Después de unos días acompañando a mi hermana, quien se encuentra delicada de salud en la unidad de cuidados intensivos de un hospital en los EEUU, estamos de vuelta en Puerto Rico y reanudamos nuestras acostumbradas reflexiones diarias.
Gracias a los que han estado orando por ella. Aunque ha mejorado bastante, aún le queda un período de recuperación complicado. De paso, rogamos a todos se unan a nuestra familia en oración para que el Señor la sane y levante pronto.
La liturgia de hoy (Lc 15,1-10) nos presenta como lectura evangélica las primeras dos de las tres llamadas parábolas de la misericordia que ocupan el capítulo 15 de Lucas (la “oveja perdida”, la “dracma perdida” y el “hijo pródigo”). La introducción de la lectura (versículos uno al tres) nos apunta a quiénes van dirigidas estas parábolas: a nosotros los pecadores.
El pasaje comienza con la crítica de los escribas y fariseos contra Jesús, a quien acusaban de acoger y compartir la mesa con los publicanos y pecadores (tema recurrente en los relatos evangélicos). Para entender el alcance de esta actitud de los fariseos, tenemos que comprender lo que significaba compartir la mesa para la mentalidad judía de la época. Uno solo se sentaba a compartir la mesa con alguien afín, alguien que gozara de la misma dignidad, alguien que fuera nuestro igual. Y los pecadores, especialmente los pecadores públicos como los publicanos, eran tenidos por indignos, despreciables, “excluidos” de la compañía de los “justos” obedientes de la Ley. Por eso la actitud de Jesús les resultaba escandalosa.
La primera de las parábolas nos narra la historia del hombre que tiene cien ovejas, se le pierde una, y deja las noventa y nueve en el campo para ir tras la descarriada. Y cuando finalmente la encuentra, se la carga sobre los hombros, se presenta lleno de la alegría a sus amigos, y les dice: “¡Felicitadme!, he encontrado la oveja que se me había perdido”. El mismo Jesús explica el sentido de la parábola: “Os digo que así también habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse”.
El mensaje de Jesús es claro. Él vino para redimir a los pecadores, Él es la Misericordia Divina encarnada. En un relato similar de Mateo, Jesús dice a sus detractores (parafraseando a Os 6,6-7): “Vayan y aprendan qué significa: ‘Yo quiero misericordia y no sacrificios’. Porque yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores” (Mt 9,13).
La palabra misericordia viene del latín, y se forma de miser (miserable o desdichado), y cor (corazón). Esta palabra de refiere a la capacidad de sentir compasión ante la desdicha de los demás. Si examinamos los textos originales que utilizan el término en las sagradas escrituras (e.g. el Salmo 50 – Miserere), la palabra hebrea utilizada es rahamîn, que se deriva de rehem, que quiere decir útero, lo que denota el amor de la madre. Ese amor que todo lo perdona, no importa la magnitud de la ofensa. ¿Qué madre no está siempre dispuesta a perdonar al hijo de sus entrañas?
San Juan Pablo II, en su carta encíclica Dives in misericordia lo resumía así: “Sobre ese trasfondo psicológico, rahamîn engendra una escala de sentimientos, entre los que están la bondad y la ternura, la paciencia y la comprensión, es decir, la disposición a perdonar”.
Por eso la alegría desbordante de Dios cuando un pecador se arrepiente, y mientras más grande el pecado, mayor será la alegría. Y Él, como Madre amorosa no se cansa de esperar… Anda, ¡reconcíliate!, verás qué rico se siente ese abrazo.
Por motivo de un viaje no programado para atender asuntos familiares, estaremos interrumpiendo nuestras reflexiones diarias a partir de mañana. Las reanudaremos, Dios mediante, el miércoles, 6 de noviembre de 2019.
“Entonces oí el número de los marcados con el
sello: ciento cuarenta y cuatro mil sellados, de todas las tribus de los hijos
de Israel. Después miré y había una muchedumbre inmensa, que nadie podría
contar, de toda nación, razas, pueblos y lenguas, de pie delante del trono y el
Cordero, vestidos con vestiduras blancas y con palmas en sus manos. Y gritan
con fuerte voz: «La salvación es de nuestro Dios, que está sentado en el trono,
y del Cordero»” (Ap 7,4.9-10). Este pasaje, que forma parte de la primera
lectura de hoy, es uno de mis favoritos de toda la Sagrada Escritura. Cada vez
que lo leo no puedo evitar hacerme una imagen mental de la escena, con efectos
audiovisuales y todo. Y como todo cristiano, mi aspiración, como debe ser la de
todos, es llegar a formar parte de esa muchedumbre inmensa. Se me eriza la piel
de tan solo imaginarlo.
Y esa lectura es muy apropiada para la
Solemnidad de todos los Santos que celebramos hoy. Porque si bien la Iglesia
nos propone como modelos y canoniza a unos que llamamos “Santos” y “Santas”,
son cientos de miles los que componen esa multitud, “imposible de contar” que
conforma el grupo de los elegidos, de los que han forjado su santidad a base de
oración y amor al prójimo, a base del seguimiento de los pasos de Jesús.
Y de la misma manera en que la patria honra a
los héroes anónimos de las grandes guerras con un monumento al “soldado
desconocido”, así la Iglesia honra, mediante esta Solemnidad, la memoria de
aquellos que vivieron y murieron en olor de santidad, y cuya obra pasó a veces
desapercibida para la humanidad, mas no ante los ojos de Dios, quien recibió
con agrado la oblación de sus vidas santas.
“Una sola cosa es necesaria” (Lc 10,42): la
santidad personal. La santidad no es algo que está reservado a unas cuantas
almas “privilegiadas”. Todos estamos llamados a ser “santos”. Dios no nos
quiere buenos, nos quiere santos. Santa Teresita del Niño Jesús decía que “la
santidad consiste en una disposición del corazón que nos hace humildes y
pequeños en los brazos de Dios, y confiados -aun con nuestro cuerpo- en su
bondad paternal”. Ya desde el Antiguo Testamento, Yahvé Dios dijo a su pueblo:
“Ustedes serán santos, porque yo, el Señor su Dios, soy santo” (Lv 19,2). Pablo
llama “santos” a todos los cristianos de esas primeras comunidades; así, por
ejemplo, le dice a los Corintios “que han sido santificados en Cristo Jesús y
llamados a ser santos, junto con todos aquellos que en cualquier parte invocan
el nombre de Jesucristo, nuestro Señor, Señor de ellos y nuestro” (1 Cor 1,2).
Hoy mi alma reboza de alegría, porque la
Iglesia universal honra la memoria de mi santa madre y mi padre ejemplar, que
estoy seguro se encuentran de pie, ante el trono del Cordero, con sus
vestiduras blancas y palmas en las manos, alabando y bendiciendo al Señor,
intercediendo por mí y mi familia, mientras gritan con fuerte voz: “La
salvación es de nuestro Dios, que está sentado en el trono, y del Cordero”.
¡Santa Milagros y San Ernesto, rueguen por nosotros!
“ld a decirle a ese zorro: ‘Hoy y mañana seguiré curando y echando demonios; pasado mañana llego a mi término’”.
La liturgia continúa narrándonos la última
subida de Jesús a Jerusalén donde iba a culminar su misión. En el pasaje que se
nos presenta hoy (Lc 13,31-35), unos fariseos se le acercaron para decirle: “Márchate
de aquí, porque Herodes quiere matarte”.
La persona, pero sobre todo la predicación de
Jesús, habían causado un ambiente de tensión. Su suerte estaba echada. Los
poderosos habían tomado la decisión de acabar con él; se había convertido en
una persona peligrosa a quien había que eliminar. Entre esos estaba Herodes
Antipas, quien ya había mandado matar a Juan el Bautista. Este era hijo de
Herodes el Grande, quien había ordenado la matanza de los inocentes.
Jesús está consciente de que su tiempo se
acaba, pero asume con libertad y valentía las consecuencias de su misión. Por
eso le dice a sus interlocutores: “ld a decirle a ese zorro: ‘Hoy y mañana
seguiré curando y echando demonios; pasado mañana llego a mi término’ Pero hoy
y mañana y pasado tengo que caminar, porque no cabe que un profeta muera fuera
de Jerusalén”.
Llama “zorro” a Herodes, un mote ofensivo. El
zorro es un animal que, aunque dañino, es miedoso, ataca sus presas bajo el
manto de la oscuridad de la noche, y al menor peligro emprende la huida. Está
llamado “cobarde” a Herodes. Esa actitud constituye un desafío abierto a la
autoridad política de su tiempo. Herodes mostrará su cobardía al no atreverse a
matar a Jesús y “endosárselo” a Pilato.
El mensaje que le envía a Herodes es claro y
contundente. Él va a seguir adelante con su misión, va a continuar curando
enfermos y echando demonios. Así nos está diciendo a los que decidimos seguirle
que no podemos dejarnos amedrentar, que tenemos que llevar a cabo nuestra
misión con valentía. No hay duda, vamos a encontrar muchos “zorros” en nuestro
camino, pero Jesús nos repite constantemente: “No tengas miedo, solamente ten
fe” (Mc 5,36).
La siguiente frase de Jesús reconoce la
inminencia de su fin: “pasado mañana llego a mi término” (otras traducciones
dicen “al tercer día”). Comoquiera no se refiere literalmente a pasado mañana; “pasado
mañana” es una traducción de una frase en arameo que quiere decir “en breve” o
“dentro de poco”. Jesús sabe que hasta el momento ha cumplido el objetivo de su
misión. Tan solo le resta la parte más difícil, la hora final. Por eso apresura
su paso para llegar a Jerusalén (“no cabe que un profeta muera fuera de
Jerusalén”). Allí culminará su misión redentora. Todo está en manos del Padre,
a cuya voluntad se entrega. Por eso podrá decir al final: “¡Consummatum est:
Todo está cumplido!” (Jn 19,30).
“¡Cuántas veces he querido reunir a tus hijos,
como la clueca reúne a sus pollitos bajo las alas! Pero no habéis querido”.
Esta imagen de la gallina clueca nos evoca el “rostro femenino de Dios”, quien
como una madre recoge a sus hijos bajo su manto con ternura y les ofrece su
protección. Pero lo rechazamos. Preferimos valernos por nosotros mismos (la
soberbia), o poner nuestra confianza en los hombres.
Hoy, pidamos al Señor nos brinde la valentía
de seguirlo, con la certeza de que nada podrá dañarnos porque Él marcha junto a
nosotros.
En el Evangelio de hoy Lucas nos muestra la
imagen de Jesús típica de él: como predicador itinerante, recorriendo ciudades
y aldeas enseñando (Lc 13,22-30). En este pasaje encontramos a “uno” de los que
le escuchaba preguntarle: “Señor, ¿serán pocos los que se salven?”. De nuevo
alguien anónimo; tú o yo. La pregunta no es la correcta, pues la preocupación
no debe ser “cuántos” se van a salvar, sino cómo, qué hay que hacer para
salvarse.
Y en el estilo típico de Jesús, opta por no
contestar directamente la pregunta, sino hacerlo a través de una parábola: “Cuando
el amo de la casa se levante y cierre la puerta, os quedaréis fuera y llamaréis
a la puerta, diciendo: ‘Señor, ábrenos’; y él os replicará: ‘No sé quiénes sois’.
Entonces comenzaréis a decir: ‘Hemos comido y bebido contigo, y tú has enseñado
en nuestras plazas’. Pero él os replicará: ‘No sé quiénes sois. Alejaos de mí,
malvados’… Y vendrán de oriente y occidente, del norte y del sur, y se sentarán
a la mesa en el reino de Dios. Mirad: hay últimos que serán primeros, y
primeros que serán últimos”.
El que le formula la pregunta, uno de los que
le seguía, parece partir de la premisa que él pertenece al número de los
“escogidos”. Eso nos pasa a muchos de los que nos sentamos a su mesa (recibimos
la Eucaristía) y estamos presentes cuando “enseña en nuestras plazas” (la
liturgia de la Palabra); creemos que por eso ya estamos salvados. El problema
es que no sabemos cuándo va a llegar el Amo de la casa y cerrar la puerta. En
ese momento, ¿estaremos adentro (en gracia), o estaremos afuera (en pecado)?
Está claro que la salvación no va a depender
de a qué religión “pertenecemos”, ni a cuántas misas hemos asistido, ni cuántos
sacramentos hemos recibido. Muchos de los llamados “pecadores” pueden
experimentar una verdadera conversión a última hora y esos estarán “adentro”
cuando se cierren las puertas (Cfr. Lc
23,40-43). Y muchos de los que se “sientan a la mesa” a menudo, y van y vienen
se quedarán afuera cuando el Amo “cierre las puertas”. Como nos dice el mismo
Jesús en el Evangelio según san Mateo: “No todo el que me diga: Señor, Señor,
entrará en el Reino de los Cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre
celestial. Muchos me dirán aquel Día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu
nombre, y en tu nombre expulsamos demonios, y en tu nombre hicimos muchos
milagros? Y entonces les declararé: ¡Jamás os conocí; apartaos de mí, agentes
de iniquidad!” (Mt 7,21-23).
No se trata de “creer” en Jesús, se trata de
“creerle”. Y si le creemos, no nos limitaremos a esa mera profesión de fe; le
seguiremos y actuaremos acorde a sus enseñanzas, “haremos la voluntad del Padre
celestial”. Se trata de unir la fe a las obras (St 2,14-26). Y el secreto para
lograrlo es uno: vivir el Amor de Dios; amarlo y amar a los demás como Él nos
ama (Jn 13,34).
Hoy, pidamos al Señor el don de la
perseverancia en la fe y las obras.
“¿A qué compararé el reino de Dios? Se parece a la levadura que una mujer toma y mete en tres medidas de harina, hasta que todo fermenta”.
El Evangelio de hoy (Lc 13,18-21) nos presenta
dos “extractos” del discurso parabólico de Jesús acerca del Reino, y nos
presenta dos perspectivas del Reino: la extensión del mismo, representada por
el grano de mostaza, y su intensidad, representada por la levadura.
Cuando Jesús intenta explicar a sus discípulos
la naturaleza del Reino, está consciente que no resulta fácil hacerlo en una
manera que sea comprensible, pues se trata de algo “que no es de este mundo”
(Jn 18,36), algo que ya ha llegado pero que todavía no ha alcanzado su plenitud
(“Ya, pero todavía…”). Por eso tiene que recurrir a comparaciones, al uso de
parábolas.
Son tantas las alusiones de Jesús al Reino
citadas por Lucas, que resultaría impráctico citarlas todas en tan breve
espacio. A manera de ejemplo, comienza diciendo que Él ha venido a anunciar la
“buena nueva” del Reino de Dios (4,43); declara “bienaventurados” a los pobres,
porque a ellos les pertenece el Reino (6,20); envía a los “doce” a proclamar el
Reino (9,2); anuncia que el Reino “está cerca” (10,9-11); cuando enseña a sus
discípulos a orar les instruye que digan: “venga a nosotros tu Reino”; dice que
de los niños, y de los que son como ellos es el Reino (18,16); y finalmente, el
buen ladrón le dice a Jesús: “acuérdate de mí cuando vayas a tu Reino” (23,42).
El Reino, eso por lo que hay que dejar casa,
mujer, hermanos, padre e hijos (18,29), rebasa toda comprensión por parte de
los discípulos. Pero para que no se desanimen, les asegura que con los pocos
recursos que tienen, pueden llevar a cabo su misión.
Para ello recurre primero al grano de mostaza,
la semilla más pequeña de todas (los representa a ellos, los humildes comienzos
del Reino), que cuando se planta y crece se convierte en un arbusto en el que anidan
los pájaros. El Reino es algo que crece, que “brota” de la tierra, como lo hace
una semilla cuando germina; es la vida misma que se abre paso poco a poco para
romper la tierra que la aprisiona, y alzarse sobre ella. Nos enseña que el
Reino no es algo estático, circunscrito a unos límites territoriales o
temporales. Tiene que crecer y ha de seguir creciendo, aunque a veces su
crecimiento sea lento, casi imperceptible.
La levadura, por su parte, le imparte a la
imagen del Reino que Jesús quiere transmitir ese elemento de potencia de transformación
que ocurre de forma casi imperceptible, como cuando la masa se mezcla con la
levadura viva y se deja cubierta para esperar que fermente, y se transforma en una hogaza lista para ser metida
en el horno. El Reino ha de seguir transformándose, creciendo, hasta llegar a
su plenitud en el día final, cuando se lleven a cabo las bodas del Cordero (Cfr. Ap 21).
Jesús nos envía a proclamar la buena noticia
del Reino. Tenemos que seguir regando la semilla para que germine, rogándole al
Señor que envíe operarios a su mies (Mt 9,38; Lc 10,2). Anda, ¡atrévete!; la
paga es abundante: la Vida eterna (Cfr.
Rm 6,23; Mt 10,32).
Hoy la Iglesia Universal celebra la Fiesta de
los Santos Simón y Judas, apóstoles. Estos apóstoles tenían nombres en común
con otros de los “doce”. Por eso los evangelistas y los propios apóstoles se
referían a ellos como “Zelote” (o “Celotes”) y “Tadeo”, respectivamente para
diferenciarlos de Simón Pedro y Judas Iscariote, el que traicionó a Jesús.
Como primera lectura para esta celebración, la
liturgia nos ofrece el fragmento de la carta a los Efesios (2,19,22), en la que
san Pablo nos recuerda que somos “ciudadanos de los santos y miembros de la
familia de Dios”, que estamos “edificados sobre el cimiento de los apóstoles y
profetas, y el mismo Cristo Jesús es la piedra angular. Por eso decimos que
nuestra Iglesia es “apostólica”.
El relato evangélico que nos brinda la
liturgia de hoy (Lc 6,12-19) nos narra la elección de “los doce”, que leyéramos
recientemente en el vigesimotercer martes del tiempo ordinario. Este pasaje,
que comienza diciéndonos que “por aquellos días se fue él (Jesús) al monte a
orar, y se pasó la noche en la oración de Dios”, nos apunta a una
característica de Jesús: Él vivió toda su vida pública en un ambiente de
oración; desde su bautismo (Lc 3,21), hasta su último aliento de vida (Lc
23,46). Son innumerables las ocasiones en que Jesús “se retiraba a un lugar
apartado a orar”. De hecho, el evangelio según san Lucas nos presenta a Jesús
orando en al menos once ocasiones. Podemos decir que toda su misión, su
actividad salvadora, se alimentaba constantemente de ese diálogo silencioso con
su Padre celestial.
La elección de los apóstoles no fue la
excepción. Por eso encontramos a Jesús en profunda oración previo a la elección
de los doce. No debemos olvidar que Jesús es Dios, pero aun así deseaba
“compartir” su decisión con el Padre y el Espíritu en ese misterio insondable
del Dios Uno y Trino. Vemos por otro lado que su oración no se limitó a una
“visita de cortesía”. No, pasó toda la noche en oración.
Jesús nos invita constantemente a seguirle. Y
el verdadero discípulo sigue los pasos del maestro, imita al maestro. Si
analizamos la vida de los grandes santos y santas de nuestra Iglesia
descubrimos un denominador común: Todos fueron hombres y mujeres de oración,
personas que “respiraban” oración; personas comunes como tú y como yo, que
forjaron su santidad a base de la oración. Discípulos que supieron seguir los
pasos del Maestro. Personas como Santo Domingo de Guzmán y tantos otros que
supieron pasar las noches en vela dialogando con el Padre, tal y como lo hacía
Jesús.
Hoy debemos preguntarnos, ¿cuándo fue la
última vez que yo pasé una noche, o una mañana, o una tarde entera teniendo una
conversación de amigos con Dios? Lo mejor que tiene ese amigo es que SIEMPRE
está disponible; no tenemos que “textearle” ni llamarlo para saber si está en
casa, o si puede recibirnos. Tan solo tenemos que pensarle.
Es cierto, no todos podemos dedicar una noche,
o un día completo a la oración, pero si sumamos las horas que pasamos
“descansando”, “chateando”, o viendo la tele, tendremos una medida de cuánto
tiempo podemos dedicar a la oración. Estoy seguro que Simón y Judas lo
hicieron.
La primera lectura para este trigésimo domingo
del tiempo ordinario (ciclo C), tomada del libro del Eclesiástico
(35,12-14.16-18), nos habla de la Justicia Divina y cómo Dios escucha las
súplicas del oprimido: “su grito alcanza las nubes; los gritos del pobre
atraviesan las nubes y hasta alcanzar a Dios no descansan; no ceja hasta que
Dios le atiende, y el juez justo le hace justicia”.
El Salmo (33) nos reitera que “el Señor está
cerca de los atribulados, salva a los abatidos. El Señor redime a sus siervos,
no será castigado quien se acoge a él”.
La segunda lectura, tomada de la segunda carta
del apóstol san Pablo a Timoteo (4,6-8.16-18) contiene una de las frases
lapidarias del apóstol: “He combatido bien mi combate, he corrido hasta la
meta, he mantenido la fe. Ahora me aguarda la corona merecida, con la que el
Señor, juez justo, me premiará en aquel día; y no sólo a mí, sino a todos los
que tienen amor a su venida”.
El pasaje del Evangelio, tomado de san Lucas
(18,9-14), nos presenta la parábola del fariseo y el publicano que subieron al templo
a orar. El fariseo, “erguido” (los fariseos solían orar de pie), se limitaba a
dar gracias a Dios por lo bueno que era: “no soy como los demás: ladrones,
injustos, adúlteros; ni como ese publicano”. También decía a Dios cómo cumplía
con sus obligaciones: “Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo
que tengo”.
En cambio, el publicano se mantenía en la
parte de atrás y no se atrevía ni levantar los ojos al cielo, mientras se daba
golpes de pecho diciendo: “¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador”. Jesús sentenció:
“Os digo que éste bajó a su casa justificado, y aquél no. Porque todo el que se
enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido”.
La diferencia estaba en la actitud interior,
en el corazón. “Si el afligido invoca al Señor, él lo escucha” (Salmo). El
Señor nos está diciendo que si reconocemos nuestros pecados y nuestra pobreza
espiritual, y nos acercamos a Él con humildad, Él nos hará justicia.
Estamos acercándonos al final de tiempo
ordinario para dar paso al Adviento y al llamado a la conversión que ese tiempo
nos hace. No tenemos que esperar. El llamado a la conversión, aunque se
enfatiza en los tiempos “fuertes” como Adviento y Cuaresma, es continuo. Abramos
hoy nuestros corazones al Amor infinito de Dios, y ese Amor nos permitirá
reconocer las veces que le hemos fallado. Eso nos permitirá postrarnos ante Él
con un corazón quebrantado y humillado (Cfr.
Sal 50) en el sacramento de la Reconciliación. Entonces Él nos tomará de la
mano, nos levantará, y nos dará el abrazo más amoroso que hayamos recibido.
“Oh Padre amable y misericordioso, con las
manos vacías nos presentamos ante ti. Perdónanos por las veces que presumimos
por el bien que sólo con tu gracia pudimos hacer. Llena nuestra pobreza con tus
dones, líbranos de despreciar a ninguno de nuestros hermanos y danos un corazón
agradecido por todo lo que hemos recibido de ti. Te lo pedimos por Jesucristo
nuestro Señor” (Oración colecta).
Recuerda, si aún no has visitado la Casa del
Padre, todavía estás a tiempo.
“Señor, déjala todavía este año; yo cavaré alrededor y le echaré estiércol, a ver si da fruto. Si no, la cortas”.
El Evangelio de hoy (Lc 13,1-9) continúa narrándonos
la última subida de Jesús a Jerusalén. Acaba de contar a los que le siguen una
parábola sobre la reconciliación. Ahora les plantea la necesidad de conversión,
unida a la paciencia divina.
Los que le siguen le plantean dos eventos
separados, uno producto de la conducta humana (los revoltosos ejecutados por
Pilato en Galilea), y otro producto de un hecho fortuito (los que murieron
aplastados por el derrumbe de la torre de Siloé en Jerusalén). En tiempos de
Jesús existía la creencia que esas desgracias eran producto del pecado. Por eso
Jesús se apresta a decirles que si creen que los que murieron eran más
pecadores que el resto de la población, está equivocados: “Os digo que no; y,
si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera”. Jesús les dice que no
solo son culpables los que sufren algún “castigo”, sino todos: tanto los
habitantes de Galilea como los de Jerusalén, por lo que es necesario entrar en
un camino de conversión.
En el Evangelio de ayer Jesús hablaba de los
“signos de los tiempos”, de cómo en los eventos que ocurren a nuestro
alrededor, incluyendo las desgracias, podemos encontrar la Palabra de Dios, que
nos invita constantemente a la conversión. Para enfatizar la necesidad de
conversión y la inminencia de la misma, Jesús les plantea la parábola del
viñador. En esta se nos narra la historia de “uno” que tenía una higuera que
llevaba tres años (el tiempo que Jesús llevaba predicando) sin dar fruto, y dijo
al viñador, “córtala”. Pero el viñador le pidió más tiempo: “Señor, déjala
todavía este año; yo cavaré alrededor y le echaré estiércol, a ver si da fruto.
Si no, la cortas”.
Todos estamos llamados a la conversión, pero
si interpretamos los signos de los tiempos, como la desgracia de los que
murieron repentinamente, a la luz del Evangelio, comprendemos Dios nos está
diciendo que tenemos un tiempo limitado en nuestra vida y tenemos que
aprovecharlo. Y Dios es paciente con nosotros, no nos castiga, y nos da un año
más, y otro, y otro… Pero el tiempo se nos acaba, y no sabemos ni el día ni la
hora en que va a llegar el novio y encontrarnos con las lámparas sin aceite (Cfr.
Mt 25,1-13). “En cuanto a ese día y esa hora, nadie los conoce, ni los ángeles
del cielo, ni el Hijo, sino sólo el Padre” (Mt 24,36).
Jesús nos sigue llamando (Cfr. Ap 3,20),
pero seguimos dejándolo “para mañana”. Entonces tenemos que preguntarnos,
¿hasta cuando voy a tener para contestarle? No tenemos más que abrir un
periódico para leer sobre todas las personas que a diario mueren producto de
accidentes o crímenes. La pregunta obligada es: Estas personas, ¿habían
contestado la llamada de Jesús, o lo habían dejado para “mañana”?
Si no lo has hecho, este este fin de semana
que comienza es un buen momento para reconciliarte con el Señor. No
desaproveches la oportunidad.