REFLEXIÓN PARA EL MARTES DE LA DECIMOSÉPTIMA SEMANA DEL T.O. (1) 30-07-19

El evangelio de hoy (Mt 13,36-43) es la explicación que el mismo Jesús brinda a sus discípulos (y a nosotros) de la parábola de la cizaña que ya habíamos comentado anteriormente.

Como primera lectura, la liturgia continúa presentándonos la narración del caminar del pueblo de Israel por el desierto de vuelta a la tierra prometida, luego de haber sido liberado de la esclavitud en Egipto. Ya el pueblo había demostrado su infidelidad haciéndose construir un becerro de oro cuando Moisés tardaba en bajar de la montaña, para adorarlo y para que continuara guiándolos a través del desierto (Ex 32,1-6). Ello había provocado que Moisés, en un arrebato de ira, rompiera las tablas de la Ley, que “eran obra de Dios, y la escritura era de Dios”.

En la primera lectura de ayer veíamos a Moisés intercediendo por su pueblo ante Dios, y cómo Dios accedió a permitirles continuar la marcha hacia la libertad (Dios nunca se retracta de sus promesas). Así, al final de pasaje de hoy, Dios le manda tallar unas nuevas tablas, para reiterar la Alianza.

Después de estos episodios, en la lectura que meditamos hoy (Ex 33,7-11;34,5b-9.28) encontramos a Moisés moviendo la “tienda del encuentro” fuera del campamento. Esa tienda era el lugar de encuentro con Dios, el lugar donde uno iba cuando quería hablar con Dios. Un lugar apartado, lejos del bullicio del campamento, propicio para la oración, para la contemplación (Cfr. Mt 6,6).

Nos dice la lectura que “[c]uando Moisés salía en dirección a la tienda, todo el pueblo se levantaba y esperaba a la entrada de sus tiendas, mirando a Moisés hasta que éste entraba en la tienda; en cuanto él entraba, la columna de nube bajaba y se quedaba a la entrada de la tienda, mientras él hablaba con el Señor, y el Señor hablaba con Moisés”. Allí, “el Señor hablaba con Moisés cara a cara, como habla un hombre con un amigo”.

Vemos muchas instancias, sobre todo en el Antiguo Testamento, en que Dios “habla” con las personas. Y muchos se preguntan, ¿cómo es que Dios ya no habla con nosotros? ¿Quién dijo que no nos habla? Dios nos sigue hablando de muchas maneras. ¡Lo que ocurre es que no le prestamos atención! O más bien, no sabemos “sintonizar” nuestro espíritu a la misma “frecuencia” de Dios. Nuestra comunicación con Él se convierte en un monólogo. Le expresamos nuestras necesidades, nuestros deseos, nuestras angustias, nuestros pesares. Le pedimos y le pedimos y no nos contesta… ¡Falso!

Lo que ocurre es que se nos olvida que la oración es un diálogo, y no hacemos el silencio que nos permita escuchar su voz. Esos momentos de meditación, de contemplación, apartados de todo y de todos, como Moisés en la tienda del encuentro, son los que nos permiten entrar en sintonía para “escuchar” la voz de Dios. Y si prestamos atención, escucharemos su voz en su Palabra, en la palabra del hermano, en los “signos de los tiempos”, y, ¿por qué no?, en esa “voz interior” que escuchamos cuando nos acercamos a Él con humildad y apertura de espíritu, dejándonos arropar de Su infinito amor y misericordia. Entonces podremos, al igual que Moisés, hablar con Dios “cara a cara, como habla un hombre con un amigo”. Créeme, todos podemos hacerlo…

REFLEXIÓN PARA EL SÁBADO DE LA QUINTA SEMANA DE CUARESMA 13-04-19

La lectura evangélica de hoy (Jn 11,45-47), nos presenta al Sanedrín tomando la decisión firme de dar muerte a Jesús: “Y aquel día decidieron darle muerte”. Esta decisión estuvo precedida por la manifestación profética del Sumo Sacerdote Caifás (“Vosotros no entendéis ni palabra; no comprendéis que os conviene que uno muera por el pueblo, y que no perezca la nación entera”), que prepara el escenario para el misterio de la Pasión que reviviremos durante la Semana Santa que comienza mañana, domingo de Ramos.

La primera lectura, tomada del profeta Ezequiel (37,21-28), nos muestra a Dios que ve a su pueblo sufriendo el exilio y le asegura que no quiere que su pueblo perezca. El pueblo ha visto la nación desmembrarse en dos reinos: el del Norte (Israel) y el del Sur (Judá), y luego ambos destruidos a manos de sus enemigos en los años 722 a.C. y 586 a.C., respectivamente, y los judíos exiliados o desparramados por todas partes. “Yo voy a recoger a los israelitas por las naciones adonde marcharon, voy a congregarlos de todas partes y los voy a repatriar. Los haré un solo pueblo en su país, en los montes de Israel, y un solo rey reinará sobre todos ellos. No volverán a ser dos naciones ni a desmembrarse en dos monarquías”.

Reiterando la promesa hecha al rey David (2 Sm 7,16), Yahvé le dice al pueblo a través del profeta: “Mi siervo David será su rey, el único pastor de todos ellos”. Para ese tiempo David había muerto hacía casi 400 años. Así que se refiere a aquél que ha de ocupar el trono de David, Jesús de Nazaret (Cfr. Lc 1,32b).

Mañana conmemoramos su entrada mesiánica en Jerusalén al son de los vítores de esa multitud anónima que lo seguía a todas partes (“¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Hosanna en las alturas!” – Mt 21,9), para dar comienzo al drama de su pasión y muerte.

Las palabras de Caifás en la lectura de hoy (“os conviene que uno muera por el pueblo, y que no perezca la nación entera”) lo convierten, sin proponérselo, en instrumento eficaz del plan de salvación establecido por el Padre desde el momento de la caída. El mismo Juan nos apunta al carácter profético de esas palabras: “Esto no lo dijo por propio impulso, sino que, por ser sumo sacerdote aquel año, habló proféticamente, anunciando que Jesús iba a morir por la nación; y no sólo por la nación, sino también para reunir a los hijos de Dios dispersos”.

Ese era el plan que el Padre se había trazado desde el principio: reunir a los hijos de Dios dispersos, a toda la humanidad, alrededor del sacrificio salvador de Su Hijo, quien habría de morir por todos.

¡Cuánto le falta a la humanidad para poder alcanzar esa meta de estar “reunidos en la unidad”! Durante esta Semana Santa, en medio del mundo convulsionado que estamos viviendo, les invito a orar por la unidad de todas las naciones y razas, para que se haga realidad esa unidad a la que nos llama Jesús: Ut unum sint! (Jn 17,21).

Que la Semana Santa que está a punto de comenzar sea un tiempo de penitencia y contemplación de la pasión salvadora de Cristo, y no un tiempo de vacaciones y playa.

REFLEXIÓN PARA EL SÁBADO DE LA QUINTA SEMANA DE CUARESMA 24-03-18

La lectura evangélica de hoy (Jn 11,45-47), nos presenta al Sanedrín tomando la decisión firme de dar muerte a Jesús: “Y aquel día decidieron darle muerte”. Esta decisión estuvo precedida por la manifestación profética del Sumo Sacerdote Caifás (“Vosotros no entendéis ni palabra; no comprendéis que os conviene que uno muera por el pueblo, y que no perezca la nación entera”), que prepara el escenario para el misterio de la Pasión que reviviremos durante la Semana Santa que comienza mañana, domingo de Ramos.

La primera lectura, tomada del profeta Ezequiel (37,21-28), nos muestra a Dios que ve a su pueblo sufriendo el exilio en Babilonia y le asegura que no quiere que su pueblo perezca. El pueblo ha visto la nación desmembrarse en dos reinos: el del Norte (Israel) y el del Sur (Judá), y luego ambos destruidos a manos de sus enemigos en los años 722 a.C. y 586 a.C., respectivamente, y los judíos exiliados o desparramados por todas partes. “Yo voy a recoger a los israelitas por las naciones adonde marcharon, voy a congregarlos de todas partes y los voy a repatriar. Los haré un solo pueblo en su país, en los montes de Israel, y un solo rey reinará sobre todos ellos. No volverán a ser dos naciones ni a desmembrarse en dos monarquías”.

Reiterando la promesa hecha al rey David (2 Sm 7,16), Yahvé le dice al pueblo a través del profeta: “Mi siervo David será su rey, el único pastor de todos ellos”. Para ese tiempo David había muerto hacía casi 400 años. Así que se refiere a aquél que ha de ocupar el trono de David, Jesús de Nazaret (Cfr. Lc 1,32b).

Mañana conmemoramos su entrada mesiánica en Jerusalén al son de los vítores de esa multitud anónima que lo seguía a todas partes (“¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Hosanna en las alturas!” – Mt 21,9), para dar comienzo al drama de su pasión y muerte.

Las palabras de Caifás en la lectura de hoy (“os conviene que uno muera por el pueblo, y que no perezca la nación entera”) lo convierten, sin proponérselo, en instrumento eficaz del plan de salvación establecido por el Padre desde el momento de la caída. El mismo Juan nos apunta al carácter profético de esas palabras: “Esto no lo dijo por propio impulso, sino que, por ser sumo sacerdote aquel año, habló proféticamente, anunciando que Jesús iba a morir por la nación; y no sólo por la nación, sino también para reunir a los hijos de Dios dispersos”.

Ese era el plan que el Padre se había trazado desde el principio: reunir a los hijos de Dios dispersos, a toda la humanidad, alrededor del sacrificio salvador de Su Hijo, quien habría de morir por todos.

¡Cuánto le falta a la humanidad para poder alcanzar esa meta de estar “reunidos en la unidad”! Durante esta Semana Santa, en medio del mundo convulsionado que estamos viviendo, les invito a orar por la unidad de todas las naciones y razas, para que se haga realidad esa unidad a la que nos llama Jesús: Ut unum sint! (Jn 17,21).

Que la Semana Santa que está a punto de comenzar sea un tiempo de penitencia y contemplación de la pasión salvadora de Cristo, y no un tiempo de vacaciones y playa.

INTERRUPCIÓN TEMPORAL DE REFLEXIONES

Rosario de madera

Queridos hermanos en Jesús y María:

A partir del viernes 15 de julio, hasta el 5 de agosto de 2015, estaré haciendo un breve paréntesis en nuestras acostumbradas REFLEXIONES DIARIAS.

Aprovecharé ese tiempo para descansar, orar, contemplar, y convalecer de mi reciente percance de salud. Los tendré presentes en mis oraciones y les ruego hagan lo propio por este servidor.

Que nuestro Señor Jesucristo y nuestra Madre María nos protejan.

¡Bendiciones para todos!

Héctor, OP