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A Jesús y a los Doce les acompañaban un grupo de mujeres, entre las que se encontraba María Magdalena, a quien la Orden de Predicadores venera como su protectora, “que le ayudaban con sus bienes”.
En el pasaje de hoy le advierte sobre la
importancia de mantener la sana doctrina de Jesús que él mismo le ha instruido
(“Si alguno enseña otra cosa distinta, sin atenerse a las sanas palabras de
nuestro Señor Jesucristo y a la doctrina que armoniza con la piedad, es un
orgulloso y un ignorante, que padece la enfermedad de plantear cuestiones
inútiles y discutir atendiendo sólo a las palabras”), y le previene contra la
tentación de lucrarse de su gestión, advirtiéndole de las consecuencias de esa
conducta: “los que buscan riquezas caen en tentaciones, trampas y mil afanes
absurdos y nocivos, que hunden a los hombres en la perdición y la ruina. Porque
la codicia es la raíz de todos los males, y muchos, arrastrados por ella, se
han apartado de la fe y se han acarreado muchos sufrimientos”.
Tal parece que Pablo estuviese describiendo el
ambiente religioso de nuestro tiempo, en donde hay una secta para cada gusto y
unos “pastores” que se lucran de su predicación, convirtiendo su “iglesia” en
un negocio personal, predicando lo que sus feligreses quieren escuchar. Y es
que la sociedad y la civilización han evolucionado, pero la naturaleza humana y
la corrupción han permanecido constantes. No estamos generalizando, pues hay
hombres de Dios que viven el ideal evangélico, teniendo claro que “la piedad es
una ganancia, cuando uno se contenta con poco. Sin nada vinimos al mundo, y sin
nada nos iremos de él. Teniendo qué comer y qué vestir nos basta”.
Del mismo modo que el apego al dinero y los
bienes materiales se convierten para nosotros en obstáculo para seguir a Jesús,
para aquellos encargados de predicar su Palabra tienen el efecto de tergiversar
el mensaje de Jesús y deformar su doctrina. O se concentran en llevar el
mensaje, o en recaudar dinero. No se puede servir a dos señores a la vez (Mt
6,24).
La lectura evangélica de hoy (Lc 8,1-3) nos
muestra cómo Jesús “iba caminando de ciudad en ciudad y de pueblo en pueblo,
predicando el Evangelio del Reino de Dios”. Esa era su única preocupación (Lc
4,43), y toda su vida giró en torno a esa misión. Nació pobre y así mismo
murió. Le bastaba con tener qué comer y qué vestir, pues el verdadero misionero
depende de la Divina Providencia (Cfr.
Mt 6,26).
Así, vemos cómo a Jesús y a los Doce les
acompañaban un grupo de mujeres, entre las que se encontraba María Magdalena, a
quien la Orden de Predicadores venera como su protectora, “que le ayudaban con
sus bienes”.
Al igual que aquellas mujeres, todos los
cristianos tenemos la obligación de contribuir, en la medida de nuestros
medios, al sostenimiento de nuestra Iglesia, para que nuestros pastores puedan
concentrarse en su misión de enseñar. Pero, ¡ojo!, que esa Palabra sea cónsona
con el mensaje de Cristo.
La lectura evangélica que nos ofrece la
liturgia para hoy (Lc 7,36-50) nos presenta el pasaje de “la pecadora
perdonada”.
El Antiguo Testamento nos había presentado la
misericordia de Dios. Los relatos evangélicos nos muestran un Jesús que se
atribuye a sí mismo el poder de perdonar los pecados, poder que solo le
pertenece a Dios. Jesús no se limita a enseñarnos que el Padre está dispuesto a
perdonarnos nuestros pecados, sino que Él mismo perdona los pecados. La
explicación a esta actitud de Jesús nos la da Él mismo: “Yo y el Padre somos
una sola cosa” (Jn 10,30).
Desde el comienzo de su misión mesiánica Jesús
deja claro que Él tiene poder para perdonar los pecados: “El Hijo del hombre
tiene poder en la tierra para perdonar los pecados” (Mc 2,10). Vemos cómo Él
mismo repite reiteradamente en los relatos evangélicos: “tus pecados te son
perdonados”, o frases similares que resultaban blasfemas para los escribas y
fariseos quienes no reconocían la divinidad de Jesús.
En el pasaje de hoy encontramos a una pecadora
que se postra ante Jesús, lava sus pies con sus lágrimas, los unge con perfume
y los besa. Esa mujer arrepentida nos proporciona la clave para obtener el
perdón de los pecados (siempre volvemos a lo mismo, ¿no?): el Amor. “‘Sus
muchos pecados están perdonados, porque tiene mucho amor; pero al que poco se
le perdona, poco ama’. Y a ella le dijo: ‘Tus pecados están perdonados’”. Es el
amor lo que nos lleva al arrepentimiento y a buscar la reconciliación. Aquella
pecadora conoció el amor de Jesús y le reciprocó con la misma intensidad de sus
pecados. Y en ese amor conoció el perdón, que es fruto del Amor.
Vemos también cómo, al final del pasaje, Jesús
le dice a la pecadora: “Tu fe te ha salvado, vete en paz”. La pecadora del relato
no solo creyó en Jesús y en su poder sanador de cuerpo y alma, sino que
convirtió su creencia en acción. Y esa acción le valió el perdón de sus pecados
y la Vida Eterna.
Más tarde, luego de su Resurrección, Jesús
confiaría ese “ministerio” del perdón de los pecados a los apóstoles y a sus
sucesores, quienes conferirían el perdón, no por sí mismos, sino por el poder
del Dios a través de la acción del Espíritu Santo que les infundió: “Al
decirles esto, sopló sobre ellos y añadió: ‘Reciban el Espíritu Santo. Los
pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen, y serán retenidos a
los que ustedes se los retengan’” (Jn 20,22-23). La misma sensación de paz que
sintió aquella pecadora la podemos sentir nosotros al escuchar las palabras
absolutorias en el sacramento de la reconciliación.
La lectura de hoy nos recuerda que mientras
más grandes sean nuestros pecados, más grande es el Amor que recibiremos de Él
si nos acercamos con un corazón genuinamente arrepentido. “Un corazón
quebrantado y humillado, tú no lo desprecias” (Sal 50).
Hoy es un buen día para reconciliarte con el
Señor. ¡Aprovecha ese regalo tan hermoso que Jesús te dejó!
Ayer celebrábamos la Fiesta de la Exaltación
de la Santa Cruz que nos invitaba a fijar nuestra mirada en el Crucificado. Hoy
la Iglesia nos invita a contemplar a aquella que fue testigo y partícipe del
sacrificio de la Cruz, celebrando la memoria obligatoria de Nuestra Señora la
Virgen de los Dolores (la “Dolorosa”). Y a propósito de esta memoria la
liturgia nos brinda uno de los pasajes evangélicos más conocidos e
interpretados del Nuevo Testamento (Jn 19,25-27). El pasaje nos muestra a las
tres Marías (María, la Madre de Jesús, María, la de Cleofás, y María, la
Magdalena) al pie de la cruz, y “cerca” al discípulo amado. Nos dice la
Escritura que “Jesús, al ver a su madre y cerca al discípulo que tanto quería,
dijo a su madre: «Mujer, ahí tienes a tu hijo.» Luego, dijo al discípulo: «Ahí
tienes a tu madre.» Y desde aquella
hora, el discípulo la recibió en su casa”.
Aparte de la cuestión legal-cultural de la
necesidad de una mujer no quedarse sin la protección de un hombre que velara
por sus derechos, la interpretación de este pasaje ha ido evolucionando a lo
largo de la historia de la Iglesia, especialmente en cuanto al papel de María en
ese momento crucial de su misión. Las palabras de Jesús en esos, sus últimos
momentos de vida, sirven para proyectar el significado de la escena más allá
del ámbito de aquél momento tan íntimo entre la Madre y el Hijo.
En las palabras de Jesús podemos ver cómo
Jesús constituye a María madre espiritual de todos los creyentes; tanto de la
Iglesia, como de cada uno de nosotros individuamente, representados en la
persona del discípulo amado. Como dijera el Papa León XIII: “En la persona de
Juan, según el pensamiento constante de la Iglesia, Cristo quiere referirse al
género humano y particularmente a todos los que habrían de adherirse a él con
la fe”.
María ejerció su papel de madre de la Iglesia,
y de los discípulos, desde los comienzos de la Iglesia, reuniendo a estos
últimos junto a ella en oración tras la muerte y resurrección de Jesús (Hc 1,14).
Yo no tengo la menor duda de que la presencia
de María, la llena de gracia, en aquella estancia superior, precipitó la venida
del Espíritu Santo sobre los presentes aquél día de Pentecostés. María,
constituida ya por su Hijo en madre espiritual de todos, continuó animando y
ejerciendo su cuidado maternal sobre aquellos que continuarían la labor
misionera de su Hijo. Así, como Madre solícita, está siempre pendiente a
nuestras necesidades para recabar la intervención de su Hijo cuando se
necesario para que la obra de su Hijo no se vea frustrada. Si lo hizo en Caná
de Galilea por los novios (Jn 2-1-11), ¿cómo no lo va a hacer por nosotros, los
que seguimos a su Hijo, el mismo que nos la entregó como madre al pie de la
Cruz?
¿Qué hijo no va a recurrir a su madre en los
momentos difíciles, con la certeza de que en sus brazos va a encontrar el
consuelo, la paz que tanto necesita? No temas acudir a ella en tus momentos de
tribulación; ella te acogerá en su regazo y allí te sentirás seguro, amado… Y
ya nada podrá perturbarte.
Nuestra Señora de los Dolores, ruega por
nosotros.
La Cruz se convierte para nosotros en fuente de amor, de misericordia, de perdón.
Hoy celebramos la fiesta de la Exaltación de
la Santa Cruz. La tradición nos dice que alrededor del año 320, la Emperatriz
Elena de Constantinopla encontró la Cruz en que fue crucificado Jesús (la “Vera
Cruz”). A raíz del hallazgo, ella y su hijo, el Emperador Constantino, hicieron
construir en el sitio la Basílica del Santo Sepulcro, en donde se guardó la
reliquia. Luego de ser robada por el rey de Persia en el año 614, fue
recuperada por el Emperador Heraclio en el año 628, quien la trajo de vuelta a
Jerusalén el 14 de septiembre de ese mismo año. De ahí que la Fiesta se celebre
en este día.
Muchos nos preguntan: ¿por qué exaltar la cruz, símbolo de tortura y muerte, cuando el cristianismo es un mensaje de amor? He ahí la “locura”, el “escándalo” de la cruz de que nos habla san Pablo (1 Cor 1,18). La contestación es sencilla, veneramos la Cruz de Cristo porque en ella Él quiso morir por nosotros, porque abrazándose a ella y muriendo en ella, en el acto de amor más sublime en la historia, derrotó al maligno, liberándonos de la muerte y el pecado. Así la Cruz se convirtió en el símbolo universal del amor y de vida.
Por eso el verdadero discípulo de Cristo no
teme a la “cruz”. El mismo Jesús nos exhorta a tomar nuestra cruz de cada día y
seguirle (Lc 9,23). A lo que Pablo añade: “Completo en mi carne lo que falta a
los padecimientos de Cristo, para bien de su Cuerpo, que es la Iglesia” (Col
1,24). Cuando añadimos el ingrediente del amor, el sufrimiento (la “cruz”) toma
un significado diferente, se enaltece, y se convierte en fuente de alegría. Es la
paradoja de la Cruz.
La primera lectura de hoy nos presenta una
prefiguración de la Cruz (Núm 21,4b-9) en el episodio de las serpientes
venenosas que mordían mortalmente a los israelitas en el desierto como castigo
por haber murmurado contra Dios y contra Moisés. Entonces el pueblo,
arrepentido, pidió a Moisés que intercediera por ellos ante Dios. Siguiendo las
instrucciones de Yahvé, Moisés hizo una serpiente de bronce que colocó sobre un
estandarte (en forma de cruz), y todo el que era mordido quedaba sano al
mirarla. En el relato evangélico (Jn 3,13-17), el mismo Jesús alude a esa
serpiente: “Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene
que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida
eterna”.
Hoy, cuando tenemos nuestro corazón envenenado,
nos tornamos a mirar la Cruz, y al igual que los israelitas en el desierto, somos
sanados; así la Cruz se convierte para nosotros en fuente de amor, de misericordia,
de perdón. Si nos acercamos la cruz con la mirada en el Crucificado,
encontraremos que nuestra propia cruz se hace liviana, y podremos decir con san
Pablo: “¡Lejos de mí el gloriarme sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo!”
(Gál 6,14). “Gloriémonos también nosotros en ella, aunque sólo sea porque nos
apoyamos en ella” (San Agustín).
Si no lo has hecho aún, ve hoy a la Casa del
Padre y mira hacia el altar; allí encontrarás a su Hijo que te espera con los
brazos abiertos…
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La lectura evangélica que nos presenta la
liturgia para hoy (Lc 7,1-10) nos narra la curación del criado del centurión.
En ese episodio un centurión (pagano), envía unos judíos a hablar con Jesús
para que este curara a su siervo, que estaba muy enfermo. Jesús partió hacia la
casa del centurión para curarlo, pero cuando iba de camino, llegaron unos emisarios
de este que le dijeron a Jesús que les mandaba decir a Jesús: “Señor, no te
molestes; no soy yo quién para que entres bajo mi techo; por eso tampoco me
creí digno de venir personalmente. Dilo de palabra, y mi criado quedará sano”.
A renglón seguido añade que él está bajo el mando de superiores y a su vez
tiene subordinados.
Tenemos ante nosotros a todo un militar de
alto rango que reconoce la autoridad de Jesús por encima de la de él, y que la
presencia física no es necesaria para que la palabra con autoridad sea
efectiva. Pero el centurión no solo le reconoce autoridad a Jesús, se reconoce
indigno de Él, se reconoce pecador. Es la misma reacción que observamos en
Pedro en el pasaje de la pesca milagrosa: “Apártate de mí, que soy un pecador” (Lc
5,8). Es lo que decimos inmediatamente
antes de la comunión: “Señor, yo no soy digno de que entres en mi casa, pero
una palabra tuya bastará para sanarme”.
Esta actuación de centurión de dar crédito a
la Palabra de Jesús y hacer de ella un acto de fe, lleva a Jesús a exclamar: “Os
digo que ni en Israel he encontrado tanta fe”. Se trata de una confianza plena
en la Palabra de Jesús. Como hemos dicho en ocasiones anteriores, no se trata
de meramente “creer en Jesús”, se trata de “creerle a Jesús”. Es la actitud de
Pedro en el episodio de la pesca milagrosa: “Si tú lo dices, echaré las redes”
(Lc 5,5). A diferencia de los judíos que exigían signos y requerían presencia
para los milagros, este pagano supo confiar en el poder salvífico y sanador de
la Palabra de Jesús.
La versión de Mateo sobre este episodio
contiene un versículo que Lucas omite, que le da mayor alcance al mismo: “Por
eso les digo que muchos vendrán de Oriente y de Occidente, y se sentarán a la
mesa con Abraham, Isaac y Jacob, en el Reino de los Cielos; en cambio, los
herederos del Reino serán arrojados afuera, a las tinieblas, donde habrá
llantos y rechinar de dientes” (Mt 8,11-12). Vino a los suyos y no lo
recibieron (Jn 1,11). No lo recibieron porque les faltaba fe. La Nueva Alianza
que Jesús viene a traernos se transmite, no por la carne como la Antigua, sino
por la infusión del Espíritu. El Espíritu que nos infunde la virtud teologal de
la fe, por la cual creemos en Dios y en todo lo que Él nos ha dicho y revelado.
Y esa está abierta a todos, judíos y gentiles.
Hoy, pidamos al Señor que acreciente en
nosotros la virtud de la fe, para que creyendo en su Palabra y poniéndola en
práctica, seamos acreedores de las promesas del Reino.
Las lecturas que nos presenta la liturgia para
hoy (Is 50,5-9a; Sal 114; St 2,14-18; y Mc 8,27-35) son tan ricas en simbolismo
y doctrina, que resulta difícil escoger uno o dos versículos para reflexionar
en estas cortas líneas.
El evangelio nos presenta el pasaje de la
profesión de fe de Pedro. Luego de realizar una “encuesta” entre sus discípulos
sobre quién decía la gente que Él era, Pedro, iluminado por el Espíritu Santo,
exclamó: “Tú eres el Mesías”. A esa profesión de fe le sigue el pedido de Jesús
a sus discípulos de guardar silencio al respecto. Pero como no hay profesión de
fe sin prueba (1 Pe 1,7), Jesús no pierde tiempo en anunciar el camino que le
espera: “El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, tiene que ser condenado
por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar a los
tres días”. En esta expresión de Jesús no hay insinuaciones, ni simbolismos; es
la verdad cruda y tajante de lo que le espera. Los cuatro verbos que utiliza
son inequívocos: “padecer”, “ser condenado”, “ser ejecutado”, y “resucitar”.
Pedro, contento de haber recibido el don de la
fe que le permitió confesar el mesianismo de Jesús, se escandalizó y comenzó a
increparlo. Su naturaleza humana le impedía aquilatar el valor salvífico del
camino de la pasión que Jesús tenía que caminar. Por eso Jesús le reprende,
utilizando las mismas palabras que usó para reprender a Satanás cuando le tentó
en el desierto (Mt 4,10): “¡Quítate de mi vista, Satanás!”. Pedro se había
quedado en el “gozo” de la fe, pero no había podido concretizarla; no había
alcanzado a leer la “letra chica” que Jesús no tarda en señalarle: “El que
quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me
siga. Mirad, el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su
vida por mí y por el Evangelio la salvará”. De nuevo los adjetivos inequívocos:
“negarse” a sí mismo, y “cargar” con la Cruz.
Jesús nos invita a seguirle, pero ese
seguimiento no puede ser a medias, tiene que ser radical; Jesús no admite
términos medios ni tibiezas. “Nadie que pone su mano en el arado y mira hacia
atrás, es apto para el Reino de Dios” (Lc 9,62). “Ojalá fueras frío o caliente.
Pero como eres tibio, y no frío ni caliente voy a vomitarte de mi boca” (Ap
15b-16).
Como nos dice la segunda lectura de hoy, la fe
sin obras, por si sola está muerta. En otras palabras, “no basta con creer en
Jesús, hay que creerle a Jesús”. Y cuando creemos en su Palabra salvífica,
cualquier sufrimiento, tribulación, prueba, que podamos experimentar cobra un
nuevo significado, nos permite participar de la obra salvadora de Jesús. A eso se
refiere Pablo cuando dice: “Completo en mi carne lo que le falta a la pasión de
Cristo” (Col 1,24).
Nadie ha dicho que esto es fácil; pero el
premio que nos espera vale la pena (1 Co 9,24-25; 1 Pe 5,4). Esa promesa es la
que nos permite estar alegres en la enfermedad y en la tribulación. Que pasen
un hermoso día. No olviden visitar la Casa del Padre; Él les espera…
Se parece a uno que edificaba una casa: cavó, ahondó y puso los cimientos sobre roca; vino una crecida, arremetió el río contra aquella casa, y no pudo tambalearla.
El evangelio de hoy (Lc 6,43-49) nos presenta
la parte final del “Sermón del llano”, que es la versión que Lucas del Sermón
de la Montaña. Esta lectura nos presenta la parábola del árbol que da buenos
frutos. “No hay árbol sano que dé fruto dañado, ni árbol dañado que dé fruto
sano. Cada árbol se conoce por su fruto; porque no se cosechan higos de las
zarzas, ni se vendimian racimos de los espinos”.
A renglón seguido nos explica lo que quiere
decir con sus palabras: “El que es bueno, de la bondad que atesora en su
corazón saca el bien, y el que es malo, de la maldad saca el mal; porque lo que
rebosa del corazón, lo habla la boca”.
¿Y quién atesora bondad en su corazón? El que
escucha la Palabra de Dios y la pone en práctica: “¿Por qué me llamáis
“Señor, Señor” y no hacéis lo que digo? El que se acerca a mí,
escucha mis palabras y las pone por obra, … se parece a uno que edificaba una
casa: cavó, ahondó y puso los cimientos sobre roca; vino una crecida, arremetió
el río contra aquella casa, y no pudo tambalearla, porque estaba sólidamente
construida. El que escucha y no pone por obra se parece a uno que edificó una
casa sobre tierra, sin cimiento; arremetió contra ella el río, y en seguida se
derrumbó desplomándose”.
El aceptar y hacer la voluntad del Padre es lo
que nos hace discípulos de Jesús, lo que nos integra a la “familia” de Jesús:
“Estos son mi madre y mis hermanos. Porque todo el que hace la voluntad de mi
Padre que está en el cielo, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre” (Mt
12,49b-50).
Jesús no condena la oración, ni la escucha de
la Palabra, ni la celebración litúrgica. Alude a aquellos que tienen Su nombre
a flor de labios, que participan de las celebraciones litúrgicas y se acercan a
los sacramentos, pero cuya oración y alabanza no se traduce en obras, en vida y
en compromiso, es decir, en “hacer la voluntad del Padre”. Personas que
escuchan la Palabra y hasta manifiestan euforia y gozo en las celebraciones,
pero esa Palabra no deja huella permanente, cuyo gozo es pasajero. Me recuerda
a aquél que va a ver una película emocionante, de esas que hacen llorar de
emoción, y al abandonar la sala de cine deja allí todas esas emociones. Es a
estos a quienes Jesús compara con el que edificó su casa sobre tierra, sin
cimiento.
No se trata pues, de confesar a Jesús de
palabra, de “aceptar a Jesucristo como mi único salvador”. Se trata de poner
por obra la voluntad del Padre, de practicar la Ley del Amor. A los que así
obren, el Padre los reconocerá el día del Juicio: “Vengan, benditos de mi
Padre, y reciban en herencia el Reino que les fue preparado desde el comienzo
del mundo, porque tuve hambre, y ustedes me dieron de comer; tuve sed, y me
dieron de beber; estaba de paso, y me alojaron; desnudo, y me vistieron;
enfermo, y me visitaron; preso, y me vinieron a ver” (Mt 25,34-36).
La primera lectura que nos brinda la liturgia
para hoy es el comienzo de la primera carta del apóstol san Pablo a Timoteo
(1,1-2.12-14). Esta carta, junto a la segunda carta al mismo Timoteo y la carta
a Tito, conforman las tres cartas de Pablo que se conocen como “cartas pastorales”.
Los primeros dos versículos nos permiten
apreciar el profundo amor y respeto que Pablo siente por su discípulo, al
llamarlo “verdadero hijo en la fe”, y desearle “la gracia, la misericordia y la
paz de Dios Padre y de Cristo Jesús, Señor nuestro”. Pablo había dejado a
Timoteo a cargo de la comunidad de Éfeso cuando partió para Macedonia.
El resto del pasaje (vv.12-14) nos muestra la
humildad de Pablo, quien reconoce su vida anterior de pecado (“antes era un
blasfemo, un perseguidor y un insolente”) y que todo lo que ha logrado,
especialmente su fe, se lo debe a la compasión que Dios ha tenido con él, y a la
gracia que Dios le ha prodigado. Esa gracia y compasión le permitieron
reconocer sus pecados, experimentar la verdadera conversión y ponerse al
servicio del Señor. De otro modo no hubiese podido guiar a otros hacia ese
camino de conversión verdadera.
En la lectura evangélica para hoy (Lc 6,39-42)
Jesús utiliza la figura de la vista (“ciego” – “ojo”), que nos evoca la
contraposición luz-tinieblas (Cfr. Jn
12,46), para recordarnos que no debemos seguir a nadie a ciegas, como tampoco
podemos guiar a otros si no conocemos la luz. “¿Acaso puede un ciego guiar a
otro ciego? ¿No caerán los dos en el hoyo?”. El mensaje es claro: No podemos
guiar a nadie hacia la verdad si no conocemos la verdad. No podemos proclamar
el Evangelio si no lo vivimos, porque terminaremos apartándonos de la verdad y
arrastrando a otros con nosotros.
Ese peligro se hace más patente cuando caemos
en la tentación de juzgar a otros sin antes habernos juzgado a nosotros mismos,
cuando pretendemos enseñarle a otros cómo poner su casa en orden cuando la
nuestra está en desorden: “¿Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en
el ojo y no reparas en la viga que llevas en el tuyo? ¿Cómo puedes decirle a tu
hermano: ‘Hermano, déjame que te saque la mota del ojo’, sin fijarte en la viga
que llevas en el tuyo? ¡Hipócrita! Sácate primero la viga de tu ojo, y entonces
verás claro para sacar la mota del ojo de tu hermano”.
Con toda probabilidad Jesús estaba pensando en
los fariseos cuando pronunció esas palabras tan fuertes. Pero esa verdad no se
limita a los fariseos. Somos muy dados a juzgar a los demás con severidad, pero
cuando se trata de nosotros, buscamos (y encontramos) toda clase de
justificaciones e inclusive nos negamos a ver nuestras propias faltas.
“Te pedimos, Señor: Danos ojos limpios y
claros para mirar dentro de nuestro corazón y nuestra conciencia, pero
empáñalos tenuemente con las sombras del amor cuando veamos las faltas de los
que nos rodean. Te lo pedimos por Jesucristo nuestro Señor. Amén” (de la
Oración colecta).