REFLEXIÓN PARA EL LUNES DE LA OCTAVA SEMANA DEL T.O. (2) 28-05-18

Después de la Cuaresma, la cincuentena de Pascua y las solemnidades de Pentecostés y la Santísima Trinidad, el pasaje evangélico que nos propone la liturgia de hoy (Mc 10,17-27) es el del “joven rico”, llamado así por el evangelio de Mateo (19,16), que nos presenta este personaje como un hombre joven y rico. Cabe señalar que ni Marcos ni Lucas (18,18) aluden a la edad de este hombre. Pero lo verdaderamente importante del pasaje no es la edad del hombre, sino su riqueza y que era un cumplidor del decálogo. Además, el hecho de que se arrodilló ante Jesús y le llamó “Maestro bueno”, demuestra que también le consideraba digno de veneración.

La pregunta que le formula el hombre rico a Jesús es tal vez la pregunta más trascendental que podemos hacerle a Dios: “Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna?”, es decir, ¿qué tengo que hacer para salvarme? Luego de repasar los preceptos del decálogo con el hombre, ante la aseveración de este de que cumplía con todo ellos, Jesús lanza su remate: “Una cosa te falta: anda, vende lo que tienes, dale el dinero a los pobres, así tendrás un tesoro en el cielo, y luego sígueme”.

Una vez más Jesús enfatiza la radicalidad del seguimiento. Si queremos ser santos, como Jesús es Santo, no puede haber nada más importante que las cosas Dios, que el seguimiento. Ni la familia, ni las posesiones, ni los títulos, ni los privilegios, ni los honores, ni el dinero, ni los placeres, ni los vicios… En el caso del hombre rico del pasaje de hoy, Jesús nos explica que no es la riqueza lo que obstaculiza su salvación, es su apego, su confianza en las cosas de este mundo: “¡qué difícil les es entrar en el reino de Dios a los que ponen su confianza en el dinero!”

No se trata de que el dinero, de por sí, sea obstáculo para alcanzar la salvación. Se trata de que ese dinero nos impida “poner la mano en el arado” sin mirar hacia atrás (Cfr. Lc 9,62). Hay personas relativamente pobres que ponen su confianza en lo poco que tienen. Esas personas se convierten en unos pobres ricos, porque a esos les será más difícil entrar al reino de los cielos, que “a un camello pasar por el ojo de una aguja”.

Y aunque el seguimiento de Jesús, que nos conduce por el camino de la salvación, no está motivado por interés o deseo de recompensa, sino por amor, Jesús siempre se muestra generoso con los suyos. Y el premio que nos promete es el más preciado de todos: “en la edad futura, vida eterna”, la “corona de gloria que no se marchita” (Cfr. 1 Co 9,25; 1 Pe 5,4).

Si nos arrepentimos y nos tornamos hacia Dios, dejando a un lado toda “riqueza” temporal, Dios nos recibe y reanima, permitiéndonos conocer Su amor, que nos conducirá a la Verdad y a la vida eterna, porque “Dios lo puede todo”.

Que pasen una hermosa semana en la PAZ del Señor.

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REFLEXIÓN PARA LA SOLEMNIDAD DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD (B) 27-05-18

Hoy celebramos la solemnidad de la Santísima Trinidad, ese misterio insondable del Dios Uno y Trino. Un solo Dios, tres personas divinas. Y la lectura evangélica que nos presenta la liturgia para hoy (Mt 28,16-20) es la conclusión del Evangelio según san Mateo. En ese pasaje Jesús afirma en forma inequívoca que todo el poder que se le ha dado, y que Él transmite a sus discípulos al enviarlos a hacer discípulos de todos los pueblos proviene del Dios Uno y Trino. Por eso los envía a bautizar “en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”.

Durante la cincuentena de Pascua, mientras nos preparábamos para la solemnidad de Pentecostés, leíamos el libro de los Hechos de los Apóstoles que centraba nuestra mirada en la tercera Persona de la Santísima Trinidad, el Espíritu Santo consolador que los apóstoles recibirían en Pentecostés reunidos en torno a María, la madre de Jesús y madre nuestra, dando origen a la Iglesia misionera.

Eso le infunde un carácter Trinitario a la Iglesia, ya que esta nace de la promesa del Padre que se hace realidad en Pentecostés a fin de que la comunidad dé testimonio de Jesús; y es el Espíritu quien guía la obra de evangelización y le da la fuerza necesaria para dar testimonio de Jesús en medio de persecuciones y luchas.

“Los que se dejan llevar por el Espíritu de Dios, ésos son hijos de Dios. Habéis recibido, no un espíritu de esclavitud, para recaer en el temor, sino un espíritu de hijos adoptivos, que nos hace gritar: ‘¡Abba!’ (Padre). Ese Espíritu y nuestro espíritu dan un testimonio concorde: que somos hijos de Dios; y, si somos hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo” (Segunda lectura de hoy (Rm 8,14-17).

Es decir, que podemos participar de la vida eterna gracias a ese amor entre el Padre y el Hijo que se derrama sobre nosotros en la forma del Espíritu Santo. La fórmula es sencilla: El Padre ama al Hijo con amor infinito y el Hijo ama al Padre de igual modo; y ese amor que se genera entre ellos es el Espíritu de la Verdad que se derrama sobre nosotros y nos conduce a la Verdad plena, que es el Amor incondicional de Dios.

Esa identidad entre el Padre, el Hijo y el Espíritu es la que hace posible la promesa de Jesús a sus discípulos al final del Evangelio de hoy: “Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo”. Porque donde está el Padre está el Hijo, y está también el Espíritu; y donde está el Espíritu están el Padre y el Hijo. De este modo, en la acción del Espíritu Santo se nos revela, no solo el amor de Dios, sino la plenitud de la Trinidad.

De eso se trata la Trinidad, pues todo el misterio de Dios se reduce al amor: “Queridos, amémonos unos a otros, ya que el amor es de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. Quien no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es Amor” (1Jn 4,7-8).

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REFLEXIÓN PARA EL SÁBADO DE LA SÉPTIMA SEMANA DEL T.O. (2) 16-05-18

En ocasiones anteriores hemos dicho que de todos los evangelistas Marcos es quien más acentúa la dimensión humana de Jesús. El pasaje que nos presenta la lectura evangélica que contemplamos hoy (Mc 10,13-16) es un ejemplo vivo de ello.

Nos dice la Escritura que la gente le acercaba a Jesús niños para que los tocara, pero los discípulos les regañaban. Al ver esta actitud en sus discípulos, Jesús se enfadó (otras versiones dicen que se “indignó”) y les dijo la tan conocida frase: “Dejad que los niños se acerquen a mí: no se lo impidáis; de los que son como ellos es el reino de Dios. Os aseguro que el que no acepte el reino de Dios como un niño, no entrará en él”. Añade la lectura que “los abrazaba y los bendecía imponiéndoles las manos”.

Este es uno de esos pasajes que nos narran los tres sinópticos (Ver: Mt 19, 13-15; Lc 18, 15-17). Mateo menciona el hecho de que los discípulos les “reñían”, pero se limita a decir que Jesús pidió que permitieran a los niños acercarse y que les imponía las manos. Lucas se limita a mencionar lo primero, pero ni tan siquiera menciona que les impusiera las manos.

Marcos nos revela un Jesús muy humano, igual a nosotros en todo menos en el pecado (Cfr. Hb 4,15). Un Jesús capaz de enojarse ante la torpeza y falta de caridad de sus discípulos, y a la vez un Jesús tierno, amoroso, que abraza… sobre todo a los niños. ¡Qué diferencia entre la actitud de Jesús y la de sus discípulos! Hemos señalado que en tiempos de Jesús los niños eran seres insignificantes, ni tan siquiera se sentaban a la mesa con sus padres; se sentaban con los criados. Jesús se identifica con ellos, los acoge, los abraza. Con su gesto nos está demostrando, no solo sus sentimientos, sino su preferencia por los más pequeños, los más débiles, los más indefensos, los marginados.

Pero con sus palabras también nos está señalando la actitud que tenemos que seguir frente a Dios y las cosas de Reino. Tenemos que ser capaces de maravillarnos, ver las cosas sin dobleces, actuar espontáneamente, sin segundas intenciones ni agendas ocultas, ser capaces de acercarnos a Dios con la confianza y la inocencia de un niño: “el que no acepte el reino de Dios como un niño, no entrará en él”.

No se trata de asumir una actitud “infantil” respecto a las cosas de Dios y del Reino. Se trata de confiar en la Divina Providencia, aprender a depender de Dios como lo hace un niño con su padre o, más aun, con su madre.

Para entrar en el Reino hay que despojarse de toda pretensión; hay que recordar que queremos entrar en un Reino donde el que reina se hizo servidor de todos.

Te lo aseguro. Si logras despojarte de toda ínfula de autosuficiencia, y bajar todas tus “defensas” ante la presencia de Dios, sentirás Su tierno y cálido abrazo, que sin necesidad de palabras te expresará el amor más grande que hayas experimentado jamás. Y no tendrás más remedio que compartirlo. De eso se trata el Reino.

No olviden visitar la Casa del Padre; Él les espera…

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REFLEXIÓN PARA LA FIESTA DE JESUCRISTO, SUMO Y ETERNO SACERDOTE 24-05-18

Hoy, jueves posterior a la solemnidad de Pentecostés, celebramos la Fiesta de Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote. Por ello, nos apartamos momentáneamente de las lecturas del tiempo ordinario para dar paso a las lecturas propias de la Fiesta.

Como primera lectura la liturgia nos ofrece dos alternativas. La primera de ellas es el “Cuarto canto del Siervo” (Is 52,13-15; 53,1-12). Este pasaje prefigura la pasión de Cristo y su muerte redentora. Es el que contiene los versículos que leía el eunuco de la reina Candace de Etiopía (“Como oveja fue llevado al matadero; y como cordero que no se queja ante el que lo esquila, así él no abrió la boca. En su humillación, le fue negada la justicia. ¿Quién podrá hablar de su descendencia, ya que su vida es arrancada de la tierra?”), a quien Felipe se le acercó y se los explicó, aprovechando para anunciarle la Buena Nueva de Jesús, luego de lo cual, el etíope pidió ser bautizado (Hc 8,26-40).

Esa imagen del “cordero”, que sin abrir la boca es conducido al matadero, fue sin duda la que motivó a Juan a referirse a Jesús como el “cordero de Dios” (Jn 1,36) que quita el pecado del mundo. En este pasaje, profundo en su contenido y en su significado, encontramos un diálogo en el que participan Dios y una multitud anónima con la cual podemos identificarnos. Y si leemos y meditamos el canto, podemos comprender el alcance de la pasión y muerte redentora de Jesús, que Él mismo constituyó en memorial, “como sacerdote excelso al frente de la casa de Dios”, mediante la institución de la Eucaristía (ver la otra lectura alternativa propuesta para hoy – Hb 10,12-23).

La lectura evangélica de hoy es la narración que nos legó Lucas de la institución de la Eucaristía (Lc 22,14-20). “Con ansia he deseado comer esta Pascua con vosotros antes de padecer”. Esas palabras de Jesús reflejan su corazón sacerdotal, su deseo de no abandonar a los suyos. Él había prometido enviarnos “otro” consolador, “otro” paráclito (Jn 14,16). Se refería a “otro” consolador porque si bien es cierto que el Espíritu Santo nos acompaña en todo momento y lugar, Él mismo, Jesús-Eucaristía, es también nuestro consolador. Para eso instituyó la Eucaristía. Él tenía padecer su pasión y muerte para luego ascender al Padre, pero su amor le movía a permanecer entre nosotros. Así que decidió quedarse Él mismo con nosotros en las especies eucarísticas. De paso, como Sumo y Eterno Sacerdote, nos santificó legándonos el memorial de su pasión.

En nuestro bautismo todos hemos sido configurados con Cristo como sacerdotes, profetas y reyes. Así, ejerciendo nuestro sacerdocio común, cada vez que participamos de la celebración eucarística, nos ofrecernos a nosotros mismos como hostias vivas, uniendo nuestro sacrificio al único y eterno sacrificio ofrecido por Él para nuestra salvación, en una completa oblación al Padre.

Hoy es también un día para orar por nuestros sacerdotes, para que el Señor les brinde las fuerzas y la perseverancia para ejercer su sacerdocio sacramental, que permite a Jesús, Sumo y Eterno Sacerdote, continuar ejerciendo el suyo a través de ellos.

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REFLEXIÓN PARA EL MIÉRCOLES DE LA SÉPTIMA SEMANA DEL T.O. (2) 23-05-18

El egoísmo, el protagonismo, la mezquindad, se repiten a lo largo de la historia, y los que pretendemos seguir al Señor no somos la excepción. Y la lectura evangélica que nos brinda la liturgia para hoy (Mc 9,38-40), es un vivo ejemplo de ello. Nada menos que Juan, “el discípulo amado”, le dice a Jesús: “Maestro, hemos visto a uno que echaba demonios en tu nombre, y se lo hemos querido impedir, porque no es de los nuestros”. “No es de los nuestros…” ¿Podemos pensar en una frase más egoísta, más excluyente, más discriminatoria, más “clasista”, más divisoria que esa? ¿Dónde quedó aquello de “en esto todos reconocerán que ustedes son mis discípulos: en el amor que se tengan los unos a los otros” (Jn 13,35)?

Hoy día no es diferente. ¿Cuántas veces vemos esas divisiones, esas distinciones, entre los diversos grupos o movimientos dentro de una misma parroquia, e inclusive dentro de un mismo grupo o movimiento? ¿Cuántos celos entre feligreses porque alguien que “acaba de llegar” puede y hace algo igual o mejor que los que lo han venido haciendo hasta ahora, y pretendemos excluirlo porque “no es de los nuestros”? ¡Cuánto resentimiento, cuánto “chisme” porque el párroco, o el diácono, o el director del movimiento le encomendó a otro feligrés alguna tarea o función que “es mía”!

La respuesta de Jesús a Juan (y a nosotros) no se hace esperar: “No se lo impidáis, porque uno que hace milagros en mi nombre no puede luego hablar mal de mí. El que no está contra nosotros está a favor nuestro”. Si estamos actuando en nombre de Jesús, ¿cómo podemos estar en contra de que otros lo hagan? ¿Acaso pretendemos tener el monopolio de la persona y el nombre de Jesús?

A veces se nos olvida que el Espíritu reparte sus carismas según lo estima necesario para el funcionamiento de la Iglesia, que no es otra cosa que el pueblo santo de Dios reunido en su nombre. ¿Quiénes somos nosotros para dictar a quién o quiénes el Espíritu reparte sus carismas?

¡Ojalá todos tuvieran el carisma de profetizar, o de hablar en lenguas, o de interpretarlas, o de enseñar, o de la oración, o de hacer milagros, o de tantos otros múltiples carismas que el Espíritu pueda estimar necesarios para el buen funcionamiento del Cuerpo místico de Cristo!

Pidamos al Señor que derrame su Espíritu sobre toda su Santa Iglesia, y alegrémonos cuando veamos a nuestros hermanos desarrollar los carismas que ese Espíritu ha dado a cada cual y ponerlos al servicio del Pueblo de Dios.

Sin adelantar juicios que en este espacio limitado no podemos abordar, este pasaje también debe llevarnos a reflexionar sobre el papel de aquellas otras confesiones cristianas que con pleno convencimiento y de buena fe predican, en nombre de Jesús, el mensaje de la Buena Noticia del Reino. ¿Se lo vamos a impedir porque no son “de los nuestros? “…para que todos sean uno. Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado” (Jn 17,21).

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REFLEXIÓN PARA EL MARTES DE LA SÉPTIMA SEMANA DEL T.O. (2) 22-05-18

La lectura evangélica de hoy (Mc 9,30-37), nos presenta el segundo anuncio de la Pasión. Encontramos a Jesús haciendo un “aparte” para instruir a sus apóstoles, aquellos a quienes Él había escogido de entre sus discípulos para que continuaran su obra una vez llegara el momento de regresar al Padre. Quería que entendieran que Él no iba a estar con ellos durante mucho tiempo. Ya en una ocasión anterior se los había intimado, pero ellos no entendieron (Mc 2,18-22).

Hoy se los dice más directamente: “El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres, y lo matarán; y, después de muerto, a los tres días resucitará”. Pero aun así ellos no lo captaron, “y les daba miedo preguntarle”. Es la naturaleza humana. Ellos se sentían cómodos, seguros, en compañía de su Maestro a quien Pedro había identificado como el Mesías esperado (Ver nuestra reflexión para el jueves de la sexta semana del T.O.). No querían ni tan siquiera contemplar la idea de que Él les abandonara. Preferían hacer como los niños, que comienzan a tararear en voz alta cuando no quieren escuchar lo que se les dice.

En cambio, los apóstoles tornaron su atención hacia ellos mismos y comenzaron a discutir entre sí sobre quién es el más importante entre ellos. Resulta claro que no comprenderán el mensaje de Jesús hasta después de su Pascua. Al llegar a la casa Jesús les preguntó que de qué hablaban por el camino (por supuesto, Él lo sabía), pero ellos no contestaron. Entonces con su santa calma se sentó, los llamó y les dijo: “Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos”. Y para enfatizar su punto, acercó un niño, lo puso en medio de ellos, lo abrazó y les dijo: “El que acoge a un niño como éste en mi nombre me acoge a mí; y el que me acoge a mí no me acoge a mí, sino al que me ha enviado” (Marcos es quien único enfatiza ese gesto de ternura de Jesús abrazando al niño).

Para entender el alcance de este gesto tenemos que entender lo que significaba un niño en tiempos de Jesús. En aquella época un niño era un ser insignificante, sin derechos, una posesión de su padre, menos valioso que un animal de carga o de trabajo. Por tanto, acoger a un niño equivale a hacerse menos que un niño, el más insignificante de todos. Aun así, los apóstoles no comprendieron las palabras de Jesús. Más adelante, en la última cena, Jesús acentuaría su enseñanza con el gesto de lavar los pies a los apóstoles (Jn 13,1-15), tarea reservada en esa época a los esclavos o sirvientes y, en ausencia de estos, a los niños.

Nadie dijo que el seguimiento de Jesús es fácil. Implica renuncias, privaciones, humillaciones, burla, persecuciones. “El que quiera seguirme…” (Mt 16,24). El camino es arduo, pero la recompensa es segura: “el Hijo del hombre vendrá en la gloria de su Padre, rodeado de sus ángeles, y entonces pagará a cada uno de acuerdo con sus obras” (16,27). Y tú, ¿te animas a seguirlo?

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REFLEXIÓN PARA EL LUNES DE LA SÉPTIMA SEMANA DEL T.O. (2) 21-05-18

Hoy retomamos el tiempo ordinario de la Liturgia, luego del gozo en el Espíritu de la Solemnidad de Pentecostés que celebráramos ayer y que culminó la cincuentena Pascual.

Y la lectura evangélica que contemplamos este día (Mc 9,14-29) nos narra el pasaje de la “curación del endemoniado epiléptico”, llamado así porque a pesar de que en el pasaje se habla de que el joven estaba poseído por un espíritu inmundo, la descripción de los efectos de la “posesión” apunta a un episodio de epilepsia. Recordemos que en aquél tiempo, toda condición similar que no tuviera explicación se la atribuían a los espíritus inmundos o demonios. De todos modos, epilepsia o posesión, el hecho es que Jesús curó al joven.

Jesús llega y se encuentra con el padre del joven, quien le explica que sus discípulos no han sido capaces de echar el espíritu. Jesús se molesta e increpa una vez más a sus discípulos: “¡Gente sin fe! ¿Hasta cuándo estaré con vosotros? ¿Hasta cuándo os tendré que soportar? Traédmelo”. Le llevaron al joven, y tan pronto el espíritu “vio a Jesús, retorció al niño; cayó por tierra y se revolcaba, echando espumarajos”. En ese momento el padre se desesperó (trato de imaginar la angustia del padre) y le suplicó a Jesús que lo ayudase: “Si algo puedes, ten lástima de nosotros y ayúdanos”. A lo que Jesús replicó: “¿Si puedo? Todo es posible al que tiene fe”.

Luego de un intercambio entre Jesús y el padre, en el que el último le confiesa su fe débil (“Tengo fe, pero dudo; ayúdame”), Jesús increpó al espíritu inmundo y éste salió del joven. Imagino la vergüenza de los discípulos ante su fracaso estrepitoso enfrente de los presentes. A la primera oportunidad que tuvieron a solas con Jesús le preguntaron: “¿Por qué no pudimos echarlo nosotros?”. La contestación de Jesús fue tajante: “Esta especie sólo puede salir con oración”.

Jesús confió su “secreto” a los discípulos. Jesús era una persona de oración constante, vivió toda su vida terrena en un ambiente de oración. Los relatos evangélicos lo muestran constantemente retirándose a orar (a veces pasaba la noche entera en oración), u orando en público. Invocaba la ayuda de lo alto, y el Espíritu de Dios (Espíritu Santo) le arropaba y le daba fuerzas para seguir adelante en su misión y realizar todos los milagros y portentos que vemos en los evangelios. Por eso la oración se considera el arma o instrumento que toma el primer plano en el combate espiritual contra las fuerzas del mal.

Antes de partir Jesús nos dijo que los que creyéramos en Él tendríamos poder para echar demonios, curar enfermos, etc. (Cfr. Mc 16,17). Y si creemos en Él y le creemos, seguiremos sus pasos, y ese seguimiento incluye ser personas de oración.

Para eso nos dejó el Espíritu Santo. El Espíritu que nos ayuda a llamar “Padre” a Dios, nos dará también la fuerza para echar demonios. Pero para eso tenemos que invocarlo con fe, el tipo de fe que nos lleva a actuar como si ya se nos hubiese concedido lo que pedimos al Padre, como lo hizo Jesús al resucitar a Lázaro (Cfr. Jn 11,41).

Hoy te invito a desarrollar una relación íntima con el Espíritu Santo, y verás los portentos que puedes realizar. Y, ¿cómo lograr esa relación? Jesús te confió su secreto: la oración.

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¡FELIZ DÍA DE PENTECOSTÉS!

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REFLEXIÓN PARA LA SOLEMNIDAD DE PENTECOSTÉS 20-05-18

Hoy celebramos la gran solemnidad de Pentecostés, que conmemora la venida del Espíritu Santo sobre los apóstoles mientras se encontraban reunidos en oración, junto a la María, la madre de Jesús, y otros discípulos, siguiendo las instrucciones y esperando el cumplimiento de la promesa del Señor quien, según la narración de Lucas en el libro de los Hechos de los Apóstoles, en el momento en que iba a ascender al Padre les pidió que no se alejaran de Jerusalén y esperaran la promesa del Padre. La promesa “que yo les he anunciado. Porque Juan bautizó con agua, pero ustedes serán bautizados en el Espíritu Santo, dentro de pocos días” (Hc 1,4b-5). Y luego añadió: “recibirán la fuerza del Espíritu Santo que descenderá sobre ustedes, y serán mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra” (1,8).

Se refería Jesús a la promesa que Jesús les había hecho de enviarles su Santo Espíritu: “Os conviene que yo me vaya; porque si no me voy, no vendrá a vosotros el Paráclito; pero si me voy, os lo enviaré” (Jn 16,7). Jesús ya vislumbra en el horizonte aquella Iglesia a la cual Él confiaría continuar su misión. Hasta ahora han estado juntos, él ha permanecido con ellos. Pero tienen que “ir a todo el mundo a proclamar el Evangelio”. Cada cual por su lado; y Él no puede físicamente acompañarlos a todos. Al enviarles el Espíritu Santo, este podrá acompañarlos a todos. Así podrá hacer cumplir la promesa que les hizo antes de marcharse: “Y he aquí que yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28,20).

En ocasiones anteriores hemos dicho que la fe es la acción del creer, es actuar conforme a lo que creemos, es confiar plenamente en la palabra de Dios. Más que creer en Dios es creerle a Dios, creer en sus promesas.

Los apóstoles llevaron a cabo un acto de fe. Creyeron en Jesús y le creyeron a Jesús. Por tanto, estaban actuando de conformidad: Permanecieron en Jerusalén, y perseveraban en la oración con la certeza de que el Señor enviaría su Santo Espíritu sobre ellos. Y como sucede cada vez que llevamos a cabo un acto de fe, vemos manifestada la gloria y el poder de Dios. En este caso ese acto de fe se  tradujo en la venida del Espíritu Santo sobre los apóstoles y María la madre de Jesús, episodio que nos narra la primera lectura de hoy (Hc 2,1-11). Nos dice la lectura que “de repente, un ruido del cielo, como de un viento recio, resonó en toda la casa donde se encontraban”.

Cuando pensamos en Pentecostés siempre pensamos en las “lengüitas de fuego”, y pasamos por alto la ráfaga de viento que precedió a las lenguas de fuego. Las últimas representan, no al Espíritu en sí, sino a una de sus manifestaciones, el carisma de hablar en lenguas extranjeras (xenoglosia). El poder pleno del Espíritu que recibieron aquél día está representado en la ráfaga de viento. De ahí que la Iglesia, congregada alrededor de María, recibió algo más; recibió la plenitud del Espíritu y con él la valentía, el arrojo para salir al mundo y enfrentar la persecución, la burla, la difamación que enfrenta todo el que acepta ese llamado de Jesús: “sígueme”. Así, aquellos hombres que habían estado encerrados por miedo a las autoridades que habían asesinado a Jesús, se lanzan a predicar la buena nueva de Jesús resucitado a todo el mundo.

Si invocamos el Espíritu Santo, no hay nada que nos dispongamos a hacer por el Reino que no podamos lograr. Y tú, ¿lo has invocado?

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