REFLEXIÓN PARA EL DOMINGO DE PASCUA DE RESURRECCIÓN 01-04-18

 

¡Aleluya, Aleluya, Aleluya! ¡El Señor ha resucitado! ¡Aleluya, Aleluya, Aleluya!

“¿Qué has visto de camino, María, en la mañana? A mi Señor glorioso, la tumba abandonada, los ángeles testigos, sudarios y mortaja. ¡Resucitó de veras mi amor y mi esperanza!” (de la Secuencia para la liturgia del Domingo de la Resurrección del Señor).

Hoy es el día más importante en la liturgia de la Iglesia. Celebramos el acontecimiento más importante en la historia de la humanidad. Cristo ha vencido a la muerte y nos ha hecho el regalo de la Resurrección, que hace realidad la promesa de vida eterna. “Si Cristo no hubiera resucitado, vana sería nuestra fe” (1 Cor 15,14). La Resurrección, y el encuentro con el Resucitado, fueron los eventos que hicieron comprender a los apóstoles todo lo que el Señor les había anunciado pero que ellos no habían comprendido a cabalidad.

La lectura evangélica que nos propone la liturgia para este día (Jn 20,1-9), es la versión de Juan de lo ocurrido en la mañana gloriosa de aquél domingo en que Jesús resucitó. El pasaje nos muestra a María Magdalena llegando al sepulcro de madrugada y encontrando quitada la lápida del sepulcro. Inmediatamente dio razón del acontecimiento a Pedro y al “discípulo a quien tanto quería Jesús”, quienes salieron corriendo hacia el sepulcro. El segundo, que era más joven llegó primero y esperó que Pedro llegara y entrara primero en la tumba vacía; tan solo había adentro “las vendas en el suelo y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no por el suelo con las vendas, sino enrollado en un sitio aparte”. Leí en algún lugar una vez, que en aquél tiempo cuando un artesano itinerante (como lo era Jesús) terminaba su labor, se quitaba el delantal de trabajo y lo enrollaba; así el que le había contratado sabía que había terminado. Jesús había culminado la labor que le había encomendado el Padre; se había entregado por nosotros y por nuestra salvación. Y como signo de ello, se quitó el sudario y lo enrolló…

Nos dice la Escritura que luego entró el más joven, “vio y creyó. Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que Él había de resucitar de entre los muertos”. El sepulcro vacío es el llamado “signo negativo” de la resurrección de Jesús, que junto al “signo positivo”, es decir, las apariciones, constituyen prueba irrefutable de que Jesús en efecto ha resucitado.

Debemos recordar, por otro lado, que Jesús resucitó con un cuerpo glorificado. Un misterio que no comprenderemos hasta que tengamos la misma  experiencia en el día final, cuando entremos junto a Él en la Jerusalén celestial. Por eso podía atravesar paredes (Jn 20,19) y al mismo tiempo comer (Lc 24, 30-31; Jn 21, 5.12-23), y por eso no todos podían verlo; solo aquellos a quienes Él se lo permitía. Así lo vemos en la primera lectura de hoy (Hc 10,34a.37-43): “Dios lo resucitó al tercer día y nos lo hizo ver, no a todo el pueblo, sino a los testigos que él había designado: a nosotros, que hemos comido y bebido con él después de su resurrección. Nos encargó predicar al pueblo, dando solemne testimonio de que Dios lo ha nombrado juez de vivos y muertos”.

Hoy celebramos el evento más importante de la historia de la salvación, la culminación del Misterio Pascual de Jesús, quien venciendo la muerte nos liberó que la esclavitud, haciendo posible su promesa de vida eterna para todo el que crea en Él (Jn 11, 25b-26). La fe nos permite participar y ser testigos de la Resurrección. Por eso en la liturgia eucarística exclamamos: “Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección”.

Señor, resucita en mi corazón, para que yo también pueda ser testigo de esa gloriosa Resurrección que celebramos hoy. ¡Aleluya, aleluya, aleluya!

REFLEXIÓN PARA EL MIÉRCOLES DE LA CUARTA SEMANA DE PASCUA 10-05-17

“Oh Dios, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben. Que Dios nos bendiga; que le teman hasta los confines del orbe”, nos dice el Salmo que nos propone la liturgia para hoy (Sal 66). Este Salmo sirve para unir la primera lectura (Hc 12,24-13,5) y la lectura evangélica (Jn 12,44-50). Y todas tienen como tema central la misión de la Iglesia de llevar la Buena Noticia a todas las naciones.

La primera lectura nos presenta la acción del Espíritu Santo en el desarrollo inicial de la Iglesia. En ocasiones anteriores hemos dicho que el libro de los Hechos de los Apóstoles recoge la actividad divina del Espíritu Santo en el desarrollo de la Iglesia.

El pasaje que contemplamos hoy nos muestra una comunidad de fe (Antioquía) entregada a la oración y el ayuno, y dócil a la voz del Espíritu, y cómo en un momento dado el Espíritu les habla y les dice: “Apartadme a Bernabé y a Saulo para la misión a que los he llamado”. Es el lanzamiento de la misión que les llevará a evangelizar todo el mundo pagano. El momento que cambiará la historia de la Iglesia y de la humanidad entera; la culminación del mandato de Jesús a sus apóstoles antes de partir: “Vayan por todo el mundo, anuncien la Buena Noticia a toda la creación” (Mc 16,15). Es la característica sobresaliente de la Iglesia: “La Iglesia peregrinante es misionera por su naturaleza, puesto que toma su origen de la misión del Hijo y del Espíritu Santo, según el designio de Dios Padre” (Decreto Ad gentes de SS. Pablo VI).

En el evangelio de hoy Jesús se nos presenta nuevamente como “el enviado” (missus, en latín; apóstolos en griego). Es decir, se nos presenta como “apóstol” del Padre, “enviado” del Padre, “misionero” del Padre: “El que cree en mí, no cree en mí, sino en el que me ha enviado. Y el que me ve a mí ve al que me ha enviado”. También se presenta a sí mismo como la luz que aparta las tinieblas: “Yo he venido al mundo como luz, y así el que cree en mí no quedará en tinieblas”. Y esta afirmación de Jesús, unida a los Yo soy que resuenan a lo largo del relato evangélico de Juan, siguen apuntando hacia su divinidad.

Ya en el Antiguo Testamento el salmista nos decía: “Tu Palabra es lámpara para mis pasos, luz para mi sendero” (Sal 118,105); y al final de los tiempos, en la parusía, el mismo Juan, en uno de mis pasajes favoritos de las Escrituras, nos narra ese encuentro definitivo que hemos tener con Dios en la Jerusalén celestial: “… el trono de Dios y del Cordero estará en la ciudad y los ciervos de Dios le darán culto. Verán su rostro y llevarán su nombre en la frente. Noche ya no habrá; no tienen necesidad de luz de lámpara ni de luz del sol, porque el Señor Dios los alumbrará y reinarán por los siglos de los siglos” (Ap 22,3-5).

“…el que cree en mí no quedará en tinieblas”, nos dice Jesús. Y creer significa confiar plenamente en la providencia de Dios. El que cree en Jesús, y le cree a Jesús, confía en sus promesas, y el que confía en sus promesas nunca se perderá en las tinieblas, porque Él es la luz que alumbra el camino, camino que nos conduce al Padre (Jn 14,6). Y tú, ¿Le crees a Jesús?

REFLEXIÓN PARA EL DOMINGO DE PASCUA DE LA RESURRECCIÓN DEL SEÑOR 27-03-16

Resurrección

“¿Qué has visto de camino, María, en la mañana? A mi Señor glorioso, la tumba abandonada, los ángeles testigos, sudarios y mortaja. ¡Resucitó de veras mi amor y mi esperanza!” (de la Secuencia para la liturgia del Domingo de la Resurrección del Señor).

¡Aleluya, Aleluya, Aleluya! ¡El Señor ha resucitado! ¡Aleluya, Aleluya, Aleluya!

Hoy es el día más importante en la liturgia de la Iglesia. Celebramos el acontecimiento más importante en la historia de la humanidad. Cristo ha vencido a la muerte y nos ha hecho el regalo de la Resurrección, que hace realidad la promesa de vida eterna. “Si Cristo no hubiera resucitado, vana sería nuestra fe” (1 Cor 15,14). La Resurrección, y el encuentro con el Resucitado, fueron los eventos que hicieron comprender a los apóstoles todo lo que el Señor les había anunciado pero que ellos no habían comprendido a cabalidad.

La lectura evangélica que nos propone la liturgia para este día (Jn 20,1-9), es la versión de Juan de lo ocurrido en la mañana gloriosa de aquél domingo en que Jesús resucitó. El pasaje nos muestra a María Magdalena llegando al sepulcro de madrugada y encontrando quitada la lápida del sepulcro. Inmediatamente dio razón del acontecimiento a Pedro y al “discípulo a quien tanto quería Jesús” quienes salieron corriendo hacia el sepulcro. El segundo, que era más joven llegó primero y esperó que Pedro llegara y entrara primero en la tumba vacía; tan solo había adentro “las vendas en el suelo y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no por el suelo con las vendas, sino enrollado en un sitio aparte”, como si alguien que estaba dormido se hubiese levantado y doblado y colocado sus ropas de dormir sobre la cama.

Luego entró el más joven, y nos dice la Escritura que “vio y creyó. Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que Él había de resucitar de entre los muertos”. El sepulcro vacío es el llamado “signo negativo” de la resurrección de Jesús, que junto al “signo positivo”, es decir, las apariciones, constituyen prueba irrefutable de que Jesús en efecto ha resucitado.

Debemos recordar, por otro lado, que Jesús resucitó con un cuerpo glorificado. Un misterio que no comprenderemos hasta que tengamos la misma  experiencia en el día final, cuando entremos junto a Él en la Jerusalén celestial. Por eso podía atravesar paredes (Jn 20,19) y al mismo tiempo comer (Lc 24, 30-31; Jn 21, 5.12-23), y por eso no todos podían verlo; solo aquellos a quienes Él se lo permitía. Así lo vemos en la primera lectura de hoy (Hc 10,34a.37-43): “Dios lo resucitó al tercer día y nos lo hizo ver, no a todo el pueblo, sino a los testigos que él había designado: a nosotros, que hemos comido y bebido con él después de su resurrección. Nos encargó predicar al pueblo, dando solemne testimonio de que Dios lo ha nombrado juez de vivos y muertos”.

Hoy celebramos el evento más importante de la historia de la salvación, la culminación del Misterio Pascual de Jesús, quien venciendo la muerte nos liberó de la esclavitud, haciendo posible su promesa de vida eterna para todo el que crea en Él (Jn 11, 25b-26).

La fe nos permite participar y ser testigos de la Resurrección. Por eso en la liturgia eucarística exclamamos: “Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección. ¡Ven Señor Jesús!

Señor, resucita en mi corazón, para que yo también pueda ser testigo de esa gloriosa Resurrección que celebramos hoy. ¡Aleluya, aleluya, aleluya!