REFLEXIÓN PARA EL VIERNES DE LA QUINTA SEMANA DE PASCUA 08-05-15

Amense los unos a los otros

“Esto les mando: que se amen unos otros”. Con este mandato de parte de Jesús comienza y cierra el evangelio para hoy (Jn 15,12-17). Es con este mandamiento que Jesús “lleva a plenitud la ley”, y nos libera de aquella “pesada carga” en que los fariseos y sacerdotes de su tiempo habían convertido la Ley de Moisés. Ya no se trata de un mero cumplimiento ritualista, se trata de entender y cumplir los mandamientos desde una nueva óptica; la óptica del amor, conscientes de que hemos sido elegidos por Dios, por mera gratuidad, por amor, con todos nuestros defectos. Y Él mismo nos ha destinado para que vayamos y prodiguemos ese amor y demos fruto, y nuestro fruto dure.

Este celo de dar a conocer la Buena Nueva del Reino de Dios, que está cimentado en el amor, es lo que impulsa a los apóstoles en la primera lectura de hoy (Hc 15,22-31) a enviarles una palabra de aliento a aquellos primeros cristianos de Antioquía que estaban angustiados ante las pretensiones de los judaizantes y los fariseos convertidos al cristianismo, quienes predicaban que los paganos que se convertían tenían que observar las leyes y preceptos judíos, incluyendo la circuncisión. Ellos se sintieron amados por Dios, y ese amor es tan intenso que hay que compartirlo con todos, sin importar que sean “diferentes”.

Y el que dispensa ese amor es el Espíritu Santo que, como hemos dicho anteriormente, es el Amor que se profesan el Padre y el Hijo que se derrama sobre nosotros. Ese Espíritu fue el que llevó a los participantes de aquél primer concilio ecuménico de Jerusalén a decidir que no era necesario “judaizarse” para hacerse cristiano; que bastaba con creer en Jesús y en la Buena Noticia del Reino para pertenecer a la Iglesia, el nuevo Pueblo de Dios. Por eso preceden su mensaje con las palabras: “Hemos decidido, el Espíritu Santo y nosotros,…”

El mensaje de Jesús es sencillo: “Esto les mando: que se amen unos otros”. En ese corto mensaje está encerrada toda su doctrina. Porque su Palabra es la fuente inagotable de alegría; de la verdadera “alegría del cristiano”. Por eso la primera lectura nos dice que: “Al leer aquellas palabras alentadoras, se alegraron mucho”.

“Hemos decidido, el Espíritu Santo y nosotros”… ¿Invocas al Espíritu Santo cada vez que tienes que tomar una decisión importante? ¿Te acercas con humildad a María, la madre de Jesús, la “sobreabundante”, para que comparta contigo esa Gracia divina que ha hecho maravillas en ella (Cfr. Lc 2,49)?

Hoy Jesús continúa diciéndonos lo mismo: “Esto les mando: que se amen unos otros”. ¿De verdad crees en Jesús y le crees a Jesús? ¡Que se te note!

REFLEXIÓN PARA EL JUEVES DE LA QUINTA SEMANA DE PASCUA 07-05-15

Ninos abrazo Mc 9,30-37

En la primera lectura de hoy (Hc 15,7-21) podemos apreciar cómo el Espíritu Santo continúa guiando a los apóstoles en el desarrollo de la Iglesia. Ayer leíamos cómo un grupo dentro de la Iglesia (los llamados judaizantes), pretendía imponer a los gentiles que se convertían a la nueva Iglesia todas las “cargas pesadas” de la Ley judía les imponía a ellos (“una carga que ni nosotros ni nuestros padres hemos podido soportar”). Olvidaban que Jesús había venido a liberarnos de ese “yugo” mediante la ley del amor, que su gracia se había derramado sobre gentiles y judíos sin distinción, de manera que todo el que crea en Él pueda salvarse. Olvidaban también la promesa de Dios a Abraham de que “todas las naciones” serían bendecidas en su nombre (Gn 22,18).

Gracias a la inspiración del Espíritu Santo, aquél primer Concilio de Jerusalén decidió que no se podía hacer distinción entre los cristianos por razón de su origen, su raza, su cultura; que Jesús había venido para redimirnos a todos, y que todos recibimos el mismo Espíritu.

La pregunta es obligada. En nuestras comunidades, ¿existen “diferencias” entre unos y otros? ¿Discriminamos, rechazamos, o sutilmente evitamos compartir con algunos feligreses porque viven en cierto lugar, visten diferente, hablan diferente, adoran de un modo distinto, tienen un oficio humilde, tienen algún vicio, o se comportan diferentes?

Jesús, ¿los invitaría a su mesa? Él nos invita a imitarle, así que si nos llamamos cristianos, vamos a derribar todos esos muros que nos separan, muros que nosotros mismos creamos con nuestra pequeñez de espíritu, “para que todos sean uno. Como tú, oh Padre, estás en mí y yo en ti, que también ellos estén en nosotros, para que el mundo crea que tú me enviaste” (Jn 17,21). Si creemos en Jesús, y le creemos a Jesús, ¡que se nos note!

Y la única forma de lograr ese ideal es el Amor. Por eso en la lectura evangélica (Jn 15,9-11) Jesús continúa reiterando el mandamiento del Amor como máxima para el pueblo cristiano: “Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; lo mismo que yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud”.

Se trata de la verdadera “alegría del cristiano”, que no es otra cosa que el saberse amado por Dios no importa las circunstancias que la vida nos lance. “Como el Padre me ha amado, así os he amado yo”… Si no viniera de labios de Jesús, diríamos que es mentira, parece increíble. ¡Jesús nos está diciendo que nuestra unión amorosa con Él es comparable a la de Él con el Padre! Tratemos por un momento de imaginar la magnitud de ese amor entre el Padre y el Hijo. Sí, se trata de ese mismo amor que se derrama sobre nosotros y tiene nombre y apellido: Espíritu Santo.

Ya se divisa en el horizonte la solemnidad de Pentecostés, y la presencia del Espíritu Santo se hace cada día más patente en la liturgia. Abramos nuestros corazones a ese Espíritu y digamos con fe: ¡Espíritu Santo, ven a mí!

REFLEXIÓN PARA EL MIÉRCOLES DE LA QUINTA SEMANA DE PASCUA 06-05-15

Concilio de Jerusalén

La lectura evangélica que nos presenta la liturgia de hoy (Jn 15,1-8), es la misma que leyéramos este pasado quinto domingo de Pascua. Les referimos a nuestra reflexión para ese día.

La primera lectura de hoy (Hc 15,1-6) nos narra los eventos que dieron lugar al primer “Concilio” de Jerusalén. En días anteriores hemos estado siguiendo a Pablo y a Bernabé evangelizando los pueblos paganos logrando muchas conversiones y estableciendo aquellas primeras comunidades de fe que comenzaron a darle a la Iglesia su carácter de “católica” (que quiere decir “universal”). Habían regresado a Antioquía, de donde habían partido, y les habían contado a todos los logros de su misión evangelizadora.

Entonces “unos que bajaron de Judea se pusieron a enseñar a los hermanos que, si no se circuncidaban conforme a la tradición de Moisés, no podían salvarse”. De nuevo la mala costumbre de tratar de imponer a otros nuestra “visión” de lo que debe ser la Iglesia. Estos cristianos, procedentes del judaísmo, pretendían que todos los paganos que se convirtieran al cristianismo tenían que hacerse primero judíos y ser circuncidados.

Eran los llamados “judaizantes”, judíos que observaban estrictamente la Ley de Moisés antes de convertirse al cristianismo. Se trataba de judíos que no habían comprendido que el concepto de “pueblo elegido” (la Antigua Alianza) había sido sustituido por el de “nuevo pueblo de Dios” (la Nueva y definitiva Alianza), abierto a todo el que aceptase la Palabra de Jesús y la Buena Noticia del Reino. La Antigua Alianza, sellada con el signo de la circuncisión, había sido superada por la Nueva Alianza, sellada con la sangre derramada por Jesús en la Cruz.

La Iglesia de Antioquía estaba compuesta en gran parte por paganos convertidos al cristianismo. Pretender imponer a estos todas las obligaciones de la Ley de Moisés (la circuncisión, las restricciones alimenticias, los ritos de purificación, hábitos de plegaria, etc.), no solo iba a resultarles incómodo, sino que iba a desalentarlos, pues resultaba contrario a la Palabra que Pablo y Bernabé les habían predicado: Que la fe en Jesucristo, la adhesión a sus enseñanzas, y el bautismo, eran suficientes para convertirlos en cristianos. De ahí que “esto provocó un altercado y una violenta discusión con Pablo y Bernabé; y se decidió que Pablo, Bernabé y algunos más subieran a Jerusalén a consultar a los apóstoles y presbíteros sobre la controversia”.

Así lo hicieron, y “los apóstoles y los presbíteros se reunieron a examinar el asunto”. ¡El primer Concilio! Mañana veremos cómo aquellos primeros padres conciliares, guiados por el Espíritu Santo, resolvieron esa primera gran controversia en la Iglesia primitiva. Es el nacimiento de lo que hoy llamamos el Magisterio de la Iglesia, al que Pablo, a pesar de que sabía tener la razón, se sometió.

Ese tipo de controversia nunca ha desaparecido del seno de la Iglesia. Todavía hoy vemos cómo personas o comunidades conservadoras, aferradas a las formas “tradicionales” de la Iglesia pretenden imponer su manera de practicar la fe a nuevos grupos o movimientos dentro de la Iglesia por el mero hecho de alabar y manifestar su fe de manera “distinta”, llegando al punto de rechazarlos y excluirlos de sus comunidades. Eso ocurre, por ejemplo, con los grupos carismáticos y los de pastoral juvenil.

No olvidemos el nombre de nuestra Iglesia, “Católica”, universal, donde hay cabida para todos. Nuestra Iglesia es una de inclusión, no de exclusión.

REFLEXIÓN PARA EL SÁBADO DE LA CUARTA SEMANA DE PASCUA 02-05-15

El Padre y yo somos uno

La primera lectura de hoy (Hc 13,44-52) continúa presentándonos a Pablo y Bernabé predicando la Buena Nueva que “se iba difundiendo por toda la región” de Pisidia. Pablo acababa de decirles a los de Antioquía que la justificación que ellos no habían podido alcanzar por la Ley de Moisés, gracias a Jesús, la alcanzaría todo el que cree (13,38b-39). Como siempre, la Palabra fue acogida con agrado por los gentiles y rechazada por los judíos, quienes en su mayoría se radicalizaban en su apego a la Ley por encima de la predicación de Pablo y Bernabé.

No pudiendo rebatir esa predicación, optaron por desacreditarlos, valiéndose de “las señoras distinguidas y devotas y los principales de la ciudad, quienes provocaron una persecución contra Pablo y Bernabé y los expulsaron del territorio. Ellos sacudieron el polvo de los pies, como protesta contra la ciudad, y se fueron a Iconio” a continuar su labor evangelizadora. Termina diciendo el pasaje que “los discípulos quedaron llenos de alegría y de Espíritu Santo”. Y no es para menos. A pesar de los inconvenientes y las persecuciones, estando llenos de Espíritu Santo y llevando la Palabra en sus corazones, se sentían acompañados por Jesús, quien antes de subir al Padre les había prometido: “Yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin de la historia” (Mt 28,20).

En la lectura evangélica (Jn 14,7-14), continuación de la de ayer, encontramos a Jesús nuevamente estableciendo esa identidad entre el Padre y Él: “Si me conocéis a mí, conoceréis también a mi Padre. Ahora ya lo conocéis y lo habéis visto”. Y ante la insistencia de Felipe de que les muestre al Padre, Jesús le responde: “¿Cómo dices tú: ‘Muéstranos al Padre’? ¿No crees que yo estoy en el Padre, y el Padre en mí? Lo que yo os digo no lo hablo por cuenta propia. El Padre, que permanece en mí, hace sus obras. Creedme: yo estoy en el Padre, y el Padre en mí. Si no, creed a las obras. Os lo aseguro: el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y aún mayores”.

Jesús no solo nos está diciendo que Él es quien nos puede mostrar al Padre en Su propia persona, sino que el Padre y su Reino se hacen también presentes en este mundo a través de las obras de los que creen en el Hijo y le creen al Hijo, porque “lo que pidáis en mi nombre, yo lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo. Si me pedís algo en mi nombre, yo lo haré”.

El creyente, la persona de fe, está llamada a continuar la misión que el Padre le encomendó al Hijo, y que Él nos ha delegado. Y en el desempeño de esa misión lo acompañarán grandes signos, como nos dice el evangelio según san Marcos: “echarán demonios en mi nombre, hablarán lenguas nuevas, cogerán serpientes en sus manos y, si beben un veneno mortal, no les hará daño. Impondrán las manos a los enfermos, y quedarán sanos” (Mc 16, 17-18). Esto es una promesa del Señor, y Él nunca se retracta de su Palabra.

Señor, que tu Hijo esté presente en todas las obras que hagamos en Tu nombre para que al igual que Él, seamos signos de Tu presencia en el mundo.

REFLEXIÓN PARA EL LUNES DE LA QUINTA SEMANA DE CUARESMA 23-03-15

 

Pecadora med

En la primera lectura de hoy (Dn 13,1-9.15-17.19-30.33-62) se nos presenta la historia de la casta Susana que confía en el Señor y prefiere enfrentar a sus calumniadores antes que pecar contra Él. Es una historia larga, que termina desenmascarando a los acusadores y librando a Susana del castigo. Susana había implorado al Señor, y el Señor escuchó su plegaria, suscitando el Espíritu Santo en el joven Daniel, quien la salvó de sus detractores, porque “Dios salva a los que esperan en él”.

De no ser por la intervención providencial del joven Daniel, todos estaban prestos a condenarla, sin mayor indagación, confiando tan solo en el testimonio de los dos ancianos libidinosos. En ocasiones anteriores hemos hablado de cuán prestos estamos a juzgar y condenar a los demás sin juzgarnos antes a nosotros mismos. Hoy vemos cómo, inclusive, lo hacemos sin darles una oportunidad de defenderse, sin escuchar su versión de los hechos, y cómo somos dados a la especulación cuando llega el momento de juzgar y condenar. Y, peor aún, con cuánta facilidad repetimos un “chisme”, sin averiguar su veracidad, y sin detenernos a pensar el daño que le causamos al prójimo al hacerlo. Por eso alguien ha dicho que el órgano del cuerpo que más nos hace pecar es la lengua.

En más de una ocasión el papa Francisco nos ha instado a evitar los chismes y no caer en la tentación de usar una “lengua de víbora”. “También las palabras pueden matar, por lo tanto no sólo no debemos atentar contra la vida del prójimo, tampoco lanzar sobre él el veneno de la ira y golpearlo con la calumnia”, nos ha dicho.

Más allá del chismorreo, si nos detuviéramos a juzgarnos nosotros mismos antes de hacerlo con los demás, de seguro seríamos más benévolos con ellos, aun cuando lo que se le imputa al otro fuera cierto, como en la lectura evangélica de hoy (Jn 8,1-11) que trata sobre el perdón, y nos presenta la historia de una mujer “sorprendida en flagrante adulterio”. Esta vez no se trataba de una calumnia, la mujer era culpable.

Los escribas, fariseos y sumos sacerdotes, que ya habían decidido “eliminar” a Jesús, vieron en esta situación una oportunidad para acusarlo o, al menos, desacreditarlo ante sus seguidores: “Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. La ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras; tú, ¿qué dices?” Una pregunta “cargada”. Si contestaba que sí, echaba por tierra todo lo que había predicado sobre el amor y el perdón. Si contestaba que no, lo acusaban de violar la ley de Moisés.

Jesús decide ignorar la pregunta y les contesta con la frase: “El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra”. Nos dice la escritura que todos se escabulleron, “empezando por los más viejos”. Entonces Jesús dijo a la mujer: “Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más”.

Jesús, la Misericordia encarnada, no nos juzga, no nos condena. Tan solo nos pide que reconozcamos nuestra culpa y no pequemos más. Se trata de la manifestación más pura del amor. El amor de una madre…

En lo que poco resta de esta Cuaresma (nunca es tarde), hagamos un examen de conciencia. ¿Con cuanta facilidad juzgamos a nuestro prójimo? ¿Con cuánta facilidad le condenamos?

REFLEXIÓN PARA EL MIÉRCOLES DE LA TERCERA SEMANA DE CUARESMA 11-03-15

sigueme

El pasaje evangélico que contemplamos en la liturgia de hoy (Mt 5,17-19), que Mateo coloca dentro del discurso de las Bienaventuranzas, nos presenta la visión de Jesús respecto a la Ley: “No creáis que he venido a abolir la Ley y los profetas: no he venido a abolir, sino a dar plenitud”. Para los judíos la ley y los profetas constituían la expresión de la voluntad de Dios, la esencia de las Sagradas Escrituras. Jesús era judío; más aún, era el Mesías que había sido anunciado por los profetas. Era inconcebible que viniera a echar por tierra lo que constituía el fundamento de la fe de su pueblo. “No he venido a abolir, sino a dar plenitud”.

Esa plenitud la encontramos en la Ley del amor: “Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros. Que, como yo os he amado, así os améis también vosotros los unos a los otros. En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os tenéis amor los unos a los otros” (Jn 13,34-35). Antes se obedecía la Ley por temor al castigo; ahora se cumple porque amamos. Ya no se trata del cumplimiento exterior, vacío de contenido, ahora se trata de un imperativo producto del amor. Así, el que ama cumple los mandamientos. Si amamos a Dios y a nuestro prójimo como Él nos ama, el decálogo se convierte en un “retrato” de nuestra conducta, de nuestra forma de vida.

Durante su vida terrena Jesús nos dio unos indicadores, como: “El sábado ha sido hecho para el hombre, y no el hombre para el sábado” (Mc 2,27). La primacía del amor. La Iglesia cristiana tuvo su origen en el judaísmo, en la ley y los profetas del Antiguo Testamento (Antigua Alianza), y dio paso a la Alianza Nueva y Eterna (Nuevo Testamento). ¿Cuáles de aquellas leyes y tradiciones ancestrales había que mantener? ¿Cuáles constituían Ley, y cuáles eran meros preceptos establecidos por los hombres interpretando la Ley? La prueba para determinarlo habría de ser: ¿Me impide ese precepto amar como Cristo me ama?

La Iglesia en sus comienzos tuvo que enfrentar esa disyuntiva; se vio precisada a determinar si tenía que continuar observando la circuncisión, la pureza ritual, la prohibición de comer ciertos alimentos, el sábado, los sacrificios de animales en el Templo, etc. Esas interrogantes propiciaron el Concilio de Jerusalén, alrededor del año 50, y la intervención de Pedro, como pontífice de la Iglesia, a favor de la apertura (Hc 15,4-12). Así, la Iglesia comenzó un proceso de crecimiento que le ha hecho mudar el carapacho varias veces a lo largo de su historia, como lo hacen los crustáceos. Y ha logrado sobrevivir todos los cambios gracias al Espíritu que el mismo Jesús nos dejó, y que la ha guiado para asegurar el cumplimento de la promesa de Jesús al momento de establecer el primado de Pedro, de que las puertas del infierno no prevalecerían contra ella (Mt 16,18).

El Concilio Vaticano II, convocado por san Juan XXIII por inspiración del Espíritu Santo, representó un “salto cuántico” para nuestra Iglesia, atendiendo al llamado del pontífice para una puesta al día (aggiornamento) de la Iglesia. Allí se continuó el proceso de “darle plenitud” a tenor con los “signos de los tiempos”. La vertiginosidad de los cambios sociales ocurridos desde el Vaticano II, propiciados en parte por la explosión tecnológica y en los medios de comunicación, apuntan a la necesidad de un nuevo ejercicio de aggiornamento en la Iglesia.

Hace un par de años ese mismo Espíritu nos regaló la persona de Francisco, signo inequívoco de que el Señor cumple sus promesas (Cfr. Mt 28,20).

REFLEXIÓN PARA EL MARTES DE LA SEGUNDA SEMANA DE CUARESMA 03-03-15

Mt 23,1-12

Las lecturas que nos presenta la liturgia para hoy nos confrontan con la hipocresía religiosa del pueblo. En la primera lectura (Is 1,10.16-20), el profeta pronuncia un oráculo de Yahvé en el que repudia los sacrificios que le ofrece el pueblo mientras  sus corazones están cada vez más alejados de Él. Si leemos el pasaje completo, incluyendo los vv. 11-15, notamos que este oráculo aparenta haber sido proclamado en medio de una celebración litúrgica, pues hace referencia a los “holocaustos de carneros y grasa de animales cebados”, “incienso”, y “manos extendidas”. Yahvé hace claro que está “harto”, que “detesta” esos rituales vacíos, esas celebraciones litúrgicas falsas, que se han convertido para Él en “una abominación”, en una “carga” que no está dispuesto a soportar. Llega al punto de comparar su generación con la de Sodoma y Gomorra.

Hace claro que ese no es el sacrificio agradable a Él. Por el contrario, les exhorta: “Cesad de obrar mal, aprended a obrar bien; buscad el derecho, enderezad al oprimido; defended al huérfano, proteged a la viuda”. La primacía del amor, de la caridad, sobre la ley y el ritualismo vacío. A Él no le interesan los sacrificios ni holocaustos. Si, por el contrario, obramos el bien y nos apartamos del pecado, “aunque vuestros pecados sean como púrpura, blanquearán como nieve; aunque sean rojos como escarlata, quedarán como lana”. El profeta nos señala en qué consiste el verdadero culto religioso: en obras de caridad (amor).

En el pasaje del Evangelio (Mt 23,1-12), Jesús arremete contra la hipocresía de los escribas y fariseos que se han sentado en la cátedra de Moisés (el autor de la Ley) y “no hacen lo que dicen”. “Ellos lían fardos pesados e insoportables y se los cargan a la gente en los hombros, pero ellos no están dispuestos a mover un dedo para empujar”. Se refería Jesús a todos los numerosos preceptos (613 en total) en que los fariseos habían convertido la Ley de Moisés y que, por su número eran prácticamente imposible cumplir.

Se consideraban superiores, mejores que los demás (de hecho, “fariseo” significa “separado”). Toda su actitud iba dirigida a ostentar su superioridad (que pretendía ser producto de su “santidad”) ante todos: las vestimentas y otros accesorios, como las filacterias (unas bandas que llevaban en la frente o en los puños, con unos cofrecitos que contenían textos de la Ley), los primeros lugares, los asientos de honor, las reverencias que esperaban, los títulos. Todo era apariencia exterior, “sepulcros blanqueados” (Mt 23, 27-28). Y por dentro, ¿qué?

El Concilio Vaticano II hizo un gran esfuerzo para eliminar la “pompa” en nuestros ritos y celebraciones litúrgicas, inculturándolos a nuestros respectivos países. Pero, ¿logró acabar con el fariseísmo?

En esta Cuaresma, hagamos examen de conciencia: ¿Me gusta recibir honores?, ¿reconocimiento?, ¿me siento mejor o superior a los demás? Señor, ayúdame a recordar que todos somos hermanos, y que “el que se humilla será enaltecido”, como Aquél que vino a servir y no a ser servido (Mt 20,28), de modo que al llevar a cabo mi misión pastoral pueda tener “olor de oveja”.

El papa Francisco no está diciendo nada nuevo; simplemente está leyendo el Evangelio…

REFLEXIÓN PARA EL VIERNES DE LA PRIMERA SEMANA DE CUARESMA 27-02-15

reconciliarte-con-tu-hermano

La lectura evangélica que nos propone la liturgia para hoy (Mt 5,20-26), nos reitera la primacía del amor y la disposición interior sobre el formalismo ritual y el cumplimento exterior de la Ley que practicaban los escribas y fariseos: “Si no sois mejores que los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos”. Para demostrar su punto Jesús nos propone dos ejemplos.

El primero de ellos nos refiere al quinto mandamiento: “Habéis oído que se dijo a los antiguos: ‘No matarás’, y el que mate será procesado. Pero yo os digo: Todo el que esté peleado con su hermano será procesado. Y si uno llama a su hermano ‘imbécil’, tendrá que comparecer ante el Sanedrín, y si lo llama ‘renegado’, merece la condena del fuego”. La “condena del fuego” se refería a la “gehena” de fuego, el equivalente judío del infierno.

Esta sentencia de Jesús es un ejemplo de cómo Jesús no vino a abolir la Ley, sino a darle “plenitud” (Mt 5,17-19). La ley de Moisés prohibía matar, una prescripción importante para la convivencia humana, un paso firme hacia la no-violencia (lo mismo que prohíben los códigos penales en nuestra sociedad actual). Pero se limitaba al acto, no iba a la raíz del problema.

Jesús no se queda en el exterior; Él “interioriza” la Ley. Ya no se trata de que un acto, un gesto exterior sea malo. Todo lo que injurie gravemente al prójimo, o le manche su reputación; todo aquello que “envenene” las relaciones fraternas entre los hombres es contrario a la Ley y constituye un pecado grave que puede conllevar pena de condenación eterna.

La importancia de nuestra disposición de corazón por encima de nuestros gestos exteriores. Y Dios, “que ve en lo secreto” (Cfr. Mt 6,6), nos juzgará de conformidad. ¡Cuántas veces “matamos” a nuestros hermanos haciendo comentarios hirientes sobre ellos, sean ciertos o no, a sabiendas de van a herir su reputación! Cuando lo hacemos, pecamos contra el quinto mandamiento como si le hubiésemos clavado un puñal en el costado. Hemos pecado contra el Amor, el principal de todos los mandamientos.

El segundo ejemplo, prácticamente una consecuencia del primero, nos remite a nuestra relación con Dios: “si cuando vas a poner tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene quejas contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano, y entonces vuelve a presentar tu ofrenda”.

“Vete primero a reconciliarte con tu hermano, y entonces vuelve a presentar tu ofrenda”… El amor fraterno toma primacía sobre el culto. Dios nos está diciendo: “Si quieres relacionarte conmigo, tienes que amar a tu hermano”. La razón es clara, cuando tenemos desavenencias o discordias con nuestro prójimo, nuestra relación con Dios se afecta, se rompe; pierde su fundamento que es el Amor.

Esto no se limita a cuando nosotros tengamos una desavenencia con alguien. Basta que nos enteremos que esa persona “tiene quejas” contra nosotros, con razón o sin ella. Jesús nos está exigiendo que demos nosotros el primer paso, que reparemos la relación afectada. Entonces nuestra ofrenda, nuestra oración aderezada con la virtud de la caridad, será agradable a Él.

Señor, durante esta Cuaresma y durante todo el año, ayúdame a ser agente de reconciliación fraterna, comenzando con mis propias relaciones, para que pueda ofrecerme yo mismo como hostia viva agradable a Ti.

REFLEXIÓN PARA LA FIESTA DE LA PRESENTACIÓN DEL SEÑOR 02-02-15

Presentación del Niño

Hoy celebramos la Fiesta litúrgica de la Presentación del Señor. Esta fiesta conmemora el momento en que, en cumplimiento de la Ley de Moisés, la Sagrada Familia acude al Templo para la purificación de la madre (Lv 12,1-4), la ofrenda del primogénito a Dios (Ex 13,2; Núm 18,15), y su rescate mediante un sacrificio. Según Lv 12,1-4, la madre quedaba impura por cuarenta días después del parto por haber derramado sangre, y tenía que acudir al Templo para su purificación. En esa misma fecha tenía que ofrecer el primogénito a Dios. Por eso la liturgia coloca esta Fiesta cuarenta días después de la Navidad. Con esta celebración se cierra el tríptico que comienza con la Natividad el Señor, sigue en la Epifanía y culmina con la Presentación.

La entrada de Jesús en brazos de su Madre en el Templo representa el cumplimiento de la profecía de Malaquías que leemos como primera lectura (3,1-4): “De pronto entrará en el santuario el Señor a quien vosotros buscáis, el mensajero de la alianza que vosotros deseáis”.

Como segunda lectura, continuamos con la Carta a los Hebreos (2,14-18), que sigue presentándonos a Jesús como el “Sumo Sacerdote compasivo y fiel en lo que a Dios se refiere”. Así, nos presenta un sacerdote que se sometió a la Ley y los mandatos de Padre, para expiar nuestros pecados.

Está claro; Jesús es Dios, no necesita presentarse a sí mismo. Pero Él optó por hacerse igual en todo a nosotros, excepto en el pecado (Hb 4,15), y eso incluye el cumplimiento de la Ley y la obediencia al Padre (Cfr. Mt 5,17-18): “No piensen que vine para abolir la Ley o los Profetas: yo no he venido a abolir, sino a dar cumplimiento. Les aseguro que no desaparecerá ni una i ni una coma de la Ley, antes que desaparezcan el cielo y la tierra, hasta que todo se realice”. Él mismo quiso sentir el peso de la Ley, quiso ser uno con nosotros, aún en el dolor: “Como Él ha pasado por la prueba del dolor, puede auxiliar a los que ahora pasan por ella”.

Así, el Evangelio (Lc 2,22-40) nos narra el episodio de la Presentación. Lucas es el único de los evangelistas que nos narra ese importante evento en la vida de Jesús.

Las palabras de Simeón anuncian el cumplimiento de la profecía de Malaquías. Tomando al Niño en brazos exclamó: “Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz. Porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel”. A renglón seguido dice a María: “Y a ti, una espada te traspasará el alma”. Cuando María entró al Templo con el Niño en brazos para presentarlo, dando una muestra de obediencia al Padre (Cfr. Lc 1,38), sabía que no solo lo estaba presentando y ofreciendo a Dios en el Templo, lo estaba presentando y ofreciendo a toda la humanidad. Sí; a ti y a mí. De ese modo estaba cooperando en la obra salvadora de su Hijo. Las palabras de Simeón ponen de manifiesto el papel de María en el misterio de la redención. Al entregar a su Hijo, se estaba entregando también a sí misma a la misión redentora de este. ¿María corredentora?

REFLEXIÓN PARA LA FIESTA DE LA SAGRADA FAMILIA (B) 28-12-14

SAGRADA FAMILIA

Hoy celebramos la Fiesta de la Sagrada Familia, y la liturgia nos presenta como lectura evangélica el pasaje de la Presentación del Niño en el Templo (Lc 2, 2,22-40). En cumplimiento de la Ley de Moisés, la Sagrada Familia acude al Templo para la purificación de la madre (Lv 12,1-4), la ofrenda del primogénito a Dios (Ex 13,2; Núm 18,15) y su rescate mediante un sacrificio. Según Lv 12,1-4, la madre quedaba impura por cuarenta días después del parto por haber derramado sangre, y tenía que acudir al Templo para su purificación. En esa misma fecha tenía que ofrecer el primogénito a Dios. Lucas es el único de los evangelistas que nos narra ese importante evento en la vida de Jesús.

Esta Fiesta litúrgica nos enfatiza el carácter totalizante de la Encarnación que acabamos de celebrar en la Natividad del Señor. Jesús nació en el seno de una familia como la tuya y la mía y estuvo sujeto a todas las reglas, leyes y ritos sociales y religiosos de su tiempo. Está claro; Jesús es Dios, no necesitaba presentarse a sí mismo. Pero Él optó por hacerse igual en todo a nosotros, excepto en el pecado (Hb 4,15), y eso incluye el cumplimiento de la Ley y la obediencia al Padre (Cfr. Mt 5,17-18): “No piensen que vine para abolir la Ley o los Profetas: yo no he venido a abolir, sino a dar cumplimiento. Les aseguro que no desaparecerá ni una i ni una coma de la Ley, antes que desaparezcan el cielo y la tierra, hasta que todo se realice”. Como diría el papa emérito Benedicto XVI: “Siendo todavía niño, comienza a avanzar por el camino de la obediencia, que recorrerá hasta las últimas consecuencias”.

Las palabras de Simeón anuncian el cumplimiento de la profecía de Malaquías. Tomando al Niño en brazos exclamó: “Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz. Porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel”. A renglón seguido dice a María: “Y a ti, una espada te traspasará el alma”. Cuando María entró al Templo con el Niño en brazos para presentarlo, dando una muestra de obediencia al Padre (Cfr. Lc 1,38), sabía que no solo lo estaba presentando y ofreciendo a Dios en el Templo, lo estaba presentando y ofreciendo a toda la humanidad. Sí; a ti y a mí. De ese modo estaba cooperando en la obra salvadora de su Hijo. Las palabras de Simeón ponen de manifiesto el papel de María en el misterio de la redención. Al entregar a su Hijo, se estaba entregando también a sí misma a la misión redentora de este. ¿María corredentora?

Habiendo cumplido con la Ley, la Sagrada Familia regresó a su hogar, donde continuaron viviendo como una familia común: “se volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. El niño iba creciendo y robusteciéndose, y se llenaba de sabiduría; y la gracia de Dios lo acompañaba”.

En este domingo de la Sagrada Familia, pidamos al Señor la gracia de permitir al Niño Dios hacer morada en nuestros hogares, y en nuestros corazones.