REFLEXIÓN PARA EL MIÉRCOLES DE LA CUARTA SEMANA DE PASCUA 10-05-17

“Oh Dios, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben. Que Dios nos bendiga; que le teman hasta los confines del orbe”, nos dice el Salmo que nos propone la liturgia para hoy (Sal 66). Este Salmo sirve para unir la primera lectura (Hc 12,24-13,5) y la lectura evangélica (Jn 12,44-50). Y todas tienen como tema central la misión de la Iglesia de llevar la Buena Noticia a todas las naciones.

La primera lectura nos presenta la acción del Espíritu Santo en el desarrollo inicial de la Iglesia. En ocasiones anteriores hemos dicho que el libro de los Hechos de los Apóstoles recoge la actividad divina del Espíritu Santo en el desarrollo de la Iglesia.

El pasaje que contemplamos hoy nos muestra una comunidad de fe (Antioquía) entregada a la oración y el ayuno, y dócil a la voz del Espíritu, y cómo en un momento dado el Espíritu les habla y les dice: “Apartadme a Bernabé y a Saulo para la misión a que los he llamado”. Es el lanzamiento de la misión que les llevará a evangelizar todo el mundo pagano. El momento que cambiará la historia de la Iglesia y de la humanidad entera; la culminación del mandato de Jesús a sus apóstoles antes de partir: “Vayan por todo el mundo, anuncien la Buena Noticia a toda la creación” (Mc 16,15). Es la característica sobresaliente de la Iglesia: “La Iglesia peregrinante es misionera por su naturaleza, puesto que toma su origen de la misión del Hijo y del Espíritu Santo, según el designio de Dios Padre” (Decreto Ad gentes de SS. Pablo VI).

En el evangelio de hoy Jesús se nos presenta nuevamente como “el enviado” (missus, en latín; apóstolos en griego). Es decir, se nos presenta como “apóstol” del Padre, “enviado” del Padre, “misionero” del Padre: “El que cree en mí, no cree en mí, sino en el que me ha enviado. Y el que me ve a mí ve al que me ha enviado”. También se presenta a sí mismo como la luz que aparta las tinieblas: “Yo he venido al mundo como luz, y así el que cree en mí no quedará en tinieblas”. Y esta afirmación de Jesús, unida a los Yo soy que resuenan a lo largo del relato evangélico de Juan, siguen apuntando hacia su divinidad.

Ya en el Antiguo Testamento el salmista nos decía: “Tu Palabra es lámpara para mis pasos, luz para mi sendero” (Sal 118,105); y al final de los tiempos, en la parusía, el mismo Juan, en uno de mis pasajes favoritos de las Escrituras, nos narra ese encuentro definitivo que hemos tener con Dios en la Jerusalén celestial: “… el trono de Dios y del Cordero estará en la ciudad y los ciervos de Dios le darán culto. Verán su rostro y llevarán su nombre en la frente. Noche ya no habrá; no tienen necesidad de luz de lámpara ni de luz del sol, porque el Señor Dios los alumbrará y reinarán por los siglos de los siglos” (Ap 22,3-5).

“…el que cree en mí no quedará en tinieblas”, nos dice Jesús. Y creer significa confiar plenamente en la providencia de Dios. El que cree en Jesús, y le cree a Jesús, confía en sus promesas, y el que confía en sus promesas nunca se perderá en las tinieblas, porque Él es la luz que alumbra el camino, camino que nos conduce al Padre (Jn 14,6). Y tú, ¿Le crees a Jesús?

REFLEXIÓN PARA EL MARTES DE LA CUARTA SEMANA DEL T.O. 09-05-17

En la liturgia pascual continuamos leyendo el libro de los Hechos de los Apóstoles. El pasaje que leemos hoy (Hc 11,19-26) nos presenta a Bernabé predicando exitosamente el Evangelio en Antioquía. Entusiasmado por la acogida de la Palabra en Antioquía, fue a buscar a Pablo y lo trajo a esa ciudad, en donde ambos permanecieron un año.

Antioquía se convirtió en el gran centro de evangelización de mundo pagano. Tan visible fue el éxito de Pablo y Bernabé en esta misión, y tan floreciente la comunidad de Antioquía, que fue allí donde por primera vez llamaron “cristianos” a los seguidores de Jesús (11,26). Hasta entonces se les conocía como los seguidores de “el Camino”. Cabe señalar que la palabra “cristiano” fue utilizada inicialmente por los no creyentes como un término peyorativo, pero los seguidores de Jesús lo adoptaron con orgullo, al punto que se convirtió en el “sello” que hasta hoy denomina a los que seguimos a Cristo.

La lectura evangélica (Jn 10,22-30) continúa presentándonos la figura de Jesús-Buen Pastor. El pasaje de hoy nos narra el último encuentro entre Jesús y los dirigentes judíos en el relato de Juan. Es el último intento de estos de lograr que Jesús acepte públicamente ante ellos su mesianismo: “¿Hasta cuándo nos vas a tener en suspenso? Si tú eres el Mesías, dínoslo francamente”. La pregunta iba dirigida a hacerles más fácil su trabajo, pues ya para entonces la decisión estaba tomada: había que “eliminar” a Jesús.

Jesús evade contestar directamente la pregunta y les remite a sus obras, que Él hace “en nombre de [su] Padre”. Pero los dirigentes judíos se niegan a creer porque están cegados. Aceptar que Jesús es el Mesías les quitaría su base de poder. Eso no les permite “ver” las obras de Jesús, y mucho menos escuchar su voz. “Pero vosotros no creéis, porque no sois ovejas mías. Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco, y ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna; no perecerán para siempre, y nadie las arrebatará de mi mano”.

De nuevo la referencia a la relación entre el pastor y sus ovejas: “Yo las conozco y ellas me siguen”. Cuando hablamos de “conocer” en términos bíblicos, nos referimos a algo más que saber el nombre o reconocer a alguien. Ese verbo implica una intimidad que va más allá de lo cotidiano. Y esa intimidad lleva a los verdaderos discípulos de Jesús a seguirle sin reservas, a confiar plenamente el Él, a aceptar su camino, como las ovejas que siguen la voz del pastor sabiendo que este les conducirá a las verdes praderas, hacia fuentes tranquilas (Cfr. Sal 22). En el caso de los que seguimos a Jesús, ese seguimiento es el que nos conduce a la “Vida eterna”.

Vemos que Jesús siempre habla en plural al referirse a nosotros como sus ovejas. Nos está diciendo que formamos parte de un pueblo, de un “rebaño”, de una Iglesia; que nuestra salvación no es individual, que no podemos desentendernos de nuestros hermanos ni de nuestra Iglesia, aunque en ocasiones nos sintamos incómodos con alguien o algo. No podemos caminar separados del “rebaño”, pues si nos separamos del rebaño, nos separamos del Pastor.

REFLEXIÓN PARA EL LUNES DE LA CUARTA SEMANA DE PASCUA 08-05-15

En la lectura evangélica que nos presenta la liturgia para hoy (Jn 10,11-16) hay una frase que siempre me atrae: “Tengo, además, otras ovejas que no son de este redil; también a ésas las tengo que conducir, y escucharán mi voz, y habrá un solo rebaño, un solo Pastor” (v. 16). Ese mismo pensamiento resuena en la “oración de Jesús”, pronunciada como culminación a la última cena, que Juan recoge en el capítulo 17 de su evangelio: “…que todos sean uno. Como Tú, Padre, en mí, y yo en Ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que Tú me has enviado” (17,21).

Y como comentábamos ayer al reflexionar sobre las lecturas que nos presentaba la liturgia para el Domingo del Buen Pastor, si queremos a hacer realidad el llamado de Cristo de que esas ovejas que no son de este redil se dejen conducir por Él, escuchen su voz, y formen “un solo rebaño” bajo el Supremo Pastor, tenemos que ser fieles a la unción sacerdotal, profética y real que recibimos en nuestro bautismo, y convertirnos en “pastores” para atraer esas ovejas al redil. Solo entonces podremos ser todos uno, como el Padre en Jesús, y Él en el Padre, y nosotros en Ellos. Entonces habrá “habrá un solo rebaño, un solo Pastor”.

Jesús-Puerta nos abre a un nuevo espacio infinito y eterno, en donde todo el que le siga tiene cabida, como nos muestra la primera lectura de hoy, con la predicación del Evangelio de Jesús por parte de Pedro a los paganos (Hc 11,1-18).

En esta lectura vemos cómo los primeros cristianos procedentes del judaísmo, que continuaban arraigados a las tradiciones del Antiguo Testamento, pretendían que todo el que se convirtiera y fuera bautizado abrazara también la Ley y las tradiciones ancestrales del judaísmo, incluyendo las prescripciones relacionadas a la abstención de carnes prohibidas, y hacerse circuncidar.

Ante el reproche de los partidarios de la circuncisión, Pedro les narró una visión que había tenido en la cual el Señor le presentó unos animales cuya carne era considerada impura, y le pidió que comiera, a lo que él se negó. Entonces el Señor le habló nuevamente diciéndole: “Lo que Dios ha declarado puro, no lo llames tú profano”. Luego les relató cómo el Espíritu lo llevó a casa de unos paganos, quienes recibieron el Espíritu Santo y fueron bautizados. Pedro dijo entonces a sus interlocutores: “Pues, si Dios les ha dado a ellos el mismo don que a nosotros, por haber creído en el Señor Jesucristo, ¿quién era yo para oponerme a Dios?”.

En nuestro tiempo encontramos una situación similar cuando intentamos imponer nuestra visión de la Iglesia a personas de otras culturas, otros estilos de vida, e inclusive de diferentes grupos de edad. Debemos recordar que la Iglesia no es nuestro rebaño; que es el rebaño del Buen Pastor, y en ese rebaño hay cabida para TODOS. Como dijo el papa Francisco a los nuevos obispos hace unos años: “Somos llamados y constituidos pastores no de nosotros mismos, sino del Señor; y no para servirnos a nosotros mismos, sino al rebaño que se nos ha confiado”.

Ese llamado nos incluye a nosotros. Sí, a ti y a mí.

REFLEXIÓN PARA EL CUARTO DOMINGO DE PASCUA (A) – DOMINGO DEL BUEN PASTOR 07-05-17

Al reflexionar sobre las lecturas que nos presenta la liturgia de hoy, cuarto domingo de Pascua, domingo del Buen Pastor, normalmente nos concentramos en la figura del Buen Pastor, y en todas las características que adornan esa figura tan importante en la mentalidad del pueblo de Israel y en nuestra fe cristiana.

Pero el Evangelio que contemplamos hoy (Jn 10,1-10) nos presenta, además, la figura de la puerta del aprisco de las ovejas, y a Jesús como esa “puerta”. “Yo soy la puerta: quien entre por mí se salvará y podrá entrar y salir, y encontrará pastos. El ladrón no entra sino para robar y matar y hacer estrago; yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante”. Nuevamente resuena el “Yo soy” del Evangelio según san Juan, que nos refiere al nombre con el que Dios se identifica cuando Moisés le pregunta su nombre en el pasaje de la zarza ardiendo (Ex 3,14), y que apunta a la divinidad de Jesús.

Al principio del pasaje Jesús nos presenta la figura del pastor que entra por la puerta luego que el guarda le abre, “y las ovejas atienden a su voz, y él va llamando por el nombre a sus ovejas y las saca fuera. Cuando ha sacado todas las suyas, camina delante de ellas, y las ovejas lo siguen, porque conocen su voz”. Ya anteriormente hemos dicho que cuando una oveja nace el pastor la lleva sobre su cuello un tiempo para que se acostumbre a su voz, y luego le siga al escuchar esa voz. Además, era costumbre que los pastores llevaran su rebaño al aprisco junto con las ovejas de otros pastores a pasar la noche. Al regresar al día siguiente a buscar su rebaño, llamaba sus ovejas, estas reconocían su voz, y lo seguían.

Y ese rebaño es la Iglesia, el nuevo Pueblo de Dios producto de la Nueva Alianza; el cuerpo místico de Cristo que todos conformamos. Jesús nos compara con ovejas, un animal dócil y totalmente dependiente del pastor, pues tienen una visión pobre. Por eso más que seguir la figura del pastor, siguen su voz. Del mismo modo, Jesús nos invita a seguirlo través de su Palabra, seguimiento que implica seguir sus huellas, no importa a dónde nos conduzcan, aunque sea al sufrimiento (Cfr. segunda lectura – 1 Pe 2,20-25).

Si vamos a hacer realidad el deseo de Cristo de que todos se salven (1 Tim 2,3), tenemos que ser fieles a la unción sacerdotal, profética y real que recibimos en nuestro bautismo, y convertirnos en “pastores” para atraer las ovejas descarriadas, las que aún no conocen la voz del Supremo Pastor, enseñándoles a escuchar Su voz para que le sigan.

El papa Francisco se hace eco de esas palabras de Jesús al invitarnos a salir de la tranquilidad, la seguridad, el confort de nuestras comunidades de fe, nuestros templos, y salir a la calle, a las periferias, para rescatar, no solo a las ovejas descarriadas que nunca han escuchado la voz del Pastor, sino también a aquellas que se han perdido del redil de la Iglesia.

Pero para poder participar de esa misión primero tenemos que conocer la voz de nuestro Pastor para saber a dónde conducirlas. Y tú, ¿has escuchado la voz de Jesús?

Felicito en este día a todos los feligreses de nuestra Parroquia El Buen Pastor, de Guaynabo, Puerto Rico, así como a la congregación de las Hermanas Misioneras del Buen Pastor a quienes tanto a mi esposa Jossie como a mí nos unen profundos lazos de amor fraterno.

REFLEXIÓN PARA EL SÁBADO DE LA TERCERA SEMANA DE PASCUA 06-05-17

La lectura evangélica que nos presenta la liturgia para hoy (Jn 6,60-69) es la culminación del “discurso del pan de vida” que hemos estado contemplando durante esta semana.

En el pasaje que leíamos ayer (Jn 6,51-59) Jesús había enfatizado en cinco ocasiones la necesidad de “comer su carne” y “beber su sangre” para obtener la vida eterna, en una alusión al sacramento de la Eucaristía que para ellos resultaba incomprensible. Esto, en respuesta a los comentarios de los judíos, quienes se preguntaban: “¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?”

Lejos de suavizar o justificar sus palabras, reitera que el que no coma su carne y beba su sangre “no tendrá vida” en sí mismo, es decir, no tendrá la vida que da la Gracia, añadiendo que ello es necesario para que podamos “habitar” en Él y Él en nosotros.

Aquellas palabras (eso de “comer” su carne y “beber” su sangre) resultaban fuertes y escandalosas, duras, para muchos de los “discípulos” que le seguían: “Este modo de hablar es duro, ¿quién puede hacerle caso?”. Jesús no intenta convencerlos ni trata de explicar su discurso. Por el contrario, se reitera en lo dicho y les increpa: “¿Esto os hace vacilar?, ¿y si vierais al Hijo del hombre subir a donde estaba antes? El Espíritu es quien da vida; la carne no sirve de nada. Las palabras que os he dicho son espíritu y vida. Y con todo, algunos de vosotros no creen. Por eso os he dicho que nadie puede venir a mí, si el Padre no se lo concede”. Esas palabras hicieron que muchos discípulos suyos se echaran atrás y dejaran de seguirle.

Entonces Jesús se viró hacia donde estaban los Doce (trato de imaginarme la escena) y les lanza un desafío: “¿También ustedes quieren marcharse?” Como siempre, Simón Pedro tomó la palabra e hizo una profesión de fe: Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo consagrado por Dios”.

Las palabras de Jesús siempre son motivo de controversia. Ya el anciano Simeón lo había profetizado desde el comienzo (Lc 2,34). Y hoy día no es diferente. Su seguimiento es exigente, duro, el estilo de vida que implica está reñido con los gustos, las tendencias del mundo actual. Seguir a Jesús implica hacerse uno con Él, “comer su carne”, no solo en la Eucaristía, sino también participar de su encarnación, y “beber la sangre” de su sacrificio.

Los que queremos perseverar, los que queremos permanecer fieles a Él, necesitamos comer constantemente de ese “pan de Vida”, no solo en la mesa de la Eucaristía, sino también en la mesa de la Palabra, que es también fuente de vida eterna: “¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna”.

En la Eucaristía encontramos alimento, y en la Palabra el aliento y el consuelo que nos permite continuar en el camino a la Vida eterna que Él regala de balde a los que comemos de su cuerpo y bebemos de su sangre.

Él siempre tiene la mesa de la Eucaristía y la mesa de la Palabra dispuestas para ti.

¡Acércate! Él te está esperando…

REFLEXIÓN PARA EL VIERNES DE LA TERCERA SEMANA DE PASCUA 05-05-17

Hemos estado leyendo como primera lectura el libro de los Hechos de los Apóstoles. Durante esta semana hemos sido testigos de la predicación y martirio de Esteban, y cómo tras su muerte se recrudeció la persecución contra los discípulos de Jesús, lo que hizo que estos abandonaran la ciudad de Jerusalén y comenzaran a evangelizar en Judea y Samaria. Luego vimos a Felipe convertir y bautizar al funcionario de la reina de Etiopía en el camino a Gaza, para de allí seguir llevando la Buena Noticia hasta el mismo corazón de África, en lo que hoy día es Sudán. Ese celo apostólico encendido por la fe Pascual y el poder del Espíritu Santo que llevaría a los discípulos a evangelizar el mundo entero.

En la lectura de hoy (Hc 9,1-20) vemos a Dios, en su infinita sabiduría que rebasa toda comprensión humana, colocar la última pieza del rompecabezas para configurar su plan de salvación. Esta lectura nos narra la conversión de san Pablo. Esa fue precisamente la persona que Jesús, en su sabia “necedad”, escogió para ser el “súper apóstol” que necesitaba para que su Iglesia, pequeña como un grano de mostaza, extendiera sus ramas hasta los confines de la tierra. Saulo de Tarso, el mayor perseguidor se convirtió, en un instante, en el más valiente y decidido defensor del Resucitado.

¿Qué ocurrió en ese instante enceguecedor en que Saulo cayó en tierra, que le hizo entregarse a la causa de Jesús? Nunca lo sabremos, pero de lo que yo estoy seguro es que Jesús le mostró a Pablo en ese instante un Amor como no había conocido jamás, y en ese momento Saulo conoció la Verdad, que como hemos dicho en ocasiones anteriores, es el Amor incondicional que Dios nos tiene. El impacto de ese Amor fue tal, que Pablo experimentó una conversión instantánea. Ya no había marcha atrás; había conocido el Amor de Dios, y ese Amor lo impulsó, lo obligó a compartirlo; no pudo evitarlo, era una fuerza superior a la de él.

El perseguidor se enamoró del perseguido y se sintió llevado a predicar el amor hacia Él a todos. Eso le llevaría a evangelizar a los pueblos paganos, lo que le ganó el título de “apóstol de los gentiles”.

La pregunta obligada es: Y tú, ¿has sentido ese Amor? ¿Has tenido un encuentro íntimo con el Resucitado? Si has sentido un impulso incontrolable de predicar ese Amor a todos, no hay duda que lo has tenido. Pero si todavía no lo has tenido, lo bueno es que todavía estás a tiempo.

En la lectura evangélica de hoy (Jn 6,51-59) continuamos leyendo el “discurso del pan de vida” que también hemos venido leyendo durante la última semana. Jesús nos dice: “Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él. El Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre; del mismo modo, el que me come vivirá por mí”. Si crees en Jesús y le crees a Jesús, es decir, si tienes fe, creerás que Él está real y sustancialmente presente en las especies eucarísticas, con todo su cuerpo, sangre, alma y divinidad. Te acercarás a la Santa Eucaristía, y Él habitará en ti, y tú habitarás en Él. Entonces conocerás su Amor, y vivirás por Él, como lo hizo Saulo de Tarso después de aquél encuentro en el camino a Damasco.

REFLEXIÓN PARA EL JUEVES DE LA TERCERA SEMANA DE PASCUA 04-05-17

La primera lectura de hoy (Hc 8,26-40) nos presenta a Felipe, quien ha salido de Jerusalén luego de la muerte de Esteban y ha continuado la propagación de la Buena Noticia, siguiendo el mandato de Jesús de ir por todo el mundo y proclamar el Evangelio (Mc 16,15), reiterado en la promesa de Jesús a los apóstoles antes de su ascensión (Hc 1,8) de que recibirían el Espíritu Santo y darían testimonio de Él hasta los confines de la tierra. Hoy encontramos a Felipe convirtiendo y bautizando a un alto funcionario de la reina de Etiopía, esto apenas a unos meses de la Resurrección de Jesús. Es el comienzo de ese testimonio que llevará al mismo Felipe a evangelizar hasta el actual Sudán al sur del río Nilo. Y el “motor” que impulsaba esa evangelización a todo el mundo era la fe Pascual, guiada por el Espíritu Santo que les había sido prometido y que recibieron en Pentecostés.

Aquél etíope encontró el Evangelio, no en el templo, sino en la carretera de Jerusalén a Gaza. ¡Jesús viene a nuestro encuentro en las calles, en las carreteras, en todos los caminos! El Evangelio es Palabra de Dios viva, y nos sale al paso donde menos lo imaginamos. Al igual que Felipe, todos estamos llamados a proclamar la Buena Noticia de la Resurrección a todo el que se cruce en nuestro camino.

En el pasaje evangélico que contemplamos hoy (Jn 6,44-51) Jesús se describe una vez más como el pan de vida que ha bajado del cielo: “Yo soy el pan de la vida. Vuestros padres comieron en el desierto el maná y murieron: éste es el pan que baja del cielo, para que el hombre coma de él ya no muera. Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo”.

“El pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo”… Juan sigue presentándonos a “Jesús Eucaristía”, poniendo en boca de Jesús un lenguaje eucarístico que nos presenta el pan que es su propia carne, para que el que crea y lo coma tenga vida eterna. La promesa de vida eterna. Restituir al hombre la inmortalidad que perdió con la caída y expulsión del paraíso. El hombre fue creado para ser inmortal; vivía en un jardín en el que había un árbol de la vida del que no podía comer, pues Yahvé le había advertido que “el día que comas de él, ten la seguridad de que vas a morir”. La soberbia llevó al hombre a comer del árbol, y la muerte entró en el mundo.

Jesús nos asegura que quien coma su cuerpo recuperará la inmortalidad. Se refiere, por supuesto, a esa vida eterna que trasciende a la muerte física, sobre la cual esta ya no tendrá poder. Pero para recibir los beneficios de ese alimento de vida eterna  es necesario creer; por eso, la frase “Yo soy en pan de vida” está precedida en este pasaje por esta aseveración de parte de Jesús: “Os lo aseguro: el que cree tiene vida eterna”.

Esas es la gran noticia de Jesús, la Buena Nueva por excelencia para nosotros. Si aceptamos su invitación a hacernos uno con Él en la Eucaristía, Él nos dará su vida eterna. ¿Aceptas?

REFLEXIÓN PARA EL MARTES DE LA TERCERA SEMANA DE PASCUA 02-04-17

Continuamos nuestra ruta Pascual en la liturgia. Como primera lectura (Hc 7,51-8,1a) retomamos la historia de Esteban. San Esteban, diácono, se había convertido en un predicador fogoso, lleno del Espíritu Santo, que le daba palabra y valentía para enfrentar a sus perseguidores. Hoy se nos presenta su testimonio final del martirio.

Esteban continuó denunciando a sus interlocutores y acusándolos de no haber reconocido al Mesías y de haberle dado muerte. Esto enfureció tanto a los ancianos y escribas que decidieron darle muerte. La Escritura nos dice que antes de que lo asesinaran Esteban “lleno de Espíritu Santo” tuvo una visión: “vio la gloria de Dios, y a Jesús de pie a la derecha de Dios”. Fue como si el Señor quisiera confirmarle que su fe era fundada. ¡Jesús vive!, el Resucitado está ya en la Gloria a la derecha del Padre, y justo antes de entregar su vida por esa verdad, esta le fue revelada por parte del Padre.

Aquí Lucas nos presenta un paralelismo entre la muerte de Esteban y la de Jesús. Ambos fueron llevados ante el Sanedrín y acusados con falsos testimonios, ambos son ajusticiados fuera de la ciudad, y ambos encomiendan su espíritu a Dios y piden perdón para sus victimarios: “Señor Jesús, recibe mi espíritu”… “Señor, no les tengas en cuenta este pecado”.

Siempre que leo este pasaje la pregunta es obligada. Enfrentado con la misma situación, ¿actuaría yo con la misma valentía que Esteban? Estamos celebrando la Pascua en la que se nos invita a creer que Jesús resucitó, más no solo como un hecho histórico o algo teórico, sino que estamos llamados a “vivir” esa misma Pascua, a imitar a Cristo, quien nos amó hasta el extremo, al punto de dar su vida por nosotros.

Cuando tomamos el paso y damos el “sí” definitivo a Jesús y a su Evangelio, vamos a enfrentar dificultades, pruebas, persecuciones, burlas… Nuestras palabras van a resultar “incómodas” para mucha gente, y la reacción no se hará esperar. Y cuando no encuentren argumentos para rebatirnos, recurrirán a la calumnia y los falsos testigos. Con toda probabilidad nunca nos veamos obligados a ofrendar nuestras vidas, pero nos encontraremos en situaciones que nos harán preguntarnos si vale la pena seguir adelante. Es en esos momentos que debemos recordar el ejemplo del diácono Esteban.

La lectura evangélica es continuación de la de ayer y sigue presentándonos el “discurso del pan de vida” del capítulo 6 de Juan (6,30-35). La conversación entre Jesús y la multitud que había alimentado en la multiplicación, gira en torno a la diferencia entre el pan que Moisés “dio” al pueblo en el desierto y el pan de Dios, “que es el que baja del cielo y da vida al mundo” (Cfr. Sal 77,24). Cuando la multitud, cautivada por esa promesa le dice: “Señor, danos siempre de este pan”, Jesús responde con uno de los siete “Yo soy” que encontramos en el relato de Juan: “Yo soy el pan de la vida. El que viene a mí no pasará hambre, y el que cree en mí nunca pasará sed”.

Nuestra fe Pascual nos permite reconocer a Jesús, glorioso y resucitado, como el “pan de vida” que se nos da a Sí mismo en las especies eucarísticas, y que es el único capaz de saciar todas nuestras hambres, especialmente el hambre de esa vida eterna que podemos comenzar a disfrutar desde ahora si nos unimos a Él en la Eucaristía, “el pan que baja del cielo y da vida al mundo”.

REFLEXIÓN PARA EL LUNES DE LA TERCERA SEMANA DE PASCUA 01-05-17

En ocasiones he visto una pegatina, de esas que se adhieren a los parachoques de los autos (lo que en “Castilla la Vieja” llaman un bumper sticker), que lee: “¿Crees en Cristo? ¡Que se te note!”. Algo así sucedió a Esteban en la primera lectura que nos brinda la liturgia para hoy (Hc 6,8-15).

Esteban estaba tan “lleno de gracia y poder”, que realizaba grandes prodigios y signos delante del pueblo, y predicaba con tanta elocuencia que nadie podía rebatir su discurso. Esa gracia y poder provenían de la efusión del Espíritu Santo que había recibido por la oración e imposición de manos de los Apóstoles (6,6) al ser ordenado como diácono. Tan grande era su fe, y el Espíritu obraba con tanto poder en él, que cuando fue apresado y conducido ante el Sanedrín, “todos los miembros del Sanedrín miraron a Esteban, y su rostro les pareció el de un ángel”.

En ocasiones anteriores hemos dicho que la fe es “algo que se ve”. Porque los hombres y mujeres de fe actúan conforme a la Palabra de Jesús, en quien confían plenamente. Y eso se ve, la gente lo nota, y les hace decir: “Yo no sé lo que esa persona quiere, pero yo quiero de eso”. La persona que cree en Jesús, y le cree a Jesús, actúa diferente, despliega una seguridad que es contagiosa, y la gente le nota algo distinto en el rostro. Es la certeza de que Dios le ama y que su voluntad es que todos alcancemos la salvación. Eso fue lo que los del Sanedrín vieron en Esteban, al punto que “su rostro les pareció el de un ángel”.

Durante esta semana vamos a continuar “degustando” el discurso del pan de vida contenido en el capítulo 6 del Evangelio según Juan, que comenzó el pasado viernes con el símbolo eucarístico de la multiplicación de los panes. Por eso estas lecturas, aunque se refieren a hechos anteriores a la Pasión, muerte y resurrección, las leemos en clave Pascual.

La lectura de hoy (Jn 6,22-29) nos presenta a esa multitud anónima que sigue a Jesús, impresionada por sus milagros. Acaban de presenciar la multiplicación de los panes y han saciado su hambre corporal. El gentío quiere seguirlo. Al no encontrarlo, fueron a Cafarnaún en busca de Jesús.

Al encontrarlo, Jesús les cuestiona sus motivaciones para seguirle: “Os lo aseguro, me buscáis, no porque habéis visto signos, sino porque comisteis pan hasta saciaros. Trabajad, no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura para la vida eterna, el que os dará el Hijo del hombre; pues a éste lo ha sellado el Padre, Dios”. No se trata de que las motivaciones sean malas, pues se refieren a satisfacer necesidades humanas básicas. Lo que Jesús quiere transmitirles a ellos (y a nosotros) es que esas no son motivaciones válidas para seguirle.

“La obra que Dios quiere es ésta, que creáis en el que él ha enviado”, les dice Jesús. Y para creer tenemos que conocer su Amor. “Hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él” (1 Jn 4,16). Y ese amor nos hará creer en el Resucitado, que es el pan de vida que puede saciar todas nuestras hambres y nos conduce a la vida eterna.

¡Señor, dame de ese Pan!

REFLEXIÓN PARA EL TERCER DOMINGO DE PASCUA (A) 30-04-17

La liturgia para este tercer domingo de Pascua nos presenta nuevamente el episodio de los discípulos de Emaús (Lc 24,13-35), que ya hemos contemplado el miércoles de la Octava de Pascua. Este pasaje nos enfatiza el cambio que experimenta todo el que tiene un encuentro con el Resucitado; la fe Pascual que nos impulsa a compartirla con todo el que se cruza en nuestro camino. Es la alegría de la Resurrección que la Iglesia celebra durante este tiempo especial de la Pascua que estamos viviendo.

La Primera Lectura (Hc 2,14.22-33) nos presenta un fragmento del discurso pronunciado por Pedro a raíz del evento de Pentecostés, que logró la conversión y bautismo de tres mil personas (2,41). Y al igual que la Segunda Lectura (1 Pe 1,17-21), el mensaje central es la fe Pascual, la muerte y resurrección de Jesucristo, que fue lo que le dio sentido a Su predicación. Como nos dice san Pablo: “Y si no resucitó Cristo, vacía es nuestra predicación, vacía también vuestra fe” (1 Cor 15,14).

En la Primera Lectura Pedro dice a los que le escuchan: “El patriarca David murió y lo enterraron, y conservamos su sepulcro hasta el día de hoy. Pero era profeta y sabía que Dios le había prometido con juramento sentar en su trono a un descendiente suyo; cuando dijo que ‘no lo entregaría a la muerte y que su carne no conocería la corrupción’, hablaba previendo la resurrección del Mesías. Pues bien, Dios resucitó a este Jesús, y todos nosotros somos testigos. Ahora, exaltado por la diestra de Dios, ha recibido del Padre el Espíritu Santo que estaba prometido, y lo ha derramado. Esto es lo que estáis viendo y oyendo”.

En la Segunda Lectura el mismo Pedro enfatiza la redención por la sangre derramada por Cristo en la cruz, que cobra sentido con la fe en la Resurrección: “Por Cristo vosotros creéis en Dios, que lo resucitó de entre los muertos y le dio gloria, y así habéis puesto en Dios vuestra fe y vuestra esperanza”.

Es la fe en la Resurrección; más aún, el encuentro con el Resucitado lo que despierta en nosotros la llama que hace germinar nuestra fe (“¿No ardía nuestro corazón…?”). Esa fe que fue plantada como una semilla en nuestras almas junto a las otras virtudes teologales el día de nuestro Bautismo, mediante la infusión del Espíritu Santo, y nos convirtió en miembros de la Iglesia, el “nuevo Pueblo de Dios”.

Al ascender a la Gloria luego de su resurrección a ocupar su lugar a la derecha del Padre, Jesús quiso darnos a todos la misma oportunidad que dio a los de Emaús; la oportunidad de tener un encuentro personal con Él, ya resucitado, habiendo vencido el pecado y la muerte. Para eso nos dejó su Palabra y su presencia real en la Eucaristía. Pero fue más allá, nos brindó la oportunidad del tener un encuentro con Él a cada paso de nuestro camino, en la persona de nuestros hermanos (Mt 25,40). Pero para eso necesitamos los ojos de la fe.

Señor: Abre en mí los ojos de la fe para que pueda reconocerte en el rostro de cada hermano que se cruza en mi camino, y permíteme actuar de tal manera que ellos también puedan ver Tu rostro reflejado en el mío, para que ellos también crean en Ti.