REFLEXIÓN PARA EL SÁBADO DESPUÉS DE EPIFANÍA 09-01-21

“Ánimo, soy yo, no tengáis miedo”.

Continuamos viviendo este tiempo de Navidad “extendido” durante estos días entre la Epifanía y el Bautismo del Señor. Y como para que no se nos olvide que aquél niñito que nació en un pesebre hace apenas 17 días continúa presente entre nosotros, escuchamos a Jesús decirnos: “Ánimo, soy yo, no tengáis miedo”. Esa frase constituye el punto culminante del pasaje que nos brinda el Evangelio de hoy (Mc 6,45-52).

El trasfondo de la frase es el siguiente: Jesús acababa de realizar el milagro de la multiplicación de los panes y había instruido a sus discípulos que se subieran a la barca y se adelantaran a la otra orilla mientras Él despedía la gente. Tal vez Jesús no quería que los discípulos se contagiaran con la excitación del pueblo por el milagro, o mejor dicho, por el aspecto material del milagro, ignorando el verdadero significado del mismo; esa tendencia tan humana que tenemos de confundir lo temporal con lo eterno.

Esto se pone de manifiesto cuando al final del pasaje de hoy el evangelista, al describir la reacción de los discípulos en la barca, nos dice: “Ellos estaban en el colmo del estupor, pues no habían comprendido lo de los panes, porque eran torpes para entender”.

Volviendo al relato, cuando la barca en que navegaban los discípulos iba a mitad de camino, siendo ya de noche, Jesús se percató que tenían un fuerte viento contrario y estaban pasando grandes trabajos para poder adelantar, así que decidió ir caminando hasta ellos sobre las aguas. Al verlo creyeron que era un fantasma, se sobresaltaron, y dieron un grito. Fue en ese momento que Jesús les dijo: “Ánimo, soy yo, no tengáis miedo”. Inmediatamente la Escritura añade: “Entró en la barca con ellos, y amainó el viento”.

Resulta obvio que los discípulos no habían comprendido en su totalidad el verdadero significado y alcance del milagro de la multiplicación de los panes y los peces. De lo contrario, sabrían que, más que un acto de taumaturgia (capacidad para realizar prodigios), como podría hacerlo un mago, lo que ocurrió allí fue producto del Amor de Dios. Si lo hubiesen entendido, estarían inundados del Amor de Dios, estarían conscientes de la divinidad de Jesús, y no habrían sentido temor cuando lo vieron caminar sobre las aguas.

La primera lectura de hoy (1 Jn 4,11-18), en la que Juan continúa desarrollando su temática principal del Amor de Dios y de Dios-Amor, establece claramente que “quien permanece en el amor permanece en Dios, y Dios en él”, y que en el amor no puede haber temor, porque “el amor expulsa el temor”. Es decir, el amor y el temor son mutuamente excluyentes, no pueden coexistir. Y para recibir la plenitud de ese Amor, que es Dios, es necesaria la fe (Cfr. Mc 5,36: “No tengas miedo, solamente ten fe”).

¡Cuántas veces en nuestras vidas nos encontramos “remando contra la corriente”, llegando al límite de nuestra resistencia! En esos momentos, si abrimos nuestros corazones al Amor misericordioso de Dios, escucharemos una dulce voz que nos dice al oído: “Ánimo, soy yo, no tengas miedo”. Créanme, ¡se puede! Los que me conocen saben que yo he logrado enfrentar situaciones que de otro modo hubiesen sido aterradoras, con la alegría y tranquilidad que solo el saberme amado por Dios podían brindarme. Porque Jesús “entró en la barca [conmigo], y amainó el viento”.

“Aunque cruce por oscuras quebradas, no temeré ningún mal, porque tú estás conmigo” (Sal 23,4).

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REFLEXIÓN PARA EL VIERNES DESPUÉS DE EPIFANÍA 08-01-21

“¿Cuántos panes tenéis? Id a ver”. Cuando lo averiguaron le dijeron: “Cinco, y dos peces”.

Juan continúa dominando la primera lectura de la liturgia para este tiempo. La primera lectura de hoy (1Jn 4,7-10), que parece un trabalenguas, es tal vez el mejor resumen de toda la enseñanza de Jesús: “Amémonos unos a otros, ya que el amor es de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. Quien no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor. En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene: en que Dios envió al mundo a su Hijo único, para que vivamos por medio de él. En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y nos envió a su Hijo como víctima de propiciación para nuestros pecados”.

El amor de Dios, y la identidad del Amor con Dios es el tema principal de Juan; nunca se cansa de insistir. Pero en esta lectura va más allá; entrelaza el tema del amor con el misterio de la Encarnación, unida a la vida, muerte y resurrección de su Hijo. De ese modo el amor no se nos presenta como algo espiritual, ideal, sino como algo real, palpable, histórico, con contenido y consecuencias humanas.

“Amémonos unos a otros, ya que el amor es de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios”, nos dice san Juan. Nuestro amor es producto del Amor de Dios, de haber “nacido de Dios”. Si permitimos que ese Amor haga morada en nosotros, no tenemos más remedio que amar; amar con un amor que participa de la naturaleza del Amor divino. Por eso amando al prójimo amamos a Dios y seguimos creciendo en el Amor. Es un círculo que no termina. Alguien ha dicho que el amor es el único don que mientras más lo repartes más te sobra.

Y eso es precisamente lo que vemos en la lectura evangélica de hoy (Mc 6,34-44), el pasaje de la “primera multiplicación de los panes”. Un milagro producto de la gratuidad del amor. Al caer la tarde los discípulos le sugieren a Jesús que despida la gente para que cada cual resuelva sus necesidades de alimento. La reacción de Jesús no se hace esperar: “Dadles vosotros de comer”. Ya anteriormente Marcos nos había dicho que Jesús se había compadecido de la gente porque andaban “como ovejas sin pastor”, lo que le motivó a “enseñarles con calma”. Tenían hambre; no hambre material, sino hambre espiritual. Jesús se la había saciado con su Palabra. Ya el rebaño tiene Pastor. El Pastor tiene que procurar alimento para su rebaño. Llegó el momento del alimento, de la fracción del pan. “Dadles vosotros de comer”.

Vemos en esta perícopa evangélica una prefiguración de la celebración Eucarística, en la cual nos alimentamos primero con la Palabra de Dios para luego participar del Banquete Eucarístico. Es lo que la Iglesia, sucesora de los apóstoles sigue haciendo hoy. Y todo producto del Amor de Dios, que quiso permanecer con nosotros bajo las especies eucarísticas.

Hoy, pidamos al Señor por los ministros de Su Iglesia, para que continúen pastoreando Su rebaño, y alimentándolos con el Pan de Su Palabra y el Pan de la Eucaristía.

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REFLEXIÓN PARA EL JUEVES DESPUÉS DE EPIFANÍA 07-01-21

“Recorría toda Galilea, enseñando en las sinagogas y proclamando el Evangelio del reino”…

Ayer celebrábamos la solemnidad de la Epifanía del Señor, esa manifestación de Dios a todas las naciones. Durante esta semana la liturgia seguirá presentándonos “signos”, pequeñas “epifanías”, a través de una serie de gestos que manifiestan a Cristo. Aquél Niño que fue adorado en Belén por los magos de oriente, se nos manifiesta en el Evangelio que leemos hoy (Mt 4,12-17.23-25) como el Mesías y el Maestro enviado por Dios.

Comienza la lectura con la decisión de Jesús de cambiar de domicilio, de Nazaret a Galilea, tan pronto de entera que Juan el Bautista había sido apresado. Allí se establecen en la ciudad de Cafarnaún, a orillas del Mar de Galilea, que se convertiría en el “centro de operaciones” de su gestión misionera. Una vez apresado Juan, Jesús comprendió que la labor de aquél había culminado. Ahora le correspondía a Él desplegar su misión evangelizadora.

Mudarse de Nazaret a Cafarnaún representaba un cambio drástico, era mudarse del “ambiente protegido” de una comunidad pequeña en que todos se conocían, a una ciudad cosmopolita donde habitaban muchos extranjeros paganos. Mateo ve en ese gesto de Jesús el cumplimiento de la profecía de Isaías: “País de Zabulón y país de Neftalí, camino del mar, al otro lado del Jordán, Galilea de los gentiles. El pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande; a los que habitaban en tierra y sombras de muerte, una luz les brilló”. Jesús llega a traer la Luz a los paganos que vivían en las tinieblas porque no le conocían.

Allí hace un llamado a la conversión, a judíos y gentiles por igual, como preparación para la llegada del Reino que “está cerca”, desplegando su labor como predicador itinerante por toda la Galilea, mientras llevaba a cabo signos que constituían manifestaciones o pequeñas “epifanías” de su persona: “Recorría toda Galilea, enseñando en las sinagogas y proclamando el Evangelio del reino, curando las enfermedades y dolencias del pueblo. Su fama se extendió por toda Siria y le traían todos los enfermos aquejados de toda clase de enfermedades y dolores, endemoniados, lunáticos y paralíticos. Y él los curaba”. Este es el “anuncio del Reino de Dios invitando a la conversión” que contemplamos como el tercero de los misterios luminosos o “de luz” que fueron instituidos por san Juan Pablo II mediante la carta apostólica Rosarium Virginis Mariae, el 16 de octubre de 2002.

El pasaje que contemplamos hoy no nos dice qué decía Jesús en sus predicaciones; eso lo veremos a lo largo de todo el relato evangélico. Pero el mensaje central está ahí: ¡El Reino ha llegado!; Dios se ha manifestado, se ha hecho presente entre nosotros, se nos ha revelado en toda su plenitud en la persona de su Hijo, y a través de Él nos llama a la conversión, nos invita a cambiar nuestras vidas para convertirnos en otros “cristos” (Cfr. Gál 2,20). Así, esa conversión implica auxiliar nuestros hermanos, especialmente a los enfermos, los pobres, los desposeídos, tal como Cristo nos enseñó. Esta será la señal de que su Espíritu está obrando en nosotros, y que Él mismo habita entre nosotros.

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REFLEXIÓN PARA LA SOLEMNIDAD DE LA EPIFANÍA DEL SEÑOR 06-01-21

Hoy celebramos en Puerto Rico la solemnidad de la Epifanía del Señor. Epifanía significa “manifestación”. La Iglesia reconoce tres epifanías importantes: La Epifanía ante los Reyes Magos (que celebramos hoy), la Epifanía a Juan el Bautista en el Río Jordán cuando Jesús fue bautizado, y la Epifanía a sus discípulos en las Bodas de Caná. No obstante, cuando hablamos de Epifanía, siempre pensamos en la primera, que se celebra todos los años el 6 de enero.

Aunque en Puerto Rico la solemnidad se conoce con el nombre de los Tres Santos Reyes, el relato de Mateo (2,1-12), ni dice que eran tres, ni que eran reyes. Tampoco dice que llegaron en camellos. El número de tres se ha desarrollado en la tradición basado en los presentes que le presentaron al Niño: oro, incienso y mirra. El número de tres también se recoge en los evangelios apócrifos, al igual que sus nombres. El Evangelio armenio de la infancia de Jesús (5,10) nos dice: “Y los reyes de los magos eran tres hermanos: Melkon (Melchor), el primero, que reinaba sobre los persas; después Baltasar, que reinaba sobre los indios, y el tercero Gaspar, que tenía en posesión el país de los árabes”.

Lo de los camellos, también producto de la tradición, se basa probablemente en el pasaje del libro de Isaías (60,1-6) que la liturgia nos propone para hoy, que en el versículo 6 nos dice: “Te inundará una multitud de camellos, de dromedarios de Madián y de Efá. Vienen todos de Sabá, trayendo incienso y oro, y proclamando las alabanzas del Señor”. La realeza de los visitantes probablemente se incorpora a la tradición al combinar este pasaje con el Salmo 71 que leemos hoy también: “Que los reyes de Tarsis y de las islas le paguen tributo. Que los reyes de Saba y de Arabia le ofrezcan sus dones; que se postren ante él todos los reyes, y que todos los pueblos le sirvan”.

Lo cierto es que esta visita y adoración de los magos representa la manifestación de Jesús a los pueblos gentiles (no judíos), incluyéndonos a nosotros. Esta manifestación y bendición de Dios a todos los pueblos, representa también el cumplimiento de la promesa de Yahvé a Abraham en el Antiguo Testamento: “por ti se bendecirán todos los pueblos de la tierra”. Esa promesa la recibimos nosotros a través de la persona de Cristo Jesús (Cfr. Mt 1,1-17), según nos dice san Pablo en la segunda lectura de hoy (Ef 3,2-3a.5-6): “…también los gentiles son coherederos, miembros del mismo cuerpo y partícipes de la promesa en Jesucristo, por el Evangelio”. Ut unum sint!

Los magos presentaron al Niño dones: oro que representa la realeza, incienso que representa la divinidad, y mirra que representa la humanidad. Hoy Dios se nos manifiesta; es para nosotros como una segunda Navidad. De hecho, en algunas Iglesias Orientales hoy se celebra la Navidad. Ahora el Niño pertenece al mundo, a toda la humanidad; ha rebasado el ámbito del pesebre, de Israel. Nosotros, ¿qué le vamos a ofrecer como don? Lo único que Él espera como regalo es a nosotros mismos, nuestra fidelidad y nuestro amor hacia Él en la persona de nuestros hermanos.

Te propongo algo: Dale un abrazo, aunque sea virtual, a la primera persona que veas después de leer esta reflexión. Estarás abrazando al niño Dios…

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REFLEXIÓN PARA EL MARTES 05-01-21 – TIEMPO DE NAVIDAD

En aquel tiempo, determinó Jesús salir para Galilea; encuentra a Felipe y le dice: «Sígueme.»

La liturgia continúa brindándonos el primer capítulo del Evangelio según san Juan. Recordemos que Juan es quien único nos narra con detalle esta vocación de los primeros discípulos, pues fue el que la vivió. De hecho, Juan es el único evangelista que nos presenta los tres años de la vida pública de Jesús. Los sinópticos (Mateo, Marcos y Lucas) centran su narración en el último año. El pasaje de hoy (Jn 1,43-51) nos narra la vocación (como habíamos dicho en reflexiones anteriores, vocación quiere decir “llamado”) de Felipe y Natanael (a quien se llama Bartolomé en los sinópticos).

La narración comienza con un gesto de Jesús que reafirma su humanidad; nos dice que Jesús “determinó” (otras traducciones usan el verbo “decidió”) salir para Galilea. Un acto de voluntad muy humano, producto de escoger, decidir entre dos o más alternativas. Juan continúa presentándonos el misterio de la Encarnación.

Inmediatamente se nos dice que Jesús “encuentra a Felipe y le dice ‘Sígueme’”. Una sola palabra… La misma palabra que nos dice a nosotros día tras día: “Sígueme”. Una sola palabra acompañada de esa mirada penetrante. De nuevo esa mirada… Cierro los ojos y trato de imaginármela. Imposible de resistir; no porque tenga autoridad, sino porque el Amor que transmite nos hace querer permanecer en ella por toda la eternidad. Es la mirada de Dios que nos invita a compartir ese amor con nuestros hermanos, como nos dice San Juan en la primera lectura de hoy (1 Jn 3,11-21): “Éste es el mensaje que habéis oído desde el principio: que nos amemos unos a otros”, y no “de palabra y de boca, sino de verdad y con obras”.

Felipe se ha sumergido en la mirada de Dios y se ha sumergido en el Amor que transmite. Y ya no conoce otro camino que el que marcan sus pasos. Y al igual que en el pasaje inmediatamente anterior a este, en el que veíamos cómo Andrés, al encontrar a Jesús se lo dijo a su hermano Simón y lo llevó inmediatamente ante Él, hoy se desata el mismo “efecto dominó”. Felipe no puede contener la alegría de haber encontrado al Mesías, y se lo comunica a Natanael: “Aquel de quien escribieron Moisés en la Ley y los profetas, lo hemos encontrado: Jesús, hijo de José, de Nazaret”. Trato de imaginar la alegría reflejada en su rostro y me pregunto: Cuando yo hablo de Jesús, ¿se nota esa misma alegría en mi rostro? Natanael se mostró esquivo, le cuestionó si de Nazaret podría salir algo bueno. Pero Felipe no se dio por vencido, le invitó a seguirle para que viera por sí mismo: “Ven y verás”. La certeza que proyecta el que está seguro de lo que dice, convencido de lo que cree. Y me pregunto una vez más, ¿muestro yo ese mismo empeño y celo apostólico cuando me cuestionan si lo que yo digo de Jesús es cierto? Para ello tengo que preguntarme: ¿Estoy convencido de haber encontrado a mi Señor y Salvador?

Hace unos días celebrábamos el nacimiento de aquél Niño, que en la lectura de hoy vemos convertido en ese hombre que provoca estas reacciones en aquellos a quienes llama. Ese mismo nos hace una promesa si creemos en Él: “Yo os aseguro: veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre”.

Mañana celebraremos la Epifanía, la manifestación de Dios al mundo entero. Pidamos al Señor que nos permita convertirnos en una manifestación de su poder y gloria, pero sobre todo de su Amor, a todo el que se cruce en nuestro camino.

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REFLEXIÓN PARA EL LUNES 04-01-21 – TIEMPO DE NAVIDAD

La Liturgia continúa llevándonos de la mano a través del tiempo de Navidad, que culmina el próximo domingo, con la Fiesta del Bautismo del Señor.

La lectura evangélica (Jn 1,35-42), de hoy nos presenta la vocación de los primeros discípulos. En el caso de estos, el llamado no comienza directamente de boca de Jesús. Muchas veces Jesús se vale te personas para llamarnos; por eso tenemos que estar atentos a la voz de nuestros hermanos. En este caso se valió de Juan el Bautista, quien les señala la persona de Jesús y les dice: “Éste es el Cordero de Dios”. Tal fue la impresión que causó la presencia de Jesús en estos discípulos, que nos cuenta la escritura que: “los dos discípulos oyeron (las) palabras (de Juan) y siguieron a Jesús”. Cada vez que leo la vocación de cada uno de los discípulos de Jesús trato de imaginarme su mirada penetrante, su carisma, su magnetismo, imposible de resistir. Un encuentro que provoca un seguimiento…

Seguimiento que a su vez provoca las primeras palabras de Jesús en las Sagradas Escrituras: “¿Qué buscáis?”. Pudo haberles preguntado sus nombres, hacia dónde se dirigían, por qué le seguían… No olvidemos que Jesús es Dios, que conoce nuestros pensamientos. Él sabía lo que buscaban. Tan solo quería una confirmación; no para Él, sino para ellos mismos.  Eso me hace preguntarme a mí mismo: ¿Busco yo seguir a Jesús? Si Jesús me preguntara: “Y tú, ¿qué buscas?” ¿Qué le contestaría?

Los discípulos le contestaron con otra pregunta: “Rabí (que significa Maestro), ¿dónde vives?” Pregunta que implica un deseo de seguirlo, conocerlo mejor, permanecer con Él. Es ahí que se produce el llamado (vocación) de labios de Jesús: “Venid y lo veréis”. Nos dice el Evangelio que entonces los discípulos “fueron, vieron dónde vivía y se quedaron con él aquel día”. Tal fue la impresión que esa experiencia causó en el evangelista, que hasta recuerda la hora: “serían las cuatro de la tarde”.

Me pregunto sobre qué les habrá hablado Jesús durante esa tarde. Se me ocurren dos temas obligados: el Reino (Lc 4,43) y el Amor (Mc 12,28-31). Siempre pienso en la mirada de Jesús, y trato de imaginarla…, y se me eriza la piel… Lo cierto es que tan impresionados quedaron los discípulos con la experiencia de Jesús, que tan pronto salieron, uno de ellos, Andrés, encontró a su hermano Simón y no pudo contenerse. Antes de saludarle, como impulsado por un celo inexplicable exclama: “Hemos encontrado al Mesías (que significa Cristo)”.

Esa es la conducta de todo el que ha tenido un encuentro personal con Cristo. Hemos sido arropados por su Amor, y ese amor nos obliga a compartirlo, a proclamarlo, a anunciarlo a todos. ¿Siento yo ese deseo incontrolable de compartir mi experiencia de Jesús con todo el que se cruza en mi camino? Si no lo siento, tengo que preguntarme: ¿He tenido real y verdaderamente un encuentro con Jesús? ¿Me he abierto a su Amor incondicional?

Hace apenas unos días celebrábamos el nacimiento del Niño Dios. La próxima pregunta obligada es: ¿Le he permitido “nacer” en mi corazón?

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¿Cuándo termina la Navidad? Sacerdote lo aclara

“Navidad no es solo un día, sino una temporada completa”…

Un sacerdote de Filipinas, el P. Rolly Arjonillo, recordó que la Navidad no termina con la celebración del 25 de diciembre, sino que para los católicos este tiempo debe seguir celebrándose.

“Después de cuatro semanas de preparación en Adviento para este evento tan importante en la historia de la humanidad, toda la Iglesia y el mundo cristiano están llenos de alegría y gratitud a la Santísima Trinidad, a la Madre María y a San José, ya que finalmente se conmemora el nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo, Rey y Salvador”, dijo el P. Rolly a través de la página de Facebook y el sitio web de “Católicos Esforzándose por la Santidad”.

Como indica CBCP News, el sacerdote dijo que la liturgia de la Iglesia señala que la Navidad no es solo un día, sino una temporada completa que dura desde la víspera de Navidad, el 24 de diciembre, hasta la fiesta del Bautismo del Señor (generalmente el domingo después de la Epifanía).

“La proclamación navideña del nacimiento del Salvador debe impregnar todos los momentos de nuestra existencia, convencidos de que el inmenso amor de Dios por cada uno de nosotros está siempre dispuesto a hacer lo necesario para llevarnos a la felicidad sin fin y para la vida eterna. Él está con nosotros siempre y nunca nos abandonará”, continuó el presbítero.

Finalmente, dijo que el católico debe hacer de esta Navidad “un encuentro nuevo y especial con Dios, si lo contemplamos y entramos en la verdadera Natividad de Cristo”.

Tomado de: https://www.aciprensa.com/noticias/cuando-termina-la-navidad-sacerdote-lo-aclara-43093?fbclid=IwAR0gNtTUlG7j7P6WbUngg20Fvsx8Gn6O_UOOzaz5qu1n6mHBCmU7O_xeAiU

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REFLEXIÓN PARA EL SÁBADO DENTRO DEL TIEMPO DE NAVIDAD 02-01-21

“En medio de vosotros hay uno que no conocéis, el que viene detrás de mí, y al que no soy digno de desatar la correa de la sandalia”.

Continuamos el tiempo de Navidad, que nos llevará hasta la Fiesta de la Epifanía. La liturgia de esta semana está dominada por san Juan apóstol y evangelista (primera y segunda lecturas).

Durante todo el Adviento estuvimos preparándonos, anticipando la llegada del Salvador, a quien hemos encontrado en la Navidad; Emmanuel, “Dios-con-nosotros”. En la primera lectura (1 Jn 2,22-28), Juan nos hace un llamado a no alejarnos de ese Dios que ha “acampado” entre nosotros. Nos exhorta a acampar en Él como Él lo ha hecho entre nosotros. Y el verbo que resuena a lo largo de toda la lectura es “permanecer”. La invitación de Juan es a que permanezcamos en Él (que es uno con el Padre), en Su palabra, en Su “unción”. De ese modo no nos dejaremos engañar por los “anticristos”, y seremos acreedores de Su promesa de vida eterna. Juan llama anticristos a todos los que no creen que Jesús es el Mesías enviado por Dios que ha asumido nuestra carne mediante el misterio de la Encarnación.

El llamado de Juan es apropiado para esta época en que todavía estamos celebrando la Navidad y el comienzo de un nuevo año calendario. Si esa alegría desparece junto a los árboles de Navidad, las guirnaldas, las bombillas de colores, y los Belenes, lo que tuvimos fue una “ilusión” de Navidad, quiere decir que Jesús no nació en nuestros corazones. Si, por el contrario, la Navidad continúa dentro de nosotros durante todo el año, Dios obrará maravillas en nuestras vidas. Y esas maravillas no necesariamente se reflejarán en milagros espectaculares. El verdadero milagro será nuestra forma de enfrentar la vida cotidiana y los retos que esta nos lanza, con la certeza de que Dios habita en nosotros y nosotros en Él.

En la segunda lectura retomamos el Evangelio según san Juan (1,19-28) con el testimonio de Juan el Bautista. Todos estaban deseosos de la llegada del Mesías y se preguntaban si Juan lo sería. Veían en Juan una actitud diferente; hablaba con la autoridad que proporciona el “creer” lo que se dice. Así, Juan se convierte en la “voz” de la Palabra. Entre la multitud anónima había un grupo de fariseos, quienes ante la negativa de Juan sobre su identidad con el Mesías, le preguntan que por qué bautiza. Juan no entra en discusiones sobre su bautismo, y se limita a señalar: “Yo bautizo con agua; en medio de vosotros hay uno que no conocéis, el que viene detrás de mí, y al que no soy digno de desatar la correa de la sandalia”.

“En medio de ustedes hay uno que no conocen”. Dios está entre nosotros todos los días de nuestra vida, pero no lo reconocemos (Cfr. Mt 25,40). Si la Navidad no fue para nosotros una celebración fugaz, sino una experiencia que ha de permanecer en nuestros corazones a lo largo del año que comienza, nos convertiremos, al igual que Juan Bautista, en testigos de Jesús, en la “voz” de la Palabra hecha carne. Y al igual que Juan, allanaremos el camino para que otros lo conozcan y reciba en sus corazones. Así, todo el año será Navidad…

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REFLEXIÓN PARA LA SOLEMNIDAD DE SANTA MARÍA MADRE DE DIOS 01-01-21

“Este Dios es mi hijo. Esta carne divina es mi carne. Ha sido hecho por mí; tiene mis ojos y el trazo de su boca es como el de la mía; se me parece. ¡Es Dios y se me parece!”

Comenzamos un nuevo año celebrando la Solemnidad de Santa María, Madre de Dios. Durante la octava de Navidad que culmina hoy hemos estado contemplando el misterio de la Encarnación del Hijo de Dios en la persona de aquel Niñito que nació en un establo de Belén. Hoy levantamos la mirada hacia la Madre que le dio la vida humana y fue la primera en adorarle, teniéndolo aún en su vientre virginal. Aquella a quien se refiere san Pablo en la segunda lectura de hoy (Gál, 4,4-7) al decir: “Cuando se cumplió el tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer, nacido bajo la Ley, para rescatar a los que estaban bajo la Ley, para que recibiéramos el ser hijos por adopción”. Aunque no la menciona por su nombre, este es el texto más antiguo del Nuevo Testamento que hace referencia a la Madre de Jesús.

La Maternidad Divina es también el dogma mariano más antiguo de la Iglesia, decretado por el Concilio de Éfeso en el año 431, que la declaró theotokos, término griego que literalmente quiere decir “la que parió a Dios”.

En esta solemnidad tan especial, en lugar de comentar las escrituras como solemos hacer, me gusta compartir un corto ensayo escrito por un ateo (Jean Paul Sartre), quien logró captar como ninguno ese misterio de la maternidad divina.

“La Virgen está pálida y mira al niño. Lo que yo habría querido pintar sobre su cara es una maravillosa ansiedad que nada más ha aparecido una vez sobre una figura humana. Porque Cristo es su niño, la carne y el fruto de sus entrañas. Ella le ha llevado nueve meses, y le dará el pecho, y su leche se convertirá en sangre de Dios. Y por un momento la tentación es tan fuerte que se olvida de que él es Dios. Le aprieta entre sus brazos y le dice: ‘Mi pequeño’. Pero en otros momentos se corta y piensa: ‘Dios está ahí’, y ella es presa de un religioso temor ante ese Dios mudo, ante ese niño aterrador. Porque todas las madres se sienten a ratos detenidas ante ese trozo rebelde de su carne que es su hijo, y se sienten desterradas ante esa nueva vida que se ha hecho con su vida y que tiene pensamientos extraños. Pero ningún niño ha sido tan cruel y rápidamente arrancado de su madre que éste, porque es Dios y sobrepasa con creces lo que ella pueda imaginar.

“Pero yo pienso que también hay otros momentos, rápidos y escurridizos, en los que ella siente que a la vez que Cristo es su hijo, su pequeño, y que es Dios. Ella le mira y piensa: ‘Este Dios es mi hijo. Esta carne divina es mi carne. Ha sido hecho por mí; tiene mis ojos y el trazo de su boca es como el de la mía; se me parece. ¡Es Dios y se me parece!’

“Y a ninguna mujer le ha cabido la suerte de tener a su Dios para ella sola; un Dios tan pequeño que se le puede tomar en brazos y cubrir de besos, un Dios tan cálido que sonríe y respira, un Dios que se puede tocar y que ríe. Y es en uno de esos momentos cuando yo pintaría a María si supiera pintar…”

Que el año que acaba de comenzar sea uno lleno de bendiciones para todos. Pidamos a Santa María, Madre de Dios, que nos lleve de su mano hacia su Hijo, que es también nuestro hermano. ¡Feliz Año Nuevo!

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