REFLEXIÓN PARA EL JUEVES DE LA PRIMERA SEMANA DE CUARESMA 14-03-19

Todas las lecturas de hoy nos refieren la oración, enfatizando la oración impetratoria o de petición fervorosa.

La primera lectura, tomada del libro de Ester (3,6; 4,11-12.14-16.23-25), nos presenta a la reina Ester pidiendo fervorosamente la protección de Dios en un momento de gran peligro en que temía por su vida. La plegaria de Ester refleja su total confianza en el Señor y sus promesas, confianza que solo puede emanar de la fe. Esa fe se refleja en la manera en que Ester actuó inmediatamente después de su oración. Actuó conforme a su certeza en que Dios había escuchado su oración. En eso consiste la fe.

Ester reconoce su pequeñez, su impotencia, su soledad (“estoy sola y no tengo otro defensor fuera de ti”), y pone toda su confianza en Dios con una certeza que solo puede emanar de la fe verdadera.

La lectura evangélica (Mt 7,7-12), por su parte, nos evoca esa plegaria de Ester. En este pasaje Jesús nos enseña a pedir con la confianza en que nuestro Padre que está en el cielo siempre está dispuesto a darnos si le pedimos con ese mismo espíritu. Ya la antífona del Salmo (137) nos había puesto en “sintonía”: “Cuando te invoqué, me escuchaste, Señor”.

El Evangelio nos dice: “Pedid y se os dará, buscad y encontraréis, llamad y se os abrirá; porque quien pide recibe, quien busca encuentra y al que llama se le abre. Si a alguno de vosotros le pide su hijo pan, ¿le va a dar una piedra?; y si le pide pescado, ¿le dará una serpiente? Pues si vosotros, que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más vuestro Padre del cielo dará cosas buenas a los que le piden!”

El abandono a la voluntad y providencia de Dios que surge de la verdadera fe no se manifiesta sentándose a esperar que Él nos provea nuestras necesidades. Por el contrario, tenemos que “actuar” de conformidad con esa confianza, esa certeza de que Dios escucha nuestra plegaria. Si no buscamos no hallaremos; si no llamamos no se nos abrirá.

En su libro Ser como Dios manda (pp.49-50),Benjamín Oltra Colomer nos dice: “Creyente no es el que posee a Dios, sino el que se deja poseer por él. No eres tú quien posee la Revelación, si eres creyente, es ella la que te posee a ti. Es la Palabra de Dios la que embarga, hipoteca y guía tu vida dirigiendo tus pasos y haciendo que aceptes la voluntad de Dios como propia”.

Cuando llegamos a ese grado de compenetración con Dios en la oración, Su voluntad guía nuestra súplica, y nuestra petición coincide con Su voluntad, que siempre coincide con el mayor bien para nosotros. Por tanto, no pediremos nada que sea contrario a Su voluntad. Entonces Dios siempre nos dará lo que le pedimos, porque todo lo que le pidamos será “bueno”.

Durante este tiempo de Cuaresma, pidamos al Señor que nos permita crecer en la fe de tal manera que nuestra oración de petición vaya siempre precedida de una acción de gracias (Cfr. Jn 11,41).

REFLEXIÓN PARA EL QUINTO DOMINGO DEL T.O. (C) 10-02-19

Las lecturas que nos ofrece la liturgia para este quinto domingo del Tiempo Ordinario giran en torno al tema vocacional. Como hemos dicho en ocasiones anteriores, la palabra vocación viene del latín vocatio, que a su vez se deriva del verbo vocare, que quiere decir “llamar”. Es decir, cuando hablamos de vocación en términos religiosos, nos referimos a ese “llamado” que Dios hace a cada cual para una misión en particular.

La primera lectura (Is 6,1-2a.3-8), nos narra la vocación de Isaías. Es un pasaje hermoso preñado de símbolos bíblicos, incluyendo el humo (nube), símbolo de la presencia de Dios, el trono y la orla del manto, que significan la gloria de Dios, y el coro de querubines que cantan: “¡Santo, santo, santo, el Señor de los ejércitos, la tierra está llena de su gloria!”, un superlativo que manifiesta la Majestad divina.

Pero el punto culminante lo encontramos cuando uno de los serafines pasa un carbón encendido por los labios de Isaías y le purifica sus labios (vocación profética), junto al Señor que dice, como pensando en voz alta (Dios no se impone): “¿A quién mandaré? ¿Quién irá por mí?”. A lo que el profeta contesta: “Aquí estoy, mándame”.

En la segunda lectura (1 Co 15,11), san Pablo nos narra cómo el Señor le “llamó”, convirtiéndolo del más acérrimo perseguidor, al apóstol de los gentiles, encargado de predicar la Buena Noticia a todos los pueblos paganos.

El Evangelio (Lc 5,1-11), nos mezcla la vocación de los primeros discípulos, Simón y los hijos del Zebedeo (Santiago y Juan), con el pasaje de la pesca milagrosa. Cabe notar que en el relato evangélico de Juan, la vocación de los primeros discípulos aparece al principio (1,35 y ss.), y la pesca milagrosa nos la narra en un “apéndice”, luego de la Resurrección. Todo esto obedece a un fin pedagógico, que en otro momento desarrollaremos.

Los tres relatos, aunque diferentes, tienen dos elementos en común: el sentido de indignidad de los llamados, y su disponibilidad. En la primera lectura: “¡Ay de mí, estoy perdido! Yo, hombre de labios impuros, que habito en medio de un pueblo de labios impuros”, y luego: “Aquí estoy, mándame”. En la segunda lectura: “Porque yo soy el menor de los apóstoles y no soy digno de llamarme apóstol, porque he perseguido a la Iglesia de Dios. Pero por la gracia de Dios soy lo que soy, y su gracia no se ha frustrado en mí. Antes bien, he trabajado más que todos ellos”. Finalmente, en la tercera lectura: “Apártate de mí, Señor, que soy un pecador”, y luego: “Ellos sacaron las barcas a tierra y, dejándolo todo, lo siguieron”. El mensaje es claro: Dios no escoge a los capacitados, Dios capacita a los que escoge.

Lo cierto es que todos hemos recibido una vocación de parte de Dios, cada uno según la diversidad carismas que el Espíritu ha manifestado en cada cual, para el provecho común (Cfr. 1 Co 12,1-11). Pero Dios no nos obliga, tenemos que “aceptar” nuestra misión.

Y tú, ¿estás dispuesto a dejarlo todo (aquello que te impide aceptar tu misión, por sencilla que sea) y decir: “Aquí estoy, mándame”? ¡Atrévete!

REFLEXIÓN PARA EL VIERNES DE LA DÉCIMO TERCERA SEMANA DEL T.O. (2) 06-07-18

El evangelio que nos presenta la liturgia de hoy (Mt 9,9-13) es uno sobre el cual podríamos escribir muchas páginas, dada la riqueza de su contenido. En este pasaje Mateo narra su propia vocación (del latín vocatio, que se deriva a su vez del verbo vocare – llamar), y se llama a sí mismo Mateo (que significa “don de Dios”), mientras Marcos y Lucas, en sus pasajes paralelos (Mc 2,13; Lc 5,27), le llaman Leví.

Por la brevedad que nos impone esta corta reflexión, nos limitaremos a una sola palabra, tal vez la más importante pronunciada por Jesús: “Sígueme”. Siempre que leo este pasaje trato de imaginarme la escena. Mateo sentado en su mesa de cobrador de impuestos (los publicanos eran de las personas más odiadas en tiempos de Jesús, nos solo por cobrar los impuestos para el imperio romano, sino por cobrar en exceso para enriquecerse), probablemente contando sus recaudos, y de momento siente la presencia de alguien que se detiene frente a la mesa y lo mira con la mirada más penetrante que jamás haya visto, al punto que le hace levantar la suya y cruzarla con la de Aquél cuya presencia le perturbó. Y esa persona, a quien Mateo no había visto jamás, con un tono de voz amable pero con una firmeza avasalladora le dice: “Sígueme”. Y Mateo “se levanto, lo dejó todo y empezó a seguirlo” (Lc 5,27).

Hoy Jesús continúa diciendo lo mismo a cada uno de nosotros: “Sígueme”. A veces pensamos que eso es para los “santos”, para las ancianitas “piadosas”, para los “curas” y las monjitas. ¡Falso! Jesús nos llama a cada uno por nuestro nombre, por más pecadores que seamos, y tiene una misión para para cada cual. “No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos. Andad, aprended lo que significa ‘misericordia quiero y no sacrificios’: que no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores”.

En su ministerio Jesús se juntaba, se sentaba a la mesa con los “pecadores”, que en su tiempo se refería a unas determinadas clases sociales o tipos de gentes (publicanos, ladrones, prostitutas, paganos, adúlteros, asesinos, etc.). De esta manera Jesús rompe con los esquemas y prejuicios de su tiempo; no “etiqueta” a las personas, como solemos hacer hoy aún. Y ante el prejuicio y la intolerancia, nos propone el amor gratuito y desinteresado, la misericordia (en hebreo: hesed).

Jesús llamó a Mateo (publicano), a Pablo (su más acérrimo perseguidor), para convertirlos en apóstoles; y lo fueron porque estuvieron dispuestos a seguirle, a compartir su suerte. Hoy te llama a ti, me llama a mí. ¿Estamos dispuestos a “dejarlo todo” y empezar a seguirle?

Que conste, a veces nos llama tan solo para saber si en realidad estamos dispuestos a seguirlo, y a mitad el camino, o casi al final nos dice: “Como estuviste dispuesto a dejarlo todo para seguirme, ahora tengo algo mejor para ti”.

“¡Bien, siervo bueno y fiel!; en lo poco has sido fiel, al frente de lo mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor” (Mt 25,21). ¡El que tenga oídos para oír que oiga!

REFLEXIÓN PARA EL VIERNES DE LA DÉCIMO TERCERA SEMANA DEL T.O. (1) 07-07-17

El evangelio que nos presenta la liturgia de hoy (Mt 9,9-13) es uno sobre el cual podríamos escribir muchas páginas, dada la riqueza de su contenido. En este pasaje Mateo narra su propia vocación (del latín vocatio, que se deriva a su vez del verbo vocare – llamar), y se llama a sí mismo Mateo (que significa “don de Dios”), mientras Marcos y Lucas, en sus pasajes paralelos (Mc 2,13; Lc 5,27), le llaman Leví.

Por la brevedad que nos impone esta corta reflexión, nos limitaremos a una sola palabra, tal vez la más importante pronunciada por Jesús: “Sígueme”. Siempre que leo este pasaje trato de imaginarme la escena. Mateo sentado en su mesa de cobrador de impuestos (los publicanos eran de las personas más odiadas en tiempos de Jesús, nos solo por cobrar los impuestos para el imperio romano, sino por cobrar en exceso para enriquecerse), probablemente contando sus recaudos, y de momento siente la presencia de alguien que se detiene frente a la mesa y lo mira con la mirada más penetrante que jamás haya visto, al punto que le hace levantar la suya y cruzarla con la de Aquél cuya presencia le perturbó. Y esa persona, a quien Mateo no había visto jamás, con un tono de voz amable pero con una firmeza avasalladora le dice: “Sígueme”. Y Mateo “se levanto, lo dejó todo y empezó a seguirlo” (Lc 5,27).

Hoy Jesús continúa diciendo lo mismo a cada uno de nosotros: “Sígueme”. A veces pensamos que eso es para los “santos”, para las ancianitas “piadosas”, para los “curas” y las monjitas. ¡Falso! Jesús nos llama a cada uno por nuestro nombre, por más pecadores que seamos, y tiene una misión para para cada cual. “No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos. Andad, aprended lo que significa ‘misericordia quiero y no sacrificios’: que no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores”.

En su ministerio Jesús se juntaba, se sentaba a la mesa con los “pecadores”, que en su tiempo se refería a unas determinadas clases sociales o tipos de gentes (publicanos, ladrones, prostitutas, paganos, adúlteros, asesinos, etc.). De esta manera Jesús rompe con los esquemas y prejuicios de su tiempo; no “etiqueta” a las personas, como solemos hacer hoy aún. Y ante el prejuicio y la intolerancia, nos propone el amor gratuito y desinteresado, la misericordia (en hebreo: hesed).

Jesús llamó a Mateo (publicano), a Pablo (su más acérrimo perseguidor), para convertirlos en apóstoles; y lo fueron porque estuvieron dispuestos a seguirle, a compartir su suerte. Hoy te llama a ti, me llama a mí. ¿Estamos dispuestos a “dejarlo todo” y empezar a seguirle?

Que conste, a veces nos llama tan solo para saber si en realidad estamos dispuestos a seguirlo, y a mitad el camino, o casi al final nos dice: “Como estuviste dispuesto a dejarlo todo para seguirme, ahora tengo algo mejor para ti”.

“¡Bien, siervo bueno y fiel!; en lo poco has sido fiel, al frente de lo mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor” (Mt 25,21).