal desaparece, y solo existe el hoy de la eternidad. De ahí que san Pablo nos exhorta a estar “vestidos” de nuestro Señor Jesucristo, para que esa “hora” no nos sorprenda en pecado.

Así nos advierte la lectura evangélica (Mt 24,37-44): “Por lo tanto, estad en vela, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor… estad también vosotros preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre”.

Aunque nuestra vida debería ser un constante Adviento, este tiempo nos invita a convertirnos en otros “cristos” de manera que, llegada la hora, podamos reinar junto a Él por toda la eternidad (Cfr. Ap 22,5).

REFLEXIÓN PARA EL VIERNES DE LA TRIGÉSIMO TERCERA SEMANA DEL T.O. (1) 22-11-19

“Mi casa es casa de oración; pero vosotros la habéis convertido en una cueva de bandidos”.

Las lecturas que nos propone la liturgia para hoy (1 Mac 4,36-37.52-59; Lc 19 45-48), aunque a primera vista parecerían no estar relacionadas, tratan el mismo tema, la santidad del Templo y el respeto debido al mismo.

La primera, tomada del primer libro los Macabeos, nos presenta a Judas Macabeo y sus hermanos dedicando nuevamente el Templo, que había sido profanado por los enemigos. La rebelión promovida por los Macabeos había culminado en una victoria contundente contra las tropas del infame rey Antíoco, lo que había ganado para el pueblo judío una autonomía mayor y, sobre todo, libertad para practicar su religión. Y para celebrar la victoria restauran el Templo y ofrecen sacrificios de acción de gracias: “Ahora que tenemos derrotado al enemigo, subamos a purificar y consagrar el templo”.

Así, en el tercer aniversario de su profanación, después de haber restaurado el Templo y construido un nuevo altar, Judas Macabeo y sus hermanos, junto al pueblo judío, “lo volvieron a consagrar, cantando himnos y tocando cítaras, laúdes y platillos. Todo el pueblo se postró en tierra, adorando y alabando a Dios, que les había dado éxito. Durante ocho días, celebraron la consagración, ofreciendo con júbilo holocaustos y sacrificios de comunión y de alabanza”. Con estas ceremonias, descritas en el pasaje del que la lectura de hoy forma parte, el pueblo reiteró la importancia del Templo y el culto debido a Dios, y “canceló la afrenta de los paganos”.

Durante toda su historia, la vida del pueblo judío giró alrededor del Templo, que constituía su centro político-religioso. Jesús era judío, conocía las Sagradas Escrituras, y el respeto debido al Templo como “casa de Dios”.

Eso nos lleva al Evangelio. La lectura evangélica de hoy, tomada del Evangelio según san Lucas, nos dice que “todos los días Jesús enseñaba en el Templo”, y “el pueblo entero estaba pendiente de sus labios”. Jesús nos trajo una nueva forma de culto en el que su Palabra y nuestra oración cobran un papel importantísimo, y nos conducen al centro de la liturgia: Él mismo que se hace presente en la Eucaristía. En tiempos de Jesús Yahvé “habitaba” en el Templo de Jerusalén. Hoy Jesús se hace presente en la Eucaristía.

La denuncia que escuchamos de labios de Jesús en el Evangelio al echar los mercaderes del Templo, “‘Mi casa es casa de oración’; pero vosotros la habéis convertido en una ‘cueva de bandidos’”, nos hace preguntarnos: Nuestros templos, ¿son “casa de oración”? ¿Estamos acaso “profanando” el templo? Basta con entrar en algunos templos y ver que más parecen una plaza pública que una casa de oración. El alboroto es tal que no permite concentrase a aquellos que estamos tratando de orar. Se nos olvida que estamos en presencia de Jesús sacramentado, que habita en nuestros sagrarios con todo su cuerpo, sangre, alma y divinidad, y merece todo nuestro respeto y adoración.

Como preparación para el Adviento y el nuevo año litúrgico que se avecina, hagamos un poco de introspección comunitaria. ¿Qué diría Jesús si entra a nuestro templo?

REFLEXIÓN PARA EL LUNES DE LA SEGUNDA SEMANA DE CUARESMA 18-03-19

El pasaje evangélico que leemos en la liturgia para hoy (Lc 6,36-38) comienza diciéndonos que seamos “compasivos” (otras traducciones dicen “misericordiosos”) como nuestro Padre es compasivo. La compasión, la misericordia, productos del amor incondicional; el amor incondicional que el Padre derrama sobre nosotros (la “verdad” en términos bíblicos). La “medida” que se nos propone.

En otra ocasión Jesús nos decía: “Sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto”. (Mt 5,48). Y esa perfección solo la encontramos en el amor; en amar sin medida; como el Padre nos ama. Ese Padre que es compasivo y siempre nos perdona, no importa cuánto podamos faltarle, ofenderle, fallarle. Ese Dios que siempre se mantiene fiel a sus promesas no importa cuántas veces nosotros incumplamos las nuestras. En la primera lectura, tomada del libro de Daniel (9,4b-10), escuchamos al profeta “confesando” a Dios sus pecados y los de su Pueblo: “Señor, nos abruma la vergüenza: a nuestros reyes, príncipes y padres, porque hemos pecado contra ti. Pero, aunque nosotros nos hemos rebelado, el Señor, nuestro Dios, es compasivo y perdona”.

En este tiempo de Cuaresma la Iglesia nos hace un llamado a la conversión, a dar vuelta del camino equivocado que llevamos y cambiar de dirección (el significado de la palabra metanoia que san Pablo utiliza para “conversión”) para seguir tras los pasos de Jesús. Y si vamos a seguir los pasos de Jesús, si aspiramos a parecernos a Él (Cfr. Gál 2,20), buscamos en las Escrituras cómo es Él, y encontramos que es el Amor personificado. ¡Ahí está la clave! Para ser perfectos como el Padre es perfecto, tenemos que amar a nuestro prójimo como el Padre nos ama, como Jesús nos ama.

La primera lectura nos refiere a la misericordia de Dios hacia nosotros. Nos da la medida. El Evangelio nos refiere a la relación con nuestro prójimo. “Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo; no juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados; dad, y se os dará: os verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante”. No se nos está pidiendo nada que Dios no esté dispuesto a darnos. “Así como yo los he amado, ámense también ustedes los unos a los otros” (Jn 13,34).

Examino mi conciencia. ¡Cuántas veces soy intolerante! ¡Cuántas veces, pudiendo ser compasivo me muestro inflexible! ¡Cuán presto estoy a juzgar a mi prójimo sin mirar sus circunstancias, su realidad de vida! ¡Cuántas veces condeno la mota en el ojo ajeno y no miro la viga en el mío (Lc 6,41)! ¡Cuántas veces le niego el perdón a los que me faltan (“perdona nuestras ofensas…”), y le niego una limosna al que necesita o, peor aún, le niego un poco de mi tiempo (el pecado de omisión; el gran pecado de nuestros tiempos)!

Le lectura evangélica termina diciéndonos: “La medida que uséis, la usarán con vosotros” (Cfr. Mt 25-31-46). Estamos viviendo un tiempo de conversión y penitencia en preparación para la celebración de la Pascua de Resurrección. La Palabra de hoy nos enfrenta con nuestra realidad y nos invita al arrepentimiento y a tornarnos hacia Dios. “Señor, no nos trates como merecen nuestros pecados” (Antífona del Salmo).

Todavía estamos a tiempo… Y tú, ¿qué vas a hacer?

REFLEXIÓN PARA EL MARTES DE LA SEGUNDA SEMANA DE ADVIENTO 13-12-18

La primera lectura que nos ofrece la liturgia para hoy, tomada del profeta Isaías (40,1-11), nos brinda el pasaje citado por Jesús en el Evangelio que leíamos este segundo domingo de Adviento (Lc 3,1-6): “Voz del que grita en el desierto: ‘Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos; los valles serán rellenados, los montes y colinas serán rebajador; lo torcido será enderezado, lo escabroso será camino llano. Y toda carne verá la salvación de Dios'”.

Es un anuncio de los tiempos mesiánicos unido a un llamado a la preparación para esos tiempos en que el Señor ha de llegar para liberar a su pueblo; preparación que en términos nuestros implica un proceso de conversión que allane el camino para que Dios pueda llegar a nuestros corazones.

Concluye el pasaje haciendo uso de la imagen que vemos a menudo en el Antiguo Testamento de Dios como “pastor” y su pueblo como “rebaño”: “Como un pastor que apacienta el rebaño, su brazo lo reúne, toma en brazos los corderos y hace recostar a las madres”. Así ha de venir el Mesías esperado, como un pastor que cuida de sus ovejas. Y esa imagen del pastor que reúne a su rebaño y “toma en brazos los corderos y hace recostar las madres”, nos presenta el buen pastor que se preocupa por sus ovejas, las reúne y las cuida.

La lectura evangélica de hoy (Mt 18,12-14) nos presenta la parábola del pastor que tiene cien ovejas, una se le pierde, y deja las noventa y nueve que le quedan para ir en busca de la que se extravió. Jesús está familiarizado con la vida pastoril, sabe que una oveja sola está indefensa, no puede sobrevivir. Nos dice que el Padre que está en los cielos es como el buen pastor de la parábola, no deja de preocuparse por ninguna de sus ovejas, aunque se aleje. Cuando un alma de aleja de Él, no puede mantenerse indiferente. Esta parábola nos presenta a un Dios que no quiere que nos perdamos, que viene a nuestro encuentro. Y cuando nos encuentra se alegra más por habernos encontrado que por aquellas que ya estaban en el redil. Y ese día habrá fiesta en la casa del Padre “porque mi hijo estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y fue encontrado” (Lc 15,24).

Nos está diciendo que a Él no le importa la razón por la cual nos hayamos alejado; tan solo quiere que regresemos a su lado. Él nos está buscando, se hace cercano a nosotros. La misericordia de Dios, ese misterio de la actitud de Dios ante el pecado del hombre. Él quiere a todas sus ovejas, pero se siente especialmente alegre cuando encuentra una que estaba perdida; y estoy seguro que sonreirá cada vez que la vea junto a las demás ovejas de su rebaño.

Habíamos dicho que la palabra clave en esta segunda semana de Adviento es “conversión”; conversión que nos permitirá “preparar el camino” para que Dios, Buen Pastor, venga a nuestro encuentro, y podamos recibirlo en nuestros corazones. ¡Ven a mi encuentro, Señor, haz morada en mi corazón, y no permitas que me aleje de Ti!

REFLEXIÓN PARA EL LUNES DE LA SEGUNDA SEMANA DE ADVIENTO 10-12-18

El profeta Isaías continúa ocupando la primera lectura de la liturgia de Adviento. La de hoy (Is 35, 1-10), escrita durante el exilio en Babilona, le brinda consuelo y esperanza al pueblo que hace años sufre el cautiverio, y anuncia su regreso al Paraíso, la venida del Salvador esperado que transformará el desierto en Paraíso. El pasaje que contemplamos hoy sirve de preludio al “Libro de la Consolación” o “segundo Isaías”, que comprende los capítulos 40 al 55 de la profecía. De nuevo, Isaías nos presenta unos signos concretos que han de acompañar esos tiempos: “Se despegarán los ojos del ciego, los oídos del sordo se abrirán, saltará como un ciervo el cojo,la lengua del mudo cantará. Porque han brotado aguas en el desierto, torrentes en la estepa; el páramo será un estanque, lo reseco, un manantial”. La lectura anuncia la abolición inminente de todas las maldiciones producto del pecado de Adán (Gn 3,16.18.19). Así la esperanza del regreso del pueblo cautivo en Babilonia se transforma a su vez en símbolo de la felicidad de los últimos tiempos.

En el Evangelio de hoy (Lc 5,17-26) vemos a Jesús que encarna la profecía. Se trata de la versión de Lucas de la curación del paralítico cuyos amigos, ante la imposibilidad de acercar su amigo paralítico a Jesús para que lo curara, logran trepar la camilla, abren un boquete en el techo, y lo descuelgan frente a Jesús. Nos dice la Escritura que Jesús, “viendo la fe que tenían” los amigos, dijo al paralítico: “Hombre, tus pecados están perdonados”. Ante la incredulidad y el escándalo causado por sus palabras en los fariseos y maestros de la ley que estaban presentes, Jesús les replicó: “¿Qué es más fácil: decir ‘tus pecados quedan perdonados’, o decir‘levántate y anda’? Pues, para que veáis que el Hijo del hombre tiene poder en la tierra para perdonar pecados… –dijo al paralítico–: A ti te lo digo, ponteen pie, toma tu camilla y vete a tu casa”. ¿Qué mayor prueba de la llegada delos tiempos mesiánicos? ¿Qué mayor prueba de que Jesús es el Mesías en quien se cumplen las promesas del Antiguo Testamento? La lectura termina con los presentes diciendo: “Hoy hemos visto cosas admirables”.

Ayer decíamos que la palabra clave para esta segunda semana de Adviento es “conversión”. El Evangelio del domingo nos hablaba de “allanar” caminos. “elevar” los valles, “bajar” los montes y colinas, para preparar el “camino del Señor” que llega. Cuando se trata del tiempo de preparación para recibir a Jesús en nuestros corazones (la perspectiva de “hoy” del Adviento), esos valles, colinas y pedregales, son nuestras tibiezas, nuestra indolencia, nuestros pecados, que impiden al Señor entrar en nuestros corazones; todo aquello que nos convierte en “paralíticos espirituales”, y obstaculiza la conversión a que somos llamados durante este tiempo de Adviento por voz de Juan el Bautista.

La pregunta obligada es: ¿Con cuál de los personajes nos identificamos? ¿Sufrimos de “parálisis espiritual” que nos impide recibir a Jesús en nuestros corazones, o somos de los amigos que ponen su confianza Jesús y ayudan al paralítico? Hagamos examen de conciencia…

REFLEXIÓN PARA EL MIÉRCOLES DE LA VIGÉSIMO NOVENA SEMANA DEL T.O. (2) 24-10-18

El Evangelio que contemplamos en la liturgia de hoy (Lc 12,39-48) tiene un tono apocalíptico que nos exhorta a la vigilancia y al servicio como preparación para el “regreso” inesperado de Jesús: “Comprended que si supiera el dueño de casa a qué hora viene el ladrón, no le dejaría abrir un boquete. Lo mismo vosotros, estad preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre”. Pero la tónica de hoy se sienta con la pregunta de Pedro: “Señor, ¿has dicho esa parábola por nosotros o por todos?”.

Después de haber invitado a la vigilancia a todo cristiano Jesús centra su mensaje en aquellos “administradores” que el “amo” ha puesto al frente de su “servidumbre”, es decir a los pastores de la Iglesia, que tendrán que rendirle cuentas cuando llegue el amo. “Al que mucho se le dio, mucho se le exigirá; al que mucho se le confió, más se le exigirá”.

Esta parábola nos evoca el capítulo 34 de Ezequiel cuando Yahvé, por voz del profeta increpa a los pastores de Israel por haber descuidado el rebaño que se les confió: “¡Ay de los pastores de Israel que se apacientan a sí mismos! ¿Acaso los pastores no deben apacentar el rebaño? Pero ustedes se alimentan con la leche, se visten con la lana, sacrifican a las ovejas más gordas, y no apacientan el rebaño”. “Porque mis ovejas han sido expuestas a la depredación y se han convertido en presa de todas las fieras salvajes por falta de pastor; porque mis pastores no cuidan a mis ovejas; porque ellos se apacientan a sí mismos, y no a mis ovejas”.

Tal vez Pedro entendió que como él había sido nombrado “persona a cargo”, “responsable” (Cfr. Mt 16,18), estaba seguro en su “puesto”. De nuevo la naturaleza humana interponiéndose, creando esos “fantasmas” del orgullo que se interponen entre nosotros y el verdadero seguimiento de Jesús. Pero Jesús no vacila en derrumbar su falso orgullo. Le dice todo lo contrario; mientras más responsabilidades se nos encomienden, más estricto será el Señor al momento de exigirnos cuentas.

La tentación de utilizar, oprimir, e ignorar las necesidades de aquellos que están bajo los que ocupan posiciones de autoridad es grande. El mismo Jesús nos lo advirtió: “Ustedes saben que aquellos a quienes se considera gobernantes, dominan a las naciones como si fueran sus dueños, y los poderosos les hacen sentir su autoridad. Entre ustedes no debe suceder así. Al contrario, el que quiera ser grande, que se haga servidor de ustedes; y el que quiera ser el primero, que se haga servidor de todos.” (Mc 10,42-44).

En la primera lectura de hoy (Ef 3,2-12) Pablo está claro que su ministerio no es obra suya, sino producto de la gracia divina que se le reveló (Cfr. Hc 9,1-18) en el camino a Damasco: “A mí, el más insignificante de todos los santos, se me ha dado esta gracia: anunciar a los gentiles la riqueza insondable que es Cristo, aclarar a todos la realización del misterio, escondido desde el principio de los siglos en Dios, creador de todo”.

Hoy, pidamos al Señor por nuestros obispos, sacerdotes, diáconos y laicos comprometidos a cargo de los diversos ministerios o movimientos, para que adquieran conciencia de la grave responsabilidad que conlleva su elección por parte del Señor, y que como mucho se les ha encomendado, mucho se les exigirá; y que mientras más sirvan, mayor será su recompensa.

REFLEXIÓN PARA EL LUNES DE LA SEGUNDA SEMANA DE CUARESMA 26-02-18

El pasaje evangélico que leemos en la liturgia para hoy (Lc 6,36-38) comienza diciéndonos que seamos “compasivos” (otras traducciones dicen “misericordiosos”) como nuestro Padre es compasivo. La compasión, la misericordia, productos del amor incondicional; el amor incondicional que el Padre derrama sobre nosotros (la “verdad” en términos bíblicos). La “medida” que se nos propone.

En otra ocasión Jesús nos decía: “Sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto”. (Mt 5,48). Y esa perfección solo la encontramos en el amor; en amar sin medida; como el Padre nos ama. Ese Padre que es compasivo y siempre nos perdona, no importa cuánto podamos faltarle, ofenderle, fallarle. Ese Dios que siempre se mantiene fiel a sus promesas no importa cuántas veces nosotros incumplamos las nuestras. En la primera lectura, tomada del libro de Daniel (9,4b-10), escuchamos al profeta “confesando” Dios sus pecados y los de su Pueblo: “Señor, nos abruma la vergüenza: a nuestros reyes, príncipes y padres, porque hemos pecado contra ti. Pero, aunque nosotros nos hemos rebelado, el Señor, nuestro Dios, es compasivo y perdona”.

En este tiempo de Cuaresma la Iglesia nos hace un llamado a la conversión, a dar vuelta del camino equivocado que llevamos y cambiar de dirección (el significado de la palabra metanoia que san Pablo utiliza para “conversión”) para seguir tras los pasos de Jesús. Y si vamos a seguir los pasos de Jesús, si aspiramos a parecernos a Él (Cfr. Gál 2,20), buscamos en las Escrituras cómo es Él, y encontramos que es el Amor personificado. ¡Ahí está la clave! Para ser perfectos como el Padre es perfecto, tenemos que amar a nuestro prójimo como el Padre nos ama, como Jesús nos ama.

La primera lectura nos refiere a la misericordia de Dios hacia nosotros. Nos da la medida. El Evangelio nos refiere a la relación con nuestro prójimo. “Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo; no juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados; dad, y se os dará: os verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante”. No se nos está pidiendo nada que Dios no esté dispuesto a darnos. “Así como yo los he amado, ámense también ustedes los unos a los otros” (Jn 13,34).

Examino mi conciencia. ¡Cuántas veces soy intolerante! ¡Cuántas veces, pudiendo ser compasivo me muestro inflexible! ¡Cuán presto estoy a juzgar a mi prójimo sin mirar sus circunstancias, su realidad de vida! ¡Cuántas veces condeno la mota en el ojo ajeno y no miro la viga en el mío (Lc 6,41)! ¡Cuántas veces le niego el perdón a los que me faltan (“perdona nuestras ofensas…”), y le niego una limosna al que necesita o, peor aún, le niego un poco de mi tiempo (el pecado de omisión; el gran pecado de nuestros tiempos)!

Le lectura evangélica termina diciéndonos: “La medida que uséis, la usarán con vosotros” (Cfr. Mt 25-31-46). Estamos viviendo un tiempo de conversión y penitencia en preparación para la celebración de la Pascua de Resurrección. La Palabra de hoy nos enfrenta con nuestra realidad y nos invita al arrepentimiento y a tornarnos hacia Dios. “Señor, no nos trates como merecen nuestros pecados” (Antífona del Salmo).

Todavía estamos a tiempo… Y tú, ¿qué vas a hacer?

REFLEXIÓN PARA EL VIERNES DE LA PRIMERA SEMANA DE ADVIENTO 02-12-16

abrazo-jesus

Isaías, el profeta del Adviento, continúa dominando la liturgia para este tiempo tan especial. En la primera lectura de hoy (Is 29,17-24), el profeta anuncia que “pronto, muy pronto… oirán los sordos las palabras del libro; sin tinieblas ni oscuridad verán los ojos de los ciegos”. Ese prodigio, entre otros, se convertirá en el signo de que el Mesías ha llegado.

En el relato evangélico seguimos con Mateo, que nos presenta a Jesús abriendo los ojos de dos ciegos (Mt 9,27-31). Así se da el cumplimiento de la profecía de Isaías, lo que prueba que los tiempos mesiánicos ya han llegado con la persona de Jesús de Nazaret. Y como en tantos otros casos, la fe es un factor esencial para que se efectúe el milagro: “Jesús les dijo: ‘¿Creéis que puedo hacerlo?’ A lo que ellos replicaron: ‘Sí, Señor.’ Entonces les tocó los ojos, diciendo: ‘Que os suceda conforme a vuestra fe.’ Y se les abrieron los ojos”. A pesar de que Jesús les “ordenó severamente” que no contaran su curación milagrosa a nadie, ellos, “al salir, hablaron de él por toda la comarca”.

Los ciegos del relato creyeron en Jesús y creyeron que Él podía curar su ceguera. Y su fe fue recompensada. Tuvieron un encuentro personal con Jesús y sintieron su poder. La actitud de ellos de salir a contar a todos lo sucedido es la reacción natural de todo el que ha tenido un encuentro personal con Jesús. El que ha tenido esa experiencia siente un gozo, una alegría, que tiene que compartir con todo el que encuentra en su camino. Es la verdadera “alegría del cristiano”.

Nuestro problema es que muchas veces nos conformamos con una imagen estática de Jesús, nuestra relación con Él se limita a ritos, estampitas, imágenes y crucifijos, y no abrimos nuestros corazones para dejarle entrar, para tener un encuentro personal, íntimo con Él, para sentir el calor de su abrazo; ese abrazo misericordioso en el que hayamos descanso para nuestras almas (Mt 11,29).

En ocasiones miramos a nuestro alrededor y vemos el caos, la violencia, el desamor que aparenta reinar en nuestro entorno, y pensamos que las promesas de Isaías no se han cumplido. Eso es señal de que no hemos tenido ese encuentro personal con Jesús, porque si lo hubiésemos tenido, estaríamos gritándolo a los siete vientos; y contagiaríamos a otros con ese gozo indescriptible hasta convertirlo en una epidemia de amor.

Pero para poder tener esa experiencia de Jesús no podemos cruzarnos de brazos. Como nos dijo el papa Francisco en la misa del primer domingo de Adviento, este “es un tiempo para caminar e ir al encuentro del Señor, es decir, un tiempo para no estar parado”. Pero lo mejor de todo es que Jesús nunca deja de sorprendernos. Por eso el Papa añadió: “Estoy en camino para encontrarlo a Él, en camino para encontrarme, y cuando nos encontremos veamos que la gran sorpresa es que Él me está buscando, antes de que yo comenzara a buscarlo”.

Se trata de ese Dios-con-nosotros que viene constantemente a nuestro encuentro y solo espera que le abramos nuestro corazón para fundirse con nosotros. Si estás preparado reconocerás su voz y le abrirás (Cfr. Ap 3,20).

Y el Adviento es tiempo de preparación, tiempo de espera, tiempo de anticipación. ¡Aprovéchalo, y verás cómo Él te sorprenderá!

Las 10 Virtudes que tienes que Reforzar para no Malgastar tu Cuaresma

cuaresma-640x469

Un plan para combatir nuestros vicios. 

La semana que viene comienza la Cuaresma que es un tiempo de penitencia y de ascética de guerra. El enemigo es la concupiscencia, el mundo y el diablo. El objetivo es purificar nuestros corazones para que podamos celebrar la Pascua con alegría.

LAS PRÁCTICAS DE ORIENTE

Nuestros hermanos en el Oriente llaman al período de la Cuaresma, el “Gran Ayuno”, o alternativamente, la “Gran Cuaresma.” Es la más importante de las cuatro temporadas de ayuno en las iglesias católicas orientales, ya que es la preparación para la fiesta de las fiestas, a saber, Pascua.

En el rito bizantino, el período de la Gran Cuaresma es precedida por cuatro domingos, durante el cual los … [continuar leyendo]

http://forosdelavirgen.org/58215/cuales-son-las-virtudes-que-debemos-reforzar-en-cuaresma-2014-02-28/#.VOICz1x1rAo.facebook