REFLEXIÓN PARA LA FIESTA DE SANTA MARÍA MAGDALENA, PROTECTORA DE LA ORDEN DE PREDICADORES 22-07-21

Me imagino que su corazón querría estallar de emoción al reconocer la voz de su Rabonni que la llamó por su nombre: “¡María!”.

Hoy celebramos la fiesta litúrgica de santa María Magdalena, discípula del Señor y “protectora” de la Orden de Predicadores (Dominicos). Pocos personajes de la Biblia han sido tan mal entendidos, y hasta difamados, como María de Magdala, a quien se refieren como una pecadora pública y prostituta.

Siempre que celebramos esta memoria tengo que enfatizar que hay tres personajes en los relatos evangélicos cuyas identidades se confunden, pero que no necesariamente son la misma persona: María Magdalena, María la hermana de Lázaro y Marta (Lc 10,38-42; Jn 11,1; 12,3), y la pecadora anónima que unge los pies de Jesús (Lc 7,36-50).

María Magdalena, con su nombre completo, aparece en algunos de los pasajes más significativos del Evangelio, destacándose entre las mujeres que siguen a Jesús (Mt 27,56; Mc 15,47; Lc 8,2), especialmente en el drama de la Pasión (Mc 15,40), al pie de la cruz junto a María, la Madre de Jesús (Jn 19,25), y en el entierro del Señor (Mc 15,47). Igualmente fue la primera en llegar al sepulcro del Señor en la mañana de la Pascua (Jn 20,15) y la primera a quien Jesús se le apareció luego de resucitar (Mt 28,1-10; Mc 16,9; Jn 20,14). De ese modo se convierte en “apóstol” de los apóstoles, al anunciarles la Resurrección de Jesús (Jn 20,17-18). Trato de imaginar la alegría que se reflejó en el rostro de María Magdalena al decir a los apóstoles: “¡He visto al Señor; ha resucitado!”

Aunque la tradición presentaba a María Magdalena como una gran pecadora, la Iglesia, sobre todo después del Concilio Vaticano II, ha establecido una distinción entre los tres personajes que mencionamos al inicio, reivindicando el nombre de María Magdalena, eliminando toda referencia a ella como “adúltera”, “prostituta” y “pecadora pública”. Así, hoy la Iglesia la reconoce como una fiel seguidora de Cristo, guiada por un profundo amor que solo puede ser producto de haber conocido el Amor de Dios.

La liturgia de la memoria nos ofrece como primera lectura (Ct 3,1-4a) un pasaje hermoso del Cantar de los Cantares (¿qué pasaje de ese libro no es hermoso?) que nos abre el apetito para el evangelio: “En mi cama, por la noche, buscaba al amor de mi alma: lo busqué y no lo encontré. Me levanté y recorrí la ciudad por las calles y las plazas, buscando al amor de mi alma; lo busqué y no lo encontré. Me han encontrado los guardias que rondan por la ciudad: ‘¿Visteis al amor de mi alma?’ Pero, apenas los pasé, encontré al amor de mi alma”. Así es el amor de Dios por nosotros, apasionado…

La lectura evangélica (Jn 20,1.11-18) nos narra el encuentro de María Magdalena con el Resucitado. ¡Cuánto debe haber amado a Jesús aquella santa mujer, que le valió el privilegio de ser escogida por Él para ser la primera testigo de su Resurrección! Me imagino que su corazón querría estallar de emoción al reconocer la voz de su Rabonni que la llamó por su nombre: “¡María!”. Aunque la lectura no lo dice, por las palabras de Jesús que siguen no hay duda que intentó abrazarlo, o al menos tocar sus pies. Trato de pensar cómo reaccionaría yo, y no creo que haya forma de describirlo. Recuerda, Jesús te llama por tu nombre igual que lo hizo con María Magdalena… Pero solo si amas como amó María, podrás escuchar Su voz.

¡Santa María Magdalena, ruega por nosotros!

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CÁPSULA MARIANA 8 – LOS PRIVILEGIOS MARIANOS

¿Quieres saber más sobre la Santísima Virgen María? Recuerda visitar y suscribirte a nuestro canal en YouTube “De la mano de María TV”. Allí podrás disfrutar de las “cápsulas marianas”, unos vídeos cortos (3 minutos), que poco a poco te irán permitiendo conocer todo sobre Nuestra Señora.

Hoy presentamos el tema de los Privilegios marianos.

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REFLEXIÓN PARA EL MIÉRCOLES DE LA DÉCIMA SEXTA SEMANA DEL T.O (1) 21-07-21

“El resto cayó en tierra buena y dio grano: unos ciento, otros sesenta, otros treinta. El que tenga oídos, que oiga”.

La liturgia de hoy nos presenta como lectura evangélica (Mt 13,1-9) el comienzo del “discurso parabólico” de Jesús, que ocupa todo el capítulo 13 del Evangelio según san Mateo e incluye siete parábolas, las llamadas “parábolas del Reino”.

La primera de esas parábolas, que leemos hoy, es la “parábola del sembrador”. En esta conocida parábola, un hombre salió a sembrar y la semilla cayó en cuatro clases de terreno (a la orilla del camino, en terreno pedregoso, entre zarzas, y en terreno bueno) pero solo la semilla que cayó en tierra buena dio grano. Esta parábola, que recogen los tres sinópticos, es una que no requiere un gran ejercicio de hermenéutica para interpretarla, pues el mismo Jesús se la explica a sus discípulos, según veremos en la lectura evangélica de este viernes.

A lo largo de todos los relatos evangélicos encontramos que Jesús enseña utilizando parábolas. El término “parábola” viene del griego y significa “comparación”. La parábola es, pues, una breve comparación basada en una experiencia de la vida diaria, que tiene por finalidad enseñar una verdad espiritual. Jesús vino a predicar los secretos y las maravillas, los misterios del Reino de Dios. Esos misterios sobrepasan el entendimiento humano; se refieren a verdades que el hombre no puede descubrir por sí mismo.

Sin embargo, los galileos sí entendían de árboles, de pájaros, de animales de labranza, de la tierra, de semillas, de la siembra y la cosecha y la amenaza de la cizaña, de la pesca. También de las aves de rapiña, de los rebaños y el peligro de las zorras, de las gallinas y sus polluelos, etc.

Jesús echa mano de esas experiencias cotidianas para explicar los secretos y maravillas del Reino de Dios. De ese modo las parábolas de Jesús trascienden su tiempo y sirven para nosotros hoy, pues para nosotros resulta más fácil familiarizarnos con las costumbres de la época de Jesús que tratar de entender por nuestra cuenta los misterios del Reino. Durante las próximas dos semanas estaremos leyendo estas “parábolas del Reino”, y a través de ellas, adentrándonos en los misterios del Reino.

Toda la misión de Jesús puede resumirse en una frase: “Tengo que anunciar la Buena Nueva del Reino de Dios, porque a esto he sido enviado” (Lc 4,43).

Pero el significado de las parábolas solo puede ser entendido por los que tienen una disposición favorable para con Dios, pues es algo que es concedido por pura gratuidad de parte de Dios a las personas de fe, y negado a los “autosuficientes”. Así, el que tiene fe entenderá cada día más y más de los misterios del Reino, y al que no tiene fe, “aun lo que tiene se le quitará” (13,12). No es algo que dependa de la capacidad intelectual de la persona. Por el contrario, se trata de reconocer nuestra pequeñez y abrirnos a Dios con corazón humilde, sensible y dispuesto, pues Él siempre ha mostrado preferencia por los humildes y los débiles al momento de mostrarles las maravillas y los misterios del Reino (Cfr. Mt 11,25).

Señor, ayúdame a ser “tierra buena”, para recibir en nuestros corazones la Palabra que tu Hijo nos brinda y, entendiendo sus maravillas, convertirnos en verdaderos ciudadanos el Reino. Por Jesucristo Nuestro Señor.

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REFLEXIÓN PARA EL MARTES DE LA DÉCIMA SEXTA SEMANA DEL T.O. (1) 20-07-21

¿Te interesa pertenecer a la familia de Jesús? “Todo el que hace la voluntad de mi Padre que está en el cielo, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre”.

Como primera lectura para hoy la liturgia nos presenta la narración del hecho que sella definitivamente la liberación del pueblo judío de la esclavitud en Egipto: el cruce del Mar Rojo, la culminación de la Pascua, y el comienzo de la marcha a través del desierto (Ex 14,21-15,1).

Este es un hecho salvífico tan importante, que marcó un hito en la historia y la fe del pueblo de Israel, y en nuestra propia fe, al punto de que tanto judíos como cristianos estamos convencidos que aquella noche Yahvé salvó a los israelitas de la esclavitud en Egipto. Así lo proclamamos en el pregón pascual que cantamos la noche de la Vigilia Pascual: “Ésta es la noche en que sacaste de Egipto a los israelitas, nuestros padres, y les hiciste pasar a pie el Mar Rojo”.

El mismo pregón nos recuerda, que al igual que en aquella primera noche de Pascua Yahvé libró a su pueblo elegido de la esclavitud en Egipto, Jesús, con su Pascua, nos liberó a nosotros, el nuevo pueblo de Dios, del pecado y de la muerte: “Esta es la noche en que, rotas las cadenas de la muerte, Cristo asciende victorioso del abismo”. Y más adelante añade: “Esta es la noche en la que, por toda la tierra, los que confiesan su fe en Cristo son arrancados de los vicios del mundo y de la oscuridad del pecado, son restituidos a la gracia y agregados a los santos”.

Finalmente, la oración que sigue a la tercera lectura de la Vigilia, nos dice: “el Mar Rojo fue imagen de la fuente bautismal, y el pueblo liberado de la esclavitud, imagen de la familia cristiana”. Esta oración nos sirve de introducción a la lectura evangélica que nos propone la liturgia para hoy, el pasaje conocido como “la verdadera familia de Jesús” (Mt 12,46-50):

“Todavía estaba hablando a la multitud, cuando su madre y sus hermanos, que estaban afuera, trataban de hablar con él. Alguien le dijo: ‘Tu madre y tus hermanos están ahí afuera y quieren hablarte’. Jesús le respondió: ‘¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?’. Y señalando con la mano a sus discípulos, agregó: ‘Estos son mi madre y mis hermanos. Porque todo el que hace la voluntad de mi Padre que está en el cielo, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre’”.

“Todo el que hace la voluntad de mi Padre que está en el cielo, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre”. Con esta aseveración Jesús destaca que aún su propia madre es más madre de Él por hacer la voluntad del Padre que por haberle parido. Más aun, nos está ofreciendo a todos el calor y la intimidad de una familia. Esta postura es cónsona con su predicación del Amor como fundamento de la nueva Ley. Ya no se trata de un Dios distante (relación vertical), inalcanzable, a quien debemos someternos. Con Jesús hemos pasado a formar parte de la “familia divina”, en la que todos somos hermanos y hermanas en Cristo Jesús (relación horizontal) y adquirimos el carácter de hijos del Padre.

¿Te interesa pertenecer a la familia de Jesús? “Todo el que hace la voluntad de mi Padre que está en el cielo, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre”.

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REFLEXIÓN PARA EL LUNES DE LA DÉCIMA SEXTA SEMANA DEL T.O. (1) 19-07-21

“Vino a los suyos, y los suyos no lo reconocieron” (Jn 1,11). Esa frase, tomada del prólogo del evangelio según san Juan, resume el evangelio que nos propone la liturgia de hoy (Mt 12,38-42).

La fama de Jesús continúa creciendo y los escribas y fariseos siguen sintiéndose amenazados por su persona. Han sido testigos de sus milagros; curaciones, expulsiones de demonios, y hasta revitalizaciones de muertos (no debemos confundir la revitalización con la resurrección, pues la última es definitiva, para no morir jamás). Ahora, delante de todos, le piden un signo: “Maestro, queremos ver un signo tuyo”. Un signo es más que un milagro, es un hecho que demuestre sin dudas la divinidad de Jesús, que demuestre que Él es Dios. Recordemos que poco antes lo habían acusado de echar demonios por el poder de Satanás (Mt 12,24). Insisten en ponerlo a prueba. En efecto, lo están tentando, contrario al mandato divino: “No tentarás al Señor tu Dios” (Dt 6,16; Mt 4,7).

De nuevo encontramos a Jesús pronunciando palabras duras contra los suyos; les llama “generación perversa y adúltera”, y les dice que no les dará más signo que el del profeta Jonás, que estuvo tres días en el vientre del cetáceo y salió con vida, anunciándoles de paso que Él mismo estaría tres días en el vientre de la tierra y resucitaría. Les está anunciando su Misterio pascual (pasión, muerte, resurrección), alrededor del cual gira toda nuestra fe (Cfr. 1 Cor 15,14). Pero estas personas están cegadas por el ritualismo vacío y el “cumplimiento” de la Ley y los preceptos. No pueden ver más allá. Es más, se niegan. Están anteponiendo sus propios intereses a los del Reino.

Por eso Jesús les dice que cuando juzguen a esa generación, los de Nínive, que se convirtieron con la predicación de Jonás, quien no era más que un profeta (Jon 3,5-8) y la reina del Sur, que vino a escuchar la sabiduría de Salomón (1 Re 10,1-13), se alzarán y les condenarán, pues ellos no le han creído a Él que es “más que Jonás” y “más que Salomón”.

Muchas veces en nuestras vidas, especialmente en los momentos de prueba, la angustia, la desesperanza, nos lleva a “tentar a Dios”, a exigirle “signos”, como si fuera necesario que Él haga alarde de su poder para que creamos en Él. Queremos “signos” que correspondan a nuestras necesidades, nuestros deseos; y si no nos “complace”, comenzamos a dudar. Entonces actuamos como la persona que recibe un diagnóstico médico que no es de su agrado y continúa visitando médicos hasta que da con uno que le dice lo que quiere escuchar. Nos negamos a ver la grandeza de Dios en todas las cosas que damos por sentadas: la vida misma, la complejidad y perfección de nuestro cuerpo, un amanecer, la belleza de las flores… ¡Y continuamos exigiendo “signos”!

En este día, pidamos al Señor que nos de los “ojos de la fe”.

Que pasen una hermosa semana en la Paz del Señor.

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REFLEXIÓN PARA EL DÉCIMO SEXTO DOMINGO DEL T.O. (B) 18-07-21

Al desembarcar, Jesús vio una multitud y se compadeció de ella, porque andaban como ovejas que no tienen pastor.

Las lecturas que nos presenta la liturgia de hoy, especialmente la primera lectura (Jr 23,1-6), el Salmo 23(22) y el evangelio (Mc 6,30-34) nos presentan la figura del pastor y sus ovejas. Desde el Antiguo Testamento se había utilizado la figura de las ovejas y el rebaño para simbolizar el pueblo de Dios (Cfr. 1 Re 22,17; Ez 34). En el capítulo 34 de Ezequiel, Yahvé fustiga a los pastores que habían abandonado a su pueblo: “No han fortalecido a la oveja débil, no han curado a la enferma, no han vendado a la herida, no han hecho volver a la descarriada, ni han buscado a la que estaba perdida. Al contrario, las han dominado con rigor y crueldad. Ellas se han dispersado por falta de pastor, y se han convertido en presa de todas las bestias salvajes. Mis ovejas se han dispersado y andan errantes por todas las montañas y por todas las colinas elevadas. ¡Mis ovejas están dispersas por toda la tierra, y nadie se ocupa de ellas ni trata de buscarlas!” (34,4-6).

En la primera lectura de hoy, Yahvé, a través del profeta Jeremías, promete que Él mismo se encargará de reunir a las ovejas dispersas y proveerles pastores que cumplan su misión de pastorearlas como buenos pastores. Y va más allá: “suscitaré a David un vástago legítimo: reinará como rey prudente, hará justicia y derecho en la tierra. En sus días se salvará Judá, Israel habitará seguro”.

El Salmo 23 (22) nos brinda la imagen del Buen Pastor que cuida de su rebaño, protegiéndolo de los lobos y proveyéndole agua y pasto en abundancia. Figura que Marcos toma en el pasaje evangélico: “Jesús vio una multitud y le dio lástima de ellos, porque andaban como ovejas sin pastor; y se puso a enseñarles con calma”. Sus discípulos estaban cansados, probablemente Él también; pero como Buen Pastor antepuso las necesidades y el bienestar de su rebaño a las suyas, y a las de sus discípulos a quienes había enviado también a “pastorear”. Por eso se dispuso de inmediato a fortalecer a las ovejas débiles, curar a las enfermas, vendar a las heridas, hacer volver a las descarriadas, y buscar a las que estaban perdidas (Cfr. Ez 34,4).

Jesús es el Buen Pastor, el único que puede guiarnos “por el sendero justo” que nos conduce al Padre. A su lado nos sentimos protegidos de los lobos que nos acechan día y noche esperando a que nos apartemos del Pastor para devorarnos. Sin Él estamos indefensos; tan indefensos como las ovejas, que sin su pastor se desorientan y se exponen a todo tipo de peligros, incluyendo morir de hambre o sed, o hasta la misma muerte.

Hoy domingo, día del Señor, digamos confiadamente, y conscientes del profundo significado de lo que decimos: “El Señor es mi pastor; nada me falta”.

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REFLEXIÓN PARA EL SÁBADO DE LA DÉCIMA QUINTA SEMANA DEL T.O. (1) 17-07-21

“… el pábilo vacilante no lo apagará”.

“La estancia de los israelitas en Egipto duró cuatrocientos treinta años. Cumplidos los cuatrocientos treinta años, el mismo día, salieron de Egipto las legiones del Señor. Noche en que veló el Señor para sacarlos de Egipto: noche de vela para los israelitas por todas las generaciones”. Así concluye la primera lectura de hoy (Ex 12,37-42). Esa noche fue de vigilia para el pueblo judío. La noche de su liberación. Asimismo la vigilia pascual será para nosotros la noche de nuestra liberación de las cadenas de la muerte que nos habían mantenido esclavizados. ¡Jesús vive! Y con su resurrección nos abrió el camino a la vida eterna.

La lectura evangélica (Mt 12, 14-21) es secuela del que hubiésemos leído ayer, de no haber coincidido con la Fiesta de Nuestra Señora del Carmen, sobre las espigas arrancadas en sábado por los discípulos de Jesús. Al final de aquél pasaje Jesús se proclama “Señor del sábado” ante la rabia de los fariseos. Pero lo que colmó la copa fue que de allí se fue a la sinagoga y curó a un hombre que tenía la mano paralizada. Es decir “violó” el sábado haciendo una curación, y ¡en plena sinagoga! (12,9-13). A pesar de las explicaciones de Jesús a los efectos de que es lícito hacer el bien a un ser humano incluso en sábado, los fariseos comienzan a tramar la forma de eliminarle. Jesús se marcha inmediatamente y continúa curando enfermos y expulsando demonios, pidiendo a todos que no revelaran su paradero.

Aunque Marcos narra también el episodio de la partida de Jesús de forma bien abreviada (Mc 1,35-39), Mateo lo narra con mayor detalle, enfatizando la curación en la sinagoga en sábado, y citando al profeta Isaías (Is 42,1-4). Recordemos que Mateo escribe su evangelio para los judíos de Palestina convertidos al cristianismo, con el propósito de probar que Jesús es el Mesías esperado, ya que el Él se cumplen todas las profecías del Antiguo Testamento. De ahí que preceda la cita de Isaías con la frase “así se cumplió lo que dijo el profeta”, frase que Mateo repite en numerosas ocasiones a lo largo de su relato evangélico.

“No porfiará, no gritará, no voceará por las calles. La caña cascada no la quebrará, el pábilo vacilante no lo apagará”, nos dice la profecía de Isaías citada por Mateo. De esta manera el evangelista justifica la “huida” de Jesús. Nos está diciendo que Jesús no se escondió por miedo ni cobardía, ni por sentirse fracasado. En la huida de Jesús vemos el cumplimiento de la profecía. El Mesías vino a implantar el derecho y la justicia, pero no con espadas ni con ejércitos, sino desde la debilidad. La “revolución” que Jesús vino a traer es una que se da en el interior de las personas, no en las instituciones de su época. Por eso a Dios le encanta usar a los débiles (Cfr. 2 Cor 12,9; 13,4); así manifiesta su gloria para que todos crean.

Todos tenemos nuestras debilidades y defectos. Aun así Dios nos está llamando a servirle. No miremos nuestra pequeñez, nuestra debilidad; miremos su Poder. Una vez más te invito a decir con María: “Hágase en mí según tu Palabra”.

Que pasen un hermoso fin de semana en la PAZ del Señor, sin olvidarse de dar una vueltita por la Casa del Padre para decirle: “Aquí estoy; dime Señor qué quieres de mí”.

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REFLEXIÓN PARA LA FIESTA DE NUESTRA SEÑORA DEL CARMEN 16-07-21

Pidamos a Nuestra Señora del Carmen que sea nuestra Estrella de Mar que nos dirija al puerto seguro que es su Hijo, nuestro Señor Jesucristo.

Hoy celebramos la Fiesta de Nuestra Señora del Carmen, también conocida simplemente como la Virgen del Carmen, Nuestra Señora del Monte Carmelo, Flor del Carmelo, y Stella Maris (Estrella del Mar).

Esta es una de las advocaciones más antiguas, si no la más antigua, de la Virgen María. Deriva su nombre del Monte Carmelo (del hebreo Karmel, o Al-Karem, que quiere decir “jardín”), que se yergue en la costa oriental del Mar Mediterráneo, a la vista del puerto marítimo de Haifa. Fue en este monte que el profeta Elías tuvo la visión de la nube (1 Re 18,44) que pondría fin a la sequía que había azotado la región.

Desde los primeros ermitaños que se establecieron en el Monte Carmelo, se ha interpretado la nube de la visión de Elías (1 Re 18,44) como un símbolo de la Virgen María Inmaculada. Una tradición dice que Elías interpretó la visión de aquella nube como un símbolo de la llegada del Salvador esperado, que nacería de una doncella inmaculada para traer una lluvia de bendiciones. Desde entonces, aquella pequeña comunidad que tenía por hogar el Monte Carmelo, se dedicó a rezar por la que sería madre del Redentor, comenzando así la devoción a Nuestra Señora del Monte Carmelo.

Fue en ese lugar que, en el siglo XII, un grupo de hombres, inspirados por el profeta Elías, fundó la orden de los Carmelitas.

Dijimos que otro nombre por el cual se conoce a la Virgen del Carmen es Estrella del Mar, o Stella Maris. Antes de que existieran las brújulas, ni los medios de navegación electrónicos modernos, los marineros se guiaban por las estrellas. Cuando los sarracenos invadieron el Carmelo, los Carmelitas se vieron obligados a abandonar por un tiempo el monasterio. Otra antigua tradición dice que antes de partir se les apareció la Virgen mientras cantaban el Salve Regina y ella prometió ser para ellos su Estrella del Mar. De aquí la analogía con La Virgen María quien como, estrella del mar, nos guía por las aguas difíciles de la vida hacia el puerto seguro que es Cristo. Por eso también es patrona de marineros, pescadores, y todos los que se hacen a la mar.

En Puerto Rico, por ser fiesta litúrgica, se contemplan las lecturas propias de la celebración.

Como primera lectura se nos presenta el pasaje en que Zacarías (2,14-17) profetiza el jubiloso acontecimiento del nacimiento del Salvador: “Grita de júbilo y alégrate, hija de Sión: porque yo vengo a habitar en medio de ti –oráculo del Señor-”. “Hija de Sión” es uno de los nombres que se le daban en el Antiguo Testamento al pueblo de Dios (en referencia al Monte Sión, centro de la Historia de la Salvación).

Cuando en la Anunciación el ángel saluda a María diciéndole “Alégrate, llena de gracia”, la Virgen está representando al nuevo Pueblo de Dios. Por eso “Hija de Sión” es también uno de los títulos que se dan a Nuestra Señora, invitada por Dios a una gran alegría, que expresa su papel extraordinario de madre del Mesías, convirtiéndose en la mujer que desde antaño veneraban los ermitaños del Monte Carmelo, sin conocer su identidad, pero sí su misión de convertirse en madre del Redentor.

Hoy, en esta celebración de Nuestra Señora, pidámosle que sea nuestra Estrella de Mar que nos dirija al puerto seguro que es su Hijo, nuestro Señor Jesucristo.

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REFLEXIÓN PARA EL JUEVES DE LA DÉCIMA QUINTA SEMANA DEL T.O. (1) 15-07-21

“Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré”.

La primera lectura que nos ofrece la liturgia para hoy (Ex 3,13-20) es continuación de la que leíamos ayer. Es la culminación del pasaje de la zarza ardiendo. Dios se ha presentado ante Moisés, le ha hablado y le ha encomendado una misión: la liberación de su pueblo de la esclavitud en Egipto. Dios le instruye ir a los suyos para compartir con ellos la buena noticia de que Dios no les ha abandonado, que se ha compadecido de ellos y ha decidido venir en su auxilio.

Moisés le plantea una realidad. Para los judíos el nombre tiene gran importancia, pues indica “el ser” profundo. Tener nombre indica que es alguien vivo, que existe, que no es una cosa abstracta, imprecisa, impersonal, que no es producto de la imaginación de Moisés. Si le preguntan que quién es el que le ha enviado, ¿qué les dirá? Dios le contesta: “‘Soy el que soy’; esto dirás a los israelitas: ‘Yo-soy’ (Yahvé) me envía a vosotros’”. Se trata de Yahvé, el Dios de Abraham, Isaac y Jacob.

Los judíos llevaban siglos viviendo en un ambiente de idolatría, tal vez muchos se habían contaminado, olvidando al Dios de los patriarcas. Yahvé les recuerda que Él es fiel, que cumple sus promesas, que no se ha olvidado de ellos, que viene a sacarlos de allí y llevarlos a la tierra que había prometido a Abraham y a su descendencia.

A veces nos dejamos contaminar por el secularismo que nos rodea (con todos los “ídolos” modernos) y llegamos a pensar que Dios nos ha abandonado, e inclusive nos olvidamos de Él.

La lectura evangélica de hoy (Mt 11,28-30), también continuación de la de ayer, es una de las más cortas que nos ofrece la liturgia, tres versículos. En ella Jesús nos recuerda que Dios nos abandona; que Él (que es Dios) está cerca de nosotros. “Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera”.

“Venid a mí…” Nos dice que nos acerquemos, que vayamos hacia Él con confianza. “Y yo os aliviaré”. Nos está ofreciendo Su hombro para aliviar nuestro cansancio, y Su abrazo para aliviar nuestros pesares. Se ofrece a ser nuestro “cirineo”. “Cargad con mi yugo y aprended de mí”. Nos invita a ser sus discípulos, a vivir la ley del Amor, que es un yugo llevadero y una carga ligera; no como el yugo de la Ley, que al carecer del Amor se torna en una carga insoportable. “Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso”. Nos señala el camino a seguir. Se trata de asumir una nueva forma de vida, libre de los legalismos aplastantes, que podría resumirse en un amor incondicional al prójimo, producto de una experiencia amorosa con el Padre. Más que una carga, es un imperativo de Amor.

Señor, ayúdame a tener la confianza de acercarme a Ti como se acerca un niño a su padre con un juguete roto, con la certeza de que él es quien único puede repararlo…

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