REFLEXIÓN PARA EL SÁBADO DE LA QUINTA SEMANA DE CUARESMA 13-04-19

La lectura evangélica de hoy (Jn 11,45-47), nos presenta al Sanedrín tomando la decisión firme de dar muerte a Jesús: “Y aquel día decidieron darle muerte”. Esta decisión estuvo precedida por la manifestación profética del Sumo Sacerdote Caifás (“Vosotros no entendéis ni palabra; no comprendéis que os conviene que uno muera por el pueblo, y que no perezca la nación entera”), que prepara el escenario para el misterio de la Pasión que reviviremos durante la Semana Santa que comienza mañana, domingo de Ramos.

La primera lectura, tomada del profeta Ezequiel (37,21-28), nos muestra a Dios que ve a su pueblo sufriendo el exilio y le asegura que no quiere que su pueblo perezca. El pueblo ha visto la nación desmembrarse en dos reinos: el del Norte (Israel) y el del Sur (Judá), y luego ambos destruidos a manos de sus enemigos en los años 722 a.C. y 586 a.C., respectivamente, y los judíos exiliados o desparramados por todas partes. “Yo voy a recoger a los israelitas por las naciones adonde marcharon, voy a congregarlos de todas partes y los voy a repatriar. Los haré un solo pueblo en su país, en los montes de Israel, y un solo rey reinará sobre todos ellos. No volverán a ser dos naciones ni a desmembrarse en dos monarquías”.

Reiterando la promesa hecha al rey David (2 Sm 7,16), Yahvé le dice al pueblo a través del profeta: “Mi siervo David será su rey, el único pastor de todos ellos”. Para ese tiempo David había muerto hacía casi 400 años. Así que se refiere a aquél que ha de ocupar el trono de David, Jesús de Nazaret (Cfr. Lc 1,32b).

Mañana conmemoramos su entrada mesiánica en Jerusalén al son de los vítores de esa multitud anónima que lo seguía a todas partes (“¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Hosanna en las alturas!” – Mt 21,9), para dar comienzo al drama de su pasión y muerte.

Las palabras de Caifás en la lectura de hoy (“os conviene que uno muera por el pueblo, y que no perezca la nación entera”) lo convierten, sin proponérselo, en instrumento eficaz del plan de salvación establecido por el Padre desde el momento de la caída. El mismo Juan nos apunta al carácter profético de esas palabras: “Esto no lo dijo por propio impulso, sino que, por ser sumo sacerdote aquel año, habló proféticamente, anunciando que Jesús iba a morir por la nación; y no sólo por la nación, sino también para reunir a los hijos de Dios dispersos”.

Ese era el plan que el Padre se había trazado desde el principio: reunir a los hijos de Dios dispersos, a toda la humanidad, alrededor del sacrificio salvador de Su Hijo, quien habría de morir por todos.

¡Cuánto le falta a la humanidad para poder alcanzar esa meta de estar “reunidos en la unidad”! Durante esta Semana Santa, en medio del mundo convulsionado que estamos viviendo, les invito a orar por la unidad de todas las naciones y razas, para que se haga realidad esa unidad a la que nos llama Jesús: Ut unum sint! (Jn 17,21).

Que la Semana Santa que está a punto de comenzar sea un tiempo de penitencia y contemplación de la pasión salvadora de Cristo, y no un tiempo de vacaciones y playa.

REFLEXIÓN PARA EL CUARTO DOMINGO DE CUARESMA (C) 31-03-19

Hoy celebramos el cuarto domingo de Cuaresma, conocido litúrgicamente como “Lætare”. Deriva su nombre de la antífona gregoriana del Introito de la misa, tomada del libro del profeta Isaías (66,10), que comienza diciendo: Lætare, Jerusalem (Regocíjate Jerusalén). Este es un domingo excepcional (al igual que el tercer domingo de Adviento), en el que el carácter penitencial de la Cuaresma da paso a la alegría (por eso las vestimentas de color rosado). Alegría en anticipación al Misterio  Pascual de Jesús (su Pasión, muerte y Resurrección) que estamos próximos a celebrar. Y ese ambiente festivo se refleja en la liturgia, incluyendo las lecturas.

Desde la primera lectura (Jos 5,9a.10-12) que nos muestra la alegría del pueblo de Israel celebrando por primera vez la Pascua con el fruto de la tierra prometida, la segunda lectura (1 Cor 5,17-21) que nos habla de los frutos de ese regalo que Jesús nos legó en el sacramento de la reconciliación, hasta la lectura evangélica (Lc 15,1-3.11-32), que nos presenta por segunda vez en la Cuaresma la parábola del hijo pródigo, o como muchos preferimos llamarla, la parábola del padre misericordioso (ya la habíamos contemplado el sábado de la segunda semana de Cuaresma).

Ese segundo sábado señalábamos cómo el padre salió corriendo hacia su hijo cuando lo vio a la distancia, “se le echó al cuello y se puso a besarlo”, antes de que su hijo le pidiera perdón. Así es el amor de Dios. Él nos ama con locura, con pasión, y no importa lo que hagamos, nunca va a dejar de amarnos. Y el amor todo lo perdona, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta (1 Cor 13,7).

Pero para poder recibir los frutos de ese amor tenemos que acudir al Padre arrepentidos, con el corazón contrito y humillado (Cfr. Sal 50,19). El hijo había decidido regresar, consciente de que había obrado mal, para humillarse ante su padre, dispuesto a trabajar como jornalero. Pero el padre, que nunca había dejado de amarlo, lo recibió con la dignidad de hijo, olvidando todas sus faltas, todas sus ofensas. “Lo antiguo ha pasado, lo nuevo ha comenzado”, nos dice la segunda lectura. Así es con nosotros cuando, a través del sacramento de la reconciliación nos acercamos al Padre. Como decimos: “borrón y cuenta nueva”.

Para eso Jesús nos dejó ese regalo tan especial del sacramento de la reconciliación. En la misma lectura san Pablo nos dice que “Dios mismo estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo, sin pedirle cuentas de sus pecados”, y a los apóstoles les confió “la palabra de la reconciliación”. Y es Él mismo quien nos reconcilia con el Padre. Pablo lo dice claramente: “nosotros actuamos como enviados de Cristo”.

Todo el que se acerca al sacramento de la reconciliación experimenta la misma alegría que el hijo pródigo cuando escucha a Jesús, a través del sacerdote decir: “Y yo te absuelvo de tus pecados en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”. Por eso se ha dicho que “La reconciliación es el sacramento del hijo arrepentido que regresa a los brazos de su Padre”.

¿Quieres saber lo que sintió el hijo pródigo cuando su padre “se le echó al cuello y se puso a besarlo”? Reconcíliate con tu Padre del cielo. Esta Cuaresma nos presenta una oportunidad para acudir al sacramento de la reconciliación. ¡Anda, todavía estás a tiempo!

Y ese día habrá fiesta en la casa del Padre, quien te vestirá con el mejor traje de gala, y te pondrá un anillo en la mano y sandalias en los pies.

REFLEXIÓN PARA EL LUNES DE LA SEGUNDA SEMANA DE CUARESMA 18-03-19

El pasaje evangélico que leemos en la liturgia para hoy (Lc 6,36-38) comienza diciéndonos que seamos “compasivos” (otras traducciones dicen “misericordiosos”) como nuestro Padre es compasivo. La compasión, la misericordia, productos del amor incondicional; el amor incondicional que el Padre derrama sobre nosotros (la “verdad” en términos bíblicos). La “medida” que se nos propone.

En otra ocasión Jesús nos decía: “Sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto”. (Mt 5,48). Y esa perfección solo la encontramos en el amor; en amar sin medida; como el Padre nos ama. Ese Padre que es compasivo y siempre nos perdona, no importa cuánto podamos faltarle, ofenderle, fallarle. Ese Dios que siempre se mantiene fiel a sus promesas no importa cuántas veces nosotros incumplamos las nuestras. En la primera lectura, tomada del libro de Daniel (9,4b-10), escuchamos al profeta “confesando” a Dios sus pecados y los de su Pueblo: “Señor, nos abruma la vergüenza: a nuestros reyes, príncipes y padres, porque hemos pecado contra ti. Pero, aunque nosotros nos hemos rebelado, el Señor, nuestro Dios, es compasivo y perdona”.

En este tiempo de Cuaresma la Iglesia nos hace un llamado a la conversión, a dar vuelta del camino equivocado que llevamos y cambiar de dirección (el significado de la palabra metanoia que san Pablo utiliza para “conversión”) para seguir tras los pasos de Jesús. Y si vamos a seguir los pasos de Jesús, si aspiramos a parecernos a Él (Cfr. Gál 2,20), buscamos en las Escrituras cómo es Él, y encontramos que es el Amor personificado. ¡Ahí está la clave! Para ser perfectos como el Padre es perfecto, tenemos que amar a nuestro prójimo como el Padre nos ama, como Jesús nos ama.

La primera lectura nos refiere a la misericordia de Dios hacia nosotros. Nos da la medida. El Evangelio nos refiere a la relación con nuestro prójimo. “Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo; no juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados; dad, y se os dará: os verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante”. No se nos está pidiendo nada que Dios no esté dispuesto a darnos. “Así como yo los he amado, ámense también ustedes los unos a los otros” (Jn 13,34).

Examino mi conciencia. ¡Cuántas veces soy intolerante! ¡Cuántas veces, pudiendo ser compasivo me muestro inflexible! ¡Cuán presto estoy a juzgar a mi prójimo sin mirar sus circunstancias, su realidad de vida! ¡Cuántas veces condeno la mota en el ojo ajeno y no miro la viga en el mío (Lc 6,41)! ¡Cuántas veces le niego el perdón a los que me faltan (“perdona nuestras ofensas…”), y le niego una limosna al que necesita o, peor aún, le niego un poco de mi tiempo (el pecado de omisión; el gran pecado de nuestros tiempos)!

Le lectura evangélica termina diciéndonos: “La medida que uséis, la usarán con vosotros” (Cfr. Mt 25-31-46). Estamos viviendo un tiempo de conversión y penitencia en preparación para la celebración de la Pascua de Resurrección. La Palabra de hoy nos enfrenta con nuestra realidad y nos invita al arrepentimiento y a tornarnos hacia Dios. “Señor, no nos trates como merecen nuestros pecados” (Antífona del Salmo).

Todavía estamos a tiempo… Y tú, ¿qué vas a hacer?

REFLEXIÓN PARA EL MIÉRCOLES DE LA PRIMERA SEMANA DE CUARESMA 13-03-19

La primera lectura que nos brinda la liturgia para hoy está tomada del libro de Jonás (3,1-10), y para comprenderla tenemos que ponerla en contexto. Afortunadamente el libro de Jonás es corto (apenas dos páginas). Nos narra la historia de este profeta que es más conocido por la historia del pez que se lo tragó, lo tuvo tres días en el vientre, y luego lo vomitó en la tierra (!!!!), que por la enseñanza que encierra su libro.

Lo cierto es que Yahvé envió a Jonás a profetizar a Nínive: “Parte ahora mismo para Nínive, la gran ciudad, y clama contra ella, porque su maldad ha llegado hasta mí” (1,2). Jonás se sintió sobrecogido por la magnitud de la encomienda, pues Nínive era una ciudad enorme para su época, de unos ciento veinte mil habitantes (4,11), que se requerían tres días para cruzarla (3,3). Decidió entonces “huir” de Yahvé y esconderse en Tarsis. Precisamente yendo de viaje a Tarsis en una embarcación es que se suscita el incidente en que lo lanzan por la borda y Yahvé ordena al pez que se lo trague.

Jonás había desatendido la vocación (el “llamado”) de Yahvé. Pero Yahvé lo había escogido para esa misión y, luego de su experiencia dentro del vientre del pez, en donde Jonás experimentó una conversión (2,1-10), lo llama por segunda vez: “Parte ahora mismo para Nínive, la gran ciudad, y anúnciale el mensaje que yo te indicaré”.

Jonás emprendió su misión, pero esta vez consciente de que era un enviado de Dios, anunciando Su mensaje: “Dentro de cuarenta días, Nínive será destruida”. Tan convencido estaba Jonás de que su mensaje provenía del mismo Yahvé, que los Ninivitas lo recibieron como tal, se arrepintieron de sus pecados, e hicieron ayuno y se vistieron de saco (hicieron penitencia). Esta actitud sincera hizo que Yahvé, con esta visión antropomórfica (atribuirle características humanas) de Dios que vemos en el Antiguo Testamento: “se arrepintiera” de las amenazas que les había hecho y no las cumpliera.

Dos enseñanzas cabe destacar en esta lectura. Primero: ¿cuántas veces pretendemos ignorar el llamado de Dios porque nos sentimos incapaces o impotentes ante la magnitud de la misión que Él nos encomienda?  Recordemos que Dios no escoge a los capacitados para encomendarles una misión; Dios capacita a los que escoge, como lo hizo con Jonás, y con Jeremías, y Samuel, y Moisés, etc. Si el Señor nos llama, nos va a capacitar y, mejor aún, nos va acompañar en la misión.

Segundo: Vemos cómo el Pueblo de Nínive se arrepintió, ayunó e hizo penitencia, logrando el perdón de Dios. No fue que Dios se “arrepintiera” pues Dios es perfecto y, por tanto no puede arrepentirse. De nuevo, estamos ante la pedagogía divina del Antiguo Testamento, con rasgos imperfectos que lograrán su perfección en la persona de Jesús. El tiempo de Cuaresma nos invita a la conversión y arrepentimiento, que nos llevan a ofrecer sacrificios agradables a Dios, representados por las prácticas penitenciales del ayuno, la oración y la limosna.

No hagamos como los de la generación de Jesús, que serían condenados por los de Nínive, quienes se convirtieron por la predicación de Jonás mientras que los ellos no le hicieron caso a la predicación del Hijo de Dios (Evangelio de hoy – Lc 11,29-32).

REFLEXIÓN PARA EL PRIMER DOMINGO DE CUARESMA (C), 10-03-19

Hoy es el primer domingo de Cuaresma, ese tiempo especial durante el año en que la Iglesia nos invita a nosotros, los pecadores, a reconciliarnos con Él. Nuestra débil naturaleza humana, esa inclinación al pecado que llaman concupiscencia, nos hace sucumbir ante la tentación. Jesús experimentó en carne propia la tentación. Ni Él, que es Dios, se vio libre de ella; su naturaleza humana sintió el aguijón de la tentación. Pero logró vencerla. Y nos mostró la forma de hacerlo: la oración y el ayuno. De paso, en un acto de misericordia, nos dejó el sacramento de la reconciliación para darnos una y otra oportunidad de estar en comunión plena con el Dios uno y trino.

La lectura evangélica de hoy (Lc 4,1-13) nos presenta la versión de Lucas de las tentaciones en el desierto. En el lenguaje bíblico el desierto es lugar de tentación, y el número cuarenta es también simbólico, un tiempo largo e indeterminado, tiempo de purificación; “cuaresma”. Así, vemos en la Cuaresma el tiempo de liberación del “desierto” de nuestras vidas, hacia la libertad que solo puede brindarnos el amor incondicional de Jesús, que quedará manifestado al final de la Cuaresma con su muerte y resurrección.

La lectura nos presenta al demonio tentando a Jesús durante todo el tiempo que estuvo en el desierto. Hacia el final, Jesús sintió hambre, es entonces cuando el demonio redobla su tentación (siempre actúa así). Aprovechándose de esa necesidad básica del hombre: el hambre, y reconociendo que Jesús es Dios y tiene el poder, le propone convertir una piedra en pan para calmar el hambre física. Creyó que lo tenía “arrinconado”. Pero Jesús, fortalecido por cuarenta días de oración y ayuno, venció la tentación.

Del mismo modo Jesús vence las otras dos tentaciones: poder y gloria terrenal a cambio de postrarse ante Satanás, y tentándolo a Él para que haga alarde de su divinidad saltando al vacío sin que su cuerpo sufra daño alguno.

Finalmente, el demonio se retiró sin lograr que Jesús cayera en la tentación, pero no se dio por vencido; se marchó “hasta otra ocasión”. Así mismo se comporta con nosotros. Nunca se da por vencido. No bien hemos vencido la tentación, cuando ya el maligno está buscando la forma de tentarnos nuevamente, buscando nuestro punto débil; como un león rugiente (Cfr. 1 Pe 5,8), pendiente al primer momento de debilidad para atacar.

Tiempo de cuaresma, tiempo de penitencia, tiempo de conversión, tiempo de volvernos arrepentidos hacía Dios y experimentar su infinita misericordia. Es siempre un milagro el que la misericordia divina se irradie en la vida de cada uno de nosotros, impulsándonos a amar al prójimo y animándonos a vivir lo que la tradición de la Iglesia llama las obras de misericordia corporales y espirituales”. En eso consiste la verdadera conversión, el sacrificio que agrada al Señor (Cfr. Os 6,6).

En este tiempo de cuaresma, reconcíliate con Dios, reconcíliate con tu hermano…

Que pasen un hermoso fin de semana lleno de la PAZ que solo el sabernos amados incondicionalmente por Dios puede brindarnos.

REFLEXIÓN PARA EL MIÉRCOLES DE CENIZA 06-03-19

Hoy celebramos el miércoles de ceniza. Comenzamos el tiempo “fuerte” de Cuaresma. Durante este tiempo especial la Iglesia nos invita a prepararnos para la celebración de la Pascua de Jesús.

La Cuaresma fue inicialmente creada como la tercera y última etapa del catecumenado, justo antes de recibir los tres sacramentos de iniciación cristiana: bautismo, confirmación y eucaristía. Durante ese tiempo, junto a los catecúmenos, la iglesia entera, los ya bautizados, vivían como una renovación bautismal, un tiempo de conversión más intensa.

Como parte de la preparación a la que la Iglesia nos invita durante este tiempo, nos exhorta a practicar tres formas de penitencia: el ayuno, la oración y la limosna. Estas tres formas de penitencia expresan la conversión, con relación a nosotros mismos (el ayuno), con relación a Dios (la oración), y a nuestro prójimo (limosna). Y las lecturas que nos brinda la liturgia para este día, nos presentan la necesidad de esa “conversión de corazón”, junto a las tres prácticas penitenciales mencionadas.

La primera lectura, tomada del profeta Joel (2,12-18), nos llama a la conversión de corazón, a esa metanoia de que hablará Pablo más adelante; esa que se da en lo más profundo de nuestro ser y que no es un mero cambio de actitud, sino más bien una transformación total que afecta nuestra forma de relacionarnos con Dios, con nuestro prójimo, y con nosotros mismos: “oráculo del Señor, convertíos a mí de todo corazón con ayunos, llantos y lamentos; rasgad vuestros corazones, no vuestros vestidos”.

En la misma línea de pensamiento encontramos a Jesús en la lectura evangélica (Mt 6,1-6.16-18). En cuanto a la limosna nos dice: “cuando hagas limosna, no mandes tocar la trompeta ante ti, como hacen los hipócritas en las sinagogas y por las calles para ser honrados por la gente; en verdad os digo que ya han recibido su recompensa. Tú, en cambio, cuando hagas limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha; así tu limosna quedará en secreto y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará”.

Respecto a la oración: “Cuando oréis, no seáis como los hipócritas, a quienes les gusta orar de pie en las sinagogas y en las esquinas de las plazas, para que los vean los hombres. En verdad os digo que ya han recibido su recompensa. Tú, en cambio, cuando ores, entra en tu cuarto, cierra la puerta y ora a tu Padre, que está en lo secreto, y tu Padre, que ve en lo secreto, te lo recompensará”.

Y sobre el ayuno nos dice: “Cuando ayunéis, no pongáis cara triste, como los hipócritas que desfiguran sus rostros para hacer ver a los hombres que ayunan. En verdad os digo que ya han recibido su paga. Tú, en cambio, cuando ayunes, perfúmate la cabeza y lávate la cara, para que tu ayuno lo note, no los hombres, sino tu Padre, que está en lo escondido; y tu Padre, que ve en lo escondido, te recompensará”.

Al igual que la conversión, las prácticas penitenciales del ayuno, la oración y la limosna, han de ser de corazón, y que solo Él se entere. Esa es la única penitencia que agrada al Señor. La “penitencia” exterior, podrá agradar, y hasta impresionar a los demás, pero no engaña al Padre, “que está en lo escondido” y ve nuestros corazones.

Al comenzar esta Cuaresma, pidamos al Señor que nos permita experimentar la verdadera conversión de corazón, al punto que podamos decir con san Pablo: “ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí” (Cfr. Gal 2,20).

REFLEXIÓN PARA EL SÁBADO DE LA QUINTA SEMANA DE CUARESMA 24-03-18

La lectura evangélica de hoy (Jn 11,45-47), nos presenta al Sanedrín tomando la decisión firme de dar muerte a Jesús: “Y aquel día decidieron darle muerte”. Esta decisión estuvo precedida por la manifestación profética del Sumo Sacerdote Caifás (“Vosotros no entendéis ni palabra; no comprendéis que os conviene que uno muera por el pueblo, y que no perezca la nación entera”), que prepara el escenario para el misterio de la Pasión que reviviremos durante la Semana Santa que comienza mañana, domingo de Ramos.

La primera lectura, tomada del profeta Ezequiel (37,21-28), nos muestra a Dios que ve a su pueblo sufriendo el exilio en Babilonia y le asegura que no quiere que su pueblo perezca. El pueblo ha visto la nación desmembrarse en dos reinos: el del Norte (Israel) y el del Sur (Judá), y luego ambos destruidos a manos de sus enemigos en los años 722 a.C. y 586 a.C., respectivamente, y los judíos exiliados o desparramados por todas partes. “Yo voy a recoger a los israelitas por las naciones adonde marcharon, voy a congregarlos de todas partes y los voy a repatriar. Los haré un solo pueblo en su país, en los montes de Israel, y un solo rey reinará sobre todos ellos. No volverán a ser dos naciones ni a desmembrarse en dos monarquías”.

Reiterando la promesa hecha al rey David (2 Sm 7,16), Yahvé le dice al pueblo a través del profeta: “Mi siervo David será su rey, el único pastor de todos ellos”. Para ese tiempo David había muerto hacía casi 400 años. Así que se refiere a aquél que ha de ocupar el trono de David, Jesús de Nazaret (Cfr. Lc 1,32b).

Mañana conmemoramos su entrada mesiánica en Jerusalén al son de los vítores de esa multitud anónima que lo seguía a todas partes (“¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Hosanna en las alturas!” – Mt 21,9), para dar comienzo al drama de su pasión y muerte.

Las palabras de Caifás en la lectura de hoy (“os conviene que uno muera por el pueblo, y que no perezca la nación entera”) lo convierten, sin proponérselo, en instrumento eficaz del plan de salvación establecido por el Padre desde el momento de la caída. El mismo Juan nos apunta al carácter profético de esas palabras: “Esto no lo dijo por propio impulso, sino que, por ser sumo sacerdote aquel año, habló proféticamente, anunciando que Jesús iba a morir por la nación; y no sólo por la nación, sino también para reunir a los hijos de Dios dispersos”.

Ese era el plan que el Padre se había trazado desde el principio: reunir a los hijos de Dios dispersos, a toda la humanidad, alrededor del sacrificio salvador de Su Hijo, quien habría de morir por todos.

¡Cuánto le falta a la humanidad para poder alcanzar esa meta de estar “reunidos en la unidad”! Durante esta Semana Santa, en medio del mundo convulsionado que estamos viviendo, les invito a orar por la unidad de todas las naciones y razas, para que se haga realidad esa unidad a la que nos llama Jesús: Ut unum sint! (Jn 17,21).

Que la Semana Santa que está a punto de comenzar sea un tiempo de penitencia y contemplación de la pasión salvadora de Cristo, y no un tiempo de vacaciones y playa.

REFLEXIÓN PARA EL SÁBADO DE LA TERCERA SEMANA DE CUARESMA 10-03-18

“Misericordia, Dios mío, por tu bondad, por tu inmensa compasión borra mi culpa; lava del todo mi delito, limpia mi pecado. Los sacrificios no te satisfacen: si te ofreciera un holocausto, no lo querrías. Mi sacrificio es un espíritu quebrantado; un corazón quebrantado y humillado, tú no lo desprecias”. Estos versos, tomados del Miserere, Salmo que nos presenta la liturgia de hoy (50) y ha estado resonando en la liturgia cuaresmal, sientan la tónica para las lecturas del día.

La primera, tomada del profeta Oseas (6,1-6), nos habla del arrepentimiento y la misericordia divina: “Vamos a volver al Señor: él, que nos despedazó, nos sanará; él, que nos hirió, nos vendará. En dos días nos sanará; al tercero nos resucitará (prefigurando la gloriosa resurrección de Jesús); y viviremos delante de él”. A lo que el Señor contesta: “Quiero misericordia, y no sacrificios; conocimiento de Dios, más que holocaustos”.

Durante este tiempo de Cuaresma se nos hace un llamado a la conversión. Esa conversión está relacionada al arrepentimiento, pero no a un arrepentimiento que implique culpa, remordimiento, o temor al castigo, sino más bien un arrepentimiento que sea producto de una transformación interior, en lo más profundo de nuestro ser, que nos haga reconocer nuestras faltas, lo que se ha de reflejar en nuestra forma de relacionarnos con Dios, con nosotros mismos y con nuestro prójimo.

Se trata de que el arrepentimiento y la penitencia sean producto de la conversión y no a la inversa. Se trata de abrirnos incondicionalmente al Amor de Dios y rendirnos ante Él con la firme determinación de cumplir Su voluntad.

No se trata de decirlo de palabra, ni de confesarlo en público, ni de ponerse en pie frente a una asamblea y decir: “Yo acepto a Jesucristo como mi único Salvador”. No. Tampoco se trata de gestos exteriores como orar en público, ni de dar limosna donde todos nos vean, ni de ayunar por ayunar. No son las devociones las que hacen a un hombre “bueno” ante los ojos de Dios. Él no halla en ellas el Amor recíproco que espera de nosotros. “No todo el que me diga: Señor, Señor, entrará en el Reino de los Cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre celestial” (Mt 7,21).

El pasaje del Evangelio, tomado de san Lucas (18,9-14) nos presenta la parábola del fariseo y el publicano que subieron al templo a orar. El fariseo, “erguido” (los fariseos solían orar de pie), se limitaba a dar gracias a Dios por lo bueno que era: “no soy como los demás: ladrones, injustos, adúlteros; ni como ese publicano”. También decía a Dios cómo cumplía con sus obligaciones: “Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo”.

En cambio, el publicano se mantenía en la parte de atrás y no se atrevía ni levantar los ojos al cielo, mientras se daba golpes de pecho diciendo: “¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador”. Jesús sentenció: “Os digo que éste bajó a su casa justificado, y aquél no. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido”.

La diferencia estaba en la actitud interior, en el corazón. “Un corazón quebrantado y humillado, tú no lo desprecias”…

En esta Cuaresma, abramos nuestros corazones al Amor infinito de Dios, y ese Amor nos permitirá reconocer las veces que le hemos fallado. Eso nos permitirá postrarnos ante Él con un corazón quebrantado y humillado. Entonces Él nos tomará de la mano, nos levantará, y nos dará el abrazo más amoroso que hayamos recibido.

REFLEXIÓN PARA EL PRIMER DOMINGO DE CUARESMA (B) 18-02-18

Hoy es el primer domingo de Cuaresma, ese tiempo especial durante el año en que la Iglesia nos invita a nosotros, los pecadores, a la conversión, a reconciliarnos con Él.

Nuestra débil naturaleza humana, esa inclinación al pecado que llaman concupiscencia, nos hace sucumbir ante la tentación. Jesús experimentó en carne propia la tentación. Ni Él, que es Dios, se vio libre de ella; su naturaleza humana sintió el aguijón de la tentación. Pero logró vencerla. Y nos mostró la forma de hacerlo: la oración y el ayuno (Mt 4,1-11; Lc 4,1-13). De paso, en un acto de misericordia, nos dejó el sacramento de la reconciliación para darnos una y otra oportunidad de estar en comunión plena con el Dios uno y trino.

La lectura evangélica de hoy (Mc 1,12-15) nos presenta la versión más corta de las tentaciones en el desierto, unida a un llamado de conversión: “En aquel tiempo, el Espíritu empujó a Jesús al desierto. Se quedó en el desierto cuarenta días, dejándose tentar por Satanás; vivía entre alimañas, y los ángeles le servían. Cuando arrestaron a Juan, Jesús se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios. Decía: ‘Se ha cumplido el plazo, está cerca el reino de Dios: convertíos y creed en el Evangelio’”.

En el lenguaje bíblico el desierto es lugar de tentación, y el número cuarenta es también simbólico, un tiempo largo e indeterminado, tiempo de purificación; “cuaresma”. Así, vemos en la Cuaresma el tiempo de liberación del “desierto” de nuestras vidas, hacia la libertad que solo puede brindarnos el amor incondicional de Jesús, que quedará manifestado al final de la Cuaresma con su Misterio Pascual, su muerte y resurrección.

La versión de Lucas de este pasaje nos dice que luego de tentar a Jesús el demonio se marchó “hasta otra ocasión”. Así mismo se comporta con nosotros. Nunca se da por vencido. No bien hemos vencido la tentación, cuando ya el maligno está buscando la forma de tentarnos nuevamente, “como un león rugiente” (Cfr. 1 Pe 5,8), pendiente al primer momento de debilidad para atacar. De ahí el llamado constante a la conversión.

La segunda lectura (1 Pe 3,18-22), haciendo referencia a la primera (Gn 9,8-15), en la cual Dios establece una alianza con Noé y los suyos salvándolos del diluvio, nos la presenta como “un símbolo del bautismo que actualmente os salva: que no consiste en limpiar una suciedad corporal, sino en impetrar de Dios una conciencia pura, por la resurrección de Jesucristo, que llegó al cielo, se le sometieron ángeles, autoridades y poderes, y está a la derecha de Dios”.

Tiempo de cuaresma, tiempo de conversión, tiempo de penitencia. Durante este tiempo la liturgia nos invita a tornarnos hacia Él con confianza para decirle: “Señor, enséñame tus caminos, instrúyeme en tus sendas: haz que camine con lealtad; enséñame, porque tú eres mi Dios y Salvador” (Sal 24).

Apenas comienza la Cuaresma. El Rey nos invita al banquete bodas de su Hijo, pero tenemos que ir con traje de fiesta (Cfr. Mt 22,12-13). Todavía estamos a tiempo… ¡Reconcíliate!

REFLEXIÓN PARA EL MIÉRCOLES DE CENIZA 14-02-2018

Hoy celebramos el miércoles de ceniza. Comenzamos el tiempo “fuerte” de Cuaresma. Durante este tiempo especial la Iglesia nos invita a prepararnos para la celebración de la Pascua de Jesús.

La Cuaresma fue inicialmente creada como la tercera y última etapa del catecumenado, justo antes de recibir los tres sacramentos de iniciación cristiana: bautismo, confirmación y eucaristía. Durante ese tiempo, junto a los catecúmenos, la iglesia entera, los ya bautizados, vivían como una renovación bautismal, un tiempo de conversión más intensa.

Como parte de la preparación a la que la Iglesia nos invita durante este tiempo, nos exhorta a practicar tres formas de penitencia: el ayuno, la oración y la limosna. Estas tres formas de penitencia expresan la conversión, con relación a nosotros mismos (el ayuno), con relación a Dios (la oración), y a nuestro prójimo (limosna). Y las lecturas que nos brinda la liturgia para este día, nos presentan la necesidad de esa “conversión de corazón”, junto a las tres prácticas penitenciales mencionadas.

La primera lectura, tomada del profeta Joel (2,12-18), nos llama a la conversión de corazón, a esa “metanoia” de que hablará Pablo más adelante; esa que se da en lo más profundo de nuestro ser y que no es un mero cambio de actitud, sino más bien una transformación total que afecta nuestra forma de relacionarnos con Dios, con nuestro prójimo, y con nosotros mismos: “oráculo del Señor, convertíos a mí de todo corazón con ayuno, con llanto, con luto. Rasgad los corazones y no las vestiduras”.

En la misma línea de pensamiento encontramos a Jesús en la lectura evangélica (Mt 6,1-6.16-18). En cuanto a la limosna nos dice: “cuando hagas limosna, no vayas tocando la trompeta por delante, como hacen los hipócritas en las sinagogas y por las calles, con el fin de ser honrados por los hombres; os aseguro que ya han recibido su paga. Tú, en cambio, cuando hagas limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha; así tu limosna quedará en secreto, y tu Padre, que ve en lo secreto, te lo pagará”. Respecto a la oración: “Cuando recéis, no seáis como los hipócritas, a quienes les gusta rezar de pie en las sinagogas y en las esquinas de las plazas, para que los vea la gente. Os aseguro que ya han recibido su paga. Tú, cuando vayas a rezar, entra en tu aposento, cierra la puerta y reza a tu Padre, que está en lo escondido, y tu Padre, que ve en lo escondido, te lo pagará”. Y sobre la oración nos dice: “Cuando ayunéis, no andéis cabizbajos, como los hipócritas que desfiguran su cara para hacer ver a la gente que ayunan. Os aseguro que ya han recibido su paga. Tú, en cambio, cuando ayunes, perfúmate la cabeza y lávate la cara, para que tu ayuno lo note, no la gente, sino tu Padre, que está en lo escondido; y tu Padre, que ve en lo escondido, te recompensara”.

Al igual que la conversión, las prácticas penitenciales del ayuno, la oración y la limosna, han de ser de corazón, y que solo Él se entere. Esa es la única penitencia que agrada al Señor. La “penitencia” exterior, podrá agradar, y hasta impresionar a los demás, pero no engaña al Padre, “que está en lo escondido” y ve nuestros corazones.

Al comenzar esta Cuaresma, pidamos al Señor que nos permita experimentar la verdadera conversión de corazón, al punto que podamos decir con san Pablo: “ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí” (Cfr. Gal 2,20).