REFLEXIÓN PARA EL SÁBADO DE LA SEGUNDA SEMANA DE PASCUA 04-05-09

“Soy yo, no teman”.

La primera lectura de hoy (Hc 6,1-7) nos narra la institución del diaconado en la Iglesia, “…escoged a siete de vosotros, hombres de buena fama, llenos de espíritu y de sabiduría, y los encargaremos de esta tarea (atender a las viudas): nosotros nos dedicaremos a la oración y al ministerio de la palabra”.

La institución del diaconado permanente ha ido evolucionando a lo largo de la historia de la Iglesia, y había caído en desuso hasta que el Concilio Vaticano II lo restableció.

Esteban, uno de los primeros diáconos nombrados por los apóstoles, hombre “lleno de gracia y de poder, hacía grandes prodigios y signos en el pueblo” y se convirtió en el primero en dar su vida por el Evangelio, el primer mártir de la Iglesia.

La lectura evangélica nos presenta la versión de Juan del episodio en que Jesús camina sobre las aguas (Jn 6,16-21). Los dos sinópticos que nos presentan el episodio (Mateo y Marcos), al igual que Juan, lo ubican inmediatamente después de la multiplicación de los panes, es decir, dentro de un contexto eucarístico. Y todas las narraciones nos presentan a los discípulos navegando en un mar embravecido con viento contrario, cuando Jesús se acerca a ellos caminando sobre las aguas del lago que se iba encrespando. Este es uno de tan solo siete “signos” (Juan llama signos a los milagros) que Juan nos narra en su relato; el poder de Jesús sobre las leyes naturales (los sinópticos narran alrededor de veintitrés milagros). 

Al verlo acercarse, los discípulos se asustaron. No por la presencia de Jesús, sino porque estaban presenciando algo que su cerebro no podía procesar. Estaban tan ocupados en navegar su embarcación en el mar enfurecido, que aquella experiencia los sobresaltó. La reacción de Jesús, y sus palabras no se hicieron esperar: “Soy yo, no teman”.

Muchas veces en nuestras vidas acudimos a la celebración eucarística dominical y al salir nos enfrentamos a la aventura de la vida, a “navegar” el mar de situaciones e incertidumbre que nos presenta la cotidianidad. Y las “cosas pequeñas” del diario vivir consumen toda nuestra atención. Nos olvidamos que hemos recibido a Jesús-Eucaristía con todo su cuerpo, sangre, alma y divinidad, y que esa presencia permanece con nosotros. Él prometió que iba a estar con nosotros “todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28,20). Pero estamos tan ocupados atendiendo nuestra barca, que no lo vemos; y si lo vemos, o no lo reconocemos, o nos sobresaltamos, como ocurrió a los discípulos aquella noche en el lago de Tiberíades.

Cuando caemos en la cuenta que se trata de Él, y decidimos “recogerlo a bordo” de nuestra vida, nos sucede lo mismo que a los discípulos: “Querían recogerlo a bordo, pero la barca tocó tierra en seguida, en el sitio a donde iban”. Nos percatamos que hemos llegado a nuestro destino y no nos habíamos dado cuenta que Él había estado caminando a nuestro lado, sobre el mar embravecido, todo el tiempo.

Señor, ayúdame a estar consciente de Tu presencia en mi vida, para abandonarme a Tu santa voluntad, con la certeza de que me has de conducir al puerto seguro de la Salvación que compraste para nosotros con tu Misterio Pascual.

REFLEXIÓN PARA EL SEGUNDO DOMINGO DE PASCUA, DOMINGO DE LA DIVINA MISERICORDIA 28-04-19

Hoy celebramos el segundo domingo de Pascua, último día de la Octava de Pascua, también conocido como domingo de la Divina Misericordia. Si analizamos las lecturas que nos propone la liturgia, entendemos por qué Jesús, en sus mensajes a Santa María Faustina, escogió esta fecha para celebrar la Fiesta de la Divina Misericordia (ver reflexión de nuestro hermano y amigo Romualdo Olazábal publicado hace unos años en su Blog).

La primera lectura (Hc 5,12-16) nos narra la actividad de los apóstoles, quienes continúan la obra de Jesús en Jerusalén (lugar donde se desarrollan los primeros siete capítulos de los Hechos de los apóstoles), en un despliegue de misericordia, curando “enfermos y poseídos”.

La lectura evangélica (Jn 20,19-31) nos presenta las primeras dos apariciones de Jesús a sus discípulos. La primera el mismo día de la Resurrección, encontrándose encerrados en la estancia superior, por temor a las autoridades judías, luego de que Pedro y Juan encontraran la tumba vacía. La segunda tiene lugar una semana después, pero esta vez los discípulos estaban fortalecidos por la presencia del Resucitado. Ahora la controversia giraba en torno a la incredulidad de Tomás.

Este pasaje, que es la conclusión del evangelio según san Juan, es sumamente denso y lleno de símbolos. Nos limitaremos a dos, comenzando con el segundo: la incredulidad de Tomás.

La pregunta obligada es: ¿Dónde estaba Tomás cuando el Señor se apareció a los discípulos por primera vez? De seguro estaba vagando, triste y desilusionado porque Jesús había muerto; había visto tronchados todos sus sueños. Se había separado del grupo. Por eso no tuvo la experiencia de Jesús resucitado; como nos pasa a nosotros cuando nos alejamos de la Iglesia. Cuando regresó se negaba a creer porque no le había visto. Pero esta vez no se alejó, se mantuvo en comunión con sus hermanos, se congregó, y entonces tuvo el encuentro con Jesús resucitado. Igual nos pasa a nosotros cuando regresamos a la Iglesia y nos congregamos para la celebración eucarística; los ojos de la fe nos permiten tener un encuentro con Jesús resucitado. Por eso en el rito de la consagración decimos, al igual que Tomás: “¡Señor mío y Dios mío!”

Jesús concluye el pasaje diciendo: “Dichosos los que crean sin haber visto”. Los discípulos tuvieron la dicha de ver a Jesús resucitado. Nosotros por fe creemos que Él se hace presente con todo su cuerpo, sangre, alma y divinidad, en las especies de pan y vino durante la celebración eucarística; presencia tan real como lo fue la aparición a los discípulos en aquél primer domingo de Resurrección. ¡Y por ello Jesús nos llama dichosos, bienaventurados!

El otro aspecto que hay que resaltar es la institución del Sacramento de la Reconciliación. Jesús conoce nuestra naturaleza pecadora y no quiso dejarnos huérfanos: “exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: ‘Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos’”. Es el “Tribunal de la Divina Misericordia”, la  manifestación más patente de la Misericordia Divina; llamado así porque es el único Tribunal en el cual uno, al declararse culpable, sale absuelto.

Durante la Cuaresma y Semana Santa la Iglesia nos hizo un llamado a reconciliarnos. Si no lo hiciste entonces, recuerda que HOY es el domingo de la Divina Misericordia. ¡Anda, declárate culpable; te garantizo que saldrás absuelto!

REFLEXIÓN PARA EL MARTES DESPUÉS DE EPIFANÍA 08-01-19

Juan continúa dominando la primera lectura de la liturgia para este tiempo. La primera lectura de hoy (1Jn 4,7-10), que parece un trabalenguas, es tal vez el mejor resumen de toda la enseñanza de Jesús: “Amémonos unos a otros, ya que el amor es de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. Quien no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor. En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene: en que Dios envió al mundo a su Hijo único, para que vivamos por medio de él. En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y nos envió a su Hijo como víctima de propiciación para nuestros pecados”.

El amor de Dios, y la identidad del Amor con Dios es el tema principal de Juan; nunca se cansa de insistir. Pero en esta lectura va más allá; entrelaza el tema del amor con el misterio de la Encarnación, unida a la vida, muerte y resurrección de su Hijo. De ese modo el amor no se nos presenta como algo espiritual, ideal, sino como algo real, palpable, histórico, con contenido y consecuencias humanas.

“Amémonos unos a otros, ya que el amor es de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios”, nos dice san Juan. Nuestro amor es producto del Amor de Dios, de haber “nacido de Dios”. Si permitimos que ese Amor haga morada en nosotros, no tenemos más remedio que amar; amar con un amor que participa de la naturaleza del Amor divino. Por eso amando al prójimo amamos a Dios y seguimos creciendo en el Amor. Es un círculo que no termina. Alguien ha dicho que el amor es el único don que mientras más lo repartes más te sobra.

Y eso es precisamente lo que vemos en la lectura evangélica de hoy (Mc 6,34-44), el pasaje de la “primera multiplicación de los panes”. Un milagro producto de la gratuidad del amor. Al caer la tarde los discípulos le sugieren a Jesús que despida la gente para que cada cual resuelva sus necesidades de alimento. La reacción de Jesús no se hace esperar: “Dadles vosotros de comer”. Ya anteriormente Marcos nos había dicho que Jesús se había compadecido de la gente porque andaban “como ovejas sin pastor”, lo que le motivó a “enseñarles con calma”. Tenían hambre; no hambre material, sino hambre espiritual. Jesús se la había saciado con su Palabra. Ya el rebaño tiene Pastor. El Pastor tiene que procurar alimento para su rebaño. Llegó el momento del alimento, de la fracción del pan. “Dadles vosotros de comer”.

Vemos en esta perícopa evangélica una prefiguración de la celebración Eucarística, en la cual nos alimentamos primero con la Palabra de Dios para luego participar del Banquete Eucarístico. Es lo que la Iglesia, sucesora de los apóstoles sigue haciendo hoy. Y todo producto del Amor de Dios, que quiso permanecer con nosotros bajo las especies eucarísticas.

Hoy, pidamos al Señor por los ministros de Su Iglesia, para que continúen pastoreando Su rebaño, y alimentándolos con el Pan de Su Palabra y el Pan de la Eucaristía.

REFLEXIÓN PARA EL SÁBADO DE LA SEGUNDA SEMANA DE PASCUA 14-04-18

La primera lectura de hoy (Hc 6,1-7) nos narra la institución del diaconado en la Iglesia, “…escoged a siete de vosotros, hombres de buena fama, llenos de espíritu y de sabiduría, y los encargaremos de esta tarea (atender a las viudas): nosotros nos dedicaremos a la oración y al ministerio de la palabra”.

La institución del diaconado permanente ha ido evolucionando a lo largo de la historia de la Iglesia, y había caído en desuso hasta que el Concilio Vaticano II lo restableció.

Esteban, uno de los primeros diáconos nombrados por los apóstoles, hombre “lleno de gracia y de poder, hacía grandes prodigios y signos en el pueblo” y se convirtió en el primero en dar su vida por el Evangelio, el primer mártir de la Iglesia.

La lectura evangélica nos presenta la versión de Juan del episodio en que Jesús camina sobre las aguas (Jn 6,16-21). Los dos sinópticos que nos presentan el episodio (Mateo y Marcos), al igual que Juan, lo ubican inmediatamente después de la multiplicación de los panes, es decir, dentro de un contexto eucarístico. Y todas las narraciones nos presentan a los discípulos navegando en un mar embravecido con viento contrario, cuando Jesús se acerca a ellos caminando sobre las aguas del lago que se iba encrespando. Este es uno de tan solo siete “signos” (Juan llama signos a los milagros) que Juan nos narra en su relato; el poder de Jesús sobre las leyes naturales (los sinópticos narran alrededor de veintitrés milagros).

Al verlo acercarse, los discípulos se asustaron. No por la presencia de Jesús, sino porque estaban presenciando algo que su cerebro no podía procesar. Estaban tan ocupados en navegar su embarcación en el mar enfurecido, que aquella experiencia los sobresaltó. La reacción de Jesús, y sus palabras no se hicieron esperar: “Soy yo, no teman”.

Muchas veces en nuestras vidas acudimos a la celebración eucarística dominical y al salir nos enfrentamos a la aventura de la vida, a “navegar” el mar de situaciones e incertidumbre que nos presenta la cotidianidad. Y las “cosas pequeñas” del diario vivir consumen toda nuestra atención. Nos olvidamos que hemos recibido a Jesús-Eucaristía con todo su cuerpo, sangre, alma y divinidad, y que esa presencia permanece con nosotros. Él prometió que iba a estar con nosotros “todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28,20). Pero estamos tan ocupados atendiendo nuestra barca, que no lo vemos; y si lo vemos, o no lo reconocemos, o nos sobresaltamos, como ocurrió a los discípulos aquella noche en el lago de Tiberíades.

Cuando caemos en la cuenta que se trata de Él, y decidimos “recogerlo a bordo” de nuestra vida, nos sucede lo mismo que a los discípulos: “Querían recogerlo a bordo, pero la barca tocó tierra en seguida, en el sitio a donde iban”. Nos percatamos que hemos llegado a nuestro destino y no nos habíamos dado cuenta que Él había estado caminando a nuestro lado, sobre el mar embravecido, todo el tiempo.

Señor, ayúdame a estar consciente de Tu presencia en mi vida, para abandonarme a Tu santa voluntad, con la certeza de que me has de conducir al puerto seguro de la Salvación que compraste para nosotros con tu Misterio Pascual.

REFLEXIÓN PARA EL SEGUNDO DOMINGO (OCTAVA) DE PASCUA, DOMINGO DE LA DIVINA MISERICORDIA (B) 08-04-18

Hoy celebramos el segundo domingo de Pascua, también conocido como domingo de la Divina Misericordia.

La primera lectura (Hc 4,32-35) nos narra cómo las primeras comunidades cristianas “daban testimonio de la resurrección del Señor con mucho valor”, y cómo por ese gesto “Dios los miraba a todos con mucho agrado”.

No olvidemos que hoy concluye la “Octava” de Pascua y, por tanto, la celebración que comenzó el domingo de Pascua de Resurrección y se prolongó hasta hoy. De ahí que la lectura evangélica (Jn 20,19-31) nos presenta las primeras dos apariciones de Jesús a sus discípulos. La primera el mismo día de la Resurrección, encontrándose encerrados en la estancia superior, por temor a las autoridades judías, luego de que Pedro y Juan encontraran la tumba vacía. La segunda tiene lugar una semana después (un día como hoy), pero esta vez los discípulos estaban fortalecidos por la presencia del Resucitado. Ahora la controversia giraba en torno a la incredulidad de Tomás.

Este pasaje, que es la conclusión del evangelio según san Juan, es sumamente denso y lleno de símbolos. Nos limitaremos a dos, comenzando con el segundo: la incredulidad de Tomás.

La pregunta obligada es: ¿Dónde estaba Tomás cuando el Señor se apareció a los discípulos por primera vez? De seguro estaba vagando, triste y desilusionado porque Jesús había muerto; había visto esfumarse en una horas todas sus expectativas, sus sueños mesiánicos. Se había separado del grupo. Por eso no tuvo la experiencia de Jesús resucitado; como nos pasa a nosotros cuando nos alejamos de la Iglesia. Cuando regresó se negaba a creer porque no lo había visto. Pero esta vez no se alejó, se mantuvo en comunión con sus hermanos, se congregó, y entonces tuvo el encuentro con Jesús resucitado. Igual nos pasa a nosotros cuando regresamos la Iglesia y nos congregamos para la celebración eucarística; los ojos de la fe nos permiten tener un encuentro con Jesús resucitado. Por eso en el rito de la consagración decimos, al igual que Tomás: “¡Señor mío y Dios mío!”

Jesús concluye el pasaje diciendo: “Dichosos los que crean sin haber visto”. Los discípulos tuvieron la dicha de ver a Jesús resucitado. Nosotros por fe creemos que Él se hace presente con todo su cuerpo, sangre, alma y divinidad, en las especies de pan y vino durante la celebración eucarística; presencia tan real como lo fue la aparición a los discípulos en aquél primer domingo de Resurrección. ¡Y por ello Jesús nos llama dichosos, bienaventurados!

El otro aspecto que hay que resaltar es la institución del Sacramento de la Reconciliación. Jesús conoce nuestra naturaleza pecadora y no quiso dejarnos huérfanos: “exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: ‘Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos’”. Es el “Tribunal de la Divina Misericordia”, la  manifestación más patente de la Misericordia Divina; llamado así porque es el único Tribunal en el cual uno, al declararse culpable, es absuelto.

Durante la Cuaresma y Semana Santa la Iglesia nos hizo un llamado a reconciliarnos. Si no lo hiciste entonces, recuerda que HOY es el domingo de la Divina Misericordia. ¡Anda, declárate culpable; te garantizo que saldrás absuelto!

REFLEXIÓN PARA LA FIESTA DE LA TRANSFIGURACIÓN, DOMINGO 06-08-17

Altar mayor de la Basílica de la Transfiguración, construida en lo alto del Monte Tabor, donde la tradición dice que ocurrió el episodio que nos narra la liturgia de hoy, y donde tuve el privilegio de servir como ayudante del altar.

Hoy celebramos la fiesta de la Transfiguración del Señor, otro de esos eventos importantes que aparecen en los tres evangelios sinópticos. La liturgia de hoy nos presenta la versión de Mateo (17,1-9).

Nos dice la lectura que Jesús tomó consigo a los discípulos que eran sus amigos inseparables: Pedro, Santiago y su hermano Juan, y los llevó a un monte apartado, que la tradición nos dice fue el Monte Tabor. Allí “se transfiguró delante de ellos”, es decir, les permitió ver, por unos instantes, la gloria de su divinidad, apareciendo también junto a Él Moisés y Elías, “conversando con Él”.

Como hemos dicho en ocasiones anteriores, esta narración está tan preñada de simbolismos, que resulta imposible reseñarlos en estos breves párrafos. No obstante, tratemos de resumir lo que la transfiguración representó para aquellos discípulos.

Los discípulos ya han comprendido que Jesús es el Mesías; por eso lo han dejado todo para seguirlo, sin importar las consecuencias de ese seguimiento. Pero todavía no han logrado percibir en toda su magnitud la gloria de ese Camino que es Jesús. Así que Él decide brindarles una prueba de su gloria para afianzar su fe. Podríamos comparar esta experiencia con esos momentos que vivimos, por fugaces que sean, en que vemos manifestada sin lugar a dudas la gloria y el poder de Dios; esos momentos que afianzan nuestra fe y nos permiten seguir adelante tras los pasos del Maestro.

Pedro quedó tan impactado por esa experiencia, que cuando escribió su segunda carta (primera lectura de hoy, 2 Pe 1-16-19), lo reseñó con emoción, recalcando que fue “testigo ocular” de la grandeza de Jesús, añadiendo que escuchó la voz del Padre que les dijo: “Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadlo”.

El simbolismo de la presencia de Moisés y Elías en este pasaje es fuerte, pues Moisés representa la Ley, y Elías a los profetas (la Ley y los Profetas son otra forma de referirse al Antiguo Testamento). Y el hecho de que aparezcan flanqueando a Jesús, quien representa el Evangelio, nos apunta a la Nueva Alianza en la persona de Jesucristo (los términos “Testamento” y “Alianza” son sinónimos), la plenitud de la Revelación.

Pero hay algo que siempre me ha llamado la atención sobre el relato evangélico de la Transfiguración. ¿Cómo sabían los apóstoles que los que estaban junto a Jesús eran Moisés y Elías, si ellos no los conocieron y en aquella época no había fotos? Podríamos adelantar, sin agotarlas, varias explicaciones, todas en el plano de la especulación.

Una posibilidad es que al quedar arropados de la gloria de Dios se les abrió el entendimiento y reconocieron a los personajes. Otra posible explicación que es que por la conversación entre ellos lograron identificarlos.

Hoy nosotros tenemos una ventaja que aquellos discípulos no tuvieron; el testimonio de su Pascua gloriosa, y la “transfiguración” que tenemos el privilegio de presenciar en cada celebración eucarística. Pidamos al Señor que cada vez que participemos de la Eucaristía, los ojos de la fe nos permitan contemplar la gloria de Jesús y escuchar en nuestras almas aquella voz del Padre que nos dice: “Este es mi Hijo amado, escuchadlo”.

REFLEXIÓN PARA EL SÁBADO DE LA SEGUNDA SEMANA DE PASCUA 29-04-17

La primera lectura de hoy (Hc 6,1-7) nos narra la institución del diaconado en la Iglesia, “…escoged a siete de vosotros, hombres de buena fama, llenos de espíritu y de sabiduría, y los encargaremos de esta tarea (atender a las viudas): nosotros nos dedicaremos a la oración y al ministerio de la palabra”.

La institución del diaconado permanente ha ido evolucionando a lo largo de la historia de la Iglesia, y había caído en desuso hasta que el Concilio Vaticano II lo restableció.

Esteban, uno de los primeros diáconos nombrados por los apóstoles, hombre “lleno de gracia y de poder, hacía grandes prodigios y signos en el pueblo” y se convirtió en el primero en dar su vida por el Evangelio, el primer mártir de la Iglesia.

La lectura evangélica nos presenta la versión de Juan del episodio en que Jesús camina sobre las aguas (Jn 6,16-21). Los dos sinópticos que nos presentan el episodio (Mateo y Marcos), al igual que Juan, lo ubican inmediatamente después de la multiplicación de los panes, es decir, dentro de un contexto eucarístico. Y todas las narraciones nos presentan a los discípulos navegando en un mar embravecido con viento contrario, cuando Jesús se acerca a ellos caminando sobre las aguas del lago que se iba encrespando. Este es uno de tan solo siete “signos” (Juan llama signos a los milagros) que Juan nos narra en su relato; el poder de Jesús sobre las leyes naturales (los sinópticos narran alrededor de veintitrés milagros).

Al verlo acercarse, los discípulos se asustaron. No por la presencia de Jesús, sino porque estaban presenciando algo que su cerebro no podía procesar. Estaban tan ocupados en navegar su embarcación en el mar enfurecido, que aquella experiencia los sobresaltó. La reacción de Jesús, y sus palabras no se hicieron esperar: “Soy yo, no teman”.

Muchas veces en nuestras vidas acudimos a la celebración eucarística dominical y al salir nos enfrentamos a la aventura de la vida, a “navegar” el mar de situaciones e incertidumbre que nos presenta la cotidianidad. Y las “cosas pequeñas” del diario vivir consumen toda nuestra atención. Nos olvidamos que hemos recibido a Jesús-Eucaristía con todo su cuerpo, sangre, alma y divinidad, y que esa presencia permanece con nosotros. Él prometió que iba a estar con nosotros “todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28,20). Pero estamos tan ocupados atendiendo nuestra barca, que no lo vemos; y si lo vemos, o no lo reconocemos, o nos sobresaltamos, como ocurrió a los discípulos aquella noche en el lago de Tiberíades.

Cuando caemos en la cuenta que se trata de Él, y decidimos “recogerlo a bordo” de nuestra vida, nos sucede lo mismo que a los discípulos: “Querían recogerlo a bordo, pero la barca tocó tierra en seguida, en el sitio a donde iban”. Nos percatamos que hemos llegado a nuestro destino y no nos habíamos dado cuenta que Él había estado caminando a nuestro lado, sobre el mar embravecido, todo el tiempo.

Señor, ayúdame a estar consciente de Tu presencia en mi vida, para abandonarme a Tu santa voluntad, con la certeza de que me has de conducir al puerto seguro de la Salvación que compraste para nosotros con tu Misterio Pascual.

REFLEXIÓN PARA EL SÁBADO DE LA DOUDÉCIMA SEMANA DEL T.O. (2) 25-06-16

la fe del centurion

La lectura evangélica que nos ofrece la liturgia de hoy (Mt 8,5-17) nos narra el episodio del centurión que le pide a Jesús que cure a su criado que está muy enfermo.

Tres cosas queremos resaltar de este pasaje:

En primer lugar, el hecho de que este es el segundo milagro de Jesús que nos narra Mateo. El primero había sido para un miembro del pueblo de Dios; la curación de un leproso (8,2-4). Ahora, el segundo, inmediatamente después, es para un pagano. Y no solo un pagano, sino un representante del ejército de ocupación. Esto nos apunta hacia la universalidad del Reino, al hecho de que la salvación no está reservada al “pueblo elegido” sino que la ley del amor que Jesús vino a predicar aplica toda la humanidad, judíos y gentiles, “buenos” y “malos”.

En segundo lugar, vemos la humildad del centurión ante la persona de Jesús (“Señor, no soy quién para que entres bajo mi techo”). El centurión está genuinamente preocupado por la salud de su criado. Seguramente ha oído hablar de Jesús y, a pesar de su rango y posición, no tiene reparos en humillarse ante Él para interceder por su criado. No pide por él, sino por su amigo. Tampoco le dice lo que tiene que hacer; se limita a plantearle la situación: “Señor, tengo en casa un criado que está en cama paralítico y sufre mucho”. Esta lectura nos hace preguntarnos: Mi oración, ¿se centra solo en mi persona y mis necesidades, o pido también por otros? ¿Confío en la providencia divina, o pretendo darle “instrucciones” a Dios sobre cómo atender mi súplica?

Finalmente, ese pagano nos ofrece una lección de fe: “Basta que lo digas de palabra, y mi criado quedará sano”. Jesús se admiró ante esa demostración de fe y la premia: “Os aseguro que en Israel no he encontrado en nadie tanta fe. Vuelve a casa, que se cumpla lo que has creído”.

Cada vez que participamos de la celebración eucarística, en el rito de comunión, decimos: “Señor, no soy digno de que ente en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme”. Hoy debemos decir “¡Señor, dame la fe del centurión!”