REFLEXIÓN PARA EL VIERNES DE LA VIGÉSIMA OCTAVA SEMANA DEL T.O. (2) – 16-10-20

Cuidado con la levadura de los fariseos (o sea, con su hipocresía).

Una antigua historia de los indios norteamericanos cuenta que una mañana un viejo Cherokee le contó a su nieto acerca de una batalla que ocurre en el interior de las personas y le dijo:

“Hijo mío, la batalla es entre dos lobos dentro de todos nosotros”.

“Uno es Malvado – Es ira, envidia, celos, tristeza, pesar, avaricia, arrogancia, autocompasión, culpa, resentimiento, inferioridad, mentiras, falso orgullo, superioridad y ego..”

“El otro es Bueno – Es alegría, paz amor, esperanza, serenidad, humildad, bondad, benevolencia, empatía, generosidad, verdad, compasión y fe”.

El nieto lo meditó por un minuto y luego preguntó a su abuelo:

“¿Qué lobo gana?”

El viejo Cherokee respondió,

“Aquél al que tú alimentes”.

De ese mismo modo dentro de cada uno de nosotros se libra una batalla entre dos “cristianos” distintos que habitan en nuestro interior: De un lado el “fariseo” (las raíces del fariseísmo no desaparecieron con el advenimiento del cristianismo) que se concentra en el cumplimiento ritual, “practica” los sacramentos y se le ve en todas las celebraciones litúrgicas con un aire de santidad, mientras mira con desdén, orgullo, aire de superioridad y ego engrandecido a todos los “pecadores”. De otro lado habita aquél que está siempre atento a la escucha la Palabra de Dios, permite que esa Palabra penetre en lo más profundo de su ser, haciéndole reconocer su pequeñez e incapacidad de obtener la salvación por sus propios medios y méritos, y está siempre en actitud de benevolencia, compasión, acogida y misericordia hacia los hermanos.

En la lectura evangélica de hoy (Lc 12,1-7) Jesús previene a sus discípulos (a nosotros) contra el fariseísmo: “Cuidado con la levadura de los fariseos (o sea, con su hipocresía). Nada hay cubierto que no llegue a descubrirse, nada hay escondido que no llegue a saberse. Por eso, lo que digáis de noche se repetirá a pleno día, y lo que digáis al oído en el sótano se pregonará desde la azotea. A vosotros os digo, amigos míos: no tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden hacer más. Os voy a decir a quién tenéis que temer: temed al que tiene poder para matar y después echar al infierno. A éste tenéis que temer, os lo digo yo”.

Nos está diciendo, no solo que temamos a “la levadura” de los fariseos, o sea, su hipocresía, sino que nos aseguremos de no sucumbir a la tentación de “alimentar” el fariseísmo, la hipocresía de creernos superiores a los demás, porque a la larga nuestros propios actos nos acusarán ya que “nada hay cubierto que no llegue a descubrirse, nada hay escondido que no llegue a saberse”.

Esta lectura, aunque toma la forma de una diatriba en contra de los fariseos, es en realidad una invitación a que alimentemos a ese “lobo” que habita en nosotros que es alegría, paz amor, esperanza, serenidad, humildad, bondad, benevolencia, empatía, generosidad, verdad, compasión y fe, del que le hablaba el abuelo Cherokee a su nieto.

¿A quién vamos a temer? ¿Al “qué dirán” de los demás, o al que tiene poder para matar y después echar al infierno? En otras palabras, ¿a cuál de los dos “lobos” vamos a alimentar?

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REFLEXIÓN PARA EL JUEVES DE LA VIGÉSIMA OCTAVA SEMANA DEL T.O. (2) 15-10-20


 “La caridad que deja a los pobres tal y como están no es suficiente. La misericordia verdadera, aquella que Dios nos da y nos enseña, pide justicia, pide que el pobre encuentre su camino para dejar de serlo”.

La lectura evangélica de hoy (Lc 11,47-54) nos presenta a Jesús continuando su ataque implacable contra las actitudes hipócritas y legalistas de los fariseos y los doctores de la Ley, lanzando “ayes” contra ellos.

Comienza criticando la costumbre de los de su tiempo de erigir monumentos y mausoleos a los profetas que habían sido asesinados por sus antepasados porque sus palabras les resultaban incómodas, mientras ellos mismos ignoraban el mensaje del Profeta de profetas que tenían ante sí, y terminarían asesinándolo también: “¡Ay de vosotros, que edificáis mausoleos a los profetas, después que vuestros padres los mataron! Así sois testigos de lo que hicieron vuestros padres, y lo aprobáis; porque ellos los mataron, y vosotros les edificáis sepulcros. Por algo dijo la sabiduría de Dios: ‘Les enviaré profetas y apóstoles; a algunos los perseguirán y matarán’; y así, a esta generación se le pedirá cuenta de la sangre de los profetas derramada desde la creación del mundo; desde la sangre de Abel hasta la de Zacarías, que pereció entre el altar y el santuario”.

“Todo tiempo pasado fue mejor”, solemos decir. Y recordamos con nostalgia los tiempos de antaño, cuando había respeto por la vida y propiedad ajenas, y Dios y la Iglesia formaban parte de nuestra vida diaria, de nuestras familias, y de todas nuestras instituciones públicas y privadas. Y a veces nos preguntamos qué pasó, en donde perdimos esos valores, en qué esquina dejamos a Dios y a la Iglesia, al punto que ya Dios no está presente en nuestras vidas, ni en nuestras escuelas, ni en nuestras instituciones, ni en algunas de nuestras iglesias…

Y construimos monumentos y mausoleos en nuestras mentes para honrar aquellos tiempos. Pero olvidamos la pregunta más importante: ¿Quién o quiénes “mataron” aquellos tiempos, aquellos valores, cuya pérdida ha precipitado nuestra Iglesia y nuestra sociedad en un espiral hacia la nada? No se trata de adjudicar “culpas” (después de todo la culpa siempre es huérfana), se trata de adjudicar responsabilidades.

Nosotros, los que añoramos y veneramos aquellos tiempos, y a los profetas que fueron ignorados, cuyos mensajes fueron “asesinados”, ¿no somos responsables por habernos cruzado de brazos mientras nuestra sociedad y nuestra Iglesia se venían abajo, ignorando las voces de los “profetas” que clamaban por la justicia y la paz? Lo he dicho y no me canso de repetirlo: El gran pecado de nuestros tiempos es el pecado de omisión.

Más aun, ¿escuchamos las voces de los profetas de nuestro tiempo, como el papa Francisco, que nos llaman a practicar la misericordia, a acoger, sobre todo a los más necesitados (los pobres, los enfermos, los inmigrantes, los presos, los analfabetos, las viudas, los divorciados y vueltos a casar, los huérfanos, los homosexuales)? Como nos dice Francisco: “La caridad que deja a los pobres tal y como están no es suficiente. La misericordia verdadera, aquella que Dios nos da y nos enseña, pide justicia, pide que el pobre encuentre su camino para dejar de serlo”.

Hagamos examen de conciencia, porque las palabras de Jesús a los de su generación son igualmente aplicables a nosotros: “Sí, os lo repito: se le pedirá  cuenta a esta generación”.

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ENTREVISTA RELEVANT RADIO EN ESPAÑOL ESTA TARDE A LAS 4:30 PM DE P.R.

Hola amigos, como todos los miércoles, te invitamos a sintonizarnos esta tarde (14 de octubre) a las 3:30 hora del este de los EEUU (4:30 hora de Puerto Rico), a través de Relevant Radio en vivo, en el segmento del comunicador católico John Morales.

Hoy continuaremos nuestra serie sobre la Doctrina Social de Iglesia, y estaremos abordando el tema de la enseñanza de la Iglesia respecto al uso de contraceptivos y la fertilización in vitro, así como las alternativas lícitas propuestas por el Magisterio.

Puedes sintonizarnos vía internet en: https://relevantradioenespanol.com/wp-content/media/player.html

También a través de la radio en:

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REFLEXIÓN PARA EL MIÉRCOLES DE LA VIGÉSIMA OCTAVA SEMANA DEL T.O. (2) 14-10-20

Papa Francisco optó por hace fila como todos…

En la lectura evangélica que nos brinda la liturgia para hoy (Lc 11,42-46), Jesús continúa su condena a los fariseos y doctores de la ley, lanzando contra ellos “ayes” que resaltan su hipocresía al “cumplir” con la ley, mientras “pasan por alto el derecho y el amor de Dios”. Jesús sigue insistiendo en la primacía del amor y la pureza de corazón por encima del ritualismo vacío de aquellos que buscan agradar a los hombres más que a Dios o, peor aún, acallar su propia conciencia ante la vida desordenada que llevan. Todos los reconocimientos y elogios que su conducta pueda propiciar no les servirán de nada ante los ojos del Señor, que ve en lo más profundo de nuestros corazones, por encima de las apariencias (Cfr. Salmo 138; 1 Sam 16,7).

Así, critica también inmisericordemente a aquellos a quienes les encantan los reconocimientos y asientos de honor en las sinagogas (¡cuántos de esos tenemos hoy en día!), y a los que estando en posiciones de autoridad abruman a otros con cargas muy pesadas que ellos mismos no están dispuestos a soportar.

El Señor nos está pidiendo que practiquemos el derecho y el amor de Dios ante todo; que no nos limitemos a hablar grandes discursos sobre la fe, demostrando nuestro conocimiento de la misma, sino que asumamos nuestra responsabilidad como cristianos de practicar la justicia y el derecho, que no es otra cosa que cumplir la Ley del amor. De lo contrario seremos cristianos de “pintura y capota”, “sepulcros blanqueados”, hipócritas, que presentamos una fachada admirable y hermosa ante los hombres, mientras por dentro estamos podridos.

Somos muy dados a juzgar a los demás, a ver la paja en el ojo ajeno ignorando la viga que tenemos en el nuestro (Cfr. Mt 7,3), olvidándonos que nosotros también seremos juzgados. Es a lo que nos insta san Pablo en la primera lectura de hoy (Gál 5, 18-25 2,1-11) cuando nos dice: “Si vivimos según el Espíritu, obremos también según el Espíritu.”.

A partir del Año del Jubileo Extraordinario de la Misericordia proclamado por el papa Francisco hace unos años, este nos ha venido invitando a todos, al pueblo santo de Dios que es la Iglesia, a poner el énfasis en la misericordia por encima de la rigidez de las instituciones, de los títulos y la jerarquía. La Iglesia del siglo XXI ha de ser la Iglesia de los pobres, de los marginados. De ellos se nutre y a ellos se debe. Y para lograrlo no hay que reinventar la rueda, lo único que se requiere es leer y poner en práctica el Evangelio de Jesucristo y los documentos del Concilio Vaticano II.

Siempre que pienso en la Iglesia de los pobres vienen a mi mente las palabras que el Espíritu Santo puso en boca del Cardenal Claudio Hummes cuando le dijo al entonces Cardenal Bergoglio al momento de ser elegido como Papa: “No te olvides de los pobres”; frase que dio origen al nombre papal que este escogió.

Hoy, pidamos al Señor nos conceda un corazón puro que nos permita guiar nuestras obras por la justicia y el amor a Dios y al prójimo, no por los méritos o reconocimiento que podamos recibir por las mismas.

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REFLEXIÓN PARA EL MARTES DE LA VIGÉSIMA OCTAVA SEMANA DEL T.O. (2) 13-10-20

“Dad limosna de lo de dentro, y lo tendréis limpio todo”.

Continuamos en la liturgia el capítulo 11 de Lucas, y la lectura de hoy (Lc 11,37-41) nos presenta una vez más a Jesús criticando el ritualismo religioso de los fariseos, que enfatizaban el cumplimiento estricto con las prescripciones relativas a la purificación. De esa manera la pureza ritual se había convertido en lo verdaderamente importante, relegando a un segundo plano la pureza de corazón, que es la que verdaderamente agrada a Dios. La escena es típica: Un fariseo invita a Jesús a comer en su casa (hay toda una parte de la cristología que se dedica a “las comidas de Jesús”), este se sienta a la mesa y comienza a comer sin cumplir con las abluciones rituales. Y Jesús lo hace con toda intención.

Aunque el pasaje no expresa claramente si el fariseo dijo algo, es obvio que al menos tiene que haber hecho un gesto de disgusto ante esa falta de “buenos modales” de Jesús. Jesús aprovecha la coyuntura para “catequizar”: “Vosotros, los fariseos, limpiáis por fuera la copa y el plato, mientras por dentro rebosáis de robos y maldades. ¡Necios! El que hizo lo de fuera, ¿no hizo también lo de dentro? Dad limosna de lo de dentro, y lo tendréis limpio todo”.

La pregunta subyacente en las palabras de Jesús es: ¿Quién es puro delante de Dios, el que cumple estrictamente con las purificaciones rituales, o el que es puro de corazón? La contestación nos remite a Mt 15, 1-11, cuando los fariseos se acercaron a Jesús a “regañarle” porque sus discípulos no se lavaban las manos antes de comer, a lo que Jesús, luego de hablar de la hipocresía del ritualismo vacío, termina diciendo a la gente que le escuchaba: “Lo que entra por la boca del hombre no es lo que lo hace impuro. Al contrario, lo que hace impuro al hombre es lo que sale de su boca”.

“¡Necios! El que hizo lo de fuera, ¿no hizo también lo de dentro?”. Nos está diciendo que el que hizo lo que captamos con los sentidos, es también el autor del “corazón”, de la conciencia humana, y que debemos prestar más atención a la pureza interior, a las cosas de esa realidad más profunda, lo más íntimo de nuestro ser, en donde solo Él y nosotros podemos ver.

“Dad limosna de lo de dentro, y lo tendréis limpio todo”. Jesús nos está señalando una vez más la supremacía del amor, ese amor que nos lleva a practicar la verdadera “limosna”, palabra cuyo significado, igual al de “caridad”, hemos tergiversado. La palabra limosna viene de la palabra griega eleemosýne, que significa “compasión”, sentimiento que Jesús manifiesta en múltiples ocasiones.

Se trata de algo más que un mero sentimiento de “pena” por el abatido, por el desvalido; es hacerse uno con el que sufre; es el dolor que produce el sufrimiento de un ser amado, que nos lleva a derramar sobre ese hermano el amor de Dios que hemos recibido, como lo hacía Santa Madre Teresa de Calcuta; la compasión que llevó a Dios a diseñar un plan para redimirnos después de la caída (Cfr. Gn 3,15).

Esa es la “pureza” que agrada a Dios, y la que debemos pedir en nuestra oración.

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REFLEXIÓN PARA EL LUNES DE LA VIGÉSIMA OCTAVA SEMANA DEL T.O. (2) 12-10-20

“Como Jonás fue un signo para los habitantes de Nínive, lo mismo será el Hijo del hombre para esta generación”.

El Evangelio de hoy (Lc 11,29-32) es uno de esos que está “preñado” de simbolismos y alusiones al Antiguo Testamento. Pero el mensaje es uno: Jesús nos llama a la conversión, y nosotros, al igual que los de su tiempo, también nos pasamos pidiendo “signos”, milagros, portentos, que evidencien su poder. Una vez más escuchamos a Jesús utilizar palabras fuertes contra los que no aceptan el mensaje de salvación de su Palabra: “Esta generación es una generación perversa. Pide un signo, pero no se le dará más signo que el signo de Jonás. Como Jonás fue un signo para los habitantes de Nínive, lo mismo será el Hijo del hombre para esta generación”.

Aun los que decidimos seguir al Señor y proclamar su Palabra, en ocasiones nos sentimos frustrados y quisiéramos que Dios mostrara su poder y su gloria a todos, para que hasta los más incrédulos tuvieran que creer, experimentar la conversión. Y es que se nos olvida la Cruz. Si fuera asunto de signos, las legiones celestiales habrían intervenido para evitar su arresto y ejecución. El que vino a servir y no a ser servido no necesita más signo que su Palabra, pero esa Palabra nos resulta un tanto incómoda; a veces nos hiere, nos “desnuda”. Por eso preferimos ignorarla…

Jesús le pone a los de su tiempo el ejemplo de Jonás, que con su predicación, sin necesidad de signos, convirtió a los habitantes de Nínive, una ciudad pagana a la que Yahvé le envió a predicar (Jon 3). Le bastó a Jonás un recorrido de un día por las calles de la ciudad, para que hasta el rey se convirtiera y emitiera un decreto ordenando al pueblo al ayuno y la penitencia. Sin embargo a Jesús, “que es más que Jonás”, no lo escucharon. No le escucharon porque les faltaba fe, que no es otra cosa que “la garantía de lo que se espera, la prueba de lo que no se ve” (Gál 11,1). Exigían signos, “ver para creer”, como Tomás (Jn 20,25).

Jesús pone también como ejemplo a la reina de Saba (“la reina del sur”), una reina también pagana, que viajó grandes distancias para escuchar la sabiduría de Salomón. Es decir, compara a los de su “generación” con los paganos y les dice que primero se salvan estos antes que ellos. “Vino a los suyos, y los suyos no lo recibieron. Pero a todos los que lo recibieron, a los que creen en su Nombre, les dio el poder de llegar a ser hijos de Dios” (Jn 1,11).

Hoy que tenemos la Palabra de Jesús, sus enseñanzas, y su Iglesia con los sacramentos que Él instituyó, tenemos que preguntarnos: ¿Es eso suficiente para creer, para moverme a una verdadera conversión, o me gustaría al menos “un milagrito” para afianzar esa “conversión”?

En esta semana que comienza, pidamos al Señor que nos conceda el don de la fe, y la valentía para deshacernos de todo lo que nos impide la conversión plena.

Que tengan una linda semana llena de la PAZ que solo la fe en Cristo Jesús puede traernos.

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REFLEXIÓN PARA EL VIGÉSIMO OCTAVO DOMINGO DEL T.O. (2) 11-10-20

Los criados salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos”.

El Evangelio de hoy (Mt 22,1-14) nos presenta una de las parábolas del Reino. Jesús compara el Reino con un banquete de bodas, enfatizando la apertura del Reino a todos por igual, sin distinción entre “malos y buenos”.

En esta ocasión el mensaje gira en torno a la invitación, al llamado, a la vocación (de latín vocatio, que a su vez se deriva del verbo vocare = llamar) que todos recibimos para participar del “banquete” del Reino (nuestra vocación a la santidad), y la respuesta que damos a la misma.

Nos narra la parábola que un rey celebraba la boda de su hijo con un gran banquete y envió a sus criados a invitar a sus numerosos invitados y ninguno aceptó. Envió nuevamente a los criados, pero algunos convidados prefirieron atender sus asuntos (“uno se marchó a sus tierras, otro a sus negocios”), mientras los restantes mataron a los criados. Esto provocó que el rey montara en cólera y mandara matar a los asesinos e incendiar su ciudad.

Entonces el rey dijo a sus criados: “‘La boda está preparada, pero los convidados no se la merecían. Id ahora a los cruces de los caminos, y a todos los que encontréis, convidadlos a la boda’. Los criados salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos”.

Esta parábola pone de relieve que normalmente cuando estamos satisfechos con lo que tenemos, no sentimos necesidad de nada más, ni siquiera de Dios. Y cuando recibimos su invitación, hay otras cosas que en ese momento son más importantes (mi trabajo, mi negocio, mis propiedades, mi familia, mi auto, mis diversiones). Está claro que la entrada al banquete del Reino requiere una invitación. Pero hay que aceptar esa invitación ahora, porque la mesa está servida, y lo que se nos ofrece es superior a cualquier otra cosa que podamos imaginar. Por eso Jesús nos dice: “El que a causa de mi Nombre deje casa, hermanos o hermanas, padre, madre, hijos o campos, recibirá cien veces más y obtendrá como herencia la Vida eterna” (Mt 19,29). Pero si algo caracteriza a Jesús es que nos invita pero no nos obliga.

Otra característica de la invitación de Jesús expresada en la parábola, es su insistencia. Él nunca se cansa de invitarnos, de llamarnos a su mesa (Cfr. Ap 3,20). Jesús quiere que TODOS nos salvemos. Por eso el rey recibió a todos, “malos y buenos”, hasta que “la sala de banquetes se llenó de comensales”.

Pero, como hemos dicho en ocasiones anteriores, la invitación de Jesús viene acompañada de lo que yo llamo la “letra chica”, las condiciones del seguimiento, que muchos encuentran “duras” (Cfr. Jn 6,60), por lo que optan por rechazar la invitación, mientras otros pretenden aceptar la invitación al banquete sin “vestirse de fiesta”. Ante estos últimos el rey dijo a sus criados: “Atadlo de pies y manos y arrojadlo fuera, a las tinieblas. Allí será el llanto y el rechinar de dientes”. “Porque muchos son los llamados y pocos los escogidos”.

Señor, dame la gracia para aceptar tu invitación con alegría sin que mis “asuntos” me impidan asistir “vestido de fiesta” para ser contado entre el grupo de los “escogidos” a participar del banquete de bodas del Cordero (Cfr. Ap 19,9).

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REFLEXIÓN PARA EL SÁBADO DE LA VIGÉSIMA SÉPTIMA SEMANA DEL T.O. (2) 10-10-20

“Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te criaron”.

La lectura del Evangelio que nos presenta hoy la liturgia (Lc 11,27-28) es tan corta que podemos transcribirla sin dificultad: “En aquel tiempo, mientras Jesús hablaba a las gentes, una mujer de entre el gentío levantó la voz, diciendo: ‘Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te criaron’. Pero él repuso: ‘Mejor, dichosos los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen’”.

Vemos cómo Lucas continúa presentándonos a un Jesús que enfatiza la importancia de la escucha de la Palabra de Dios y su cumplimiento, cualidad que antepone inclusive a los lazos familiares, incluyendo los suyos propios con su Madre. Es decir, con la contestación que Jesús brinda a esta mujer, está diciendo que la Virgen María es más dichosa por haber escuchado y puesto en práctica la Palabra del Padre que por haberle parido y amamantado.

Así, este pasaje, exclusivo de Lucas, se convierte en el mayor elogio de Jesús a su madre, no solo por exaltar su fe y su calidad de discípula, sino por reconocerle una dignidad y una libertad desconocidas en la mentalidad del Antiguo Testamento, que consideraba a la mujer como una “paridora” y criadora de hijos para su marido. Esa libertad es la que la hace “bienaventurada”, “dichosa”, como había reconocido su prima Isabel, quien llena de Espíritu Santo exclamó: “Dichosa tú por haber creído que se cumplirían las promesas del Señor”, frase que sirve de preámbulo al hermoso canto del Magníficat.

La libertad manifiesta de María va unida a otra de sus características que la convierten en modelo y paradigma para todos los cristianos: la fe, que a su vez va unida a otra que se deriva de esta: la dócil aceptación de la Palabra de Dios. Así María se convierte en modelo de fe para toda la humanidad. La encarnación se hizo posible por la fe de María, y se viabilizó gracias a su libertad en ese “hágase”, que selló el pacto de amor eterno que culminó el plan salvador de Dios. Por eso san Agustín decía que “en María es más importante su condición de discípula de Cristo que la de Madre de Cristo; es más dichosa por ser discípula de Cristo que por ser Madre de Cristo”. O como decían los antiguos: “María concibió con la fe antes de hacerlo con el vientre”.

Jesús nos presenta a su Madre santísima como su primera y más perfecta discípula; la que creyó que el niño que llevaba en sus purísimas entrañas era verdaderamente Dios; creyendo escuchó la profecía de Simeón; creyendo, el día que encontró a su Hijo en el Templo, comprendió que lo había perdido para siempre mientras “guardaba todas estas cosas en su corazón”; y creyendo se mantuvo erguida al pie de la cruz con la certeza de que su Hijo resucitaría al tercer día.

Hoy sábado, día que la liturgia dedica a Santa María, pidámosle que interceda por nosotros ante su Hijo para que, a ejemplo de ella, aprendamos a escuchar y cumplir su Palabra.

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REFLEXIÓN PARA EL VIERNES DE LA VIGÉSIMA SÉPTIMA SEMANA DEL T.O. (2) 09-10-20

“Si echa los demonios es por arte de Belzebú, el príncipe de los demonios”.

La liturgia de hoy continúa presentándonos el Evangelio según san Lucas (11,15-26), específicamente el pasaje en que, ante el magnífico poder demostrado por Jesús para expulsar demonios, algunos “de entre la multitud”, le acusaban de echar demonios por arte de Belzebú, el príncipe de los demonios, o sea Satanás. Debemos recordar que la mentalidad bíblica concibe el universo, y la vida de la humanidad como una batalla entre el bien y el mal, entre los espíritus que “amarran” al hombre a lo natural, y el Espíritu de Dios que lo “libera” permitiéndole participar de la libertad divina. Es la batalla entre las fuerzas del bien y las fuerzas del mal que se refleja en la literatura apocalíptica (de la cual, La guerra de las galaxias es un magnífico ejemplo), en la cual al final siempre ha de prevalecer el bien.

Jesús, luego de enfatizar la importancia de la unidad para poder vencer las fuerzas del mal, anuncia: “si yo echo los demonios con el dedo de Dios, entonces es que el reino de Dios ha llegado a vosotros”. Con esta aseveración Jesús quiere señalar que un nuevo Reino acaba de instaurarse sobre la tierra, el Reino de Dios, el único capaz de destruir el reino de Satanás, “el gran acusador”, como se nos presenta en esa gran batalla final que nos narra el capítulo 12 del libro del Apocalipsis. La traducción de la frase “el reino de Dios ha llegado a vosotros” que encontramos en la lectura de hoy, suena más contundente en el original griego: “el reino de Dios os ha llegado por sorpresa… de súbito”. Tan de sorpresa que ni el mismo Satanás ha tenido tiempo de esquivar el “golpe” que se le vino encima.

Es el poder del “dedo de Dios”, que en términos bíblicos representa la potencia divina, ya que Dios, con tan solo mover la punta del dedo realiza los actos más portentosos (Cfr. Ex 8,15). No hay duda. Jesús tiene el poder del “dedo de Dios”, el único capaz de derrotar a Satanás.

En esta versión de Lucas encontramos además una alusión al “hombre más fuerte” (algunas versiones dicen “más poderoso”) que puede vencer a su adversario, en una clara alusión al nombre que Juan el Bautista había dado al Mesías (Lc 3,16). Otra señal de la divinidad de Jesús.

Y como para cerrar con broche de oro, Jesús enfatiza una vez más a sus discípulos la radicalidad del seguimiento, la intransigencia que se espera de ellos (y de nosotros) al momento de elegir entre los dos reinos: “El que no está conmigo está contra mí; el que no recoge conmigo desparrama”. Si en algo Jesús es claro es en esto; no hay tal cosa como términos medios. O eres frío o eres caliente; porque Él no te quiere tibio (Cfr. Ap 3,15-16).

Hoy, pidamos al Señor, por la intercesión de Nuestra Señora María, la Virgen del Rosario, que nos conceda el don de discernimiento para decir “SÍ”, y escoger y mostrar siempre preferencia por el reino de Dios.

Pidamos también al “más fuerte” que venga en nuestro auxilio y el de nuestro pueblo, para que con el poder del “dedo de Dios”, eche todos los demonios que nos mantienen esclavizados.

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REFLEXIÓN PARA EL JUEVES DE LA VIGÉSIMA SÉPTIMA SEMANA DEL T.O. (2) 08-10-20

“Pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá; porque quien pide recibe, quien busca halla, y al que llama se le abre. ¿Qué padre entre vosotros, cuando el hijo le pide pan, le dará una piedra? ¿O si le pide un pez, le dará una serpiente? ¿O si le pide un huevo, le dará un escorpión? Si vosotros, pues, que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo piden?”. Este es el párrafo final del Evangelio que nos propone la liturgia para hoy (Lc 11,5-13). Y debemos leerlo dentro del contexto del Padrenuestro que Jesús acaba de enseñar a sus discípulos.

En el Padrenuestro Jesús nos ha enseñando a tratar a Dios como Abba, con la misma confianza y familiaridad con que un niño trata a su padre. ¿Cuántas veces vemos a los niños pedirle algo a su padre, y si no lo consiguen de inmediato, seguir insistiendo hasta ponerse impertinentes, hasta que el padre, con tal de “quitárselos de encima”, siempre que se trate de algo que no les malcríe o les dañe, los complacen?

La parábola nos presenta a un amigo que le pide tres panes al otro en medio de la noche (acaba de decirnos que tenemos que pedir al Padre “el pan nuestro de cada día”). Ante la negativa inicial del segundo, el primero sigue insistiendo, hasta que el amigo “si no se levanta y se los da por ser amigo suyo, al menos por la importunidad se levantará y le dará cuanto necesite”. Jesús nos está enseñando que, siendo hijos del Padre, podemos y debemos ser insistentes en nuestra oración. Que debemos reiterar nuestras peticiones, como el amigo impertinente de la parábola, o como la viuda que comparece ante el juez inicuo de la que nos hablará Jesús más adelante (Lc 18,4-5).

Con la oración final de este pasaje Jesús reitera nuestra filiación divina, y nos recuerda que la mejor respuesta que Dios puede brindarnos a nuestras oraciones es, ¡nada más ni nada menos que el Espíritu Santo! “¿Cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo piden?”. Ese Espíritu Santo que derrama sus siete dones sobre nosotros y nos da la fortaleza para superar las pruebas y aceptar la voluntad del Padre. “Quien pide recibe, quien busca halla, y al que llama se le abre”.

En la primera lectura (Ga 3,1-5), Pablo nos recuerda el ingrediente principal de la oración, y el requisito para recibir el Espíritu: “Contestadme a una sola pregunta: ¿recibisteis el Espíritu por observar la ley o por haber respondido a la fe? ¿Tan estúpidos sois? ¡Empezasteis por el espíritu para terminar con la carne! ¡Tantas magníficas experiencias en vano! Si es que han sido en vano. Vamos a ver: Cuando Dios os concede el Espíritu y obra prodigios entre vosotros, ¿por qué lo hace? ¿Porque observáis la ley o porque respondéis a la fe?”

No basta con ser “bueno”; ¡hay que tener fe!

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