REFLEXIÓN PARA EL DÉCIMO CUARTO DOMINGO DEL T.O. (A) 09-07-17

La lectura evangélica que nos propone la liturgia para este decimocuarto domingo del tiempo ordinario, es la misma que leímos recientemente para la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús (Mt 1,25-30). En nuestra reflexión para ese día centramos nuestra atención en el versículo 28: “Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré”.

Las lecturas de hoy, sin embargo, nos hacen resaltar los versículos 25 y 29: “Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla. Sí, Padre, así te ha parecido mejor”; y “Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso”.

Ambos versículos son un eco de las primeras dos bienaventuranzas (Mt 5,3-4): “Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán en herencia la tierra”. La pobreza de espíritu, que es del desapego de las cosas materiales, nos lleva a la mansedumbre, a la humildad, a no creernos superiores a los demás, a depender de la Providencia Divina. Solo entonces podremos abrir nuestros corazones al Espíritu Santo, que es el Amor que se profesan el Padre y el Hijo que se derrama sobre nosotros.

En la segunda lectura (Rm 8,9.11-13) san Pablo nos dice: “Vosotros no estáis sujetos a la carne, sino al espíritu, ya que el Espíritu de Dios habita en vosotros. El que no tiene el Espíritu de Cristo no es de Cristo. Si el Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, el que resucitó de entre los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales, por el mismo Espíritu que habita en vosotros”. Por eso puede proclamar: “Ya no vivo yo, es Cristo que vive en mí” (Gál 2, 20).

La primera lectura (Zc 9,9-10) nos presenta la figura del futuro Mesías entrando a Jerusalén, no como los reyes terrenales, que llegaban llenos de gloria y poder político y militar, al son de trompetas y acompañados de ejércitos, sino “modesto y cabalgando en un asno, en un pollino de borrica”. A pesar de esta, y tantas otras profecías, cuando llegó, los suyos no lo reconocieron (Cfr. Jn 1,11).

El pueblo judío, cansado y agobiado de ser presa de cuatro imperios (babilónico, persa, griego y romano) durante cuatro siglos, esperaba un libertador político, un rey guerrero que les devolviera su independencia. Pero Jesús vino a traerles una libertad mayor; la libertad del pecado y la muerte. Y para enfatizar su mensaje, optó por hacerlo desde la pobreza. Nació pobre, teniendo por cuna un pesebre, vivió su vida en la pobreza, en ocasiones sin tener dónde recostar la cabeza (Cfr. Mt 8,20), y murió teniendo como su única posesión su ropa y una túnica que se echaron a la suerte entre los soldados (Mt 25,35).

Cristo nos muestra el camino al Padre: “Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso”. Cfr. Sal 22,2.

Que pases un hermoso fin de semana, y no olvides visitar la Casa del Señor. Él te espera.

REFLEXIÓN PARA EL JUEVES DE LA DÉCIMO QUINTA SEMANA DEL T.O. (2) 14-07-16

cargar la cruz

En la primera lectura de hoy el profeta Isaías (26,7-9.12.16-19) cambia el género literario que había utilizado en los pasajes anteriores y entona lo que podemos catalogar como un salmo: “Mi alma te ansía de noche, mi espíritu en mi interior madruga por ti, porque tus juicios son luz de la tierra, y aprenden justicia los habitantes del orbe. Señor, tú nos darás la paz, porque todas nuestras empresas nos las realizas tú. Señor, en el peligro acudíamos a ti, cuando apretaba la fuerza de tu escarmiento”. Esta lectura, que nos evoca el Salmo 62, es una oración de anhelo, de esperanza.

Isaías ve el sufrimiento de su pueblo, producto de sus infidelidades a la Alianza, y busca de Dios y su misericordia poniendo toda su esperanza en Él: “¡Vivirán tus muertos, tus cadáveres se alzarán, despertarán jubilosos los que habitan el polvo! Porque tu rocío es rocío de luz, y la tierra de las sombras parirá”. Es un cántico de fe y esperanza ante el fracaso. Sabe que Dios, que lo envió a su pueblo, podrá castigarlo pero no abandonarlo porque está lleno de misericordia y comprensión, como una madre para con el hijo de sus entrañas.

Siglos más tarde, en esa corta lectura evangélica que contemplamos hoy, Jesús exclamaría: “Vengan a mí todos los que están cansados y agobiados, y yo los aliviaré. Carguen con mi yugo y aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontrarán su descanso. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera” (Mt 11,28-30).

Jesús nos está haciendo una invitación (“Vengan a mi…”), y nos está diciendo que no importa lo fracasados, cansados o agobiados que podamos sentirnos por los azares de la vida, en Él encontraremos alivio. No nos está prometiendo milagros espectaculares, pero nos asegura que si confiamos a Él nuestros cansancios, nuestras angustias, nuestros sufrimientos, estos adquirirán un nuevo sentido; se convertirán en un “yugo llevadero”. Estaremos “tomando nuestra cruz” y siguiéndolo (Mt 10,38; Mc 8,34; Lc 9,23) y Él, fiel a su promesa, se convertirá en nuestro cirineo.

El secreto está en que aprendamos de Él a ser “mansos y humildes de corazón” en el espíritu de las Bienaventuranzas (Mt 5,4). Ahí encontraremos nuestro descanso. La invitación es tentadora. ¿Estamos dispuestos a aceptarla?

REFLEXIÓN PARA EL SÁBADO DE LA CUARTA SEMANA DEL T.O. (1) 07-02-15

 

jesus sobre la barca enseñando

La lectura del Evangelio que la liturgia nos propone para hoy (Mc 6,30-34) retoma la narración del primer “envío” que leíamos el pasado jueves (Mc 6,7-13). Hoy se nos presenta el regreso de los apóstoles de esa misión. El evangelista no nos dice cuánto tiempo estuvieron misionando, solo nos dice que “los apóstoles volvieron a reunirse con Jesús y le contaron todo lo que habían hecho y enseñado”. Me imagino el entusiasmo de los apóstoles contando todas sus peripecias durante la misión. Había llegado la hora del “informe”; de comparar notas con el Maestro, de recibir crítica constructiva de Él.

Así debería ser la Asamblea eucarística del domingo. Cada vez que terminamos la misa, con el rito de conclusión, el sacerdote nos “envía” a la aventura de la vida a vivir lo que celebramos, llevando a Jesús en nuestros corazones, para que con nuestros quehaceres diarios alabemos y bendigamos al Señor. Así, después de nuestra “misión” durante la semana, nos reunimos nuevamente el siguiente domingo en torno a la mesa con Jesús, tal como lo hicieron los apóstoles en el pasaje evangélico de hoy. Cuando el Señor nos pregunte sobre nuestra misión, ¿qué le vamos a decir?

Jesús está consciente de que después del viaje misionero los apóstoles deben estar cansados y hambrientos. Por eso les dice: “Venid vosotros solos a un sitio tranquilo a descansar un poco”. El descanso y la alimentación son necesarios para mantenerse saludables y poder continuar predicando. En la celebración eucarística del domingo el Señor nos brinda un espacio de descanso de los trajines de la vida diaria, y nos alimenta con su Palabra y su Persona.

Continúa diciendo el relato que era tanta la gente que “no encontraban tiempo ni para comer”. Se montaron en una barca para ir a otro lugar tranquilo, pero la gente los siguió corriendo por la orilla del lago y se les adelantaron.

Al verles, Jesús sintió “lástima de ellos, porque andaban como ovejas sin pastor; y se puso a enseñarles con calma”. Vio la necesidad, el hambre espiritual de aquella multitud, y se sintió conmovido, al punto del sacrificio. Aquí se destaca otra dimensión de Jesús. Marcos nos presenta, no tanto el gran hacedor de milagros, sino el Pastor que cuida de su rebaño, aludiendo a una figura que encontramos en el antiguo testamento para referirse al pueblo de Israel que se había descarriado: “He visto a todo Israel disperso por las montañas, como ovejas sin pastor” (1 Re 22,17). Asimismo, nos lo presenta como el hombre sensible, que se compadece. Recordemos que Marcos es quien más acentúa la dimensión humana de Jesús, quien habla con toda naturalidad de las emociones intensas de Jesús.

Trato de imaginar de qué le diría Jesús a aquella multitud. Marcos no nos ofrece detalles sobre el contenido de la enseñanza de Jesús. Debemos suponer que les hablaba de la llegada del Reino, pues Marcos había establecido esto como la misión de Jesús, desde el comienzo de su Evangelio (1,14-15).

Esa es también nuestra misión (Mc 16,15). ¡Atrévete!