Hoy a corrido como la pólvora una “noticia” que el Papa ha aprobado las “uniones civiles” entre parejas del mismo sexo (“fake news”).
Si quieres saber la verdad sobre este tema candente, sintoniza Relevant Radio en español esta tarde a las 4:30 PM (EST – Puerto Rico) para escuchar los que tenemos que decir al respecto. Puedes hacerlo a través del App, o en la internet:
“Lo mismo vosotros, estad preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre”.
El Evangelio que contemplamos en la liturgia de
hoy (Lc 12,39-48) tiene un tono apocalíptico que nos exhorta a la vigilancia y
al servicio como preparación para el “regreso” inesperado de Jesús: “Comprended
que si supiera el dueño de casa a qué hora viene el ladrón, no le dejaría abrir
un boquete. Lo mismo vosotros, estad preparados, porque a la hora que menos
penséis viene el Hijo del hombre”. Pero la tónica de hoy se sienta con la
pregunta de Pedro: “Señor, ¿has dicho esa parábola por nosotros o por todos?”.
Después de haber invitado a la vigilancia a
todo cristiano Jesús centra su mensaje en aquellos “administradores” que el
“amo” ha puesto al frente de su “servidumbre”, es decir a los pastores de la
Iglesia, que tendrán que rendirle cuentas cuando llegue el amo. “Al que mucho
se le dio, mucho se le exigirá; al que mucho se le confió, más se le exigirá”.
Esta parábola nos evoca el capítulo 34 de
Ezequiel cuando Yahvé, por voz del profeta increpa a los pastores de Israel por
haber descuidado el rebaño que se les confió: “¡Ay de los pastores de Israel
que se apacientan a sí mismos! ¿Acaso los pastores no deben apacentar el
rebaño? Pero ustedes se alimentan con la leche, se visten con la lana,
sacrifican a las ovejas más gordas, y no apacientan el rebaño”. “Porque mis
ovejas han sido expuestas a la depredación y se han convertido en presa de
todas las fieras salvajes por falta de pastor; porque mis pastores no cuidan a
mis ovejas; porque ellos se apacientan a sí mismos, y no a mis ovejas”.
Tal vez Pedro entendió que como él había sido
nombrado “persona a cargo”, “responsable” (Cfr. Mt 16,18), estaba seguro
en su “puesto”. De nuevo la naturaleza humana interponiéndose, creando esos
“fantasmas” del orgullo que se interponen entre nosotros y el verdadero seguimiento
de Jesús. Pero Jesús no vacila en derrumbar su falso orgullo. Le dice todo lo
contrario; mientras más responsabilidades se nos encomienden, más estricto será
el Señor al momento de exigirnos cuentas.
La tentación de utilizar, oprimir, e ignorar
las necesidades de aquellos que están bajo los que ocupan posiciones de
autoridad es grande. El mismo Jesús nos lo advirtió: “Ustedes saben que
aquellos a quienes se considera gobernantes, dominan a las naciones como si
fueran sus dueños, y los poderosos les hacen sentir su autoridad. Entre ustedes
no debe suceder así. Al contrario, el que quiera ser grande, que se haga
servidor de ustedes; y el que quiera ser el primero, que se haga servidor de
todos.” (Mc 10,42-44).
En la primera lectura de hoy (Ef 3,2-12) Pablo
está claro que su ministerio no es obra suya, sino producto de la gracia divina
que se le reveló (Cfr. Hc 9,1-18) en
el camino a Damasco: “A mí, el más insignificante de todos los santos, se me ha
dado esta gracia: anunciar a los gentiles la riqueza insondable que es Cristo,
aclarar a todos la realización del misterio, escondido desde el principio de
los siglos en Dios, creador de todo”.
Hoy, pidamos al Señor por nuestros obispos,
sacerdotes, diáconos y laicos comprometidos a cargo de los diversos ministerios
o movimientos, para que adquieran conciencia de la grave responsabilidad que
conlleva su elección por parte del Señor, y que como mucho se les ha
encomendado, mucho se les exigirá; y que mientras más sirvan, mayor será su
recompensa.
“Dichosos los criados a quienes el señor, al llegar, los encuentre en vela”.
“Tened ceñida la cintura y encendidas las
lámparas. Vosotros estad como los que aguardan a que su señor vuelva de la
boda, para abrirle apenas venga y llame. Dichosos los criados a quienes el
señor, al llegar, los encuentre en vela; os aseguro que se ceñirá, los hará
sentar a la mesa y los irá sirviendo. Y, si llega entrada la noche o de
madrugada y los encuentra así, dichosos ellos”. Así de corta y contundente es
la lectura evangélica que nos ofrece la liturgia para hoy (Lc 12,35-38).
Esta lectura, que nos evoca la parábola de las
vírgenes necias y prudentes (Mt 25,1-13), enfatiza la necesidad de permanecer
vigilantes, con la cintura ceñida (el delantal de trabajo puesto) y la lámpara
(de la fe) encendida, pues nadie sabe el día en que el Señor “regresará”. Esa
figura de ceñirnos el “delantal de trabajo” nos apunta a que tenemos que estar
siempre prestos a servir (Cfr. Lc 17,8; Jn 13,4; Ef 6,14); y la lámpara
encendida nos recuerda que debemos estar prestos a la acción, a servir en todo momento, día y noche.
La lectura nos habla del Señor que “vuelve” de
la boda, el único evento del cual los judíos del tiempo de Jesús llegaban tarde
en la noche. Y nos dice que tenemos que estar listos para abrirle “apenas venga
y llame”. Si Jesús llega de imprevisto
nos corremos el riego de no estar preparados. Podríamos pensar que esta lectura
tiene un sentido escatológico, es decir, que se refiere únicamente a esa
“segunda venida” de Jesús en el final de los tiempos. Pero, como digo siempre a
mis estudiantes, la Palabra de Dios es “viva y eficaz”, y nos habla, nos
interpela aquí y ahora.
La pregunta obligada es: ¿Estoy preparado para
servir en todo momento, en toda circunstancia? Si el Señor llega, ¿me
encontrará con el delantal ceñido a la cintura? ¿Y cómo puede el Señor llegar
si no al final de los tiempos? Cuando el Señor me habla a través de su Palabra
en las celebraciones litúrgicas, ¿le presto atención?, ¿le escucho? “El que los
escucha a ustedes, me escucha a mí; el que los rechaza a ustedes, me rechaza a
mí” (Lc 10,16). Cuando me encuentro con un hermano necesitado, ¿estoy presto a
servirle, a llenar su necesidad? “Porque tuve hambre y ustedes me dieron de
comer…” (Mt 25,35-36). Si mantengo encendida la lámpara de la fe, ¿no puedo
acaso encontrar a Jesús en todos los acontecimientos de mi vida, en mis penas,
mis alegrías, mis triunfos, mis fracasos?
Por eso, tenemos que mantenernos vigilantes y
despiertos, para que cuando el Señor llegue podamos escucharle, reconocerle y
abrirle, para dejarle entrar en nuestros corazones. “Mira que estoy a la puerta
y llamo: si uno escucha mi voz y me abre, entraré en su casa, y comeré con el y
él conmigo” (Ap 3,20). Y entonces Él se ceñirá el delantal, “nos hará sentar a
la mesa y nos irá sirviendo”.
En este santo día, pidamos al Señor que nos
conceda la gracia de mantenernos vigilantes para servirle en todo momento y
lugar.
“Mirad: guardaos de toda clase de codicia. Pues, aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes”.
La liturgia para este lunes de la vigésima novena
semana del Tiempo Ordinario nos presenta otro pasaje exclusivo de Lucas
(12,13-21). El pasaje comienza con uno que se acerca a Jesús y le pide que sirva
de árbitro entre su hermano y él para repartir una herencia que habían
recibido, una función que los rabinos eran llamados a ejercer en tiempos de Jesús.
Pero Jesús, quien obviamente era reconocido como rabino por su interlocutor, no
acepta la encomienda, ya que su misión es otra: Anunciar el Reino y los valores
del Reino; llamar a los hombres a seguir a Dios como valor absoluto, por encima
de todos los bienes terrenales; a poner nuestra confianza en Dios, no en el
dinero ni ninguna otra cosa.
Como siempre, queremos enfatizar que Jesús no
condena la riqueza por sí misma. El dinero ni es bueno ni es malo. Lo que es
bueno o malo es el uso que podamos dar a ese dinero. Lo que Él condena es el
apego y confianza en el dinero como seguridad nuestra por encima de los valores
del Reino. Se trata de no permitir que la riqueza se convierta en un obstáculo
para nuestra salvación (Cfr. Lc 18,23; Mt 19,22).
Por eso le dice al hombre: “Mirad: guardaos de
toda clase de codicia. Pues, aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus
bienes”. Inmediatamente le propone una parábola; la del hombre que tuvo una
cosecha extraordinaria y piensa construir graneros más grandes para acumular su
cosecha, para luego darse buena vida con la “seguridad” que su riqueza le
brinda. La parábola termina con cierta ironía: “Necio, esta noche te van a
exigir la vida. Lo que has acumulado, ¿de quién será?” Así será el que
amasa riquezas para si y no es rico ante Dios”. Eso nos recuerda a Job:
“Desnudo salí del vientre de mi madre, y desnudo volveré allí” (1,21).
Las riquezas que podamos acumular en este
mundo palidecen ante los valores del Reino, pues los últimos son los que vamos
a poder llevar ante la presencia del Señor el día del Juicio. Y como siempre,
Jesús es un maestro que nos da las contestaciones al examen antes de que lo
tomemos. En las Bienaventuranzas (Mt 5,1-12), y en la parábola del Juicio Final
(Mt 25,31-46), Jesús nos dice sobre qué vamos a ser examinados ese día. San
Juan de la Cruz lo resume así: “Al atardecer de la vida, seremos examinados en
el amor”.
Hoy, pidamos al Señor que nos conceda los
dones de las Bienaventuranzas para que podamos poner nuestra confianza en Él y
en los valores del Reino por encima de toda riqueza, persona, o bienes
materiales, pues así tendremos “una gran recompensa en el cielo” (Mt 5,12).
“Oh Dios, Padre bueno y misericordioso:
Buscamos con frecuencia seguridad y garantía en cosas que anhelamos poseer y
acaparar. No permitas que las cosas nos posean y controlen,… y danos el valor
de buscar primero las riquezas de tu reino por medio de Jesucristo, nuestro
Señor” (de la Oración Colecta).
“¿De quién son esta cara y esta inscripción?” Le contestaron: “Del César”.
“Pues pagadle al César lo que es del César y a
Dios lo que es de Dios”. Con esta frase lapidaria culmina la lectura evangélica
que nos propone la liturgia para hoy (Mt 22,15-21). Esta es una de esas frases
bíblicas que compiten por el premio a la más citada.
Los fariseos, molestos con la manera en que el
mensaje de Jesús iba socavando su base de poder político-religioso, decidieron
enviar unos discípulos de ellos junto a unos herodianos para tratar de
“entramparlo” y ver si fallaba para poder acusarlo.
Luego de adularlo (“Maestro, sabemos que eres
sincero y que enseñas el camino de Dios conforme a la verdad; sin que te
importe nadie, porque no miras lo que la gente sea.”), como preparando el
camino para luego propinarle la zancadilla, le formulan la pregunta: “¿Es
lícito pagar impuesto al César o no?” Una pregunta cargada, como todas las que
siempre le formulan. Si contesta que sí, se echa en contra al pueblo que
resiente la opresión política de parte del Impero Romano. Si contesta que no,
se echa en contra a las autoridades romanas o, al menos a las autoridades de
Herodes, quien actuaba como “monigote” del Imperio, y podían acusarlo de
revolucionario, sedicioso, que fue lo que eventualmente lograron (por ese cargo
le fabricaron un caso y lo condenaron a muerte).
Jesús, maestro del arte del debate, luego de
desenmascararlos pone al descubierto frente a todos su mala voluntad: “¿Hipócritas,
¿por qué me tentáis”. Luego, utilizando su estilo habitual, pide que le traigan
una moneda y les contesta con otra pregunta: “¿De quién son esta cara y esta
inscripción?” Le contestaron: “Del César”. Es ahí cuando Jesús replica con su
frase lapidaria.
Jesús nos está dando una lección de civismo;
Él reconoce la necesidad de una autoridad civil, necesaria para que haya orden
social, y nos pide que cumplamos con nuestros deberes ciudadanos (en Mt 17,27 Jesús
manda a Pedro ir a pescar un pez, y le dice que pague el impuesto con la moneda
que encontrase en la boca del primer pez). Pero aprovecha para recordarnos que
no debemos mezclar ambos dominios. “Lo que es de Dios a Dios”.
La moneda que le muestran tiene una imagen
humana, la del César. Por eso el César recibe lo que le es propio. Pero aun el
emperador es imagen y semejanza de Dios, y su autoridad temporal proviene de
Dios, o es permitida por Dios (Cfr. Jn 19,11). Dios tiene su propia esfera
también, y esa esfera es prioritaria. Si bien no debemos mezclar ambos
dominios, tampoco debemos contraponerlos.
Por eso no debemos identificar la religión con
los intereses políticos, ni inmiscuir los intereses políticos en la religión.
El resultado es desastroso siempre. Crea una polarización en el pueblo en la
que quien único pierde es la religión, pues a los políticos poco les importa,
siempre que logren sus objetivos.
“Lo que es del César pagádselo al César, y lo
que es de Dios a Dios”.
“Y todo lo puso bajo sus pies, y lo dio a la Iglesia, como cabeza, sobre todo. Ella es su cuerpo, plenitud del que lo acaba todo en todos”.
Hoy continuamos la lectura de la Carta a los
Efesios (1,15-23) que comenzáramos ayer. Al final del pasaje que contemplamos
hoy vemos cómo Pablo entra ya “en materia” con lo que constituye el tema
central de la Carta a los Efesios: la Iglesia como cuerpo místico de Cristo.
“Y todo lo puso bajo sus pies, y lo dio a la Iglesia, como cabeza, sobre todo.
Ella es su cuerpo, plenitud del que lo acaba todo en todos”.
La lectura comienza con una acción de gracias de
parte de Pablo por la fe de los destinatarios de la carta, unida a una oración
pidiéndole a Dios que les conceda el “espíritu de sabiduría” y revelación a fin
de que lleguen a conocer plenamente a Jesucristo. ¿Qué mejor podríamos pedir
para alguien? Si llegamos a conocer a Jesús y su Palabra, que es el Amor,
conoceremos la verdad, y esa verdad es la que nos proporcionará la libertad que
solo los hijos de Dios y hermanos de Jesucristo pueden disfrutar (Cfr. Jn
8,32).
Pero no se detiene ahí. Continúa pidiendo a
Dios que “ilumine los ojos de vuestro corazón, para que comprendáis cuál es la
esperanza a la que os llama, cuál la riqueza de gloria que da en herencia a los
santos, y cuál la extraordinaria grandeza de su poder para nosotros, los que
creemos, según la eficacia de su fuerza poderosa, que desplegó en Cristo,
resucitándolo de entre los muertos y sentándolo a su derecha en el cielo, por
encima de todo principado, potestad, fuerza y dominación, y por encima de todo
nombre conocido, no sólo en este mundo, sino en el futuro”.
Las implicaciones de lo que Pablo está
pidiendo para sus hermanos de Éfeso son más profundas de lo que parece a simple
vista. ¡Le está pidiendo a Dios que derrame sobre ellos la misma fuerza y poder
que utilizó para resucitar a su Hijo! Cuando pedimos a Dios, y sobre todo
cuando pedimos por nuestros hermanos, tenemos que aprender a ser generosos en
nuestras peticiones, recordando que estamos pidiendo a nuestro “Abba”, que
siempre nos escucha y no se cansa de prodigar dones a sus hijitos (Cfr.
Mt 8,7-8). Y esa “fuerza” que resucitó a Jesús no es otra que la fuerza del
Espíritu que el mismo Jesús nos prometió. Pero tenemos que invocarla y dejarnos
arropar de ella. Y al igual que el amor, que mientras más se reparte más crece,
mientras más la pedimos para nuestros hermanos, con mayor fuerza la recibimos.
Ese mismo Espíritu es el que nos permite
incorporarnos a la Iglesia, que es el “cuerpo” de Cristo, donde encontramos su
esencia misma, su persona, el Cristo total, la continuación de su obra eterna
en el tiempo y el espacio.
Hoy, pidamos a Dios como lo hacemos en la
liturgia eucarística: “no mires nuestros pecados, sino la fe de tu Iglesia”, de
manera que siga derramando sobre ella su Santo Espíritu, para que sea lo que Él
quiere que sea, a pesar de nuestra fragilidad humana.
Lindo fin de semana a todos, y no olviden visitar la Casa del Padre, aunque sea de forma virtual.
Cuidado con la levadura de los fariseos (o sea, con su hipocresía).
Una antigua historia de los indios
norteamericanos cuenta que una mañana un viejo Cherokee le contó a su nieto acerca de una batalla que ocurre en el
interior de las personas y le dijo:
“Hijo mío, la batalla es entre dos lobos
dentro de todos nosotros”.
“Uno es Malvado – Es ira, envidia, celos,
tristeza, pesar, avaricia, arrogancia, autocompasión, culpa, resentimiento,
inferioridad, mentiras, falso orgullo, superioridad y ego..”
“El otro es Bueno – Es alegría, paz amor,
esperanza, serenidad, humildad, bondad, benevolencia, empatía, generosidad,
verdad, compasión y fe”.
El nieto lo meditó por un minuto y luego
preguntó a su abuelo:
“¿Qué lobo gana?”
El viejo Cherokee
respondió,
“Aquél al que tú alimentes”.
De ese mismo modo dentro de cada uno de
nosotros se libra una batalla entre dos “cristianos” distintos que habitan en
nuestro interior: De un lado el “fariseo” (las raíces del fariseísmo no
desaparecieron con el advenimiento del cristianismo) que se concentra en el
cumplimiento ritual, “practica” los sacramentos y se le ve en todas las
celebraciones litúrgicas con un aire de santidad, mientras mira con desdén,
orgullo, aire de superioridad y ego engrandecido a todos los “pecadores”. De
otro lado habita aquél que está siempre atento a la escucha la Palabra de Dios,
permite que esa Palabra penetre en lo más profundo de su ser, haciéndole reconocer
su pequeñez e incapacidad de obtener la salvación por sus propios medios y
méritos, y está siempre en actitud de benevolencia, compasión, acogida y
misericordia hacia los hermanos.
En la lectura evangélica de hoy (Lc 12,1-7) Jesús
previene a sus discípulos (a nosotros) contra el fariseísmo: “Cuidado con la
levadura de los fariseos (o sea, con su hipocresía). Nada hay cubierto que no
llegue a descubrirse, nada hay escondido que no llegue a saberse. Por eso, lo
que digáis de noche se repetirá a pleno día, y lo que digáis al oído en el
sótano se pregonará desde la azotea. A vosotros os digo, amigos míos: no
tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden hacer más. Os voy a
decir a quién tenéis que temer: temed al que tiene poder para matar y después
echar al infierno. A éste tenéis que temer, os lo digo yo”.
Nos está diciendo, no solo que temamos a “la
levadura” de los fariseos, o sea, su hipocresía, sino que nos aseguremos de no
sucumbir a la tentación de “alimentar” el fariseísmo, la hipocresía de creernos
superiores a los demás, porque a la larga nuestros propios actos nos acusarán
ya que “nada hay cubierto que no llegue a descubrirse, nada hay escondido que
no llegue a saberse”.
Esta lectura, aunque toma la forma de una
diatriba en contra de los fariseos, es en realidad una invitación a que
alimentemos a ese “lobo” que habita en nosotros que es alegría, paz amor,
esperanza, serenidad, humildad, bondad, benevolencia, empatía, generosidad,
verdad, compasión y fe, del que le hablaba el abuelo Cherokee a su nieto.
¿A quién vamos a temer? ¿Al “qué dirán” de los
demás, o al que tiene poder para matar y después echar al infierno? En otras
palabras, ¿a cuál de los dos “lobos” vamos a alimentar?
“La caridad que deja a los pobres tal y como están no es suficiente. La misericordia verdadera, aquella que Dios nos da y nos enseña, pide justicia, pide que el pobre encuentre su camino para dejar de serlo”.
La lectura evangélica de hoy (Lc 11,47-54) nos
presenta a Jesús continuando su ataque implacable contra las actitudes
hipócritas y legalistas de los fariseos y los doctores de la Ley, lanzando
“ayes” contra ellos.
Comienza criticando la costumbre de los de su
tiempo de erigir monumentos y mausoleos a los profetas que habían sido
asesinados por sus antepasados porque sus palabras les resultaban incómodas,
mientras ellos mismos ignoraban el mensaje del Profeta de profetas que tenían
ante sí, y terminarían asesinándolo también: “¡Ay de vosotros, que edificáis
mausoleos a los profetas, después que vuestros padres los mataron! Así sois
testigos de lo que hicieron vuestros padres, y lo aprobáis; porque ellos los
mataron, y vosotros les edificáis sepulcros. Por algo dijo la sabiduría de
Dios: ‘Les enviaré profetas y apóstoles; a algunos los perseguirán y matarán’;
y así, a esta generación se le pedirá cuenta de la sangre de los profetas
derramada desde la creación del mundo; desde la sangre de Abel hasta la de
Zacarías, que pereció entre el altar y el santuario”.
“Todo tiempo pasado fue mejor”, solemos decir.
Y recordamos con nostalgia los tiempos de antaño, cuando había respeto por la
vida y propiedad ajenas, y Dios y la Iglesia formaban parte de nuestra vida
diaria, de nuestras familias, y de todas nuestras instituciones públicas y
privadas. Y a veces nos preguntamos qué pasó, en donde perdimos esos valores,
en qué esquina dejamos a Dios y a la Iglesia, al punto que ya Dios no está
presente en nuestras vidas, ni en nuestras escuelas, ni en nuestras
instituciones, ni en algunas de nuestras iglesias…
Y construimos monumentos y mausoleos en
nuestras mentes para honrar aquellos tiempos. Pero olvidamos la pregunta más
importante: ¿Quién o quiénes “mataron” aquellos tiempos, aquellos valores, cuya
pérdida ha precipitado nuestra Iglesia y nuestra sociedad en un espiral hacia
la nada? No se trata de adjudicar “culpas” (después de todo la culpa siempre es
huérfana), se trata de adjudicar responsabilidades.
Nosotros, los que añoramos y veneramos
aquellos tiempos, y a los profetas que fueron ignorados, cuyos mensajes fueron “asesinados”,
¿no somos responsables por habernos cruzado de brazos mientras nuestra sociedad
y nuestra Iglesia se venían abajo, ignorando las voces de los “profetas” que
clamaban por la justicia y la paz? Lo he dicho y no me canso de repetirlo: El
gran pecado de nuestros tiempos es el pecado de omisión.
Más aun, ¿escuchamos las voces de los profetas
de nuestro tiempo, como el papa Francisco, que nos llaman a practicar la
misericordia, a acoger, sobre todo a los más necesitados (los pobres, los
enfermos, los inmigrantes, los presos, los analfabetos, las viudas, los
divorciados y vueltos a casar, los huérfanos, los homosexuales)? Como nos dice
Francisco: “La caridad que deja a los pobres tal y como están no es suficiente.
La misericordia verdadera, aquella que Dios nos da y nos enseña, pide justicia,
pide que el pobre encuentre su camino para dejar de serlo”.
Hagamos examen de conciencia, porque las
palabras de Jesús a los de su generación son igualmente aplicables a nosotros:
“Sí, os lo repito: se le pedirá cuenta a
esta generación”.
Hola amigos, como todos los miércoles, te invitamos a sintonizarnos esta tarde (14 de octubre) a las 3:30 hora del este de los EEUU (4:30 hora de Puerto Rico), a través de Relevant Radio en vivo, en el segmento del comunicador católico John Morales.
Hoy continuaremos nuestra serie sobre la Doctrina Social de Iglesia, y estaremos abordando el tema de la enseñanza de la Iglesia respecto al uso de contraceptivos y la fertilización in vitro, así como las alternativas lícitas propuestas por el Magisterio.
En la lectura evangélica que nos brinda la
liturgia para hoy (Lc 11,42-46), Jesús continúa su condena a los fariseos y
doctores de la ley, lanzando contra ellos “ayes” que resaltan su hipocresía al
“cumplir” con la ley, mientras “pasan por alto el derecho y el amor de Dios”.
Jesús sigue insistiendo en la primacía del amor y la pureza de corazón por
encima del ritualismo vacío de aquellos que buscan agradar a los hombres más
que a Dios o, peor aún, acallar su propia conciencia ante la vida desordenada
que llevan. Todos los reconocimientos y elogios que su conducta pueda propiciar
no les servirán de nada ante los ojos del Señor, que ve en lo más profundo de
nuestros corazones, por encima de las apariencias (Cfr. Salmo 138; 1 Sam
16,7).
Así, critica también inmisericordemente a
aquellos a quienes les encantan los reconocimientos y asientos de honor en las
sinagogas (¡cuántos de esos tenemos hoy en día!), y a los que estando en
posiciones de autoridad abruman a otros con cargas muy pesadas que ellos mismos
no están dispuestos a soportar.
El Señor nos está pidiendo que practiquemos el
derecho y el amor de Dios ante todo; que no nos limitemos a hablar grandes
discursos sobre la fe, demostrando nuestro conocimiento de la misma, sino que asumamos
nuestra responsabilidad como cristianos de practicar la justicia y el derecho,
que no es otra cosa que cumplir la Ley del amor. De lo contrario seremos
cristianos de “pintura y capota”, “sepulcros blanqueados”, hipócritas, que
presentamos una fachada admirable y hermosa ante los hombres, mientras por
dentro estamos podridos.
Somos muy dados a juzgar a los demás, a ver la
paja en el ojo ajeno ignorando la viga que tenemos en el nuestro (Cfr.
Mt 7,3), olvidándonos que nosotros también seremos juzgados. Es a lo que nos
insta san Pablo en la primera lectura de hoy (Gál 5, 18-25 2,1-11) cuando nos
dice: “Si vivimos según el Espíritu, obremos también según el Espíritu.”.
A partir del Año del Jubileo Extraordinario de la Misericordia proclamado por el
papa Francisco hace unos años, este nos ha venido invitando a todos, al pueblo
santo de Dios que es la Iglesia, a poner el énfasis en la misericordia por
encima de la rigidez de las instituciones, de los títulos y la jerarquía. La
Iglesia del siglo XXI ha de ser la Iglesia de los pobres, de los marginados. De
ellos se nutre y a ellos se debe. Y para lograrlo no hay que reinventar la
rueda, lo único que se requiere es leer y poner en práctica el Evangelio de
Jesucristo y los documentos del Concilio Vaticano II.
Siempre que pienso en la Iglesia de los pobres
vienen a mi mente las palabras que el Espíritu Santo puso en boca del Cardenal
Claudio Hummes cuando le dijo al entonces Cardenal Bergoglio al momento de
ser elegido como Papa: “No te olvides de los pobres”; frase que dio origen al
nombre papal que este escogió.
Hoy, pidamos al Señor nos conceda un corazón
puro que nos permita guiar nuestras obras por la justicia y el amor a Dios y al
prójimo, no por los méritos o reconocimiento que podamos recibir por las
mismas.