REFLEXIÓN PARA EL DOMINGO XIV DEL T.O. (B) 05-07-15

Mc 6,1-6

La primera lectura que nos ofrece la liturgia para el este decimocuarto domingo del tiempo ordinario, tomada del libro de Ezequiel (2,2-5), nos presenta lo difícil y frustrante que resulta la tarea del profeta. Recordemos que su misión es anunciar la Palabra de Dios y denunciar los pecados del pueblo. Esta situación se agudiza cuando el mensaje profético viene de uno de del mismo pueblo a quien va dirigido. Dios se lo advierte a Ezequiel: “a ellos te envío para que les digas: ‘Esto dice el Señor’. Ellos, te hagan caso o no te hagan caso, pues son un pueblo rebelde, sabrán que hubo un profeta en medio de ellos”.

Si examinamos la historia de todos los profetas del Antiguo Testamento encontramos que esa es la constante: la incomprensión, el rechazo, la burla. El mismo Jesús sabía que su mensaje no iba a ser bien recibido por todos. Por eso advirtió a sus discípulos, y los preparó para el rechazo: “Y si [en algún lugar] no se os recibe ni se escuchan vuestras palabras, salid de la casa o de la ciudad aquella sacudiendo el polvo de vuestros pies” (Mt 10,14).

La lectura evangélica de hoy (Mc 6,1-6) es un vivo ejemplo de ello. Encontramos a Jesús que ha regresado a su pueblo, Nazaret, probablemente a visitar a su madre y sus parientes. Al llegar el sábado, como todo buen judío acudió a la sinagoga. Allí, se puso de pie y empezó a enseñar. Aunque la narración no nos dice cuáles fueron sus palabras, sabemos por los relatos anteriores a esta escena, cuál es el contenido de su mensaje, y la radicalidad del mismo.

Allí enfrentó el rechazo de los suyos, de sus amigos de infancia, sus vecinos, los que lo habían visto crecer. Ante la radicalidad de su mensaje, y tal vez como un mecanismo de defensa para no enfrentar las consecuencias del mismo, optaron por no escucharlo, fijando su atención en el “mensajero” e ignorando el mensaje. Para ellos Jesús era un simple artesano con las manos toscas y llenas de cicatrices, que había heredado el taller de su padre, y ha reparado las puertas, ventanas, mesas, sillas de los que allí se hallaban… El “hijo de María”. Nadie importante. Lo único que se les ocurre decir es: “¿De dónde saca todo eso?” El prejuicio, el discrimen, los estereotipos, la soberbia.

Confrontados con la sabiduría (y dureza) de las palabras de Jesús, los habitantes de Nazaret prefieren cuestionar su capacidad y, más aún, su origen. ¿Cómo es posible que las palabras de un carpintero vengan de Dios? ¿Cómo es posible que ese carpintero que se ha criado entre nosotros venga de Dios, sea Dios?

Nosotros hemos sido llamados a llevar la Buena Noticia del Reino a todo el que se cruce en nuestro camino (Mc 16,15). Para ello fuimos ungidos profetas el día de nuestro Bautismo. Por eso el Papa Francisco nos invita a salir de la comodidad y seguridad de nuestros templos e ir a la calle, a la “periferia”, a nuestros lugares de trabajo, a nuestros vecindarios. Tenemos que estar preparados para el rechazo y no permitir que eso nos detenga. Recordemos que Él prometió acompañarnos (Mt 28,20). ¡Atrévete!

Si no lo has hecho aún, hazle una visita al Señor en su Casa; Él te está esperando.

REFLEXIÓN PARA EL SÁBADO DE LA DECIMOTERCERA SEMANA DEL T.O. (1) 04-07-15

“¿Es que pueden guardar luto los invitados a la boda, mientras el novio está con ellos? “

El evangelio que nos brinda la liturgia de hoy (Mt 9,14-17), contiene el primer anuncio de la pasión de parte de Jesús en el evangelio según san Mateo: “Llegará un día en que se lleven al novio, y entonces ayunarán” (9,15). Es la primera vez que Jesús hace alusión su muerte, pero sus discípulos no lo captan.

Este anuncio se da en el contexto de la respuesta de Jesús a la crítica que se le hace porque sus discípulos ayunaban. Siempre se les veía contentos, en ánimo de fiesta. Esa conducta resultaba escandalosa para los discípulos de Juan y de los fariseos, a quienes sus maestros les imponían un régimen estricto de penitencia y austeridad.

La respuesta de Jesús comienza ubicando a sus discípulos en un ambiente de fiesta: una boda, y se compara a sí mismo con el novio, y a sus discípulos con los amigos del novio. El discípulo de Jesús, el verdadero cristiano, es una persona alegre, porque se sabe amado por Jesús. Por eso, aun cuando ayuna lo hace con alegría, porque sabe que con su ayuno está agradando al Padre y a su Amado. Ya anteriormente había dicho a sus discípulos: “Tú, en cambio, cuando ayunes, perfuma tu cabeza y lava tu rostro, para que tu ayuno no sea conocido por los hombres, sino por tu Padre que está en lo secreto” (Mt 6,17-18).

Junto con el anuncio, Jesús recalca la novedad de su mensaje, que había resumido en el sermón de la montaña. La Ley antigua quedaba superada, mejorada, perfeccionada (5,17). Por tanto, había que romper con los esquemas de antaño para dar paso a la ley del Amor. Se trata de una nueva forma de vivir la Ley, un cambio radical de aquel ritualismo de los fariseos; un nuevo paradigma. Es el despojarse del hombre viejo para revestirse del hombre nuevo de que nos habla san Pablo (Ef 4,22-24).

No se trata de “echar remiendos” a la Ley: “Nadie echa un remiendo de paño sin remojar a un manto pasado; porque la pieza tira del manto y deja un roto peor”. Se trata de una nueva manera de relacionarnos con Dios, con nosotros mismos y con nuestro prójimo.

Jesús está consciente que su mensaje representa un realidad nueva, totalmente incompatible con las conductas de antaño. Por eso añade que no “se echa vino nuevo en odres viejos, porque revientan los odres; se derrama el vino, y los odres se estropean; el vino nuevo se echa en odres nuevos, y así las dos cosas se conservan”. Esto significa que tenemos que dejar atrás las viejas actitudes que nos impiden escuchar su Palabra y ponerla en práctica.

Este simbolismo del “vino nuevo” lo vemos también en las bodas de Caná (Jn 2,1-11), cuando Jesús, con su poder, nos brinda el mejor vino que jamás hayamos probado; ese vino nuevo que simboliza la novedad de su mensaje.

Hoy, pidamos al Padre que nos ayude a despojarnos de los “odres viejos”, y que nos de “odres nuevos” para recibir y retener el “vino nuevo” que su Palabra nos brinda.

REFLEXIÓN PARA EL JUEVES DE LA DECIMOTERCERA SEMANA DEL T.O. (1) 02-07-15

curacion del paralitico

La liturgia de hoy (Mt 9,1-8) continúa la narración de los diez milagros que sirven de preámbulo a la predicación del Reino de los Cielos que comprende los capítulos 8 y 9 del relato evangélico de Mateo.

Hoy Mateo nos presenta el pasaje de la curación de un paralítico. Este episodio también lo recogen todos los sinópticos. Pero mientras Marcos y Lucas le añaden el detalle de unos amigos que bajaron al paralítico frente a Jesús desde el techo removiendo unas tejas, Mateo omite ese detalle y va directo al reconocimiento de la fe de los que le trajeron al hombre, y al diálogo que sigue, que constituye el meollo del mensaje de Jesús.

“¡Ánimo, hijo!, tus pecados están perdonados”. Estoy seguro que nadie esperaba esa frase de parte de Jesús. Hasta entonces le habían visto como el gran taumaturgo (hacedor de prodigios): curando enfermos, demostrando su poder sobre la naturaleza, y hasta echando demonios. Pero, ¿ahora también se arroga el poder de perdonar pecados? ¡Blasfemia!, pensaron todos. Ese poder le está reservado a Dios, pues solo a Él se ofende, se hiere con el pecado.

Jesús, que ve en lo profundo de los corazones de los hombres, sabía lo que estaban pensando y les ripostó: “¿Por qué pensáis mal? ¿Qué es más fácil decir: ‘Tus pecados están perdonados’, o decir: ‘Levántate y anda’? Pues, para que veáis que el Hijo del hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados –dijo dirigiéndose al paralítico–: Ponte en pie, coge tu camilla y vete a tu casa”.

Para entender el alcance de este gesto de Jesús tenemos que comprender la mentalidad de los escribas y fariseos. Para ellos, la enfermedad era producto del pecado, y mientras más grave el pecado, más grave la enfermedad. Y aunque Jesús había aclarado que la enfermedad no estaba ligada al pecado (Jn 9,1-14), utiliza un signo visible, como es la desaparición de la parálisis, para demostrar que, en efecto, los pecados de aquél hombre habían sido perdonados. Es decir, utilizó el signo de la sanación corporal para probarles la sanación espiritual del alma de aquél hombre que estaba en estado de pecado.

No solo les demostró a sus detractores que los pecados de aquél hombre habían sido perdonados, sino que también el hombre tuvo la certeza de que había sido perdonado: “tus pecados están perdonados”.

Antes de partir, Jesús transmitió a sus apóstoles y a sus sucesores el poder de perdonar los pecados: “Reciban el Espíritu Santo. Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen, y serán retenidos a los que ustedes se los retengan” (Jn 20,22-23). Ese es el fundamento del sacramento de la reconciliación. Cuando nos acercamos al sacramento con nuestra alma “paralizada” por el pecado y confesamos nuestros pecados, escuchamos la fórmula absolutoria que parafrasea las palabras de Jesús a aquél paralítico: “tus pecados están perdonados”, y “ponte en pie”. Entonces tenemos la certeza de que hemos sido perdonados. No hay nada que sustituya la sensación que se siente en ese momento.

¿Cuánto tiempo hace que no te acercas al sacramento de la reconciliación? Anda, ¡anímate! Verás cuán cerca de Dios te sientes.

REFLEXIÓN PARA EL MARTES DE LA DECIMOTERCERA SEMANA DEL T.O. (1) 30-06-15

calma tempestades

La liturgia de hoy nos presenta como primera lectura (Gn 19,15-29) la historia de la destrucción de Sodoma y Gomorra a causa de la degeneración y los pecados que la arropaban, y cómo Yahvé salvó las vidas de Lot, su esposa y sus dos hijas. Dios envió sus ángeles a decir a Lot: “Anda, toma a tu mujer y a esas dos hijas tuyas, para que no perezcan por culpa de Sodoma”. Una sola condición puso: que no miraran hacia atrás (Cfr. Lc 9,62).

Cuando llegaron al lugar escogido y comenzó a llover azufre y fuego sobre Sodoma y Gomorra, la mujer de Lot, tal vez sintiéndose segura, desobedeció a Dios, miró hacia atrás, y se convirtió en estatua de sal. ¡Cuántas veces nos ocurre que cuando Dios nos libra de una catástrofe, no bien nos sentimos a salvo, se nos olvida lo magnánimo que Él ha sido con nosotros, y a la menor provocación le desobedecemos!

Se nos olvida a veces también que se nos ha librado del mal, no necesariamente por nuestros propios méritos (tenemos la tendencia a pensar que se nos libró de la catástrofe “porque nos lo merecemos”), sino por los de aquellos que sí están en gracia de Dios y oran constantemente por nosotros, como nuestros padres, cónyuges, hijos, familiares y amigos. Ese fue el caso de Lot y su familia, a quienes Yahvé libró de la catástrofe en consideración a su tío Abraham. “Así, cuando Dios destruyó las ciudades de la vega, arrasando las ciudades donde había vivido Lot, se acordó de Abrahán y libró a Lot de la catástrofe”.

Si Dios está con nosotros, no hay calamidad de la que no podamos salvarnos, si esa es su voluntad. Ese es el mensaje que nos trae la lectura evangélica de hoy (Mt 8,23-27).

Nos narra el pasaje que Jesús subió a una barca y “sus discípulos lo siguieron” (el domingo antepasado leíamos la versión de Marcos de este pasaje). Mientras navegaban por el lago de Galilea, se desató una fuerte tormenta que amenazaba con hacer zozobrar la barca. Recordemos que los discípulos eran marineros experimentados. Aun así, sintieron miedo, pues se percataron de que sus habilidades habían llegado a su límite. A todo esto, Jesús dormía plácidamente (¡Me encanta este simbolismo!). Inmediatamente lo despertaron gritándole: “¡Señor, sálvanos, que nos hundimos!”

Jesús los regañó (¡otra vez!) y les dijo: “¡Cobardes! ¡Qué poca fe!” Inmediatamente “se puso en pie, increpó a los vientos y al lago, y vino una gran calma”.

Tres cosas queremos resaltar. Primero: Los discípulos habían decidido “seguir” a Jesús; por tanto, Dios estaba con ellos. Segundo: Jesús “dormía”. Tercero: Les flaqueó la fe.

Cuando nos embarcamos en la aventura del “seguimiento” de Jesús, vamos a enfrentar muchas “tormentas”. Y cuando estamos en medio de la tempestad, si no sentimos de inmediato la mano de Jesús, al estar conscientes de nuestra incapacidad de enfrentar las olas y el viento por nuestras propias fuerzas, nos desesperamos. Sentimos como si Jesús durmiera, completamente ajeno a nuestra calamidad. ¿Dónde está Jesús? Es ahí cuando caemos de rodillas y clamamos: “¡Señor, sálvanos, que nos hundimos!”

Entonces veremos la sonrisa de Jesús que nos dirá: ¿Dónde está tu fe? ¿Se te olvida que te dije que iba a estar siempre a tu lado? Y la tormenta se calmará…

REFLEXIÓN PARA EL DOMINGO XIII DEL T.O. (B) 28-06-15

hija de jairo

La liturgia dominical continúa llevándonos de la mano en este recorrido por el Evangelio según san Marcos. La lectura de hoy (Mc 5,21-43) nos presenta a Jesús regresando de “la otra orilla” luego de haber sido echado de Gerasa. (Mc 5,1-20). En el pasaje de hoy Marcos nos narra dos milagros de Jesús entrelazados en una sola trama: la revivificación de la hija de Jairo (debemos recordar que Jesús “revive” los muertos, no los “resucita”, pues el que resucita no muere jamás y todos los que Jesús revive en los evangelios están destinados a morir) y la curación de la hemorroísa.

Como hemos dicho en ocasiones anteriores, Marcos escribe su relato evangélico para paganos de la región itálica, con el propósito de demostrar que Jesús es el verdadero y único Dios. Para ello, nos presenta a Jesús como el gran “taumaturgo” o hacedor de milagros. Él solo hace lo que en la mitología requiere de muchos dioses. Así en el pasaje anterior lo veíamos demostrando su poder sobre el diablo y sus demonios, y hoy lo vemos demostrando su poder sobre la enfermedad y sobre la muerte.

En el relato de la mujer que sufría flujos de sangre, ella tenía la certeza de que con solo tocar el manto de Jesús se curaría, y actuó conforme a lo que creía: se arrastró entre la multitud hasta tocar el manto de Jesús. De eso se trata la fe. Por eso decimos que la fe es algo “que se ve”. Nos dice la escritura que cuando tocó el ruedo del manto de Jesús, se curó instantáneamente, y Jesús sintió que “había salido una fuerza de Él”. Se ha dicho que la fe es el “gatillo” que dispara el poder de Dios. Y eso fue lo que la hemorroísa hizo, “disparar” el poder de Dios, al punto que Jesús sintió cuando ese poder se activó, y se realizó el milagro. Jesús aprovecha la oportunidad y pregunta, con un fin pedagógico (Jesús es Dios, y Dios lo sabe todo) que quién le había tocado, y cuando ella confiesa que había sido ella, le dice, en presencia de todos: “Hija, tu fe te ha curado”.

No bien había terminado de realizar ese milagro, llegaron emisarios de la casa de Jairo, quien le había pedido a Jesús que curara a su hija que estaba muy enferma, y le dijeron que la niña había muerto. Jesús aprovecha la coyuntura para reafirmar su enseñanza y le dice a Jairo: “No temas; basta que tengas fe”. Jesús le dijo a Jairo que su hija dormía. Jairo creyó en las palabras de Jesús, y actuó conforme a lo que creía, acompañando a Jesús hasta su casa, y luego junto a su esposa hasta la habitación de la niña. Con su fe “disparó” el poder de Dios, y Jesús la tomó de la mano y esta se levantó ante el asombro de todos. Si Jairo no hubiese actuado conforme a lo que creía, no hubiese perdido el tiempo llevando a Jesús a su casa (¿para qué?, la niña ya estaba muerta). Peo Jairo creyó, y actuó conforme a lo que creía. No tuvo miedo ante la muerte de su hija, tuvo fe.

No basta con creer (hasta el demonio “cree” en Dios), hay que actuar conforme a lo que creemos. Hay que “vivir” la fe. Entonces verás manifestarse la gloria de Dios.

REFLEXIÓN PARA EL VIERNES DE LA DUODÉCIMA SEMANA DEL T.O. (1) 26-06-15

Quiero, queda limpio

La primera lectura que nos ofrece la liturgia hoy (Gn 17,1.9-10.15-22) continúa narrando la historia de Abrán y la Alianza. El pasaje nos presenta el momento en que se sella definitivamente la Alianza entre Dios y Abrán, y su descendencia: “Tú guarda mi pacto, que hago contigo y tus descendientes por generaciones. Éste es el pacto que hago con vosotros y con tus descendientes y que habéis de guardar: circuncidad a todos vuestros varones”.

En la antigüedad toda alianza se sellaba con un signo que servía para recordar las obligaciones que se contraían por la misma. En este caso, como la Alianza iba a ser transmitida por herencia de la carne (“con vosotros y con tus descendientes”), Yahvé escogió un signo carnal: la circuncisión.

La lectura evangélica (Mt 8,1-4) nos presenta el primero de una serie de milagros de Jesús después de su discurso evangélico, que convierten en acción lo que ha expresado en su enseñanza. Y para ello Mateo escoge la narración de la curación de un leproso. Este hecho es significativo pues, como hemos señalado en otras ocasiones, Mateo escribe su relato evangélico para los judíos de Palestina convertidos al cristianismo. Para los judíos la lepra era la más catastrófica de todas las enfermedades, pues no solamente iba carcomiendo lentamente a la persona, sino que la tornaba “impura” (por lo que le estaba prohibido tocarle, ni él podía tocar a nadie), lo que le impedía participar del culto y le excluía de toda convivencia social. Para evitar el contacto con la gente, tenía que llevar la ropa rasgada, desgreñada la cabeza, taparse “hasta el bigote”, e ir gritando: “¡Impuro, impuro!” (Lv 13,45). De hecho, se creía que la lepra era resultado del pecado.

A pesar de eso, el leproso se atreve a acercarse a Jesús (un caso parecido, aunque más dramático que el de la mujer hemorroísa – Mc 5,25-34). Y en un acto de fe, se arrodilla ante Jesús y le dice: “Señor, si quieres, puedes limpiarme”. No le está pidiendo un “favor”. Dice “si quieres, puedes”, es decir, reconoce que para Jesús TODO es posible… también reconoce que no depende de él, sino de la voluntad de Dios, y está dispuesto a acatarla…

La respuesta de Jesús es tan inesperada como la osadía de aquél hombre. Convirtiendo en obra su predicación sobre la primacía del amor, “extendió la mano y lo tocó”. Algo impensado para un judío, pues la Ley declaraba también impuro al que tocara a un leproso. La compasión, el amor, por encima de todo. Ese acto sencillo de parte de Jesús le devolvió la dignidad a aquel hombre que había sido marginado de la sociedad.

Trato de imaginar cómo se sintió ante el toque tibio de la mano amorosa de Jesús al posarse sobre sus llagas… ¡Cuánto tiempo haría que su piel no sentía el contacto con otro ser humano! Entonces Jesús le dijo: “Quiero, queda limpio”. Su fe le había curado.

Y para demostrar que Él no había venido a abolir la Ley sino a darle plenitud, mandó al hombre a presentarse al sacerdote para que le declarara limpio de la lepra, según mandaba la Ley (Lv 14).

Señor, a veces mi alma está carcomida por el pecado, como la carne del leproso. Hoy me arrodillo ante ti y te digo: “Señor, si quieres, puedes limpiarme”.

REFLEXIÓN PARA EL LUNES DE LA DUODÉCIMA SEMANA DEL T.O. (1) 22-06-15

Mt 7,1-5

En el Evangelio de hoy (Mt 7,1-5). Jesús continúa impartiendo su enseñanza a los discípulos, como una especie de secuela al sermón de la montaña que hemos venido leyendo.

En dicho sermón Jesús impuso unas exigencias de conducta que sus discípulos tenían que seguir; exigencias que están basadas en el amor. Por eso Jesús muy sabiamente nos advierte de la tentación de creernos superiores a los demás por el mero hecho de dar “cumplimiento” (“cumplo” y “miento”) a esas exigencias, incurriendo de ese modo en la misma conducta que Él tanto criticó a los fariseos.

Como siempre, Jesús no se anda con rodeos, va directo al grano: “No juzguéis y no os juzgarán; porque os van a juzgar como juzguéis vosotros, y la medida que uséis, la usarán con vosotros”.

Siempre estamos prestos a juzgar, a criticar y condenar la conducta de los demás, pero cuando se trata de nosotros mismos, consciente o inconscientemente ignoramos, minimizamos, o justificamos nuestras faltas, no importa cuán graves sean; utilizamos una vara distinta para medir nuestra conducta. ¡Nada más reñido con la Ley del Amor que está subyacente en todo el sermón de la montaña!

Una vez más encontramos a Jesús utilizando la palabra “hipócrita”, que como dijéramos en nuestra reflexión para el pasado miércoles, significa “actor”, alguien que representa algo que no es. Muchas veces nos miramos en un espejo y el reflejo que vemos es el de quien creemos ser, no de quien somos en realidad.

Jesús nos está invitando a hacer un examen de consciencia para discernir cuáles son las “vigas” que nublan el “ojo” que Dios puso en nuestros corazones (Cfr. Eclo 17,8-10) y nos impiden ver la realidad. Una vez logremos identificar y retirar ese pecado que nubla nuestro ojo, podremos ver la grandeza de su creación en nuestro prójimo, y valorar a nuestros hermanos como criaturas de Dios, con la misericordia que Él espera de nosotros. Entonces seremos acreedores a la Misericordia de Dios: “porque os van a juzgar como juzguéis vosotros, y la medida que uséis, la usarán con vosotros”.

En el Padrenuestro Jesús nos enseñó a orar al Padre diciendo: “Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden”. Es decir, que seremos juzgados con la misma medida que nosotros juzguemos a nuestros hermanos.

En la medida en que juzguemos a nuestros hermanos con una vara distinta a la que utilizamos para juzgarnos a nosotros mismos, estamos excluyéndonos de la “comunión”, y de la promesa de Vida eterna que acompaña al mandamiento del Amor.

En esta semana que comienza, pidamos al Señor que nos llene de su Misericordia, de manera que podamos convertirnos en otros “cristos” (Cfr. Gál 2,20), y así poder mirar a nuestros hermanos desde la óptica del Amor.

REFLEXIÓN PARA EL DUODÉCIMO DOMINGO DEL T.O. (B) 21-06-15

Jesus tempestad

El pasado domingo Marcos nos narraba dos parábolas de Jesús relacionadas con el Reino. En la lectura evangélica que contemplamos hoy (Mc 4, 35-41) comienza la narración de una serie de cuatro milagros de Jesús en presencia de sus discípulos, con exclusión de la muchedumbre que le seguía a todas partes. Jesús quiere demostrarles que el Reino a que se refería en las parábolas ya ha llegado, que está entre nosotros.

El hecho de que realice esos portentos solo para beneficio de su círculo íntimo, los doce, pone de relieve el deseo de Jesús de instruir a esos que van a estar a cargo de continuar propagando la Buena Noticia del Reino. Nadie puede hablar de un Reino que dice que ha llegado, si no lo cree. De lo contrario, su mensaje estará hueco, y será incapaz de convencer a los que lo escuchan.

En este primer milagro vemos a Jesús ejerciendo poder sobre los elementos, específicamente sobre el viento y el mar. Jesús da por terminada una jornada de trabajo e invita a sus discípulos a ir “a la otra orilla” del lago de Tiberíades. “Vamos a la otra orilla”, les dice; lejos del gentío; quiere estar a solas con ellos, pero a la vez quiere demostrarles lo difícil que ha de ser su trabajo, y la importancia de permanecer constantes en la fe, aún en medio de las dificultades. Abandonan Galilea y se dirigen a tierra de paganos, lugar donde aún no se ha escuchado la palabra de Dios; verdadero “territorio de misión”. Así nos llama a todos. Es lo que el papa Francisco llama las “periferias”.

No bien habían salido, se desató un fuerte huracán que levantó las olas, y amenazaban con hacer zozobrar la embarcación (Cfr. Sir 2,1). En el lenguaje bíblico el mar es siempre lugar de peligro y se le asocia con el maligno. Y la tormenta es, por su parte, símbolo de momentos de crisis, tanto personales como colectivas.

Trato de imaginar la escena: Los discípulos asustados, temerosos por sus vidas, mientras el Señor duerme plácidamente en la popa de la lancha, aparentemente ajeno a todo lo que sucede a su alrededor. ¡Cuántas veces en nuestras vidas nos enfrentamos a una situación difícil e inesperada y nos parece que el Señor “duerme”, aparentando estar ajeno a lo que nos ocurre!

Los discípulos se apresuran a despertarlo con un grito de angustia unido a un sentido de abandono: “Maestro, ¿no te importa que nos hundamos?” Sigo imaginando la escena. Jesús se despierta, y poniéndose de pie increpa al viento y dice al lago: “¡Silencio, cállate! Se levanta, y mirándolos con una mezcla de desilusión y ternura, les dice: “¿Por qué sois tan cobardes? ¿Aún no tenéis fe?”

Tal parece que los discípulos habían olvidado que el Señor iba en su barca, aunque durmiera. Lo mismo nos ocurre a nosotros cada vez que nos enfrentamos a las pruebas de la vida y nos parece que el Señor “duerme”. Nos acobardamos. Nuestra falta de fe nos hace pensar que el Señor nos ha abandonado o, cuando menos, está ajeno a nuestros problemas. Se nos olvida que mientras Él esté en nuestra barca, aunque aparente dormir, estará velando por nosotros. Y si ponemos nuestra confianza en Él, increpará al viento y la tormenta cesará. ¡Confía!

REFLEXIÓN PARA EL MIÉRCOLES DE LA UNDÉCIMA SEMANA DEL T.O. (1) 17-06-15

fariseo orando

La liturgia sigue llevándonos de la mano por el “discurso evangélico” (también llamado “discurso inaugural”) de Jesús que comprende los capítulos 5 y 6 del Evangelio según san Mateo. El discurso comienza con las Bienaventuranzas y luego pasa a establecer la diferencia entre la Antigua Alianza fundamentada en la observancia de la Ley, y la Nueva Alianza que interpreta la misma Ley humanizada con el espíritu de las Bienaventuranzas las que, a su vez, están fundamentadas en la Ley del Amor.

Es este discurso Jesús nos reitera la primacía del amor y la disposición interior sobre el formalismo ritual y el cumplimento exterior de la Ley que practicaban los escribas y fariseos, presentándonos la justicia del verdadero discípulo como superior a la de aquellos. Para demostrarlo, en el pasaje que contemplamos hoy (Mt 6,1-6.16-18) utiliza las tres prácticas penitenciales clásicas de los fariseos, la limosna, la oración y el ayuno, que se refieren a nuestra relación con nuestro prójimo, con Dios y con nosotros mismos.

Ayer recordábamos el pasaje del profeta Jeremías (31,21-33) que nos decía que la Nueva Alianza estaría fundamentada en una Ley escrita en nuestros corazones.

Hoy Jesús nos describe el “cumplimiento” exterior de los fariseos con las prácticas penitenciales aludidas, señalando que, por no estar acompañadas de una disposición interior cónsona con los actos y gestos exteriores, no son agradables a Dios.

Jesús se refiere a aquellos cuya conducta no guarda relación alguna con lo que hay en sus corazones. Aquellos que aparentan ser justos, ofrendan (asegurándose de que todos vean la denominación del billete que echan en la canasta de las ofendas), oran y participan de las celebraciones litúrgicas y los sacramentos con gran pompa, y se encargan de que todos sepan cuándo ayunan y hacen otros actos penitenciales, mientras en su interior están llenos de desprecio, envidias, rencor, soberbia, y hasta delirios de grandeza, pues gustan de recibir el reconocimiento de todos. ¿Quién dijo que el fariseísmo había desaparecido?

Jesús utiliza una palabra para referirse a estas personas: “hipócritas”. Esta palabra se deriva del griego hypokrites y significa “actor”, es decir, alguien que representa un personaje en una obra de teatro. Esos, nos dice Jesús, no tendrán recompensa del Padre, porque “ya han recibido su paga” (el reconocimiento y el aplauso de los hombres).

Como la Ley del Amor está escrita en nuestros corazones, es allí donde se cumple, no en los gestos exteriores. Y el Padre, “que ve en lo escondido”, nos juzgará según lo que hay en nuestros corazones. Por eso nos reitera que si practicamos la limosna en secreto, si oramos en la intimidad de nuestro ser, y si ayunamos manteniendo nuestro buen semblante, el Padre, que “ve en lo secreto” nos ha de premiar. Porque habremos practicado la caridad (el Amor) hacia Dios, nuestro prójimo y nosotros mismos; habremos vivido el espíritu de las Bienaventuranzas.

“Al atardecer de la vida, seremos examinados en el amor” (San Juan de la Cruz).

REFLEXIÓN PARA EL MARTES DE LA UNDÉCIMA SEMANA DEL T.O. (1) 16-06-15

amad a vuestros enemigos 2

En el pasaje evangélico de ayer (Mt 5,38-42) Jesús nos instaba a “poner la otra mejilla” al que nos abofetee, a darle la capa al que quiera quitarnos la túnica, a caminar “la milla extra” por el que nos pida acompañamiento, a darle al que nos pida, y a no rehuir al que nos pida prestado. Decíamos que esa conducta está reñida con el mundo secular en que nos ha tocado vivir, y cómo puede resultar difícil, y hasta absurda, a nuestros contemporáneos.

Si creíamos que esas exigencias del seguimiento de Jesús eran difíciles, en la lectura evangélica que nos brinda la liturgia para hoy (Mt 5,43-48), Jesús las lleva al extremo.

“Amad a vuestros enemigos, y rezad por los que os persiguen. Así seréis hijos de vuestro Padre que está en el cielo, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos. Porque, si amáis a los que os aman, ¿qué premio tendréis? ¿No hacen lo mismo también los publicanos? Y si saludáis sólo a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de extraordinario? ¿No hacen lo mismo también los gentiles? Por tanto, sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto”.

Este pasaje da significado a lo dicho por Juan al final del prólogo de su relato evangélico: “la Ley fue dada por medio de Moisés, pero la gracia y la verdad nos han llegado por Jesucristo” (1,17). Es el cumplimiento de la profecía del Antiguo Testamento: “Llegarán los días –oráculo del Señor– en que estableceré una nueva Alianza con la casa de Israel y la casa de Judá. No será como la Alianza que establecí con sus padres el día en que los tomé de la mano para hacerlos salir del país de Egipto, mi Alianza que ellos rompieron, aunque yo era su dueño –oráculo del Señor–. Esta es la Alianza que estableceré con la casa de Israel, después de aquellos días –oráculo del Señor–: pondré mi Ley dentro de ellos, y la escribiré en sus corazones” (Jr 31,31-33).

Lo que parece imposible, amar a nuestros enemigos, se hace, no solo posible, sino que es consecuencia inevitable del llamado que Jesús nos hace: “sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto”. “Ser perfecto” significa amar sin medida, como Él nos ama, a pesar de todas nuestras afrentas, nuestras tibiezas, nuestras traiciones. “Ser perfecto” es aprender a ver el rostro de Jesús en todos nuestros hermanos, aun en aquellos que nos hace la vida difícil, aquellos que nos ponen la zancadilla, que entorpecen nuestra labor o, pero aun, nos causan daño con toda deliberación. Es a esos a quienes Jesús dice que tenemos que amar. ¿Difícil? Sí. ¿Imposible? No.

Si abrimos nuestros corazones al Amor de Dios, y conocemos ese amor, y lo reciprocamos, no tenemos otra alternativa que amar a todos como lo hace Él (Cfr. Jn 14,5), que fue capaz de perdonar a sus verdugos (Lc 23,34).

Leí en algún lugar que amar es una decisión, y que el resultado de esa decisión es el amor. Comienza por ahí. Toma la decisión a amar a tus “enemigos”, añádele el Amor del Padre, y ya no será una mera decisión; será un imperativo de vida. Entonces serás perfecto, como nuestro Padre celestial es perfecto.