REFLEXIÓN PARA EL VIERNES DE LA TRIGÉSIMA SEGUNDA SEMANA DEL T.O. (2) 13-11-20

“El mandamiento que tenemos desde el principio, amarnos unos a otros”.

La liturgia de hoy nos presenta como primera lectura un pasaje del libro más corto de la Biblia (2 Jn 4-9), tan corto que ni tan siquiera está dividido en capítulos y tiene apenas trece versículos. La carta está dirigida a una comunidad desconocida, a quien el apóstol se refiere como “Señora elegida”.

Dos temas se tratan en la carta: el mandamiento y primacía del amor, y la importancia de la creencia en la encarnación de Cristo.

Sobre el primero Juan le expresa a la comunidad que no les dice nada nuevo, que meramente desea reiterar “el mandamiento que tenemos desde el principio, amarnos unos a otros”, y que debe regir nuestra conducta como cristianos. A renglón seguido añade que “amar significa seguir los mandamientos de Dios”. Una fórmula tan sencilla como compleja por sus profundas implicaciones.

El mismo Juan dirá más adelante al escribir su relato evangélico que Jesús resumió todos los mandamientos en uno: “Les doy un mandamiento nuevo: ámense los unos a los otros. Así como yo los he amado, ámense también ustedes los unos a los otros. En esto todos reconocerán que ustedes son mis discípulos: en el amor que se tengan los unos a los otros” (Jn 13,34-35). En otras palabras, el que ama cumple todos los mandamientos, pues todos los mandamientos tienen como denominador común el amor; amor a Dios y amor al prójimo.

El segundo tema que plantea Juan en su carta se refiere a los herejes que negaban la encarnación del Verbo (herejía que aún persiste en nuestro tiempo): “Es que han salido en el mundo muchos embusteros, que no reconocen que Jesucristo vino en la carne. El que diga eso es el embustero y el anticristo”. Juan fue el primero en utilizar la palabra “anticristo” para referirse a aquellos que se oponen o pretenden sustituir a Cristo (Cfr. 1 Jn 2,18; 4,3).

El apóstol enfatiza a los destinatarios de esta carta que todo el que se “propasa” y no permanece en la doctrina de Cristo no posee a Dios. Esta aseveración es consistente con las palabras que el mismo Juan pone en boca de Jesús en su Evangelio: “Nadie va al Padre, sino por mí. Si ustedes me conocen, conocerán también a mi Padre. Ya desde ahora lo conocen y lo han visto. El que me ha visto, ha visto al Padre” (Jn 14,6b-7.9b). Está claro que si Cristo no se hubiera encarnado no habríamos tenido la plena revelación de Dios, que se concretiza cuando “llegada la plenitud de los tiempos, Dios envió a su Hijo, nacido de una mujer y sujeto a la Ley” (Gal 4,4). En otras palabras, solo encontramos a Dios en la “encarnación de Dios”, en Jesucristo.

Gracias Padre, porque te dignaste encarnar a tu Hijo para que conociéndolo a Él llegáramos al conocimiento de tu persona, y de tu infinito amor que has derramado sobre nosotros por el Espíritu Santo que nos has dado (Rm, 5,5).

REFLEXIÓN EN TORNO AL DISTANCIAMIENTO SOCIAL Y EL COVID-19

Esta experiencia nos ha ayudado a comprender y valorar la vida de los monjes y monjas de clausura, cuya vocación es incomprendida, menospreciada, y hasta objeto de burla,

En estos días de “distanciamiento social” que nos ha tocado vivir como herramienta efectiva para frenar la pandemia del COVID-19, he visto los comentarios, memes, y toda clase de postings de personas en las redes sociales, ventilando su ansiedad, su frustración, su rabia, su tristeza, su desesperación, y todo el abanico de posibles sentimientos negativos, por el mero hecho que su movimiento físico está restringido.

Eso me hace pensar: ¿Seré yo acaso un “extraterrestre”? Porque para mi esposa y para mí, que hoy cumplimos 15 días de reclusión voluntaria en nuestro hogar (no hemos tenido que salir ni tan siquiera al mercado, pues, gracias a la previsión de mi esposa, ya estábamos aprovisionados para la temporada de huracanes), este tiempo ha sido uno de bendición, crecimiento espiritual, fortalecimiento de nuestro mutuo amor, y crecimiento en la fe.

De paso, esta experiencia nos ha ayudado a comprender y valorar la vida de los monjes y monjas de clausura, cuya vocación es incomprendida, menospreciada, y hasta objeto de burla, por un mundo que todo lo mide en términos de utilidad y beneficio. Muchos no ven utilidad alguna en el hecho de apartase de mundo voluntariamente sin rendir ningún “servicio directo” al pueblo de Dios. ¡Cuán equivocados están!

Una de las primeras cosas que aprendí al comenzar a compenetrarme con la Orden de Predicadores (Dominicos), a la cual pertenezco en calidad de Laico de profesión perpetua, fue el valor extraordinario de las monjas de clausura de la Orden, quienes con su oración constante y sus sacrificios, son el corazón y los pulmones de la Orden, brindando fortaleza a los frailes, religiosas de vida apostólica y laicos, quienes con su predicación viven el carisma que le da su nombre a la Orden. Pienso también en santa Teresa del Niño Jesús, quien desde su claustro oraba constantemente por la labor de los misioneros, lo que le ganó el ser proclamada por el papa San Pío XI “Patrona especial de los misioneros y de las misiones”.

Sí, las monjas y los monjes de clausura de todo el mundo, con su estilo de vida autoimpuesto, por amor a Dios y a todos sus hijos, se acercan a Él de una manera especial, obteniendo y compartiendo con toda la humanidad abundantes gracias y bendiciones. Al igual que María de Betania, estos seres especiales han elegido la mejor parte, que no les será quitada (Lc 10,41-42), pero que ellos comparten con generosidad por amor al Cristo que inhabita en todos sus hermanos. Así, desde esa intimidad con Dios y a través de esas gracias compartidas, hacen de este mundo uno más humano y agradable a Dios.

La Palabra nos dice que “en todas las cosas interviene Dios para bien de los que le aman” (Rm 8,28). En los cursos de Biblia que imparto les hablo a mis estudiantes de los “signos de los tiempos”, que definimos como todos los acontecimientos, positivos y negativos, personales y colectivos, que cuando los discernimos a la luz del Evangelio, nos dejan un mensaje interpelante de Dios. Es la Palabra de Dios en los signos de los tiempos. Y la pandemia del COVID-19 no es la excepción.

Si amas a Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu fuerza (Dt 6,5), verás esta clausura involuntaria como una oportunidad que el Señor te está brindando para crecer en la fe y profundizar en tu relación amorosa con Él, como lo hacen nuestros hermanos y hermanas de clausura.

Al comienzo del toque de queda y cierre de toda actividad no esencial, nuestro Arzobispo nos hizo un llamado a potenciar nuestra “iglesia doméstica”. Mi esposa y yo hemos aprovechado esta oportunidad que el Señor nos brinda intensificando nuestra oración personal y en pareja (incluyendo el Santo Rosario), la lectura y meditación de las Sagradas Escrituras, la Liturgia de las Horas, la misa diaria a través de la internet con comunión espiritual, y hasta un retiro de cuaresma que compartimos hoy con más de 2.300 personas vía Facebook live.

Todas esas actividades nos han hecho sentir más cercanos que nunca a Dios, y proporcionado una alegría que solo puede venir de compartir su Amor, mientras oramos por todos los que están necesitados de su bondad y misericordia infinitas, y por el fin de esta pandemia.

Hoy te invito a darle sentido a tu clausura abriendo tu corazón a Dios, y uniéndote a mi esposa y a mí en oración por todos los afectados por esta pandemia, por los enfermos, sus cuidadores y el personal sanitario, por nuestro pueblo, por nuestra Iglesia, nuestro clero, monjas y monjes de clausura, religiosos, laicos comprometidos, por todos aquellos que prestan servicios esenciales a la ciudadanía, y por los que están solos.

Verás cómo tu distanciamiento social cobra un nuevo significado y, antes de que te des cuenta, todo habrá pasado para nuestro bien.

Y, por supuesto, #quédateencasa.