REFLEXIÓN PARA EL VIGÉSIMO CUARTO DOMINGO DEL T.O. (B) 16-09-18

Las lecturas que nos presenta la liturgia para hoy (Is 50,5-9a; Sal 114; St 2,14-18; y Mc 8,27-35) son tan ricas en simbolismo y doctrina, que resulta difícil escoger uno o dos versículos para reflexionar en estas cortas líneas.

El evangelio nos presenta el pasaje de la profesión de fe de Pedro. Luego de realizar una “encuesta” entre sus discípulos sobre quién decía la gente que Él era, Pedro, iluminado por el Espíritu Santo, exclamó: “Tú eres el Mesías”. A esa profesión de fe le sigue el pedido de Jesús a sus discípulos de guardar silencio al respecto. Pero como no hay profesión de fe sin prueba (1 Pe 1,7), Jesús no pierde tiempo en anunciar el camino que le espera: “El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, tiene que ser condenado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar a los tres días”. En esta expresión de Jesús no hay insinuaciones, ni simbolismos; es la verdad cruda y tajante de lo que le espera. Los cuatro verbos que utiliza son inequívocos: “padecer”, “ser condenado”, “ser ejecutado”, y “resucitar”.

Pedro, contento de haber recibido el don de la fe que le permitió confesar el mesianismo de Jesús, se escandalizó y comenzó a increparlo. Su naturaleza humana le impedía aquilatar el valor salvífico del camino de la pasión que Jesús tenía que caminar. Por eso Jesús le reprende, utilizando las mismas palabras que usó para reprender a Satanás cuando le tentó en el desierto (Mt 4,10): “¡Quítate de mi vista, Satanás!”. Pedro se había quedado en el “gozo” de la fe, pero no había podido concretizarla; no había alcanzado a leer la “letra chica” que Jesús no tarda en señalarle: “El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Mirad, el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio la salvará”. De nuevo los adjetivos inequívocos: “negarse” a sí mismo, y “cargar” con la Cruz.

Jesús nos invita a seguirle, pero ese seguimiento no puede ser a medias, tiene que ser radical; Jesús no admite términos medios ni tibiezas. “Nadie que pone su mano en el arado y mira hacia atrás, es apto para el Reino de Dios” (Lc 9,62). “Ojalá fueras frío o caliente. Pero como eres tibio, y no frío ni caliente voy a vomitarte de mi boca” (Ap 15b-16).

Como nos dice la segunda lectura de hoy, la fe sin obras, por si sola está muerta. En otras palabras, “no basta con creer en Jesús, hay que creerle a Jesús”. Y cuando creemos en su Palabra salvífica, cualquier sufrimiento, tribulación, prueba, que podamos experimentar cobra un nuevo significado, nos permite participar de la obra salvadora de Jesús. A eso se refiere Pablo cuando dice: “Completo en mi carne lo que le falta a la pasión de Cristo” (Col 1,24).

Nadie ha dicho que esto es fácil; pero el premio que nos espera vale la pena (1 Co 9,24-25; 1 Pe 5,4). Esa promesa es la que nos permite estar alegres en la enfermedad y en la tribulación. Que pasen un hermoso día. No olviden visitar la Casa del Padre; Él les espera…

REFLEXIÓN PARA LA FIESTA DE SANTA ROSA DE LIMA 30-08-18

Reconstrucción facial de santa Rosa de Lima basado en su cráneo utilizando las más modernas técnicas forenses

Hoy celebramos la Fiesta de Santa Rosa de Lima, la primera santa americana canonizada, patrona de América, India y Filipinas y, al igual que Santa Catalina de Siena, a quien siempre trató de imitar, terciaria dominica. Santa Rosa de Lima también es la patrona del Laicado Dominico de Puerto Rico.

La lectura evangélica que nos ofrece la liturgia propia de la Fiesta (Mt 13,44-46) nos presenta las parábolas del tesoro y de la perla, contenidas en el segundo gran sermón (también llamado “discurso parabólico”) de Jesús, en el cual nos presenta siete parábolas del Reino:

“El Reino de los Cielos se parece a un tesoro escondido en un campo; un hombre lo encuentra, lo vuelve a esconder, y lleno de alegría, vende todo lo que posee y compra el campo. El Reino de los Cielos se parece también a un negociante que se dedicaba a buscar perlas finas; y al encontrar una de gran valor, fue a vender todo lo que tenía y la compró”.

Si examinamos estas dos cortas parábolas, tienen un elemento en común: la alegría desbordante de ambos personajes al encontrar el tesoro y la perla, respectivamente. Porque esa es la característica esencial de Evangelio, del anuncio de la Buena Noticia de Reino que se plasma en las Bienaventuranzas. Así, Jesús llama “bienaventurados”, “dichosos”, “felices”, a los que practican las bienaventuranzas. Se trata de la alegría de haber tenido un encuentro personal con Jesús, y haber sentido ese torrente de amor que se derrama sobre nosotros en la forma del Espíritu Santo. Es la verdadera “alegría del cristiano”, la alegría de haber encontrado a Jesús y darle cabida en nuestras almas, descubriendo en nuestras propias vidas la acción de Dios.

Es la alegría que nos permite sonreír en medio de la tribulación, de las persecuciones, los insultos, las pruebas, con la certeza de que Dios nos ama y habrá de hacer buen la promesa de Vida eterna, lo que san Pablo llama “‘la feliz esperanza’ que llena y alegra nuestras almas mientras esperamos confiadamente ‘la Manifestación de la gloria del gran Dios y Salvador nuestro, Jesucristo’” (Tit 2,13).

Jesús nos está diciendo que en la vida del cristiano, del verdadero seguidor de Jesús, no hay nada más valioso que los valores del Reino; tanto que tenemos que estar dispuestos a “venderlo” todo con tal de adquirirlos, con tal de asegurar ese gran tesoro que es la vida eterna. Eso incluye dejar “casas, hermanos, hermanas, padre, madre, hijos y campos” por el nombre de Jesús. Y su promesa es generosa, “el ciento por uno” en el presente, y “la vida eterna” en el mundo venidero (Mt 19,27-39; Mc 10,28-31; Lc 18,28-30). Para el que ha encontrado ese “Tesoro”, ya nada más importa.

Rosa de Lima encontró ese gran tesoro que es el Amor de Dios, y ya todo palidecía, todo lo consideraba basura con tal de ganar Su amor (Cfr. Flp 3,8). Por eso, aún durante la larga y dolorosa enfermedad que precedió su muerte, su oración era: “Señor, auméntame los sufrimientos, pero auméntame en la misma medida tu amor”.

Hoy, pidamos la intercesión de Santa Rosa de Lima para que el Señor nos conceda la perseverancia para continuar en el camino hacia la santidad.

REFLEXIÓN PARA EL DECIMOQUINTO DOMINGO DEL T.O. (B) 15-07-18

En este decimoquinto domingo de tiempo ordinario, la primera lectura está tomada la profecía de Amós (Am 7,12-15). Amós no fue muy bien visto en Israel (Reino del Norte), pues, además de ser un simple pastor, era de Judá (Reino del Sur) y, para colmo, vino a denunciar las infidelidades del pueblo de Israel contra Yahvé. Amasías, sacerdote de Betel (Betel era una de dos capitales religiosas del Reino Israel – junto con Dan), se siente amenazado, pues las denuncias de Amós le tocan directamente. Por eso se queja ante el rey Jeroboam, e intenta expulsar a Amós.

Amós se le enfrenta con la valentía que caracteriza a los enviados de Dios y contesta: “Yahvé me tomó de detrás del rebaño y me dijo: ‘Ve y profetiza a mi pueblo Israel’.” Y la respuesta de Yahvé Dios a Amasías, a través de su profeta, no se hace esperar (Am 7,17): “Tu mujer se prostituirá en la ciudad, tus hijos y tus hijas caerán a espada, tu tierra será repartida a cordel, tú mismo morirás en tierra impura (tierra extranjera, manchada por la presencia de los ídolos), e Israel será deportado de su tierra”. Esto ocurrió efectivamente en el año 722 a.C.

Dios nos habla continuamente y de muchas maneras; sobre todo a través de su Palabra, nos señala el Camino y, como le sucedió a Israel, esa Palabra de vida eterna cae en oídos sordos. Por eso continuamos adorando nuestros “diosecillos”, que no hacen otra cosa que mantenernos apegados a las cosas materiales, alejándonos cada vez más de Dios.

Hoy, día del Señor, hagamos un pequeño examen de consciencia para tratar de identificar esos “ídolos” que nos esclavizan y nos impiden, como al pueblo de Israel, acercarnos a Dios y ser acreedores de su promesa de vida eterna.

Por eso en la lectura evangélica de hoy (Mc 6,7-13), que es la versión de Marcos del envío de los “doce”, cuya versión de Mateo leyéramos el jueves, Jesús instruye a sus apóstoles que, para poder llevar a cabo su misión en forma efectiva tienen que despojarse de todas las cosas materiales, de todo peso que pueda convertirse un lastre para el Camino: “los fue enviando de dos en dos, dándoles autoridad sobre los espíritus inmundos. Les encargó que llevaran para el camino un bastón y nada más, pero ni pan, ni alforja, ni dinero suelto en la faja; que llevasen sandalias, pero no una túnica de repuesto”.

Como hemos dicho en ocasiones anteriores, Jesús no condena las posesiones materiales, especialmente aquellas que son producto del trabajo bendecido por Él. Lo que Jesús condena reiteradamente es el “apego” a esas posesiones que nos impide “dejarlo todo” para seguirle (Cfr. Mt 19,16-22; Mc 10,17-22; Lc 18,18-23); aquellas cosas que nos impiden amar al Señor nuestro Dios “con todo [nuestro] corazón, con toda [nuestra] alma, con todas [nuestras] fuerzas, y con toda [nuestra] mente” (Cfr. Dt 6,5; Lc 10,27).

Que pasen un hermoso día en la PAZ del Señor y, si aún no lo han hecho, no olviden visitarle en su Casa; Él les espera.

REFLEXIÓN PARA EL SÁBADO DE LA DECIMOCUARTA SEMANA DEL T.O. (2) 14-07-18

La primera lectura de hoy (Is 6,1-8) nos presenta al profeta Isaías. Isaías fue testigo de la destrucción del Reino del norte (Israel), y veía cómo el Reino del sur (Judá) iba por el mismo camino. Yahvé lo escoge para anunciar su Palabra y denunciar los pecados de los judíos del sur.

El pasaje que nos ocupa forma parte de lo que se conoce como el “Primer Isaías” (capítulos 1-39), y es la narración de la vocación del profeta, que Él mismo hace.

Mientras se hallaba en oración en el Templo, el Señor le habló a través de una visión que describe con el dramatismo que implica estar en la presencia de Dios: “Y temblaban los umbrales de las puertas al clamor de su voz, y el templo estaba lleno de humo”. Y como todo mortal sintió miedo ante la presencia de Dios: “¡Ay de mí, estoy perdido! Yo, hombre de labios impuros, que habito en medio de un pueblo de labios impuros, he visto con mis ojos al Rey y Señor de los ejércitos”.

Y como siempre, el Señor no escoge a los capacitados, sino que capacita a los que escoge. Purificó los labios de Isaías con un carbón encendido, perdonando sus pecados de manera que pudiera proclamar su Palabra.

Otra característica de Dios que hemos dicho en ocasiones anteriores, es que Él nunca se impone (“Mira que estoy a la puerta y llamo: si uno escucha mi voz y me abre, entraré en su casa…” Ap 3,20). Esta vez no es diferente: “¿A quién mandaré? ¿Quién irá por mí?” Y la respuesta de Isaías a ese llamado no se hizo esperar: “Aquí estoy, mándame”.

Dios nos está llamando a todos, tiene una misión para cada uno de nosotros y, al igual que a Isaías nos pregunta: “¿A quién mandaré? ¿Quién irá por mí?” Y tú, ¿estás en disposición de decir: “Aquí estoy, mándame”, con todo lo que ello implica?

Hoy, pidámosle al Señor que nos permita escuchar su voz, y nos dé la valentía de aceptar su llamado con la certeza de que si Él nos ha escogido, nos capacitará. Y, más aún, nos respaldará, como vemos en el Evangelio de hoy.

La lectura evangélica de hoy (Mt 10,24-33) continúa presentándonos el envío de los “doce”: “Lo que os digo de noche decidlo en pleno día, y lo que escuchéis al oído, pregonadlo desde la azotea”. Los envía a proclamar la Buena Noticia, y a hacerlo con valentía (“no tengáis miedo”). Es el mismo llamado que nos hace a nosotros.

Son muchos los que prefieren ignorar el llamado de Jesús, porque a pesar de que les impresiona la oferta de Vida eterna que les hace, no están de acuerdo con la “letra chica”; entienden que el precio es demasiado alto. Prefieren la comodidad, el placer, ahora, en este mundo. Se ponen de parte del mundo en lugar de ponerse de parte de Jesús. Es ahí que resuenan las palabras de Jesús: “Si uno se pone de mi parte ante los hombres, yo también me pondré de su parte ante mi Padre del cielo. Y si uno me niega ante los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre del cielo”.

La decisión es tuya…

REFLEXIÓN PARA EL MIÉRCOLES DE LA TERCERA SEMANA DE PASCUA 18-04-18

Justo antes de su Ascensión, Jesús le había pedido a los apóstoles que no se alejaran de Jerusalén y esperaran la promesa del Padre (la promesa del Espíritu Santo que se haría realidad en Pentecostés): “Recibirán la fuerza del Espíritu Santo que descenderá sobre ustedes, y serán mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra” (Hc 1,8). Esa promesa de Jesús se hace realidad en la primera lectura que nos ofrece la liturgia de hoy (Hc 8,1-8). De hecho, durante los primeros siete capítulos del libro de los Hechos de los Apóstoles, estos permanecen en Jerusalén.

La lectura de hoy nos narra que luego del martirio de Esteban se desató una violenta persecución contra la Iglesia en Jerusalén, que hizo que todos, menos los apóstoles, se dispersaran por Judea y Samaria. Y cumpliendo el mandato de Jesús, “al ir de un lugar para otro, los prófugos iban difundiendo el Evangelio”. Así comenzó la expansión de la Iglesia por el mundo entero, una misión que al día de hoy continúa.

La lectura nos recalca que el mayor perseguidor de la Iglesia era Saulo de Tarso: “Saulo se ensañaba con la Iglesia; penetraba en las casas y arrastraba a la cárcel a hombres y mujeres”. Sí, el mismo Saulo de Tarso que luego sería responsable de expandir la Iglesia por todo el mundo greco-romano, mereciendo el título de “Apóstol de los gentiles”. Son esos misterios de Dios que no alcanzamos a comprender. Jesús escogió como paladín de su causa al más ensañado de sus perseguidores.

Jesús vio a Pablo y entendió que esa era la persona que Él necesitaba para llevar a cabo la titánica labor de evangelizar el mundo pagano. Un individuo en quien convergían tres grandes culturas, la judía (fariseo), la griega (criado en la ciudad de Tarso) y la romana (era ciudadano romano). Decide “enamorarlo” y se le aparece en el camino a Damasco en ese episodio que todos conocemos, mostrándole toda su gloria. Nunca sabremos que ocurrió en aquél instante enceguecedor en que Pablo cayó por tierra. Lo cierto es que Pablo vio a Jesús ya glorificado, creyó en Él, y recibió la promesa de vida eterna.

Y al recibir el Espíritu Santo por imposición de manos de Ananías (Hc 9,17), partió de inmediato y comenzó la obra evangelizadora que persiste hoy a través de la Iglesia, guiada por el mismo Espíritu.

La lectura evangélica (Jn 6,35-40) continúa presentándonos el llamado discurso del pan de vida. El versículo final del pasaje de hoy que acabamos de citar se da en el contexto de que Jesús dice a sus discípulos (y a nosotros), que Él no está aquí para hacer Su voluntad, “sino la voluntad del que me ha enviado”. Y la voluntad del Padre es que todos nos salvemos, “que no pierda nada de lo que me dio, sino que lo resucite en el último día”.

Ese fue el secreto de Saulo de Tarso: él creyó. Tuvo un encuentro con el Resucitado que cambió su vida para siempre. Creyó en Él, y le creyó; creyó en su promesa de Vida eterna: “Esta es la voluntad de mi Padre: que todo el que ve al Hijo y cree en él tenga vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día”.

¡Señor yo creo, pero aumenta mi fe! ¡Espíritu Santo, ven a mí!