En este vídeo compartimos con ustedes unas breves notas sobre el significado de la ceniza que se nos impone al comienzo de la cuaresma, así como el origen de esta práctica.
“¿A quién se parece esta generación? Se parece a los niños sentados en la plaza, que gritan a otros: ‘Hemos tocado la flauta, y no habéis bailado; hemos cantado lamentaciones, y no habéis llorado’. Porque vino Juan, que ni comía ni bebía, y dicen: ‘Tiene un demonio’. Vino el Hijo del hombre, que come y bebe, y dicen: ‘Ahí tenéis a un comilón y borracho, amigo de publicanos y pecadores’. Pero los hechos dan razón a la sabiduría de Dios” (Mt 11,16-19).
Esta corta lectura evangélica es la que nos propone la liturgia para hoy viernes de la segunda semana de Adviento. Con esta parábola Jesús pone de manifiesto la actitud del pueblo que prefería mantenerse como estaba, y no tenía intención alguna de cambiar, de escuchar la palabra de Dios y ponerla en práctica. No querían “comprometerse”. Jesús los compara con unos niños jugando en la plaza. Mientras unos quieren estar alegres, otros prefieren estar tristes; no se ponen de acuerdo. El problema es que cuando se refiere a los adultos del tiempo de Jesús, “esta generación” (y los de la nuestra), no se trata de un juego, se trata de la vida eterna. Lo que ocurre es que cuando se trata de las cosas de Dios, del mensaje de Jesús, de su Evangelio, siempre hay una excusa. Es más fácil decir “no creo”, que aceptarlo y enfrentar las consecuencias que esa fe implica.
Por eso cuando vino Juan el Bautista, que predicaba su mensaje de penitencia y austeridad, no le aceptaron. “Tiene un demonio” decían; “es demasiado exigente”, decían otros. Esas mismas personas, cuando vino Jesús a predicar su mensaje de amor y fraternidad, y se juntaba con pecadores, y compartía con ellos la mesa y el vino, también lo rechazaron. “Es un comilón y borracho”. Hoy día no es diferente. Preferimos estar dentro de nuestra “zona de confort”. Que no venga nadie a decirme cómo tengo que actuar; no quiero comprometerme, no me interesa cambiar.
Estamos prácticamente a mitad del tiempo de Adviento; ese tiempo que nos llama a la conversión y penitencia, y a la preparación para la espera gozosa de Jesús. ¿Cuál es nuestra excusa para negarnos a entrar en el Adviento y vivir el gozo de la Navidad? ¿Asumimos la actitud de que si “nos tocan la flauta” nos negamos a bailar y si nos “cantan lamentaciones” nos negamos a llorar?
No hay duda. Resulta más cómodo vivir desde ahora una “Navidad por adelantado” con la fiesta, la comida, la bebida y la música “típicas” de la época, sin compromiso espiritual alguno, sin necesidad de cambio (me siento bien como estoy), porque si tomo en serio a Cristo y a su mensaje, me voy a “poner en evidencia” y me voy a ver obligado a decidir entre lo que me ofrece Cristo y lo que me ofrece el mundo.
Durante esta época de Adviento la Iglesia nos invita a dejar que Jesús entre en nuestras vidas, en nuestros corazones, con todas las consecuencias que ello implica; lo que yo llamo la “letra chica” que está implícita en el seguimiento del Evangelio. Pidamos al Señor que nos ayude a comprender que el momento de cambiar y comprometernos es “ahora”. Solo así seremos acreedores del Reino.
Hoy celebramos el cuarto domingo de Cuaresma,
conocido litúrgicamente como Lætare. Deriva su nombre de la antífona
gregoriana del Introito de la misa, tomada del libro del profeta Isaías (66,10),
que comienza diciendo: Lætare, Jerusalem
(Regocíjate Jerusalén). Este es un domingo excepcional (al igual que el tercer
domingo de Adviento), en el que el carácter penitencial de la Cuaresma da paso
a la alegría (por eso las vestimentas de color rosado). Alegría en anticipación
al Misterio Pascual de Jesús (su Pasión,
muerte y Resurrección) que estamos próximos a celebrar. Y ese ambiente festivo se
refleja en la liturgia, incluyendo las lecturas.
Desde la primera lectura (Jos 5,9a.10-12) que nos muestra la alegría del pueblo de Israel celebrando por primera vez la Pascua con el fruto de la tierra prometida, la segunda lectura (2 Cor 5,17-21) que nos habla de los frutos de ese regalo que Jesús nos legó en el sacramento de la reconciliación, hasta la lectura evangélica (Lc 15,1-3.11-32), que nos presenta por segunda vez en la Cuaresma la parábola del hijo pródigo, o como muchos preferimos llamarla, la parábola del padre misericordioso (ya la habíamos contemplado el sábado de la segunda semana de Cuaresma).
Ese segundo sábado señalábamos cómo el padre
salió corriendo hacia su hijo cuando lo vio a la distancia, “se le echó al
cuello y se puso a besarlo”, antes de que su hijo le pidiera perdón. Así es el
amor de Dios. Él nos ama con locura, con pasión, y no importa lo que hagamos,
nunca va a dejar de amarnos. Y el amor todo lo perdona, todo lo cree, todo lo
espera, todo lo soporta (1 Cor 13,7).
Pero para poder recibir los frutos de ese amor
tenemos que acudir al Padre arrepentidos, con el corazón contrito y humillado (Cfr. Sal 50,19). El hijo había decidido
regresar, consciente de que había obrado mal, para humillarse ante su padre,
dispuesto a trabajar como jornalero. Pero el padre, que nunca había dejado de
amarlo, lo recibió con la dignidad de hijo, olvidando todas sus faltas, todas
sus ofensas. “Lo antiguo ha pasado, lo nuevo ha comenzado”, nos dice la segunda
lectura. Así es con nosotros cuando, a través del sacramento de la
reconciliación nos acercamos al Padre. Como decimos: “borrón y cuenta nueva”.
Para eso Jesús nos dejó ese regalo tan
especial del sacramento de la reconciliación. En la misma lectura san Pablo nos
dice que “Dios mismo estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo, sin
pedirle cuentas de sus pecados”, y a los apóstoles les confió “la palabra de la
reconciliación”. Y es Él mismo quien nos reconcilia con el Padre. Pablo lo dice
claramente: “nosotros actuamos como enviados de Cristo”.
Todo el que se acerca al sacramento de la
reconciliación experimenta la misma alegría que el hijo pródigo cuando escucha
a Jesús, a través del sacerdote decir: “Y yo te absuelvo de tus pecados en el
nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”. Por eso se ha dicho que “La reconciliación
es el sacramento del hijo arrepentido que regresa a los brazos de su Padre”.
¿Quieres saber lo que sintió el hijo pródigo
cuando su padre “se le echó al cuello y se puso a besarlo”? Reconcíliate con tu
Padre del cielo. Esta Cuaresma nos presenta una oportunidad para acudir al
sacramento de la reconciliación. ¡Anda, todavía estás a tiempo!
Y ese día habrá fiesta en la casa del Padre,
quien te vestirá con el mejor traje de gala, y te pondrá un anillo en la mano y
sandalias en los pies.
El pasaje evangélico que leemos en la liturgia para hoy (Lc 6,36-38) comienza diciéndonos que seamos “misericordiosos” (otras traducciones dicen “compasivos”) como nuestro Padre es misericordioso. La compasión, la misericordia, productos del amor incondicional; el amor incondicional que el Padre derrama sobre nosotros (la “verdad” en términos bíblicos). La “medida” que se nos propone.
En otra ocasión Jesús nos decía: “Sed
perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto”. (Mt 5,48). Y esa
perfección solo la encontramos en el amor; en amar sin medida; como el Padre
nos ama. Ese Padre que es compasivo y siempre nos perdona, no importa cuánto
podamos faltarle, ofenderle, fallarle. Ese Dios que siempre se mantiene fiel a
sus promesas no importa cuántas veces nosotros incumplamos las nuestras.
En la primera lectura, tomada del libro de
Daniel (9,4b-10), escuchamos al profeta “confesando” a Dios sus pecados y los
de su Pueblo: “Señor, nos abruma la vergüenza: a nuestros reyes, príncipes y
padres, porque hemos pecado contra ti. Pero, aunque nosotros nos hemos
rebelado, el Señor, nuestro Dios, es compasivo y perdona”.
En este tiempo de Cuaresma la Iglesia nos hace
un llamado a la conversión, a dar vuelta del camino equivocado que llevamos y
cambiar de dirección (el significado de la palabra metanoia que san
Pablo utiliza para “conversión”) para seguir tras los pasos de Jesús. Y si
vamos a seguir los pasos de Jesús, si aspiramos a parecernos a Él (Cfr. Gál 2,20), buscamos en las
Escrituras cómo es Él, y encontramos que es el Amor personificado. ¡Ahí está la
clave! Para ser perfectos como el Padre es perfecto, tenemos que amar a nuestro
prójimo como el Padre nos ama, como Jesús nos ama.
La primera lectura nos refiere a la
misericordia de Dios hacia nosotros. Nos da la medida. El Evangelio nos refiere
a la relación con nuestro prójimo. “Sed misericordiosos como vuestro Padre es
misericordioso; no juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis
condenados; perdonad, y seréis perdonados; dad, y se os dará: os verterán una
medida generosa, colmada, remecida, rebosante”. No se nos está pidiendo nada
que Dios no esté dispuesto a darnos. “Así como yo los he amado, ámense también
ustedes los unos a los otros” (Jn 13,34).
Examino mi conciencia. ¡Cuántas veces soy
intolerante! ¡Cuántas veces, pudiendo ser compasivo me muestro inflexible!
¡Cuán presto estoy a juzgar a mi prójimo sin mirar sus circunstancias, su
realidad de vida! ¡Cuántas veces condeno la mota en el ojo ajeno y no miro la
viga en el mío (Lc 6,41)! ¡Cuántas veces le niego el perdón a los que me faltan
(“perdona nuestras ofensas…”), y le niego una limosna al que necesita o, peor
aún, le niego un poco de mi tiempo (el pecado de omisión; el gran pecado de
nuestros tiempos)!
Le lectura evangélica termina diciéndonos: “La
medida que uséis, la usarán con vosotros” (Cfr.
Mt 25-31-46). Estamos viviendo un tiempo de conversión y penitencia en
preparación para la celebración de la Pascua de Resurrección. La Palabra de hoy
nos enfrenta con nuestra realidad y nos invita al arrepentimiento y a tornarnos
hacia Dios. “Señor, no nos trates como merecen nuestros pecados” (Antífona del
Salmo).
La primera lectura que nos brinda la liturgia
para hoy está tomada del libro de Jonás (3,1-10), y para comprenderla tenemos
que ponerla en contexto. Afortunadamente el libro de Jonás es corto (apenas dos
páginas). Nos narra la historia de este profeta que es más conocido por la
historia del pez que se lo tragó, lo tuvo tres días en el vientre, y luego lo
vomitó en la tierra (!!!!), que por la enseñanza que encierra su libro.
Lo cierto es que Yahvé envió a Jonás a
profetizar a Nínive: “Parte ahora mismo para Nínive, la gran ciudad, y clama
contra ella, porque su maldad ha llegado hasta mí” (1,2). Jonás se sintió
sobrecogido por la magnitud de la encomienda, pues Nínive era una ciudad enorme
para su época, de unos ciento veinte mil habitantes (4,11), que se requerían
tres días para cruzarla (3,3). Decidió entonces “huir” de Yahvé y esconderse en
Tarsis. Precisamente yendo de viaje a Tarsis en una embarcación es que se
suscita el incidente en que lo lanzan por la borda y Yahvé ordena al pez que se
lo trague.
Jonás había desatendido la vocación (el
“llamado”) de Yahvé. Pero Yahvé lo había escogido para esa misión y, luego de
su experiencia dentro del vientre del pez, en donde Jonás experimentó una
conversión (2,1-10), lo llama por segunda vez: “Parte ahora mismo para Nínive,
la gran ciudad, y anúnciale el mensaje que yo te indicaré”.
Jonás emprendió su misión, pero esta vez
consciente de que era un enviado de Dios, anunciando Su mensaje: “Dentro de
cuarenta días, Nínive será destruida”. Tan convencido estaba Jonás de que su
mensaje provenía del mismo Yahvé, que los Ninivitas lo recibieron como tal, se
arrepintieron de sus pecados, e hicieron ayuno y se vistieron de saco (hicieron
penitencia). Esta actitud sincera hizo que Yahvé, con esta visión antropomórfica
(atribuirle características humanas) de Dios que vemos en el Antiguo Testamento,
“se arrepintiera” de las amenazas que les había hecho y no las cumpliera.
Dos enseñanzas cabe destacar en esta lectura.
Primero: ¿cuántas veces pretendemos ignorar el llamado de Dios porque nos
sentimos incapaces o impotentes ante la magnitud de la misión que Él nos
encomienda? Recordemos que Dios no
escoge a los capacitados para encomendarles una misión; Dios capacita a los que
escoge, como lo hizo con Jonás, y con Jeremías, y Samuel, y Moisés, etc. Si el
Señor nos llama, nos va a capacitar y, mejor aún, nos va acompañar en la
misión.
Segundo: Vemos cómo el Pueblo de Nínive se
arrepintió, ayunó e hizo penitencia, logrando el perdón de Dios. No fue que
Dios se “arrepintiera” pues Dios es perfecto y, por tanto no puede arrepentirse.
De nuevo, estamos ante la pedagogía divina del Antiguo Testamento, con rasgos
imperfectos que lograrán su perfección en la persona de Jesús.
El tiempo de Cuaresma nos invita a la
conversión y arrepentimiento, que nos llevan a ofrecer sacrificios agradables a
Dios, representados por las prácticas penitenciales del ayuno, la oración y la
limosna.
No hagamos como los de la generación de Jesús, que serían condenados por los de Nínive, quienes se convirtieron por la predicación de Jonás mientras que los ellos no le hicieron caso a la predicación del Hijo de Dios (Evangelio de hoy – Lc 11,29-32).
Hoy es el primer domingo de Cuaresma, ese
tiempo especial durante el año en que la Iglesia nos invita a nosotros, los
pecadores, a reconciliarnos con Él. Nuestra débil naturaleza humana, esa
inclinación al pecado que llaman concupiscencia, nos hace sucumbir ante la
tentación. Jesús experimentó en carne propia la tentación. Ni Él, que es Dios,
se vio libre de ella; su naturaleza humana sintió el aguijón de la tentación.
Pero logró vencerla. Y nos mostró la forma de hacerlo: la oración y el ayuno.
De paso, en un acto de misericordia, nos dejó el sacramento de la
reconciliación para darnos una y otra oportunidad de estar en comunión plena
con el Dios uno y trino.
La lectura evangélica de hoy (Lc 4,1-13) nos
presenta la versión de Lucas de las tentaciones en el desierto. En el lenguaje
bíblico el desierto es lugar de tentación, y el número cuarenta es también
simbólico, un tiempo largo e indeterminado, tiempo de purificación; “cuaresma”.
Así, vemos en la Cuaresma el tiempo de liberación del “desierto” de nuestras
vidas, hacia la libertad que solo puede brindarnos el amor incondicional de
Jesús, que quedará manifestado al final de la Cuaresma con su muerte y
resurrección.
La lectura nos presenta al demonio tentando a Jesús durante todo el tiempo que estuvo en el desierto. Hacia el final, Jesús sintió hambre, es entonces cuando el diablo redobla su tentación (siempre actúa así). Aprovechándose de esa necesidad básica del hombre: el hambre, y reconociendo que Jesús es Dios y tiene el poder, le propone convertir una piedra en pan para calmar el hambre física. Creyó que lo tenía “arrinconado”. Pero Jesús, fortalecido por cuarenta días de oración y ayuno, venció la tentación.
Del mismo modo Jesús vence las otras dos
tentaciones: poder y gloria terrenal a cambio de postrarse ante Satanás, y tentándolo
a Él para que haga alarde de su divinidad saltando al vacío sin que su cuerpo
sufra daño alguno.
Finalmente, el demonio se retiró sin lograr
que Jesús cayera en la tentación, pero no se dio por vencido; se marchó “hasta
otra ocasión”. Así mismo se comporta con nosotros. Nunca se da por vencido. No
bien hemos vencido la tentación, cuando ya el maligno está buscando la forma de
tentarnos nuevamente, buscando nuestro punto débil; como un león rugiente (Cfr. 1 Pe 5,8), pendiente al primer
momento de debilidad para atacar.
Tiempo de cuaresma, tiempo de penitencia, tiempo
de conversión, tiempo de volvernos arrepentidos hacía Dios y experimentar su
infinita misericordia. Es siempre un milagro el que la misericordia divina se
irradie en la vida de cada uno de nosotros, impulsándonos a amar al prójimo y
animándonos a vivir lo que la tradición de la Iglesia llama las obras de
misericordia corporales y espirituales”. En eso consiste la verdadera
conversión, el sacrificio que agrada al Señor (Cfr. Os 6,6).
En este tiempo de cuaresma, reconcíliate con
Dios, reconcíliate con tu hermano…
Que pasen un hermoso fin de semana lleno de la
PAZ que solo el sabernos amados incondicionalmente por Dios puede brindarnos.
Hoy celebramos el miércoles de ceniza. Comenzamos el tiempo “fuerte” de Cuaresma.
Durante este tiempo especial la Iglesia nos invita a prepararnos para la
celebración de la Pascua de Jesús.
La Cuaresma fue inicialmente creada como la
tercera y última etapa del catecumenado, justo antes de recibir los tres
sacramentos de iniciación cristiana: bautismo, confirmación y eucaristía.
Durante ese tiempo, junto a los catecúmenos, la iglesia entera, los ya
bautizados, vivían como una renovación bautismal, un tiempo de conversión más
intensa.
Como parte de la preparación a la que la
Iglesia nos invita durante este tiempo, nos exhorta a practicar tres formas de
penitencia: el ayuno, la oración y la limosna. Estas tres formas de penitencia
expresan la conversión, con relación a nosotros mismos (el ayuno), con relación
a Dios (la oración), y a nuestro prójimo (limosna). Y las lecturas que nos
brinda la liturgia para este día, nos presentan la necesidad de esa “conversión
de corazón”, junto a las tres prácticas penitenciales mencionadas.
La primera lectura, tomada del profeta Joel
(2,12-18), nos llama a la conversión de corazón, a esa metanoia de que hablará Pablo más adelante; esa que se da en lo más
profundo de nuestro ser y que no es un mero cambio de actitud, sino más bien
una transformación total que afecta nuestra forma de relacionarnos con Dios,
con nuestro prójimo, y con nosotros mismos: “oráculo del Señor, convertíos a mí
de todo corazón con ayunos, llantos y lamentos; rasgad vuestros corazones, no
vuestros vestidos”.
En la misma línea de pensamiento encontramos a
Jesús en la lectura evangélica (Mt 6,1-6.16-18). En cuanto a la limosna nos
dice: “cuando hagas limosna, no mandes tocar la trompeta ante ti, como hacen
los hipócritas en las sinagogas y por las calles para ser honrados por la
gente; en verdad os digo que ya han recibido su recompensa. Tú, en cambio,
cuando hagas limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha; así
tu limosna quedará en secreto y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará”.
Respecto a la oración: “Cuando oréis, no seáis
como los hipócritas, a quienes les gusta orar de pie en las sinagogas y en las
esquinas de las plazas, para que los vean los hombres. En verdad os digo que ya
han recibido su recompensa. Tú, en cambio, cuando ores, entra en tu cuarto,
cierra la puerta y ora a tu Padre, que está en lo secreto, y tu Padre, que ve
en lo secreto, te lo recompensará”.
Y sobre el ayuno nos dice: “Cuando ayunéis, no
pongáis cara triste, como los hipócritas que desfiguran sus rostros para hacer
ver a los hombres que ayunan. En verdad os digo que ya han recibido su paga. Tú,
en cambio, cuando ayunes, perfúmate la cabeza y lávate la cara, para que tu
ayuno lo note, no los hombres, sino tu Padre, que está en lo escondido; y tu
Padre, que ve en lo escondido, te recompensará”.
Al igual que la conversión, las prácticas
penitenciales del ayuno, la oración y la limosna, han de ser de corazón, y que
solo Él se entere. Esa es la única penitencia que agrada al Señor. La
“penitencia” exterior, podrá agradar, y hasta impresionar a los demás, pero no
engaña al Padre, “que está en lo escondido” y ve nuestros corazones.
Al comenzar esta Cuaresma, pidamos al Señor que nos permita experimentar la verdadera conversión de corazón, al punto que podamos decir con san Pablo: “ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí” (Gal 2,20).
Hoy te invito a acudir al Templo a recibir la ceniza; no por costumbre o tradición ni como un rito exterior vacío, sino como signo de conversión y penitencia interior.
“¿A quién se parece esta generación? Se parece
a los niños sentados en la plaza, que gritan a otros: ‘Hemos tocado la flauta,
y no habéis bailado; hemos cantado lamentaciones, y no habéis llorado’. Porque
vino Juan, que ni comía ni bebía, y dicen: ‘Tiene un demonio’. Vino el Hijo del
hombre, que come y bebe, y dicen: ‘Ahí tenéis a un comilón y borracho, amigo de
publicanos y pecadores’. Pero los hechos dan razón a la sabiduría de Dios” (Mt
11,16-19).
Esta corta lectura evangélica es la que nos
propone la liturgia para hoy viernes de la segunda semana de Adviento. Con esta
parábola Jesús pone de manifiesto la actitud del pueblo que prefería mantenerse
como estaba, y no tenía intención alguna de cambiar, de escuchar la palabra de
Dios y ponerla en práctica. No querían “comprometerse”. Jesús los compara con
unos niños jugando en la plaza. Mientras unos quieren estar alegres, otros
prefieren estar tristes; no se ponen de acuerdo. El problema es que cuando se
refiere a los adultos del tiempo de Jesús, “esta generación” (y los de la
nuestra), no se trata de un juego, se trata de la vida eterna. Lo que ocurre es
que cuando se trata de las cosas de Dios, del mensaje de Jesús, de su
Evangelio, siempre hay una excusa. Es más fácil decir “no creo”, que aceptarlo
y enfrentar las consecuencias que esa fe implica.
Por eso cuando vino Juan el Bautista, que
predicaba su mensaje de penitencia y austeridad, no le aceptaron. “Tiene un
demonio” decían; “es demasiado exigente”, decían otros. Esas mismas personas,
cuando vino Jesús a predicar su mensaje de amor y fraternidad, y se juntaba con
pecadores, y compartía con ellos la mesa y el vino, también lo rechazaron. “Es
un comilón y borracho”. Hoy día no es diferente. Preferimos estar dentro de
nuestra “zona de confort”. Que no
venga nadie a decirme cómo tengo que actuar; no quiero comprometerme, no me
interesa cambiar.
Estamos prácticamente a mitad del tiempo de
Adviento; ese tiempo que nos llama a la conversión y penitencia, y a la preparación
para la espera gozosa de Jesús. ¿Cuál es nuestra excusa para negarnos a entrar
en el Adviento y vivir el gozo de la Navidad? ¿Asumimos la actitud de que si
“nos tocan la flauta” nos negamos a bailar y si nos “cantan lamentaciones” nos
negamos a llorar?
No hay duda. Resulta más cómodo vivir desde
ahora una “Navidad por adelantado” con la fiesta, la comida, la bebida, la
música “típicas” de la época, sin compromiso espiritual alguno, sin necesidad
de cambio (me siento bien como estoy), porque si tomo en serio a Cristo y a su
mensaje, me voy a “poner en evidencia” y me voy a ver obligado a decidir entre
lo que me ofrece Cristo y lo que me ofrece el mundo.
Durante esta época de Adviento la Iglesia nos
invita a dejar que Jesús entre en nuestras vidas, en nuestros corazones, con
todas las consecuencias que ello implica; lo que yo llamo la “letra chica” que
está implícita en el seguimiento del Evangelio. Pidamos al Señor que nos ayude
a comprender que el momento de cambiar y comprometernos es “ahora”. Solo así
seremos acreedores del Reino.
El pasaje evangélico que leemos en la liturgia para hoy (Lc 6,36-38) comienza diciéndonos que seamos “misericordiosos” (otras traducciones dicen “compasivos”) como nuestro Padre es misericordioso. La compasión, la misericordia, productos del amor incondicional; el amor incondicional que el Padre derrama sobre nosotros (la “verdad” en términos bíblicos). La “medida” que se nos propone.
En otra ocasión Jesús nos decía: “Sed
perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto”. (Mt 5,48). Y esa
perfección solo la encontramos en el amor; en amar sin medida; como el Padre
nos ama. Ese Padre que es compasivo y siempre nos perdona, no importa cuánto
podamos faltarle, ofenderle, fallarle. Ese Dios que siempre se mantiene fiel a
sus promesas no importa cuántas veces nosotros incumplamos las nuestras. En la
primera lectura, tomada del libro de Daniel (9,4b-10), escuchamos al profeta
“confesando” a Dios sus pecados y los de su Pueblo: “Señor, nos abruma la vergüenza:
a nuestros reyes, príncipes y padres, porque hemos pecado contra ti. Pero,
aunque nosotros nos hemos rebelado, el Señor, nuestro Dios, es compasivo y
perdona”.
En este tiempo de Cuaresma la Iglesia nos hace
un llamado a la conversión, a dar vuelta del camino equivocado que llevamos y
cambiar de dirección (el significado de la palabra metanoia que san
Pablo utiliza para “conversión”) para seguir tras los pasos de Jesús. Y si
vamos a seguir los pasos de Jesús, si aspiramos a parecernos a Él (Cfr. Gál 2,20), buscamos en las
Escrituras cómo es Él, y encontramos que es el Amor personificado. ¡Ahí está la
clave! Para ser perfectos como el Padre es perfecto, tenemos que amar a nuestro
prójimo como el Padre nos ama, como Jesús nos ama.
La primera lectura nos refiere a la
misericordia de Dios hacia nosotros. Nos da la medida. El Evangelio nos refiere
a la relación con nuestro prójimo. “Sed misericordiosos como vuestro Padre es
misericordioso; no juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis
condenados; perdonad, y seréis perdonados; dad, y se os dará: os verterán una
medida generosa, colmada, remecida, rebosante”. No se nos está pidiendo nada
que Dios no esté dispuesto a darnos. “Así como yo los he amado, ámense también
ustedes los unos a los otros” (Jn 13,34).
Examino mi conciencia. ¡Cuántas veces soy
intolerante! ¡Cuántas veces, pudiendo ser compasivo me muestro inflexible!
¡Cuán presto estoy a juzgar a mi prójimo sin mirar sus circunstancias, su
realidad de vida! ¡Cuántas veces condeno la mota en el ojo ajeno y no miro la
viga en el mío (Lc 6,41)! ¡Cuántas veces le niego el perdón a los que me faltan
(“perdona nuestras ofensas…”), y le niego una limosna al que necesita o, peor
aún, le niego un poco de mi tiempo (el pecado de omisión; el gran pecado de
nuestros tiempos)!
Le lectura evangélica termina diciéndonos: “La medida que uséis, la usarán con vosotros” (Cfr. Mt 25-31-46). Estamos viviendo un tiempo de conversión y penitencia en preparación para la celebración de la Pascua de Resurrección (“¡Vivimos para esa noche!”). La Palabra de hoy nos enfrenta con nuestra realidad y nos invita al arrepentimiento y a tornarnos hacia Dios. “Señor, no nos trates como merecen nuestros pecados” (Antífona del Salmo).
La lectura evangélica que nos brinda la
liturgia para este miércoles de la primera semana de Cuaresma (Lc 11,29-32), nos
dice que Jesús, al ver que la gente se apretujaba a su alrededor esperando ver
un milagro, les increpó diciendo: “Esta generación es una generación perversa.
Pide un signo, pero no se le dará más signo que el signo de Jonás. Como Jonás
fue un signo para los habitantes de Nínive, lo mismo será el Hijo del hombre
para esta generación”. Jesús se refería a cómo los habitantes de Nínive se
habían convertido con la predicación de Jonás (que no era Dios), mientras a Él
(que sí es Dios) los suyos le exigían “signos” para creer. Estaban apantallados
por los portentos y milagros realizados por Jesús, pero se quedaban en el signo
exterior; no captaban el mensaje.
La primera lectura que de hoy (Jon 3,1-10) nos narra la conversión de los Ninivitas a que alude Jesús. El año pasado, al reflexionar sobre las lecturas para hoy, hicimos una exposición más amplia sobre ésta, a la cual les remitimos.
Ambas lecturas tienen como tema subyacente la conversión
a la que somos llamados durante este tiempo de Cuaresma desde su comienzo,
cuando al imponérsenos la ceniza se nos dijo: “Conviértete y cree en el
Evangelio”. La pregunta obligada es: ¿Tiene sentido esa frase que se nos dice
en relación con la actitud interior con la que nos acercamos a recibir la
ceniza ese día? ¿Existe en nosotros una verdadera voluntad de conversión?
El rito exterior de la ceniza recibida en la
cabeza no tiene ningún significado, ningún valor, si no tenemos una actitud
interior de conversión, no solo para este tiempo de Cuaresma, sino para toda nuestra
vida, pues el verdadero proceso de conversión dura toda la vida. Es un
constante caer y levantarnos, con la esperanza de cada vez permanecer en pie
durante más tiempo. De ahí el llamado constante a la conversión (Cfr. Ap 2,5). La conversión es, pues, un
proceso que se inicia cuando tenemos un encuentro personal con Jesús, y va
progresando en la medida que permanecemos en Él. Para ayudarnos en ese proceso
la Iglesia nos brinda la gracia de los sacramentos, especialmente los de la
Reconciliación y la Eucaristía. Por eso también se nos invita a acercarnos a
estos durante este tiempo de Cuaresma.
Desde el comienzo de su predicación Jesús hizo
un llamado a la conversión: “El plazo se ha cumplido. El Reino de Dios está
cerca. Conviértanse y crean en el Evangelio” (Mc 1,15). Más tarde Pedro, a nombre de la Iglesia,
reiteró esa llamada el día de Pentecostés. Cuando los que escucharon su predicación,
conmovidos por sus palabras le preguntaron qué tenían que hacer, él les
contestó: “Conviértanse…” (Hc 2,38). Es la exhortación que la Iglesia nos sigue
haciendo hoy.
Ya han pasado los primeros siete días de esta
Cuaresma. Hagamos un ejercicio de introspección. ¿He interiorizado la llamada a
la conversión? ¿Qué he hecho para lograrla?
Está claro que Dios quiere nuestra conversión,
es más, la espera. Por eso nos da la gracia y los medios necesarios para lograrla
a través de su Iglesia. Todavía estamos a tiempo. ¡Acércate! ¡Reconcíliate!