REFLEXIÓN PARA EL SÁBADO DE LA PRIMERA SEMANA DE CUARESMA 16-03-19

“Sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto”. Con esa frase pronunciada por Jesús termina la lectura evangélica que la liturgia nos propone para hoy (Mt 5,43-48). Y esa perfección se manifiesta en el amor que Dios prodiga a toda la humanidad, sin distinción, aún sobre los que no le conocen, aquellos que lo ignoran, aquellos que lo odian, aquellos que blasfeman contra Él. Esa es la medida que se nos exige. ¡Uf!

“Habéis oído que se dijo: ‘Amarás a tu prójimo’ y aborrecerás a tu enemigo. Yo, en cambio, os digo: Amad a vuestros enemigos, y rezad por los que os persiguen. Así seréis hijos de vuestro Padre que está en el cielo, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos. Porque, si amáis a los que os aman, ¿qué premio tendréis? ¿No hacen lo mismo también los publicanos?”

La ley del amor. Jesús la repite sin cansancio. No podemos acercarnos a Él sin toparnos de frente con ese mensaje. Jesús nos ofrece la filiación divina (¡qué regalo!). Hay un solo requisito: amar; amar sin distinción y sin excepciones, especialmente a aquellos que nos hacen la vida imposible, aquellos que nos traicionan, nos odian, aquellos que son “diferentes”… Y más aún, orar por los que nos persiguen, los que nos hacen daño. Tú nos has mostrado el camino: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lc 23,34). ¡Señor, qué difícil se nos hace seguirte!

Tú siempre nos hablas claro, sin dobleces: “Les doy un mandamiento nuevo: ámense los unos a los otros. Así como yo los he amado, ámense también ustedes los unos a los otros” (Jn 13,34). ¿No será eso nada más que un sueño, un ideal, una ilusión, una quimera, una ingenuidad de Tu parte, Señor?

Pero Tú nunca nos pides nada que no podamos lograr; y mientras más difícil la encomienda, más cerca de nosotros estás para ayudarnos. En este caso nos dejaste el Espíritu de Verdad que iba a venir y hacer morada en nosotros: “Y yo rogaré al Padre, y él les dará otro Paráclito para que esté siempre con ustedes: el Espíritu de la Verdad, a quien el mundo no puede recibir, porque no lo ve ni lo conoce. Ustedes, en cambio, lo conocen, porque él permanece con ustedes y estará en ustedes” (Jn 14,16-17).

Durante este tiempo de Cuaresma la Iglesia nos invita a la conversión. Esa conversión de corazón es una obra de la Gracia de Dios. Como nos dice el libro de las Lamentaciones: “Conviértenos Señor, y nos convertiremos” (Lm 5,21). Y esa Gracia que obra la conversión en nosotros la recibimos cuando le abrimos nuestro corazón a ese Espíritu de la Verdad y le permitimos que haga morada en nosotros; ese Espíritu que es el Amor entre el Padre y el Hijo que se derrama sobre nosotros. Solo entonces podremos decir con san Pablo: “ya no soy yo quien vive, es Cristo quien vive en mí” (Gál 2,20).

“Conviértenos Señor, y nos convertiremos”.

REFLEXIÓN PARA EL SÁBADO DE LA SÉPTIMA SEMANA DEL T.O. (1) 02-03-19

En ocasiones anteriores hemos dicho que de todos los evangelistas Marcos es quien más acentúa la dimensión humana de Jesús. El pasaje que nos presenta la lectura evangélica que contemplamos hoy (Mc 10,13-16) es un ejemplo vivo de ello.

Nos dice la Escritura que la gente le acercaba a Jesús niños para que los tocara, pero los discípulos les regañaban. Al ver esta actitud en sus discípulos, Jesús se enfadó (otras versiones dicen que se “indignó”) y les dijo la tan conocida frase: “Dejad que los niños se acerquen a mí: no se lo impidáis; de los que son como ellos es el reino de Dios. Os aseguro que el que no acepte el reino de Dios como un niño, no entrará en él”. Añade la lectura que “los abrazaba y los bendecía imponiéndoles las manos”.

Este es uno de esos pasajes que nos narran los tres sinópticos (Ver: Mt 19, 13-15; Lc 18, 15-17). Mateo menciona el hecho de que los discípulos les “reñían”, pero se limita a decir que Jesús pidió que permitieran a los niños acercarse y que les imponía las manos. Lucas se limita a mencionar lo primero, pero ni tan siquiera menciona que les impusiera las manos.

Marcos nos revela un Jesús muy humano, igual a nosotros en todo menos en el pecado (Cfr. Hb 4,15). Un Jesús capaz de enojarse ante la torpeza y falta de caridad de sus discípulos, y a la vez un Jesús tierno, amoroso, que abraza… sobre todo a los niños. ¡Qué diferencia entre la actitud de Jesús y la de sus discípulos! Hemos señalado que en tiempos de Jesús los niños eran seres insignificantes, ni tan siquiera se sentaban a la mesa con sus padres; se sentaban con los criados. Jesús se identifica con ellos, los acoge, los abraza. Con su gesto nos está demostrando, no solo sus sentimientos, sino su preferencia por los más pequeños, los más débiles, los más indefensos, los marginados.

Pero con sus palabras también nos está señalando la actitud que tenemos que seguir frente a Dios y las cosas de Reino. Tenemos que ser capaces de maravillarnos, ver las cosas sin dobleces, actuar espontáneamente, sin segundas intenciones ni agendas ocultas, ser capaces de acercarnos a Dios con la confianza y la inocencia de un niño: “el que no acepte el reino de Dios como un niño, no entrará en él”.

No se trata de asumir una actitud “infantil” respecto a las cosas de Dios y del Reino. Se trata de confiar en la Divina Providencia, aprender a depender de Dios como lo hace un niño con su padre o, más aun, con su madre.

Para entrar en el Reino hay que despojarse de toda pretensión; hay que recordar que queremos entrar en un Reino donde el que reina se hizo servidor de todos.

Te lo aseguro. Si logras despojarte de toda ínfula de autosuficiencia, y bajar todas tus “defensas” ante la presencia de Dios, sentirás Su tierno y cálido abrazo, que sin necesidad de palabras te expresará el amor más grande que hayas experimentado jamás. Y no tendrás más remedio que compartirlo. De eso se trata el Reino.

No olviden visitar la Casa del Padre; Él les espera…

REFLEXIÓN PARA EL CUARTO DOMINGO DEL T.O. (C) 03-02-19

Las lecturas que nos presenta la liturgia para hoy son un verdadero banquete. La primera, tomada del profeta Jeremías (1,4-5.15-17), nos narra la vocación del profeta y es uno de los pasajes más hermosos del Antiguo Testamento: “Antes de formarte en el vientre, te escogí; antes de que salieras del seno materno, te consagré: te nombré profeta de los gentiles”. Así es con todos nosotros; Dios tiene una misión para cada uno. Y muchas veces nos resistimos, no queremos comprometernos, no queremos abandonar la comodidad de nuestro entorno, nuestra rutina diaria, nuestra “zona de confort”.

Así, Jeremías le responde a Yaveh: “¡Ah, Señor! Mira que no sé hablar, porque soy demasiado joven” (v. 6). Asimismo Moisés, a quien Dios había escogido para liberar a su pueblo de la esclavitud en Egipto, también se resistió y puso como excusa su dificultad al hablar (Ex 4,10). Ponemos toda clase de excusas y trabas imaginables. Nos cuesta comprometernos. Pero el Señor no cesa de llamarnos. Nos ama demasiado para rendirse ante nuestras evasivas. Es como el amante que no se desanima ante el rechazo inicial de su amada, sino que, por el contrario, redobla sus esfuerzos para conquistarla. “Mira que estoy a la puerta y llamo… (Ap 3,20). Él respeta nuestro libre albedrío, pero eso no le impide seguir tratando de “enamorarnos”…

La segunda lectura que nos brinda la liturgia para hoy es el famoso “canto al amor” contenido en la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios (12,31-13,13). La primacía del amor sobre todo carisma o virtud, el “nuevo mandamiento” del amor en el que se resumen todos los demás (Cfr. Jn 13,34). Toda la enseñanza de Jesús, toda su doctrina, se basa, se desarrolla y se resume en el amor. Como digo a mis estudiantes, el amor es el “pegamento” que mantiene unido todo el mensaje de Jesús; si se lo removemos, se desvirtúa, se deshace, se desmorona.

San Pablo concluye este pasaje diciéndonos: “Ahora vemos confusamente en un espejo; entonces veremos cara a cara. Mi conocer es por ahora limitado; entonces podré conocer como Dios me conoce. En una palabra: quedan la fe, la esperanza, el amor: estas tres. La más grande es el amor”. ¿A qué se refiere san Pablo cuando dice que veremos “cara a cara”? ¿A quién veremos cara a cara? Indudablemente veremos a Dios: “Ellos contemplarán su rostro y llevarán su Nombre en la frente” (Ap 22,4).

¿Y por qué el amor es la más grande de las virtudes? La fe nos permite creer en Dios y en lo que nos ha revelado, y la esperanza nos hace aspirar al Reino de los cielos como felicidad nuestra. El amor es la virtud por la cual amamos a Dios sobre todas las cosas por Él mismo y a nuestro prójimo por amor a Él. Una vez estemos ante Su presencia ya no necesitaremos de la fe ni de la esperanza, pues le estaremos viendo “cara a cara”, en el Reino de los cielos. Solo el amor sobrevivirá, pues estaremos en presencia del Amor puro, que nos arropará por toda la eternidad. ¡Qué promesa! Vale la pena, ¿no crees? ¡Arriésgate!

REFLEXIÓN PARA EL VIERNES DESPUÉS DE EPIFANÍA 11-01-19


” y el Espíritu es quien da testimonio, porque el Espíritu es la verdad”.

El apóstol san Juan continúa dominando la primera lectura de la liturgia de este tiempo de Navidad que culminará mañana sábado para dar paso a la Fiesta del Bautismo del Señor, que a su vez marca el inicio del Tiempo Ordinario. La lectura de hoy (1 Jn 5,5-13) comienza planteándonos una interrogante: “¿Quién es el que vence al mundo, sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios?” En los escritos de Juan la palabra “mundo” describe esa actitud nuestra de pensar que somos el “ombligo del mundo”, lo que nos lleva a sucumbir ante la tentación de pretender salvarnos por nuestras propias fuerzas, sin necesitar de Dios. Juan nos recuerda que solo el que cree que Jesús es el Hijo de Dios puede vencer esa tentación. Solo de esa manera podemos entregarnos a Él y saber que solo en Él y por Él obtendremos la salvación y la vida eterna.

Establecido ese hecho, pasa a fundamentar su aseveración: “Éste es el que vino con agua y con sangre: Jesucristo. No sólo con agua, sino con agua y con sangre; y el Espíritu es quien da testimonio, porque el Espíritu es la verdad. Porque tres son los testigos: el Espíritu, el agua y la sangre, y los tres están de acuerdo”. Al hacer referencia al “agua y la sangre”, Juan está aludiendo a la obediencia de Jesús a su Padre hasta la muerte, en el gesto de amor más formidable en la historia de la humanidad. No olvidemos que Juan estuvo al pie de la cruz y fue testigo de la sangre y el agua que brotaron del costado de Cristo en el momento del sacrificio máximo. Jesús ha hecho el máximo sacrificio, y lo ha hecho por amor. “No hay amor más grande que dar la vida por los amigos” (Jn 15,13). Como ha dicho Noel Quesson: “El Corazón abierto, del que mana «el agua y la sangre» ¡es el símbolo más fuerte y expresivo del amor!”.

Juan añade un tercer “testigo” para confirmar la veracidad de su afirmación: “el Espíritu [que] es la verdad”. Así tenemos tres testigos: el Espíritu, el agua y la sangre. Debemos recordar que en los procedimientos judiciales de la época se requerían tres testigos para probar la veracidad de un hecho. Está claro; Juan no quiere dejar lugar a dudas de que lo que dice es la verdad.

Y el resultado de ese sacrificio de amor y por amor del Hijo de Dios, es hacernos acreedores a la vida eterna: “Y éste es el testimonio: Dios nos ha dado vida eterna, y esta vida está en su Hijo. Quien tiene al Hijo tiene la vida, quien no tiene al Hijo de Dios no tiene la vida. Os he escrito estas cosas a los que creéis en el nombre del Hijo de Dios, para que os deis cuenta de que tenéis vida eterna”.

Juan nos asegura que esa “vida eterna” la podemos disfrutar desde ahora, porque si tenemos al Hijo, podemos vencer al “mundo”, y si vencemos al mundo, seremos partícipes de la plenitud de la Vida que es el Hijo.

Señor, aumenta mi fe para que pueda llegar a la plenitud de la Vida en tu Hijo, de manera que pueda disfrutar desde ahora de la vida eterna que nos tienes prometida.

REFLEXIÓN PARA EL SÁBADO 05-01-19 DENTRO DEL TIEMPO DE NAVIDAD

La liturgia continúa brindándonos el primer capítulo del Evangelio según san Juan. Recordemos que Juan es quien único nos narra con detalle esta vocación de los primeros discípulos, pues fue el que la vivió. De hecho, Juan es el único evangelista que nos presenta los tres años de la vida pública de Jesús. Los sinópticos (Mateo, Marcos y Lucas) centran su narración en el último año. El pasaje de hoy (Jn 1,43-51) nos narra la vocación (como habíamos dicho en reflexiones anteriores, vocación quiere decir “llamado”) de Felipe y Natanael (a quien se llama Bartolomé en los sinópticos).

La narración comienza con un gesto de Jesús que reafirma su humanidad; nos dice que Jesús “determinó” (otras traducciones usan el verbo “decidió”) salir para Galilea. Un acto de voluntad muy humano, producto de escoger, decidir entre dos o más alternativas. Juan continúa presentándonos el misterio de la Encarnación.

Inmediatamente se nos dice que Jesús “encuentra a Felipe y le dice ‘Sígueme’”. Una sola palabra… La misma palabra que nos dice a nosotros día tras día: “Sígueme”. Una sola palabra acompañada de esa mirada penetrante. De nuevo esa mirada… Cierro los ojos y trato de imaginármela. Imposible de resistir; no porque tenga autoridad, sino porque el Amor que transmite nos hace querer permanecer en ella por toda la eternidad. Es la mirada de Dios que nos invita a compartir ese amor con nuestros hermanos, como nos dice San Juan en la primera lectura de hoy (1 Jn 3,11-21): “Éste es el mensaje que habéis oído desde el principio: que nos amemos unos a otros”, y no “de palabra y de boca, sino de verdad y con obras”.

Felipe se ha sumergido en la mirada de Dios y se ha sumergido en el Amor que transmite. Y ya no conoce otro camino que el que marcan sus pasos. Y al igual que en el pasaje inmediatamente anterior a este, en el que veíamos cómo Andrés, al encontrar a Jesús se lo dijo a su hermano Simón y lo llevó inmediatamente ante Él, hoy se desata el mismo “efecto dominó”. Felipe no puede contener la alegría de haber encontrado al Mesías, y se lo comunica a Natanael: “Aquel de quien escribieron Moisés en la Ley y los profetas, lo hemos encontrado: Jesús, hijo de José, de Nazaret”. Trato de imaginar la alegría reflejada en su rostro y me pregunto: Cuando yo hablo de Jesús, ¿se nota esa misma alegría en mi rostro? Natanael se mostró esquivo, le cuestionó si de Nazaret podría salir algo bueno. Pero Felipe no se dio por vencido, le invitó a seguirle para que viera por sí mismo: “Ven y verás”. La certeza que proyecta el que está seguro de lo que dice, convencido de lo que cree. Y me pregunto una vez más, ¿muestro yo ese mismo empeño y celo apostólico cuando me cuestionan si lo que yo digo de Jesús es cierto? Para ello tengo que preguntarme: ¿Estoy convencido de haber encontrado a mi Señor y Salvador?

Hace unos días celebrábamos el nacimiento de aquél Niño, que en la lectura de hoy vemos convertido en ese hombre que provoca estas reacciones en aquellos a quienes llama. Ese mismo nos hace una promesa si creemos en Él: “Yo os aseguro: veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre”.

Mañana celebraremos la Epifanía, la manifestación de Dios al mundo entero. Pidamos al Señor que nos permita convertirnos en una manifestación de su poder y gloria, pero sobre todo de su Amor a todo el que se cruce en nuestro camino.

REFLEXIÓN PARA EL VIERNES DE LA PRIMERA SEMANA DE ADVIENTO 07-12-18

Isaías, el profeta del Adviento, sigue dominando la liturgia para este tiempo tan especial. En la primera lectura de hoy (Is 29,17-24), el profeta anuncia que “pronto, muy pronto… oirán los sordos las palabras del libro; sin tinieblas ni oscuridad verán los ojos de los ciegos”. Ese prodigio, entre otros, se convertirá en el signo de que el Mesías ha llegado.

En el relato evangélico seguimos con Mateo, que nos presenta a Jesús abriendo los ojos de dos ciegos (Mt 9,27-31). Así se da el cumplimiento de la profecía de Isaías, lo que prueba que los tiempos mesiánicos ya han llegado con la persona de Jesús de Nazaret. Y como en tantos otros casos, la fe es un factor esencial para que se efectúe el milagro: “Jesús les dijo: ‘¿Creéis que puedo hacerlo?’ A lo que ellos replicaron: ‘Sí, Señor.’ Entonces les tocó los ojos, diciendo: ‘Que os suceda conforme a vuestra fe.’ Y se les abrieron los ojos”. A pesar de que Jesús les “ordenó severamente” que no contaran su curación milagrosa a nadie, ellos, “al salir, hablaron de él por toda la comarca”.

Los ciegos del relato creyeron en Jesús y creyeron que Él podía curar su ceguera. Y su fe fue recompensada. Tuvieron un encuentro personal con Jesús y sintieron su poder. La actitud de ellos de salir a contar a todos lo sucedido es la reacción natural de todo el que ha tenido un encuentro personal con Jesús. El que ha tenido esa experiencia siente un gozo, una alegría, que tiene que compartir con todo el que encuentra en su camino. Es la verdadera “alegría del cristiano”.

Nuestro problema es que muchas veces nos conformamos con una imagen estática de Jesús, nuestra relación con Él se limita a ritos, estampitas, imágenes y crucifijos, y no abrimos nuestros corazones para dejarle entrar, para tener un encuentro personal, íntimo con Él, para sentir el calor de su abrazo; ese abrazo misericordioso en el que hayamos descanso para nuestras almas (Mt 11,29).

En ocasiones miramos a nuestro alrededor y vemos el caos, la violencia, el desamor que aparenta reinar en nuestro entorno, y pensamos que las promesas de Isaías no se han cumplido. Eso es señal de que no hemos tenido ese encuentro personal con Jesús, porque si lo hubiésemos tenido, estaríamos gritándolo a los siete vientos; y contagiaríamos a otros con ese gozo indescriptible hasta convertirlo en una epidemia de amor.

Apenas estamos comenzando el Adviento, y como nos dijera el papa emérito Benedicto XVI hace unos años, el Adviento “nos invita una vez más, en medio de muchas dificultades, a renovar la certeza de que Dios está presente: Él ha venido al mundo, convirtiéndose en un hombre como nosotros, para traer la plenitud de su designio de amor. Y Dios exige que también nosotros nos convirtamos en una señal de su acción en el mundo. A través de nuestra fe, nuestra esperanza, nuestro amor, Él quiere entrar en el mundo siempre de nuevo, y quiere siempre de nuevo hacer resplandecer su Luz en la noche”.

REFLEXIÓN PARA EL MIÉRCOLES DE LA PRIMERA SEMANA DE ADVIENTO 05-12-18

La primera lectura de la liturgia para hoy (Is 25,6-10a) continúa presentándonos al futuro Mesías y nos habla de un banquete al que todos serán invitados: “El Señor de los ejércitos preparará para todos los pueblos, en este monte, un festín de manjares suculentos, un festín de vinos de solera; manjares enjundiosos, vinos generosos”. El mismo Jesús utilizaría en muchas ocasiones esta figura del banquete para referirse al Reino.

El profeta añade que en ese tiempo el Señor “aniquilará la muerte para siempre” y “enjugará las lágrimas de todos los rostros”. Entonces todo será alegría, pues habrá llegado aquél de quien esperábamos la salvación, y solo habrá motivo para celebrar y gozar esa salvación. De nuevo, esta lectura nos crea gran expectativa ante la inminente llegada de los nuevos tiempos que el Mesías vendrá a inaugurar con su presencia entre nosotros. Tiempos de gozo y abundancia.

Del mismo modo, la lectura evangélica (Mt 15,29-37) nos muestra cómo en la persona de Jesús se cumple esa profecía. A Él acuden todos los que sufren alguna dolencia: tullidos, ciegos, lisiados, sordomudos y muchos otros; y “los echaban a sus pies, y él los curaba”. La lectura nos dice que la gente se admiraba. Pero no tanto por las curaciones milagrosas, sino porque esos portentos eran el signo más patente de la llegada del Mesías. Así, la llegada del Mesías en se convierte en una fiesta para todos los que sufren (Cfr. Mt 11.28), quienes ven retroceder el mal, el sufrimiento y las lágrimas, para dar paso a la felicidad. Cuando Dios pasa, derrama sobre todos su Santo Espíritu que se manifiesta como una estela de alegría que deja tras de si.

¡El Mesías ha llegado! Y con Él la plenitud de los tiempos. No hay duda. Con Él ha llegado también la abundancia. “Siete panes y unos pocos peces” parecerán poco para alimentar una muchedumbre, que en la versión de Marcos se nos dice eran “unas cuatro mil personas” (Mc 8,9). Pero en manos del Mesías, ese “poco” se convierte en “todo” lo necesario para saciar el hambre de aquella multitud.

No obstante, si miramos a nuestro alrededor, nos percatamos que aún quedan por cumplirse muchas de las profecías del Antiguo Testamento, especialmente aquellas que tienen que ver con la paz y la justicia. El Reino está aquí, pero todavía está “en construcción”. Hace unos días hablábamos del sentido escatológico del Adviento, de esa espera de la segunda venida de Jesús que va a marcar la culminación de los tiempos, cuando se establecerá definitivamente el Reinado de Dios por toda la eternidad. En ese sentido, el Adviento adquiere también para nosotros un significado parecido al que le daban los primeros cristianos.

Hoy vemos cuántos hermanos padecen de hambre, como aquella muchedumbre que seguía a Jesús. Y la solución del hambre se encontró en el reparto fraterno, en el amor que nos lleva a estar atentos a las necesidades de los demás. En ninguno de los evangelios se menciona quién tenía los panes y los peces que fueron entregados a Jesús. Alguien anónimo, que con su generosidad propició el milagro.

En este tiempo de Adviento, compartamos nuestro “pan”, material y espiritual, para que todos conozcan la abundancia del Amor de Jesús, y anhelen su venida. ¡Amén! ¡Ven, Señor Jesús! (Ap 22,20).

REFLEXIÓN PARA EL LUNES DE LA TRIGÉSIMO CUARTA SEMANA DEL T.O. 26-11-18

Estamos en la última semana del año litúrgico, y durante la misma san Lucas nos narrará episodios de los últimos días de la vida terrena de Jesús, justo antes de su Pasión. El pasaje de hoy (Lc 21,1-4) se desarrolla justo a la entrada del Templo, ante el vestíbulo, donde estaban colocadas trece grandes arcas que conformaban la “tesorería” del Templo. Allí depositaban las ofrendas los fieles, y comunicaban sus “intenciones” al encargado de contabilizar el valor de cada ofrenda.

La lectura nos dice que Jesús alzó los ojos; está observando, estudiando los gestos, “viendo” con los ojos de Dios dentro de los corazones de todos los que desfilan frente al arca de las ofendas. Allí “vio unos ricos que echaban donativos en el arca de las ofrendas; vio también una viuda pobre que echaba dos “monedillas”, y dijo: ‘Sabed que esa pobre viuda ha echado más que nadie, porque todos los demás han echado de lo que les sobra, pero ella, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir’”. El original nos dice que lo que la viuda ofrendó fue dos lepta, la moneda de menor valor que existía entonces. Y Jesús, que es Dios, sabe que era todo lo que esa pobre mujer tenía. Confianza en la Providencia Divina.

Vemos una marcada diferencia en el significado de cada ofrenda. La viuda le entrega a Dios su pobreza, le ha dado lo único que posee. Los ricos, por el contrario, le entregan su poder y privilegios, le han dado lo que les sobra.

Siempre que leemos este pasaje hablamos de la importancia de ser generosos al momento de ofrendar, o de practicar la caridad; de dar de lo que tenemos, no de lo que nos sobra. Pensemos por un momento a la inversa. ¿Podríamos aplicar le enseñanza de este pasaje a Dios? Si Dios nos hubiese dado solo de lo que le sobra, ¿nos habría dado a su único Hijo para salvarnos? En el pasaje que leemos hoy Jesús sabe que le quedan apenas unos días de vida. Sabe que su Padre, que es Dios, lo va a ofrendar a Él, que también es Dios; es decir, que Dios se va a ofrendar a sí mismo, dando no solo lo que tiene, sino lo que es.

Tal vez por eso Jesús presta tanta importancia al gesto de aquella viuda que entregó su posibilidad de sobrevivir, confiando, como lo hizo la viuda de Sarepta, en la palabra del Señor cuando dijo que “el tarro de harina no se agotará ni el frasco de aceite se vaciará” (1 Re 17,7-16).

Ese Jesús que nació pobre, teniendo por cuna un pesebre (Lc 2,7), vivió como pobre, no teniendo donde recostar la cabeza (Mt 18,20), e iba morir, también pobre, teniendo como fortuna su ropa (Jn 19,24), estaba a punto de ofrendar, al igual que la viuda, todo lo que tenía: su vida misma, su persona.

Ayer celebrábamos la Solemnidad de Cristo Rey, y decíamos que el poder del Reino de Dios está en el Amor, no en la riqueza ni el poder terrenal. Dios no es un Rey que vino de paseo a la tierra para mostrar su poder. Por el contrario, vino para hacerse pobre y esclavo de todos, y así mostrar su grandeza; para con su gesto comprar para nosotros la libertad que no puede restringirse con cadenas: la libertad de sabernos amados por un Dios que se ofrece a sí mismo por nosotros y por nuestra salvación.

Que pasen todos una hermosa semana.

REFLEXIÓN PARA EL VIERNES DE LA TRIGÉSIMO TERCERA SEMANA DEL T.O. (2) 23-11-18

Las lecturas que nos propone la liturgia para hoy (Ap 10,8-12; Lc 19 45-48), aunque a primera vista parecerían no estar relacionadas, tratan el mismo tema.

La primera, tomada del libro del Apocalipsis, nos muestra a Juan recibiendo una orden de comerse un libro: “Cógelo y cómetelo; al paladar será dulce como la miel, pero en el estómago sentirás ardor”. Juan hizo lo que le ordenaba el ángel y en efecto así sucedió. Entonces le dijeron: “Tienes que profetizar todavía contra muchos pueblos, naciones, lenguas y reyes”.

Los exégetas interpretan ese símbolo de comerse el libro, como “alimentarse de la palabra y del pensamiento que contiene”. Esa palabra que cuando la recibimos se nos muestra dulce al paladar, con una dosis sobreabundante de amor y misericordia. Pero cuando la digerimos, es decir, cuando vemos las realidades de nuestro alrededor y vemos cómo esa Palabra es ignorada, pisoteada, y hasta manipulada y utilizada para fines contrarios a ella, sentimos amargura.

Entonces esa Palabra, “cortante como espada de doble filo” (Hb 4,12), nos dice que no podemos permanecer indiferentes, que tenemos que salir a profetizar y protestar, “a tiempo y a destiempo” (2 Tim 4,2) contra todo aquello que cause desigualdad, discrimen, odio y violencia; todo aquello que esté en contra del mensaje liberador de Jesús, y que debe provocar tristeza y amargura en el corazón de Dios.

Eso nos lleva al Evangelio. “Todos los días Jesús enseñaba en el Templo”, y el pueblo escuchaba su Palabra: “el pueblo entero estaba pendiente de sus labios”. Jesús nos trajo una nueva forma de culto, sustituyendo el culto meramente ritual que practicaban los judíos por un culto “en espíritu y verdad”, en el que su Palabra y nuestra oración cobran un papel importantísimo, y nos conducen al centro de la liturgia que es Él mismo que se hace presente en la Eucaristía. Por eso toda la primera parte de la misa es la “enseñanza” de Jesús, precisamente en el mismo lugar que Él lo hacía, en el Templo.

La denuncia de Jesús que escuchamos en el Evangelio, cuando nos dice: “‘Mi casa es casa de oración’; pero vosotros la habéis convertido en una ‘cueva de bandidos’”, nos hace preguntarnos: Nuestros templos, ¿son “casa de oración”? Basta con entrar en algunos templos y ver que, por el nivel de ruido y falta de reconocimiento a Jesús Eucaristía que está presente, parecen más una plaza pública que una casa de oración. Y en nuestros templos, ¿hay mercaderes como los que Jesús expulsó? ¿Se muestra un interés desmedido por los aspectos económicos, aún por encima de la oración y la caridad? En las reuniones de nuestros consejos parroquiales, ¿le prestamos más atención al “presupuesto” y las finanzas parroquiales que a la pastoral?

Ahora que estamos prácticamente en el umbral del Adviento, hagamos un poco de introspección comunitaria. Esa Palabra “dulce al paladar” que recibimos, ¿nos causa “ardor” al digerirla? Entonces es tiempo de asumir la misión profética para la que se nos ungió en el bautismo.