REFLEXIÓN PARA EL MARTES DE LA VIGÉSIMO CUARTA SEMANA DEL T.O. (2) 18-09-18

La primera lectura de la liturgia para hoy (1 Cor 12,14.27-31a) está enmarcada dentro de los capítulos 12 al 14 de la primera Carta a los Corintios, que nos presentan a la Iglesia como cuerpo místico de Cristo. Pablo, preocupado por las divisiones que amenazaban la integridad de la joven comunidad de Corinto (que ya veíamos en la primera lectura de ayer), aprovecha la coyuntura para enfatizar que la unidad está en la diversidad.

Debemos recordar que, a diferencia de la Antigua Alianza que se “heredaba” por la carne, la Nueva Alianza en la persona de Cristo se transmite por la infusión del Espíritu que recibimos en nuestro Bautismo. Así todos, al ser bautizados en un mismo Espíritu, a pesar de nuestras diferencias étnicas, sociales, económicas, de género, pasamos a formar parte de un todo, del “nuevo pueblo de Dios” que es la Iglesia.

La lectura de hoy está enmarcada en los versículos precedentes: “Ciertamente, hay diversidad de dones, pero todos proceden del mismo Espíritu. Hay diversidad de ministerios, pero un solo Señor. Hay diversidad de actividades, pero es el mismo Dios el que realiza todo en todos. En cada uno, el Espíritu se manifiesta para el bien común. El Espíritu da a uno la sabiduría para hablar; a otro, la ciencia para enseñar, según el mismo Espíritu; a otro, la fe, también en el mismo Espíritu. A este se le da el don de curar, siempre en ese único Espíritu; a aquel, el don de hacer milagros; a uno, el don de profecía; a otro, el don de juzgar sobre el valor de los dones del Espíritu; a este, el don de lenguas; a aquel, el don de interpretarlas. Pero en todo esto, es el mismo y único Espíritu el que actúa, distribuyendo sus dones a cada uno en particular como él quiere” (ver. 4-11).

El Espíritu nos ha dotado a cada cual con unos talentos, unos dones, que podemos y debemos poner al servicio de nuestras comunidades. Podemos señalar, entre otros, la música o el canto, la animación, la cocina, la lectura, la enseñanza (en todas sus manifestaciones), la predicación, la contabilidad, el confortar a los enfermos, la habilidad de limpiar, ayudar en el altar, utilizar computadoras y otros medios electrónicos, orar, organizar. En fin, son tantos que resulta difícil enumerarlos. Como decimos en nuestros cursos de formación, la persona que barre y trapea el templo parroquial es tan importante para el buen funcionamiento de la comunidad, como el que predica en un retiro, o el que imparte la catequesis. “Así como el cuerpo tiene muchos miembros, y sin embargo, es uno, y estos miembros, a pesar de ser muchos, no forman sino un solo cuerpo, así también sucede con Cristo” (ver. 12).

La Oración Colecta para hoy nos dice: “Señor, Tú nos enriqueces a cada uno de nosotros con dones y  con personalidades diferentes, obra del mismo Espíritu Santo. Danos a todos y a cada uno de nosotros la mentalidad y actitudes de nuestro Señor Jesucristo, única cabeza del cuerpo, para que juntos contribuyamos, con las riquezas y diversidad de talentos recibidos, a edificar tu Iglesia, que es el único cuerpo místico de tu Hijo, Jesucristo nuestro Señor”. ¡Lindo día!

REFLEXIÓN PARA EL MIÉRCOLES DE LA DECIMONOVENA SEMANA DEL T.O. (1) 12-08-15

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La liturgia continúa presentándonos el discurso eclesial de Jesús, llamado así porque en el mismo Jesús aborda las relaciones entre sus discípulos, es decir, la conducta que deben observar sus seguidores entre sí. El pasaje que contemplamos hoy (Mt 18,15-20), trata el tema de la corrección fraterna: “Si tu hermano peca, repréndelo a solas entre los dos. Si te hace caso, has salvado a tu hermano. Si no te hace caso, llama a otro o a otros dos, para que todo el asunto quede confirmado por boca de dos o tres testigos. Si no les hace caso, díselo a la comunidad, y si no hace caso ni siquiera a la comunidad, considéralo como un gentil o un publicano”. Cabe señalar que en este pasaje es cuando por primera vez Jesús utiliza la palabra “hermano” para designar  la relación entre la comunidad de discípulos de Jesús, en el Evangelio Según san Mateo.

La conducta que Jesús propone a sus discípulos en este pasaje no es distinta de la mentalidad y costumbres judías. Se trata de los modos de corrección fraterna contemplados en la Ley. Así, por ejemplo, la reprensión en privado como primer paso está contemplada en Lv 19,17, y la reprensión en presencia de dos o tres testigos en Dt 19,15.

Lo que sí es nuevo es el poder de perdonar los pecados que Jesús confiere a sus discípulos, que va más allá de la mera corrección fraterna: “Os aseguro que todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo”. Este “atar” y “desatar” tiene que ser leído en contexto con los versículos anteriores, que va unido a la corrección fraterna y al poder de la comunidad, es decir, la Iglesia, para expulsar y recibir de vuelta a un miembro. Y ese poder lo ejerce la Iglesia a través de sus legítimos representantes. De ahí que Jesús confiriera ese poder de manera especial a Pedro (Mt 16,19).

El principio detrás de todo esto es que el pecado, la ofensa de un hermano contra otro, destruye la armonía que tiene que existir entre los miembros de la comunidad eclesial; armonía que es la que le da sentido, pues es un reflejo del amor que le da cohesión, que le da su identidad: “En esto todos reconocerán que ustedes son mis discípulos: en el amor que se tengan los unos a los otros” (Jn 13,35). El amor y el pecado son como la luz y las tinieblas, no pueden coexistir. Por eso el pecado no tiene cabida en la comunidad. El perdón mutuo devuelve el balance que se había perdido por el pecado. La clave está en el Amor.