REFLEXIÓN PARA EL MIÉRCOLES DE LA UNDÉCIMA SEMANA DEL TIEMPO ORDINARIO (2) 17-06-20

“Cuando recéis, no seáis como los hipócritas, a quienes les gusta rezar de pie en las sinagogas y en las esquinas de las plazas, para que los vea la gente”. 

La liturgia sigue llevándonos de la mano por el “discurso evangélico” (también llamado “discurso inaugural”) de Jesús que comprende los capítulos 5 y 6 del Evangelio según san Mateo. El discurso comienza con las Bienaventuranzas y luego pasa a establecer la diferencia entre la Antigua Alianza fundamentada en la observancia de la Ley, y la Nueva Alianza que interpreta la misma Ley humanizada con el espíritu de las Bienaventuranzas las que, a su vez, están fundamentadas en la Ley del Amor.

Es este discurso Jesús nos reitera la primacía del amor y la disposición interior sobre el formalismo ritual y el cumplimento exterior de la Ley que practicaban los escribas y fariseos, presentándonos la justicia del verdadero discípulo como superior a la de aquellos. Para demostrarlo, en el pasaje que contemplamos hoy (Mt 6,1-6.16-18) utiliza las tres prácticas penitenciales clásicas de los fariseos, la limosna, la oración y el ayuno, que se refieren a nuestra relación con nuestro prójimo, con Dios y con nosotros mismos.

Hoy Jesús nos describe el “cumplimiento” exterior de los fariseos con las prácticas penitenciales aludidas, señalando que, por no estar acompañadas de una disposición interior cónsona con los actos y gestos exteriores, no son agradables a Dios.

Jesús se refiere a aquellos cuya conducta no guarda relación alguna con lo que hay en sus corazones. Aquellos que aparentan ser justos, ofrendan (asegurándose de que todos vean la denominación del billete que echan en la canasta de las ofendas), oran y participan de las celebraciones litúrgicas y los sacramentos con gran pompa, y se encargan de que todos sepan cuándo ayunan y hacen otros actos penitenciales, mientras en su interior están llenos de desprecio, envidias, rencor, soberbia, y hasta delirios de grandeza, pues gustan de recibir el reconocimiento de todos y hacen lo indecible para ocupar “puestos” en las comunidades de fe y ministerios parroquiales. ¿Quién dijo que el fariseísmo había desaparecido?

Jesús utiliza una palabra para referirse a estas personas: “hipócritas”. Esta palabra se deriva del griego hypokrites y significa “actor”, es decir, alguien que representa un personaje en una obra de teatro. Esos, nos dice Jesús, no tendrán recompensa del Padre, porque “ya han recibido su paga” (el reconocimiento y el aplauso de los hombres). El reconocimiento por parte de los demás nos podrá llenar de prestigio, de “gloria”, pero se trata de una gloria terrenal, pasajera, efímera.

Como la Ley del Amor está escrita en nuestros corazones, es allí donde se cumple, no en los gestos exteriores. Y el Padre, “que ve en lo escondido”, nos juzgará según lo que hay en nuestros corazones. Por eso nos reitera que si practicamos la limosna en secreto, si oramos en la intimidad de nuestro ser, y si ayunamos manteniendo nuestro buen semblante, el Padre, que “ve en lo secreto” nos recompensará. Porque habremos practicado la caridad (el Amor) hacia Dios, nuestro prójimo y nosotros mismos; habremos vivido el espíritu de las Bienaventuranzas.

“Al atardecer de la vida, seremos examinados en el amor” (San Juan de la Cruz).

REFLEXIÓN PARA EL MARTES DE LA UNDÉCIMA SEMANA DEL T.O. (2) 16-06-20

En el pasaje evangélico de ayer (Mt 5,38-42) Jesús nos instaba a “poner la otra mejilla” al que nos abofetee, a darle la capa al que quiera quitarnos la túnica, a caminar “la milla extra” por el que nos pida acompañamiento, a darle al que nos pida, y a no rehuir al que nos pida prestado. Decíamos que esa conducta está reñida con el mundo secular en que nos ha tocado vivir, y cómo puede resultar difícil, y hasta absurda, a nuestros contemporáneos.

Si creíamos que esas exigencias del seguimiento de Jesús eran difíciles, en la lectura evangélica que nos brinda la liturgia para hoy (Mt 5,43-48), Jesús las lleva al extremo.

“Amad a vuestros enemigos, y rezad por los que os persiguen. Así seréis hijos de vuestro Padre que está en el cielo, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos. Porque, si amáis a los que os aman, ¿qué premio tendréis? ¿No hacen lo mismo también los publicanos? Y si saludáis sólo a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de extraordinario? ¿No hacen lo mismo también los gentiles? Por tanto, sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto”.

Este pasaje da significado a lo dicho por Juan al final del prólogo de su relato evangélico: “la Ley fue dada por medio de Moisés, pero la gracia y la verdad nos han llegado por Jesucristo” (1,17). Es el cumplimiento de la profecía del Antiguo Testamento: “Llegarán los días –oráculo del Señor– en que estableceré una nueva Alianza con la casa de Israel y la casa de Judá. No será como la Alianza que establecí con sus padres el día en que los tomé de la mano para hacerlos salir del país de Egipto, mi Alianza que ellos rompieron, aunque yo era su dueño –oráculo del Señor–. Esta es la Alianza que estableceré con la casa de Israel, después de aquellos días –oráculo del Señor–: pondré mi Ley dentro de ellos, y la escribiré en sus corazones” (Jr 31,31-33).

Lo que parece imposible, amar a nuestros enemigos, se hace, no solo posible, sino que es consecuencia inevitable del llamado que Jesús nos hace: “sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto”. “Ser perfecto” significa amar sin medida, como Él nos ama, a pesar de todas nuestras afrentas, nuestras tibiezas, nuestras traiciones. “Ser perfecto” es aprender a ver el rostro de Jesús en todos nuestros hermanos, aun en aquellos que nos hace la vida difícil, aquellos que nos ponen la zancadilla, que entorpecen nuestra labor o, pero aun, nos causan daño con toda deliberación. Es a esos a quienes Jesús dice que tenemos que amar. ¿Difícil? Sí. ¿Imposible? No.

Si abrimos nuestros corazones al Amor de Dios, y conocemos ese amor, y lo reciprocamos, no tenemos otra alternativa que amar a todos como lo hace Él (Cfr. Jn 14,5), que fue capaz de perdonar a sus verdugos (Lc 23,34).

Leí en algún lugar que amar es una decisión, y que el resultado de esa decisión es el amor. Comienza por ahí. Toma la decisión a amar a tus “enemigos”, añádele el Amor del Padre, y ya no será una mera decisión; será un imperativo de vida. Entonces serás perfecto, como nuestro Padre celestial es perfecto.

REFLEXIÓN PARA EL MIÉRCOLES DE LA VIGÉSIMO OCTAVA SEMANA DEL T.O. (1) 16-10-19

Papa Francisco no aceptó los privilegios y entró en la fila del café igual a los demás…

En la lectura evangélica que nos brinda la liturgia para hoy (Lc 11,42-46), Jesús continúa su condena a los fariseos y doctores de la ley, lanzando contra ellos “ayes” que resaltan su hipocresía al “cumplir” con la ley, mientras “pasan por alto el derecho y el amor de Dios”. Jesús sigue insistiendo en la primacía del amor y la pureza de corazón por encima del ritualismo vacío de aquellos que buscan agradar a los hombres más que a Dios o, peor aún, acallar su propia conciencia ante la vida desordenada que llevan. Todos los reconocimientos y elogios que su conducta pueda propiciar no les servirán de nada ante los ojos del Señor, que ve en lo más profundo de nuestros corazones, por encima de las apariencias (Cfr. Salmo 138; 1 Sam 16,7).

Así, critica también inmisericordemente a aquellos a quienes les encantan los reconocimientos y asientos de honor en las sinagogas (¡cuántos de esos tenemos hoy en día!), y a los que estando en posiciones de autoridad abruman a otros con cargas muy pesadas que ellos mismos no están dispuestos a soportar.

El Señor nos está pidiendo que practiquemos el derecho y el amor de Dios ante todo; que no nos limitemos a hablar grandes discursos sobre la fe, demostrando nuestro conocimiento de la misma, sino que asumamos nuestra responsabilidad como cristianos de practicar la justicia y el derecho, que no es otra cosa que cumplir la Ley del amor. De lo contrario seremos cristianos de “pintura y capota”, “sepulcros blanqueados”, hipócritas, que presentamos una fachada admirable y hermosa ante los hombres, mientras por dentro estamos podridos.

Somos muy dados a juzgar a los demás, a ver la paja en el ojo ajeno ignorando la viga que tenemos en el nuestro (Cfr. Mt 7,3), olvidándonos que nosotros también seremos juzgados. Es a lo que se refiere san Pablo en la primera lectura de hoy (Rm 2,1-11) cuando nos dice: “Y tú, que juzgas a los que hacen eso, mientras tú haces lo mismo, ¿te figuras que vas a escapar de la sentencia de Dios?”.

Ese es el problema del hipócrita; que le presenta una cara al mundo mientras su corazón está lleno de mezquindad y pecado. Podrá engañar a la gente, pero no a Dios “que ve en lo secreto”. Ese es incapaz de recibir el beneficio del sacrificio de la Cruz, porque llega el momento en que se cree que “es” el personaje que está interpretando.

En muchas ocasiones el papa Francisco nos ha invitado todos, al pueblo santo de Dios que es la Iglesia, a poner el énfasis en la misericordia por encima de la rigidez de las instituciones, de los títulos y la jerarquía. La Iglesia del siglo XXI ha de ser la Iglesia de los pobres, de los marginados. De ellos se nutre y a ellos se debe.

Hoy, pidamos al Señor nos conceda un corazón puro que nos permita guiar nuestras obras por la justicia y el amor a Dios y al prójimo, no por los méritos o reconocimiento que podamos recibir por las mismas.

REFLEXIÓN PARA EL JUEVES DE LA DECIMOCTAVA SEMANA DEL T.O. (2) 09-08-18

“Yo seré su Dios, y ellos serán mi pueblo”. Continúa retumbando esa frase de Yahvé Dios; pero esta vez precedida de un componente que le brinda hasta cierto dramatismo: “Meteré mi ley en su pecho, la escribiré en sus corazones…”

En la primera lectura de hoy (Jr 31,31-34) Dios se está refiriendo a una Nueva Alianza, diferente de la Alianza del Sinaí, que va a establecer con su pueblo. Aquella estaba escrita en unas tablas de piedra y basada en unas normas de conducta impuestas. Ahora va ser diferente. Ya no tendrán que aprender ni enseñar la ley, “porque todos me conocerán, desde el pequeño al grande”.

¿Y cómo va Dios a “meter su ley en nuestro pecho”, a “grabarla en nuestros corazones”? La clave tal vez la encontramos unos versículos antes en el mismo libro de Jeremías: “Con amor eterno te amé,…” (Jr 31,3). Va a escribir esa Ley de la Nueva y Eterna Alianza con el único lenguaje que conoce el corazón: el lenguaje del amor. Dios ha derramado su Amor infinito sobre nosotros, nos ama con pasión, con ese amor eterno que no conoce de tiempo ni de límites. Y cuando nos abrimos a ese Amor, y sentimos esa llama que quema nuestro corazón, no tenemos otra alternativa que corresponder. Y cuando eso ocurre nos encontramos “sembrados” en las Bienaventuranzas. Descubrimos que no hay otro camino que no sea el amor, ese amor que nos hace capaces de dar la vida por nuestros amigos (Jn 15,13). Ya la Ley se hará innecesaria, porque al amar con el mismo Amor que Dios nos ama, cumplimos con todos sus preceptos. Por eso ya no tendremos que “aprender ni enseñar la ley”; porque la tendremos “grabada en nuestros corazones”.

El Evangelio de hoy (Mt 16,13-23) nos presenta la “profesión de fe” de Pedro y el primer anuncio de la Pasión. El pasaje comienza con Jesús preguntando a sus discípulos: “¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?”. A lo que los discípulos respondieron: “Unos que Juan Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas”. Entonces Jesús les preguntó: “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?” Pedro replicó: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”.

Esa profesión de fe suscita el primado petrino: “¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo. Ahora te digo yo: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará. Te daré las llaves del reino de los cielos; lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo, y lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo”.

Habiendo delegado su autoridad a Pedro, procedió a hacer el primer anuncio de su Pasión, diciendo a sus discípulos que “tenía que ir a Jerusalén y padecer allí mucho por parte de los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, y que tenía que ser ejecutado y resucitar al tercer día”.

Hoy, pidamos el don de un corazón dócil al Espíritu, para que Su Ley quede grabada en nuestros corazones, y podamos hacer profesión de fe reconociendo a Jesús como nuestro Señor y Salvador.

REFLEXIÓN PARA EL MARTES DE LA SEGUNDA SEMANA DE CUARESMA 27-02-18

Las lecturas que nos presenta la liturgia para hoy nos confrontan con la hipocresía religiosa del pueblo. En la primera lectura (Is 1,10.16-20), el profeta pronuncia un oráculo de Yahvé en el que repudia los sacrificios que le ofrece el pueblo mientras  sus corazones están cada vez más alejados de Él. Si leemos el pasaje completo, incluyendo los vv. 11-15, notamos que este oráculo aparenta haber sido proclamado en medio de una celebración litúrgica, pues hace referencia a los “holocaustos de carneros y grasa de animales cebados”, “incienso”, y “manos extendidas”. Yahvé hace claro que está “harto”, que “detesta” esos rituales vacíos, esas celebraciones litúrgicas falsas, que se han convertido para Él en “una abominación”, en una “carga” que no está dispuesto a soportar. Llega al punto de comparar su generación con la de Sodoma y Gomorra.

Hace claro que ese no es el sacrificio agradable a Él. Por el contrario, les exhorta: “Cesad de obrar mal, aprended a obrar bien; buscad el derecho, enderezad al oprimido; defended al huérfano, proteged a la viuda”. La primacía del amor, de la caridad, sobre la ley y el ritualismo vacío. A Él no le interesan los sacrificios ni holocaustos. Si, por el contrario, obramos el bien y nos apartamos del pecado, “aunque vuestros pecados sean como púrpura, blanquearán como nieve; aunque sean rojos como escarlata, quedarán como lana”. El profeta nos señala en qué consiste el verdadero culto religioso: en obras de caridad (misericordia-amor).

En el pasaje del Evangelio (Mt 23,1-12), que es el preámbulo de las “siete maldiciones” que Jesús lanza contra los escribas y fariseos, Jesús arremete contra la hipocresía de los escribas y fariseos que se han sentado en la cátedra de Moisés (el autor de la Ley) y “no hacen lo que dicen”. “Ellos lían fardos pesados e insoportables y se los cargan a la gente en los hombros, pero ellos no están dispuestos a mover un dedo para empujar”. Se refería Jesús a todos los numerosos preceptos (613 en total) en que los fariseos habían convertido la Ley de Moisés y que, por su número eran prácticamente imposible cumplir.

Se consideraban superiores, mejores que los demás (de hecho, “fariseo” significa “separado”). Toda su actitud iba dirigida a ostentar su superioridad (que pretendía ser producto de su “santidad”) ante todos: las vestimentas y otros accesorios, como las filacterias (unas bandas que llevaban en la frente o en los puños, con unos cofrecitos que contenían textos de la Ley), los primeros lugares, los asientos de honor, las reverencias que esperaban, los títulos. Todo era apariencia exterior, “sepulcros blanqueados” (Mt 23, 27-28). Y por dentro, ¿qué?

El Concilio Vaticano II hizo un gran esfuerzo para eliminar la “pompa” en nuestros ritos y celebraciones litúrgicas, inculturándolos a nuestros respectivos países. Pero, ¿logró acabar con el fariseísmo?

En esta Cuaresma, hagamos examen de conciencia: ¿Me gusta recibir honores?, ¿reconocimiento?, ¿me siento mejor o superior a los demás? Señor, ayúdame a recordar que todos somos hermanos, y que “el que se humilla será enaltecido”, como Aquél que vino a servir y no a ser servido (Mt 20,28), de modo que al llevar a cabo mi misión pastoral pueda tener “olor de oveja”.

Lo repito; el papa Francisco no está diciendo nada nuevo; simplemente está leyendo el Evangelio…

REFLEXIÓN PARA EL JUEVES DE LA TRIGÉSIMA SEGUNDA SEMANA DEL T.O. (2) 10-11-16

El reino esta dentro de vosotros

“Después que Juan fue arrestado, Jesús se dirigió a Galilea. Allí proclamaba la Buena Noticia de Dios, diciendo: ‘El tiempo se ha cumplido: el Reino de Dios está cerca. Conviértanse y crean en la Buena Noticia’” (Mc 4,14-15).

En la lectura evangélica que nos propone la liturgia para hoy (Lc 17,20-25), unos fariseos le preguntaban a Jesús que cuándo iba a llegar el Reino de Dios, a lo que Jesús contestó: “El reino de Dios no vendrá espectacularmente, ni anunciarán que está aquí o está allí; porque mirad, el reino de Dios está dentro de vosotros”. Luego se tornó a sus discípulos y les dijo: “Llegará un tiempo en que desearéis vivir un día con el Hijo del hombre, y no podréis. Si os dicen que está aquí o está allí no os vayáis detrás. Como el fulgor del relámpago brilla de un horizonte a otro, así será el Hijo del hombre en su día. Pero antes tiene que padecer mucho y ser reprobado por esta generación”.

Les decía esto porque a pesar de todas sus enseñanzas, todavía algunos discípulos tenían la noción de un reino terrenal.  En el relato de la pasión que nos hace Juan, encontramos a Jesús diciendo a Pilato: “Mi reino no es de este mundo”. Luego, con la culminación del misterio pascual (su pasión, muerte, resurrección y glorificación), pero sobre todo con su resurrección, Jesús vence la muerte e inaugura definitivamente el Reino que había anunciado. Y ese Reino se hace presente en el corazón de todo aquél que le acoge y le recibe como su Rey y salvador.

A la pregunta de si el Reino de Dios está entre nosotros, escuchamos a los teólogos decir: “Ya, pero todavía…” Es decir, ya está entre nosotros (Jesús se encarnó entre nosotros y nos dejó su presencia – Mt 18,20; 28-20), pero todavía le falta, no está completo; está como algunas páginas cibernéticas “en construcción”. Es un Reino, vivo, dinámico, en crecimiento. Y todos estamos llamados a convertirnos en obreros de esa construcción, a trabajar en ese gran proyecto que es la construcción de Reino, que estará consumado el día final, cuando Jesús reine en los corazones de todos los hombres, cuando “como el fulgor del relámpago brille de un horizonte a otro”. Entonces contemplaremos su rostro y llevaremos su nombre sobre la frente, y reinaremos junto a Él por toda la eternidad (Ap 22,4-5).

Y ese reinado, el “gobierno” que Jesús nos propone y nos promete, es uno regido por una sola ley, la ley de amor, en el cual Él, que es el Amor, reina soberano (Cfr. 1Jn 4,1-12).

Hoy debemos preguntarnos: Jesús, ¿reina ya en mi corazón? ¿Estoy haciendo la labor que me corresponde, según mis carismas, en la construcción del Reino?

“Señor Dios nuestro: Tu reino no es un orden establecido y anquilosado, sino algo que está siempre vivo, dinámico y siempre llegando. Haznos conscientes de que encontraremos el reino allí donde te dejemos reinar a ti, donde nosotros y el reino de este mundo demos paso a tu reino, donde dejemos que  tu justicia, amor y paz ocupen el lugar de nuestras torpezas y tropezones” (de Oración Colecta para hoy).