REFLEXIÓN PARA EL TRIGÉSIMO PRIMER DOMINGO DEL T.O. -CICLO B- 31-10-21

En aquel tiempo, un escriba se acercó a Jesús y le preguntó: «¿Qué mandamiento es el primero de todos?»

La liturgia de este trigésimo primer domingo del Tiempo Ordinario, nos presenta la versión de Marcos (12,28b-34) del pasaje en que un escriba preguntó a Jesús que cuál de los mandamientos era el más importante; a lo que Jesús respondió: “El primero es: ‘Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser’. El segundo es éste: ‘Amarás a tu prójimo como a ti mismo’. No hay mandamiento mayor que éstos”.

De entrada hay que señalar que su interlocutor le pregunta cuál es el primero de los mandamientos, y Jesús no se limita a uno. Echa mano de dos preceptos contenidos en la Ley (Dt 6,4 y Lv 19,18), y los funde en uno solo, con un elemento común: el Amor. El primero de ellos, el “Shemá”, que los judíos aún repiten a diario y hasta tienen escrito en un pequeño rollo que colocan en las jambas de las puertas de sus casas en un envase que llaman “Mezuzá”. El segundo, tomado de la parte del libro del Levítico que trata sobre la “humanidad en la vida diaria”.

De esa manera Jesús pone la ley del Amor por encima del culto ritual que los judíos habían llevado al extremo, convirtiendo los diez mandamientos originales en 613 preceptos, que se habían convertido en una “pesada carga” (Cfr. Mt 23,4) casi imposible de llevar. A eso se refería cuando dijo que no había venido a abolir la ley ni los profetas, sino a darle plenitud. Y esa plenitud consiste en ver e interpretar la Ley desde la óptica del Amor. Como dijera el papa San Juan Pablo II: “La relación del hombre con Dios no es una relación de temor, de esclavitud o de opresión; al contrario, es una relación de serena confianza, que brota de una libre elección motivada por el amor”.

Uno de mis autores favoritos, Piet Van Breemen, nos dice: “Este anuncio del amor de Dios es el núcleo central del mensaje evangélico. Si comprendemos esto con nuestro corazón, podremos a la vez amar a Dios, y su amor nos hará capaces, a su vez, de amar a nuestro prójimo”. Es decir, si nos abrimos al amor de Dios, ese amor va a inundar todo nuestro ser y se va a proyectar, o más bien “derramar”, sobre nuestro prójimo. Habremos llegado a la plenitud del Amor, que es Dios. De ahí que san Juan diga que miente todo el que dice que ama a Dios pero no ama a su prójimo (1Jn 4,20). Porque si amamos a Dios podremos ver su rostro reflejado en el hermano, especialmente el más necesitado, y no tendremos más remedio que amarle tal cual es; como Dios nos ama a nosotros. Cuando amamos de verdad no hay nada que no estemos dispuestos a hacer por nuestro prójimo. Porque que lo que se hace por amor adquiere un nuevo significado. El amor hace que cualquier yugo sea suave, y cualquier carga ligera (Mt 11,30).

Hoy, día del Señor, pidámosle que nos permita vivir sus mandamientos, especialmente el más importante, no como cargas “impuestas”, sino como respuesta amorosa. Y no olvides visitarle en su Casa, Él te espera para derramar su Amor infinito sobre ti.

REFLEXIÓN PARA EL TRIGÉSIMO DOMINGO DEL T.O. -CICLO B- 24-10-21

Muchos lo regañaban para que se callara. Pero él gritaba más: «Hijo de David, ten compasión de mí.»

“Jesús le dijo: «¿Qué quieres que haga por ti?» El ciego le contestó: «Maestro, que pueda ver.» Jesús le dijo: «Anda, tu fe te ha curado.» Y al momento recobró la vista y lo seguía por el camino”. Así finaliza el Evangelio que nos propone la liturgia para hoy, trigésimo domingo del Tiempo Ordinario (Mc 10,46-52).

“Maestro, que pueda ver”. Una frase tan directa y sencilla como profunda y compleja, pues encierra un cambio radical en la vida de aquél hombre; una vida nueva. Pasar de las tinieblas a la luz, de la dependencia a la autosuficiencia, de la tristeza a la alegría, de la baja autoestima a la plena realización.

“Maestro, que pueda ver”. Somos tantos los ciegos que andamos vagando por el mundo de las tinieblas sin alcanzar a ver la luz… Porque a veces la verdadera ceguera no es la ceguera física, sino la ceguera espiritual; esa que nos impide ver el rostro de Jesús. ¡Cuántas veces le pasamos por al frente, o Él pasa a nuestro lado y no lo reconocemos!

“Maestro, que pueda ver”. ¡Cuán distinta sería nuestra vida si lográramos ver el rostro de Jesús; el de Ése que nos ama tanto que dio su vida por nosotros! No lo podemos ver porque nuestros ojos están cubiertos por las “escamas” de nuestros pecados, nuestros orgullos, nuestro egoísmo, nuestra hipocresía, nuestra falta de fe.

“Maestro, que pueda ver”. Si abrimos nuestros corazones al amor de Dios que se derrama sobre nosotros y que se llama Espíritu Santo, esas “escamas” se disolverán y caerán de nuestros ojos, y comenzaremos a ver, como le ocurrió a Saulo de Tarso (Cfr. Hc 9,18), y a Bartimeo en el pasaje evangélico de hoy. Cuando aquél hombre recuperó la vista lo primero que vio fue el rostro de Jesús. Del mismo modo nosotros, una vez recuperemos la vista del alma, el primer rostro que veremos será el rostro de Jesús reflejado en el rostro del hermano más próximo, especialmente el más necesitado (Cfr. Mt 25,37-40). Entonces, al igual que Bartimeo, seguiremos tras los pasos de Jesús. Y la luz de su rostro apartará toda tiniebla de nuestra vida, como lo será en el último día (Cfr. Ap 22,5).

“Maestro, que pueda ver”. Que esa sea nuestra petición al Señor en este, su día. Y si lo hacemos con la fe de Bartimeo, Jesús nos dirá: “Anda, tu fe te ha curado”.

Que pasen todos un hermoso día en la Paz del Señor. No olviden visitar la Casa del aquél que es la luz del mundo (Jn 8,12).

REFLEXIÓN PARA EL VIGÉSIMO SÉPTIMO DOMINGO DEL T.O. -CICLO B- 03-10-21

“De los que son como ellos es el reino de Dios. Os aseguro que el que no acepte el reino de Dios como un niño, no entrará en él.

La primera lectura y el Evangelio que nos presentan la liturgia para este vigésimo séptimo domingo del tiempo ordinario (Gn 2,18-24 y Mc 10,2-16) tratan el tema del matrimonio, el origen divino y la indisolubilidad del mismo. Son las lecturas que acostumbramos escuchar en las celebraciones de dicho sacramento.

Sin menospreciar la importancia de las mismas, ni su relevancia para nuestros tiempos, hoy centraremos nuestra atención en los últimos versículos de la lectura evangélica: “Le acercaban niños para que los tocara, pero los discípulos les regañaban. Al verlo, Jesús se enfadó y les dijo: «Dejad que los niños se acerquen a mí: no se lo impidáis; de los que son como ellos es el reino de Dios. Os aseguro que el que no acepte el reino de Dios como un niño, no entrará en él.» Y los abrazaba y los bendecía imponiéndoles las manos” (ver. 13-16).

Sobre este último versículo, como nota exegética, cabe señalar que de todos los evangelistas Marcos es quien más acentúa la dimensión humana de Jesús, quien habla con la mayor naturalidad de las emociones intensas de Jesús. Así, por ejemplo, al narrar este pasaje, Marcos es el único que nos presenta ese gesto tierno de Jesús de abrazar a los niños (comparar con Mt 19,15; Lucas lo omite). De ese modo Marcos quiere presentarnos a un Jesús cercano, familiar, que conoce nuestros sentimientos y emociones. Verdadero Dios y verdadero hombre.

Está claro que los discípulos no trataban de impedir que los niños se acercaran a Jesús porque fuesen a molestarle, sino porque en la cultura judía los niños no valían nada. Con ese gesto de ternura y amor, seguido de las palabras “el que no acepte el reino de Dios como un niño, no entrará en él”, Jesús le dice a sus discípulos (y a nosotros) que el Reino no es cuestión de mérito, sino de humildad; que el Reino no es algo que tenemos que “buscar”, es algo que se nos ofrece por mera gratuidad; que tan solo tenemos que saber aceptarlo como lo hacen los niños, con la mayor naturalidad, sin creernos que “lo merecemos todo”.

El proceso es sencillo: “recibimos” el Reino, lo “aceptamos” con humildad, y “entramos” en él. Como lo haría un niño.

En este día del Señor, pidámosle la humildad y sencillez de espíritu para aceptar el anuncio y regalo del Reino, conscientes de que lo estamos recibiendo por pura gratuidad, no por mérito nuestro. “Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a pequeños. Sí, Padre, pues tal ha sido tu beneplácito. Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce bien al Hijo sino el Padre, ni al Padre le conoce bien nadie sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar” (Mt 11,25-26).

Y recuerda, si aún no has visitado la Casa del Padre, todavía estás a tiempo.

REFLEXIÓN PARA EL VIGÉSIMO QUINTO DOMINGO DEL T.O. – CICLO B – 19-09-21

“El que acoge a un niño como éste en mi nombre me acoge a mí; y el que me acoge a mí no me acoge a mí, sino al que me ha enviado”.

El Evangelio que nos brinda la liturgia de hoy (Mc 9,30-37) es el segundo anuncio de la pasión que Jesús hace a sus discípulos. El primero lo leíamos el pasado domingo (Mc 8,27-35). En esa ocasión veíamos a Pedro increpando a Jesús luego del anuncio, y a Jesús regañándolo por mirar con ojos de hombre los eventos que Él anticipaba, en lugar de verlos como hechos salvíficos.

En el relato evangélico de hoy vemos cómo, luego del anuncio de la pasión, los discípulos tampoco comprenden su alcance. En lugar de meditar sobre el mensaje de salvación que Jesús pretendía transmitirles, se pusieron a discutir entre sí quién era el más importante de ellos. De nuevo nos damos de frente con la naturaleza humana, que reúsa ver más allá de su propio bienestar, de su propia conveniencia. Una naturaleza humana marcada por la soberbia, que ha sido llamada “la madre de todos los pecados”, la que llevó a nuestros primeros padres a pretender ser iguales a Dios, introduciendo de ese modo el pecado y la muerte en el mundo.

Jesús, con la paciencia que lo caracteriza, luego de decirles que: “Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos”, toma un niño, lo pone en medio de todos, lo abraza, y dice: “El que acoge a un niño como éste en mi nombre me acoge a mí; y el que me acoge a mí no me acoge a mí, sino al que me ha enviado”. Para comprender el alcance de esa frase tenemos que entender que en la época de Jesús un niño no tenía derechos, era una mera posesión de sus padres, y si no los tenía y nadie lo acogía, valía lo mismo que un perro callejero. Jesús está enseñando a sus discípulos que ante el Padre la verdadera grandeza está en el servicio, sobre todo a los pobres y marginados, por quienes Él siempre mostró preferencia. Él mismo les daría la máxima lección de humildad lavando sus pies en la última cena.

Y no se trata de “dar”, se trata de “darse” a los demás. En Santa Teresa de Calcuta encontramos a alguien que supo entender a plenitud y poner en práctica el mensaje se Jesús. Abandonando todo, viviendo en extrema pobreza, supo darse en cuerpo y alma a los demás, especialmente a los más pobres de los pobres, en quienes aprendió a ver el rostro de Jesús; y acogiéndolos, era a Él a quien acogía; y no teniendo nada, se lo daba todo, les daba su amor. Como ella misma decía: “Cuanto menos poseemos, más podemos dar. Parece imposible, pero no lo es. Esa es la lógica del amor”.

Hoy, día del Señor, pidámosle nos conceda la humildad de espíritu que nos permita acercarnos a los más necesitados y ver en ellos el rostro de Jesús, de modo que acogiéndolos a ellos en Su nombre, lo acojamos a Él; y acogiéndolo a Él acojamos al Padre que lo envió.

Que pasen un lindo día y, si no lo han hecho aún, todavía están a tiempo de visitar la casa del Padre. ¡Bendiciones a todos!

REFLEXIÓN PARA EL VIGÉSIMO TERCER DOMINGO DEL T.O. – CICLO B – 05-09-21

Luego invoca al Padre y dice: Effetá, que quiere decir “Ábrete”. Al momento se le abrieron los oídos, se le soltó la traba de la lengua y hablaba sin dificultad.

El relato evangélico que contemplamos en la liturgia para hoy (Mc 7,31-37) nos presenta el episodio de la curación del sordomudo. Estando en territorio pagano (en las fronteras del Líbano), le traen “un sordo que, además, apenas podía hablar; y le piden que le imponga las manos”. Jesús, apartándolo a un lado, le introduce los dedos en los oídos y le toca la lengua con saliva. Luego invoca al Padre (“mirando al cielo”) y dice: Effetá, que quiere decir “Ábrete”. Nos dice la escritura que “al momento se le abrieron los oídos, se le soltó la traba de la lengua y hablaba sin dificultad”.

Vemos en este episodio el cumplimiento de la profecía de Isaías contenida en la primera lectura de hoy (Is 35,4,7a), cuando anunciaba al pueblo exiliado en Babilonia que “los oídos del sordo se abrirán”,… y “la lengua del mudo cantará”. Este milagro es un signo inequívoco de que la salvación ha llegado en la persona de Jesús. Los presentes parecen reconocerlo cuando “en el colmo del asombro decían: ‘Todo lo ha hecho bien; hace oír a los sordos y hablar a los mudos’.” El hecho de que el milagro se realice en territorio pagano, apunta a la universalidad de esa salvación.

Al milagro le sigue la petición de Jesús de guardar silencio sobre el mismo (el llamado “secreto mesiánico”, típico del evangelio según san Marcos), y la proclamación del mismo por todos los presentes. Esta es la reacción típica de todo el que ha vivido la experiencia de Jesús; no puede evitarlo, tiene que compartir su experiencia, proclamarlo a todos.

En el rito del bautismo hay un momento que se llama precisamente Effetá, en el cual el ministro traza la señal de la cruz sobre los oídos y boca del bautizando mientras pronuncia la misma palabra aramea que le dijo Jesús al “sordomudo” del Evangelio de hoy. Esto, para que sus oídos se abran para escuchar la Palabra de Dios y su boca se abra para proclamarla.

Antes a estas personas se les llamaba “sordomudos”, pero ahora se les llama “sordos”, pues se reconoce que su condición es un problema de audición. No hablan bien porque no pueden escuchar; viven aislados en un mundo de silencio.

Eso mismo nos pasa a nosotros cuando nos cerramos a la Palabra de Dios. Pero si nos tornamos hacia Él y permitimos que su Palabra sanadora penetre en nuestras almas, aún dentro de la sordera espiritual que hemos vivido, podremos escuchar ese Effetá potente y sonoro que nos librará de las cadenas del silencio espiritual; y esa Palabra sanadora hará brotar agua en el desierto de nuestras vidas, y esa agua brotará de nosotros como un torrente (Is 35,7). Entonces viviremos el Effetá que Jesús pronunció a través del ministro el día de nuestro bautismo, y proclamaremos a todos esa Palabra sanadora que hemos recibido.

Hoy es el día del Señor. Acude a Él y déjate penetrar por su Palabra sanadora. Entonces no podrás contenerte y saldrás a proclamar a todos que Jesucristo es el Señor…

REFLEXIÓN PARA EL DÉCIMO QUINTO DOMINGO DEL T.O. (B) 11-07-21

En este decimoquinto domingo de tiempo ordinario, la primera lectura está tomada la profecía de Amós (Am 7,12-15). Amós no fue muy bien visto en Israel (Reino del Norte), pues, además de ser un simple pastor, era de Judá (Reino del Sur) y, para colmo, vino a denunciar las infidelidades del pueblo de Israel contra Yahvé. Amasías, sacerdote de Betel (Betel era una de dos capitales religiosas del Reino Israel – junto con Dan), se siente amenazado, pues las denuncias de Amós le tocan directamente. Por eso se queja ante el rey Jeroboam, e intenta expulsar a Amós.

Amós se le enfrenta con la valentía que caracteriza a los enviados de Dios y contesta: “Yahvé me tomó de detrás del rebaño y me dijo: ‘Ve y profetiza a mi pueblo Israel’.” Y la respuesta de Yahvé Dios a Amasías, a través de su profeta, no se hace esperar (Am 7,17): “Tu mujer se prostituirá en la ciudad, tus hijos y tus hijas caerán a espada, tu tierra será repartida a cordel, tú mismo morirás en tierra impura (tierra extranjera, manchada por la presencia de los ídolos), e Israel será deportado de su tierra”. Esto ocurrió efectivamente en el año 722 a.C.

Dios nos habla continuamente y de muchas maneras; sobre todo a través de su Palabra, nos señala el Camino y, como le sucedió a Israel, esa Palabra de vida eterna cae en oídos sordos. Por eso continuamos adorando nuestros “diosecillos”, que no hacen otra cosa que mantenernos apegados a las cosas materiales, alejándonos cada vez más de Dios.

Hoy, día del Señor, hagamos un pequeño examen de consciencia para tratar de identificar esos “ídolos” que nos esclavizan y nos impiden, como al pueblo de Israel, acercarnos a Dios y ser acreedores de su promesa de vida eterna.

Por eso en la lectura evangélica de hoy (Mc 6,7-13), que es la versión de Marcos del envío de los “doce”, cuya versión de Mateo leyéramos el jueves, Jesús instruye a sus apóstoles que, para poder llevar a cabo su misión en forma efectiva tienen que despojarse de todas las cosas materiales, de todo peso que pueda convertirse un lastre para el Camino: “los fue enviando de dos en dos, dándoles autoridad sobre los espíritus inmundos. Les encargó que llevaran para el camino un bastón y nada más, pero ni pan, ni alforja, ni dinero suelto en la faja; que llevasen sandalias, pero no una túnica de repuesto”.

Como hemos dicho en ocasiones anteriores, Jesús no condena las posesiones materiales, especialmente aquellas que son producto del trabajo bendecido por Él. Lo que Jesús condena reiteradamente es el “apego” a esas posesiones que nos impide “dejarlo todo” para seguirle (Cfr. Mt 19,16-22; Mc 10,17-22; Lc 18,18-23); aquellas cosas que nos impiden amar al Señor nuestro Dios “con todo [nuestro] corazón, con toda [nuestra] alma, con todas [nuestras] fuerzas, y con toda [nuestra] mente (Cfr. Dt 6,5; Lc 10,27).

Que pasen un hermoso día en la PAZ del Señor y, si aún no lo han hecho, no olviden visitarle en su Casa; Él les espera.

REFLEXIÓN PARA EL DÉCIMO CUARTO DOMINGO DEL T.O. (B) 04-07-21

“Cuando llegó el sábado, empezó a enseñar en la sinagoga; la multitud que lo oía se preguntaba asombrada: ‘¿De dónde saca todo eso? ¿Qué sabiduría es ésa que le han enseñado?’”

El evangelio de hoy (Mc 6,1-6) nos presenta el pasaje en el cual Jesús pronuncia la famosa frase: “No desprecian a un profeta más que en su tierra, entre sus parientes y en su casa”. Encontramos a Jesús que ha regresado a su pueblo, Nazaret, probablemente a visitar a su madre y sus parientes. Ha comenzado su ministerio en otras ciudades y aldeas. Al llegar el sábado, como todo buen judío acude a la sinagoga. Allí, se pone de pie y empezó a enseñar. Aunque la narración no nos dice cuáles fueron sus palabras, sabemos por los relatos anteriores a esta escena, cuál es el contenido de su mensaje, y la radicalidad del mismo.

Pero “los suyos” no le escucharon; se fijaron en el mensajero e ignoraron el mensaje. Para ellos, Jesús era todavía aquél “mocoso” que acompañaba a José el carpintero, y que eventualmente heredó su taller. Era un simple artesano con las manos toscas y llenas de cicatrices, que reparaba las puertas, ventanas, mesas, sillas de los que allí se hallaban… El “hijo de María”. Nadie importante. Lo único que se les ocurre decir es: “¿De dónde saca todo eso?” El prejuicio, el discrimen, los estereotipos, la soberbia. “Vino a los suyos y los suyos no lo recibieron” (Jn 1,11).

Si hubiese venido un extranjero a traer un mensaje, por más inocuo, le hubiesen prestado toda su atención mientras asentían con la cabeza en señal de aprobación. Los habitantes de Nazaret no niegan la sabiduría de las palabras de Jesús, sus milagros, pero cuestionan su capacidad y, más aún, su origen. ¿Cómo es posible que las palabras de un carpintero vengan de Dios? ¿Cómo es posible que ese carpintero que se ha criado entre nosotros venga de Dios, sea Dios?

Todavía hoy caemos en el error de fijarnos en los mensajeros más que en el mensaje; ello dará paso a los “lobos disfrazados de ovejas” de los cuales el mismo Jesús nos alerta (Mt 7,15); esos que nos presentan espectáculos vistosos, con una gran dosis de histeria colectiva, para decirnos lo que queremos escuchar haciendo una lectura acomodaticia de la Palabra, hacernos sentir bien, y vaciar nuestros bolsillos.

Por otro lado, escuchamos decir: “Yo prefiero al Padre tal o más cual”. Y ese sacerdote se muda de parroquia y lo siguen como corderitos, abandonando su comunidad parroquial. ¿Es que acaso el que venga no va a leer las mismas Escrituras? De nuevo, estas personas, al igual que los compueblanos de Jesús, prestan más importancia al mensajero que al mensaje.

Yo he tenido la experiencia de que un total desconocido, de aspecto común, me ha detenido y me ha contestado, en dos frases, todas mis plegarias. No lo que yo quería escuchar, pero lo que reconocí como la voluntad de Dios. Y el tiempo se encargó de demostrarlo. Si me hubiese dejado llevar por su aspecto, no le habría prestado atención, no le habría escuchado. Y estoy convencido que fue el mismo Dios quien me habló…

REFLEXIÓN PARA DEL DÉCIMO TERCER DOMINGO DEL T.O. (B) 27-06-21

“Hija, tu fe te ha curado”.

La liturgia dominical continúa llevándonos de la mano en este recorrido por el Evangelio según san Marcos. La lectura de hoy (Mc 5,21-43) nos presenta a Jesús regresando de “la otra orilla” luego de haber sido echado de Gerasa. (Ver: Mc 5,1-20). En el pasaje de hoy Marcos nos narra dos milagros de Jesús entrelazados en una sola trama: la revivificación de la hija de Jairo (debemos recordar que Jesús “revive” los muertos, no los “resucita”, pues el que resucita no muere jamás y todos los que Jesús revive en los evangelios están destinados a morir) y la curación de la hemorroísa.

Como hemos dicho en ocasiones anteriores, Marcos escribe su relato evangélico para paganos de la región itálica, con el propósito de demostrar que Jesús es el verdadero y único Dios. Para ello, nos presenta a Jesús como el gran “taumaturgo” o hacedor de milagros. Él solo hace lo que en la mitología requiere de muchos dioses. Así en el pasaje anterior lo veíamos demostrando su poder sobre el diablo y sus demonios, y hoy lo vemos demostrando su poder sobre la enfermedad y sobre la muerte.

En el relato de la mujer que sufría flujos de sangre, ella tenía la certeza de que con solo tocar el manto de Jesús se curaría, y actuó conforme a lo que creía: se arrastró entre la multitud hasta tocar el manto de Jesús. De eso se trata la fe. Por eso decimos que la fe es algo “que se ve”. Nos dice la escritura que cuando tocó el ruedo del manto de Jesús, se curó instantáneamente, y Jesús sintió que “había salido una fuerza de Él”. Se ha dicho que la fe es el “gatillo” que dispara el poder de Dios. Y eso fue lo que la hemorroísa hizo, “disparar” el poder de Dios, al punto que Jesús sintió cuando ese poder se activó, y se realizó el milagro. Jesús aprovecha la oportunidad y pregunta, con un fin pedagógico (Jesús es Dios, y Dios lo sabe todo) que quién le había tocado, y cuando ella confiesa que había sido ella, le dice, en presencia de todos: “Hija, tu fe te ha curado”.

No bien había terminado de realizar ese milagro, llegaron emisarios de la casa de Jairo, quien le había pedido a Jesús que curara a su hija que estaba muy enferma, y le dijeron que la niña había muerto. Jesús aprovecha la coyuntura para reafirmar su enseñanza y le dice a Jairo: “No temas; basta que tengas fe”. Jesús le dijo a Jairo que su hija dormía. Jairo creyó en las palabras de Jesús, y actuó conforme a lo que creía, acompañando a Jesús hasta su casa, y luego junto a su esposa hasta la habitación de la niña. Con su fe “disparó” el poder de Dios, y Jesús la tomó de la mano y esta se levantó ante el asombro de todos. Si Jairo no hubiese actuado conforme a lo que creía, no hubiese perdido el tiempo llevando a Jesús a su casa (¿para qué?, la niña ya estaba muerta). Peo Jairo creyó, y actuó conforme a lo que creía. No tuvo miedo ante la muerte de su hija, tuvo fe.

No basta con creer (hasta el demonio “cree” en Dios), hay que actuar conforme a lo que creemos. Hay que “vivir” la fe. Entonces verás manifestarse la gloria de Dios.

REFLEXIÓN PARA EL DUODÉCIMO DOMINGO DEL T.O. (B) 20-06-21

“¡Silencio, cállate! Se levanta, y mirándolos con una mezcla de desilusión y ternura, les dice: “¿Por qué sois tan cobardes? ¿Aún no tenéis fe?”

El pasado domingo Marcos nos narraba dos parábolas de Jesús relacionadas con el Reino. En la lectura evangélica que contemplamos hoy (Mc 4, 35-41) comienza la narración de una serie de cuatro milagros de Jesús en presencia de sus discípulos, con exclusión de la muchedumbre que le seguía a todas partes. Jesús quiere demostrarles que el Reino a que se refería en las parábolas ya ha llegado, que está entre nosotros.

El hecho de que realice esos portentos solo para beneficio de su círculo íntimo, los doce, pone de relieve el deseo de Jesús de instruir a esos que van a estar a cargo de continuar propagando la Buena Noticia del Reino. Nadie puede hablar de un Reino que dice que ha llegado, si no lo cree. De lo contrario, su mensaje estará hueco, y será incapaz de convencer a los que lo escuchan.

En este primer milagro vemos a Jesús ejerciendo poder sobre los elementos, específicamente sobre el viento y el mar. Jesús da por terminada una jornada de trabajo e invita a sus discípulos a ir “a la otra orilla” del lago de Tiberíades. “Vamos a la otra orilla”, les dice; lejos del gentío; quiere estar a solas con ellos, pero a la vez quiere demostrarles lo difícil que ha de ser su trabajo, y la importancia de permanecer constantes en la fe, aún en medio de las dificultades. Abandonan Galilea y se dirigen a tierra de paganos, lugar donde aún no se ha escuchado la palabra de Dios; verdadero “territorio de misión”. Así nos llama a todos. Es lo que el papa Francisco llama las “periferias”.

No bien habían salido, se desató un fuerte huracán que levantó las olas, y amenazaban con hacer zozobrar la embarcación (Cfr. Sir 2,1). En el lenguaje bíblico el mar es siempre lugar de peligro y se le asocia con el maligno. Y la tormenta es, por su parte, símbolo de momentos de crisis, tanto personales como colectivas.

Trato de imaginar la escena: Los discípulos asustados, temerosos por sus vidas, mientras el Señor duerme plácidamente en la popa de la lancha, aparentemente ajeno a todo lo que sucede a su alrededor. ¡Cuántas veces en nuestras vidas nos enfrentamos a una situación difícil e inesperada y nos parece que el Señor “duerme”, aparentando estar ajeno a lo que nos ocurre!

Los discípulos se apresuran a despertarlo con un grito de angustia unido a un sentido de abandono: “Maestro, ¿no te importa que nos hundamos?” Sigo imaginando la escena. Jesús se despierta, y poniéndose de pie increpa al viento y dice al lago: “¡Silencio, cállate! Se levanta, y mirándolos con una mezcla de desilusión y ternura, les dice: “¿Por qué sois tan cobardes? ¿Aún no tenéis fe?”

Tal parece que los discípulos habían olvidado que el Señor iba en su barca, aunque durmiera. Lo mismo nos ocurre a nosotros cada vez que nos enfrentamos a las pruebas de la vida y nos parece que el Señor “duerme”. Nos acobardamos. Nuestra falta de fe nos hace pensar que el Señor nos ha abandonado o, cuando menos, está ajeno a nuestros problemas. Se nos olvida que mientras Él esté en nuestra barca, aunque aparente dormir, estará velando por nosotros. Y si ponemos nuestra confianza en Él, increpará al viento y la tormenta cesará. ¡Confía!