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Jacob peleó toda la noche con un “hombre”, quien al acercarse la aurora sin que hubiese un claro vencedor le dijo: “Suéltame, que llega la aurora”. A lo que Jacob respondió: “No te soltaré hasta que me bendigas”.
Como parte de la historia de los inicios del
pueblo de Israel, la primera lectura de la liturgia de hoy (Gn 32,22-32) nos
narra el episodio en que Jacob recibe el nombre de Israel, nombre por el que se
conocerá el conjunto de su descendencia, hasta el día de hoy.
Nos dice la Escritura que Jacob peleó toda la
noche con un “hombre”, quien al acercarse la aurora sin que hubiese un claro
vencedor le dijo: “Suéltame, que llega la aurora”. A lo que Jacob respondió: “No
te soltaré hasta que me bendigas”. En el diálogo que sigue el hombre le
pregunta su nombre, y al contestarle que su nombre era Jacob, le dijo: “Ya no
te llamarás Jacob, sino Israel (ישראל), porque has luchado con dioses y con
hombres y has podido”. Ahí el origen del nombre, que quiere decir literalmente
“el que lucha con Dios”.
“La mies es abundante, pero los trabajadores
son pocos; rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies”.
Con esa oración termina la lectura evangélica que nos brinda la liturgia para
hoy (Mt 9,32-38). Este pasaje sirve de preámbulo al segundo gran discurso de
Jesús que ocupa todo el capítulo 10 de Mateo. El llamado discurso misionero, de
envío, a sus apóstoles.
El pasaje comienza planteándonos la brecha
existente entre el pueblo y los fariseos. Los primeros se admiraban ante el
poder de Jesús (“Nunca se ha visto en Israel cosa igual”), mientras los otros,
tal vez por sentirse amenazados por la figura de Jesús, tergiversan los hechos
para tratar de desprestigiarlo ante los suyos: “Éste echa los demonios con el
poder del jefe de los demonios”. Jesús no se inmuta y continúa su misión, no
permite que las artimañas del maligno le hagan distraerse de su misión.
Otra característica de Jesús que vemos en este
pasaje es que no se comporta como los rabinos y fariseos de su tiempo, no
espera que la gente vaya a Él, sino que va por “todas las ciudades y aldeas,
enseñando en sus sinagogas, anunciando el Evangelio del reino y curando todas
las enfermedades y todas las dolencias” (Cfr.
3er misterio luminoso – El anuncio del Reino).
Jesús está consciente de que su tiempo es
corto, que la semilla que Él está sembrando ha de dar fruto; y necesita
trabajadores para recoger la cosecha.
Por eso, luego de darnos un ejemplo de lo que
implica la labor misionera (“enseñar”, “curar”), nos recuerda que solos no
podemos, que necesitamos ayuda de lo alto: “rogad, pues al Señor de la mies que
mande trabajadores a su mies”, nos dice. Podemos ver que la misión que Jesús
encomienda a sus apóstoles no se limita a ellos; está dirigida a todos nosotros.
En nuestro bautismo fuimos ungidos sacerdotes, profetas y reyes. Eso nos llama
a enseñar, anunciar el reino, y sanar a nuestros hermanos. Esa es nuestra
misión, la de todos: sacerdotes, religiosos, y laicos.
Y eso nos incluye a todos los miembros de la
comunidad parroquial, cada cual según sus talentos, según los carismas que el
Espíritu Santo nos ha dado y que son para provecho común (Cfr. 1 Co 12,7).
“Jesús se volvió y, al verla, le dijo: «¡Animo, hija! Tu fe te ha curado.» Y en aquel momento quedó curada la mujer”.
El tema de la fe sigue dominando la liturgia.
Y la primera lectura de hoy (Gn 28,10-22a), continúa narrando la historia de la
descendencia de Abraham, que es también el comienzo de la historia del pueblo
de Israel, y la historia de nuestra fe, pues nosotros somos herederos de la fe
de Abraham, a quien las tres grandes religiones monoteístas (cristianismo,
judaísmo e islam) llaman el “padre de la fe”.
En este pasaje Yahvé reitera a Jacob, el hijo
de Isaac, las promesas que había hecho a Abraham al establecer su Alianza con
él: “La tierra sobre la que estás acostado, te la daré a ti y a tu
descendencia. Tu descendencia se multiplicará como el polvo de la tierra, y
ocuparás el oriente y el occidente, el norte y el sur; y todas las naciones del
mundo se llamarán benditas por causa tuya y de tu descendencia. Yo estoy
contigo; yo te guardaré dondequiera que vayas, y te volveré a esta tierra y no
te abandonaré hasta que cumpla lo que he prometido”. Jacob creyó en Yahvé y en
su Palabra.
La lectura evangélica (Mt 9,18-26), por su
parte, nos narra dos milagros de Jesús en los cuales resalta la fe de los
recipientes del milagro: la revivificación de la hija de Jairo y la curación de
la hemorroísa. Aunque Mateo no menciona el nombre del personaje (Jairo), Marcos
y Lucas lo identifican por nombre en sus relatos paralelos. Mateo es bien parco
en ambos relatos, mientras Marcos y Lucas se explayan en los detalles (Mc
5,21-42; Lc 40-56).
En el caso de la mujer que sufría flujos de
sangre, ella tenía la certeza de que con solo tocar el manto de Jesús se
curaría, y actuó conforme a lo que creía: se acercó entre la multitud hasta
tocar el manto de Jesús. De eso se trata la fe. Por eso decimos que la fe es
algo “que se ve”. La fe de aquella mujer le permitió recibir el milagro. Por
eso la lectura nos dice que Jesús se volvió hacia ella y le dijo: “¡Ánimo hija!
Tu fe te ha curado”. Y en aquel momento quedó curada.
El pasaje que leemos hoy comienza con Jairo (a
quien él identifica como “un personaje”) diciéndole a Jesús que su hija había
muerto, añadiendo: “Pero ven tú, ponle la mano en la cabeza, y vivirá”.
Nuevamente nos encontramos ante la importancia de la fe. Jairo creyó, y actuó
conforme a lo que creía. Ante la muerte de su hija, realizó un acto de fe.
Al llegar Jesús a casa de Jairo encontró “a
los flautistas y el alboroto de la gente” (signo de que la niña había muerto),
y dijo a todos: “¡Fuera! La niña no está muerta, está dormida”. Nos dice la
lectura que todos se reían de Él, y que una vez echaron la gente, “entró Él,
cogió a la niña de la mano, y ella se puso en pie”.
En ocasiones anteriores hemos dicho que no
basta con creer (hasta el demonio “cree” en Dios), hay que actuar conforme a lo
que creemos. Hay que “vivir” la fe. Entonces veremos manifestarse la gloria de
Dios.
“Cuando llegó el sábado, empezó a enseñar en la sinagoga; la multitud que lo oía se preguntaba asombrada: ‘¿De dónde saca todo eso? ¿Qué sabiduría es ésa que le han enseñado?’”
El evangelio de hoy (Mc 6,1-6) nos presenta el
pasaje en el cual Jesús pronuncia la famosa frase: “No desprecian a un profeta
más que en su tierra, entre sus parientes y en su casa”. Encontramos a Jesús
que ha regresado a su pueblo, Nazaret, probablemente a visitar a su madre y sus
parientes. Ha comenzado su ministerio en otras ciudades y aldeas. Al llegar el
sábado, como todo buen judío acude a la sinagoga. Allí, se pone de pie y empezó
a enseñar. Aunque la narración no nos dice cuáles fueron sus palabras, sabemos
por los relatos anteriores a esta escena, cuál es el contenido de su mensaje, y
la radicalidad del mismo.
Pero “los suyos” no le escucharon; se fijaron
en el mensajero e ignoraron el mensaje. Para ellos, Jesús era todavía aquél
“mocoso” que acompañaba a José el carpintero, y que eventualmente heredó su
taller. Era un simple artesano con las manos toscas y llenas de cicatrices, que
reparaba las puertas, ventanas, mesas, sillas de los que allí se hallaban… El
“hijo de María”. Nadie importante. Lo único que se les ocurre decir es: “¿De
dónde saca todo eso?” El prejuicio, el discrimen, los estereotipos, la
soberbia. “Vino a los suyos y los suyos no lo recibieron” (Jn 1,11).
Si hubiese venido un extranjero a traer un
mensaje, por más inocuo, le hubiesen prestado toda su atención mientras
asentían con la cabeza en señal de aprobación. Los habitantes de Nazaret no
niegan la sabiduría de las palabras de Jesús, sus milagros, pero cuestionan su
capacidad y, más aún, su origen. ¿Cómo es posible que las palabras de un
carpintero vengan de Dios? ¿Cómo es posible que ese carpintero que se ha criado
entre nosotros venga de Dios, sea Dios?
Todavía hoy caemos en el error de fijarnos en
los mensajeros más que en el mensaje; ello dará paso a los “lobos disfrazados
de ovejas” de los cuales el mismo Jesús nos alerta (Mt 7,15); esos que nos
presentan espectáculos vistosos, con una gran dosis de histeria colectiva, para
decirnos lo que queremos escuchar haciendo una lectura acomodaticia de la
Palabra, hacernos sentir bien, y vaciar nuestros bolsillos.
Por otro lado, escuchamos decir: “Yo prefiero
al Padre tal o más cual”. Y ese sacerdote se muda de parroquia y lo siguen como
corderitos, abandonando su comunidad parroquial. ¿Es que acaso el que venga no
va a leer las mismas Escrituras? De nuevo, estas personas, al igual que los
compueblanos de Jesús, prestan más importancia al mensajero que al mensaje.
Yo he tenido la experiencia de que un total
desconocido, de aspecto común, me ha detenido y me ha contestado, en dos
frases, todas mis plegarias. No lo que yo quería escuchar, pero lo que reconocí
como la voluntad de Dios. Y el tiempo se encargó de demostrarlo. Si me hubiese
dejado llevar por su aspecto, no le habría prestado atención, no le habría
escuchado. Y estoy convencido que fue el mismo Dios quien me habló…
Hoy celebramos la fiesta de Santo Tomás,
apóstol. La tradición nos dice que Tomás
partió a evangelizar en Persia y en la India, donde fue martirizado el 3 de
julio del año 72. La lectura que nos presenta la liturgia para esta fiesta es
la narración de la primera aparición de Jesús a los apóstoles luego de su
gloriosa resurrección (Jn 20,24-29). La Resurrección de Jesús culminó su
Misterio Pascual, y con ella la Iglesia adquirió una nueva vida. “Si Cristo no
hubiera resucitado, vana sería nuestra fe” (1 Cor 15,14).
Cuando el Resucitado se apareció por primera
vez a los apóstoles, Tomás no estaba con ellos. Al integrarse nuevamente al
grupo, le dijeron: “Hemos visto al Señor”. Tomás, quien al igual que los demás no
había captado el anuncio de la resurrección que Jesús les había hecho en
innumerables ocasiones, reaccionó con incredulidad: “Si no veo en sus manos la
señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto
la mano en su costado, no lo creo”.
La actitud de Tomás es muy similar a nuestra. Como reza el dicho popular: “Ver
para creer”. En ocasiones nuestra fe flaquea. Entonces tratamos de aferrarnos a
algo tangible, que nos brinde “seguridad” física; y nos preguntamos si en
realidad “alguien” escucha nuestras oraciones, sobre todo cuando no vemos los
resultados que queremos (Cfr. Hb 11,1).
En la lectura evangélica de hoy Jesús le dice
a Tomás: “¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber
visto”. ¡Qué diferencia con María, la que “creyó sin haber visto”! (Cfr. Lc 1,45;).
La fe es una de las virtudes teologales
(llamadas también “infusas”) que recibimos en nuestro bautismo. Pero lo que en
realidad recibimos es como una semilla que hay que alimentar e irrigar
adecuadamente para que pueda germinar y dar fruto. Si la abandonamos corre el
peligro de secarse y morir. Y el agua y alimento que necesita la encontramos en
la oración, la Palabra y los sacramentos, especialmente la Eucaristía.
El problema estriba en que hoy día vivimos en un
mundo secularizado, esclavo de la tecnología, en el que resulta más fácil creer
lo que dice la internet (sin cuestionarnos la fuente ni las intenciones de
quien escribe), que creer en Dios y en su Palabra salvífica, que es Palabra de
Vida eterna (Cfr. Jn 6,68).
Los apóstoles creyeron esa Palabra de Vida
eterna. El mismo Tomás, a pesar de su incredulidad inicial, no tuvo que meter
los dedos en las manos ni la mano en el costado del Señor para hacer una
profesión de fe: “¡Señor mío y Dios mío!”
Por eso, hoy, en la fiesta de Santo Tomás,
apóstol, digamos a Nuestro Señor: “Señor Jesús, al celebrar hoy con admiración
y alegría la fiesta de santo Tomás, te pedimos que nosotros –tus discípulos- y
cuantos nos rodean y no te conocen por la fe experimentemos tu presencia en
nuestras vidas mostrándote llagado y resucitado, predicador del Reino y pastor
de ovejas perdidas, salvador y amigo. Amén” (oración tomada de Dominicos 2003).
Vio Jesús al pasar a un hombre llamado Mateo, sentado al mostrador de los impuestos, y le dijo: «Sígueme.»
Cada vez que leo el pasaje evangélico que nos
ofrece la liturgia para hoy (Mt 9,9-13), trato de imaginar la escena. Se trata
de la vocación (el llamado) de Leví (Mateo) y la subsiguiente comida en casa de
este. Los tres evangelios sinópticos nos narran este pasaje.
Mateo, publicano (recaudador de impuestos) de
oficio, se encontraba sentado tras el mostrador de impuestos, y Jesús se le
acercó. Mateo debe haber sentido la presencia de alguien frente a su mostrador
y levantó la vista. Es imposible imaginar lo que Mateo percibió en aquellos
ojos, aquella mirada penetrante y tierna a la vez que se cruzó con la suya. Y
solo bastó una palabra, “sígueme” para que Mateo se levantara y lo siguiera. A
mí me impacta más la versión de Lucas (5,28) que dice que Mateo, “dejándolo
todo”, se levantó y lo siguió. “Dejándolo todo…” Nuevamente nos encontramos
ante la radicalidad del seguimiento.
Mateo era publicano, trabajaba para el
Imperio, el pueblo consideraba a los publicanos enemigos del pueblo; no solo
por “cooperar” con el poder imperial de Roma, sino porque le cobraban impuestos
en exceso a la gente y se quedaban con la diferencia. Por tanto, su trabajo era
un obstáculo para seguir a Jesús. Por eso tenía que “dejarlo todo”, y así lo
hizo. Dejó la mesa con sus cuentas y el dinero recaudado; dejó su vida pasada
para abrazar la nueva Vida a la que Jesús le llamaba. En ese momento él
probablemente no conocía los detalles, pero estoy seguro que supo ver en
aquella mirada intensa de Jesús la promesa de un mundo que las palabras no
podrían describir. Algo similar a lo que experimentó Saulo de Tarso en aquél encuentro
fugaz con el Resucitado en el camino a Damasco que cambió su vida para siempre.
Mateo tuvo un encuentro personal con Jesús y
su vida ya no sería la misma. Lo mismo nos ocurre cuando tenemos un encuentro
personal con Jesús. Resulta imposible mirarle a los ojos y no dejarse seducir.
“Me sedujiste, Señor, y yo me dejé seducir. Fuiste más fuerte que yo, y me
venciste” (Jr 20,7).
Jesús te está diciendo: “Sígueme”. Nos lo
repite a diario; y no se cansa de hacerlo; y mientras más alejados estamos de
Él, con mayor insistencia nos llama. No importa lo que haya en nuestro pasado.
De eso se trata la conclusión del pasaje de hoy. Al levantarse Mateo, invitó a
Jesús y sus discípulos a comer a su casa, junto a otros publicanos y pecadores.
Al ver esto, los fariseos (¡qué muchos de estos hay en nuestros días!) se
acercaron a los discípulos (así son, cobardes, hablan a espaldas de los que
critican) diciéndoles: “¿Cómo es que vuestro maestro come con publicanos y
pecadores?”
Jesús les escuchó y su contestación no se hizo
esperar: “No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos. Andad,
aprended lo que significa ‘misericordia quiero y no sacrificios’: que no he
venido a llamar a los justos, sino a los pecadores”.
Jesús no vino a buscar a los justos para llevarlos
a cielo. Él vino para ofrecerse a sí mismo como víctima propiciatoria por todos
los pecados de la humanidad, cometidos y por cometer, incluyendo los tuyos y
los míos, porque Él quiere que todos nos salvemos (1 Tim 2,4; 2 Pe 3,9).
Que pasen un hermoso fin de semana. No olviden
visitar la Casa del Padre. Él les espera…
Te invitamos a visitar nuestro Canal de YouTube, De la mano de María TV, para ver el primero de una serie de vídeos cortos (de un minuto de duración) intitulados “¿Sabías que…”, en los que trataremos diversos temas relacionados con Nuestra Señora.
En este vídeo hablamos sobre cómo sabemos los nombres de San Joaquín y Santa Ana, padres de la Santísima Virgen:
¿Cuánto tiempo hace que no te acercas al sacramento de la reconciliación? Anda, ¡anímate! Verás cuán cerca de Dios te sientes.
La liturgia de hoy (Mt 9,1-8) continúa la
narración de los diez milagros que sirven de preámbulo a la predicación del
Reino de los Cielos que comprende los capítulos 8 y 9 del relato evangélico de
Mateo.
Hoy Mateo nos presenta el pasaje de la
curación de un paralítico. Este episodio también lo recogen todos los
sinópticos. Pero mientras Marcos y Lucas le añaden el detalle de unos amigos que
bajaron al paralítico frente a Jesús desde el techo removiendo unas tejas,
Mateo omite ese detalle y va directo al reconocimiento de la fe de los que le
trajeron al hombre, y al diálogo que sigue, que constituye el meollo del
mensaje de Jesús.
“¡Ánimo, hijo!, tus pecados están perdonados”.
Estoy seguro que nadie esperaba esa frase de parte de Jesús. Hasta entonces le
habían visto como el gran taumaturgo (hacedor de prodigios): curando enfermos,
demostrando su poder sobre la naturaleza, y hasta echando demonios. Pero, ¿ahora
también se arroga el poder de perdonar pecados? ¡Blasfemia!, pensaron todos.
Ese poder le está reservado a Dios, pues solo a Él se ofende, se hiere con el
pecado.
Jesús, que ve en lo profundo de los corazones
de los hombres, sabía lo que estaban pensando y les ripostó: “¿Por qué pensáis
mal? ¿Qué es más fácil decir: ‘Tus pecados están perdonados’, o decir:
‘Levántate y anda’? Pues, para que veáis que el Hijo del hombre tiene potestad
en la tierra para perdonar pecados –dijo dirigiéndose al paralítico–: Ponte en
pie, coge tu camilla y vete a tu casa”.
Para entender el alcance de este gesto de
Jesús tenemos que comprender la mentalidad de los escribas y fariseos. Para
ellos, la enfermedad era producto del pecado, y mientras más grave el pecado,
más grave la enfermedad. Y aunque Jesús había aclarado que la enfermedad no
estaba ligada al pecado (Jn 9,1-14), utiliza un signo visible, como es la
desaparición de la parálisis, para demostrar que, en efecto, los pecados de
aquél hombre habían sido perdonados. Es decir, utilizó el signo de la sanación
corporal para probarles la sanación espiritual del alma de aquél hombre que
estaba en estado de pecado.
No solo les demostró a sus detractores que los
pecados de aquél hombre habían sido perdonados, sino que también el hombre tuvo
la certeza de que había sido perdonado: “tus pecados están perdonados”.
Antes de partir, Jesús transmitió a sus
apóstoles y a sus sucesores el poder de perdonar los pecados: “Reciban el
Espíritu Santo. Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen,
y serán retenidos a los que ustedes se los retengan” (Jn 20,22-23). Ese es el
fundamento del sacramento de la reconciliación. Cuando nos acercamos al
sacramento con nuestra alma “paralizada” por el pecado y confesamos nuestros
pecados, escuchamos la fórmula absolutoria que parafrasea las palabras de Jesús
a aquél paralítico: “tus pecados están perdonados”, y “ponte en pie”. Entonces
tenemos la certeza de que hemos sido perdonados. No hay nada que sustituya la
sensación que se siente en ese momento.
¿Cuánto tiempo hace que no te acercas al
sacramento de la reconciliación? Anda, ¡anímate! Verás cuán cerca de Dios te
sientes.
“Y la piara entera se abalanzó acantilado abajo y se ahogó en el agua”.
El pasaje que nos presenta el evangelio de hoy
(Mt 8,28-34), que aparece (con las consabidas variantes) en los tres evangelios
sinópticos, es uno de esos que nos deja “rascándonos la cabeza”. Jesús expulsa
unos demonios que poseían a unos endemoniados que vivían en el cementerio, y
los envía a una piara de cerdos que se lanzan acantilado abajo ahogándose en el
agua. Para entender este pasaje hay que examinarlo en la perspectiva histórica
y cultural del tiempo de Jesús.
Nos relata el pasaje que Jesús llegó con sus
discípulos “a la otra orilla, a la región de los gerasenos”, después de calmar
la tormenta que enfrentaron en la barca que los traía. Gerasa era una antigua
ciudad de la Decápolis, una de las siete divisiones políticas (“administraciones”)
de la provincia Romana de Palestina en tiempos de Jesús.
Al llegar allí, “desde el cementerio, dos
endemoniados salieron a su encuentro; eran tan furiosos que nadie se atrevía a
transitar por aquel camino”. Jesús no tiene dificultad en expulsar a los
demonios, quienes reconocen su divinidad y poder (“¿Has venido a atormentarnos
antes de tiempo?”, le reclaman, en aparente alusión al juicio final).
Jesús exorciza a los endemoniados, y los
espíritus inmundos salieron de ellos y se metieron en una gran piara de cerdos
que “se abalanzó acantilado abajo y se ahogó en el agua”. Los que cuidaban los
cerdos huyeron despavoridos y contaron a todos lo sucedido. Tan pronto se
enteraron de lo ocurrido a los cerdos, “el pueblo entero salió a donde estaba
Jesús y, al verlo, le rogaron que se marchara de su país”. ¿Cómo es posible que
lo expulsen por haber liberado a dos endemoniados?
Debemos recordar que aunque la carne de cerdo
está prohibida para los judíos, los gerasenos la consumían. Por tanto, la
muerte de aquellos cerdos representaba para ellos una pérdida económica. Para
esta gente los cerdos, y el valor económico que ellos representaban, eran más
importantes que la calidad de vida de aquellos dos pobres hombres. La
liberación de dos hombres valía menos que una piara de cerdos. Antepusieron los
valores materiales a los valores del Reino (Cfr. Hc 16,16 ss.). El
mensaje de Jesús resultó demasiado incómodo.
Hoy no es diferente. Cuando el seguimiento de
Jesús interfiere con nuestras “seguridades” materiales, preferimos ignorar el
llamado antes que renunciar a estas. Todos tenemos nuestros “cerditos”. ¿Cuáles
son los tuyos?
Esto nos hace pensar en lo que el papa
Francisco llama la “economía de la exclusión e inequidad” en el número 53 de su
Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium, sobre el anuncio del Evangelio
en el mundo actual (lectura recomendada para todo cristiano del siglo XXI): “No
puede ser que no sea noticia que muere de frío un anciano en situación de calle
y que sí lo sea una caída de dos puntos en la bolsa. Eso es exclusión”.
Jesús quiere sembrar la semilla del Reino
entre los no creyentes. Él vino para redimirnos a todos, sin distinción. A ti,
y a mí. Y nos invita a hacer lo mismo. ¿Aceptas?
Hoy celebramos la solemnidad de los apóstoles san Pedro y san Pablo, los dos pilares sobre los que descansa la Iglesia que fundó Jesús.
En un hermoso y apacible paraje a orillas del lago de Galilea, Jesús pronunció las palabras que leemos en el Evangelio (Mt 16,13-19) que nos propone la liturgia de hoy: “¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás! porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo. Ahora te digo yo: tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará. Te daré las llaves del reino de los cielos; lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo, y lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo”.
Pedro era un simple pescador que se ganaba la vida practicando su noble oficio en el lago a cuya orilla Jesús le instituye “piedra” y cabeza de su Iglesia, no por sus propios méritos, sino porque Jesús reconoce que el Padre le ha escogido: “… porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo”.
Dios llama a cada uno de nosotros a desempeñar una misión. Esa es nuestra vocación. La palabra “vocación” viene del verbo latín vocatio, que quiere decir “llamado”. Cómo Dios nos escoge, y cómo decide cuál es nuestra vocación es un misterio. Y una vez aceptada la misión, el Señor se encarga de guiarnos y protegernos de los peligros, como lo hizo con Pedro en la primera lectura (Hc 12,1-11), librándolo incluso de la cárcel para poder continuar su misión.
Dios no siempre escoge a los más capacitados; Él capacita a los que escoge, dándoles los carismas necesarios para llevar a cabo su misión (Cfr. 1 Cor 12,1-11). Cristo ofreció su sacrificio máximo por la salvación de toda la humanidad. El mensaje tenía que llegar a todos los confines de la tierra, la Iglesia tenía que ser “católica”, es decir, “universal”. Y para esa tarea escogió a esa otra columna de la Iglesia, Saulo de Tarso, el apóstol de los gentiles.
La segunda lectura (2 Tm 4,6-8.17-18) nos reitera cómo Dios guía y protege en su misión a los que Él escoge y escuchan su llamado. Por eso Pablo dice: “El Señor me ayudó y me dio fuerzas para anunciar íntegro el mensaje, de modo que lo oyeran todos los gentiles. Él me libró de la boca del león. El Señor seguirá librándome de todo mal, me salvará y me llevará a su reino del cielo. A él la gloria por los siglos de los siglos. Amén”.
Si Cristo se presentara hoy ante ti y te preguntara: “¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?” ¿Qué le contestarías? Pedro y Pablo ofrecieron su vida por predicar y defender esa verdad. ¿Estás tú dispuesto a hacerlo?
Cuando estés listo para partir al encuentro definitivo con el Señor, ¿podrás decir como Pablo: “He combatido bien mi combate, he corrido hasta la meta, he mantenido la fe”?