La liturgia de hoy nos presenta como primera lectura un pasaje del libro más corto de la Biblia (2 Jn 4-9), tan corto que ni tan siquiera está dividido en capítulos y tiene apenas trece versículos. La carta está dirigida a una comunidad desconocida, a quien el apóstol se refiere como “Señora elegida”.
Dos temas se tratan en la carta: el mandamiento y primacía del amor, y la importancia de la creencia en la encarnación de Cristo.
Sobre el primero Juan le expresa a la comunidad que no les dice nada nuevo, que meramente desea reiterar “el mandamiento que tenemos desde el principio, amarnos unos a otros”, y que debe regir nuestra conducta como cristianos. A renglón seguido añade que “amar significa seguir los mandamientos de Dios”. Una fórmula tan sencilla como compleja por sus profundas implicaciones.
El mismo Juan dirá más adelante al escribir su relato evangélico que Jesús resumió todos los mandamientos en uno: “Les doy un mandamiento nuevo: ámense los unos a los otros. Así como yo los he amado, ámense también ustedes los unos a los otros. En esto todos reconocerán que ustedes son mis discípulos: en el amor que se tengan los unos a los otros” (Jn 13,34-35). En otras palabras, el que ama cumple todos los mandamientos, pues todos los mandamientos tienen como denominador común el amor; amor a Dios y amor al prójimo.
El segundo tema que plantea Juan en su carta se refiere a los herejes que negaban la encarnación del Verbo (herejía que aún persiste en nuestro tiempo): “Es que han salido en el mundo muchos embusteros, que no reconocen que Jesucristo vino en la carne. El que diga eso es el embustero y el anticristo”. Juan fue el primero en utilizar la palabra “anticristo” para referirse a aquellos que se oponen o pretenden sustituir a Cristo (Cfr. 1 Jn 2,18; 4,3).
El apóstol enfatiza a los destinatarios de esta carta que todo el que se “propasa” y no permanece en la doctrina de Cristo no posee a Dios. Esta aseveración es consistente con las palabras que el mismo Juan pone en boca de Jesús en su Evangelio: “Nadie va al Padre, sino por mí. Si ustedes me conocen, conocerán también a mi Padre. Ya desde ahora lo conocen y lo han visto. El que me ha visto, ha visto al Padre” (Jn 14,6b-7.9b). Está claro que si Cristo no se hubiera encarnado no habríamos tenido la plena revelación de Dios, que se concretiza cuando “llegada la plenitud de los tiempos, Dios envió a su Hijo, nacido de una mujer y sujeto a la Ley” (Gal 4,4). En otras palabras, solo encontramos a Dios en la “encarnación de Dios”, en Jesucristo.
Gracias Padre, porque te dignaste encarnar a tu Hijo para que conociéndolo a Él llegáramos al conocimiento de tu persona, y de tu infinito amor que has derramado sobre nosotros por el Espíritu Santo que nos has dado (Rm, 5,5).
La lectura evangélica que nos ofrece la liturgia para hoy (Lc 8,19-21) es otra de esas que, a pesar de ser corta, puede parecer desconcertante para muchos: “En aquel tiempo, vinieron a ver a Jesús su madre y sus hermanos, pero con el gentío no lograban llegar hasta él. Entonces le avisaron: ‘Tu madre y tus hermanos están fuera y quieren verte’. Él les contestó: ‘Mi madre y mis hermanos son éstos: los que escuchan la palabra de Dios y la ponen por obra’”.
Lo cierto es que el mensaje central del pasaje lo encontramos en la última oración: “Mi madre y mis hermanos son éstos: los que escuchan la palabra de Dios y la ponen por obra”. Tal parece que estuviese poniendo a los que señala por encima de su propia Madre. No se trata de que Jesús esté menospreciando a su Madre; por el contrario la está ensalzando diciendo que es más Madre suya por “escuchar la palabra de Dios y ponerla por obra” (la definición de la fe), que por haberlo parido.
San Agustín nos dice que María, dando su consentimiento a la Encarnación del Verbo, por medio de su fe abrió a los hombres el paraíso… Por esta fe, dijo Isabel a la Virgen: “Bienaventurada Tú porque has creído, pues se cumplirán todas las cosas que te ha dicho el Señor” (Lc 1,45). Y añade san Agustín: “Más bienaventurada es María recibiendo por la fe a Cristo, que concibiendo la carne de Cristo”. De ese modo María, la que guardaba cada palabra de Dios y la guardaba en su corazón (Cfr. Lc 2,19), se nos presenta como modelo a seguir.
Jesús ha venido a inaugurar un nuevo tiempo, un nuevo “pueblo de Dios” que sustituiría el concepto de “pueblo elegido” del Antiguo Testamento. La Antigua Alianza, que se heredaba por la sangre, por la carne, daría paso a la nueva y definitiva Alianza en la persona de Cristo. El nuevo pueblo de Dios ya no se formaría por la herencia carnal, sino por la herencia del Espíritu de Dios. Es decir, Jesús sustituye el concepto de “pueblo elegido” por el de Iglesia como nuevo “pueblo de Dios”, el “nuevo Israel”, fundado en la efusión de la sangre de la Nueva Alianza (Cfr. Mt 26,28).
Y el vínculo que nos va a unir al Padre, como hijos, y a Jesús, como hermanos, es la escucha atenta de su Palabra y la puesta en práctica de la misma. Lucas coloca este pasaje inmediatamente después de las parábolas del “sembrador” y de la “lámpara”, ambas relacionadas también con la Palabra, con toda intención. El mensaje salta a la vista: El que escucha la Palabra de Dios y la pone por obra, es como la semilla que cae en tierra buena, que produce “ciento por uno”, como la lámpara que ilumina “a los que entran”, y finalmente, se convierte en “familia” de Dios. ¡Qué promesa! ¿Te animas?
Señor, dame oídos para escuchar tu Palabra, y perseverancia para ponerla por obra, de tal modo que “se me note” que soy de tu Familia.
Hoy celebramos la Solemnidad de la Anunciación
del Señor, ese hecho salvífico que puso en marcha la cadena de eventos que
culminó en el Misterio Pascual de Jesús, selló la Nueva y definitiva Alianza, y
abrió el camino para nuestra salvación. La Iglesia celebra esta Solemnidad el
25 de marzo, nueve meses antes del nacimiento de Jesús.
La primera lectura que nos presenta la
liturgia para esta celebración está tomada del profeta Isaías (7,10-14; 8,10),
que termina diciendo: “Pues el Señor, por su cuenta, os dará una señal: Mirad:
la virgen está encinta y da a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel, que
significa ‘Dios-con-nosotros’”.
El Evangelio, tomado del relato de Lucas, nos
brinda la narración tan hermosa del evangelista sobre el anuncio de la
Encarnación de Jesús (1,26-38), uno de los pasajes más citados y comentados de
las Sagradas Escrituras. No creo que haya un cristiano que no conozca ese
pasaje.
Centraremos nuestra atención en el último
versículo del mismo: “María contestó: ‘Aquí está la esclava del Señor: hágase
en mí según tu palabra’. Y la dejó el ángel”.
“Hágase”… No podemos encontrar otra palabra
que exprese con mayor profundidad la fe de María. Es un abandonarse a la
voluntad de Dios con la certeza que Él tiene para nosotros un plan que tal vez
no comprendemos, pero que sabemos que tiene como finalidad nuestra salvación,
pues esa es la voluntad de Dios. En la Anunciación, María, con su “hágase”, hizo
posible el misterio de la Encarnación y dio paso a la plenitud de los tiempos y
a nuestra redención. Así nos proporcionó el modelo a seguir para nuestra
salvación.
Por eso podemos decir que “hágase” no es una
palabra pasiva; por el contrario, es una palabra activa; es inclusive una
palabra con fuerza creadora, la máxima expresión de la voluntad de Dios
reflejada a lo largo de toda la historia de la salvación. Desde el Génesis,
cuando dentro del caos inicial Yahvé dijo: “Hágase la luz” (Gn 1,2),
hasta Getsemaní, cuando Jesús utilizó también la fuerza del “hágase” para
culminar su sacrificio salvador: “Padre, si es posible aparta de mí esta copa; pero
hágase tu voluntad y no la mía” (Lc 22,42).
El consentimiento de María a la propuesta del
ángel, significado en su “hágase”, hizo posible que en ese momento se realizara
sobre la tierra todo ese misterio de amor y misericordia predicho desde la
caída del hombre (Gn 3,15), anunciado por los profetas, deseado por el pueblo
de Israel, y anticipado por muchos (Mt 2,1-11).
Proyectando nuestra mirada hacia el Misterio
Pascual, estoy seguro que la fuerza del “hágase” hizo posible que María se
mantuviera erguida, con la cabeza en alto, al pie de la cruz en los momentos
más difíciles. Asimismo, ese hágase de María al pie de la cruz, unido al de su
Hijo, transformó las tinieblas del Gólgota en el glorioso amanecer de la
Resurrección. Esa era la voluntad de Dios, y María lo comprendió, actuó de
conformidad, y ocurrió.
Hoy se nos presenta por tercera vez desde la
misa de Navidad el prólogo del Evangelio según san Juan (Jn 1,1-18). Como
adelantáramos en nuestra reflexión para el séptimo día de la octava de Navidad,
la Iglesia, a través del testimonio de Juan, quiere enfatizar que la plena
revelación de Dios que se logra mediante la Encarnación es real (“hemos
contemplado su gloria”). Jesús no es un fantasma, un sueño, una fantasía, una
ilusión; es real, tangible. Dios siempre ha estado presente entre su pueblo,
pero a partir de la Encarnación esa presencia se tornó real y viva, para no
abandonarnos jamás (Mt 28,20).
Esa Encarnación, a su vez, nos hizo partícipes
de la filiación divina que recibimos a través del sacramento del Bautismo, que
nos convierte en hijos de Dios, hermanos de Jesucristo, y coherederos de la
Gloria. Como nos dice san Pablo en la segunda lectura de hoy (Ef 1,3-6.15-18):
“Él nos ha destinado en la persona de Cristo, por pura iniciativa suya, a ser sus
hijos, para que la gloria de su gracia, que tan generosamente nos ha concedido
en su querido Hijo, redunde en alabanza suya”. Ese es el mensaje subyacente en
las lecturas que nos propone la liturgia para hoy. La Encarnación de Jesús hizo
posible que podamos llamarnos hijos e hijas de Dios.
Contrario a aquél Dios que se nos presentaba
en el Antiguo Testamento, distante, terrible, cuyo nombre no se podía
pronunciar, Juan nos presenta un Dios cercano, que se hizo uno con nosotros,
que “acampó” entre nosotros, para que nosotros pudiéramos hacernos uno con Él.
Sí, ese mismo Dios que nació en Belén, Jesús de Nazaret, Dios humanado,
Dios-con-nosotros, el Niño frágil cuyo nacimiento conmemorábamos hace unos
días.
Con la insistencia en esta lectura, la
liturgia quiere recordarnos que ese es el misterio de la Navidad. Y ese
misterio nos llena nuevamente de alegría. Alegría que no tiene fin pues, como
hemos dicho en ocasiones anteriores, Dios está constantemente naciendo entre
nosotros, viniendo a nosotros, llamando a nuestra puerta. Se nos presenta en
forma sacramental en la Eucaristía, en el rostro de nuestros hermanos, en su
Palabra, en los signos de los tiempos. Pero depende de nosotros reconocerlo y recibirlo
en nuestros corazones; no vaya a ser que nos ocurra como a los del tiempo de
Juan: “En el mundo estaba; el mundo se hizo por medio de él, y el mundo no lo
conoció. Vino a su casa, y los suyos no lo recibieron. Pero a cuantos lo
recibieron, les dio poder de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre”.
Las lecturas de hoy nos invitan a preguntarnos: ¿Mi Navidad, fue una de trullas, fiestas y regalos, o fue una en la que Jesús hizo morada en mi corazón? ¿Lo reconocí? ¿Lo recibí? Todavía estamos a tiempo (Él nunca de cansa de esperarnos) para reconocerlo, postrarnos ante Él, y recibirlo en nuestros corazones como hicieron los pastores y los magos de oriente. Juan nos invita, recordándonos que “a cuantos le recibieron, les da poder para ser hijos de Dios, si creen en su nombre”. Así podremos contemplar su gloria; “gloria propia del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad”.
Hoy se nos presenta por tercera vez desde la
misa de Navidad el prólogo del Evangelio según san Juan (Jn 1,1-18). Como
adelantáramos en nuestra reflexión para el séptimo día de la octava de Navidad,
la Iglesia, a través del testimonio de Juan, quiere enfatizar que la plena
revelación de Dios que se logra mediante la Encarnación es real (“hemos
contemplado su gloria”). Jesús no es un fantasma, un sueño, una fantasía, una
ilusión; es real, tangible. Dios siempre ha estado presente entre su pueblo,
pero a partir de la Encarnación esa presencia se tornó real y viva, para no
abandonarnos jamás (Mt 28,20).
Esa Encarnación, a su vez, nos hizo partícipes
de la filiación divina que recibimos a través del sacramento del Bautismo, que
nos convierte en hijos de Dios, hermanos de Jesucristo, y coherederos de la
Gloria. Como nos dice san Pablo en la segunda lectura de hoy (Ef 1,3-6.15-18):
“Él nos ha destinado en la persona de Cristo, por pura iniciativa suya, a ser sus
hijos, para que la gloria de su gracia, que tan generosamente nos ha concedido
en su querido Hijo, redunde en alabanza suya”. Ese es el mensaje subyacente en
las lecturas que nos propone la liturgia para hoy. La Encarnación de Jesús hizo
posible que podamos llamarnos hijos e hijas de Dios.
Contrario a aquél Dios que se nos presentaba
en el Antiguo Testamento, distante, terrible, cuyo nombre no se podía
pronunciar, Juan nos presenta un Dios cercano, que se hizo uno con nosotros,
que “acampó” entre nosotros, para que nosotros pudiéramos hacernos uno con Él.
Sí, ese mismo Dios que nació en Belén, Jesús de Nazaret, Dios humanado,
Dios-con-nosotros, el Niño frágil cuyo nacimiento conmemorábamos hace unos
días.
Con la insistencia en esta lectura, la
liturgia quiere recordarnos que ese es el misterio de la Navidad. Y ese
misterio nos llena nuevamente de alegría. Alegría que no tiene fin pues, como
hemos dicho en ocasiones anteriores, Dios está constantemente naciendo entre
nosotros, viniendo a nosotros, llamando a nuestra puerta. Se nos presenta en
forma sacramental en la Eucaristía, en el rostro de nuestros hermanos, en su
Palabra, en los signos de los tiempos. Pero depende de nosotros reconocerlo y recibirlo
en nuestros corazones; no vaya a ser que nos ocurra como a los del tiempo de
Juan: “En el mundo estaba; el mundo se hizo por medio de él, y el mundo no lo
conoció. Vino a su casa, y los suyos no lo recibieron. Pero a cuantos lo
recibieron, les dio poder de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre”.
Las lecturas de hoy nos invitan a
preguntarnos: ¿Mi Navidad, fue una de trullas, fiestas y regalos, o fue una en
la que Jesús hizo morada en mi corazón? ¿Lo reconocí? ¿Lo recibí? Todavía
estamos a tiempo (Él nunca de cansa
de esperarnos) para reconocerlo, postrarnos ante Él, y recibirlo en nuestros
corazones como hicieron los pastores y los magos de oriente. Juan nos invita,
recordándonos que “a cuantos le recibieron, les da poder para ser hijos de
Dios, si creen en su nombre”. Así podremos contemplar su gloria; “gloria propia
del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad”.
La Provincia Eclesiástica de Puerto Rico celebra hoy la memoria obligatoria de la Expectación del parto de la Bienaventurada Virgen María. Queremos aprovechar la oportunidad para hablar un poco sobre esta hermosa devoción y sus orígenes.
Esta fiesta fue instituida por los padres del X Concilio de Toledo en el siglo XVII (año 656), quienes la fijaron para ocho días antes de la Navidad, o sea, el 18 de diciembre (en Puerto Rico se celebra el 16 de diciembre). La razón que se dio para fijar esta festividad litúrgica fue que, como la Fiesta de la Anunciación cae dentro del tiempo penitencial de Cuaresma, lo que impide celebrarla con toda la solemnidad y el regocijo que merece, se imponía esta segunda fiesta para dar realce al misterio de la Encarnación del Verbo. ¿Y qué mejor tiempo para esa celebración que el Adviento, que está lleno del regocijo de la espera gozosa del nacimiento del Salvador? El tiempo de Adviento es definitivamente, auténtico mes de María, pues gracias a Ella, y a su Sí, que dio paso a la plenitud de los tiempos, podemos recibir a Cristo.
Esta festividad se conoce también como la de Nuestra Señora de la O, y Nuestra Señora de la Esperanza. Así, hoy es el santo de aquellas mujeres que se llaman María de la O, y Esperanza.
El primer nombre se deriva del hecho de que la fiesta comenzaba con las primeras vísperas, el día anterior, en las que se canta la primera de las antífonas mayores llamadas “O”, por comenzar todas ellas con esta exclamación. Con el tiempo, la religiosidad popular relacionó la “O” con el avanzado estado de embarazo de la Virgen para esta fecha, cuyo vientre se mostraba redondo como esa vocal.
La advocación de Nuestra Señora de la Esperanza es obvia, esta celebración es una de esperanza, porque la Virgen lleva en su vientre el Mesías que había sido esperado por los Patriarcas, los profetas y todo el Pueblo de Israel desde el momento de la caída (Gn 3,15).
Esta festividad debe estimularnos a ejercitar la virtud teologal de la esperanza, poniendo toda nuestra confianza en Jesús y María, para que no flaquee nuestra aspiración al Reino de los cielos y a la vida eterna como felicidad nuestra.
Hoy es un buen día también para ofrecer nuestras oraciones y actos de piedad por todas las mujeres embarazadas, para que la Virgen las asista y proteja, así como por aquellas que experimentan dificultad para concebir, y para que no haya más abortos que cobren la vida de santos inocentes.
La liturgia de hoy nos presenta como primera
lectura un pasaje del libro más corto de la Biblia (2 Jn 4-9), tan corto que ni
tan siquiera está dividido en capítulos y tiene apenas trece versículos. La
carta está dirigida a una comunidad desconocida, a quien el apóstol se refiere
como “Señora elegida”.
Dos temas se tratan en la carta: el
mandamiento y primacía del amor, y la importancia de la creencia en la
encarnación de Cristo.
Sobre el primero Juan le expresa a la
comunidad que no les dice nada nuevo, que meramente desea reiterar “el
mandamiento que tenemos desde el principio, amarnos unos a otros”, y que debe
regir nuestra conducta como cristianos. A renglón seguido añade que “amar
significa seguir los mandamientos de Dios”. Una fórmula tan sencilla como
compleja por sus profundas implicaciones.
El mismo Juan dirá más adelante al escribir su
relato evangélico que Jesús resumió todos los mandamientos en uno: “Les doy un
mandamiento nuevo: ámense los unos a los otros. Así como yo los he amado,
ámense también ustedes los unos a los otros. En esto todos reconocerán que
ustedes son mis discípulos: en el amor que se tengan los unos a los otros” (Jn
13,34-35). En otras palabras, el que ama cumple todos los mandamientos, pues
todos los mandamientos tienen como denominador común el amor; amor a Dios y
amor al prójimo.
El segundo tema que plantea Juan en su carta
se refiere a los herejes que negaban la encarnación del Verbo (herejía que aún
persiste en nuestro tiempo): “Es que han salido en el mundo muchos embusteros,
que no reconocen que Jesucristo vino en la carne. El que diga eso es el
embustero y el anticristo”. Juan fue el primero en utilizar la palabra
“anticristo” para referirse a aquellos que se oponen o pretenden sustituir a
Cristo (Cfr. 1 Jn 2,18; 4,3).
El apóstol enfatiza a los destinatarios de
esta carta que todo el que se “propasa” y no permanece en la doctrina de Cristo
no posee a Dios. Esta aseveración es consistente con las palabras que el mismo
Juan pone en boca de Jesús en su Evangelio: “Nadie va al Padre, sino por mí. Si
ustedes me conocen, conocerán también a mi Padre. Ya desde ahora lo conocen y
lo han visto. El que me ha visto, ha visto al Padre” (Jn 14,6b-7.9b). Está
claro que si Cristo no se hubiera encarnado no habríamos tenido la plena
revelación de Dios, que se concretiza cuando “llegada la plenitud de los
tiempos, Dios envió a su Hijo, nacido de una mujer y sujeto a la Ley” (Gal
4,4). En otras palabras, solo encontramos a Dios en la “encarnación de Dios”,
en Jesucristo.
Gracias Padre, porque te dignaste encarnar a
tu Hijo para que conociéndolo a Él llegáramos al conocimiento de tu persona, y
de tu infinito amor que has derramado sobre nosotros por el Espíritu Santo que
nos has dado (Rm, 5,5).