REFLEXIÓN PARA EL JUEVES DE LA SÉPTIMA SEMANA DEL T.O. (2) 19-05-16

Si tu mano de hace caer

“El que escandalice a uno de estos pequeñuelos que creen, más le valdría que le encajasen en el cuello una piedra de molino y lo echasen al mar”. Esta advertencia, contenida en la lectura evangélica que nos presenta la liturgia para hoy (Mc 9,41-50), dirigida a los apóstoles (y a nosotros), nos impone la grave obligación de “vivir” el Evangelio de Jesús, vivir de acuerdo a sus enseñanzas.

Jesús se muestra siempre bien estricto en lo que respecta a sus “pequeños”, a los humildes, los pobres, los menos afortunados, los que nos miran como “ejemplo”, los que están nuestro entorno, en nuestras comunidades de fe. Él no quiere que los escandalicemos con nuestra conducta. Por el contrario, nos exige una conducta que sirva de ejemplo. En otras palabras, que si somos cristianos, ¡que se nos note! No vaya a ser que el que nos vea diga como Ghandi: “Me gusta tu Cristo, no me gustan tus cristianos. Tus cristianos son tan diferentes a tu Cristo”…

Está claro, Jesús no quiere cristianos “light”, tibios. Porque si somos tibios va a “vomitarnos de su boca” (Cfr. Ap 3,16). Jesús es amor, es la Misericordia encarnada, pero también es exigente con los que decidimos seguirle. “Nadie que pone la mano en el arado y mira hacia atrás es apto para el Reino de Dios” (Lc 9,62).

En el pasaje que contemplamos hoy Jesús hace uso de la hipérbole para enfatizar las exigencias del seguimiento; está estableciendo el modelo, las características que exige de sus discípulos: “Si tu mano te hace caer, córtatela: más te vale entrar manco en la vida, que ir con las dos manos al infierno, al fuego que no se apaga. Y, si tu pie te hace caer, córtatelo: más te vale entrar cojo en la vida, que ser echado con los dos pies al infierno. Y, si tu ojo te hace caer, sácatelo: más te vale entrar tuerto en el reino de Dios, que ser echado con los dos ojos al infierno, donde el gusano no muere y el fuego no se apaga”.

Resulta obvio que Jesús no nos está llamando a la mutilación física. Nos está advirtiendo contra todas las cosas del mundo que nos seducen y nos alejan del Reino, y nos pueden llevar a una conducta que va escandalizar a los “pequeños”. Años más tarde Pablo se hará eco de este llamado cuando exhorte a los de Corinto a no escandalizar a “los más débiles” comiendo carne sacrificada a los ídolos paganos (1 Cor 8,9-14).

Este pasaje representan una versión más cruda, más al grano, de las frases que le escuchamos a Jesús en Mt 6,33: “Buscad primero el Reino de Dios y su justicia”; y Mt 16,26: “¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida?”. El énfasis está en la búsqueda del Reino, que nos exige radicalidad en el seguimiento. “Si alguno quiere venir en pos de mí…” (Mt 16,24).

Hoy, pidamos al Padre, por intercesión de su Hijo, que nos conceda, por su gracia, aumentar nuestra fe para poder cumplir sus exigencias y, lejos de escandalizar, evangelicemos con nuestro ejemplo de vida.

REFLEXIÓN PARA EL MARTES DE LA OCTAVA DE PASCUA 29-03-16

María Magdalena encuentra al Resucitado

Como habíamos adelantado ayer, los pasajes evangélicos que vamos a contemplar durante la Octava de Pascua nos narran las apariciones de Jesús a sus discípulos luego de su gloriosa resurrección.

Hoy la liturgia nos presenta la versión de Juan de la aparición de Jesús a María Magdalena (Jn 20,11-18). En los versículos anteriores María había encontrado que la piedra que cubría el sepulcro había sido removida, había ido a avisarles a Pedro y a Juan, estos habían llegado y habían encontrado el sepulcro vacío. Al regresarse a casa los discípulos, María se quedó llorando junto al sepulcro.

Al asomarse al sepulcro vio dos ángeles en donde había estado el cuerpo del Señor. “Ellos le preguntan: ‘Mujer, ¿por qué lloras?’ Ella les contesta: ‘Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto’”. Vemos que el llanto de María se ve acentuado por la ausencia del cadáver. Ya no solo llora por la muerte de Jesús, sino porque no sabe dónde está su cadáver. No podría sentirse más “abandonada”.

Jesús lo había adelantado: “Les aseguro que ustedes van a llorar y se van a lamentar;… Ustedes estarán tristes, pero esa tristeza se convertirá en gozo” (Jn 16,20). Y esa Palabra no se hizo esperar. Estando María ahogada en llanto se le presenta Jesús y le dice: “Mujer, ¿por qué lloras?, ¿a quién buscas?”. Pero María no lo reconoce (Jesús estaba con su cuerpo glorificado) y le confunde con el jardinero, diciéndole que si él se ha llevado el cadáver que le diga dónde está para ir a recogerlo. Un acto de misericordia y caridad.

Hasta este momento toda la conversación, tanto con los ángeles como con Jesús, ha trascurrido en un plano impersonal, se le ha llamado por el apelativo de “mujer”, tal vez reflejo del vacío y la tristeza que ella experimentaba en su corazón. Ese mismo vacío que sintió María Magdalena, lo sentimos nosotros en nuestros corazones cuando estamos en pecado. En ese momento nuestra alma está tan vacía como lo estuvo aquel sepulcro hace casi dos mil años. Jesús no está y no lo podemos encontrar…

Pero todo cambia cuando Jesús se le revela y la llama por su nombre: “¡María!” En ese momento se le abren los ojos del alma, y su vacío y tristeza se convierten en gozo, y reconoce a Jesús: “¡Rabboni!”. Trato de imaginar lo que María debe haber sentido en ese momento. Sentiría que su pecho iba a estallar; no encontraría palabras para expresar su alegría, por eso trata de abrazarlo y Jesús no se lo permite: “Suéltame, que todavía no he subido al Padre”. Y le envía a dar la buena noticia a sus hermanos.

Del mismo modo, cuando nuestra alma está vacía por causa del pecado, cuando no encontramos a Jesús dentro de nosotros o, como María, lo vemos pero no le reconocemos, si nos arrepentimos de corazón y lloramos nuestra culpa, Jesús nos llamará por nuestro propio nombre. Y entonces se nos abrirán los ojos del alma y le reconoceremos. Pero a diferencia de María, quien no pudo abrazar al Resucitado porque todavía no había subido al Padre, nosotros sí podemos fundirnos con Él en el abrazo más amoroso imaginable. Y saldremos con júbilo a decir a nuestros hermanos: ¡Él vive!

REFLEXIÓN PARA EL LUNES DE LA TRIGÉSIMO TERCERA SEMANA DEL T.O. (1) 16-11-15

Bartimeo

La lectura evangélica que nos propone la liturgia para hoy (Lc 18, 35-43) nos presenta un ejemplo lo que es la perseverancia en la fe. El pasado sábado leímos el pasaje del “juez inicuo” (Lc 18,1-8). En aquella parábola encontrábamos a una viuda que recurría ante un juez para pedirle que le hiciera justicia frente a su adversario. Y aunque el juez “ni temía a Dios ni le importaban los hombres”, fue tanta la insistencia de la viuda que el juez terminó haciéndole justicia con tal de salir de ella: “Aunque ni temo a Dios ni me importan los hombres, como esta viuda me está fastidiando, le haré justicia, no vaya a acabar pegándome en la cara”.

En el pasaje de hoy leemos que cuando se acercaba Jesús a Jericó, había un ciego sentado al borde del camino, pidiendo limosna, y al oír que pasaba gente, preguntaba qué era aquello; y le explicaron: “Pasa Jesús Nazareno”. Para ese tiempo la fama de Jesús se había extendido por toda Palestina, así que aquél hombre de seguro había oído hablar de Jesús y cómo este expulsaba demonios y curaba a los enfermos.

“¡Jesús, hijo de David, ten compasión de mí!”, le grita el ciego a Jesús, aunque no puede verlo. El ejemplo perfecto de un acto de fe. Mas cuando le regañan y le piden que calle, él no se rinde. Continúa gritando con más fuerza: “¡Hijo de David, ten compasión de mí!”. El ejemplo perfecto de perseverancia en la fe. Y Jesús, conmovido por la perseverancia de aquel ciego (que el paralelo de Marcos nos dice que se llamaba Bartimeo), pidió que se lo acercaran y le preguntó: “¿Qué quieres que haga por ti?” “Señor, que vea otra vez”, contestó el ciego. A lo que Jesús le responde: “Recobra la vista, tu fe te ha curado” (otras versiones dicen “tu fe te ha ‘salvado’”). De nuevo el ingrediente indispensable para los milagros: la fe. “Todo lo que pidan con fe, lo alcanzarán” (Mt 21,22); “Cuando pidan algo en la oración, crean que ya tienen y lo conseguirán” (Mc 11,24).

Aquél hombre no tenía visión en sus ojos, pero supo “ver” a Jesús con su alma y reconoció en Él al Hijo de Dios. A veces nosotros nos apantallamos con todas las imágenes que bombardean nuestra visión física y eso nos impide ver a Jesús aunque lo tengamos de frente. ¡Cuántas veces se nos presenta como un mendigo, o un enfermo, un extranjero “indocumentado”, o un preso (Cfr. Mt 25,31 ss.) y no le reconocemos! Y perdemos la oportunidad de nuestras vidas…

“¡Hijo de David, ten compasión de mí!”… Un grito que sale de lo más profundo de un hombre condenado a vivir en las tinieblas; el mismo que brota de los labios del creyente cuando está sumido en las tinieblas del pecado. “¡Hijo de David, ten compasión de mí!”… Un grito de dolor, pero no de desesperanza. Por el contrario, es un grito de esperanza producto de la fe. Es el grito de un hombre que cree en Jesús y cree que Él puede sanarle; es decir, le cree a Jesús. El modelo prefecto de fe. Y esa fe le obtuvo la salvación.

Señor yo creo, pero aumenta mi fe…

REFLEXIÓN PARA EL LUNES DE LA TRIGÉSIMA SEMANA DEL T.O. (1) 26-10-15

Mujer levantate

La lectura evangélica que nos brinda de la liturgia para hoy (Lc 13,10-17) nos presenta el pasaje en el que Jesús cura a una mujer que llevaba dieciocho años encorvada sin poderse enderezar. Este milagro resalta por dos cosas: Lucas es el único que lo narra, y Jesús obra el milagro sin que la mujer, ni nadie más se lo pida. Nos narra la lectura que Jesús estaba enseñando en una sinagoga y al ver la mujer la llamó y le dijo: “Mujer, quedas libre de tu enfermedad”. Luego hizo el gesto visible de imponerle las manos, “y enseguida se puso derecha. Y glorificaba a Dios.”

Muchos ven en esta narración un simbolismo relacionado con la opresión a que estaban sometidas las mujeres en tiempos de Jesús (simbolizada por el estar encorvada, que la mantenía en un estado servil y no le permitía mirar a los hombres a los ojos) y que Jesús, al enderezarla, le devuelve su dignidad. No obstante, lo cierto es que esa mujer encorvada nos representa a todos los que estamos “encorvados”, oprimidos bajo el peso de nuestros vicios, nuestros pecados, nuestras angustias, nuestros pesares.

La mujer estaba encorvada, no podía interactuar con los que le rodeaban, no podía levantar los ojos al cielo. Como dijéramos al comienzo, es de notar que ni ella se lo pide, ni nadie la trae ante su presencia para que la sane; es Jesús quien se toma la iniciativa, la llama, la cura, la “endereza”. Está claro que Jesús nos quiere erguidos, de pie, en victoria. Por eso nos libera de nuestras “cargas” pesadas (“Vengan a mi…” Mt 11,28), levanta a los que están postrados, como la suegra de Pedro (Mc 1,3-31). Ese “levántate” que encontramos también en el Antiguo Testamento, en el que vemos actuar a un Dios que “levanta del polvo al desvalido” (1 Sam 2,7-8; Sal 113,7), y “levanta al pobre de la miseria” (Sal 107,41).

Estar de pie es sinónimo de libertad, de la dignidad propia de los hijos de Dios. Dios nos creó para ser felices y libres, no para ser esclavizados, ni oprimidos, ni caídos, ni deprimidos. Por eso cuando vio a su pueblo esclavizado en Egipto decidió intervenir en la historia para llevar a cabo el gesto liberador del Éxodo. Se trata de una manifestación de la Misericordia Divina que vamos a estar contemplando durante el Año de la Misericordia que comienza el 8 de diciembre.

Ahora vivimos esclavizados, oprimidos, “encorvados” bajo el peso de nuestros pecados, nuestros vicios. Y ese peso nos impide avanzar, nos impide ver nuestro entorno con claridad, nos impide fijar la mirada en el cielo, nos impide “glorificar a Dios”, como hizo la mujer encorvada tan pronto Jesús la enderezó.

Hoy Jesús quiere enderezarnos a nosotros también. Nos invita a poner a sus pies todas nuestras cargas pesadas, materiales o espirituales, que nos mantienen encorvados. Si lo hacemos y nos postramos ante Él, nos impondrá su mano poderosa, nos “pondrá derechos”, y como la mujer encorvada, glorificaremos a Dios.

Que pasen todos una hermosa semana llena de PAZ.

REFLEXIÓN PARA EL SÁBADO DE LA VIGÉSIMO NOVENA SEMANA DEL T.O. (1) 24-10-15

 

viñador med

El Evangelio de hoy (Lc 13,1-9) continúa narrándonos la última subida de Jesús a Jerusalén. Acaba de contar a los que le siguen una parábola sobre la reconciliación. Ahora les plantea la necesidad de conversión, unida a la paciencia divina.

Los que le siguen le plantean dos eventos separados, uno producto de la conducta humana (los revoltosos ejecutados por Pilato en Galilea), y otro producto de un hecho fortuito (los que murieron aplastados por el derrumbe de la torre de Siloé en Jerusalén). En tiempos de Jesús existía la creencia que esas desgracias eran producto del pecado. Por eso Jesús se apresta a decirles que si creen que los que murieron eran más pecadores que el resto de la población, está equivocados: “Os digo que no; y, si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera”. Jesús les dice que no solo son culpables los que sufren algún “castigo”, sino todos: tanto los habitantes de Galilea como los de Jerusalén, por lo que es necesario entrar en un camino de conversión.

En el Evangelio de ayer Jesús hablaba de los “signos de los tiempos”, de cómo en los eventos que ocurren a nuestro alrededor, incluyendo las desgracias, podemos encontrar la Palabra de Dios, que nos invita constantemente a la conversión. Para enfatizar la necesidad de conversión y la inminencia de la misma, Jesús les plantea la parábola del viñador. En esta se nos narra la historia de “uno” que tenía una higuera que llevaba tres años (el tiempo que Jesús llevaba predicando) sin dar fruto, y dijo al viñador, “córtala”. Pero el viñador le pidió más tiempo: “Señor, déjala todavía este año; yo cavaré alrededor y le echaré estiércol, a ver si da fruto. Si no, la cortas”.

Todos estamos llamados a la conversión, pero si interpretamos los signos de los tiempos, como la desgracia de los que murieron repentinamente, a la luz del Evangelio, comprendemos Dios nos está diciendo que tenemos un tiempo limitado en nuestra vida y tenemos que aprovecharlo. Y Dios es paciente con nosotros, no nos castiga, y nos da un año más, y otro, y otro… Pero el tiempo se nos acaba, y no sabemos ni el día ni la hora en que va a llegar el novio, y encontrarnos con las lámparas sin aceite (Cfr. Mt 25,1-13). “En cuanto a ese día y esa hora, nadie los conoce, ni los ángeles del cielo, ni el Hijo, sino sólo el Padre” (Mt 24,36).

Jesús nos sigue llamando (Cfr. Ap 3,20), pero seguimos dejándolo “para mañana”. Entonces tenemos que preguntarnos, ¿hasta cuando voy a tener para contestarle? No tenemos más que abrir un periódico para leer sobre todas las personas que a diario mueren producto de accidentes o crímenes. La pregunta obligada es: Estas personas, ¿habían contestado la llamada de Jesús, o lo habían dejado para “mañana”?

Si no lo has hecho, este este fin de semana que comienza es un buen momento para reconciliarte con el Señor. No desaproveches la oportunidad.

Todavía estamos a tiempo… ¡Anda!, Él te espera.

REFLEXIÓN PARA EL VIERNES DE LA VIGÉSIMO TERCERA SEMANA DEL T.O (1) 11-09-15

 

Lc 6,39-42 a

La primera lectura que nos brinda la liturgia para hoy es el comienzo de la primera carta del apóstol san Pablo a Timoteo (1,1-2.12-14). Esta carta, junto a la segunda carta al mismo Timoteo y la carta a Tito, conforman las tres cartas de Pablo que se conocen como “cartas pastorales” de Pablo.

Los primeros dos versículos nos permiten apreciar el profundo amor y respeto que Pablo siente por su discípulo, al llamarlo “verdadero hijo en la fe”, y desearle “la gracia, la misericordia y la paz de Dios Padre y de Cristo Jesús, Señor nuestro”. Pablo había dejado a Timoteo a cargo de la comunidad de Éfeso cuando partió para Macedonia.

El resto del pasaje (vv.12-14) nos muestra la humildad de Pablo, quien reconoce su vida anterior de pecado (“antes era un blasfemo, un perseguidor y un insolente”) y que todo lo que ha logrado, especialmente su fe, se lo debe a la compasión que Dios ha tenido con él, y a la gracia que Dios le ha prodigado. Esa gracia y compasión le permitieron reconocer sus pecados, experimentar la verdadera conversión y ponerse al servicio del Señor. De otro modo no hubiese podido guiar a otros hacia ese camino de conversión verdadera.

En la lectura evangélica para hoy (Lc 6,39-42) Jesús utiliza la figura de la vista (“ciego” – “ojo”), que nos evoca la contraposición luz-tinieblas (Cfr. Jn 12,46), para recordarnos que no debemos seguir a nadie a ciegas, como tampoco podemos guiar a otros si no conocemos la luz. “¿Acaso puede un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán los dos en el hoyo?”. El mensaje es claro: No podemos guiar a nadie hacia la verdad si no conocemos la verdad. No podemos proclamar el Evangelio si no lo vivimos, porque terminaremos apartándonos de la verdad y arrastrando a otros con nosotros.

Ese peligro se hace más patente cuando caemos en la tentación de juzgar a otros sin antes habernos juzgado a nosotros mismos, cuando pretendemos enseñarle a otros cómo poner su casa en orden cuando la nuestra está en desorden: “¿Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la viga que llevas en el tuyo? ¿Cómo puedes decirle a tu hermano: ‘Hermano, déjame que te saque la mota del ojo’, sin fijarte en la viga que llevas en el tuyo? ¡Hipócrita! Sácate primero la viga de tu ojo, y entonces verás claro para sacar la mota del ojo de tu hermano”.

Con toda probabilidad Jesús estaba pensando en los fariseos cuando pronunció esas palabras tan fuertes. Pero esa verdad no se limita a los fariseos. Somos muy dados a juzgar a los demás con severidad, pero cuando se trata de nosotros, buscamos (y encontramos) toda clase de justificaciones e inclusive nos negamos a ver nuestras propias faltas.

“Te pedimos, Señor: Danos ojos limpios y claros para mirar dentro de nuestro corazón y nuestra conciencia, pero empáñalos tenuemente con las sombras del amor cuando veamos las faltas de los que nos rodean. Te lo pedimos por Jesucristo nuestro Señor. Amén” (de la Oración colecta).

REFLEXIÓN PARA EL MIÉRCOLES DE LA DECIMONOVENA SEMANA DEL T.O. (1) 12-08-15

amaosunosaotros2-fano

La liturgia continúa presentándonos el discurso eclesial de Jesús, llamado así porque en el mismo Jesús aborda las relaciones entre sus discípulos, es decir, la conducta que deben observar sus seguidores entre sí. El pasaje que contemplamos hoy (Mt 18,15-20), trata el tema de la corrección fraterna: “Si tu hermano peca, repréndelo a solas entre los dos. Si te hace caso, has salvado a tu hermano. Si no te hace caso, llama a otro o a otros dos, para que todo el asunto quede confirmado por boca de dos o tres testigos. Si no les hace caso, díselo a la comunidad, y si no hace caso ni siquiera a la comunidad, considéralo como un gentil o un publicano”. Cabe señalar que en este pasaje es cuando por primera vez Jesús utiliza la palabra “hermano” para designar  la relación entre la comunidad de discípulos de Jesús, en el Evangelio Según san Mateo.

La conducta que Jesús propone a sus discípulos en este pasaje no es distinta de la mentalidad y costumbres judías. Se trata de los modos de corrección fraterna contemplados en la Ley. Así, por ejemplo, la reprensión en privado como primer paso está contemplada en Lv 19,17, y la reprensión en presencia de dos o tres testigos en Dt 19,15.

Lo que sí es nuevo es el poder de perdonar los pecados que Jesús confiere a sus discípulos, que va más allá de la mera corrección fraterna: “Os aseguro que todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo”. Este “atar” y “desatar” tiene que ser leído en contexto con los versículos anteriores, que va unido a la corrección fraterna y al poder de la comunidad, es decir, la Iglesia, para expulsar y recibir de vuelta a un miembro. Y ese poder lo ejerce la Iglesia a través de sus legítimos representantes. De ahí que Jesús confiriera ese poder de manera especial a Pedro (Mt 16,19).

El principio detrás de todo esto es que el pecado, la ofensa de un hermano contra otro, destruye la armonía que tiene que existir entre los miembros de la comunidad eclesial; armonía que es la que le da sentido, pues es un reflejo del amor que le da cohesión, que le da su identidad: “En esto todos reconocerán que ustedes son mis discípulos: en el amor que se tengan los unos a los otros” (Jn 13,35). El amor y el pecado son como la luz y las tinieblas, no pueden coexistir. Por eso el pecado no tiene cabida en la comunidad. El perdón mutuo devuelve el balance que se había perdido por el pecado. La clave está en el Amor.

REFLEXIÓN PARA EL JUEVES DE LA DECIMOTERCERA SEMANA DEL T.O. (1) 02-07-15

curacion del paralitico

La liturgia de hoy (Mt 9,1-8) continúa la narración de los diez milagros que sirven de preámbulo a la predicación del Reino de los Cielos que comprende los capítulos 8 y 9 del relato evangélico de Mateo.

Hoy Mateo nos presenta el pasaje de la curación de un paralítico. Este episodio también lo recogen todos los sinópticos. Pero mientras Marcos y Lucas le añaden el detalle de unos amigos que bajaron al paralítico frente a Jesús desde el techo removiendo unas tejas, Mateo omite ese detalle y va directo al reconocimiento de la fe de los que le trajeron al hombre, y al diálogo que sigue, que constituye el meollo del mensaje de Jesús.

“¡Ánimo, hijo!, tus pecados están perdonados”. Estoy seguro que nadie esperaba esa frase de parte de Jesús. Hasta entonces le habían visto como el gran taumaturgo (hacedor de prodigios): curando enfermos, demostrando su poder sobre la naturaleza, y hasta echando demonios. Pero, ¿ahora también se arroga el poder de perdonar pecados? ¡Blasfemia!, pensaron todos. Ese poder le está reservado a Dios, pues solo a Él se ofende, se hiere con el pecado.

Jesús, que ve en lo profundo de los corazones de los hombres, sabía lo que estaban pensando y les ripostó: “¿Por qué pensáis mal? ¿Qué es más fácil decir: ‘Tus pecados están perdonados’, o decir: ‘Levántate y anda’? Pues, para que veáis que el Hijo del hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados –dijo dirigiéndose al paralítico–: Ponte en pie, coge tu camilla y vete a tu casa”.

Para entender el alcance de este gesto de Jesús tenemos que comprender la mentalidad de los escribas y fariseos. Para ellos, la enfermedad era producto del pecado, y mientras más grave el pecado, más grave la enfermedad. Y aunque Jesús había aclarado que la enfermedad no estaba ligada al pecado (Jn 9,1-14), utiliza un signo visible, como es la desaparición de la parálisis, para demostrar que, en efecto, los pecados de aquél hombre habían sido perdonados. Es decir, utilizó el signo de la sanación corporal para probarles la sanación espiritual del alma de aquél hombre que estaba en estado de pecado.

No solo les demostró a sus detractores que los pecados de aquél hombre habían sido perdonados, sino que también el hombre tuvo la certeza de que había sido perdonado: “tus pecados están perdonados”.

Antes de partir, Jesús transmitió a sus apóstoles y a sus sucesores el poder de perdonar los pecados: “Reciban el Espíritu Santo. Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen, y serán retenidos a los que ustedes se los retengan” (Jn 20,22-23). Ese es el fundamento del sacramento de la reconciliación. Cuando nos acercamos al sacramento con nuestra alma “paralizada” por el pecado y confesamos nuestros pecados, escuchamos la fórmula absolutoria que parafrasea las palabras de Jesús a aquél paralítico: “tus pecados están perdonados”, y “ponte en pie”. Entonces tenemos la certeza de que hemos sido perdonados. No hay nada que sustituya la sensación que se siente en ese momento.

¿Cuánto tiempo hace que no te acercas al sacramento de la reconciliación? Anda, ¡anímate! Verás cuán cerca de Dios te sientes.

“No creo en el diálogo con los musulmanes”. ¿Es eso pecado o herejía?

Islam

Si la Nostra Aetate representa la piedra angular de cómo un cristiano debería ver la islam y a los musulmanes, si alguien no está de acuerdo o no quiere seguir estas indicaciones, ¿comete herejía? ¿Comete pecado?

El informe de Aleteia sobre “¿Cómo dice la Iglesia que hay que tratar con los musulmanes?” – que contiene un recorrido por los pronunciamientos de la Iglesia sobre la relación con el islam – se concentra ahora sobre la que se considera la Carta Magna del dialogo interreligioso.

Nostra Aetate no es una declaración dogmática

“Lo primero que hay que decir – explica Philip Goyret, profesor de Eclesiología en la Pontificia Universidad de la Santa Croce – es que no es una “declaración dogmática”, en el sentido de definir como dogma algo antes no definido como tal”.

“Se puede decir también que la perspectiva dogmática no es la predominante: el documento se ocupa más de … [continuar leyendo]

Tomado de: http://www.aleteia.org/es/religion/articulo/no-creo-en-el-dialogo-con-los-musulmanes-es-eso-pecado-o-herejia-5245561842171904

REFLEXIÓN PARA EL MARTES DE LA OCTAVA DE PASCUA 07-04-15

Maria Magdalena en el sepulcro

Como habíamos adelantado ayer, los pasajes evangélicos que vamos a contemplar durante la Octava de Pascua nos narran las apariciones de Jesús a sus discípulos luego de su gloriosa resurrección.

Hoy la liturgia nos presenta la versión de Juan de la aparición de Jesús a María Magdalena (Jn 20,11-18). En los versículos anteriores María había encontrado que la piedra que cubría el sepulcro había sido removida, había ido a avisarles a Pedro y a Juan, estos habían llegado y habían encontrado el sepulcro vacío. Al regresarse a casa los discípulos, María se quedó llorando junto al sepulcro.

Al asomarse al sepulcro vio dos ángeles en donde había estado el cuerpo del Señor. “Ellos le preguntan: ‘Mujer, ¿por qué lloras?’ Ella les contesta: ‘Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto’”. Vemos que el llanto de María se ve acentuado por la ausencia del cadáver. Ya no solo llora por la muerte de Jesús, sino porque no sabe dónde está su cadáver. No podría sentirse más “abandonada”.

Jesús lo había adelantado: “Les aseguro que ustedes van a llorar y se van a lamentar;… Ustedes estarán tristes, pero esa tristeza se convertirá en gozo” (Jn 16,20). Y esa Palabra no se hizo esperar. Estando María ahogada en llanto se le presenta Jesús y le dice: “Mujer, ¿por qué lloras?, ¿a quién buscas?”. Pero María no lo reconoce (Jesús estaba con su cuerpo glorificado) y le confunde con el jardinero, diciéndole que si él se ha llevado el cadáver que le diga dónde está para ir a recogerlo. Un acto de misericordia y caridad.

Hasta este momento toda la conversación, tanto con los ángeles como con Jesús, ha trascurrido en un plano impersonal, se le ha llamado por el apelativo de “mujer”, tal vez reflejo del vacío y la tristeza que ella experimentaba en su corazón. Ese mismo vacío que sintió María Magdalena, lo sentimos nosotros en nuestros corazones cuando estamos en pecado. En ese momento nuestra alma está tan vacía como lo estuvo aquel sepulcro hace casi dos mil años. Jesús no está y no lo podemos encontrar…

Pero todo cambia cuando Jesús se le revela y la llama por su nombre: “¡María!” En ese momento se le abren los ojos del alma, y su vacío y tristeza se convierten en gozo, y reconoce a Jesús: “¡Rabboni!”. Trato de imaginar lo que María debe haber sentido en ese momento. Sentiría que su pecho iba a estallar; no encontraría palabras para expresar su alegría, por eso trata de abrazarlo y Jesús no se lo permite: “Suéltame, que todavía no he subido al Padre”. Y le envía a dar la buena noticia a sus hermanos.

Del mismo modo, cuando nuestra alma está vacía por causa del pecado, cuando no encontramos a Jesús dentro de nosotros o, como María, lo vemos pero no le reconocemos, si nos arrepentimos de corazón y lloramos nuestra culpa, Jesús nos llamará por nuestro propio nombre. Y entonces se nos abrirán los ojos del alma y le reconoceremos. Pero a diferencia de María, quien no pudo abrazar al Resucitado porque todavía no había subido al Padre, nosotros sí podemos fundirnos con Él en el abrazo más amoroso imaginable. Y saldremos con júbilo a decir a nuestros hermanos: ¡Él vive!