REFLEXIÓN PARA LA FIESTA DE SAN BARTOLOMÉ, APÓSTOL 24-08-17

Hoy celebramos la Fiesta de san Bartolomé, apóstol. A Bartolomé se le menciona, y aparece en las llamadas “listas apostólicas” de los sinópticos y Hechos de los apóstoles, como uno de los doce apóstoles (Mt 10,3; Mc 3,18; Lc 6,14; Hch 1,13). No así en el evangelio según san Juan. En la lectura evangélica que nos brinda la liturgia de hoy (Jn 1,45-51) para la Fiesta de san Bartolomé, se habla de un tal Natanael, a quien la tradición le identifica con éste, en parte, por el hecho de que su nombre aparece inmediatamente después de Felipe en tres de esas “listas apostólicas”.

En este pasaje, lleno de simbolismos y alusiones al Antiguo Testamento, típicas de los escritos de san Juan, que por la brevedad de estas líneas no podemos elaborar, nos narra la vocación de Natanael (Bartolomé), inmediatamente después de la de Felipe, a quien Jesús utiliza como instrumento para “reclutarlo”. Como hemos señalado en ocasiones anteriores la palabra vocación viene del verbo latino vocare que quiere decir llamar.

Al igual que hizo con Felipe y Natanael en el relato de hoy, y con los demás apóstoles, Jesús nos llama a todos a seguirle. A unos nos llama directamente, como lo hizo con Felipe (“sígueme”), a otros nos llama por medio de aquellos que ya le siguen, como en el caso de Bartolomé, a quien Felipe le dijo: “Aquel de quien escribieron Moisés en la Ley y los profetas, lo hemos encontrado: Jesús, hijo de José, de Nazaret.” Y ante el escepticismo de Bartolomé (“¿De Nazaret puede salir algo bueno?”), Felipe insistió: “Ven y verás”. Bartolomé le siguió, vio, y creyó: “Rabí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel”.

Felipe había tenido un encuentro personal con Jesús, y como todo el que pasa por esa experiencia, sintió una urgencia inexplicable en comunicar a otros “eso” que había encontrado; como aquellos a quienes Jesús curaba y les pedía que no dijeran a nadie lo ocurrido, que no bien había Jesús terminado de decirlo, cuando ellos salían corriendo a contarle a todos ese encuentro maravilloso que había cambiado sus vidas para siempre. Es lo que Jesús más adelante verbalizaría en su mandato: “Vayan y hagan discípulos” (Mt 28,19).

Bartolomé no solo aceptó la invitación sino que se convirtió en discípulo. Más tarde, Jesús lo escogería como uno de los doce apóstoles sobre los que Jesús instituyó su Iglesia, cuyos nombres están inscritos en los doce basamentos de la Nueva Jerusalén que Juan describe en la visión que nos narra en la primera lectura de hoy, tomada del libro del Apocalipsis (21,9b-14). Como tal, saldría a predicar, a “hacer discípulos”.

Aunque es uno de los apóstoles de quien menos se sabe, la tradición lo coloca evangelizando en Armenia y en la India, siendo objeto de especial veneración en este último país.

Jesús nos ha llamado a todos de diversas maneras. Y si vamos a ser verdaderos seguidores de Jesús acataremos su mandato: “Vayan y hagan discípulos”. ¿Aceptas el reto?

REFLEXIÓN PARA EL VIERNES DE LA DÉCIMO TERCERA SEMANA DEL T.O. (1) 07-07-17

El evangelio que nos presenta la liturgia de hoy (Mt 9,9-13) es uno sobre el cual podríamos escribir muchas páginas, dada la riqueza de su contenido. En este pasaje Mateo narra su propia vocación (del latín vocatio, que se deriva a su vez del verbo vocare – llamar), y se llama a sí mismo Mateo (que significa “don de Dios”), mientras Marcos y Lucas, en sus pasajes paralelos (Mc 2,13; Lc 5,27), le llaman Leví.

Por la brevedad que nos impone esta corta reflexión, nos limitaremos a una sola palabra, tal vez la más importante pronunciada por Jesús: “Sígueme”. Siempre que leo este pasaje trato de imaginarme la escena. Mateo sentado en su mesa de cobrador de impuestos (los publicanos eran de las personas más odiadas en tiempos de Jesús, nos solo por cobrar los impuestos para el imperio romano, sino por cobrar en exceso para enriquecerse), probablemente contando sus recaudos, y de momento siente la presencia de alguien que se detiene frente a la mesa y lo mira con la mirada más penetrante que jamás haya visto, al punto que le hace levantar la suya y cruzarla con la de Aquél cuya presencia le perturbó. Y esa persona, a quien Mateo no había visto jamás, con un tono de voz amable pero con una firmeza avasalladora le dice: “Sígueme”. Y Mateo “se levanto, lo dejó todo y empezó a seguirlo” (Lc 5,27).

Hoy Jesús continúa diciendo lo mismo a cada uno de nosotros: “Sígueme”. A veces pensamos que eso es para los “santos”, para las ancianitas “piadosas”, para los “curas” y las monjitas. ¡Falso! Jesús nos llama a cada uno por nuestro nombre, por más pecadores que seamos, y tiene una misión para para cada cual. “No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos. Andad, aprended lo que significa ‘misericordia quiero y no sacrificios’: que no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores”.

En su ministerio Jesús se juntaba, se sentaba a la mesa con los “pecadores”, que en su tiempo se refería a unas determinadas clases sociales o tipos de gentes (publicanos, ladrones, prostitutas, paganos, adúlteros, asesinos, etc.). De esta manera Jesús rompe con los esquemas y prejuicios de su tiempo; no “etiqueta” a las personas, como solemos hacer hoy aún. Y ante el prejuicio y la intolerancia, nos propone el amor gratuito y desinteresado, la misericordia (en hebreo: hesed).

Jesús llamó a Mateo (publicano), a Pablo (su más acérrimo perseguidor), para convertirlos en apóstoles; y lo fueron porque estuvieron dispuestos a seguirle, a compartir su suerte. Hoy te llama a ti, me llama a mí. ¿Estamos dispuestos a “dejarlo todo” y empezar a seguirle?

Que conste, a veces nos llama tan solo para saber si en realidad estamos dispuestos a seguirlo, y a mitad el camino, o casi al final nos dice: “Como estuviste dispuesto a dejarlo todo para seguirme, ahora tengo algo mejor para ti”.

“¡Bien, siervo bueno y fiel!; en lo poco has sido fiel, al frente de lo mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor” (Mt 25,21).

REFLEXIÓN PARA LA FIESTA DE SAN ANDRÉS, APÓSTOL 30-11-16

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Hoy la Iglesia celebra la Fiesta de san Andrés, apóstol. Andrés, oriundo de Betsaida (Jn 1,44), discípulo de Juan y hermano de Simón-Pedro, fue uno de los cuatro apóstoles originales (junto a Pedro, Santiago y Juan). El relato evangélico que la liturgia dispone para esta Fiesta (Mt 4,18-22), nos narra la vocación de estos primeros discípulos, que eran pescadores en el mar de Galilea. En ocasiones anteriores hemos dicho que la palabra vocación viene del verbo latino vocare, que quiere decir llamar. Así, la vocación es un llamado, en este caso de parte de Jesús.

Y los llamados de Jesús siempre son directos, sin rodeos, al grano. “Venid y seguidme, y os haré pescadores de hombres”. Una mirada penetrante y una palabra o una frase; imposible de resistir. Siempre que leo la vocación de cada uno de los apóstoles trato de imaginar los ojos, la mirada de Jesús, y la firmeza de su voz. Y se me eriza la piel. Por eso la respuesta de los discípulos es inmediata y se traduce en acción, no en palabras.

Nos dice la lectura que Andrés y Simón, “inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron”. En cuanto a los hijos de Zebedeo nos dice la lectura que “inmediatamente dejaron la barca y a su padre y lo siguieron”. Cabe señalar que en el relato evangélico de Juan, Andrés vio y siguió a Jesús primero, y es él quien va su hermano Simón Pedro y le dice: “Hemos encontrado al Mesías” (Jn 1,41). Tan impactante fue la experiencia de aquél primer encuentro con Jesús, que Juan recuerda la hora en que eso sucedió: “Eran como las cuatro de la tarde” (Jn 1,39). En cuanto a estos últimos, vemos no solo la inmediatez del seguimiento, sino también la radicalidad del mismo. Dejaron, no solo la barca, sino a su padre también. “Cualquiera que venga a mí y no me ame más que a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y hermanas, y hasta a su propia vida, no puede ser mi discípulo” (Lc 14,26; Mt 10,37). Dejarlo todo con tal de seguir a Jesús.

Mateo utiliza el lenguaje de la pesca en el escenario del mar de Galilea, y la frase “pescadores de hombres” con miras al objetivo de su relato evangélico, dirigido a los judíos que se habían convertido al cristianismo, con el propósito de demostrar que Jesús es el mesías prometido en quien se cumplen todas las profecías del Antiguo Testamento. Así, alude a la profecía de Ezequiel, en la que se utiliza la metáfora del mar, la pesca abundante y la variedad de peces (Ez 47,8-10) para significar la misión profética a la que Jesús llama a sus discípulos, dirigida a convertir a todos, judíos y paganos.

Hoy Jesús nos llama a ser “pescadores de hombres”. Y la respuesta que Él espera de nosotros no es una palabra, ni una explicación o excusa (Cfr. Lc 9,59-61); es una acción, como la del mismo Mateo, quien cuando Jesús le dijo: “Sígueme”, “dejándolo todo, se levantó y lo siguió” (Lc 5,27; Mt 9,9; Mc 2,14).