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“Él, apartándolo de la gente a un lado, le metió los dedos en los oídos y con la saliva le tocó la lengua”.
El relato evangélico que contemplamos en la
liturgia para hoy (Mc 7,31-37) nos presenta el episodio de la curación del
sordomudo. Estando en territorio pagano, de regreso a Galilea (en las fronteras
del Líbano), le traen “un sordo que, además, apenas podía hablar; y le piden
que le imponga las manos”. Jesús, apartándolo a un lado, le introduce los dedos
en los oídos y le toca la lengua con saliva. Luego invoca al Padre (“mirando al
cielo”) y dice: “Effetá, que quiere
decir ‘Ábrete’” (recordemos que Marcos escribe su relato evangélico para los
paganos de la región itálica; por eso pasa el trabajo de traducir los
arameismos). Nos dice la escritura que “al momento se le abrieron los oídos, se
le soltó la traba de la lengua y hablaba sin dificultad”.
Vemos en este episodio el cumplimiento de la
profecía de Isaías, cuando anunciaba al pueblo exiliado en Babilonia que sería
revestido con “el esplendor del Líbano”, y que los oídos de los sordos se
abrirían,… y la lengua de los mudos gritaría de alegría (Is 35,2.5-6). Este
milagro es un signo inequívoco de que la salvación ha llegado en la persona de
Jesús. Los presentes parecen reconocerlo cuando “en el colmo del asombro
decían: “Todo lo ha hecho bien; hace oír a los sordos y hablar a los mudos”. El
hecho de que el milagro se realice en territorio pagano (al igual que el
exorcismo que se nos presentaba en el pasaje que leíamos ayer) apunta, además, a
la universalidad de esa salvación.
Al milagro le sigue la petición de Jesús de
guardar silencio sobre el mismo (el llamado “secreto mesiánico”, típico del
evangelio según san Marcos), y la proclamación del mismo por todos los
presentes. Esta es la reacción típica de todo el que ha tenido la experiencia
de Jesús; no puede evitarlo, tiene que compartirla con todos.
En el rito del bautismo hay un momento que se
llama precisamente Effetá, en el cual
el ministro traza la señal de la cruz sobre los oídos y boca del bautizando
mientras pronuncia la misma palabra aramea que le dijo Jesús al “sordomudo” del
Evangelio de hoy. Esto, para que sus oídos se abran para escuchar la Palabra de
Dios y sus labios se abran para proclamarla.
Antes a estas personas se les llamaba
“sordomudos”, pero ahora se les llama “sordos”, pues se reconoce que su
condición es un problema de audición. No hablan porque no pueden escuchar;
viven aislados en un mundo de silencio. Así mismo nos pasa a nosotros cuando nos
cerramos a la Palabra de Dios. Pero si nos tornamos hacia Él y permitimos que
su Palabra sanadora penetre en nuestras almas, aún dentro de la sordera
espiritual que hemos vivido, podremos escuchar ese Effetá potente y sonoro que nos librará de las cadenas del silencio
espiritual. Y esa Palabra sanadora hará brotar agua en el desierto de nuestras
vidas, haciendo que esa agua brote de nosotros como un torrente (Is 35,7),
“salpicando” a todo el que se cruce en nuestro camino.
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“Tienes razón, Señor: pero también los perros, debajo de la mesa, comen las migajas que tiran los niños”.
La lectura evangélica de hoy (Mc 7,24-30) nos
presenta a Jesús en territorio pagano, en la región de Tiro, en Fenicia. Había
marchado allí huyendo del bullicio y el gentío que le seguía a todas partes.
Tenía la esperanza de pasar desapercibido, pero no lo logró. Jesús nunca busca
protagonismo ni reconocimiento. Por el contrario, se limita a curar y echar
demonios, pidiéndole a los que cura que no se lo digan a nadie (el famoso
“secreto mesiánico” del evangelio según san Marcos). Así es la obra de Dios;
así debe ser la de todo discípulo de Jesús; sin hacer ruido. Cada vez que veo a
uno de esos llamados “evangelistas”, o autodenominados “apóstoles” que hacen de
su misión un verdadero espectáculo digno de Broadway o Hollywood, me pregunto
qué dirá Jesús cuando los ve…
A pesar de mantener un perfil bajo, una mujer
sirofenicia que tenía una hija poseída por un espíritu impuro se enteró, y enseguida
fue a buscarlo y se le echó a los pies, rogándole que echase el demonio de su
hija. La reacción de Jesús puede dejarnos desconcertados si no la leemos en el
contexto y cultura de la época: “Deja que coman primero los hijos. No está bien
echarles a los perros el pan de los hijos”. La mujer no se dejó disuadir por el
aparente desplante de Jesús: “Tienes razón, Señor: pero también los perros,
debajo de la mesa, comen las migajas que tiran los niños”. Como sucede en otras
ocasiones, Jesús se conmueve ante aquél despliegue de fe (¿qué madre no pone en
los pies de Jesús los problemas y enfermedades de sus hijos?): “Anda vete, que
por eso que has dicho, el demonio ha salido de tu hija”.
Aquella mujer pagana creyó en Jesús y en su
Palabra, y creyó que Jesús podía curar a su hija. Por eso no se rindió y
continuó insistiendo (Cfr. Lc 11,13;
18,1-8). De ese modo “disparó” Su poder sanador. “Pedid y se os dará; buscad y
hallaréis; llamad y se os abrirá” (Mt 7,7).
Otro detalle de este pasaje es que, con sus
palabras y su gesto, Jesús abrió las puertas a los paganos, apartándose así del
pensamiento judío de exclusividad como “pueblo elegido”. La figura del
“alimento de los hijos” se refiere al mensaje de salvación que había sido dado
primero al pueblo de Israel. Las migajas que los niños tiran a los “perros” se
refieren a la Buena Noticia de salvación que se comparte con los pueblos
“paganos”.
Pablo, el apóstol de los gentiles, lo expresó
con elocuencia: “Toda diferencia entre judío y no judío ha quedado superada,
pues uno mismo es el Señor de todos, y su generosidad se desborda con todos los
que le invocan” (Rm 10,12). “Todos vosotros, los que creéis en Cristo Jesús,
sois hijos de Dios. Ya no hay distinción entre judío y no judío, ni entre
esclavo y libre, ni entre varón y mujer. En Cristo Jesús, todos sois uno” (Gál.
26,28).
Una Iglesia universal (católica), abierta a
todo el que crea en Jesús y su mensaje salvífico.
“Escuchad y entended todos: Nada que entre de
fuera puede hacer al hombre impuro; lo que sale de dentro es lo que hace impuro
al hombre. El que tenga oídos para oír, que oiga”. Con esas palabras de Jesús,
dirigidas a todos los que le rodeaban, comienza la lectura evangélica que nos
brinda la liturgia para hoy (Mc 7,14-23).
Esta lectura es continuación del Evangelio que
leíamos ayer, en el que un grupo de fariseos y escribas se había acercado a
Jesús para criticarle que sus discípulos no seguían los ritos de purificación
exigidos por la Mitzvá para antes de
las comidas, específicamente las relativas a lavarse las manos de cierta manera
antes de comer.
Jesús critica el fariseísmo de aquellos que
habían creado todo un cuerpo de preceptos que llegaban inclusive a suplantar la
Ley de Dios, imponiendo sobre el pueblo unas cargas muy pesadas que ellos
mismos no estaban dispuestos a soportar (Cfr.
Mt 23,4). Esos preceptos mostraban una obsesión con la pureza ritual cuyo
cumplimiento se tornaba en algo vacío, que se quedaba en un ritualismo formal
que no guardaba relación con lo que había en su corazón. Por eso una vez más
les tildó de “hipócritas”.
Hoy vemos cómo Jesús, una vez más “regaña” a
sus discípulos cuando le piden que les explique qué quería decir con sus
palabras, llamándoles “torpes” por no haber comprendido. No obstante, se sienta
a enseñarles con paciencia: “Nada que entre de fuera puede hacer impuro al
hombre, porque no entra en el corazón, sino en el vientre, y se echa en la
letrina” (Marcos nos dice que con esto declaraba puros todos los alimentos). Y
siguió: “Lo que sale de dentro, eso sí mancha al hombre. Porque de dentro, del
corazón del hombre, salen los malos propósitos, las fornicaciones, robos,
homicidios, adulterios, codicias, injusticias, fraudes, desenfreno, envidia,
difamación, orgullo, frivolidad. Todas esas maldades salen de dentro y hacen al
hombre impuro”.
Lo cierto es que en ningún lugar del decálogo
dice qué alimentos podemos consumir ni cómo tenemos que purificar nuestras
manos, brazos, etc. Lo que sí dice es que no se puede fornicar, ni robar, ni
matar, ni cometer adulterio, codiciar, etc. Esas son las cosas que tornan al
hombre impuro porque son fruto de la maldad que sale de su corazón.
Una vez más Jesús nos recuerda que Dios no se
fija en lo exterior al momento de juzgarnos; Él, que “ve en lo oculto” (Mt 6,6),
mirará la pureza o impureza de nuestro corazón. A esa mirada nadie puede
escapar… Pidámosle pues, al Señor que nos conceda un corazón puro como el de un
niño (Cfr. Mt 18,4), de manera que de
nuestro corazón no salga nada que pueda tornarnos impuros. “Por sus obras los
conoceréis” (Mt 7,15-20). ¿Quién dijo que el fariseísmo había desaparecido?
Meditando sobre esta lectura, digamos a Dios
con humildad: “Señor, dame un corazón puro que sea agradable a ti”.
“Los fariseos, como los demás judíos, no comen sin lavarse antes las manos, restregando bien, aferrándose a la tradición de sus mayores”…
La lectura evangélica de hoy (Mc 7,1-13), nos sitúa de lleno nuevamente en la pugna entre Jesús y los escribas y fariseos; la controversia entre “cumplir” la Ley al pie de la letra, relegando el amor y la misericordia a un segundo plano, como proponen los fariseos, y la primacía del amor que predica Jesús.
La lectura comienza diciendo que “se acercó a Jesús un grupo de fariseos con algunos escribas de Jerusalén”. Aquí Marcos quiere enfatizar la diferencia entre Galilea y Jerusalén. Jesús ha desarrollado su misión mayormente en el territorio de Galilea; allí ha calado hondo su anuncio de Reino, allí ha obrado milagros y ganado adeptos. Por el contrario, de Jerusalén siempre ha venido la crítica, la oposición virulenta a su mensaje liberador. Allí vivirá su Pascua (Pasión, muerte y resurrección).
Los fariseos y escribas, con el propósito obvio de desprestigiar o hacer desmerecer la persona de Jesús ante los presentes, critican a Jesús y sus discípulos por no seguir los rituales de purificación previos a sentarse a comer. El mismo Marcos describe el ritual de purificación para sus lectores (recordemos que Marcos escribe su relato evangélico para los paganos de la región itálica que no conocían las costumbres judías; por eso también explica los arameismos con que salpica en ocasiones su relato): “Los fariseos, como los demás judíos, no comen sin lavarse antes las manos, restregando bien, aferrándose a la tradición de sus mayores, y, al volver de la plaza, no comen sin lavarse antes, y se aferran a otras muchas tradiciones, de lavar vasos, jarras y ollas”.
Jesús arremete contra el legalismo de los fariseos: “Bien profetizó Isaías de vosotros, hipócritas, como está escrito: ‘Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. El culto que me dan está vacío, porque la doctrina que enseñan son preceptos humanos.’ Dejáis a un lado el mandamiento de Dios para aferraros a la tradición de los hombres”. Está claro, los fariseos habían convertido el decálogo en un complejo cuerpo de preceptos (la Mitzvá), compuesto por 613 mandamientos que todo judío venía obligado a cumplir. De ahí que Jesús en un momento diga a los fariseos: “Atan pesadas cargas y las ponen sobre los hombros de los demás, mientras que ellos no quieren moverlas ni siquiera con el dedo” (Mt 23,4). La hipocresía, el legalismo ritual vacío.
Jesús está claro, la tradición está basada en el decálogo. Pero esa tradición, propia del pueblo judío, tiene que ceder ante las exigencias del anuncio de la Buena Nueva del Reino a otros pueblos que no tienen la misma cultura, las mismas tradiciones. No podemos establecer un abismo entre lo “sagrado” y el mundo, pues estamos llamados a vivir y proclamar nuestra fe en este mundo. Y esa fe está fundamentada en el amor y la caridad. La tradición es secundaria y tiene que ceder ante estas.
No puede haber prácticas piadosas que aprisionen las obras de misericordia corporales y espirituales. Pues como escribía San Juan de la Cruz, “en el atardecer de nuestras vidas, seremos juzgados en el amor”.
Me apena decirlo, pero ¡qué muchos fariseos hay en nuestra Iglesia! El que tenga oídos, que oiga.
El relato evangélico que nos presenta la
liturgia de hoy (Mc 6,53-56), nos muestra a Jesús y sus discípulos llegando a
Genesaret, inmediatamente después del episodio en que Jesús caminó sobre las
aguas. Una vez más encontramos a Jesús curando enfermos: “cuando se enteraba la
gente dónde estaba Jesús, le llevaban los enfermos en camillas. En la aldea o
pueblo o caserío donde llegaba, colocaban a los enfermos en la plaza y le
rogaban que les dejase tocar al menos el borde de su manto; y los que lo
tocaban se ponían sanos”. La fama de Jesús seguía creciendo, sobre todo después
de la “primera multiplicación de los panes” (Mc 6,30-44), que había suscitado
un entusiasmo desbordante.
El poder de la fe. Como hemos dicho en
ocasiones anteriores, la fe es el “gatillo” que dispara el poder de Dios.
Aquella gente creía, y actuaba conforme a su fe. Creían que con tan solo tocar
el borde de su manto sanarían, pero no se conformaban con creer, hacían el
esfuerzo hasta tocar el manto, y se obraba el milagro; como la hemorroísa (Mc
5,25-34), quien se arrastró hasta tocar el manto de Jesús. Aquella mujer, por
padecer flujos de sangre era considerada “impura” y no podía tocar a ningún
hombre, so pena de ser lapidada. Pero tuvo fe, actuó conforme a esa fe, y fue
curada.
Encontramos un patrón que se repite: Jesús y
sus discípulos tratando de encontrar un lugar donde descansar. En esta ocasión
acababan de llegar de misionar, y para llegar a Genesaret habían tenido que
remar largo rato contra un viento contrario. Necesitaban el descanso. Pero la
gente se los impedía. Por más que trataran de pasar desapercibidos, siempre los
encontraban. Y como siempre, Jesús se compadece. No puede permanecer ajeno al
dolor y enfermedad ajenos. El descanso tendrá que esperar…
Nos llamamos discípulos de Jesús. Una de las
características del discípulo es que sigue al Maestro, lo imita. Este pasaje
nos llama a hacer introspección. ¿Cómo reaccionamos ante el dolor las
necesidades, la soledad de nuestros hermanos? (¡Cuántos de nuestros viejos
mueren de soledad!) ¿Los atendemos, los acompañamos, los ayudamos, los
escuchamos cuando lo necesitan o, por el contrario, lo hacemos cuando “podamos”
o “tengamos tiempo”? ¿Anteponemos nuestra comodidad, nuestros placeres,
nuestras “necesidades” por encima de la misericordia? ¡Cuántas veces, al
encontrarnos ante la necesidad de un hermano nos hacemos de la vista larga o
“damos un rodeo” para no enfrentarnos a la situación, como el sacerdote y el
levita de la parábola del buen samaritano (Lc 10,25-37)!
No nos podemos quedar en el hecho del milagro;
tenemos que ver más allá para encontrar su verdadero significado. No podemos
perder de vista que los milagros de Jesús son producto de su gratuidad, de su
Amor infinito, de su Misericordia…
Todas las obras de Dios son buenas, por eso
debemos alabarle con el salmista: “Bendice, alma mía, al Señor, ¡Dios mío, qué
grande eres!” (Sal 103).
Que pasen una hermosa semana alabando y
bendiciendo al Señor, comenzando por el regalo de la vida.
“Y, puestos a la obra, hicieron una redada tan grande de peces que las redes comenzaban a reventarse”.
Las lecturas que nos ofrece la liturgia para este
quinto domingo del Tiempo Ordinario giran en torno al tema vocacional. Como
hemos dicho en ocasiones anteriores, la palabra vocación viene del latín vocatio, que a su vez se deriva del
verbo vocare, que quiere decir
“llamar”. Es decir, cuando hablamos de vocación en términos religiosos, nos
referimos a ese “llamado” que Dios hace a cada cual para una misión en
particular.
La primera lectura (Is 6,1-2a.3-8), nos narra
la vocación de Isaías. Es un pasaje hermoso preñado de símbolos bíblicos,
incluyendo el humo (nube), símbolo de la presencia de Dios, el trono y la orla
del manto, que significan la gloria de Dios, y el coro de querubines que
cantan: “¡Santo, santo, santo, el Señor de los ejércitos, la tierra está llena
de su gloria!”, un superlativo que manifiesta la Majestad divina.
Pero el punto culminante lo encontramos cuando
uno de los serafines pasa un carbón encendido por los labios de Isaías y le
purifica sus labios (vocación profética), junto al Señor que dice, como
pensando en voz alta (Dios no se impone): “¿A quién mandaré? ¿Quién irá por mí?”.
A lo que el profeta contesta: “Aquí estoy, mándame”.
En la segunda lectura (1 Cor 15,11), san Pablo
nos narra cómo el Señor le “llamó”, convirtiéndolo del más acérrimo perseguidor,
al apóstol de los gentiles, encargado de predicar la Buena Noticia a todos los
pueblos paganos.
El Evangelio (Lc 5,1-11), nos mezcla la
vocación de los primeros discípulos, Simón y los hijos del Zebedeo (Santiago y
Juan), con el pasaje de la pesca milagrosa. Cabe notar que en el relato
evangélico de Juan, la vocación de los primeros discípulos aparece al principio
(1,35 y ss.), y la pesca milagrosa nos la narra en un “apéndice”, luego de la
Resurrección. Todo esto obedece a un fin pedagógico, que en otro momento
desarrollaremos.
Los tres relatos, aunque diferentes, tienen dos
elementos en común: el sentido de indignidad de los llamados, y su disponibilidad.
En la primera lectura: “¡Ay de mí, estoy perdido! Yo, hombre de labios impuros,
que habito en medio de un pueblo de labios impuros”, y luego: “Aquí estoy,
mándame”. En la segunda lectura: “Porque yo soy el menor de los apóstoles y no
soy digno de llamarme apóstol, porque he perseguido a la Iglesia de Dios. Pero
por la gracia de Dios soy lo que soy, y su gracia no se ha frustrado en mí.
Antes bien, he trabajado más que todos ellos”. Finalmente, en la tercera
lectura: “Apártate de mí, Señor, que soy un pecador”, y luego: “Ellos sacaron
las barcas a tierra y, dejándolo todo, lo siguieron”. El mensaje es claro: Dios
no escoge a los capacitados, Dios capacita a los que escoge.
Lo cierto es que todos hemos recibido una
vocación de parte de Dios, cada uno según la diversidad carismas que el
Espíritu ha manifestado en cada cual, para el provecho común (Cfr. 1 Co
12,1-11). Pero Dios no nos obliga, tenemos que “aceptar” nuestra misión.
Y tú, ¿estás dispuesto a dejarlo todo (aquello
que te impide aceptar tu misión, por sencilla que sea) y decir: “Aquí estoy,
mándame”? ¡Atrévete!
Jesús sintió “lástima de ellos, porque andaban como ovejas sin pastor; y se puso a enseñarles con calma”.
La lectura del Evangelio que la liturgia nos
propone para hoy (Mc 6,30-34) retoma la narración del primer “envío” que
leíamos el pasado jueves (Mc 6,7-13). Hoy se nos presenta el regreso de los
apóstoles de esa misión. El evangelista no nos dice cuánto tiempo estuvieron
misionando, solo nos dice que “los apóstoles volvieron a reunirse con Jesús y
le contaron todo lo que habían hecho y enseñado”. Me imagino el entusiasmo de
los apóstoles contando todas sus peripecias durante la misión. Había llegado la
hora del “informe”, de comparar notas con el Maestro, de recibir crítica
constructiva de Él.
Así debería ser la Asamblea eucarística del
domingo. Cada vez que terminamos la misa, con el rito de conclusión, el
sacerdote nos “envía” a la aventura de la vida a vivir lo que celebramos,
llevando a Jesús en nuestros corazones, para que con nuestros quehaceres
diarios alabemos y bendigamos al Señor. Así, después de nuestra “misión”
durante la semana, nos reunimos nuevamente el siguiente domingo en torno a la
mesa con Jesús, tal como lo hicieron los apóstoles en el pasaje evangélico de
hoy. Cuando el Señor nos pregunte sobre la misión que nos encomendó, ¿qué le
vamos a decir?
Jesús está consciente de que después del viaje
misionero los apóstoles deben estar cansados y hambrientos. Por eso les dice: “Venid
vosotros solos a un sitio tranquilo a descansar un poco”. El descanso y la
alimentación son necesarios para mantenerse saludables y poder continuar
predicando. En la celebración eucarística del domingo el Señor nos brinda un
espacio de descanso de los trajines de la vida diaria, y nos alimenta con su
Palabra y su Persona.
Continúa diciendo el relato que era tanta la
gente que “no encontraban tiempo ni para comer”. Se montaron en una barca para
ir a otro lugar tranquilo, pero la gente los siguió corriendo por la orilla del
lago y se les adelantaron.
Al ver a la gente, Jesús sintió “lástima de
ellos, porque andaban como ovejas sin pastor; y se puso a enseñarles con calma”.
Vio la necesidad, el hambre espiritual de aquella multitud, y se sintió
conmovido, al punto del sacrificio. Aquí se destaca otra dimensión de Jesús. En
este pasaje Marcos nos presenta, no tanto el gran hacedor de milagros, sino el
Pastor que cuida de su rebaño, aludiendo a una figura que encontramos en el
antiguo testamento para referirse al pueblo de Israel que se había descarriado:
“He visto a todo Israel disperso por las montañas, como ovejas sin pastor” (1
Re 22,17). Asimismo, nos lo presenta como el hombre sensible, que se compadece.
Recordemos que Marcos es quien más acentúa la dimensión humana de Jesús, quien habla
con toda naturalidad de las emociones intensas de Jesús.
Trato de imaginar qué le diría Jesús a aquella
multitud. Marcos no nos ofrece detalles sobre el contenido de la enseñanza de
Jesús. Debemos suponer que les hablaba de la llegada del Reino, pues Marcos
había establecido esto como la misión de Jesús, desde el comienzo de su Evangelio
(1,14-15).
Esa es también nuestra misión (Mc 16,15). ¿Aceptas
el reto?